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INTERREGNUM: Moon visita a Biden. Fernando Delage

El presidente surcoreano, Moon Jae-in, ha sido el segundo líder extranjero recibido por el presidente Joe Biden en Washington desde su toma de posesión. Su visita de la semana pasada, después de la realizada en abril por el primer ministro japonés, Yoshihide Suga, confirma la prioridad dada por la Casa Blanca a su estrategia hacia el Indo-Pacífico. Además de engrasar una de sus alianzas bilaterales más importantes—desatendida por Trump durante su mandato—, Estados Unidos no puede prescindir de Corea del Sur para todo lo relacionado con China y con Corea del Norte.

Por lo que se refiere a esta última, Moon, creyente en la posibilidad de un arreglo diplomático con Pyongyang,  ha intentado conseguir una mayor flexibilidad por parte de Biden. La Casa Blanca insiste, no obstante, en que las sanciones no pueden relajarse mientras Corea del Norte continúe violando las resoluciones de la ONU. Su posición sobre este asunto quedó clara el 30 de abril, al anunciarse que ni se perseguirá un “gran acuerdo”—como pretendió Trump—ni mantendrá la política de “paciencia estratégica” preferida por Obama. Aun intentando distinguirse de sus antecesores mediante una especia de “tercera vía”, Biden mantiene como objetivo básico la completa desnuclearización de la península, pero sin especificar cómo hacerlo.

Consciente el presidente norteamericano de que ninguna administración anterior ha conseguido avanzar en el mismo propósito, quizá sólo posible mediante un cambio de régimen en el Norte, y de que a Moon sólo le queda un año de mandato por delante, lo lógico resultaba que ambos aliados hicieran hincapié en su compromiso con una posición coordinada con respecto a Corea del Norte. Como quería Seúl, el comunicado conjunto incluye una referencia a los principios de la Declaración de Singapur firmada por Trump y Kim Jong-un en 2018. Y, en contra de lo esperado por numerosos analistas, Washington ha nombrado finalmente un enviado especial para la cuestión norcoreana.

En cuanto a China, siguiendo el guión previsto, Biden no ha hecho una invitación formal a Moon para la incorporación de Corea del Sur al Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (Quad), asunto sobre el que tampoco existe consenso entre los restantes miembros (Japón, India y Australia). La Casa Blanca comprende el limitado margen de maniobra de Seúl: China es unos de sus socios económicos más relevantes , del que tampoco puede prescindir en su política de acercamiento a Pyongyang. Pero Washington ha ampliado la agenda del grupo de tal manera—para incluir temas como vacunas, energías renovables, cambio climático o producción de semiconductores—, que Corea del Sur puede alinearse con el Quad sin necesidad de integrarse, y sin provocar por tanto la hostilidad explícita de China.

Pekín observa, con todo, que este primer encuentro de Moon con Biden ha servido para reforzar de manera significativa la alianza (debilitarla, como el resto de las asociaciones de Washington, es una de sus prioridades). La renovación de los acuerdos sobre la presencia militar norteamericana—que Trump bloqueó al exigir una mayor contribución financiera por parte de Seúl—ha facilitado ese resultado, visible en otras decisiones, como la reanudación de los canales bilaterales de diálogo, el suministro norteamericano de medio millón de vacunas a Corea del Sur, o la anunciada inversión de empresas de este último país, con Samsung a la cabeza, por más de 25.000 millones de dólares en Estados Unidos. También en la reafirmación por ambos líderes de los valores democráticos como eje de su cooperación.

Pese a sus diferencias,  cada uno de ellos ha conseguido buena parte de lo que quería. Debilitado por la derrota de su partido en las últimas elecciones parciales, Moon no ha vuelto a casa de vacío, mientras que Biden consolida otro pilar de su política asiática, en vísperas del anuncio, en junio, de su esperada estrategia con la que afrontar una China más poderosa.

Biden cambia el paso con Corea del Norte

El presidente Biden ha decidido cambiar el paso en las relaciones de Estados Unidos con Corea del Norte y situarse entre el objetivo de Donald Trump de lograr “un acuerdo histórico” y la vía de “la paciencia estratégica” defendida por Obama y su equipo del que Biden era un destacado componente. En la entrevista sostenida por el presidente norteamericano y el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, en la tercera semana de mayo, Biden subrayó, además de su voluntad de reforzar los lazos con su aliado coreano, su convicción de que avanzar hacia una desnuclearización del régimen comunista del norte es prácticamente inalcanzable.

