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Xi, fútbol y Covid-19. Nieves C. Pérez Rodríguez  

La China del 2022 no es la misma de hace una década atrás. El Covid-19 ha alterado la dinámica y reorganizado prioridades del Estado. Lo vimos en 2020 y la rápida reacción de Beijing en tratar de contener los contagios en Wuhan, así como sucesivamente ha sucedido a lo ancho del territorio con instalaciones de centros masivos, centros de pruebas Covid, confinamientos estrictos, e incluso centros de cuarentena para los infectados, aún en aquellos casos en los que el virus es leve.

Se puede establecer un paralelismo con la situación del fútbol en China. Los chinos nunca han sido especialmente conocidos por sus equipos de fútbol ni su ranking internacional. En efecto, la única vez que se clasificaron a la copa mundial fue en el 2002 y su desempeño en los tres partidos fue bastante pobre, pues no consiguieron hacer ni un solo gol. Sin embargo, desde 2010 se observa cómo este deporte comienza a tomar más importancia cuando Evergrande, la inmobiliaria que ha sido noticia en los últimos meses por tener una deuda que supera los 250 mil millones de dólares, compró el equipo de la provincia de Guangzhou y en tan solo un año más tarde se hicieron con el título de la Superliga china por primera vez, y más adelante otros dos campeonatos asiáticos.

En el año 2016, el gobierno chino presentó un plan en el que estimaban que para 2020 unos 50 millones de niños y adultos estarían jugando al fútbol en el gigante asiática, por lo que invirtieron en construir 20.000 centros de entrenamientos y 70.000 estadios, de acuerdo al Organismo Superior de Planificación Económica de Beijing.

Esta enorme inversión tenía un doble objetivo: por un lado, incorporar a China a una de las aficiones más grandes en el mundo y de esa manera complacer al aficionado número uno en el país, el propio Xi Jinping, y en segundo lugar se buscaba que el deporte contribuyera al PIB de la nación. Para intentar conseguirlo se hizo un esfuerzo mancomunado entre el sector público y privado, concretamente las 2017 grandes empresas chinas como Alibaba, Wanda y Suning habían invertido en el sector futbolístico.

El plan, aunque algo delirante, pudo haber dado buenos resultados a largo plazo, pero muchos de los inversores chinos entendieron que tenían que invertir en grande para complacer al Politburó, por lo que empezaron a pagar fichas de jugadores internacionales y entrenadores por cantidades extraordinariamente altas, en algunos casos excediendo el valor real de los mismos. Lo que a su vez ha generado una presión y especie de burbuja que ha tenido un impacto hasta en la dinámica de los clubes europeos.

La Asociación China de Fútbol había anunciado que China sería una superpotencia futbolística de primera línea para 2050 así como también anunciaron que querían ser anfitriones de la Copa Mundial en el 2030, lo que hizo que se invirtieran 1.8 mil millones de dólares en la construcción del estadio de Lotus en la Provincia de Guangzhou, que contará con capacidad para 100.000 personas sentadas y que de acuerdo con fuentes oficiales será más grande que Camp Nou del Barcelona, considerado el más grande de Europa.

Sin embargo, todos esos esfuerzos e inversiones están quedándose a un lado desde que la pandemia ha impactado a China. El 14 de mayo el gobierno chino a través de un comunicado oficial informaba que no podrán albergar la Copa Asia en 2023, que está prevista su celebración entre el 16 de junio al 16 de julio del próximo año. Y en pleno anuncio, corresponsales internacionales remarcaban que el Estadio de los Trabajadores está bajo trabajos de remodelación día y noche, probablemente para convertirlo en centro de cuarentena.

El Estadio de los Trabajadores está ubicado al noreste de Beijing y, aunque fue construido en 1959, fue remodelado en 2004 para los Juegos Olímpicos de Beijing, aunque habitualmente se usa para celebrar partidos de fútbol. Pero hoy la obsesión o necesidad del Partido Comunista de mantener la política “Cero casos de Covid” ha llevado a situaciones realmente extremas, como los dos meses de confinamientos que se han llevado cabo en Shanghái y en las en las últimas semanas se imponían los mismos tipos de confinamientos en Beijing.

El anuncio de que no serán los anfitriones de un evento de ese calibre en Asia, donde los chinos siempre quieren ser los pioneros, y que está pautado para dentro de más de 12 meses, significa que el Partido Comunista chino sabe que no podrá controlar los casos de transmisión de Covid-19 en los siguientes meses. Además de que sus vacunas son ineficientes y no podrán desarrollar un plan de contingencia distinto al de su política de cero casos, a pesar del coste económico que esa política está teniendo en la economía china, que de acuerdo con las estimaciones de Goldman Sachs de crecimiento el mes pasado pronosticaban que ronda el 4,5% pero dejaban abierta la posibilidad de que ese porcentaje fuera menor de continuarse con tantos confinamientos. Mientras que las estimaciones oficiales del gobierno chino hechas a principios de año fueron 5,5%.

La historia del futbol en china, así como la de la pandemia, es otra demostración más de como los sistemas comunistas tienen la capacidad de controlar absolutamente todo en el Estado. Hasta la promoción de una afición deportiva la financian, la convierten en política de Estado, presionan a los inversores que se deben al partido, pues de eso depende que no caigan en desgracia, y estos terminan haciendo inversiones que en algunos casos son absurdas para mantenerse congraciados con el líder y el partido. Pero de la misma manera cambian de dirección si consideran que deben hacerlo.

