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INTERREGNUM. Kim maniobra. Fernando Delage

Casi un año después de su primera cumbre con el presidente norteamericano, el líder norcoreano, Kim Jong-un, lanzó el pasado sábado sus primeros misiles de corto alcance desde noviembre de 2017. Los analistas coinciden en que la prueba supone un intento de aumentar la presión sobre el presidente Trump para reanudar las negociaciones, después del fallido segundo encuentro entre ambos, en Hanoi en febrero.

La reunión en Vietnam concluyó de manera abrupta al rechazar Trump la propuesta de Kim de eliminar las sanciones económicas impuestas a Corea del Norte a cambio del desmantelamiento sólo parcial de su programa nuclear. Kim anunció con posterioridad que esperaba una nueva propuesta de Washington antes de terminar el año. Sin incumplir su renuncia a los ensayos de armas nucleares y misiles intercontinentales—que Trump anunció en su día como un gran triunfo para Estados Unidos—, este lanzamiento de cohetes de corto alcance podría ser el preludio del fin de dicha suspensión. Kim desafía así al presidente norteamericano cuando éste encara en pocos meses el comienzo de la carrera para su reelección en 2020.

Con este último ensayo, el líder norcoreano revela su frustración con la ausencia de avances en las conversaciones. Pero es también revelador que la prueba se haya producido sólo días después de su primer viaje a Rusia. El “productivo” encuentro mantenido con el presidente Vladimir Putin en Vladivostok, lanza una señal a Washington de que cuenta con otros socios internacionales—desmintiendo de este modo el supuesto aislamiento diplomático de Pyongyang—, mientras que permite a Moscú asegurarse un papel en el complejo tablero diplomático intercoreano.

Los instrumentos a disposición de Rusia son limitados en comparación con los de Estados Unidos o China. Pero si se llega a una solución sobre la desnuclearización de la península, sobre la que tendrá que pronunciarse el Consejo de Seguridad de la ONU, será necesario contar con el apoyo de Moscú, por lo que deberán tenerse en cuenta por tanto los intereses del Kremlin. Más relevante es, con todo, la evolución del contexto estratégico de la crisis norcoreana: la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China y el abandono por Washington del tratado de armas nucleares de alcance medio (INF) requiere evitar un agravamiento de los problemas de seguridad en la región mediante una nueva carrera de armamentos, otro objetivo que resulta imposible sin Moscú. De manera más general, sin una conversación entre las potencias—entre las que hay que incluir a Japón y Corea del Sur—sobre la estructura de seguridad del noreste asiático, una solución al problema norcoreano resulta poco probable, si no imposible. Entretanto, Pyongyang demuestra su habilidad al repartir las cartas de la baraja, enfrentando a sus socios y enemigos mientras continúa ganando tiempo y reforzando sus intereses.

Rusia recuerda su presencia asiática

El encuentro entre el líder norcoreano, Kim Jong-un, y el presidente ruso, Vladímir Putin, revela que Corea del Norte está hace tiempo cambiando sus tradiciones y dándole a las relaciones exteriores y las maniobras diplomáticas una importancia que hasta hace poco despreciaba. Para el lider norcoreano, seguir rompiendo el cerco en el que él mismo se encerró es importante en una época de presión a través de sanciones económica y para el presidente ruso es fundamental enviar el mensaje de que su país no es una potencia ajena a la zona y, además, cuenta con la influencia y la potencia suficiente como para tener protagonismo.

Sin duda este encuentro no opaca el papel esencial de China y, además, aparentemente en mensaje de Putin a su colega norcoreano es mantener una vía de diálogo con Estados Unidos y Corea del Sur y aceptar el principio de desnucleraización al que sigue poniendo reparos. Probablemente por eso, el propio presidente Trump ha agradecido públicamente a Putin sus esfuerzos. Sin embargo, el presidente norteamericano no debería caer en la ingenuidad, y es difícil que sea así, de considerar el gesto ruso como una iniciativa sin profundidad. Rusia quiere tener la fiesta en paz con China mientras refuerza su presencia en las repúblicas centro asiáticas ex soviéticas, por donde discurre la nueva ruta de la seda terrestre, y el estrechamiento de lazos con ambas Coreas es una maniobra estratégica de envergadura.

