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INTERREGNUM: Todos contra China. Fernando Delage

Seis meses después de su toma de posesión, el viaje a Europa del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, marca un momento decisivo en la construcción de su política exterior. Sus dos grandes ejes ya estaban definidos: el primero, responder al desafío que representan las potencias autoritarias para el futuro de la democracia en el mundo; el segundo, articular una estrategia multidimensional frente al ascenso de China. Las democracias, más allá de la defensa de los valores pluralistas, deben también demostrar que son eficaces a la hora de gestionar los problemas de sus sociedades. Con respecto a China, Washington debe encontrar un equilibrio entre confrontación y cooperación. Sentadas las bases de la “doctrina Biden”, el siguiente paso consiste en dar forma a una estructura diplomática que permita lograr tales objetivos, para lo que resulta indispensable la colaboración de sus socios.

Si Trump debilitó la cohesión de Occidente como comunidad política, Biden quiere demostrar su necesidad en el mundo del siglo XXI, adaptando las alianzas de Estados Unidos a los cambios que se han producido en el equilibrio global de poder. Biden empezó por Asia, convocando—en marzo—la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del Quad, y recibiendo posteriormente en Washington a los primeros ministros de Japón y de Corea del Sur. Mientras se avanza en la posible ampliación del grupo a un “Quad Plus”, la administración norteamericana ha avanzado simultáneamente en el frente interno. El pasado martes, el Senado aprobó la “U.S. Innovation and Competition Act”, que destinará más de 250.000 millones de dólares a la investigación en inteligencia artificial, computación cuántica y semiconductores, entre otras áreas, con el fin de mantener una ventaja competitiva sobre China. También la semana pasada, el Pentágono anunció el fin de los trabajos de la China Task Force que, en enero, recibió el encargo de proponer las líneas maestras de la estrategia a seguir hacia la República Popular, aunque sus conclusiones permanecen clasificadas.

La reuniones del G7 y de la OTAN y la cumbre Estados Unidos-Unión Europea tienen como objetivo avanzar en esa misma dirección. Al invitar a Cornualles a India, Australia, Corea del Sur y Suráfrica, el G7 ha lanzado un claro mensaje político por parte de un conjunto de democracias que representan a más de 2.200 millones de habitantes del planeta y más de la mitad del comercio global. Mientras los dirigentes chinos—al igual que Putin—alimentan un discurso sobre el declive de Occidente y la “obsolescencia” del liberalismo, los participantes en la cumbre acordaron la puesta en marcha de su propia alternativa a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín. Y, por primera vez en un comunicado final del grupo, se hizo referencia a “la importancia de la paz y estabilidad en el estrecho de Taiwán”; se expresó la “grave preocupación por la situación en los mares de China Oriental y Meridional”; y se manifestó la “oposición a todo intento dirigido a cambiar unilateralmente el statu quo e incrementar las tensiones”. Se solicitó asimismo de China el respeto a los derechos humanos en Xinjiang, y a las normas que establecen la autonomía de Hong Kong.

China ha sido también tema central en la cumbre de la OTAN en Bruselas el 14 de junio, aún no concluida al redactarse estas líneas. Aunque la República Popular no apareció en ningún documento oficial de la organización hasta diciembre de 2019, su secretario general, el noruego Jens Stoltenberg, ya había anticipado que, en los trabajos para la elaboración de la próxima revisión estratégica (“NATO 2030”), no pocas de las propuestas están relacionadas con el gigante asiático, como la creación de un Consejo OTAN-Pacífico, el establecimiento de una relación formal con India, o una vinculación con el Quad. La dificultad estriba, no obstante, en que dichas iniciativas puedan contar con el consenso de todos los Estados miembros.

Algo similar ocurre en la Unión Europea. Aunque ésta propuso una nueva agenda transatlántica nada más ganar Biden las elecciones, y comparte con la Casa Blanca la urgencia de “la cuestión China”, las diferencias son innegables. Washington quiere contar con la UE en su estrategia hacia Pekín, pero Bruselas prefiere optar por un camino menos beligerante que no ponga en riesgo sus intereses económicos. En la cumbre del 15 de junio se espera lanzar un Consejo sobre Comercio y Tecnología que permitirá actuar de manera coordinada en asuntos como las exigencias de acceso al mercado chino o la promoción de estándares tecnológicos conjuntos. Es ésta una aproximación técnica y gradual que contribuirá a mitigar las divergencias políticas de fondo entre ambos socios.