La obsesión china por desarrollar su economía hizo que crecieran espectacularmente en tiempo récord, aun cuando la población ha pagado un alto precio por conseguirlo. Hoy la obsesión es erradicar el Covid-19 por lo que han dejado a un lado el crecimiento económico y de la misma manera le ha pasado al fútbol que, aunque obviamente es un hobby, demuestra claramente cómo el Partido Comunista lleva a la nación hacia la dirección que decida. Y una vez más los ciudadanos son los soldados que no les queda más que acatar y callar.

 

Shanghái y el precio del confinamiento. Nieves C. Pérez Rodríguez

Por tercer año consecutivo, China sigue imponiendo estrictas cuarentenas y confinamientos a lo largo y ancho de la inmensa nación. El pasado mes de marzo ha dejado ver una vez más los resultados de la “política de cero casos” impuesta por el Partido Comunista chino y que, en esta ocasión, ha afectado a más de 190 millones de personas de 23 ciudades chinas que han sido confinadas en distintos niveles de prohibición.

Shanghái ha estado en el centro de la polémica por ser la ciudad más grande de China y el hub financiero de la nación asiática y por el impacto que estas fuertes restricciones tienen en la economía, tanto doméstica como internacional. El puerto de Shanghái ya está experimentando grandes retrasos que agudizarán las demoras que, desde 2020, han venido experimentando las exportaciones de materias primas y que han desencadenado un aumento de los costos finales de exportación.

Cuando empezaron a diagnosticarse los casos de Omicron en Shanghái, algunas instituciones financieras anticipándose a un confinamiento estricto decidieron pedir a algunos de sus empleados claves quedarse en las oficinas 24 horas al día. Dotándoles de sacos de dormir y artículos de aseo se instalaban en los centros de operaciones para evitar que al salir de su jornada laboral quedaran en medio de algún confinamiento, lo que potencialmente afectaría a las operaciones de las instituciones.

Pasado unos doce días de estricto confinamiento, empresas medianas y negocios pequeños que habían sido obligados a cerrar empezaban a tener dificultades para mantenerse a flote. Tom Hancock, articulista de Bloomberg, el pasado 29 de marzo publicaba una columna en la que sostenía que los confinamientos en China podrían estar costando unos 46 mil millones de dólares al mes y un 3,1% del PIB, haciendo un estimado conservador. Y si estos se siguen imponiendo de forma estricta podría llegar a reducir hasta el 4% del PIB de la nación.

El gobierno chino anunciaba a principios de este año que estaban esperando un crecimiento del 5.5% para el 2022. Cifra que en enero parecía un poco atrevida considerando que su economía ha visto los efectos de la pandemia y sobre todo habiendo experimentado el efecto de la política de cero casos de Covid19.

Goldman Sachs pronosticó que el crecimiento de la economía china rondaría el 4.5% pero dejaba abierta la posibilidad de cambios de ese porcentaje de continuar los confinamientos. El banco mundial hacía un estimado de 5 % y el grupo City anticipaba que si los casos de la variante Omicrom seguían proliferando el resultado podría ser una caída de hasta el 1% del PIB chino en el primer cuarto del año, y de continuar aplicándose la política de confinamientos la reducción del crecimiento para el segundo cuarto de año podría reducirse entre el 0,6 al 0,9%.

En efecto, la semana pasada terminaba con el anuncio de unas cuarenta empresas chinas que se habían obligado a suspender sus operaciones en Shanghái y otras regiones, según la información suministrada por la bolsa de valores de Shanghái, Shenzhen y Beijing.

De acuerdo con Laura He, periodista de CNN, “la situación en Shanghái ha provocado que los retrasos en los envíos empeoren, ejerciendo más presión sobre la cadena de suministro globales”. Aunque las autoridades chinas insisten en que el puerto sigue operativo, los datos de la industria muestran que la cantidad de embarcaciones que esperaban para cargar están en números máximos históricos, sostiene He.

4Asia consultó a Eric Johnson, periodista especializado en intercambios comerciales internacionales y tecnología, sobre la situación en Shanghái y el potencial efecto en la cadena de suministro internacional. Johnson sostiene que “definitivamente, la carga que sale de Shanghái esta hoy muy afectada. Particularmente el movimiento de mercancías desde las fábricas hasta el puerto por vía terrestre. El puerto está operando, pero a una capacidad limitada. Es complicado porque realmente no hay forma de trasladar la carga que se origina en Shanghái hacia otros puertos. El puerto de Shanghái es el puerto más grande del mundo y la mayor parte de la carga del mundo proviene de esa región, no se transborda desde otros puertos como sucede con el puerto de Singapur por citar un ejemplo”.

Por lo tanto, agrega Johnson, “tratar de arreglárselas sin Shanghái es como intentar buscar una vivienda para cada persona en Nueva York al mismo tiempo. Sería imposible”.

