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INTERREGNUM: Malas noticias para Pekín. Fernando Delage

Las últimas semanas no han sido fáciles para los dirigentes chinos. Los problemas parecen acumularse en un año en el que Xi Jinping quería verse libre de obstáculos de cara a la confirmación de su tercer mandato en el XX Congreso del Partido Comunista en otoño. El escenario económico empeora, mientras la primera visita de Biden a Asia ha servido para demostrar que, pese a la guerra de Ucrania, China no ha dejado de ser la prioridad central de la política exterior de Estados Unidos.

Los datos dados a conocer el 16 de mayo han revelado el impacto negativo que la política de covid-cero (con decenas de millones de personas confinadas), además de los efectos indirectos del conflicto en Ucrania, están teniendo sobre la economía: en abril se registraron los peores indicadores de los dos últimos años. Sin embargo, lejos de dar marcha atrás en la posición adoptada con respecto a la pandemia, el Comité Permanente del Politburó ha publicado duras advertencias contra quienes la cuestionen. Con independencia de las dudas sobre su eficacia desde una perspectiva sanitaria, su coste económico impedirá en cualquier caso que pueda lograrse el objetivo de un crecimiento del 5,5 por cien del PIB en 2022 (se aspiraba a conseguir una cifra superior a la de Estados Unidos).

Xi piensa que el liderazgo del Partido Comunista y “las ventajas del sistema socialista” bastan para resolver los problemas que afronta la nación. Así lo afirmó en el discurso que pronunció en la conferencia interna sobre economía celebrada el pasado mes de diciembre, y que ha publicado recientemente Qiushi, la revista teórica del Partido. Las dificultades existentes, dijo el presidente, tienen como principal causa la expansión sin freno del capital y del sector privado, un proceso que debe limitarse devolviendo un mayor control al gobierno. Esa ha sido en realidad su posición de siempre, lo que no ha evitado, sin embargo, la aparición de rumores sobre posibles enfrentamientos entre distintas facciones políticas.

La economía no es la única preocupación de Pekín. El viaje de Biden a Corea del Sur y Japón ha servido para reafirmar el compromiso estratégico norteamericano con la contención de la República Popular. Y da idea de la percepción de alarma de Pekín la activa campaña realizada en días previos por los responsables de su diplomacia con el fin de advertir a los socios de Washington del riesgo de una nueva guerra fría entre dos bloques.

En su visita a Corea del Sur, Biden confiaba encontrar en el nuevo gobierno del conservador Yoon Suk-yeol una mayor disposición a cooperar de lo que fue posible con su antecesor, el liberal Moon Jae-in. Washington quiere ampliar el enfoque regional de la alianza con Seúl y hacer que ésta se aproxime gradualmente al QUAD (el grupo formado por Estados Unidos, Japón, India y Australia). Un primer paso consiste en ayudar a mejorar las deterioradas relaciones entre Corea del Sur y Japón. Con el problema nuclear norcoreano por medio, siempre resultará difícil, no obstante, que Seúl se sume de manera explícita a una política de enfrentamiento con Pekín.

En Japón Biden dio un nuevo impulso a la alianza con su principal socio asiático, coincidiendo con el proceso de actualización por el gobierno de Fumio Kishida de la Estrategia Nacional de Seguridad, a la vez que se sondea la posibilidad de la incorporación japonesa a AUKUS. Pero la estancia en Tokio del presidente norteamericano no respondía sólo a motivaciones bilaterales; fue también la ocasión para anunciar formalmente el plan económico de la Casa Blanca para la región (el “Indo-Pacific Economic Framework, IPEF”), y asistir a la segunda cumbre presencial a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD. El IPEF se presentó con algunos cambios tras las reservas mostradas por los líderes de la ASEAN en la cumbre celebrada en Washington la semana anterior. En cuanto al QUAD, éste ha adquirido una creciente relevancia a la luz de la agresión rusa en Ucrania, si bien se plantean nuevas dudas sobre India, país que, como es sabido, no puede prescindir de Moscú en su política de contraequilibrio de China.

Biden regresa a la Casa Blanca después de transmitir un claro mensaje de compromiso con la estabilidad asiática pese a la guerra en curso en Europa, y haber reforzado la cooperación con sus aliados frente a las ambiciones revisionistas chinas. La retórica y las advertencias de Pekín parecen confirmar que ha logrado su principal objetivo.

 

THE ASIAN DOOR: Juego de no suma cero para Asia. Águeda Parra

Transcurrido casi un año y medio desde que se iniciara la presidencia de Joe Biden, la agenda asiática pasa a protagonizar el foco de Washington. Los países ASEAN, por un lado, en un encuentro presencial en Washington, y, por otro lado, Corea del Sur y Japón, como destino del primer viaje a Asia del presidente estadounidense, comparten agenda para reforzar lazos y fortalecer compromisos. Encuentro con aliados y socios para impulsar las relaciones antes de presentar oficialmente la nueva iniciativa para la región, el Marco Económico del Indo-Pacífico (Indo-Pacific Economic Framework, IPEF, como se conoce en inglés).

