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¿Diplomacia de rehenes?. Nieves C. Pérez Rodríguez

La saga de Meng Wanzhou, ejecutiva financiera de Huawei, parecía que llegaba a su fin con su fastuoso retorno a China la semana pasada. Pero lo cierto es que este caso ha marcado un antes y un después en la actual escena internacional y, en efecto, podría suponer una redefinición de las reglas de interacción entre las grandes potencias.

Meng es hija de Ren Zhengfei, exmilitar chino y fundador de Huawei en 1987, lo que la convierte en una especie de princesa del Partido Comunista China por la cercanía de su familia al poder y por la importancia estratégica de la gigante tecnológica para Beijing.

Después de millones de dólares en fianza y abogados y múltiples presentaciones en los tribunales canadienses, Meng finalmente admitía en un documento de cuatro páginas de largo que había incurrido en irregularidades en el 2013 con una empresa iraní con las que engañaba a HSBC sobre la verdadera naturaleza de la relación de Huawei con Skycom.

Beijing ha insistido desde el principio en que los cargos que se le imputaron a Meng fueron fabricados para poder contener el espectacular crecimiento de Huawei mientras alimentaban su propaganda tanto a nivel interno como internacional. No es casual que el recibimiento de la ejecutiva estuviera tan cargado de simbolismo y los mensajes tuvieran un contenido tan nacionalista.

Desde el principio se han vinculado los casos de la detención de los dos ejecutivos canadienses conocidos como “los Michaels” con el caso de Meng, como instrumento negociador de la libertad de la chica de Huawei, aunque tanto el gobierno canadiense como el estadounidense y el chino han negado los vínculos entre estos casos. Beijing argumentaba que los canadienses fueron liberados bajo fianza por razones médicas después de haber admitido sus delitos en confesiones escritas a mano. Sin embargo, del otro lado del Pacífico el gobierno canadiense no ha entrado en detalles que en efecto expliquen la liberación.

No es casual que los aviones de los rehenes de ambos lados del Pacífico salieran simultáneamente en destinos opuestos.  Este hecho deja ver que todo fue milimétricamente pactado y que fue una operación en la que ambos estados trabajaron por la recuperación de sus ciudadanos.

La imagen de China en Canadá se ha visto muy afectada en los últimos tres años, entre la desinformación de la primera etapa de Covid-19 en Wuhan y la detención arbitraria de los Michaels como represalia diplomática de Beijing. Además, a nivel económico, China dejó de importar productos canadienses y hasta en una oportunidad los acusó de haber enviado una carga de canola con plagas peligrosas según el propio gobierno chino.

Decía el ministro de relaciones Exteriores canadiense -Marc Garneau- a pocos días de la liberación: “El gobierno ahora está siguiendo un enfoque cuádruple hacia China que se basa en coexistir, competir, cooperar y desafiar.  Tenemos los ojos bien abiertos. Hemos estado diciendo eso durante algún tiempo. No había camino hacia una relación con China mientras los dos Michaels estuvieran detenidos”.

El Primer Ministro canadiense, Justin Trudeau, en una primera etapa intentó mantenerse distanciado de la situación pero fue forzado a involucrarse. Su padre. en los setenta, incentivó las relaciones con China, pero a su hijo le tocó cambiar esa posición para mantenerse favorable en las encuestas, especialmente después del caso de los Michaels, y, en efecto, recientemente intervino en varias ocasiones reclamando públicamente el regreso de los ejecutivos.

Este juego de rehenes no sólo pone en entredicho el sistema judicial de las naciones occidentales involucradas, sino que abre un escabroso camino en el que China pueda hacer uso de esta práctica en otro momento en el que se sienta acorralada, bien sea con la detención de un ciudadano de alto perfil o vea afectado sus intereses. Pero a su vez también ha hecho despertar a sus países rivales del potencial peligro que corren sus ciudadanos en territorio chino.