Las discusiones de una intensa semana permiten pues concluir que se van consolidando los esfuerzos dirigidos a construir un enfoque compartido por el mundo democrático sobre China, y a reorientar el eje geográfico de sus preocupaciones estratégicas hacia el Indo-Pacífico. La evolución política de Occidente abre una nueva etapa al integrarse, bajo distintos formatos, en una misma coalición global con las democracias de Asia.

INTERREGNUM: Washington y sus aliados. Fernando Delage

Aunque el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha marcado claras diferencias con respecto a la administración anterior, China es una notable excepción: al igual que su antecesor, ha situado la competición con la República Popular en el centro de la política exterior norteamericana. Tras indicar nada más tomar posesión que no tenía intención de eliminar las sanciones comerciales impuestas por Trump, su secretario de Estado calificó la detención de la población uigur de Xinjiang como “genocidio”, y su consejero de seguridad nacional, Jake Sullivan, denunció el asalto a la autonomía a Hong Kong. En su intervención ante la Conferencia de Seguridad de Munich el mes pasado, Biden insistió en que Estados Unidos tenía que reaccionar frente a “los abusos y la coerción económica de China que erosionan los cimientos del sistema económico internacional”. Y añadió: “nos encontramos ante un debate fundamental sobre el futuro del mundo; entre quienes consideran que el autoritarismo es el mejor modelo y quienes comprenden que la democracia es esencial”.

Algunas de estas ideas aparecen incluidas en el documento que recoge las primeras orientaciones sobre la estrategia de seguridad nacional, y que dio a conocer la Casa Blanca el 3 de marzo. A la espera de la formulación estratégica más detallada que propondrá, en un plazo de cuatro meses, la comisión creada al efecto en el Pentágono, Washington define en el texto a China como “el único competidor capaz de combinar su poder económico, diplomático, militar y tecnológico para plantear un desafío sostenido a un sistema internacional estable y abierto”. No es una descripción muy distinta de la ofrecida por la Estrategia de Defensa Nacional firmada por Trump en enero de 2018.

Hay una gran diferencia, sin embargo. Biden cree que puede articular una política mucho más eficaz desde un enfoque multilateralista y apoyándose en sus socios y aliados. Para su equipo, el imperativo es obvio: Washington no podrá equilibrar el poder de China en el Indo-Pacífico, dar la batalla de las ideas frente a líderes autoritarios, ni definir los estándares globales de las nuevas tecnologías si no es mediante la formación de distintas coaliciones. El problema, no obstante, es que esos aliados pueden tener diferentes prioridades, que Pekín cultiva con habilidad.

Aunque la opinión sobre China se ha endurecido en muchos países, los aliados europeos de Estados Unidos rechazan una política de confrontación con Pekín. Cuando se cumplen justamente dos años de la adopción de las orientaciones estratégicas de la Comisión Europea que definieron a la República Popular simultáneamente como, “socio”, “competidor económico” y “rival sistémico”, Bruselas y los Estados miembros aún no han adaptado medidas concretas. La prioridad de las relaciones económicas—que Alemania en particular no oculta—explica el escepticismo sobre una rivalidad definida sobre la base de los valores políticos. La experiencia de los últimos cuatro años y la polarización política de Estados Unidos—reflejada en los 75 millones de votos conseguidos por Trump y el asedio al Capitolio—obligan por otra parte al Viejo Continente a continuar avanzando en el desarrollo de sus propias capacidades.

Biden quiere por otra parte reforzar el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) como uno de los pilares fundamentales de su política hacia el Indo-Pacífico. El 18 de febrero ya se produjo una reunión del grupo, en la que éste denunció cualquier intento chino de alterar el statu quo de la región por la fuerza. Pero el gran juego estratégico en Asia es económico más que militar, como reveló el reciente acuerdo sobre la Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), que sitúa a China en el centro del mayor bloque comercial del planeta.

Sin perjuicio de aspirar a reducir las tensiones con Washington, para Pekín es vital reforzar las relaciones con sus Estados vecinos y apoyar una creciente independencia europea con el fin de prevenir la formación de una alianza anti-China por Estados Unidos. Toda estrategia de Biden puede encontrarse por tanto con una contraestrategia china ya en curso, basada en buena medida en el atractivo de su inmenso mercado y sus incentivos financieros.

China: el gran debate

¿Supone China una amenaza existencial o solamente un reto comercial (económico y tecnológico) para las formas de vida, el bienestar y la manera de gestionar de las sociedades occidentales y aquellas que apuestan por un modelo clásico de democracia? Ese es, en el fondo, el debate presente entre expertos, analistas, asesores y consejeros de los gobiernos.