Y eso que hay que tener en cuenta que esta época es una etapa generalmente tranquila del año para la carga marítima, agrega Johnson, “pero el volumen vuelve a aumentar en junio. Si Shanghái permanece cerrado, todos esos pedidos que normalmente llegan en junio competirán con la acumulación de pedidos que están en fila esperando para moverse desde ahora”.

Los números no mienten y el precio de la dependencia la estamos pagando todos en el mundo con inflación, aumento del coste final de los productos por falta de inventario y debido al crecimiento de la demanda. Pero China en está ocasión está siendo testigo en primera persona de los costos de una política tan radical de cuarentenas y cierres de ciudades enteras para evitar más infecciones.

El Departamento de Estado respondía el lunes en la noche con la petición de salida de Shanghái de todo el personal no esencial estadounidense debido al surgimiento de casos de Covid19 y la drástica respuesta del gobierno chino.

Está claro que las vacunas chinas son ineficientes porque el mismo gobierno está aterrorizado de que se den más infecciones y apuestan por el uso de la fuerza para intentar controlar los contagios. Además de que cuentan con centros masivos de pruebas como no tiene ninguna otra nación del mundo y obligan a millones a hacerse pruebas diarias en cada rincón del país. Tantas prohibiciones han provocado en muchos ciudadanos chinos respuestas insurrectas como consecuencia de la hastía y la incapacidad de cubrir sus necesidades alimenticias diarias, al no poder ni tan siquiera salir a comprar alimentos.

Mientras el mundo tiene cada vez más claro la esencia del Partido Comunista chino y el precio que toca pagar de seguir dependiendo de ellos…

INTERRENGUM: ¿Xi pliega velas? Fernando Delage

El pasado 31 de mayo, el Politburó del Partido Comunista Chino, integrado por su máximos 25 dirigentes, celebró una inusual sesión de estudio sobre cómo reforzar “la capacidad de comunicación internacional” del país. En dicho encuentro, el secretario general, Xi Jinping, pidió a los cuadros de la organización un esfuerzo dirigido a “construir una imagen creíble, adorable y respetable de China”. “Debemos prestar atención a cómo emplear el tono correcto, ser abiertos, confiados y humildes”, añadió Xi, según la información proporcionada por Xinhua, la agencia oficial de noticias.

Sus palabras han provocado un considerable revuelo entre los observadores, dada la especial agresividad que ha caracterizado los mensajes de Pekín hacia otras naciones durante los últimos años (la conocida como “diplomacia del lobo guerrero”, en alusión a una popular película china). ¿Va el gobierno chino entonces a suavizar su aproximación hacia el exterior? Aunque las interpretaciones se inclinan hacia el escepticismo, habría que analizar las posibles motivaciones de este cambio de discurso.

Algunos expertos consideran que se trata de un mero ajuste en la estrategia de comunicación. Los excesos en la propaganda practicada hasta la fecha justificarían el final de su recorrido ante la proliferación de críticas en las redes sociales que subrayan las contradicciones entre la retórica oficial y los hechos concretos. No sería éste por tanto el camino para extender una imagen positiva de China en el mundo. Otras fuentes hacen hincapié en el tipo de medidas—advertencias, sanciones, prohibición de visados, etc—a través de las cuales Pekín ha reaccionado contra aquellos países que—en su opinión—han actuado en contra de sus “intereses fundamentales”. El resultado ha sido una situación de enfrentamiento que ha resultado contraproducente para sus objetivos. Su esperado acuerdo sobre inversiones con la Unión Europea, por ejemplo, ha sido rechazado por el Parlamento Europeo. El drástico empeoramiento de sus relaciones con Australia e India, entre otros, afecta igualmente a su imagen internacional, justamente cuando Estados Unidos cuenta con un presidente volcado en recuperar las relaciones con sus socios y aliados tras la perjudicial etapa de su antecesor.

La represión de los uigures en Xinjiang, la supresión de la autonomía de Hong Kong, la creciente presión sobre Taiwán, o la gestión de la pandemia no han multiplicado ciertamente los amigos de China. Un sondeo del Pew Research Center realizado el pasado mes de octubre en 14 países, reflejaba una visión mayoritariamente negativa de China, incluyendo en 9 de ellos las cifras más altas en décadas. Mientras, continúan los llamamientos a boicotear la participación de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 en Pekín, y a investigar el origen del Covid-19.

Resulta lógico pues que China intente moderar su actitud ante el rápido deterioro de su percepción internacional. Si el mundo no acepta su ascenso, Pekín no contará con el margen de maniobra que espera conseguir hacia mediados de siglo. Y ésta puede ser en último término la clave más relevante del anunciado giro diplomático. Más que por un problema de comunicación, los dirigentes chinos se han dejado llevar por un excesivo celo nacionalista que les hizo abandonar el anterior enfoque pragmático que les permitía, paso a paso, ir consolidando una nueva posición de influencia. Si se convierten en rehenes de una retórica beligerante, seguirán una deriva que les alejará de sus grandes planes estratégicos.

Los Juegos Olímpicos de Tokio segundo intento. Nieves C. Pérez Rodríguez

A tan sólo dos meses del segundo intento de inauguración de los juegos de Tokio 2020, aunque un año más tarde, la situación sanitaria en Japón es delicada y de acuerdo con algunos médicos locales podría llegar a empeorar.