Una estrategia de renovado enfoque Pivot to Asia por parte de la política exterior de Estados Unidos que podría no despertar el entusiasmo esperado. La percepción entre los países asiáticos de la ausencia de Estados Unidos en la región durante la administración Trump, y las tensiones geopolíticas producidas por la invasión rusa de Ucrania, podrían complicar los esfuerzos de Washington por asegurar un mayor compromiso de los países asiáticos frente al lanzamiento de IPEF.

La invasión rusa de Ucrania ha servido de catalizador para aflorar al espacio de la geopolítica mundial la amplia diversidad de visiones geoestratégicas que están presentes en la región del Indo-Pacífico y que, de forma conjunta, están generando una mayor alineación hacia la configuración de un nuevo orden asiático. Las sanciones internacionales impulsadas por la Unión Europea y Estados Unidos han suscitado pasar de compromisos tácitos a un posicionamiento más explícito a nivel mundial, aflorando la configuración polivalente de Asia, en cierta medida inadvertida por la geopolítica global.

El Indo-Pacífico se ha reafirmado como un escenario geopolítico de considerable transformación durante la última década. La iniciativa Pivot to Asia impulsada por Barack Obama en 2012 inició el reequilibrio estratégico para pivotar los intereses estadounidenses desde Oriente Medio hacia una de las regiones que comenzaba a configurarse como el centro de gravedad económico, fortaleciendo así las relaciones económicas y las alianzas de seguridad. Una década después, el presidente Joe Biden renueva el enfoque Pivot to Asia para contrarrestar la influencia que China ha desplegado en la región con el lanzamiento de su emblemática iniciativa de la nueva Ruta de la Seda, además de la rivalidad que plantea para Estados Unidos el desarrollo tecnológico alcanzado por China en este tiempo.

Mismo enfoque pero bajo otras implicaciones geopolíticas temporales, ya que el reposicionamiento impulsado por la invasión rusa de Ucrania está modulando un orden asiático donde sus miembros persiguen hacer prevalecer también sus ambiciones estratégicas.

La elección de Corea del Sur como primera parada del tour del presidente Biden por Asia refleja el interés de Estados Unidos por fortalecer sinergias, poniendo el foco en la asociación de la fortaleza tecnológica de Corea del Sur en manufactura de semiconductores y la hegemonía en el diseño de chips de Estados Unidos. La cooperación en alta tecnología y en la cadena de suministro será una pieza clave del relanzamiento de las relaciones bilaterales, de ahí la visita a la planta de Samsung, la más grande del mundo en manufactura de chips, cuyo expertise se replicará en la nueva fábrica de 17.000 millones de dólares que construirá la compañía surcoreana en Taylor, Texas, con la que Washington busca reducir la dependencia de China de dispositivos electrónicos y fortalecer su supremacía tecnológica.

En la formalización de la renovada alianza estratégica integral, China también figura en la agenda. Sin embargo, Corea del Sur, como el resto de países asiáticos, busca evitar que estrechar lazos económicos y de seguridad con Estados Unidos le conmine a romper los vínculos económicos que mantiene con China en un juego de suma cero. La región ha sido artífice del mayor acuerdo de libre comercio del mundo (RCEP, por sus siglas en inglés), que aúna las aspiraciones de sus miembros de una integración regional económica, superando la incertidumbre creada por la retirada de Estados Unidos de las conversaciones sobre el acuerdo comercial regional TPP (Trans-Pacific Partnership, en inglés).

La futura adhesión de Corea del Sur a la iniciativa IPEF como miembro inaugural para implantar un nuevo esquema de relaciones comerciales y de seguridad en el Indo-Pacífico va a requerir un amplio ejercicio de diplomacia estratégica para que las ambiciones regionales no se vean amenazadas por la intermitente priorización de los asuntos asiáticos en la agenda de Washington. El tono cauto de Corea del Sur busca además integrar al país a los mecanismos de seguridad que Estados Unidos lidera en la región, como el Quad, del que sí participa Japón, próximo destino en la gira de Biden por Asia.

La afirmación de Biden de que el futuro se escribirá en el Indo-Pacífico va a requerir de un rebalanceo de los juegos de poder de la región, integrando las reivindicaciones y ambiciones regionales con los intereses de las potencias occidentales para que estén en sintonía con la arquitectura de poder asiático.

 

 

INTERREGNUM: Corea del Sur: de Moon a Yoon. Fernando Delage

Mientras Putin continúa la escalada en la guerra de Ucrania, conviene no olvidar otros escenarios de conflicto, y pocos entre ellos son tan sensibles como la península coreana. Es un factor no menor en la competición estratégica entre Estados Unidos y China (una relación sujeta hoy al impacto de los acontecimientos en Europa); Biden y la UE necesitan a un gobierno surcoreano claramente alineado con Occidente y Japón contra Moscú; y Kim Jong-un estará observando con atención las consecuencias que está teniendo para Rusia haber atentado contra la estabilidad mundial.

Lo que está en juego en política exterior daba especial relevancia por tanto a las elecciones celebradas en Corea del Sur la semana pasada. Se trata de la décima economía del planeta, un país clave en el desarrollo de las nuevas fronteras tecnológicas, y un aliado vital de Estados Unidos. Es una nación que se encuentra condicionada, no obstante, por la variable China—principal destino de sus exportaciones e inversiones—y por el conflicto no resuelto con el Norte. La guerra de Ucrania agrava la presión sobre Seúl para intentar poner fin a las pruebas de misiles de Pyongyang y cerrar filas con Washington, y los resultados de las elecciones pueden contribuir a un esfuerzo en esa dirección mayor que el realizado por el presidente saliente, Moon Jae-in.