La cubre Kim-Putin, pues, debe ser observada con atención y ver los próximos pasos, aunque, probablemente, Rusia será un acicate más a la firma de un acuerdo con Estados Unidos. Moscú no quiere una elevación de la tensión en la zona, entre otras cosas porque en estos momentos no está en situación de aprovecharla.

INTERREGNUM: China: demografía e innovación. Fernando Delage

Entre esos datos estadísticos que no suelen aparecer en los titulares de los medios de comunicación, la semana pasada se dio a conocer la cifra de nuevos nacimientos en China en 2018: 15,2 millones. Es decir, dos millones menos que el año anterior, y segundo año consecutivo, por tanto, de caída de la natalidad desde que, en 2015, se aboliera formalmente la política del hijo único. En términos porcentuales, la población china creció un 0,38 por cien, un incremento comparable al de los países de Europa occidental. Lo significativo es que se trata del crecimiento más bajo desde 1961, año en que la República Popular afrontaba la pérdida de hasta 40 millones de personas como consecuencia de las hambrunas causadas por el Gran Salto Adelante maoísta.

La demografía, como vienen advirtiendo numerosos economistas desde hace años, es uno de los principales obstáculos al crecimiento sostenido de China. El tamaño de la población activa—y la ventaja competitiva de unos bajos salarios—fue uno de los factores decisivos del despegue económico desde la década de los ochenta. La política del hijo único—impuesta por la presión que suponía una población de esas dimensiones sobre un Estado con limitados recursos—ha tenido, sin embargo, un impacto difícil de corregir. El censo de 2010 ya reveló un crecimiento anual de la población del 0,57 por cien en la primera década del siglo XXI frente al 1,07 de los años noventa, un dato muy por debajo de lo que se esperaba.

La consecuencia es que el número de chinos en edad de trabajar ha comenzado a contraerse: si entre 1990 y 2010 seis millones de trabajadores se incorporaban anualmente al mercado laboral, durante las próximas dos décadas la población activa se reducirá en unos 6,7 millones de trabajadores cada año. De 940 millones en 2012, se pasará así a 700 millones en 2050, fecha en la que uno de cada tres chinos tendrá más de 65 años. (La población total comenzará a disminuir tras alcanzar un máximo de 1.440 millones en 2029).

El envejecimiento de la población —en un país con una reducida red de seguridad social—, y la reducción de la población activa se traducirán en una disminución gradual del ahorro (y por tanto de la inversión), y empujarán al alza de manera significativa los costes salariales, afectando a la competitividad y al empuje de la economía. Es un desafío que explica la prioridad de los dirigentes chinos por promover un aumento de la productividad apoyado en la innovación y la tecnología. Lo que, a su vez, está en el origen de las actuales tensiones económicas con Estados Unidos y, en parte también, con la Unión Europea.

La aceleración del envejecimiento de una sociedad con una renta per cápita aún baja—al contrario de lo que ocurre en Japón o Corea del Sur, países que también atraviesan un complejo declive demográfico—puede complicar en gran medida las ambiciones chinas y alterar la dinámica política interna. Pero también pone de relieve—justamente cuando la Comisión Europea acaba de adoptar unas nuevas orientaciones estratégicas hacia China que el Consejo Europeo discutirá en su reunión de esta semana—, que la competencia internacional no es tan sólo geopolítica o comercial. La variable demográfica es una de las razones que explica por qué es en relación con la política industrial, y con el sector tecnológico en particular, donde se juega la pertenencia a la primera división mundial del futuro.

Estados Unidos lo tiene claro, aunque quizá no haya formulado una estrategia hacia China coherente y sostenible a largo plazo. Es ahora el turno de los líderes europeos de ser consecuentes con el mundo que se avecina. La demografía condiciona la superación por China de la trampa de los ingresos medios, pero formular una política sobre la base de un escenario de no sostenibilidad de su crecimiento a largo plazo significa desconocer la determinación de Pekín de ocupar una posición de liderazgo en la economía global del siglo XXI. (Foto: Eric Hevesy)

INTERREGNUM: Trump, Kim y los aliados. Fernando Delage

A finales de este mes, posiblemente en Vietnam, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebrarán un segundo encuentro. Una nueva reunión a este nivel puede servir, como la reunión de junio en Singapur, para crear una aparente dinámica de estabilidad entre ambas naciones, y por tanto en la región. Sin embargo, ni resolverá el problema de fondo—Kim no va a renunciar a sus capacidades nucleares—ni tranquilizará a los aliados de Estados Unidos, con cuyos intereses Washington no parece contar.