Con ese análisis ha despejado la incógnita de un próximo encuentro  con  el dictador norcoreano, Kim Jong-un, para lo que señala que sería necesario previamente un compromiso de desnuclearización por parte de Pyongyang. Para Kim, la amenaza nuclear ha sido la palanca que le ha permitido afianzar su protagonismo, hablar directamente con Trump, e influir en la geopolítica del Pacífico, donde un Trump errático, entre amenazador y tendente a replegarse, ha hecho dudar a sus aliados tradicionales. Y, desde esa perspectiva no parece que vaya a asumir compromisos previos para situarse en un nivel, entrevistarse con un presidente norteamericano, en el que ya ha estado sin condiciones previas.

Pero como eso lo saben Biden y su equipo, lo más probable es que detrás de su planteamiento está solo una maniobra para ganar tiempo y ver los próximos acontecimientos en la región, con China en papel cada vez más agresivo, mientras se refuerzan los lazos con los aliados históricos de Washington.

Es evidente que para avanzar por esta senda, Biden necesita el apoyo completo de Japón y Corea del Sur y por eso Biden ha privilegiado con esos países sus primeros contactos y sus anuncios sobre cómo afrontar la tensión en la península coreana. Y en este escenario, aunque el acuerdo es amplio no hay coincidencia total de intereses. Al presidente surcoreano le queda menos de un año como jefe de Estado y ha centrado su gestión en mejorar las relaciones con Pyongyang y recientemente reiteró su compromiso de lograr la paz antes de dejar el poder, lo que implicaría cierta urgencia en alcanzar resultados. Desde Japón, por su parte, se ven las cosas con más tranquilidad y su prioridad es obtener más certidumbre respecto a los compromisos norteamericanos respecto a la seguridad en la región y frente a los desafíos chinos en las aguas que China y Japón se disputan.

Biden, el clima y la energía solar

En la agenda demócrata se ha venido contemplando el medio ambiente con carácter prioritario en los últimos años, basándose en los estudios que aseguran que el calentamiento global es una realidad que está destruyendo el planeta y que es imperativo tomar acciones al respecto. La Administración Clinton intentó, en su momento, sumarse al acuerdo de Kioto en 1997 pero no contó con el apoyo del Senado.

El presidente Obama hizo alarde durante sus dos legislaturas de la importancia de estos acuerdos y en efecto firmó la histórica entrada de Estados Unidos al acuerdo de París. Por su parte, el presidente Trump anunció la retirada del acuerdo en junio del 2017, aunque no se materializó hasta noviembre del 2020, debido a las mismas reglas que contempla el acuerdo de París, pues los negociadores de dicho acuerdo incluyeron una cláusula que dificulta y alarga la salida de algún miembro, previendo precisamente que una futura Administración republicana quisiera zafarse rápidamente.

Durante su campaña, Biden mantuvo que regresaría y en efecto, así sucedió. Con una orden ejecutiva Washington retornaba al acuerdo de París. Mucho más sencilla la vuelta, puesto que el mismo acuerdo contempla un reingreso expedito, y en tan sólo un mes ya se puede estar de regreso sin mayores trabas.

Estados Unidos es el segundo país más contaminante del planeta, contribuyendo al 15% de la contaminación mundial. De esa cuota contaminante, el 29% de los gases de efecto invernadero los produce el sector de transporte, el principal emisor, y por lo que la actual Administración está comprometiéndose a dar un giro importante e invertir en los vehículos verdes o recargables. Y el segundo sector es el eléctrico que emite el 25% de los gases.

En ambos sectores el uso de combustibles derivados de fósiles es muy alto. Por lo que Biden presentó un ambicioso plan para reducir las emisiones de esos gases entre un 50 y un 52% para el 2030 en la cumbre de líderes sobre el clima, organizada por la Casa Blanca la pasada semana.

La Administración trató de vender la idea de que tomar medidas para mantener el medio ambiente limpio tiene sentido financiero para las potencias globales, para motivar a otras naciones a sumarse o simplemente seguir con la implementación de políticas ecológicas.

En cuanto a las energías alternativas, el uso de la energía solar es sin duda una de las más competitivas y limpias para el planeta. Y curiosamente China, el país más contaminante, que emite el 30% de la contaminación mundial controla el sector de esa energía casi en su totalidad. De las 10 compañías solares del mundo, 8 son chinas y 1 es estadounidense, mientras que Europa que ha promocionado esa alternativa no posee de ninguna, de acuerdo con Heather Cox Richarson periodista de la BBC.