El 9 de marzo, los surcoreanos eligieron como su sucesor al candidato conservador, el exfiscal general del Estado Yoon Suk-yeol. En los comicios más disputados en la historia democrática de Corea del Sur (Yoon se impuso por una diferencia inferior al uno por cien de los votos al candidato del Partido Democrático de Corea, Lee Jae-myung), vuelve a repetirse un patrón de alternancia entre los dos principales partidos cada cinco años (el mandato presidencial no es renovable), que también suele suponer, en efecto, un giro en las líneas maestras de la política exterior.

Más que atraídos por la popularidad de Yoon, los votantes han querido mostrar su decepción con el gobierno anterior por una creciente desigualdad social, el alto desempleo juvenil, el precio de la vivienda, los conflictos de género, o las dificultades de las pequeñas empresas frente a los grandes conglomerados. El estrecho margen de victoria del ganador revela la profunda polarización política que atraviesa el país, y que no desaparecerá tras las elecciones. Pero además de los asuntos internos, los surcoreanos también se han pronunciado por la falta de resultados en los intentos de acercamiento a Pyongyang.

Sin carrera política previa y sin ninguna experiencia diplomática, Yoon ha prometido una política exterior “global” que recuerda a la que quiso desplegar una administración conservadora anterior, la del presidente Lee Myung-bak (2008–2013). La atención se centra en particular si restaurará una línea dura con respecto a Corea del Norte. Según ha declarado, sólo ofrecerá ayuda económica y financiera a Pyongyang si éste avanza en su desnuclearización. Sin cerrar la puerta al diálogo, niega la posibilidad de que Seúl haga primero cualquier tipo de concesión.

El desafío norcoreano se entrecruza con la que será mayor dificultad para el nuevo presidente: gestionar la doble presión de Estados Unidos y de China. A priori, su posición es claramente favorable a coordinarse con Washington sin las reticencias de su antecesor (ha propuesto, incluso, el establecimiento de una “alianza estratégica global” con Estados Unidos). El problema es que, para la Casa Blanca, China es hoy un asunto mucho más importante que Corea del Norte. Y si Washington quiere hacer de su presencia en Corea del Sur (28.500 soldados) un instrumento que, más allá de la península, forme parte de su estrategia hacia Pekín, situará a Seúl—una vez más—en el fuego cruzado de las dos grandes potencias.

INTERREGNUM: EE UU, China y el sureste asiático. Fernando Delage

Durante las últimas semanas, la administración Biden ha continuado reforzando sus contactos con los aliados y socios asiáticos. Si Japón y Corea del Sur fueron especial objeto de atención durante los primeros meses del año, el sureste asiático ha sido la pieza siguiente. Son elementos todos ellos de la estrategia en formación frente al desafío que representa una China en ascenso, país a donde también viajó en julio la vicesecretaria de Estado.

La primera visita de un alto cargo de la actual administración norteamericana al sureste asiático fue la realizada a finales de julio por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, a Singapur, Filipinas y Vietnam. Ha sido una visita relevante no sólo porque Washington tiene que contrarrestar la creciente presencia económica y diplomática de Pekín en la subregión, sino también corregir el desinterés mostrado por el presidente Trump hacia los Estados miembros de la ASEAN. Tampoco ha sido tampoco un mero gesto, sino la ocasión para subrayar el renovado compromiso de Estados Unidos con sus socios locales.

El 27 de julio, en un foro organizado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en Singapur, Austin indicó que las acciones chinas en el Indo-Pacífico no sólo son contrarias al Derecho internacional, sino que amenazan la soberanía de las naciones de la región. El secretario de Defensa añadió que la intransigencia de Pekín se extiende más allá del mar de China Meridional, mencionando expresamente la presión que ejerce contra India, Taiwán y la población musulmana de Xinjiang. Insistió, no obstante, en que Washington no busca la confrontación (aunque no cederá cuando sus intereses se vean amenazados), ni pide a los países del sureste asiático que elijan entre Estados Unidos y la República Popular.

Es evidente que, pese a la marcha de Trump, las relaciones entre Washington y Pekín no han mejorado. Mientras Austin se encontraba en Singapur—y  el secretario de Estado, Antony Blinken, llegaba a Delhi—, la número dos de este último, Wendy Sherman, se encontró en Tianjin con una nueva condena por parte de sus homólogos chinos a la “hipocresía” y la “irresponsabilidad” de Estados Unidos. Con un lenguaje y tono similares al que ya empleó en la reunión de Alaska en marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, reiteró tres líneas rojas: “Estados Unidos no debe desafiar ni tratar de subvertir el modelo chino de gobierno; no debe interferir en el desarrollo de China; y no debe violar la soberanía china ni dañar su integridad territorial”.