Así ocurre con Corea del Sur estos últimos días. El 31 de diciembre venció el acuerdo entre ambos socios sobre la financiación de la alianza; unas condiciones que se han actualizado cada cinco años desde 1991. Según diversas fuentes, la Casa Blanca exige a Seúl un aumento de su contribución del orden del 50 por cien, una demanda que ningún gobierno surcoreano—menos aún uno de izquierdas como el actual—podría aceptar. A medida que pasen las semanas sin un entendimiento, aumentan las posibilidades—se temen numerosos analistas—de que Trump pueda ofrecer a Kim alguna concesión con respecto a la alianza. Quizá no fue casualidad que la dimisión de James Mattis como secretario de Defensa se anunciara tras concluir la última ronda de conversaciones con Corea del Sur, como tampoco lo es que Trump haya vuelto al ataque en Twitter sobre cómo la seguridad de sus prósperos aliados está subvencionada por los contribuyentes norteamericanos. La retirada de Siria y Afganistán indica que la hostilidad del presidente hacia las alianzas no es mera retórica.

Dividir a Estados Unidos y Corea del Sur es por supuesto un elemento central de la estrategia de Pyongyang. Y es un objetivo detrás del precio que Kim puede pedir—en forma de retirada de los soldados norteamericanos del Sur de la península—para ofrecer a la Casa Blanca no el abandono de sus instalaciones nucleares, pero sí el fin del desarrollo de misiles intercontinentales, la prioridad más inmediata para la administración Trump. Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Fox News, en el sentido de que lo primero es la seguridad del territorio de Estados Unidos han sido por ello un jarro de agua fría para Seúl, y un motivo de satisfacción para Corea del Norte.

Es mucho en consecuencia lo que está en juego en este segundo encuentro. Trump busca el mayor triunfo en política exterior de su presidencia, para poder utilizarlo de cara a su reelección. Pero puede poner también en marcha un desastre estratégico a largo plazo para la seguridad de Corea del Sur, para la de otros aliados—como Japón—y en realidad para los propios Estados Unidos. Si Washington pierde Seúl, perderá la península y el noreste asiático en su conjunto. Kim habrá ganado una partida, pero no final: quizá Corea del Sur tendrá que plantearse su nuclearización, aunque el juego quedará en buena medida en manos de China, que observa con deleite cómo esta Casa Blanca deshace sistemáticamente los pilares del poder norteamericano en Asia. (Foto: Matt Brown)

Asia 2019: un pronóstico. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Los comienzos de años son un buen momento para analizar el panorama internacional y evaluar los posibles escenarios que se presentarán. Los analistas hacen sus planteamientos y predicciones mientras que los asesores políticos tratan de sacar el mayor provecho tanto económico como estratégico de las situaciones.

En este sentido el CSIS -Centro para estudios internacionales y estratégico- tuvo su conferencia anual en Washington la semana pasada en la que pronosticaron los escenarios del 2019 para Asia. 4asia tuvo ocasión de participar y seguir los vaticinios hechos por los especialistas en cuanto a la geopolítica en Asia y el Pacífico, al liderazgo regional y hacia donde irán las alianzas políticas y los factores económicos.

Amy Searight, que cuenta con una larga experiencia en asuntos asiáticos y fue subsecretaria de Defensa de EEUU, considera que uno de los grandes riesgos para éste año es que China tome la iniciativa de reclamar territorio taiwanés o filipino y qué rol desempeñaría Estados Unidos ante esta posible situación.

En el caso de Filipinas, Washington debería responder y defender al país con quien ha mantenido relaciones diplomáticas durante tantos años, además de los muy cercanos vínculos militares actuales que comenzaron en la Administración de George Bush. Estados Unidos debería dejarle claro a Beijing no van a tolerar tendencia expansionista en la región. Sin embargo, la situación en Manila con el presidente Duterte es impredecible, y en las últimas semanas ha habido cuestionamientos de su alianza con los estadounidenses.