Las razones que llevaron a muchas empresas occidentales a trasladar sus fábricas a China fueron el bajos costes de producción y mano de obra, así como la flexibilidad de las políticas de establecimiento de los negocios allí; pero el espectacular crecimiento de la economía china ha ocasionado el aumento de valor de la mano de obra local, por lo tanto ya no es tan atractiva como era. Si a eso se le suman los escandalosos costes de envío de contenedores a día de hoy, más la escasez de barcos de carga, lo que se traduce en dificultades para transportar las mercancías desde China a Occidente y en un valor final extraordinariamente alto comparado con el de unos años atrás, se ve un escenario complicado. Por otra parte, hay que añadir el problema eléctrico que tiene China y que ha ocasionado muchos apagones en las últimas semanas, debido al obsoleto sistema que tienen. Y además la incertidumbre de que los altos ejecutivos de estas grandes empresas como Nike o Apple pudieran estar en peligro en una visita de negocios. Todo esto aleja la inversión de éste tipo de trasnacionales que precisamente ayudaron a convertir a China en la segunda economía del mundo.

Si, además, naciones como Canadá, Estados Unidos, Australia (que también ha sido objetivo de la furia china durante la pandemia) o Inglaterra, ahora que está reviviendo su orgullo de potencia con el acuerdo del AUKUS  ponen una alerta del peligro que corren sus ciudadanos en caso de visitar China, muchas de estas grandes trasnacionales comenzarán por trasladar sus sedes de producción a países más fiables como Vietnam o incluso más idealmente Centro América donde, por cercanía, los costes serían mucho más bajos y, de momento, el valor de la mano de obra se encuentra por debajo del chino. O también se puede dar el caso de que muchas de esas trasnacionales regresan a casa como lo ha anunciado Ford y no solo traen empleo al país sino que tendrán la seguridad que parece que ya no tienen en China.

El PC chino quiso mostrar músculo al mundo, pero quizás occidente en respuesta empezará a darle señales de distanciamiento lo que sería catastrófico para los planes de crecimiento chinos.

El triunfante regreso de la ejecutiva de Huawei. Nieves C. Pérez Rodríguez

El arresto de Meng Wanzhou, la directora financiera de Huawei, en junio del 2018, marcaba un giro sin precedentes en las relaciones entre Washington y Beijing y ponía a Ottawa en el medio esta particular situación, que, en efecto, le hicieron pagar un alto precio a Canadá con la suspensión de exportaciones cuyo destino era China y una alta presión diplomática debido a la privación de libertad de dos ejecutivos de negocios canadienses en territorio chino, caso que se hizo conocido como el nombre “los Michaels”.

Durante la Administración Trump y en medio de la llamada guerra comercial entre Estados Unidos y China el interés por mirar con lupa las actividades de Huawei se intensificó considerablemente. El desarrollo de la plataforma 5G fue la piedra angular que mantuvo el debate abierto, mientras que La Casa Blanca trabajó arduamente en tratar de convencer a las naciones aliadas del peligro de usar esta tecnología china. Sobre todo entre aquellos países estratégicos que comparten información confidencial con Estados Unidos y viceversa. Los países de la alianza del “five eyes” concretamente fueron la mayor preocupación del Pentágono y del equipo de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Huawei es la empresa de telecomunicaciones más grande del mundo y la segunda en vender teléfonos móviles y equipos de comunicación de última generación. Una poderosa compañía que a finales de los años 90 intentaba sin éxito desarrollar la red del 3G por lo que perdieron enormes sumas de dinero. Pero que remontaba diez años más tarde para desarrollar la plataforma del 5G, gracias a una enorme inyección de capital proveniente del Estado chino, lo que de entrada se considera como una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuyo éxito y supervivencia son producto de la calidad del servicio que ofrecen.

La disímil relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista chino, así como la legislación china que contempla la colaboración de estas compañías para facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda a occidente. Y eso deja abierta la posibilidad de que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo con su conveniencia.

En ese marco, la Administración Trump impuso sanciones a la gigante china mientras consiguió que Reino Unido, Australia y Japón prohibieran el uso de la tecnología de Huawei en sus territorios. Y en agosto del 2018 un tribunal de New York emitía una orden de arresto para que Meng fuera juzgada en los Estados Unidos como una alta ejecutiva de Huawei bajo los cargos de violaciones de sanciones estadounidenses en contra de Irán y conspiración para robar secretos comerciales.