Empeñada en no quedar fuera de juego en este rápido movimiento de fichas, Rusia también mandó a su ministro de Asuntos Exteriores a la región. Sergei Lavrov visitó Indonesia y Laos en julio, con el fin de demostrar su estatus global, dar credibilidad a su interés por la ASEAN, y ofrecerse como opción más allá de Estados Unidos y China. Moscú parece temer cada vez más que se le vea como un mero socio subordinado a Pekín en Asia. Pero no puede ofrecer lo mismo que los dos grandes ni económica ni militarmente, salvo con respecto a la venta de armamento. Y una nueva indicación de cómo los gobiernos de la zona valoran el actual estado de la cuestión ha sido la decisión de Filipinas, anunciada durante la visita de Austin a Manila, de dar marcha atrás en su declarada intención de no renovar el pacto de defensa con Washington. Duterte no ha conseguido las inversiones que esperaba de Pekín, mientras—en un contexto de elecciones el próximo año—es consciente de la percepción negativa que mantiene la sociedad filipina sobre las acciones chinas en su periferia marítima.

Austin no llegó a anunciar, como se esperaba, la nueva “US Pacific Defense Initiative (UPDI)”, destinada a mejorar el despliegue de los activos estratégicos, de logística e inteligencia del Pentágono frente al creciente poderío naval chino. Y tampoco se han confirmado los rumores de que la administración estaría dando forma a una iniciativa sobre comercio digital para Asia que excluiría a la República Popular. Sin perjuicio de las posibles declaraciones que pueda realizar la vicepresidenta Kamala Harris durante su viaje a Singapur y Vietnam a finales de agosto—una nueva indicación de las prioridades de Washington—, ambas propuestas se encuentran aún en estado de elaboración, aunque, sin duda, formarán parte de la primera Estrategia de Seguridad Nacional de Biden, esperada para el año próximo.

INTERREGNUM: ¿Burbuja asiática? Fernando Delage

El ascenso de Asia, con China al frente, es la gran historia económica y geopolítica de nuestro tiempo. Multitud de trabajos han estudiado las causas e implicaciones de una transformación que está alterando la distribución de poder en el planeta, y cuya continuidad también parece asegurada según informes de referencia. El Banco Asiático de Desarrollo, por ejemplo, estimaba hace unos años que, hacia 2050, Asia representaría el 52 por cien del PIB global y recuperaría así la posición central que ocupó hace 300 años, antes de la Revolución Industrial.

¿Podría estar ocurriendo, sin embargo, que esa fase de crecimiento esté llegando a su fin? La práctica totalidad de los gobiernos de la región afrontan unos desafíos de considerable magnitud: pronunciados desequilibrios demográficos; sistemas políticos que no han evolucionado al mismo ritmo que la economía; expectativas sociales a las que las autoridades no han podido responder; una desigualdad en aumento; un modelo económico orientado al exterior que se ha visto afectado por los cambios estructurales en la globalización y la rivalidad China-Estados Unidos; la destrucción medioambiental; o el impacto de la automatización y la revolución tecnológica. Y a todos ellos se suma la destrucción ocasionada por la pandemia, de un alcance aún incierto pero demoledora para los países más vulnerables.

El examen de estas variables es el objeto de un reciente libro de Vasuki Shastry, un periodista de origen indio con una larga experiencia profesional en el FMI y en el sector financiero privado.  Has Asia lost it? Dynamic past, turbulent future (World Scientific, 2021) es un retrato del continente que se aleja de las más frecuentes perspectivas macro para contar desde el terreno la percepción de aquella parte de la población que no parece haberse beneficiado del “milagro asiático”. Es la tesis de Shastry que el crecimiento de Asia se debió a la conjunción de unos factores económicos y políticos que se mantuvieron durante cinco décadas, pero difícilmente se prolongarán en el tiempo. Y su mayor preocupación es que las ganancias de ese crecimiento, especialmente a lo largo de los últimos años, se han concentrado en las elites políticas y empresariales, privando a los más jóvenes de oportunidades para su movilidad social.

El desarrollo de Asia carece de precedente en el mundo posterior a 1945. Más de 1.500 millones de personas han abandonado la pobreza en una generación. La tarea permanece sin embargo incompleta, como revela el índice de Desarrollo Humano de la ONU: en la edición de 2019, India ocupaba el puesto 129, Filipinas el 106, Vietnam el 118, Indonesia el 111, y Bangladesh, Pakistán y Myanmar aún por detrás. Es un índice que, al contrario de aquellos otros que se limitan a medir el aumento del PIB, refleja el verdadero estado de salud de una nación. Y lo cierto es que mientras Asia sigue siendo objeto de admiración por su crecimiento económico, se presta escasa atención al limitado desarrollo institucional de sus Estados y a los insuficientes mecanismos de protección social.

En un libro que combina el rigor de un estudio académico con la inmediatez del reportaje, el autor pasa revista a ese conjunto de retos que afrontan las naciones asiáticas en desarrollo y que les impiden alcanzar a sus vecinos más ricos (Japón, Corea del Sur, Taiwán y Singapur). La trampa de los ingresos medios no es sólo una advertencia de los economistas, es también una barrera social que puede neutralizar las proyecciones estimadas para la región. Shastray ha escrito un saludable correctivo al hiperoptimismo sobre Asia, que constituye al mismo tiempo una detallada radiografía de los problemas a corregir. (Foto: Flickr, thetaxhaven)

La fusión nuclear: la nueva fuente de energía. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

La energía de fusión es la que se produce en las estrellas, el Sol quema 600 millones de toneladas de hidrógeno cada segundo. De toda esta cantidad, solo una pequeña parte se transforma en energía, aproximadamente 1020 kilovatio hora. Semejante cantidad es 1 millón de veces la energía que se consume en la Tierra durante todo un año. Energía limpia y segura que el Sol genera en tan solo 1 segundo.