China no solo es el primer contaminante del planeta, sino que tiene enormes problemas domésticos debido a las tremendas cantidades de carbón que usa en su industria lo que a su vez genera una contaminación en el aire descomunal. Paradójicamente, China precisamente ha venido invirtiendo durante años mucho en investigación y desarrollo de la energía solar y, en efecto, han subsidiado fuertemente el uso de paneles solares en el exterior.

Sagazmente, China ha ido desarrollando y posee el dominio casi total de la producción de esta industria. Según un artículo de Forbes de Kenneth Rapoza, “China se concibe así mismo como la nueva OPEP verde o ecológica”, pues han ido desarrollando una industria solar en la que quieren dominar el mercado mundial, sostiene.

Rapoza afirma que Beijing reconoce la importancia estratégica de la industria de renovables por lo que la energía solar es clave. De posicionarse allí, conseguirían tener el dominio y control de esa dependencia y la fidelidad de los usuarios alrededor del mundo, puesto que son ellos quienes fabrican todo, desde los componentes hasta los paneles solares que son el producto final.

China controla el 64% de la producción de polisilicio mundial, mientras que Estados Unidos solo controla el 10% de ese mercado. El polisilicio es un material que consiste en pequeños cristales de silicio, que son la materia prima para la elaboración de los lingotes y las células solares encargadas de absorber la energía solar. Y China por sí sola controla el 100% de la producción de lingotes que se distribuyen en el mundo.

Muchos países occidentales han promocionado el uso de la energía solar como una alternativa limpia y Estados Unidos ha sido uno de ellos. En efecto, hay Estados que ayudan con subvenciones para que los ciudadanos emigren de la energía tradicional a la solar. Sin embargo, la industria solar estadounidense depende de China para el suministro de los paneles solares y los componentes.

En el juego geopolítico mundial el que controla la cadena de suministro tiene el poder, tal y como lo vimos al principio de la pandemia con la escasez de los suministros médicos, producidos en su mayoría en China.

Washington no sólo debe liderar las cumbres climáticas para disminuir los gases de efecto invernadero sino también promocionar energías ecológicas. Y la energía solar es sin duda una de las más verdes y fáciles de obtener de contarse con el equipo adecuado.

Pero Washington también debe debería revisar la cadena de suministro de esas industrias, porque si Beijing sigue creciendo en esa industria su producción aumentará y seguirán a la cabeza. Y si una parte importante de los Estados Unidos o incluso otros países del mundo migran hacia ahí, por ejemplo, las viviendas unifamiliares de determinados comunidades y barrios de un país, eventualmente esas comunidades, países o Estados estarían en manos de Beijing para la obtención de sus componentes y suministros. Lo que predispone a ser mucho más vulnerable a esas regiones, por lo tanto, se estaría comprometiendo la seguridad nacional.

Biden debe tomar el protagonismo internacional pero más allá de foros y discursos. Estados Unidos debería continuar siendo el pionero tecnológico en el desarrollo de energías alternativas con absoluta seguridad y garantía la producción y obtención de esas tecnologías cuando sean necesarias.

Contradicciones japonesas

Los países tienen que vivir y gestionar sus sociedades de acuerdo con sus condiciones geográficas, sociales e históricas y convivir con los errores y crímenes del pasado, de los que ninguna nación ha estado exenta. Y Japón ha  sido uno de los grandes protagonistas del brutal siglo XX a la vez que uno de los países más eficientes y defensores de las libertades y garantías ciudadanas desde de los años 50 del siglo pasado.

Tras la reciente cumbre entre los máximos dignatarios de EEUU y Japón, Joseph Biden y Yoshihide Suga, ambos países han confirmado una alianza establecida tras la II Guerra Mundial y han expresado en un comunicado su disposición a mantener la estabilidad actual en el Pacífico y concretamente en el Estrecho de Taiwán, donde China viene aumentando la presión militar y política para la reintegración administrativa de la isla a la tutela del gobierno de Pekín. Hay que recordar que formalmente Taiwán se considera la continuidad, ahora democrática, de la China derrotada por los comunistas de Mao tras la guerra mundial y la ocupación japonesa que en Taiwán fue especialmente dura.