La tercera economía del mundo había controlado bastante bien la pandemia y los contagios durante el 2020, a pesar de la cercanía con el lugar del brote inicial y otras regiones que fueron altamente afectadas en los primeros meses en que se declaro la pandemia.

Sin embargo, en los últimos meses ha habido brotes como el de Osaka, la tercera ciudad en población del país, que ha reportado un número muy alto de casos y los hospitales de la ciudad se encuentran al límite de su capacidad, lo que en muchos casos ha acabado en victimas ante la falta de asistencia. Muchos de los pacientes que comienzan a experimentar síntomas leves y que, eventualmente, podrían necesitar asistencia médica no están siendo recibidos en los hospitales debido a que se encuentran en su máxima capacidad. 

Según AP, los decesos a causa de Covid-19 que ocurrieron fuera de los hospitales en abril se triplicaron desde marzo  y fueron 96, incluidos 39 en Osaka y 10 en Tokio. Y aunque la cifra parezca alarmante hay que remarcar que Japón tiene una población de más de 126 millones de ciudadanos.

A pesar de que la comunidad internacional está de acuerdo en que los juegos  olímpicos se lleven a cabo, parece que según se acerca la fecha empieza a haber más resistencia a la celebración. Los juegos del 2020 fueron reprogramados al 23 de julio del 2021 y los paraolímpicos el 24 de agosto. Por lo que el pasado 16 de noviembre el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) visitó Tokio y se reunió con el primer ministro Yoshihide Suga. Y en su momento Suga aprovechó la ocasión para afirmar “nuestra determinación es realizar unos juegos seguros y exitosos el próximo verano como prueba de que la humanidad ha derrotado el virus”.

Esas palabras, que seguramente fueron la gran motivación en el momento en que fueron reprogramados los juegos, no necesariamente cuentan hoy con la misma fuerza ni el mismo entusiasmo, pues son muchos más los países que se encuentran aún batallando para controlar la pandemia sin mucho éxito.

El playbook o libro de procedimiento de las Olimpiadas de Tokio del 2020 (que mantiene su nombre a pesar de que la celebración se lleve a cabo en el 2021) ha contado con varias revisiones y modificaciones del comité, en un esfuerzo por ajustarse a la realidad del Covid-19 y lo que se ha ido aprendiendo del virus. Y aunque está previsto que los atletas se hagan dos pruebas antes de salir de sus países para contar con la seguridad de estar negativos, una vez en la villa olímpica deberán practicarse pruebas diarias junto con otras normativas estrictas en pro de mantener su seguridad sanitaria.

Así como muchos atletas internacionales están ansiosos en participar, pues estas competiciones son la razón su devoción al entrenamiento, algunas figuras importantes han anunciado que no participarán. La misma sociedad civil japonesa que ha sido consultada en encuestas de opinión ha expresado su deseo en cancelar las olimpiadas por temor a más contagios. Pues la curva de casos ha aumentado considerablemente desde que fueron levantadas las restricciones.

El gobierno japonés sigue sumando esfuerzos en evitar que los juegos sean cancelados, porque de serlo verían como 26 mil millones de dólares se perderían, eso es parte de los costos de organización, de seguridad, de adaptación de las instalaciones deportivas o en algunos casos de construcción de ellas, las trasmisiones televisivas entre otras muchas cosas.

Reuters revelaba a finales de la semana pasada que tan solo 4,1 % de la población japonesa había sido vacunada mientras que comparaba con otros países del G7 en los que las fases se encontraban mucho más avanzado.

Las cifras oficiales de casos en Japón a dos meses de la celebración de las olimpiadas y los paraolímpicos son de 706.000 casos positivos y unas 12.000 muertes en total.

En este momento se calcula que el 80% de los atletas han sido vacunados lo que es una cifra muy alta, y el gobierno japonés ha sugerido a los comercios y restaurantes que cierren sus puertas a las 8 pm para intentar contener un poco la movilidad en la calle. Lo que ha llevado a un debate entre los juristas japoneses de si la medida es o no constitucional.

El Covid-19 no sólo ha cambiado la vida, la dinámica sanitaria, la economía y hasta la política de cada país del planeta, sino que ha ocasionado que la celebración de un evento tan codiciado entre las naciones anfitrionas se haya convertido en una problema para el país receptor quién aun haciendo todo correctamente podría acabar ganando el rechazo social de sus propios ciudadanos.

INTERREGNUM: China y su cónclave anual. Fernando Delage

Si la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional de la República Popular China es siempre relevante (marca la agenda política de los meses siguientes), el pleno que se inaugura el 4 de marzo tendrá un especial significado. La Asamblea aprobará formalmente el XIV Plan Quinquenal y desvelará de ese modo los planes económicos a largo plazo de los dirigentes chinos. Los mensajes políticos tendrán aún mayor importancia al conmemorarse este año el centenario de la fundación del Partido Comunista, y celebrarse—en el otoño de 2022—su XX Congreso. El legado de Xi Jinping y el futuro del Partido estarán definidos en gran medida por las orientaciones que establezcan los líderes a partir de estos dos acontecimientos. Aunque en contraste con la mayoría de las democracias occidentales el país ha logrado controlar la pandemia y restaurar el crecimiento, aún afronta notables desafíos internos y externos.