Dada la contaminación que hay hoy en día en nuestra atmósfera por el uso de combustibles fósiles o el uso del carbón, la búsqueda de energías alternativas y limpias está entre las prioridades de los países desarrollados.

La energía solar, eólica o hidráulica son energías limpias pero, a día de hoy, tienen el inconveniente de que no existen baterías suficientemente desarrolladas para almacenar grandes cantidades de este tipo de energía.

En la actualidad la energía de fisión, en las centrales nucleares, pueden generar energía limpia y respetuosa con el medio ambiente pero genera residuos muy radiactivos y en grandes cantidades, como las barras de combustible, el uranio, plutonio, cesio y otros residuos que no tienen tratamiento, por no hablar de los riesgos de seguridad, como los incidentes de Fukushima en 2011 o en Chernóbil en 1986. Además, en caso de desmantelamiento, las tuberías, paredes, la tierra y otros elementos también son altamente radiactivos, hechos que generan preocupaciones en la comunidad internacional actualmente.

La fusión nuclear es una energía, a día de hoy, poco desarrollada pero también es una fuente inagotable y limpia, y su principal ventaja respecto a la energía de fisión es que no genera residuos de forma intrínseca. El principal problema de este tipo de energía es que se necesitan cientos de millones de grados centígrados para que se produzca la reacción nuclear. Los reactores nucleares de fusión requieren como combustible los isótopos del hidrógeno: deuterio y tritio, este último muy escaso en La Tierra (se estima que solo hay 20kg), aunque podría obtenerse a partir del litio. El helio-3 podría sustituirse por el Tritio, pero el problema radica en su escasez en La Tierra, pero no en la Luna.

Por estos motivos, no es de extrañar que las grandes potencias como China, Corea del Sur, la Unión Europea o Estados Unidos estén intentando desarrollar esta tecnología.

En la actualidad, Corea del Sur es el país que más ha avanzado gracias a su KSTAR (Korea Superconducting Tokamak Advanced Research), que ha logrado mantener estas temperaturas durante 20 segundos. Un periodo de tiempo pequeño, pero hay que tener en cuenta las altas temperaturas que se requiere para generar energía y que, solo unos años antes, apenas se consiguió llegar a los 2 segundos.

China es el país más contaminante del mundo, ha basado su crecimiento en las últimas décadas en el carbón y el petróleo, y cada año se abren nuevas centrales, pero hay que matizar que China es el país que más invierte en energías renovables del mundo, solo el año pasado sumó 133 GW a su capacidad energética, pero hay otros ejemplos, los esfuerzos del gigante asiático para dejar de depender de los combustibles fósiles y ser autosuficiente con las energías renovables, como el Parque Eólico de Gansu o los kilómetros y kilómetros de paneles solares en el desierto del Gobi.

Pero en China no solo se están desarrollando proyectos relacionados con energías renovables. Aunque ha comenzado tarde en el desarrollo de la fusión nuclear, el pasado mes de diciembre puso en funcionamiento su reactor de fusión Tokamak HL-2M, un reactor que logra alcanzar temperaturas de 150 millones de ºC y que abre puertas para investigaciones futuras de la física del plasma, aunque el objetivo final del Partido Comunista Chino es lograr que este tipo de energía, limpia y segura, se pueda producir de manera comercial en el año 2050.

En Estados Unidos, el programa INFUSE pretende entender, a través del estudio del plasma, el funcionamiento de la materia a temperaturas muy altas con el fin de desarrollar una fuente de energía de fusión.

Replicar al Sol en La Tierra no es tarea sencilla, por eso el programa ITER (International Thermonuclear Experimental Reactor) pretende desarrollar este tipo de energía y comercializarla, un programa con sede en Cadarache (Francia) que pretende alcanzar 150 millones de ºC con el objetivo de generar su primer plasma en el año 2025 y 500 megavatios de energía. Un proyecto conjunto entre las grandes potencias del mundo, que representan el 80% del PIB mundial y el 50% de la población: China, La Unión Europea, India, Japón, Corea del Sur, Rusia y Estados Unidos. Nadie quiere quedarse rezagado en el desarrollo de esta energía limpia y sostenible.

El programa ITER ha logrado grandes avances gracias a la colaboración internacional, demostrando que es posible superar los problemas ocasionados por los intereses nacionales o políticos, un proyecto que podría servir de catapulta, no solo para generar energía limpia, sino también para otros proyectos conjuntos entre las naciones. La energía de fusión nuclear es segura, limpia y evita la proliferación de armas nucleares al no necesitarse plutonio ni uranio.

F4E (Fusion For Energy), es una organización de la UE que supervisa las aportaciones al ITER, cuenta con 400 empleados y con sede en Barcelona (España), además trabaja con empresas y organizaciones que proporcionan infraestructura para el programa, así como proyectos de I+D de fusión.

Hasta hoy, ninguna central de fusión ha logrado mantener estas elevadas temperaturas durante periodos de tiempo largos, ni tampoco se ha conseguido aprovechar la energía obtenida, pero, como ya hemos dicho, replicar el Sol en La Tierra no es fácil, esperemos que la acción conjunta entre las grandes potencias dé sus frutos y se pueda comercializar esta energía en las próximas décadas.