En cuanto al liderazgo en Asia, se discutió que, a diferencia del año pasado cuyo protagonismo estuvo centrado en Xi Jinping, para el 2019 estará compartido entre Xi y el primer ministro japonés Shinzo Abe. Se remarcó el hecho que Japón se encuentra en un momento privilegiado por el crecimiento económico que ha tenido, y que continuará creciendo. Especialmente si se compara con la economía china, que, por unanimidad entre los expertos, está entrando en un momento de estancamiento económico.

“China ha sufrido un crecimiento espectacular en los últimos diez años, y entre otros factores se debe a que la población ha aumentado exponencialmente su gasto a costa de endeudarse, pero que ese crecimiento es insostenible”, explica Stephanie Segal, economista que trabajó para el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional. Afirma que “si Beijing no cambia su modelo no podrán seguir creciendo”.

En cuanto a la relación de Estados Unidos y China, hubo unanimidad de opinión en los paneles. La presión que la Casa Blanca ha estado ejerciendo sobre Beijing desde que tomó el control Trump está funcionando. La economía de china se ha debilitado y podría debilitarse aún más. Por lo que es muy probable que intenten renegociar los aranceles. Mientras que los intercambios entre Estados Unidos y Japón se presentan como positivos y cómo los más cómodos para la Administración Trump con entrada en vigor en un año y medio aproximadamente.

El debate tecnológico está despertando un gran interés en Washington. “La protección de las nuevas tecnologías centra este debate y tendrá que regularse a través de leyes que deberán que ser aprobadas por el Congreso estadounidense”, afirma Scott Kennedy, quien es considerado una autoridad en políticas chinas, dedicando más de 30 años de estudios a la evolución industrial, económica, política, de negocio y tecnológica.

La seguridad ocupó un lugar privilegiado de la discusión, como era de esperar. Corea del Norte sigue siendo el dolor de cabeza de la región. Se platearon dos posibles escenarios ante un segundo encuentro entre el presidente Trump y Kim Jong-un. El más positivo sería que Pyongyang acuerde abrirse y permitir las inspecciones que den fe que su carrera nuclear está suspendida, lo que es muy poco probable. Y el segundo escenario podría ser que no se llegue a ningún acuerdo real entre los líderes, y por lo que Kim acabe presionando al presidente Moon, y Corea del Sur empiece hacer lobby internacional para el levantamiento de sanciones a Pyongyang, vaticina Sue Mi Terry -una de las expertas más respetadas en el tema coreano.

Mi Terry afirma que hay una creciente tensión entre Seúl y Washington que podría complicarse si Trump sigue presionándoles con doblar el pago del acuerdo bilateral para mantener tropas estadounidenses en territorio surcoreano. A día de hoy, no hay un acuerdo entre las partes, pues Trump insiste en que Seúl pague anualmente el doble de lo que ha venido pagando, o sea 1.6 mil millones de dólares (en vez de los 830 millones de dólares que pagaron hasta el año pasado) y por su parte el gobierno de Moon insiste en que eso no es parte del arreglo preestablecido.

La política proteccionista de Trump está dando resultados positivos para la economía de Estados Unidos, al menos de momento. Habrá que ver si la cumbre con el líder norcoreano da algún fruto real, De no darlo, Victor Cha -la autoridad número uno en este tema- afirma que será visto como un gran fracaso de Trump. Y estos dos elementos, resumen básicamente las principales políticas en las que ha centrado su gobierno. (Foto: Andrea Glasser, Flickr.com)

特朗普 – 金正恩,走向第二次峰会。 Nieves C。Pérez Rodríguez

(Traducción: Isabel Gacho Carmona) 华盛顿 – 美国政治环境激烈,总统仍然决定国会批准在墨西哥边境修建隔离墙的资金。 与此同时,在国际层面,华盛顿在特朗普和金正恩之间举行了第二次历史性会议。

金正恩在对中国首都进行正式访问,好像他将要求允许与对手会面。 事实上,上周四,韩国总统表示了金正恩访问北京是宣布特朗普与金正日即将召开的会议。 这发生在第一次会议之前和从新加坡返回之后。