Los planes económicos pueden verse complicados por la reacción internacional a las acciones de Pekín en el mar de China Meridional, en la frontera con India, en Hong Kong o en Xinjiang. El cambio de administración en Washington tampoco parece que vaya a suponer de manera automática una mejora en las relaciones bilaterales. En su primera conversación con Biden, Xi hizo hincapié en su voluntad de cooperación, mientras que el presidente norteamericano manifestó su preocupación por “las prácticas económicas de Pekín, la violación de derechos humanos y la presión sobre Taiwán”.

En unas circunstancias en las que China—como suele indicar Xi en sus discursos—afronta “desafíos y oportunidades sin precedente”, el presidente chino ha subrayado la necesidad de crear las condiciones favorables para la conmemoración del centenario del Partido en julio. Entre ellas, se pretende que el nuevo Plan Quinquenal arranque de manera positiva con un objetivo de crecimiento del PIB cercano al ocho por cien en 2021. Se espera asimismo que, al concluir el Plan en 2025, China haya dejado de ser una nación de ingresos medios, y que duplique su renta per cápita hacia 2035.

Las decisiones de la Asamblea permitirán conocer el detalle de cómo piensa Pekín perseguir esos objetivos. Las líneas generales del Plan dadas a conocer el pasado mes de noviembre subrayaron el doble imperativo de impulsar la demanda interna y la innovación, conforme al esquema de “circulación dual”. Por primera vez la tecnología será la gran prioridad de la estrategia quinquenal, al depender de ella la sostenibilidad del crecimiento económico en el futuro. Aunque desde 2018, en el contexto de la guerra comercial con Estados Unidos, el gobierno chino dejó de referirse públicamente al plan “Made in China 2025”, es evidente que la promoción de los sectores de alta tecnología (de la inteligencia artificial y la telefonía de quinta generación a los vehículos eléctricos) no ha desaparecido. Todo lo contrario: la urgencia durante los próximos años consistirá en continuar reduciendo la dependencia del exterior para consolidar la autonomía china y controlar la producción de elementos clave como semiconductores.

Tras declarar hace unas semanas la eliminación de la pobreza absoluta, el presidente chino también ha hecho hincapié en la idea de “prosperidad común”, un propósito que exige la reducción del considerable diferencial de riqueza existente entre unas y otras provincias. No es esta una cuestión sólo económica: es, por el contrario, un asunto político de primer orden, inseparable de la identidad y legitimidad misma del Partido Comunista. Se desconoce, sin embargo, cómo tiene pensado Pekín avanzar en esta última dirección, que puede conducir a un nuevo choque de las autoridades con el sector privado. Lo que no está en duda, en cualquier caso, es la fortaleza de una organización que, camino de sus cien años de vida, ha superado la doble prueba de la pandemia y la crisis económica. (Foto: CGTN)

Tokio 2021. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los juegos olímpicos fueron uno de la larga lista de eventos que se tuvo que suspender en el 2020 debido al Covid-19. Japón lo tenía todo previsto y a pesar de la ilusión del pueblo y el gobierno japonés en ser sede de este gran evento, fue postergado por seguridad sanitaria en espera de ver la evolución de la pandemia.

El origen de estos juegos se remonta a la época de la antigua Grecia, de donde también viene el origen de su nombre -de la ciudad Olimpia- sede de los primeros juegos de la historia. Los olímpicos han sido símbolo de paz y fraternidad entre pueblos, incluso en épocas convulsas y de conflictos a lo largo de la historia del mundo. En efecto en la antigua Grecia los griegos paralizaban las guerras para poder celebrar las competencias y permitir la movilidad de los pueblos de alrededor sin peligro.

Desde la antigüedad estos juegos han congregado multitudes; los atletas y los aficionados en la antigua Grecia además aprovechaban para rendir culto a sus dioses. De allí el origen de la antorcha, que comenzó como un ritual sagrado en donde se quemaban las ofrendas que se ofrecían a los dioses y que hoy sigue siendo el símbolo de unión, tolerancia, amistad, paz y esperanza entre los pueblos.

Los juegos del 2020 han sido reprogramados y se inaugurarán el 23 de julio del próximo año y culminarán el 8 de agosto, por lo que el pasado 16 de noviembre el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) llegaba a Tokio y se reunía con el primer ministro Yoshihide Suga a tan sólo nueve meses de que tengan lugar los olímpicos de Tokio. El primer ministro japonés aprovechó la visita para afirmar “nuestra determinación es realizar unos juegos seguros y exitosos el próximo verano como prueba de que la humanidad ha derrotado el virus”.

Por su parte el presidente del COI -Thomas Bach- aseveraba “estamos convencidos de que unos juegos olímpicos seguros serán un símbolo de solidaridad y unidad” y que “junto con nuestros amigos japoneses nos aseguraremos de que estos juegos sean la luz al final del túnel oscuro en el que nos encontramos”.

Los primeros olímpicos de Tokio tuvieron lugar en 1964, en un curioso momento, posterior a que Japón había sido derrotado en la II Guerra Mundial y sufría un colapso económico. En ese momento esos juegos fueron señal de esperanza y dejaron huella en el pueblo japonés. Los japoneses pudieron demostrar sus avances tecnológicos como la transmisión satelital y el tren bala, por lo que consiguieron posicionarse como líder mundial en electrónica. Con ello su orgullo nacionalista fue restablecido y así renació una nueva nación japonesa.