Para una parte de la Administración de Estados Unidos la amenaza es existencial, ya que estiman que de ganar China, quieran o no y es dudoso que no quieran, se produciría un cambio en el que el intervencionismo estatal, el refuerzo de las concepciones colectivistas por encima de los individuos y el autoritarismo más o menos paternalista serían las columnas vertebrales. No hay que perder de vista que la pandemia, la incertidumbre que crea, la debilitación de referencias sociales y el crecimiento de las supersticiones están fortaleciendo la exigencia de decisiones autoritarias que eximan a los individuos de compromisos y responsabilidades personales. China representa un modelo autoritario y despótico con supuesto éxito económico en las últimas décadas y eso resulta atractivo para quienes, como en el fútbol, defienden que lo importante es el resultado.

En el otro lado están quienes piensan que China supone un reto económico-tecnológico manejable y con ellos la mayoría de los gobiernos y la opinión pública europea, instalada en el relativismo moral y político y, probablemente aterrada (y con culpa) del pasado criminal del continente ha convertido en dogma de que es preferible ceder algo a un enfrentamiento. En la base de este pensamiento hay factores psicológicos determinados por la historia, falta de principios claros y un autocomplacencia vecina de la soberbia. Da la sensación de que China está más cómoda en este segundo escenario porque gana tiempo, avanza posiciones y se instala en el discurso tramposo de que los agresivos son los otros.

La cuestión es importante porque de la respuesta que se plantee dependen qué recursos, qué instrumentos, qué alianzas  y qué compromisos se ponen en marcha. Y, a la vez, la respuesta es complicada porque en cualquiera de los casos un error puede llevar a una catástrofe sin precedentes

Taiwán progresa en democracia y Beijing avanza en autocracia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Taiwán comenzaba 2020 reeligiendo a su presidenta Tsai Ing-wen con más de 8.1 millones de votos, lo que representan el 57% del electorado, contra 38,6% de su oponente. La dirigente ha consolidado los valores identitarios de los ciudadanos como “taiwaneses, ha enfatizado el carácter y los valores democráticos de Taiwán y ha despertado un sentir en los jóvenes, quienes no están dispuestos a sacrificar su modo de vida y su libertad por las pretensiones del Partido Comunista Chino.

A mediados de la semana pasada, Tsai tomaba posesión por segunda vez de la oficina presidencial de Taiwán en un ceremonial acto que contó con pocos asistentes debido a la pandemia, pero en cuya sustitución fueron enviados cartas oficiales, mensajes digitales y  videos publicados en las redes sociales. Un total de 47 dignatarios entre los cuales resaltan los aliados de la isla (Alemania, Italia, Francia, República Checa, Filipinas, Reino Unido, Corea del Sur, Singapur, Estados Unidos, entre otros).

En un discurso lleno de optimismo y en el que Tsai reconoció el avance conseguido, “en los últimos 70 años Taiwán se ha vuelto más resistente y unificado debido al gran número de desafíos que hemos afrontado. Hemos resistido la presión de la agresión y la anexión. Hemos pasado del autoritarismo a la democracia. Aunque alguna vez estuvimos aislados en el mundo, siempre hemos estado al lado de los valores de democracia y libertad, a pesar de las dificultades…”, mientras enfatizaba en la necesidad de poseer una capacidad asimétrica defensiva, “una fuerza de reserva y un sistema de movilización más fuerte, así como un sistema militar más avanzado y apropiado para la isla…” -estos últimos aspectos remarcados como claves por Washington en numerosas ocasiones-.

Tsai se define a sí misma como la defensora de los valores liberales de Taiwán. Y lo cierto es que no lo ha tenido fácil, pues China los ha ido cercando por todos los costados, sobre todo el diplomático, terreno en el que Beijing aprovecha de sus favores económicos a otras naciones para pedir el desconocimiento de Taipéi como ente internacional. Así como en el geopolítico con violaciones de su espacio marítimo o aéreo. 

En medio de la pandemia, Beijing no ha parado sus planes de controlar el Pacífico. Por el contrario, han continuado conduciendo ejercicios militares cerca de Taiwán. De acuerdo con Bonnie Glaser y Matthew Funaiole en un artículo publicado el 15 de mayo en  Foreing Policy, en lo que va de año, afirman, las Fuerzas Armadas y Navales del Ejército Popular de Liberación -chino- han ejecutado al menos diez ejercicios incluido incursiones en el espacio aéreo taiwanés.