朝鲜的盟友很少,中国不仅仅是平壤的盟友; 它是一种国际盾牌,帮助它在这种孤立中生存下来。 金知道并且也接受了,所以这次访问几乎是对习近平的赞美。

这次访问恰逢两国70年来双边关系的周年纪念日,并展示了他们亲密关系的战略加强,以及今年的共同议程。 在对话中,可能的情景可能是在与特朗普的第二次会面中提出的。

今年早些时候,特朗普在一条推文中表示他正在等待与金正日见面,同时明确表示朝鲜具有其领导人所知的巨大经济潜力。 然后他说他们正在谈判会议的地点。 据美国有线电视新闻网报道(CNN),正在考虑的地方是越南,泰国,夏威夷,甚至可能是纽约或日内瓦。

越南是一个与美国关系密切的国家,去年夏天国务卿访问了它,并在访问中表达了“越南经济从与美国的交往中受益”,并强调了 积极的是,越南放弃核计划,作为朝鲜人的良好榜样。

泰国是一个靠近朝鲜的国家,也是拥有外交总部的国家。金正恩 确信他在那里参加峰会感觉更舒服。 除了相对接近朝鲜半岛。

夏威夷不是中立的领土。 事实上,对于金正恩,它实际上是敌人的领地,所以它不太可能成为场地。 虽然纽约是联合国的总部,但仍然从朝鲜太远。 日内瓦也是如此。 甚至金本人也说它可以在平壤进行,但对于华盛顿而言,这将是一个令人不安的地方,他们将无法控制。

是时候等待决定的制定和宣布了。 问题是另一个问题,无核化的进展尚未取得进展。 平壤希望国际制裁得到镇压,但不会给出真正的改变迹象。

最大的赢家仍然是金正恩,他在不到一年的时间里,在正式访问中四次访问中国,并获得了国家元首的一切荣誉:他曾多次会见韩国总统; 他派出一个代表团参加冬季奥运会,还有,正在准备与美国领导人进行第二次会面,仅在去年1月,我们担心了从平壤遭到袭击并改变关系是不可想象的。

Un ejemplo para no imitar. Miguel Ors Villarejo

“Mientras Trump lidera la estrategia de desregulación y rebajas fiscales”, escribe Michael Schuman en el New York Times, “otra gran economía ha adoptado un enfoque diferente”. Su nuevo presidente ha decidido poner coto a la desigualdad y al deterioro del bienestar que, en su opinión, ha provocado el recetario neoliberal. Los anteriores Gobiernos, argumenta, únicamente se preocuparon por dar facilidades a los inversores y cree que ha llegado el momento de impulsar la actividad desde el lado de la demanda, mejorando los salarios, acabando con los abusos en materia de horarios y potenciando el gasto social. ¿Y cómo pretende financiar este programa? Subiendo los impuestos a los más ricos y a las grandes empresas.

Les suena, ¿verdad? Pero no, no hablo de Pedro Sánchez. Me refiero a Moon Jae-In, el mandatario surcoreano que desbancó en mayo de 2017 al conservador Partido Libertad, asediado por los casos de corrupción (hasta ahí llega el parecido razonable). Corea del Sur tiene una renta per cápita “aproximadamente equivalente a las de Italia y España”, explica Schuman, “y sus 51 millones de habitantes se enfrentan a los desafíos propios de las naciones desarrolladas, como la desaceleración, una población envejecida [por la caída de la natalidad] y la pujante competencia de China”. Moon lleva ya algún tiempo al frente del país y se dan, por tanto, las condiciones de espacio y tiempo para que, desde este rincón de Europa, saquemos conclusiones sobre la viabilidad del nuevo evangelio de la izquierda internacional. ¿Cuál está siendo el resultado?

No muy halagüeño. Schuman cuenta que “el crecimiento se ha ralentizado, el paro ha aumentado y los gerentes de pymes como Moon Seung no dejan de lamentarse”. Moon Seung es el fundador de Dasung, una fábrica de componentes para automóviles de las afueras de Seúl, cuyos costes laborales se incrementaron un 3% el año pasado, después de que entrara en vigor el nuevo salario mínimo (SMI). Este se ha encarecido el 11%, que no es ni la mitad de lo que ha anunciado aquí Sánchez, pero ha bastado para comerse los estrechos márgenes de Dasung y frenar en seco cualquier contratación. “Los perjuicios no los están sufriendo solo los empleadores”, advierte Moon Seung.

“El principal problema”, prosigue Schumann, “es la presión [competitiva] sobre los negocios pequeños, que son a menudo incapaces de trasladar los mayores costes a sus clientes. Una encuesta realizada por la patronal de las pymes Kbiz en 2017 revelaba que el 42% de sus asociados se verían forzados a destruir empleo por culpa del alza del SMI.