Es muy probable que los juegos olímpicos del 2021 sean esencialmente la reafirmación de reflorecimiento para Japón, para Asia y el resto del mundo. Japón, apenas el año pasado iniciaba una nueva era con la toma de posesión del nuevo emperador Naruhito, la “era Reiwa” que significa hermosa armonía. El nombre de la nueva era revela el deseo japonés de mantenerse alejado de actos bélicos -tal y como lo contempla su constitución-y seguir el camino próspero y altamente civilizado que les ha permitido llegar a ser una potencia económica.

Seguramente, el encendido de la próxima antorcha olímpica representará para Japón y para el resto del mundo la esperanza en volver a vivir con libre movilidad, poder socializar sin protocolos de seguridad, retomar la vida como la conocíamos y, quizá, incluso nos ayude a apreciar el valor que encierra vivir cada día ordinario.

INTERREGNUM: China: cambio de rumbo. Fernando Delage

La confirmación de los riesgos financieros derivados de la ambiciosa Ruta de la Seda, la guerra comercial y tecnológica desatada por Trump a partir de 2018, y el impacto económico global de la pandemia, son algunos de los principales factores que parecen haber obligado a los líderes chinos a emprender un cambio de rumbo en sus planes económicos; un giro que también tendrá importantes implicaciones para los intereses occidentales.

Una evidencia de ese cambio de dirección puede encontrarse en un reciente estudio de la universidad de Boston—dado a conocer la semana pasada por el Financial Times—, sobre la drástica caída en los préstamos concedidos por los “policy banks” chinos: el Banco de Desarrollo de China y el Export-Import Bank. Sus créditos, en efecto, en buena parte destinados a los proyectos de la Ruta de la Seda, cayeron de los 75.000 millones de dólares de 2016 a 4.000 millones de dólares el pasado año. Estas dos instituciones, bajo el control directo del gobierno chino, han proporcionado entre 2008 y 2019 un total de 460.000 millones de dólares, cifra que iguala a los fondos del Banco Mundial durante el mismo periodo. Algunos años, los préstamos de ambos bancos superaron, incluso, los concedidos por todos los bancos multilaterales de desarrollo juntos.

Es igualmente significativo que los medios de comunicación hayan dejado de referirse a la Ruta de la Seda con la frecuencia de los últimos años. Todo apunta a que el gobierno es consciente de que su aproximación a la financiación de infraestructuras a esta escala resulta insostenible a medio-largo plazo. La renegociación de la deuda en la que se han comprometido no pocos países en desarrollo, además de la reacción de distintos gobiernos al impacto medioambiental, laboral y social de los proyectos, obligaba a corregir las dimensiones de la iniciativa y dedicar mayores recursos al frente interno. A esa reorientación empujaban asimismo las tensiones con Estados Unidos y las consecuencias del Covid-19 para la economía global.

La necesidad del reajuste fue reconocida en mayo, cuando, bajo la oscura denominación de “circulación dual”, un documento del Politburó indicó que, sin abandonar el comercio con el exterior (“circulación internacional”), el modelo económico chino debe apoyarse sobre todo en el consumo interno y la innovación tecnológica local (“circulación nacional”) como clave de la modernización del país. Fue una idea que reiteró la última sesión plenaria del Comité Central, al incluirla entre las directrices del próximo Plan Quinquenal, que será formalmente aprobado en marzo de 2021.

Sería un error, sin embargo, minusvalorar la dimensión externa del reajuste chino. En el terreno financiero, el reducido papel de los “policy banks” conducirá a un mayor protagonismo de las instituciones multilaterales, como el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras (con sede en China), y a una mayor presencia de Pekín en otros bancos de desarrollo regionales. En la esfera comercial e inversora, el “decoupling” chino con Estados Unidos—estará por ver si con la Unión Europea también—se verá compensado con un giro hacia las naciones de su entorno y hacia África. La reciente firma del RCEP facilitará ese salto, como también el anuncio del interés chino por su incorporación al CPTPP (el antiguo TTP sin Estados Unidos), hecho por Xi Jinping el mes pasado, durante la cumbre de APEC. Aunque la adhesión china a este último acuerdo no parece plausible a corto plazo, es un claro mensaje al nuevo presidente norteamericano sobre el riesgo de aislamiento de Estados Unidos del nuevo centro de gravedad económico del planeta.

La conclusión a la que llegan diversos observadores es que, a través de sus movimientos, China estaría preparando la estrategia económica que mejor conviene para un escenario de guerra fría. Al considerar que la hostilidad de Washington se mantendrá bajo la administración Biden, Pekín reducirá su interdependencia con Occidente, pero sólo para aumentarla con otras partes del mundo, abriendo así una nueva etapa en la era de la globalización.

INTERREGNUM: China y Australia a la greña: Fernando Delage

Hasta tiempos recientes, Australia era un ejemplo de cómo una democracia liberal podía mantener una relación fructífera y estable con China pese a la diferencia de valores políticos. La República Popular compra cerca del 40 por cien de las exportaciones de Australia, también uno de los destinos más populares para los inversores, estudiantes y turistas chinos. La ausencia de conflictos históricos y de intereses incompatibles facilitaron el desarrollo de la relación bilateral, elevada durante la visita del presidente Xi Jinping en noviembre de 2014 al estatus de “asociación estratégica integral”.