Aunque estas provocaciones no son nuevas, pues desde finales del 2016 se tienen informes de buques chinos navegando alrededor de la isla, o en marzo del 2019 atravesaron deliberadamente el espacio aéreo con aviones de combate J-11, por primera vez en veinte años. Y en marzo pasado volvieron a observarse unos raros ejercicios nocturnos conducidos por aviones sobre aguas del suroeste de Taiwán.  

Todas estas acciones son congruentes con las líneas políticas de Xi Jinping. Quien desde que tomó posesión en 2012 ha insistido abiertamente en la reunificación de Taiwán con China continental. En efecto, en el primer discurso que dio a principios de enero, insistió en “nuestro país será reunificado. Ese es un paso crítico para la nueva era China”. Alineado íntegramente con la línea de Mao Zedong.

Mientras el mundo sigue consumido en intentar contener la pandemia a puertas adentro, haciendo un esfuerzo simultaneo por prevenir el mayor colapso económico de la historia, China aprovecha las circunstancias para hacerse un actor más dinámico. Con una agresiva diplomacia, como la de la ruta sanitaria de la seda, o una defensiva actitud de sus diplomáticos, o con amenazas a los países que les culpen del COVID-19. En esa misma tónica, en el informe anual publicado el viernes pasado por el primer ministro chino Li Keqiang, se endurecía la retórica hacia la isla, y se eliminaba el término reunificación pacífica, lo que ha despertado preocupación en los analistas, quienes aseguran que muestra un cambio de postura mucho más fuerte hacia la reunificación de Taiwán, tópico considerado de alta prioridad en la política doméstica en Beijing. 

¿Es mejor una dictadura para combatir una epidemia?

Al calor de la crisis creada por el coronavirus COVID-19 se ha instalado un debate perverso: ¿Está demostrando China mayor eficacia en el combate contra el coronavirus? Y, a continuación, ¿Está una dictadura, capaz de imponer medidas sin límites ni protestas, más preparada que un sistema de derechos y libertades para hacer frente a una emergencia?

Hay, como reflejo colectivo europeo y desde luego en España, una aspiración al caudillismo, un deseo de transmitir a los Estados la  responsabilidad de todos los problemas y la atribución a otros de las responsabilidades. Este reflejo, por cierto, es hábilmente utilizado por los enemigos del liberalismo que argumentan la prioridad de las causas colectivas, identificadas por ellos, frente a las individuales. Y esta crisis sanitaria ha aflorado este reflejo estimulado por la Organización Mundial de la Salud con algunos columnistas y medios de comunicación. Estos han embellecido la gestión de China y ocultado las zonas más oscuras de esta gestión.

Pero, veamos. China ocultó durante más de un mes los datos que tenía y envió a la cárcel a médicos denunciaron la situación, “por alarmismo” (algunos han muerto infectados por el coronavirus). Una vez reconocida la evidencia, China  mantuvo poca transparencia con los organismos sanitarios internacionales, con lo que fue más difícil medir la gravedad y compartir experiencias. Y una vez desbordado por los datos, el gobierno chino actuó con brutalidad en nombre de la eficacia: construcción de hospitales empleando militares y trabajadores en turnos de 18 horas, movilización de médicos con idéntico horario, retención de millones de ciudadanos y desplazamietos obligados de otros. Es decir, China ha actuado, tras sus propios errores con una brutalidad con pocos precedentes. Incluso en el caso de que haya resultados que pudieron obtenerse antes, defender esa gestión es miserable… y peligroso.

Especialmente grave es la apología de esas medidas por parte de la Organización Mundial de la Salud que llega avalada por el carácter experto de sus responsables. En realidad, la OMS tiene mucho de monstruo burocrático del que viven muchas personas, lo que distorsiona a veces sus informes que deben ser analizados con precaución, así como la procedencia integral de su financiación.

En todo caso, cualquier medida de emergencia general es más eficaz si está asentada en la admisión general, en la comprensión de la necesidad de tomarla más que en la coerción, aunque esta sea necesaria. Y China no ha sido precisamente un ejemplo.

INTERREGNUM: Hong Kong, seis meses después. Fernando Delage

Seis meses después del comienzo de las protestas en Hong Kong, la administración norteamericana ha optado por involucrarse de manera directa. Pese a las dudas iniciales sobre si Trump daría el paso adelante—la tregua en la guerra comercial parecía prioritaria—, el presidente firmó la semana pasada la ley que ha aprobado el Congreso en apoyo a la democracia y los derechos humanos en el territorio. De conformidad con la misma, Estados Unidos puede revocar el estatus de su relación especial con Hong Kong—hasta ahora exento de los aranceles y sanciones económicas impuestas a la República Popular—si las autoridades chinas no respetan el ordenamiento jurídico y el sistema de libertades civiles de esta provincia semiautónoma.