La captura de esta ejecutiva china abrió un nuevo horizonte diplomático nunca antes visto. Se mantuvo en arresto domiciliario en Canadá en una de sus propias viviendas con pulsera electrónica en su tobillo a la ejecutiva de Huawei que tuvo que permanecer en Canadá más de dos años presentándose a la justicia canadiense. Mientras, Beijing encontraba una forma de presión a cada movimiento jurídico. Por ejemplo, en mayo del año pasado la Corte Suprema de Vancouver dictaminó que los cargos contra ella cumplían con el estándar legal de doble criminalidad, lo que dejaba abierta la opción de crímenes en Canadá y en Estados Unidos. Beijing no tardó en contestar con la sentencia a los dos hombres de negocios que fueron privados de su libertad desde el comienzo de esta saga.

Desde finales del 2020 se estaba intentando negociar un “procedimiento diferido” entre los fiscales estadounidenses y los abogados de Meng que consistía en que admitiera culpabilidad por algunas de las acusaciones que se le imputan y con ello se le permitiera retornar a China. Tal y como fue publicado en esta misma columna en diciembre del año pasado en el que se afirmaba que ese tipo de acuerdos es más común que sea concedido entre empresas y en muy raras ocasiones a individuos.

Meng admitía en un documento de cuatro páginas de largo que había incurrido en irregularidades en el 2013 con una empresa iraní en los que engañaba al HSBC sobre la verdadera naturaleza de la relación de Huawei con Skycom.

A esta admisión negociada el Departamento de Justicia estadounidense respondía retirando la petición de extradición que comenzó todo este proceso en primer lugar. Y ahora afirman que procederán con preparativos para el juicio en contra de la empresa como entidad jurídica pero no de un individuo afiliado a la empresa. Por lo que la ejecutiva fue liberada la semana pasada.

Meng regresaba a China en medio de una magnífica llegada a Shenzhen, precisamente la ciudad donde se encuentra la sede principal de Huawei. Aterrizaba en un avión con la bandera china, ataviada de un traje rojo triunfante, color tradicional de la cultura china que representa además éxito, vitalidad y buena suerte, recibida con alfombra roja, flores, espectadores con banderitas chinas y pódium listo para dar declaraciones en vivo frente a audiencia televisada, que se calcula rondó los 10 millones de espectadores. Decía que habían sido días difíciles pero que estaba feliz de estar en casa, como si se tratara de un error de la justicia de occidente.

Los encabezados de los medios oficiales chinos titulaban “Arrestada por el auge de China y gracias a eso también fue liberada”. El Partido Comunista chino aprovechó la oportunidad para alimentar su propaganda y afianzar su credibilidad y fuerza domestica que se ha visto afectada por los problemas económicos en el marco de la pandemia y escándalos como el de Evergrande, la gigantesca inmobiliaria china.

Los Michaels fueron liberados por la justicia china a tan sólo pocas horas de que Meng llegara a China y, como afirmaba Rüdiger Frank, profesor de la Universidad de Viena en una serie de tweets, la liberación de estos canadienses justo a pocas horas de haber llegado Meng confirma la conexión directa entre ambos casos. O sea, que China los había capturado como respuesta a la orden de captura a la ejecutiva de Huawei.

Con la detención de estos dos canadienses como respuesta a la detención de Meng y la sentencia a muerte de Robert Lloyd Shellenberg en 2019, quien había sido imputado por narcotráfico de estupefacientes en el 2014, Beijing daba clara muestras de lo que es capaz de hacer. De que está preparada para responder enérgicamente si sus intereses son tocados.

Este peligroso juego de presión que la Administración Trump comenzó fue respondido más reciamente por Beijing dejando ver que no están dispuestos a dejarse presionar por fuerzas exteriores por muy poderosas que estas sean. Claramente la Administración Biden está intentando otro camino para contener las arbitrariedades chinas. Un camino que parece que pasará por vías más regulares y menos escabrosas pero que a su vez convierta a China en un actor de igual peso.

Nafta con nuevo nombre y consecuencias sobre China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Mucho se ha escrito y discutido sobre el Nafta desde 1994, año en que entró en vigor. Aunque en sus comienzos fue un acuerdo modesto, con el paso de los años evolucionó y consiguió la unificación de las economías de los Estados Unidos, Canadá y México a un nivel excepcional en ramos como el automotriz. Y a pesar de que el acuerdo ha sido exitoso, la Administración Trump decidió declararle la guerra con la excusa de que era perjudicial para Estados Unidos. Y una vez más se comprobó que la política de máxima presión que tanto le gusta a Trump da resultados. Amenazar con dejar en el aire dos economías que tienen una gran dependencia de la estadounidense fue la mejor arma para ganar.

