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El nuevo frente iraní

El acuerdo sobre la limitación del programa iraní de desarrollo de tecnología nuclear vuelve al primer plano de la actualidad al recordar el presidente Donald Trump su posición de anularlo para negociar uno nuevo.
Aquel acuerdo, firmado por la Administración Obama, imponía una moratoria en el desarrollo del programa por parte de las autoridades de Teherán, establecía un sistema de inspecciones (limitadas) y anulaba las sanciones impuestas al régimen teocrático y garantizaba la llegada de sus  recursos petrolíferos a los mercados occidentales de los que llevaba años ausente.
Este acuerdo fue siempre duramente criticado por Israel, que entiende que no frena en realidad los planes iraníes sino los encubre, que solo establece una moratoria de diez años sin inspecciones eficaces y que, anulando las sanciones económicas, provee al régimen de nuevos recursos destinados, entre otras cosas, a reforzar su capacidad militar. Y, recuerdan desde Jerusalén, es Israel el principal objetivo, declarado en cada discurso, de la estrategia militar iraní.
El aumento de la influencia militar de Teherán en Siria, en la frontera oriental israelí; su renovada alianza con Hizbullah, organización militar calificada de terrorista por EEUU y la UE, desplegada en Líbano en la frontera norte de Israel, y los lazos crecientes de los ayatollah con Hamás, en la frontera suroccidental de Israel, completan el escenario. En ese contexto, Donald Trump ha asumido parte de las posiciones israelíes y quiere corregir lo que piensa que fue un error estratégico de Obama que debilita la posición de Occidente y de su principal aliado en la zona en beneficio de rusos e iraníes.
Probablemente esta iniciativa estadounidense abrirá un nuevo frente de discrepancia con Europa, donde Francia es el principal valedor del acuerdo con Teherán, y con Rusia, que no quiere que se altere un panorama en el que ha recuperado protagonismo en toda la región.
En todo caso, parece necesario, en el dossier Irán, abrir un debate sereno, no sólo sobre la necesidad de visualizar procesos de distensión sino en asegurarse de que estos procesos garantizan de verdad avances y no gestos que, a medio plazo, demuestren que a veces los remedios son peores que las enfermedades.

El desafío kurdo. Julio Trujillo

Kurdistán, un país real y un Estado inexistente, entra en el protagonismo de la región centro asiática con su referéndum de autodeterminación y agita a todos los gobiernos de la región. Irak (es allí donde el referéndum ha tenido lugar) rechaza la consulta y sus resultados; Turquía, con una importante población kurda en conflicto nacionalista contra el Gobierno y dónde el viejo Partido Comunista Kurdo y su grupo armado PKK están presentes, no sólo en Turquía sino también en Irak y Siria, ha movilizado a su ejército y amenaza con ocupar el Kurdistán iraquí; Irán, con población kurda niega cualquier validez al referéndum, y Siria, en guerra civil, se mantiene a distancia y no acepta los resultados, mirando de reojo a su propia población de origen kurdo. Sólo Israel, por razones que van más allá del mero tacticismo, defiende una eventual independencia de Kurdistán.

Este complejo conflicto tiene su origen remoto en 1150, cuando el sultán Sandjar, el último de los grandes monarcas selyúcidas (sirios de cultura griega), creó la provincia del Kurdistán.

Pero fue tras la derrota del Imperio Otomano tras la I Guerra Mundial cuando se agravó el problema y apareció el conflicto moderno. Tras una declaración inicial de la Sociedad de Naciones concediendo la independencia a los kurdos, Gran Bretaña y Francia redefinieron el mapa de Oriente Medio, se lo repartieron, anularon la efímera independencia kurda y partieron el Kurdistán histórico en cuatro territorios adjudicados a Irán, Irak, Turquía y Siria.

Pero la descomposición de Irak ha llevado al territorio kurdo de este país a una autonomía amplia, con Administración y ejército propio y ahora han organizado la consulta de independencia que, de dar lugar a un Estado propio, alteraría los equilibrios y podría suscitar alianzas ahora impensables.

Excepto Israel, ningún país ha proporcionado apoyo público al plebiscito. Los más contundentes en su oposición han sido el Gobierno central iraquí, Irán y Turquía, inquietos por el efecto en sus comunidades kurdas y en las aspiraciones independentistas del mayor pueblo sin Estado.

Para ambos, el plebiscito es un asunto de “seguridad nacional”. Tanto Ankara como Teherán podrían responder tratando de aislar políticamente al Gobierno kurdo pero resulta improbable que recurran a la violencia.

El apoyo de Israel va más allá de desear una mayor inestabilidad entre sus enemigos potenciales y logran ampliar sus muy escasos amigos en la zona. Cuando al comandante de una unidad peshmerga (el ejército kurdo) se le preguntó por qué país sienten los kurdos más cercanía, refiriéndose a Israel dijo: “Creemos que Israel es nuestro amigo más cercano en la lucha. Tenemos una historia común”.

Durante décadas, los nacionalistas árabes, islamistas y el régimen iraní constantemente les han comparado con los israelíes. Ali Akbar Velayati, ex canciller iraní, ha afirmado que EEUU “conspira para establecer un segundo Israel en la región” en la forma de un Kurdistán libre. Israel mantiene estrechas relaciones de solidaridad y colaboración en todos los campos con los kurdos desde hace años.

En la práctica, grupos kurdos como el Partido Democrático de Irán Kurdistán (PDKI), que se oponen al régimen iraní, colaboran con otros grupos minoritarios oprimidos tales como azeríes y baluchis. En el Kurdistán iraquí se ven iglesias y templos cristianos yazidies, y la convivencia de diferentes grupos étnicos y religiosos es incuestionable.