La decisión de Trump complica aún más la ya tensa relación entre las dos mayores economías del planeta. El presidente Xi Jinping, que pese al tiempo transcurrido no ha logrado poner fin a los disturbios, tendrá también que responder a la iniciativa legislativa norteamericana, adoptada sólo días después de las elecciones locales en Hong Kong, celebradas el pasado 24 de noviembre. Los votantes se pronunciaron de forma masiva en contra de los candidatos pro-Pekín, confirmando que—pese la creciente violencia y desorden en las calles—las protestas cuentan con un notable apoyo popular. Los resultados no deben sorprender, en efecto, cuando los habitantes de la ciudad ven sus libertades en peligro ante la retórica neo-maoísta y la política de mano dura de las autoridades chinas.

El presidente Xi se encuentra así ante el más grave desafío a su gobierno desde su llegada al poder en 2012, y no solo por sus efectos sobre Hong Kong. Las implicaciones de la movilización popular para Taiwán, cuya reunificación con el continente es una urgente prioridad para Xi, inquietan de manera especial a los dirigentes chinos. La crisis de Hong Kong se ha traducido en un considerable aumento de popularidad de la presidenta proindependentista de la isla, Tsai Ing-wen, quien—si, como se espera, logra un segundo mandato en las elecciones de enero—abrirá otro delicado frente para Pekín.

La democratización de Taiwán en los años noventa ha conducido a la formación de una identidad cultural y política propia—separada de la “china”—, de la misma manera que sus valores políticos y Estado de Derecho también hacen que los hongkoneses perciban su sociedad como diferente de la del continente. El desarrollo de una identidad democrática en Taiwán y en Hong Kong constituye una doble amenaza para el Partido Comunista Chino. Por un lado, desafía el concepto de una única nación y cultura china mantenido por Pekín. Por otro, erosiona esa combinación de confucianismo, maoísmo y nacionalismo que justifica su monopolio del poder. Taiwán y Hong Kong ofrecen un modelo alternativo chino de modernidad.

También representan, en consecuencia, una presión añadida sobre el futuro de Tibet y Xinjiang, provincias cuya identidad cultural y religiosa está sujeta a la represión de los dirigentes de Pekín. Setenta años después de su fundación, la República Popular no ha terminado de construir por tanto la China a la que aspira. Lo que es más grave, los problemas en la periferia podrían algún día extenderse al centro. Una identidad construida sobre el discurso del rejuvenecimiento nacional y la recuperación de los territorios perdidos (el “Sueño Chino” de Xi), está llamada a chocar con otras basadas en valores políticos y culturales distintos. ¿Le bastará al Partido Comunista con el uso o amenaza del uso de la fuerza como medio principal para asegurar su legitimidad?

La NBA y China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La crisis entre la NBA y China es la perfecta representación del nuevo orden mundial, en donde el recorte de libertades se trata de imponer a través de la presión que aplican las nuevas naciones que aspiran el liderazgo mundial.

Beijing se ha convertido en un jugador tan poderoso que hoy en día se puede permitir imponer sus controles más allá de sus fronteras y no sólo sobre naciones pequeñas o económicamente dependientes de ellos, sino también sobre negocios estadounidenses cuyo valor asciende a miles de millones de dólares.

El 04 de octubre un ejecutivo de los Houston Rockets -equipo de baloncesto de la NBA- tuiteó “Peleemos por las libertades, apoyemos a Hong Kong” en su cuenta personal. Este tweet desató la furia del gobierno chino, y a partir de ahí no ha habido más que presión desde Beijing a la organización, mientras han desmontado carteles publicitarios promocionando los juegos, han anulado partidos de pretemporada y cancelado ruedas de prensa  del mismo directivo de la organización en su gira habitual por China.

El baloncesto es un deporte con 500 millones de aficionados en China, según Reuters, siendo el deporte más popular en el país asiático. Se calcula que unos 300 millones de ciudadanos chinos practican baloncesto, por lo que la afición y seguimiento de las ligas internacionales es masiva.