México sucumbió a las exigencias de Washington por la fragilidad de su economía y el impacto negativo que ha padecido desde que Trump se convirtió en presidente. Canadá, por su parte, cuenta con una economía mucho más sólida, que creció 3% en el 2017, lo que muestra un crecimiento por encima del de su vecino estadounidense (2.2%).  Pero a pesar de las cifras es tremendamente dependiente del que ha sido su gran aliado histórico. Tan sólo el año pasado importó 332 mil millones de dólares de los Estados Unidos. Esta dependencia no es nueva, ni había sido valorado como negativa hasta que las discusiones para mantener vivo Nafta se mantuvieron por 14 largos meses en los que los canadienses entendieron que están realmente amarrados.

El hecho de que Canadá dependa tanto de Estados Unidos no es casual. Washington le facilitó el acceso a su mercado durante muchos años. Si se considera su cercanía y que ese vecino y socio comercial era y sigue siendo aún la primera economía del mundo, simplemente era lo más lógico. Lo que ahora analizan los economistas canadienses es que se debió hacer una valoración de la posibilidad de abrir sus relaciones comerciales con Asia, sobre todo con China, que es actualmente la segunda economía del mundo, y que potencialmente superará a Estados Unidos en pocos años.

En este aspecto la Administración Trump también se ha adelantado y ha impuestos sus exigencias en el nuevo NAFTA o USMCA (por sus siglas en inglés, Acuerdo de Estados Unidos, México y Canadá). El apartado 32.10 del nuevo acuerdo especifica en siete puntos detallados las consecuencias para alguna de las partes de establecer otro tratado de libre comercio con terceros países (es decir, fuera de los 3 miembros). A esto, Micheal Chong (actual miembro de la Cámara de los Comunes de Canadá, del partido conservador) ha dicho que se le ha cedido soberanía canadiense a Washington, “pues ahora tenemos que pedirles permiso antes de establecer nuestros propios acuerdos comerciales; esto literalmente nos hace un Estado vasallo de los americanos”.

La embajada china en Ottawa ha expresado su rechazo a esta cláusula. Ha dicho que lo considera un acto de dominación política de los Estados Unidos. Ha insistido en que la Casa Blanca está usando este punto como un mecanismo de control para evitar que Canadá y México puedan establecer intercambios con China, aunque no se cita al gigante asiático expresamente. Funcionarios diplomáticos chinos insisten en que su país forma parte de la Organización Mundial del Comercio, y aunque no sea miembro del nuevo NAFTA, no deberían bloquearse el acceso al mercado de sus miembros.

Otra batalla que ganó Trump a Peña Nieto fue imponer un salario mínimo a los trabajadores, con ellos se garantiza que las industrias domésticas no se desplacen a México, mientras obliga al gobierno mexicano a pasar una ley que mantenga los estándares de los trabajadores. Washington también consiguió incorporar en el acuerdo que se mantengan los tipos de cambios determinados por el mercado, y no se incurra en manipulación cambiaría y se combata la corrupción. Otra medida que fue dirigida a México, claramente.

La administración Trump también consiguió que Canadá le abriera acceso al mercado de los lácteos, que estaba altamente protegido. Esta apertura puede llegar a representar unos 16.000 millones de dólares más de intercambios -de acuerdo a la BBC- y lo que era uno de los retos de Trump, pues de cara a los agricultores estadounidense les ayuda tremendamente a cumplir con una de sus promesas electorales.

Trump ha ganado con este acuerdo reducir el desequilibrio en el comercio internacional de Estados Unidos, obligando a sus socios a seguir sus pautas mientras pone barreras a China. Arrastra a los miembros del nuevo NAFTA hacerle la guerra comercial a China indirectamente, mientras avanza en su proteccionismo económico y usa estos éxitos en la campaña electoral de noviembre.