El comunicado fue mal recibido en China y en Japón, donde sus leyes prohíben toda implicación en un conflicto exterior y Tokio ya tuvo que hacer equilibrios jurídicos malabares para enviar militares a Afganistán. Suga ha tenido que explicar en su país que la declaración suscrita con Estados Unidos no implica ningún compromiso militar y que no se involucrará en caso de una invasión china de la isla.

Esta situación revela bien a las claras la compleja situación japonesa, amenazado directamente por China en la disputa de las islas Senkaku, denominadas también Diaoyu (en chino) o Pinnacle (en inglés) y a cuya soberanía aspiran la República China (Taiwán) y la República Popular China (Pekín), y por los misiles de Corea del Norte. Japón vive una creciente presión para redefinir su intervención en la región, agravada por los gestos contradictorios del presidente Trump en los últimos años que han hecho dudar de la solidaridad de EEUU y sugerido la necesidad de una mayor autonomía, también militar.

Biden está decidido, nada más tomar posesión, a cerrar esta brecha, solidificar lazos con los tradicionales aliados de la región y lanzar una advertencia a China de que no vayan más lejos en lo que interpreta como provocaciones militares. En este marco se inscribe el comunicado con Japón que ahora necesita la habilidad política de Suga para no desembocar en una crisis interna.

INTERREGNUM: Suga en Washington. Fernando Delage

El 16 de abril, el primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, fue el primer líder extranjero recibido por Joe Biden en Washington desde su toma de posesión el pasado mes de enero. El gesto del presidente norteamericano no es en absoluto inusual. El antecesor de Suga, Shinzo Abe, fue también el primer jefe de gobierno extranjero que se reunió con Trump tras la victoria electoral de este último en 2016, y Japón fue asimismo el destino del primer viaje al exterior de Antony Blinken y de Lloyd Austin como secretarios de Estado y de Defensa de la nueva administración (como lo fue igualmente de otros secretarios de Estado anteriores).

El papel de Japón como aliado indispensable de Estados Unidos se ha reforzado aún más frente a la prioridad central del Indo-Pacífico en la estrategia internacional de Washington. Tokio no sólo puede ayudar a la Casa Blanca a recuperar el terreno perdido durante los últimos cuatro años, sino a complementarse en sus respectivas capacidades. Mientras Estados Unidos asume la principal responsabilidad en el terreno de la seguridad, Japón puede maximizar su protagonismo en cuanto a la financiación de infraestructuras o la promoción de las cadenas de valor y de interconectividad en la región.

Ambos, por resumir, desean coordinar sus esfuerzos frente al ascenso de China y las incertidumbres del escenario estratégico asiático. La cumbre de la semana pasada ha servido por ello para lanzar un mensaje conjunto tras la celebración del primer encuentro del Quad a nivel de jefes de gobierno, de las reuniones bilaterales mantenidas a nivel de ministros, y tras los duros intercambios entre diplomáticos chinos y norteamericanos en Alaska. También sirvió para preparar los próximos encuentros multilaterales previstos, como el convocado por Biden sobre cambio climático esta misma semana, o la cumbre del G7, en Reino Unido en junio, a la que se ha invitado a participar a India, Corea del Sur y Australia.

La atención, con todo, estaba puesta en cuestiones más inmediatas, relacionadas con las últimas acciones chinas. Biden y Suga denunciaron cualquier intento de modificar el statu quo regional por la fuerza, refiriéndose en particular a los mares de China Meridional y Oriental. Más significativo fue aún el reconocimiento de “la importancia de la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán”. Fue la primera vez que la isla apareció de manera explícita en un comunicado conjunto de ambos países desde principios de los años setenta. La preocupación por la situación en Hong Kong y Xinjiang fue expresada igualmente, aunque Japón ha evitado por el momento la imposición de sanciones.

Las circunstancias de la región han cambiado, y Estados Unidos espera una mayor contribución de Japón a la alianza. Suga se ha encontrado por su parte ante la más importante oportunidad diplomática desde que accedió a la jefatura del gobierno el pasado otoño para elevar su perfil—la diplomacia no ha formado parte de su trayectoria política—, de cara a las elecciones generales de este mismo año. Pero, al mismo tiempo, Japón se encuentra frente al dilema bien conocido en su relación con Washington: entre el temor a verse atrapado en un conflicto iniciado por otros (no podría mantenerse al margen, por ejemplo, de un ataque chino a Taiwán), y el temor a verse abandonado por Estados Unidos y no poder apoyarse en la alianza para hacer frente a los riesgos en su entorno exterior.