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@angelenriquezs

INTERREGNUM: Corea, 70 años después. Fernando Delage

El 16 de junio, cumpliendo órdenes directas de la hermana del líder norcoreano, Kim Yo-jong, en su capacidad como alto cargo del Comité Central del Partido de los Trabajadores, se demolió la oficina de asuntos intercoreanos en la zona especial de Kaesong. Pyongyang respondió así al lanzamiento de globos con propaganda contra Corea del Norte en localidades cercanas a la Zona Desmilitarizada (ZD). Es el tipo de provocación que suele acompañar a los procesos de sucesión en el régimen, por lo que no pocos observadores creen que puede tratarse de una maniobra para reforzar la credibilidad como líder de Kim Yo-jong en el caso de incapacidad o muerte de Kim Jong-un.

Pero las implicaciones, naturalmente, no son solo internas. Es un gesto con el que Pyongyang parece querer poner fin al acuerdo que firmó con Seúl en 2018, y restaurar una presencia militar en el complejo industrial de Kaesong y en la zona turística del monte Geumgang, donde se permitió el reencuentro de familias separadas por la frontera.  Corea del Norte no sólo privaría así al gobierno de Moon Jae-in de uno de sus principales logros para reducir la tensión entre ambos Estados, sino que está transmitiendo a su opinión pública el mensaje de que Corea del Sur sigue siendo un enemigo.

Casualidad o no, la acción de Pyongyang coincide con el 20 aniversario de la primera cumbre intercoreana (13-15 junio 2000), y se ha producido un año después de la visita del presidente norteamericano, Donald Trump, a la ZD (20 junio 2019). Lo que es más importante, se solapa con el 70 aniversario de la guerra de Corea, iniciada el 25 de junio de 1950 cuando tropas del Norte traspasaron el paralelo 38 y, en tres días, se hicieron con Seúl.

La apertura de los archivos ha conducido, durante los últimos años, a un aluvión de nuevos estudios académicos que han ofrecido un mejor conocimiento de los orígenes, desarrollo y consecuencias de este conflicto, olvidado por la inmensa mayoría de los norteamericanos—que ni siquiera recordarán MASH, la serie de televisión—pero siempre presente entre los coreanos, en particular los del Norte. Al contrario de lo que el abuelo del actual líder, Kim Il-sung, dijo en su día a su población—que Pyongyang se veía obligada a responder a una invasión del Sur—se trató de una ofensiva cuidadosamente planificada para coger por sorpresa a Seúl y reunificar la península por la fuerza. Fue también una mentira que sirvió de base al relato conforme al cual el Norte describió el conflicto durante las siete décadas siguientes. La “Guerra de Liberación de la Madre Patria” ha servido a sucesivos miembros de la dinastía dirigente para legitimarse en el poder como defensores de la nación frente a los enemigos externos. También Kim Jong-un, en efecto, ha mantenido esta versión revisionista de la historia para recordar a su pueblo el imperativo de la lealtad hacia su líder y la necesidad de un arsenal nuclear.

El conocimiento de la verdad por los norcoreanos supondría una amenaza existencial para el régimen. Pero que esta versión del pasado siga marcando el futuro no hace sino consolidar la división de la península, como confirman distintos estudios de opinión en el Sur. Según un sondeo de la Universidad Nacional de Seúl del pasado año, sólo el 53% de la población considera necesaria la unificación, por debajo del 64% de 2007. Los surcoreanos que mantienen la opinión contraria y los que apoyan el mantenimiento del statu quo suman el 40%, frente al 27% que representaban en 2007. Entre los motivos de quienes apoyan la reunificación, es revelador, por otra parte, que el argumento de que “somos una misma nación” ha caído del 58% de 2008 al 35%. Y, en un dato no menos significativo, otra consulta de 2018 reveló que el 77% de los surcoreanos elegirían la economía antes que la reunificación si tuvieron que optar entre una u otra. En Corea del Sur, décimo-segunda economía del mundo y una de las más sólidas democracias asiáticas, se abre camino por tanto una nueva percepción del Norte, lo que también afectará a su juego diplomático y, en consecuencia, a la estructura geopolítica del noreste asiático.

Globos versus explosivos. Nieves C. Pérez Rodríguez

El COVID-19 sigue generando estragos en el mundo y el número de infecciones sigue subiendo, incluso en medio de los tremendos esfuerzos que muchas naciones hacen para reabrir sus economías. Entretanto, todas las actividades escolares y académicas se reactivaron en Corea del Sur y desde guarderías hasta las universidades reabrían sus puertas la semana pasada, en medio de unas medidas extremas. Mientras, China admitía que tenía un nuevo brote del virus en Beijing y declaraba la ciudad en cuarentena.

Mientras tanto, la pandemia ha dejado a Corea del Norte más aislada que nunca debido a las propias medidas que Kim Jon-un impuso en los primeros días de haberse declarado el estado de alarma en la provincia de Wuhan.  El régimen cerró sus fronteras herméticamente, por lo que la carencia de productos no ha hecho más que incrementarse al extremo, junto con la larga lista de sanciones que pesan sobre el régimen, lo que en conjunto está estrangulando la ya precaria economía norcoreana.