Hasta ahora, la NBA había encontrado en el gigante asiático un gran mercado, pues es un negocio que mueve miles de millones de dólares al año en China, además con un fanatismo y seguimiento especial en el equipo de los Rockets, pues Yao Ming, la gran estrella china pasó su carrera en este equipo, y hoy en día lidera la Asociación de Baloncesto China que, por cierto, rompió relaciones con el equipo a raíz del tweet.

La saga, que ya dura más de dos semanas, ha pasado por etapas distintas. Inicialmente el tweet fue eliminado a las pocas horas de haberse subido, seguido por una declaración oficial de la NBA en la que lamentaban que el punto de visto expresado por el ejecutivo de los Rockets de Houston habubiera ofendido profundamente a mucho de sus fans. Seguido por una segunda declaración pasados unos días que rezaba “la organización no regulará las opiniones de sus jugadores o empleados”.

Y la más reciente con la que se cerró la semana pasada y se ha alcanzado a otro nivel de la crisis, fue que el Comisionario de la NBA -Adam Silver- declaró que Beijing había solicitado que se despidiera al ejecutivo que había tuiteado a favor de Hong Kong. A lo que Silver aprovechó para responder categóricamente que no sucederá, que la organización ni siquiera considerará medidas disciplinarias para él.

Silver, además, enfatizó: “la NBA es un negocio estadounidense con valores americanos, que viaja con nosotros a donde quiera que nosotros vamos. Uno de nuestros valores es la libertad de expresión y queremos dejar claro y que la gente entienda que nosotros apoyamos la libertad de expresión”.

Un portavoz de la cancillería china aseguró que Beijing no había solicitado la sustitución del ejecutivo, así como también afirmó que las otras naciones no deben meterse en sus asuntos internos. Mientras, las pérdidas millonarias de la cancelación de los partidos y la anulación de las ruedas de prensa de los jugadores ya ascienden a millones de dólares. Y tal y como el mismo Silver ha dicho, aún es imposible estimar las cifras de las pérdidas.

Sólo Tencent -la gigantesca multinacional china- tiene acuerdos por 1.500 millones de dólares para transmitir los partidos de la NBA en los próximos 5 años, y ya han cancelado las transmisiones de los partidos de los Rockets, de acuerdo con AP.

No cabe duda de que la posición que expresó el comisionario de la NBA ha sido difícil de acordar dentro de la organización, pues sacrificar al mejor de sus clientes internacionales les hará pagar un precio económico imposible de calcular a día de hoy, tal y como los mismos expertos deportivos han afirmado. Pero venir de un país que alardea de sus profundos valores democráticos, en la que la organización ha tenido libertad de crecer y llevar su negocio hasta otros rincones del planeta, no permite entrar en el juego chino de represión e imposición de sus criterios a cambio de poder mantener relaciones y seguir haciendo negocios en China.

Es clave para la supervivencia de las libertades que éstas se proclamen y se presuman. Si, por lo contrario, hay silencio por el precio económico que representa, entramos en el juego restrictivo que mas temprano que tarde acabará por frenar todas las libertades y terminará exaltando los principios del Partido Comunista Chino incluso en recónditos rincones del planeta.

Hong Kong: Por ahora la democracia triunfa

Hong Kong hoy es la viva representación de la fuerza que tiene la democracia y el poder que puede ejercer un pueblo que entiende su derecho soberano de oponerse a cambios legislativos que vayan en detrimento de sus libertades.

Carrie Lam pedía disculpas al pueblo hongkonés por haber impulsado la ley de extradición, mientras sostenía que ese proyecto de ley está muerto. Y no cabe duda de que el pueblo lo desea muerto y enterrado, mientras Beijing sabe que ha perdido una batalla, pero no pierde la esperanza de ganar la guerra. En esta ocasión, Lam pagará el precio político con el fin de su carrera. No contará con el apoyo de Beijing a largo plazo, y mucho menos el de los hongkoneses para mantenerse en el poder.

Por el momento Beijing ha expresado públicamente su apoyo a Lam. Lo que puede ser parte de una estrategia, mientras la presidenta del gobierno hongkonés se disculpa por no haber doblegado a los opositores, insistiendo en que su compromiso de servir al pueblo se mantiene intacto, dejando por sentado que no dimitirá.

Beijing observa con cautela el desarrollo de los acontecimientos y, si fuera positivo desligarse de ella, hay tiempo de sobra para hacerlo, pero por ahora no lo ven necesario. Están aprendiendo de la situación y seguramente procesando el coraje que han tenido los ciudadanos y el resultado de esas acciones de calles.