Habrá que estar atentos a los siguientes movimientos de la Casa Blanca, pues Larry Kudlon -director del consejo económico nacional de Trump- advirtió que ellos “están atacando el origen de las enfermedades de la economía estadounidense y la prueba de ello es que se consiguió una coalición que se le plantará a China. Lo siguiente será reclutar a Japón y la Unión Europea”, afirmó. (Foto: Bob King, Flickr.com)

Trump en el laberinto del NAFTA. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Casa Blanca anunciaba la semana pasada que después de una larga confrontación con México había alcanzado un acuerdo bilateral. Dejando claro que no es NAFTA, pues según Trump el Tratado de libre comercio de América del Norte (NAFTA) es el peor convenio jamás firmado por los Estados Unidos. Sin tomar en consideración que está en vigor parcialmente desde 1994 y que ha sobrevivido múltiples administraciones tanto republicanas como demócratas, y que además implica a una población de 390 millones de ciudadanos, y un PIB de 7 trillones de dólares. Como si eso ya no fuera suficiente, que es el acuerdo económico que ha integrado más la economía de Canadá, Estados Unidos y México, pues de acuerdo a los economistas ha conseguido que la producción de diferentes sectores como el automotriz, manufacture sus partes entre las tres naciones, y que sea ésta la razón por la que el producto final tiene un costo más competitivo en el mercado y permite su acceso a más ciudadanos.

Mientras Trump precisaba que el acuerdo era únicamente con México, desde la distancia el mismo presidente Peña Nieto, vía telefónica, insistía en que Canadá debía formar parte, aunque horas más tarde el canciller mexicano anunció que aceptaba la propuesta de la Casa Blanca. La economía mexicana ha estado en caída desde noviembre del 2016, momento en que fue elegido Trump como presidente. Desde entonces, cada amenaza de Trump ha impactado los indicadores económicos, el primero de ellos fue una bajada drástica del peso mexicano a tan sólo horas de haberse conocido el resultado electoral, mientras el dólar subía considerablemente. Pues México depende sustancialmente de las compras de su vecino del norte, y de un acuerdo sin aranceles que mantenga las reglas del juego como hasta ahora. Desde que Washington hizo púbico el acuerdo la economía mexicana se ha mostrado al alza durante toda la semana.

A día de hoy el NAFTA sigue siendo un acuerdo vigente a tres bandas, por lo que terminarlo y establecer dos diferentes acuerdos bilaterales acarrearía consecuencias legales, políticas y económicas importantes. Trump ha insistido en que lo acabará en el futuro, seguramente para presionar al congreso a aprobar el nuevo pacto con México. Y a la vez presionar también a Canadá a aceptar sus términos, sostienen un grupo de experto de CSIS (Centro de estudios internacionales y estratégicos de Washington). Sea cual sea el nombre que finalmente decidan, la sostenida insistencia de Trump y su equipo económico en el daño que NAFTA hace a la economía estadounidense, los obliga a maquillar el nombre o a cambiarlo para justificar por qué están actualmente negociando.

Según New York Times, aunque Trump lo llame diferente no será más que “un NAFTA pero revisado”, con actualización de las disposiciones relacionadas con la economía digital, los automóviles, la agricultura y los sindicatos, es decir las disposiciones que permiten a compañías estadunidenses operar en México y Canadá sin tarifas. Mientras Reuters remarcaba que lo que Trump realmente quiere es poner un límite a las exportaciones a USA de 2.4 millones de dólares en vehículos y 90 mil millones en auto-partes. Por encima de eso, éste sector en concreto se enfrentaría un arancel de 25%. En esta nueva receta económica de la Casa Blanca, sale también perjudicado parte de las disposiciones del TPP (Tratado de Asociación del Transpacífico) porque eliminan la solución de controversias y protecciones adicionales para medicamentos de marcas, que ya Canadá rechazó en su momento durante las negociones del TPP, sostiene Edward Alden (experto del Council Foreing Relations).

A pesar del pesimismo que ha envuelto el futuro de NAFTA, son muchos los economistas que afirman que sigue habiendo una gran oportunidad para que se salve. Partiendo del hecho que el Congreso estadounidense tiene que aprobar un nuevo acuerdo o cualquier cambio o negociación entre México y Estados Unidos. Y en este escenario, que el congreso pida explicaciones de por qué Canadá no está incluida. Pues no puede perderse de vista, que a día de hoy el intercambio entre estos dos países asciende a 582.000,4 millones de dólares, ocupando Canadá el segundo lugar después de China (636.000 millones de dólares) y México (204.000.2 millones) el tercer puesto, según datos oficiales de la oficina de estadísticas exportaciones de los Estados Unidos.