La acción del régimen norcoreano el 16 de junio de destruir la oficina de enlace conjunto de las Coreas, es una respuesta a la desesperación en la que se encuentran. En otras palabras, volar por los aires el edificio de 4 pisos de hormigón y acero, construido íntegramente por Corea del Sur para Corea del Norte, es una muestra de la frustración de Kim con el presidente Moon, por no haber conseguido ningún avance en los últimos años.

El edificio, -ubicado muy cerca del paralelo 58, en la ciudad de Kaesong- representaba un gran símbolo para la paz en la península, así como lo era para el presidente Moon, quien ha hecho esfuerzos tremendos por acercarse al régimen norcoreano, y quien cree en una integración eventual de ambos países.

Construido en el 2018, el inmueble fue levantado como resultado de las históricas conversaciones intercoreanas. La fecha escogida para la extinción del mismo también tiene simbolismo, pues la semana pasada se celebró el vigésimo aniversario de las primeras conversaciones en las que se asumió el compromiso de cooperación y diálogo entre ambas coreas.

La acción fue anunciada por Kim Yo-jong, la hermana del líder, quién ha ido asumiendo un rol cada día más visible e importante en Pyongyang. Y en el comunicado -publicado por la agencia oficial norcoreana- exigía que el gobierno de Seúl castigara los desertores, a quien además llamó traidores, escoria humana e indeseables por atreverse a dañar el prestigio de su líder. Refiriéndose a los líderes de las ONGs que enviaron alimentos, panfletos, biblias, etc., por globos y unas botellas.

Esta acción, que es la primera de un grupo de acciones que sólo buscan el comienzo de una escalada de tensiones, es una excusa para provocar y comenzar una pelea y con ello ganar la atención de nuevo.

Muy oportunamente, el controvertido libro de John Bolton, el ex asesor de seguridad nacional de Trump, cuenta detalles sobre cómo desde Washington se manejó todo lo que tiene que ver con las relaciones coreanas. Y en sus propias palabras “todo el fandango diplomático fue creado por Corea del Sur, y su propio presidente y su idea de reunificación”. Moon según Bolton, generó expectativas tanto en Trump, lo que lo llevaba a organizar las cumbres para encontrarse con Kim Jong-un, como en Kim, quien accedía a los encuentros. Mientras, afirma también la necesidad de Trump de aprovechar el encuentro para hacer un show, y la prueba son las infinitas preguntas que hacía el presidente estadounidense sobre el número de asistentes y medios a las cumbres.

Este momento es realmente complicado para Pyongyang, pues Trump está a tan sólo 3 meses de elecciones presidenciales, con una situación doméstica muy enardecida entre el covid-19 y las protestas en contra del racismo. Sabe que podría sacar poco, y de perder Trump las elecciones, cualquier avance podría ser retroceso en unos meses.

Y a nivel doméstico, el escenario también es complicado para Kim, pues se sospecha que la situación norcoreana debe haberse agravado mucho desde el principio de año. Y, como si fuera poco, sus escasas apariciones, tan solo tres veces desde el 11 de abril, dejan muchas interrogantes en el aire.

THE ASIAN DOOR: 5G post-pandemia para China, Corea del Sur y Europa, Águeda Parra

A diferencia de Corea del Sur, con una red comercial 5G operativa desde hace un año, China tiene todavía despliegues pendientes hasta cubrir las necesidades de cobertura de todo el país. En la implementación de las redes de quinta generación, el gigante asiático confiará en tecnología que incluya estándares chinos, principalmente. La tecnología de Huawei es la mejor posicionada en el mercado, y así lo ha valorado China Mobile, la mayor operadora de telecomunicaciones del mundo, al asignar su contrato de despliegue 5G en un 86% a los proveedores chinos Huawei y ZTE. Europa solamente estará representada con una mínima participación a cargo de Ericsson, que se encargará de un 11% de la red, quedando Nokia excluida del proyecto a pesar de haber formado parte del proceso de licitación.

Las nuevas redes 5G van a propiciar el desarrollo de nuevos modelos de ciudades inteligentes, las conocidas como smart cities, donde las innovaciones incorporadas van a generar cambios en el ámbito empresarial, pero también en el gubernamental. En la misma línea, el ámbito industrial se transformará hacia fábricas inteligentes (smart factories), que contarán con un uso intensivo de la robótica y la IA en los procesos productivos. En paralelo, las sociedades evolucionarán hacia smart societies, un modelo donde las nuevas tecnologías van a estar muy presentes en los usos y costumbres de los ciudadanos.

La construcción de este nuevo entorno de innovación ha sido posible gracias a las capacidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Entre ellas la IA, el cloud computing, el big data y la robótica forman parte del ecosistema que va a transformar los modelos económicos mundiales en las próximas décadas, siendo imprescindibles en la construcción de las nuevas cadenas de valor globales. Aunque se trata de tecnologías ya existentes, la capacidad de generar nuevos modelos de negocio surge gracias a la potencialidad que ofrecerán las futuras redes móviles 5G. En el caso de China, el despliegue de estas redes ha permitido tener en marcha hasta 500 ciudades inteligentes en 2019, con el objetivo puesto en seguir desplegando este modelo de ciudad a medida que se extiende la red de quinta generación por todo el país.