Las masivas protestas las inspiraron la propuesta de la ley de extradición, a la que le hemos dado cobertura en esta columna previamente en varias ocasiones. Se llegó a romper el récord con la concentración del pasado 12 de junio, que contó con la participación de dos millones de ciudadanos. Durante semanas, las calles han estado llenas de manifestantes expresando su rechazo al gobierno de Carrie Lam. Curiosamente, en vez de ir mermando, se han mantenido y en efecto las demandas de los protestantes han ido en aumento.

En vista de la insistencia de presentar la ley a pesar del rechazo social, los manifestantes comenzaron a demandar la salida de la presidente. Y así se han ido incorporando otras demandas, como las quejas por “la invasión del Shenzhen”, que es un territorio ubicado a tan sólo 17 kilómetros de Hong Kong, que no era más que un pueblo de pescadores hasta hace unos años, y que acabó por convertirse en el hub tecnológico chino, que ocupa el puesto once del ranking mundial con más billonarios, de acuerdo a Business Insider. Este fenómeno ha producido que muchas personas de la China continental aprovechen para establecer negocios en el lado hongkonés, lo que tiene muy irritados a los locales.

El pasado domingo los manifestantes volvieron a llenar las calles de Hong Kong, pero esta vez lo hacía una representación de la prensa local que marchó hasta la oficina de Lam, con carta en mano, para expresar sus quejas y desacuerdo por la manera en que autoridades trataron a la prensa durante las protestas. Especialmente al principio de estas.

Han sostenido que hubo maltrato de parte de la policía, quien se esforzó en obstruir su trabajo de reportaje. En efecto, el presidente de la Asociación de Prensa de Hong Kong mantenía que parecía que los periodistas habían sido deliberadamente el target de las fuerzas de seguridad.

Los grupos de activistas y manifestantes se han mantenido firmes a su rechazo a la Ley de Extradición, que ha sido el detonante de este levantamiento pero que ha desencadenado una espiral de demandas. Desde que Hong Kong pasó de manos británicas a chinas y se estableció “un país, dos sistemas” la situación no se había tornado tan turbia. Es una especie de despertar para quienes son conscientes de las libertades que disfrutan, y al darse cuenta de que si no hacen eco ahora de sus demandas acabaran sometidos a las decisiones del Partido Comunista chino.

Como suele suceder en este tipo de protestas siempre hay gente o incluso grupos violentos que recurren al uso de la fuerza y recursos inapropiados para hacerse oír, de la misma forma a como la policía ha querido neutralizar a los protestantes con el uso de la fuerza. Y en ambos casos se debe denunciar y cuestionar, pero cuando se vive tan cerca de la China continental y se conocen las formas restrictivas empleadas por sus autoridades, sin ánimos de justificar, hay un deber moral de apreciar el sacrificio del pueblo hongkonés que sigue adelante con sus demandas y que, del largo periodo que lleva en las calles, se ha mantenido en honor a ese ideal democrático. Foto: Flickr, Studio Incendo.

Hong Kong resiste. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La sociedad hongkonesa tiene principios democráticos arraigados y lo prueba la lucha que han librado en los últimos días y su disposición a continuar dando la batalla por mantener esa libertad de la que han gozado en los últimos años, que les ha permitido saborear el bienestar y el desarrollo al margen de Beijing y las controles que impone el Partido Comunista Chino.

La relación de Estados Unidos con Hong Kong ha sido preferente debido a una ley aprobada en 1992 que permitió al gobierno estadounidense tratar a Hong Kong como una entidad diferente de la China continental en cuestiones de comercio e inmigración después de que fuera entregado a China en 1997, que administra el territorio bajo el principio de “un país, dos sistemas”.

El compromiso para el traspaso consistió en mantener el sistema legal que tuvo Hong Kong durante el periodo británico, por lo que no se impondría el socialismo chino. En contraparte, Beijing se quedaba a cargo de la política exterior y la defensa de la región. A tan sólo veinte años del traspaso, y quedando otros treinta años por delante, antes de que se integre la región en China, Beijing acelera su nivel de injerencia en Hong Kong y deja al descubierto sus intenciones.

En el momento más álgido de protestas en Hong Kong, la Comisión ejecutiva para China del Congreso de los Estados Unidos ha hecho público el pasado jueves un proyecto de ley sobre democracia y derechos humanos en Hong Kong.

El oportuno anuncio se hizo con el propósito de reafirmar el compromiso de Estados Unidos con la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho, en el momento en que estas libertades y la autonomía de Hong Kong están siendo erosionas por la interferencia del gobierno chino y el Partido Comunista, de acuerdo con la nota de prensa.