Song Minji, la fundadora de una modesta compañía de publicidad, también cuenta al diario que no ha podido sustituir a dos trabajadores cuyos contratos expiraban y que sus tareas las ha repartido entre el resto de la plantilla.

Menos actividad, más paro y mayor carga laboral para quienes tienen la fortuna de conservar el puesto: no parece un balance brillante y, de hecho, la popularidad de Moon se ha desplomado desde el 84% de mediados de 2017 al 45% del último sondeo. Algunos economistas creen que es pronto para extraer enseñanzas. “Necesita tiempo”, dice el decano de una escuela de negocios de Seúl. Y el responsable del servicio de estudios de HSBC atribuye la falta de vigor de Corea del Sur no tanto a las medidas de Moon como a la desaceleración mundial.

Sea como fuere, el presidente no tiene intención de enmendar el rumbo y para 2019 ha presentado los presupuestos más expansivos de la última década y una subida del SMI de otro 11%. Está convencido de que su remedio es acertado y que lo que falla es la dosis.

Mientras, en la otra orilla del Pacífico, Estados Unidos creció el 3,4% en el tercer trimestre, el paro se encuentra en los niveles más bajos desde 1969 y los salarios se recuperan a ritmos superiores al 4% sin que se aprecien signos de recalentamiento. (Foto: Robert Borden)

Seúl también juega

Corea del Sur se ha posicionado ante la inminente segunda cumbre entre Donald Trump y Kim Jong-un y ha expresado su satisfacción. Seúl espera que el encuentro constituya “un giro” a favor de la paz en la península coreana, ha dicho oficialmente el gobierno surcoreano.

Aunque parezca que todas esas declaraciones están dentro de lo previsto y lo que corresponde a un viejo aliado de EEUU, Seúl no es en estos momentos un espectador pasivo en la crisis ya que el presidente surcoreano Moon Jae-in ha desarrollado una diplomacia propia y diferente desde su llegada al poder, se ha entrevistado con el presidente Kim y espera celebrar su propia cumbre en Seúl. Hay que recordar que la retirada de Trump del escenario económico y sus contradicciones han creado alarma e incertidumbre en sus aliados más estrechos y antiguos del Pacífico.

Por eso, el gobierno surcoreano ha precisado oficialmente que “Corea del Sur continuará con su estrecha coordinación con Estados Unidos, su principal aliado, para alcanzar el objetivo de una “desnuclearización completa”, añadiendo que Seúl intensificará su diálogo con Pyongyang para que la cumbre anunciada sea un éxito.

Precisamente, uno de los escollos del avance en el despliegue de lo hablando en la primera cumbre en Singapur el pasado junio está en que Kim quiere equiparar su amenaza nuclear a la presencia de tropas de Estados Unidos en el sur de la península y a la capacidad de respuesta militar de Seúl, que para los surcoreanos, además de ser un insulto, constituye una amenaza en sí mismo. (Foto: Floriano Cathala, Flickr.com)

Trump-Kim, hacia su segunda cumbre. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Se vive en EEUU un ambiente político caldeado en la capital, una acalorada confrontación entre los líderes del partido de oposición y la Administración Trump y, lo más llamativo, el cierre de gobierno más largo de la historia, con operaciones mínimas, pero con el empecinamiento del presidente en seguir adelante hasta que el Congreso le apruebe los fondos para construir el muro en la frontera con México. Mientras, en el plano internacional, Washington tiene en la agenda un segundo encuentro histórico entre Trump y Kim Jon-un, y que no es descartable que empiece a dársele prioridad para cambiar el foco de atención de los problemas doméstico a los internacionales.

Kim Jong-un estuvo de visita oficial en la capital china, como quien va a pedir permiso para encontrarse con el adversario. De hecho, el pasado jueves el presidente de Corea del Sur -Moon Jae-in- afirmaba que el viaje de Kim a Beijing es un anuncio del inminente encuentro que tendrá lugar entre Trump y Kim. Así sucedió previamente al primer encuentro y después de su regreso de Singapur.

Corea del Norte tiene muy pocos aliados, y China es más que un aliado para Pyongyang; es su tarjeta de protección, una especie de escudo internacional que lo ha ayudado a sobrevivir tal aislamiento. Kim lo sabe y además lo acepta, por lo que la visita refleja casi una pleitesía a Xi Jinping.