EEUU y Japón refuerzan sus lazos. Nieves C. Pérez Rodríguez

El primer ministro japonés, Yoshihide Suga, fue el invitado de honor del presidente Biden el viernes pasado. Una gran distinción considerando que en palabras del propio Biden es el primer jefe de Estado al que él personalmente pidió que fuera invitado a la Casa Blanca. Este encuentro muestra la importancia de estas relaciones y cómo ambas naciones ven estratégica su relación y el compromiso bilateral que han asumido mantener e incluso reforzar.

Suga y Biden ya se habían reunido en encuentros previos -pero virtualmente- como el G7 y la cumbre de líderes del Quad. Y además, Biden envió a Japón a su secretario de Estado y el secretario de Defensa en su primera visita oficial física.

Biden aprovechó la ocasión para afirmar que ambas naciones trabajarán en conjunto para demostrar que las democracias aún son competitivas y que por lo tanto pueden ganar en el siglo XXI.

Suga correspondía diciendo: “Estados Unidos es el mejor amigo de Japón y además somos aliados que compartimos valores universales como la libertad, la democracia y los derechos humanos. Nuestra alianza ha cumplido un papel fundamental en la estabilidad y la paz en la región del Indo pacífico”.

Entre los puntos claves discutidos durante la visita estuvo la maligna influencia china en la paz y la prosperidad del Indo Pacífico y el resto del mundo. Suga afirmó que tanto Japón como Estados Unidos se oponen a cualquier intento de cambio del statu quo por la fuerza o la coacción en los mares de China oriental y meridional. Con esas palabras le decían a Beijing que, a pesar de todo el despliegue militar, de aviones sobrevolando las Islas Senkaku, el patrullaje chino en las aguas del mar de chino, el sobrevuelo constante de aviones militares sobre Taiwán, no conseguirán quitarle la libertad de navegación a la región.

En el encuentro se acordó fortalecer la competitividad en el campo digital invirtiendo en investigación, desarrollo y despliegue de las redes 5G e incluso la 6G. Y para ello Estados Unidos ha comprometido 2.5 mil millones de dólares y Japón 2 mil millones. La aproximación de lo presupuestado muestra el nivel de compromiso de Japón y como se ve a sí mismo como un líder en la región y por lo tanto en el mundo. Esta apuesta puede significar para Tokio la recuperación de su posición de liderazgo mundial y contrapeso con Beijing.

El resultado de la ejecución de este proyecto sería una red que permita conectividad global segura y de última generación como alternativa al 5G chino que tanta incertidumbre ha despertado y tantos debates y confrontaciones políticas y diplomáticas ha generado.

También anunciaron un plan para ayudar a la región del Indo Pacífico a recuperarse de la pandemia, incluso a través de la asociación de vacunas del Quad en conjunto con Australia e India. El objetivo es fabricar, distribuir vacunas y ayudar a la recuperación de los países de esta región post pandemia. Y a la vez, ir estableciendo un sistema internacional de prevención de futuras pandemias.

Estados Unidos y Japón intercambian más de 300.000 millones de dólares en bienes y servicios cada año, lo que los convierte en principales socios comerciales. De acuerdo con cifras oficiales del Departamento de Estado, Estados Unidos es la principal fuente de inversión directa en Japón, y Japón es el principal inversor en los Estados Unidos, con 644.700 millones de dólares invertidos en 2019 a largo de los 50 estados americanos.

La Administración Biden ha dicho desde que tomó posesión que China representa el principal riesgo para Estados Unidos, y todo indica que ese riesgo lo ha tomado muy en serio y están dispuestos a neutralizarlo. La libertad de navegación de los mares del sur y del este de China y la seguridad de la cadena de suministro de semiconductores, junto con una red de 5G occidental, abordar la situación nuclear norcoreana y la estabilidad de la península coreana, el compromiso medio ambiental que acentuaron junto con el relanzamiento de una alianza cada vez más compleja y ambiciosa constituyen la hoja de ruta que definirá el relanzamiento de estas relaciones bilaterales. Y con ello el potencial renacer de dos potencias caminando de la mano.