En el caso de Corea del Sur, la llegada de la pandemia del COVID-19 se produce cuando el país cumple justo un año desde el lanzamiento del servicio comercial de las redes 5G, alcanzando 5 millones de subscriptores, un 7% de los usuarios de smartphone del país, según datos del Ministerio de Ciencia e ICT. Con proyectos empresariales ya iniciados desde mediados de 2019, y con la previsión de pasar a entornos completamente 5G SA (Standalone) durante la primera mitad de 2020, Corea del Sur ya innova en modernizar puertos, “smart ports”, servicios médicos, “smart hospitals”, industria pesada “smart factories”, infraestructuras de transporte, “smart cities”, y plantas hidráulicas y nucleares, “smart power plants”.

La cara de la moneda es Europa, donde los efectos de la pandemia afectarán al desarrollo de su futuro entorno digital comunitario. En lo que se refiere al despliegue 5G, se han producido retrasos en cadena de los planes de expansión de la red de nueva generación que afectan a España, pero también a otros países de la Unión Europea donde todavía no se había realizado la licitación de frecuencias antes de la llegada del COVID-19 como Francia, Austria y Portugal. Este retraso aleja aún más a Europa de la carrera por el liderazgo tecnológico digital, una vez las redes 5G son un salto cualitativo y cuantitativo en la generación de una mayor y más potente economía digital. Pero la influencia del COVID-19 no solamente será tecnológica, sino también geopolítica. La brecha digital que ha puesto de manifiesto la crisis sanitaria entre los países asiáticos y las economías occidentales ahondará la rivalidad tecnológica entre China y Estados Unidos, mientras la mayoría de los países europeos tiene todavía pendiente decidir qué proveedor utilizarán para sus despliegues de red 5G.

INTERREGNUM: Trump contraataca (a sus aliados). Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece estar dispuesto a abrir una nueva etapa en la reclamación a sus aliados de una mayor contribución a los gastos de defensa. Mientras se espera que insista de nuevo en la cuestión con motivo de la cumbre de la OTAN que se celebrará en Londres la próxima semana, ya ha abierto el camino con los aliados asiáticos.

Durante la campaña electoral de 2016, Trump no dejó de criticar a Corea del Sur y a Japón por el “aprovechamiento” por parte de ambos de sus pactos defensivos con Washington. Sus dos años en la Casa Blanca no le han hecho cambiar de opinión. El 15 de noviembre, la administración norteamericana exigió a Seúl un aumento del 400 por cien de su contribución anual a los gastos derivados de la presencia militar de Estados Unidos en Corea del Sur, para pasar de los casi 1.000 millones de dólares que pagará este año a un total de 4.700 millones de dólares. Sólo dos días más tarde, Washington pidió a Tokio que cuadruplique su aportación por el mismo fin, de 2.000 millones de dólares a 8.000 millones de dólares.

Estados Unidos ha abandonado las conversaciones con Seúl al no acceder éste, como cabía esperar, a sus demandas. Desde 2016, Corea del Sur paga aproximadamente la mitad de los gastos que suponen los 28.000 soldados de Estados Unidos en su territorio. Gasta, además, buena parte de su presupuesto militar—el 2,6 por cien del PIB, más que cualquier miembro europeo de la OTAN—en armamento norteamericano (hasta 13.000 millones de dólares durante los últimos cuatro años). Seúl absorbe además otros gastos no cubiertos por el acuerdo sobre tropas, como la construcción de Camp Humphreys, la que será mayor base de Estados Unidos en el extranjero (lo que representa otros 10.000 millones de dólares).

Aunque Japón gasta un menor porcentaje de su PIB en defensa que Corea, es una economía mayor y, por tanto, gasta más en términos absolutos. Tokio cubre aproximadamente el 70 por cien del gasto de las fuerzas norteamericanas en el archipiélago (54.000 hombres) y la práctica totalidad del coste de construcción de las nuevas instalaciones de Estados Unidos en Futenma e Iwakuni, así como un tercio de las que se están construyendo en Guam. Japón compra además el 90 por cien de su armamento a Estados Unidos. La negociación para renovar el acuerdo con Japón debe empezar en el primer semestre de 2020.

La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump hace hincapié en las “extraordinarias ventajas” que le proporcionan sus alianzas: proyectan el poder e influencia de Estados Unidos, y maximizan sus capacidades políticas y económicas. La Estrategia de Defensa Nacional señala por su parte que la “red de alianzas y asociaciones estratégicas de Estados Unidos continúa siendo la espina dorsal de la seguridad global”, al proporcionar “acceso a regiones clave y respaldar un sistema de bases que sustenta el alcance internacional de nuestro país”. Sin embargo, es el propio Trump quien está haciendo que los aliados se cuestionen el compromiso de Washington con su seguridad.

Incluso si el presidente diera marcha atrás en sus irrealistas demandas, ha vuelto a dañar la credibilidad de Estados Unidos y a humillar a sus aliados. No debe extrañar por tanto que Seúl y Tokio vean en la reelección de Trump en 2020 una amenaza mortal a sus alianzas. Kim Jong-un estará encantado, aunque quizá no tanto como los líderes chinos, a los que Washington habrá regalado uno de sus grandes objetivos.