A pesar del revuelo que ha causada la noticia, sobre todo en Canadá, no debería sorprender tanto que Trump prefiera la firma de acuerdos bilaterales. Es parte de su estrategia económica, imponer máxima presión para obtener los resultados que desea. Es siempre más sencillo negociar siendo el más fuerte, pero además contra una sola parte que contra dos. Desde luego es un recurso poco diplomático, pero también es conocida que la diplomacia no es precisamente lo que caracteriza al personaje. A pesar que el precio a pagar sea dejar orillado a un socio y aliado tan cercano como es Canadá de los Estados Unidos.

Trump abre otro frente

Alegre y combativo, Donald Trump se ha lanzado a la arena de la guerra comercial anunciando un rearme arancelario de las importaciones de acero y aluminio para, dice, proteger la industria de Estados Unidos, y amenazando a Europa con extender la medida al sector automovilista. Ha afirmado el atrabiliario presidente que las guerras comerciales son buenas y se ganan fácilmente, pero eso, como todos los procesos históricos, debe ser analizado a medio y largo plazo.

Aparte del hecho real de que recurriendo al nacionalismo económico el presidente Trump despierta a un monstruo apenas dormido, abre una carrera contra la globalización y la libertad de comercio, que nunca ha sido mucha, por otra parte, y penaliza a los países menos desarrollados que ya tienen políticas proteccionistas, políticamente es un mensaje nefasto que alimentará el populismo nacionalista y provocará a medio plazo dudosos beneficios a la política de Estados Unidos.

Políticamente, la medida anunciada provoca un terremoto que hará reconsiderar alianzas y estrategias. Hay que subrayar que los nuevos impuestos para el acero de fuera de Estados Unidos provocan una brecha entre Gran Bretaña y Estados Unidos que hace tambalear los planes de Londres para hacer frente al Brexit; abren un foso entre EEUU y la Unión Europea; crean problemas con Rusia y China y, lo que es más importante, con Corea del Sur, y en el caso del aluminio, penalizarán a países presentes ahora en el mercado norteamericano como Venezuela y Vietnam. Y, más, la medida ensancha la grieta en el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, México y Canadá, que Trump quiere renegociar para, proclama, conseguir ventajas para su país.

No es fácil adelantar una posible evolución de este panorama dibujado “a grueso trazo” como lo ha definido el secretario de Comercio de EEUU en el que aún faltan los detalles. Pero parece otro paso más de Trump en una estrategia que huele a improvisación, que suena a vieja y gastada y que políticamente va a ser una fuente de inestabilidad difícil de gestionar. (Foto: Wajahat Mahmood, Flickr)

El NAFTA, supervivencia en agonía. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) está en un proceso de deterioro de su estabilidad, a pesar de sus más de veinte años de exitoso funcionamiento. Tanto Canadá como México están apostando fuertemente por mantenerlo a flote, pero sus socios estadounidenses han repetido sin ningún tipo de dobleces que no continuarán con un acuerdo que perjudique la economía y los intereses de los Estados Unidos. La semana pasada, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en su visita a la Casa Blanca, apostó por impulsar el acuerdo mientras Donald Trump, en su básico vocabulario, dejaba claro que sus relaciones bilaterales con Canadá son muy buenas, pero que el NAFTA ya se verá.

Trump ha sido consistente es su oposición a este acuerdo como, en general, a casi cualquier acuerdo económico en donde los intereses de su “América First” o “Make America Great again” estén comprometidos: de acuerdo a su propia concepción, lógicamente. Ha asegurado que es el peor tratado económico nunca antes firmado y firmó una orden ejecutiva para renegociar NAFTA a muy pocos días de tomar posesión. Además de que sus asesores económicos han expresado su negativa a continuar adelante con este compromiso.