El propósito de esta ley es dejar claro que el Congreso estadounidense está del lado del pueblo hongkonés y su esfuerzo por preservar los derechos humanos. Esta ley cuenta con el apoyo bicameral y bipartidista del congreso. 4Asia tuvo la oportunidad de consultar la opinión a uno de los más fuertes propulsores de dicho proyecto de ley, el senador republicano Marco Rubio, quien nos dijo: “A medida que Pekín continua su ataque contra la autonomía de Hong Kong, los Estados Unidos debemos apoyar la democracia y la libertad de expresión. El gobierno de Hong Kong debería retirar las enmiendas propuestas a la ley de extradición y explorar alternativas que protejan el Estado de derecho de la influencia del Partido Comunista Chino”.

La presión doméstica e internacional han hecho que el Gobierno hongkonés posponga el debate de la ley y baje el tono agresivo que fue empleado a principios de las protestas. En palabras de Carrie Lam, la cabeza del gobierno “la prioridad es restaurar la paz y el orden”. Mientras que afirman que los tribunales hongkoneses tendrán la última palabra sobre las extradiciones a China, como un intento de suavizar la impresión opresiva y arbitraria de la naturaleza de la ley de extradición.

Es un momento clave para la región, no sólo para Hong Kong. Taiwán y otras democracias en el Pacífico necesitan de las libertades de las que goza Hong Kong. Es en el interés y bienestar de la región que China entienda que occidente está del lado de la democracia, y se hará oír cuando estas libertades estén en peligro.

La semana pasada The Economist dedicaba un artículo a un hecho habitual en China, que resulta curioso para el resto del mundo. Los servicios de música chino habían vetado una canción de “Les Misérables” que fue usada como himno en las protestas de Hong Kong del 2014. ¿Oyen a la gente cantar? Es la tonadilla que durante las protestas de los últimos días empezaba a oírse de nuevo, justo antes que los gases reprimieran el son del pueblo.

Los manifestantes recitaban la canción para mantener vivo el entusiasmo. Y la respuesta del Gobierno chino, a tono con su modus operandi, busca silenciar el grito del pueblo de mantener un sistema legal independiente y democrático, al igual que ocurre con la Ley de extradición.

Un debate oportuno

4Asia organizó esta semana un nuevo encuentro de debate sobre un asunto de actualidad que, en este caso, no podía ser otro que  el clima de guerra comercial entre Estados Unidos y China y la incertidumbre que esto crea en la economía mundial; la importancia de los avances tecnológicos de China como trasfondo de esta crisis y cuánto tiene de amenaza para el concepto occidental de libertad individual (que los ciudadanos chinos no disfrutan); las ventajas competitivas que supone para China poder acumular capital sin controles parlamentarios, sin seguridad jurídica y sin  sometimiento del Gobierno a mecanismos democráticos, y la importancia del reforzamiento militar chino al calor de esos avances tecnológicos.

Al margen de los argumentos de los ponentes, que publicamos, dos cuestiones esenciales recorrieron la jornada, tanto desde la mesa como desde las preguntas de los asistentes. La primera de ellas es hasta dónde debe llevar el compromiso desde las sociedades occidentales con las libertades en sus negociaciones con países autoritarios que, a la vez, pueden inyectar negocios y capitales en esas sociedades para mantener estándares de bienestar. La segunda es qué valor tienen en realidad los valores democráticos cuando una sociedad dictatorial consigue avances sociales a costa de la restricción de estos derechos.

Sorprende, respecto a esta última cuestión, cómo el viejo marxismo, que justificaba sus crímenes con la supuesta justicia social (libertad, ¿para qué?, se preguntaba Lenin) sigue seduciendo a personas formadas que precisamente desde la comodidad de las libertades occidentales, relativizan el sistema y justifican dictaduras llegando a compararlas con Estados Unidos, esta vez con la excusa del atrabiliario Donald Trump.

Y, en relación con la primera cuestión, el papel de la Unión Europea. La UE aparece como espectador privilegiado, pero a distancia, en este conflicto y no parece tener una estrategia ni política, ni económica ni tecnológica en la crisis, Es más, aparece dividida sobre qué opción prefiere, con qué aliados y hasta qué punto implicarse. La gravedad de esta duda no debe pasar desapercibida porque, además de negocios, nuestras sociedades se juegan un estilo de vida, un concepto de libertad y unos estándares de bienestar que están en revisión. Que no es poco.