INTERREGNUM: Pekín, Moscú y Teherán mueven ficha. Fernando Delage

La intención de la administración Biden de restaurar la relación con los aliados, y el simultáneo interés europeo por restablecer los lazos transatlánticos, tienen como principal objetivo la gestión del desafío chino. Así se ha puesto de manifiesto en las sanciones impuestas conjuntamente por ambos actores—además de Reino Unido y Canadá—por los abusos cometidos en Xinjiang, y en el anuncio—realizado durante la visita del secretario de Estado, Antony Blinken, a Bruselas—de reactivación del foro de diálogo Estados Unidos-Unión Europea sobre la República Popular. La medida representa un nuevo paso adelante en la voluntad de la Casa Blanca de articular una respuesta unificada al ascenso de China, si bien la reacción de Pekín—que ha impuesto sanciones por su parte a parlamentarios y académico europeos—puede poner riesgo el acuerdo de inversiones firmado con la UE en diciembre.

China no se ha limitado sin embargo a elevar el tono y a responder con rapidez a las sanciones de que ha sido objeto. Sus movimientos diplomáticos tampoco se han hecho esperar. Apenas tres días después del encuentro de Alaska entre representantes chinos y norteamericanos, el 19 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov, llegó a Pekín, donde los dos gobiernos acordaron mantenerse unidos frente a Occidente. “Ambos, dijo Lavrov, creemos que Estados Unidos desempeña un papel de desestabilización. Se apoya en las alianzas militares de la guerra fría y trata de crear nuevas alianzas con el fin de erosionar el orden internacional”. Con una preocupación aparentemente menor por las sanciones, las dos potencias estrecharán su cooperación en áreas de interés compartido y desarrollarán alternativas comerciales y financieras que no les haga depender de las estructuras y prácticas dominadas por las democracias occidentales.

Tras este nuevo gesto de aproximación entre Pekín y Moscú, el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, aterrizó en Teherán el 26 de marzo. Durante su breve estancia, ambas naciones firmaron un acuerdo de cooperación estratégica por un periodo de 25 años, haciendo así realidad la propuesta sugerida por el presidente Xi Jinping con ocasión de su visita a Irán en enero de 2016. Aunque los detalles del acuerdo no se han dado a conocer, abarca sectores diversos, el militar incluido, y se traducirá en una significativa inversión china en el sector energético y en infraestructuras. La República Popular es el primer socio comercial de Irán y uno de los principales destinos de sus exportaciones de crudo, sujetas como se sabe a sanciones norteamericanas.

Ninguno de estos movimientos es mera coincidencia. El deterioro de la relación de Washington con Moscú tras llamar Biden asesino a Putin, y con Pekín tras adoptarse medidas concretas contra la violación de derechos humanos en Xinjiang, han ofrecido una nueva oportunidad para el acercamiento chino-ruso. Desde el asedio del Capitolio el pasado mes de enero, los dos gobiernos se consideran más legitimados que nunca para denunciar la disfuncionalidad de las democracias liberales y la falsa universalidad de sus valores. Al incluir a Irán en la ecuación, Pekín no sólo refuerza su presencia en relación con la dinámica regional de Oriente Próximo—de la que también es prueba su declarada oferta de mediar entre israelíes y palestinos—sino que ha lanzado otro claro mensaje a la administración Biden: tanto para presionar económicamente a Teherán como para rehacer el pacto nuclear de 2015 necesitará contar con China. Las piezas se siguen moviendo en el tablero geopolítico.

Blinken viaja a Japón en su primer viaje. Nieves C. Pérez Rodríguez

La primera visita oficial del secretario de Estado de EEUU, Anthony Blinken, será a Japón esta semana y lo hará en compañía del secretario de Defensa, Lloyd Austin, lo que es una muestra de la importancia estratégica de estas relaciones bilaterales y la necesidad de fortalecer la llamada “fuerte alianza basada en valores comunes”.

Estados Unidos y Japón intercambian más de 300.000 millones de dólares en bienes y servicios cada año, lo que los convierte en principales socios comerciales. De acuerdo con cifras oficiales del Departamento de Estado, Estados Unidos es la principal fuente de inversión directa de Japón, y Japón es el principal inversor en los Estados Unidos, con 644.700 millones de dólares invertidos en 2019 a lo largo de los 50 estados americanos.