La semana pasada, en el marco de la cuarta ronda de negociaciones para intentar salvar NAFTA, el representante de intercambios estadounidense afirmó que la causa del déficit que sufre Estados Unidos es este acuerdo. Del mismo modo, alegó que es prioritario para su Administración disminuir el déficit en los intercambios entre México y Estados Unidos, que el año pasado ascendió a 36 billones de dólares, mientras con Canadá fue de 30 billones (según el Economic Complexity Index).

Chrystia Freeland, ministra de Exteriores de Canadá, por su parte aseguró que erradicar este acuerdo no será la solución al déficit estadounidense. Los números indican que en 2016 las exportaciones estadounidenses fueron de 1.42 trillones de dólares versus 2.21 trillones en importaciones globales, lo que arroja un balance negativo de 783 billones.

Los expertos no terminan de ponerse de acuerdo en cómo se podría acabar con el NAFTA. Técnicamente hay dos teorías que se manejan. La primera, que Trump puede anularlo basándose en el artículo 2205 del acuerdo, lo que le daría 90 días para la retirada total. La segunda teoría sostiene que, dado que este convenio fue aprobado por el Congreso de los Estados Unidos, es el Congreso el que tiene la autoridad legal de anularlo, lo que sería más complicado, pues de momento sigue contando con su apoyo.

El dinero es el elemento que tiene realmente en vilo este tratado; el reestablecer aranceles a los productos beneficiaría a las empresas petroleras estadounidenses, lo que se traduciría en mayor liquidez, dicen. Es también probable que se pudieran recuperar entre 500 a 700 mil empleos en empresas manufactureras en California, Michigan, New York y Texas que han sido trasladadas a México. Sin embargo, el precio de los productos agrícolas que se importan de México a Estados Unidos aumentaría instantáneamente, (vegetales, frutas, aceites comestibles, etc.) lo que terminaría teniendo un impacto inflacionario en la economía que tanto quiere proteger Donald Trump.

Los acuerdos económicos entre países, tal y como su nombre indica, son convenios en donde se gana y se sacrifican cosas para un bien común. Pretender establecer acuerdos donde sólo se benefician los intereses de una de las partes, es una gran presunción. Renegociar acuerdos existentes para poder ajustarlos a las nuevas necesidades, demandas e incluso a la nueva realidad, es políticamente correcto, pero siempre que se haga bajo el respeto hacia los otros socios.

El afán proteccionista de Trump está llevando a la nueva Administración a replantearse las normas del juego económico, y con ello tratar de imponerlas a sus aliados comerciales.

México ha ido abriendo progresivamente su mercado hacia el Pacífico. En el 2011 se creó una zona de libre comercio entre México, Colombia, Chile y Perú, que solo en el 2017, ha conseguido que el 94% de los intercambios hayan sido libres de impuestos. Además, China, Alemania y Japón (en ese orden) después de Estados Unidos y Canadá, son los países a los exportan sus productos. Y astutamente Japón está intentado hacerse con los espacios que podrían dejar las fábricas automovilísticas estadounidenses en México. En cuanto a Corea del Sur, la relación con México es bastante dinámica, tiene firmados 11 convenios de cooperación en diversas áreas (según cifras oficiales del gobierno azteca) y Seúl considera a México como el primer aliado comercial en América Latina, puente estratégico para entrar a este gran mercado. Canadá, por su parte, tiene menos riesgo, pues de momento parece que Washington apuesta por mantener las relaciones cercanas y apunta más a querer un convenio económico bilateral con ellos.

Finalmente, lo cierto es que, para Estados Unidos, ambos socios son fundamentales en su economía, y que a pesar de su tendencia súper proteccionista, a la administración Trump le tocará hacer un análisis pragmático de sus intereses frente a la realidad, pues Canadá es el primer país a donde envían sus productos, y el tercer país del que importan. Y en cuanto a México, es el segundo al que al que exportan productos, y el segundo también del que importan.

Imponer un cambio de las reglas de juego cambiará la realidad económica. La situación actual no es la misma de cuando la fuga de los empleos, lo que significa que aun intentando replicar esa pasada realidad no hay seguridad de que se podrán recuperar las manufactureras. Estamos inmersos en un proceso de cambio constante que exige adaptarse. Mirar atrás no es la clave, pues lo que dio resultado hace tres décadas no tiene garantía de ser exitoso en el mundo globalizado que vivimos hoy.

¿Y el NAFTA?