Esta visita coincide con el aniversario de los 70 años de relaciones bilaterales entre ambos, y demuestra un fortalecimiento estratégico de su cercanía, junto con una agenda común para el año. En las conversaciones seguramente se plantearon los posibles escenarios en un segundo encuentro con Trump, y hasta dónde puede Kim ser flexible y dónde debe plantarse.

A principios del año, Trump dijo en un tweet que estaba a la espera de encontrarse con Kim mientras dejaba claro que Corea del Norte tiene un gran potencial económico del que es consciente su líder. Y luego dijo que están negociando el lugar en el que se llevará a cabo el encuentro. De acuerdo con la CNN los lugares que se está barajando son Vietnam, Tailandia, Hawai, incluso quizás Nueva York o Ginebra.

Vietnam es un país con cercanas relaciones con Estados Unidos, al que el secretario de Estado ya visitó el verano pasado y en cuya visita expresó cómo “la economía vietnamita se ha beneficiado de sus intercambios con América” y, además, puso el énfasis en lo positivo que ha sido para Vietnam que abandonaran su programa nuclear, como un buen ejemplo a seguir para los norcoreanos.

Tailandia es un país más cercano a Corea del Norte, y donde tienen sede diplomática. Kim Jong-un seguro que se siente más cómodo asistiendo a una cumbre allí. Además de ser relativamente cercano a la península coreana, tal y como ya se discutió antes durante los preparativos de la primera cumbre de Singapur, Pyongyang no cuenta con un avión con capacidad de volar al otro lado del mundo. Aunque eso sería resuelto con la ayuda de China, es muy posible que para el orgullo de Kim no sea fácil de aceptar, pues su régimen y su persona viven del orgullo y la imagen.

Hawai no es territorio neutral. De hecho, es literalmente territorio enemigo para Kim, por lo que es muy poco probable que sea la sede. Mientras que Nueva York, aunque por ser sede de Naciones Unidas, sería más factible, sigue teniendo la gran dificultad de la distancia. Lo mismo sucede con Ginebra. Incluso el mismo Kim dijo que podía llevarse a cabo en Pyongyang, pero para Washington sería un lugar incómodo y donde no tendrían control, incluidos sus servicios secretos, que estarían supeditados al régimen norcoreano.

Toca esperar a que la decisión sea tomada y anunciada. Con la prontitud que actúa Trump, en cuanto se conozca se prepara todo y allí que se presenta. El problema es de fondo, los avances a la desnuclearización no se han hecho efectivos. Pyongyang quiere que sean suprimidas las sanciones internacionales, pero sin haber dado señales reales de cambio.

Los servicios oficiales de prensa china publicaron que Xi y Kim habían abordado el tema nuclear y la necesidad de la desnuclearización, como quién manda un mensaje a Washington de que están avanzando en ello. Pero lo cierto es que no hay pruebas que lo afirmen.

El gran ganador sigue siendo Kim Jong-un quien en menos de un año ha visitado cuatro veces China en visita oficial y con todos los honores de un Jefe de Estado: se ha encontrado con el presidente de Corea del Sur un par de ocasiones; envió una delegación a participar en los Juegos Olímpicos de invierno, y a día de hoy, se encuentra preparando un segundo encuentro con el líder estadounidense cuando tan sólo el enero pasado estábamos temiendo un ataque desde  Pyongyang  y hacía impensable un cambio de relaciones.

El mito del milagro asiático, revisitado. Miguel Ors Villarejo

Érase una vez una opinión pública que contemplaba con inquietud el progreso extraordinario experimentado por un puñado de economías orientales. Aunque todavía eran sustancialmente más pobres y pequeñas que las occidentales, la rapidez con que habían realizado la transición de sociedad agraria a potencia industrial, su capacidad para encadenar tasas de crecimiento muy superiores a las de las naciones avanzadas y la naturalidad con que desafiaban e incluso superaban la tecnología estadounidense y europea cuestionaban la permanencia de la hegemonía no ya política, sino ideológica de Occidente. Los líderes de aquellos países emergentes no compartían la fe en el mercado libre y los derechos civiles. Afirmaban con aplomo que su sistema era mejor y que los pueblos dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios, a limitar sus libertades en aras del bien común y a sacrificar los deseos de consumo cortoplacistas en aras del desarrollo a largo plazo acabarían superando a las cada vez más caóticas sociedades de Occidente. Y una creciente minoría de intelectuales estaba de acuerdo.