Pero el viaje, además, tiene un importante componente geopolítico. No en vano asistirá también el secretario de defensa, lo que prueba la profundidad de dichas relaciones bilaterales mucho más allá de la parte económica.  Washington está comprometido a defender a Japón y su territorio. Estados Unidos sostiene que “las Islas Senkaku son parte del radio del artículo V del Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua entre ambas naciones, por lo que seguirán oponiéndose a cualquier intento unilateral chino de cambiar el statu quo del Mar de China Oriental o socavar la administración japonesa de estas islas”. Y Beijing por su parte ha venido consecutivamente navegando y sobrevolando de manera provocadora y con intenciones expansivas esta zona. 

Los Estados Unidos no han escatimado recursos ni capacidades militares para hacer frente a los riesgos de seguridad en el sureste asiático y con el ello el futuro mantenimiento de la alianza bilateral. Por su parte el gobierno japonés comparte los costes de mantener las fuerzas estadounidenses en Japón. En efecto, el pasado 24 de febrero, ambos gobiernos firmaron una enmienda al Acuerdo sobre Medidas Especiales, un componente clave del marco de apoyo y que además fue prorrogando hasta el 31 de marzo de 2022. Las negociaciones para un nuevo y más amplio acuerdo se encuentran en discusiones en este momento.

Japón acoge a aproximadamente 55.000 militares estadounidenses, el contingente más grande de las fuerzas americanas fuera de los Estados Unidos, junto con los miles de civiles del Departamento de Defensa y miembros de sus familias que viven y trabajan junto a ellos.

Este viaje tiene lugar justo una semana después de la celebración de la cumbre del Quad, en la que participaron: Estados Unidos, Japón Australia e India, y en el que las naciones se comprometieron a trabajar para garantizar un Indo Pacífico libre y abierto, lo que es una gran prioridad para Tokio, además de la necesaria cooperación en materia de seguridad marítima, cibernética y económica frente a los desafíos que plantea China en la región.

Un punto interesante que resaltaba el comunicado oficial del viaje fue que “Estados Unidos y Japón se han comprometido a construir redes 5G seguras” y para ello utilizarán proveedores de confianza, lo que se entiende es que no serán considerados los proveedores chinos por el potencial riesgo de seguridad. Explica el comunicado además que empresas estadounidenses y japonesas de primera línea están desarrollando enfoques abiertos e interoperables como las tecnologías Open RAN (radio access network) que prometen aumentar la diversidad de proveedores y la competencia del mercado, y tienen el potencial de reducir costos y mejorar la seguridad.

Por lo tanto, los principales puntos en la agenda serán la libertad de navegación de los mares del sur y del este de China y la seguridad de la cadena de suministro de semiconductores, la situación nuclear norcoreana y la estabilidad de la península coreana, el golpe militar en Myanmar y lo que eso significa para la inestabilidad de la región. Y el fortalecimiento de Japón como aliado estadounidense pero también como actor regional.

La alianza entre Estados Unidos y Japón ha servido para mantener la paz, seguridad y prosperidad en el Indo Pacifico y en el mundo por seis décadas.  Y en un momento como el actual en el que, tal y como dijo el propio Blinken en el Congreso en los primeros días de la Administración Biden, “la mayor amenaza que tiene Estados Unidos hoy es China”, por lo que los aliados en la región son claves para no perder cierto equilibrio allí y garantizar la libertad de navegación en Asia.

Filipinas pone precio a su alianza con EEUU

Filipinas ha decidido mover ficha y, ante las promesas de Biden de retomar y reforzar los lazos con los aliados tradicionales en el Pacífico, el presidente Duterte ha exigido a Washington más ayudas militares y compensaciones económicas para renovar el acuerdo bilateral de seguridad con Estados Unidos, tras unos años de acercamiento a China en medio de una política interna marcada por medidas de lucha contra la delincuencia poco respetuosas con las más elementales normas de derechos humanos.

Filipinas ha sido un aliado tradicional de Estados Unidos desde la independencia de España del país asiático y Washington ha marcado con pocos escrúpulos la política de este país hasta el final de la II Guerra Mundial. Esta alianza se vio notablemente reforzada por la liberación de las islas por soldados estadounidenses tras la ocupación japonesa.