Washington.- Hace más de dos décadas que está en funcionamiento lo que ha sido uno de los acuerdos más importantes, que ha conseguido unificar y hacer crecer tres grandes economías liberando aranceles de importaciones en productos agrícolas y textiles así como la manufactura de automóviles, tomando en cuenta la protección de sus trabajadores y del medio ambiente. El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) fue negociado por George Bush (padre), aprobado por el Congreso y puesto en marcha bajo la Administración Clinton. Un acuerdo que contó desde sus orígenes con el apoyo de republicanos y demócratas, pero que ahora podría sucumbir en manos de la nueva Administración.
Durante la campaña electoral e incluso en su primera semana en la oficina oval, el Presidente Trump ha insistido en definir el NAFTA como el peor acuerdo comercial de la historia de los Estados Unidos. Paradójicamente, la página oficial de intercambios comerciales de la Casa Blanca aún tiene datos como que desde que entró en vigor este acuerdo las exportaciones agrícolas estadounidenses a México se han doblado y han aumentado un 44% a Canadá. Antes del Nafta, los productos estadounidenses que entraban a México enfrentaban barreras comerciales de alrededor de 10%, lo que significaba casi 5 veces más a las impuestas a los productos mexicanos en territorio estadounidenses.
El argumento fundamente que utiliza la Administración Trump para despreciar este acuerdo es básicamente el impacto negativo que ha tenido en el sector de manufacturas y la pérdida de empleos. De acuerdo a la oficina de estadísticas de empleo estadounidense, justo después de entrar en vigor el NAFTA la manufactura creció hasta el 2001, momento en que China entró en la organización mundial de comercio y la situación cambió radicalmente y empezó el descenso de este sector hasta llegar a una caída histórica producto de la gran recesión en el 2007. Sin embargo, a partir del 2010, se observa una recuperación progresiva. No se puedo olvidar cómo el desarrollo tecnológico en las empresas de manufactura juega un papel clave en relación al número de empleados. Son muchos los equipos y cada vez más sofisticados que sustituyen la mano del hombre.
Estados Unidos comparte una frontera de más de 6.400 km con Canadá, sin contar la frontera con Alaska, que son otros 1.500 km. Por el sur, con México, la frontera es de unos 3.200 km. Claramente México tiene un gran interés en mantener lazos fuertes con la primera economía del mundo, muy a pesar del discurso populista de construcción del muro. El presidente Peña Nieto ha sido cauto, y para muchos mexicanos incluso débil con sus respuestas diplomáticas a las afirmaciones inapropiadas de Míster Trump, dejando siempre claro la importancia de mantener relaciones cordiales y comerciales con su vecino del norte.
Canadá, por su parte, ha sido aliado histórico de los Estados Unidos, compartiendo siempre las mismas inquietudes globales y los mismos valores fundamentales. La visita esta semana de Justin Trudeau, podría darnos la clave de lo que serán estas relaciones, que a priori dan señales de ligeros cambios. El primer ministro canadiense no ha ocultado su desacuerdo con el decreto presidencial de Trump sobre la inmigración, invitando a ir a Canadá a todos los que nos son bien recibidos en Estados Unidos, exhibiendo su opinión al respecto, sin confrontar.
Muchos años han pasado desde que el Presidente Clinton recitó estas palabras, que siguen tiendo vigencia, en la ceremonia de la firma de NAFTA en 1994: … “Si aprendimos algo de la caída del Muro de Berlín y la caída de los gobiernos de Europa del Este es que, a pesar de ser sociedades totalmente controladas, no pudieron resistir los vientos de cambios que la economía, la tecnología y el flujo de información ha impuesto a este nuestro mundo. La única opción realista es aceptar estos cambios y crear los empleos de mañana…”.
Esperemos que la nueva Administración acabará aceptando que estos son otros tiempos, que cerrarse a la globalización es prácticamente imposible, y que pretender imponer o revertir acuerdos como el NAFTA podría llevar a los Estados Unidos a un aislamiento, sin ningún beneficio para el ningún beneficio para el país. Imponer a sus empresas operar bajo diferentes esquemas podría simplemente llevar a la ruina a muchas de ellas. Sencillamente, pretender reestructurar todo lo existente es como querer cerrar los ojos a lo evidente.

El factor Trump