Durante los últimos meses, por el contrario, Canberra ha pagado el precio de enfrentarse a Pekín. Este ultimo endureció su actitud después de que, en abril, el gobierno australiano fuera el primero en solicitar una investigación internacional sobre el origen del COVID-19 y la gestión inicial del contagio. Desde entonces China ha impuesto restricciones a las exportaciones de más de una docena de productos australianos, por valor de miles de millones de dólares. La última crisis diplomática se desató la semana pasada, cuando el portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores chinos exigió en un tweet la condena del asesinato de civiles afganos por soldados australianos durante la guerra en el país centroasiático, sobre la base de un falso video. 

Algunos observadores creen que Pekín ha decidido presionar a Canberra a modo de advertencia, una vez que el nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha anunciado que Washington coordinará con sus aliados la política a seguir hacia la República Popular. Para otros, se trata de una manera de desviar la atención de otras acciones chinas, como la violación de derechos humanos en Xinjiang o la suspensión de la autonomía de Hong Kong. En cualquier caso, no faltan razones más concretas: Australia fue el primer país en prohibir la participación de Huawei y ZTE en sus redes de telecomunicaciones de quinta generación; ha aprobado leyes que persiguen la injerencia en su vida política (en respuesta a diversos episodios de intromisión de China); y no ha cesado en sus críticas a la política china con respecto a Taiwán o al mar de China Meridional. Flaco favor ha hecho a Canberra que esas medidas y críticas fueran valoradas por el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, como ejemplo de lo que debe hacerse frente a Pekín.

Han sido hechos con consecuencias. El mes pasado, en un inusual mensaje diplomático, un miembro de la embajada china en Australia detalló una lista de 14 quejas, sobre aquellos asuntos—incluidos los mencionados anteriormente—que han “envenenado” las relaciones entre ambas naciones. Pekín espera que Australia adopte “acciones concretas” si quiere reparar el daño causado y volver a una situación de normalidad, aunque el primer ministro Scott Morrison ya ha advertido que no cederá en los valores e intereses nacionales del país.

La escalada de tensión es interpretada como un mensaje por parte de China a quienes quieran seguir el camino de Australia. Pero quizá el problema no estriba tanto en las acciones de su gobierno sino en haber optado por una innecesaria provocación pública de Pekín. Lo que se hace pensando en que resulte políticamente “rentable” de cara a la opinión pública nacional, puede ser fuente de conflictos en el terreno diplomático; una lección que conocen bien la mayor parte de las naciones asiáticas cuyas economías dependen de su interdependencia con la República Popular.

THE ASIAN DOOR: “El Dorado” para el lujo. Águeda Parra

Con algunas excepciones, la pandemia del COVID-19 ha impactado fuertemente sobre el modelo de crecimiento económico de muchas empresas al suponer las restricciones a la movilidad un duro golpe sobre la línea de flotación de su estrategia de negocio. Y el mercado del lujo no ha sido ajeno a este efecto tsunami provocado por esta crisis sanitaria.

Más de dos tercios del consumo de artículos de lujo que realiza el consumidor chino de alto poder adquisitivo lo hace durante sus visitas a destinos turísticos en Europa y Estados Unidos. Las distintas velocidades a las que se extiende la pandemia en estas zonas, sumado a las restricciones a la movilidad que todavía persisten, han supuesto que las compras domésticas sean este año las grandes protagonistas, hasta un 80% del gasto en lujo. A pesar de las restricciones a la movilidad internacional, el apetito por los artículos de lujo entre los consumidores chinos se mantiene, lo que supondrá que este año China sea el único mercado del mundo que registre crecimiento positivo de hasta el 45%.

De forma similar a otros entornos empresariales, las caídas en ventas del mercado de artículos de lujo personales, que engloba moda, joyería, relojes y belleza, han sido las mayores registradas en la historia, incluso superiores a los niveles de 2009, experimentando una caída del 23% hasta los 257.500 millones de dólares, según la consultora Bain & Company. Los destinos turísticos más visitados por los consumidores chinos para sus adquisiciones de lujo son los que han registrado un impacto mayor, siendo Europa el que ha sufrido la mayor caída de ventas, hasta un 36%, mientras que en Estados Unidos el descenso ha sido algo más moderado hasta un 27%.

Puesto que los ritmos de contención de la pandemia no están siguiendo patrones similares a nivel mundial, no parece factible esperar que 2021 sea el año de la recuperación del mercado, estimándose que los niveles de 2019 no se alcanzarán hasta 2022 o 2023. No obstante, este período de recuperación puede conllevar cambios significativos en la reconfiguración de los principales mercados del lujo a nivel mundial. Si los ritmos del consumidor chino se mantienen de forma doméstica, China podría pasar de ocupar el tercer puesto entre los mercados del lujo más importantes del mundo, con 52.000 millones de dólares en ventas, a desplazar en 2025 a Norteamérica como el mercado del lujo más importante, que actualmente lidera la clasificación con 74.000 millones de dólares en ventas, seguido de Europa en segundo lugar con 68.000 millones de dólares.