En Estados Unidos, la menguante brecha entre Oriente y Occidente terminó convirtiéndose en una prioridad política y los republicanos recuperaron la Casa Blanca bajo la égida de un enérgico presidente que prometió hacer América grande otra vez…

Con apenas unos leves retoques, los dos párrafos anteriores están literalmente fusilados de un clásico del periodismo económico: “El mito del milagro asiático”, el artículo publicado por Paul Krugman en Foreign Affairs en 1994. En aquel momento, el mundo asistía expectante a la irrupción de los llamados dragones (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur), pero Krugman no se refería a ellos. “Hablo, por supuesto, de comienzos de los 60”, seguía el tercer párrafo. “El enérgico presidente era el demócrata John Kennedy [yo he puesto republicano, para actualizar la trampa, y he alterado el lema de su campaña, aunque no mucho]. Las proezas tecnológicas que tanto alarmaban a Occidente eran el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial. Y las economías de rápida expansión eran las de la Unión Soviética y sus satélites”.

Aquello acabó en 1989 como todos sabemos, pero Occidente no puede dejar de mirar con aprensión al Este. De allí vinieron los hunos en el siglo V, los magiares en el IX, los selyúcidas en el XI, los otomanos en el XIII… Desde la caída del Muro de Berlín, la naturaleza del recelo ha cambiado: ya no tememos una invasión física, sino un desbancamiento económico. En 1993 Lester Thurow anunció que el individualismo de Estados Unidos sucumbiría a manos de Japón; incluso Ridley Scott rodó Black Rain, una película que se hacía eco de esta paranoia, del mismo modo que La noche de los muertos vivientes había sido una metáfora de la Guerra Fría. Cuando el país del sol naciente se vino abajo como consecuencia de una gran burbuja inmobiliaria, se empezó a hablar del capitalismo confuciano de los dragones. Ahora estamos con China.

“El punto de vista general”, escribe Martin Wolf en el Financial Times, “es que hacia, digamos, 2040 la economía de China será mucho mayor que la de Estados Unidos”. Hay dos poderosos argumentos que avalan esta tesis. Primero, China aún está por detrás de los países más avanzados en términos de productividad y ese proceso de convergencia debería continuar. Segundo, Pekín ha acreditado una gran capacidad para mantener elevados ritmos de crecimiento a lo largo de décadas.

El problema de esta extrapolación es que no está claro cuál va a ser el impulsor de esa expansión. No puede ser la inversión, que alcanzó el año pasado el 44% del PIB, una proporción insosteniblemente alta. En infraestructuras, “su stock per cápita es ya muy superior al de Japón cuando tenía su misma renta”, dice Wolfe. Y las exportaciones también han tocado techo. Lo lógico es que el consumo doméstico tomara el relevo, pero el elevado endeudamiento lo hace improbable.

La única fuente de crecimiento es una mejora de la productividad, es decir, hacer más con los mismos recursos. En “El mito del milagro asiático”, Krugman explica que esa fue la variable que acabó doblegando a la URSS. Los sistemas de planificación central son mucho menos eficientes que los capitalistas por una razón sencilla: en estos últimos, los emprendedores se juegan su dinero y tienen poderosos motivos para ganar competitividad. A los burócratas soviéticos, por el contrario, les traía sin cuidado la calidad: todo lo que fabricaban acababa colocándose, con independencia de lo bien o mal que funcionara. El resultado fue una brecha creciente de productividad y, por ende, de riqueza y bienestar entre las dos potencias.

¿Asistiremos una vez más a este mismo desenlace? Wolf cree que sí. “Hoy en día el crédito sigue asignándose [en China] preferentemente a las empresas públicas y la influencia del Estado en las grandes compañías no deja de incrementarse. Todo esto distorsionará la asignación de recursos y ralentizará la innovación y el progreso”.

La misma predicción sobre los dragones realizó Krugman en 1994. Pocos lo creyeron, pero menos de tres años después el colapso del baht tailandés ponía fin al efímero imperio del capitalismo confuciano.