Pero esta alianza  se ha visto deteriorada por la gestión del presidente Duterte, sus malos gestos hacia Estados Unidos y sus guiños a China en medio de la crisis con Corea del Norte y por la expansión marítima de Pekín (que amenaza la soberanía filipina) que han sido vistos como deslealtad en EEUU. Y, por el papel estratégico de Filipinas, la necesidad de reconstruir un cinturón de seguridad con Japón, Corea del Sur, Taiwán e Indonesia fundamentalmente, Estados Unidos no puede permitirse un enfriamiento con Manila. Otro test para Biden cuyo equipo quiere buscar soluciones globales para la zona. Probablemente, la Administración norteamericana cederá a muchas de las exigencias filipinas presionando a la vez para un cambio de gestión y tratará de impulsar mejores relaciones del gobierno de Duterte con sus vecinos, aunque no con China, con algunos de los cuales (y también con China) tiene disputas territoriales sobre mares e islas cercanas.

INTERREGNUM: Biden y la democracia india. Fernando Delage

Restaurar la relación con los aliados tradicionales es una de las prioridades de la política exterior del presidente de Estados Unidos. Así volvió a reiterarlo Biden a una audiencia europea en su intervención por video en la Conferencia de Seguridad de Munich el pasado fin de semana, como ha hecho igualmente en sus conversaciones con los socios asiáticos. Entre estos últimos, India es uno de los que cuentan con mayores expectativas: Biden, uno de los artífices del acuerdo nuclear civil firmado con Delhi en 2008, se comprometió durante la campaña electoral a estrechar las relaciones bilaterales, y en su administración hay cerca de una veintena de altos cargos de descendencia india (incluyendo la vicepresidenta, Kamala Harris).

La asociación estratégica con India se apoya en un amplio consenso mantenido en Washington desde hace casi dos décadas, por lo que no cabría esperar grandes cambios al haber un nuevo ocupante en la Casa Blanca. India se encuentra en el centro de la arquitectura que Estados Unidos desea para la región (le da incluso su nombre: Indo-Pacífico), y la cooperación en el terreno de la seguridad continuó avanzando bajo la presidencia de Trump. Pese a los iniciales titubeos indios con respecto a un alineamiento explícito con Washington, la transformación de la dinámica geopolítica regional causada por el ascenso de China ha conducido al gobierno de Narendra Modi—con el margen de maniobra que le proporciona una mayoría absoluta en el Parlamento—a calificar a Estados Unidos como un socio “indispensable”. Dicho eso, la dinámica interna de ambas potencias hará inevitables algunos reajustes.

La relación económica es crucial para India, cuyo PIB se redujo un 24 por cien en el primer semestre del año fiscal 2020-21 como consecuencia de la pandemia, la mayor caída en décadas (y una de las más graves registradas en el planeta). Delhi confía en que Biden elimine las sanciones comerciales impuestas por Trump, pero la Casa Blanca exigirá que se supriman las barreras que obstaculizan el acceso de las empresas norteamericanas al mercado indio.

 Mayor dificultad representa para Biden la regresión democrática que atraviesa India. La supresión de la autonomía de Cachemira, el constante asalto a las libertades civiles y las amenazas a la minoría islámica desde la reelección de Modi en 2019 fueron respondidas por Trump con el más absoluto silencio; una actitud que no puede compartir Biden, quien ha hecho de la defensa de la democracia uno de los pilares de su diplomacia. La relevancia geopolítica de India como socio impedirá, no obstante, condenar las violaciones de derechos humanos de la misma manera que lo hará cuando se trate de China o de Rusia, variables que también pueden afectar al desarrollo de las relaciones bilaterales.

Como Trump, Biden considera a China como un competidor estratégico. Al contrario que su antecesor, sin embargo, espera poder cooperar al mismo tiempo con Pekín en relación con problemas globales como el cambio climático o la proliferación nuclear. Un acercamiento entre ambos puede resultar una complicación para Delhi, cuya percepción de la República Popular vive el momento más bajo en décadas, y ha adoptado medidas dirigidas a reducir la interdependencia entre las dos economías. Rusia puede plantear un dilema aún más grave: mientras Biden endurecerá la posición de Estados Unidos hacia Moscú, la tradicional amistad entre este último e India—manifestada en particular en la compraventa de armamento—puede ser fuente de tensiones.

Pese a estos condicionantes externos, lo cierto es que la relación Estados Unidos-India nunca ha sido más fuerte: el contexto asiático y global apuntan a una creciente profundización, con independencia de quién sea presidente de Estados Unidos. Biden ofrece a Delhi una oportunidad para superar las dificultades comerciales y elevar la cooperación en defensa. Al mismo tiempo, sin embargo, el deterioro de la democracia india puede perjudicar de manera aún incierta esa trayectoria positiva.