Este escenario presenta una magnífica oportunidad para que pequeñas marcas comiencen a establecer una estrategia de internacionalización apostando por el mercado chino como el nuevo “El dorado” para los bienes de lujo. El potente y maduro mercado e-commerce de China ofrece una vía de entrada atractiva para aquellas firmas que contemplen comunicarse con el consumidor chino a través de los canales digitales, incorporando no sólo un punto de venta en el mercado chino sino el crecimiento de su marca dentro del ecosistema digital en el que se mueven los consumidores chinos. La modalidad de tienda flagship que ofrece el Pabellón de lujo de Tmall, o el estilo marketplace que caracteriza la propuesta de JD.com, son algunas de las opciones más atractivas para captar la atención del consumidor chino en uno de los mercados del lujo más competitivos del mundo. De hecho, el efecto de la pandemia ha desplazado las compras de artículos de lujo del medio offline mientras se viaja por el extranjero a la modalidad online, suponiendo el 23% de las ventas totales durante 2020, casi el doble del 12% que representaban en 2019. Una tendencia que, de mantenerse después de que se estabilice la crisis sanitaria a nivel mundial, podría marcar un nuevo hito en el mercado del lujo mundial y un aviso a navegantes de que puede haber llegado definitivamente el momento de apostar por el ecosistema digital de China, en lo que al lujo se refiere.

THE ASIAN DOOR: América Latina frente al decoupling ¿realidad o reto? Águeda Parra

Después de varios meses de pandemia, una de las consecuencias más evidentes que ha generado la crisis sanitaria del COVID-19 ha sido impulsar un proceso de aceleración mundial en varios entornos. Entre ellos, la reordenación de las cadenas de suministros globales pasa a ocupar un lugar destacado.

En un mismo período de tiempo, ha coincidido un escenario de decoupling de China, promovido por la administración Trump, y una crisis sanitaria, suscitando una posible reordenación de las cadenas de suministro globales para reducir riesgos operativos ante una situación como la que ha planteado una pandemia mundial. La vista está puesta ahora en potenciar la aportación de valor de otras regiones de Asia, por su cercanía a China, o jugar la baza de América Latina, por su proximidad al importante mercado de consumo de Estados Unidos.

La integración de China en la región asiática ha favorecido que, a medida que el gigante asiático asciende hacia la parte alta de la cadena de valor en la manufactura y producción en varias industrias, hayan sido los países vecinos los que han capturado el espacio dejado por China. Asimismo, en este escenario, el proceso de decoupling y la aceleración generada por la crisis sanitaria ha motivado que varias tecnológicas estadounidenses, como Google, Microsoft y Apple, estén moviendo parte de su producción fuera de China, quedando Vietnam y Tailandia entre los países más beneficiados. Pero ¿en qué medida podría América Latina beneficiarse de esta reordenación de las cadenas de suministro globales que está promoviendo Estados Unidos?

La gran ventaja de la proximidad de los países latinoamericanos con el gran mercado de consumo estadounidense no se ha visto traducida en un mejor posicionamiento de América Latina como sustituto natural de Asia en este proceso de decoupling al que aspira Estados Unidos. La región en su conjunto no ha desarrollado las infraestructuras y capacidades logísticas que demanda la operativa de las cadenas de suministro globales, sin embargo, determinados países podrían verse beneficiados, según un estudio de The Economist Intelligence Unit.

En ese movimiento de las cadenas de suministro globales que está promoviendo Estados Unidos del este al oeste, México es el país mejor posicionado, aunque determinados factores hacen poco factible que este proceso llegue a consolidarse, según este estudio. El hecho de que dos tercios de las importaciones de bienes y servicios de México estén relacionados con el comercio de exportación, y que el envío de contenedores tarde apenas una semana en pasar la frontera frente a las cinco semanas que tardaría en llegar desde China, además de tener un coste menor, son puntos que benefician la posición de México. Sin embargo, la lenta recuperación de la pandemia no favorece un reposicionamiento del país en las cadenas de suministro globales, a lo que habría que añadir la falta de políticas que promuevan este tipo de movimiento, así como la carencia de mecanismos que incentiven la atracción activa de la inversión.

De entre los países de América Latina, Chile, Costa Rica, México, Colombia y Brasil figuran entre los mejor posicionados para incorporarse a las cadenas de suministro globales. Sin embargo, la falta de inversión en infraestructura de la que adolece la región, que destina menos del 3% del PIB en su conjunto, no favorece esta transición. Contrasta con el 8% del PIB que dedican los países de Asia Oriental, y se estima que sería necesario incrementar entre un 4%-8% del PIB el gasto en infraestructuras para poder asemejarse a otros países industrializados como Corea del Sur, según algunos estudios.

Existen, asimismo, otras cuestiones a tener en cuenta para generar esta transición desde la región asiática a la latinoamericana. Destaca la falta de preparación y adopción de las nuevas tecnologías en un modelo de cuarta revolución industrial (4IR), así como la cuestión de los costes laborales y la disponibilidad de talento especializado. No obstante, aunque la situación no sea la más favorable, toda crisis es una oportunidad, y América Latina debe encontrar los mecanismos para reivindicarse como actor mundial en la configuración de las futuras cadenas de suministro globales.