Así las cosas, el desafío kurdo puede suponer una patada en el tablero de ajedrez político y habrá que recoger las piezas y volver a colocarlas. Y ahí se abrirán todas las cuestiones actuales y las pendientes. Una situación que, vista así, da vértigo.

El giro afgano

El anuncio por parte del presidente Donald Trump de una rectificación de la política de EE.UU. respecto a Afganistán indica un cambio de rumbo que no deja de ser significativo. El presidente ha anunciado una vuelta a suelo afgano de tropas norteamericanas y el condicionamiento de la ayuda militar a Pakistán a una mayor presión sobre las fuerzas del movimiento talibán que están situadas a lo largo de la frontera con Afganistán. Trump parece haber dejado en el cajón su estrategia de abandono de las “guerras lejanas” que inspiró los primeros tiempos de su gestión y los discursos de sus primeros asesores por una visión más realista de los conflictos sobre el terreno.

Esta decisión se enmarca en una estrategia general de aumentar la presión sobre Irán, subir el precio de la negociación, imprescindible, con Rusia sobre una solución negociada al conflicto sirio y buscar soluciones de transición a la empantanada situación afgana.

En Afganistán han cambiado muchas cosas. Por una parte, los talibán mantienen sus posiciones básicas, las han consolidado y han comenzado a recuperar terreno. Estados Unidos, que había alentado y promovido contactos entre un sector supuestamente moderado de este movimiento con el gobierno de Kabul, ha comprendido que esas conversaciones, en medio de una estabilidad estructura del gobierno afgano y de la retirada norteamericana, era un incentivo para los talibán.

Pero, además, ha aparecido en el último año un elemento nuevo que altera el escenario: el Daesh. La aparición en Afganistán de grupos ligados al Estado Islámico, nacida no sólo de una decisión estratégica de este grupo sino también de la desconfianza de sectores talibanes acerca de las negociaciones, supone para este movimiento un desafío al monopolio del radicalismo que hasta ahora representaba, frente a la alianza de señores de la guerra con un cada vez más prudente apoyo occidental. Este elemento obliga a los talibán a luchar en este frente y, a la vez, a presentar a los suyos avances concretos. En este marco, es clave que Pakistán agite las bases terroristas en su propio territorio y aporte inteligencia y operaciones contra el Daesh. Ese es el pan de Trump que puede cambiar muchas cosas y, paradójicamente, acercarle un punto a Irán, preocupado por la nueva situación en su frontera oriental.

Irán juega sus cartas. JulioTrujillo

Aunque a pasos torpones y erráticos, Trump va definiendo una nueva estrategia exterior norteamericana que está ya teniendo consecuencias en el realineamiento de algunos países y el dibujo de algunos escenarios diferentes.  A pesar de que, con los viejos tópicos, los adversarios de siempre y los intelectuales “comprometidos” emiten sus dictados anti Trump desde sus brillantes columnas de viejos periódicos o de sus despachos universitarios, y subrayan los detalles atrabiliarios del presidente de EE.UU. por encima de sus decisiones profundas, éstas van cambiando algunas cosas. Y todas estas cosas están introduciendo cada día elementos nuevos en el escenario que va desde el Mediterráneo al Pacífico donde están, hoy, los mayores puntos de inestabilidad y de riesgo para la seguridad internacional.

Una de las últimas decisiones, la de imponer nuevas sanciones a Irán, corregir algunas de las concesiones de Obama y la Unión Europea y alertar de las continuas amenazas iraníes de completar el trabajo de Hitler y acabar con los judíos y, por supuesto, con Israel, ha obligado a Teherán a mover piezas.

Irán está, en estos momentos, combatiendo militar y políticamente en dos frentes importantes y varios accesorios. Por una parte, Teherán tiene fuerzas en Siria, donde combate junto a Hizbullah, las tropas de Bashar el Asad y los rusos contra la nebulosa de grupos de la oposición, que van desde el Daesh, contra el que oficialmente están todos, hasta grupos kurdos apoyados por Europa y Estados Unidos sin olvidar varias milicias coordinadas por Al Qaeda o con intereses independientes que se suman de manera oportunista a quienes les convenga en cada situación.

Mientras tanto, expertos y asesores iraníes combaten en Yemen, junto a los chiitas hutíes, contra los sunnitas locales apoyados por una coalición de Arabía Saudí, Egipto y países del Golfo. Teherán, donde el sector menos radical de la teocracia acaba de verse reforzados en las elecciones, confiaba en que un acercamiento entre Estados Unidos y Rusia respecto a Siria olvidara aumentar la presión sobre Irán. Pero Trump no ha cerrado acuerdos con Putin y ha recuperado la desconfianza oficial hacia los planes iraníes de seguir desarrollando armas nucleares y ha aprobado nuevas sanciones.

En ese escenario, Teherán ha realizado varios movimientos rápidos los últimos días: ha enviado una delegación a Corea del Norte, ha intensificado su ofensiva diplomática en América Latina y ha declarado que “todas las opciones están sobre la mesa si Estados Unidos rompe el tratado firmado” con el régimen de los ayatolláhs. Esta nueva situación fortalece, paradójicamente, el discurso y los intereses de Rusia y sobre esta base, Putin va a basar sus propuestas de gran acuerdo con Estados Unidos.

INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.

INTERREGNUM: Asia y la crisis de Qatar. Fernando Delage

La ruptura de relaciones diplomáticas con Qatar por parte de Arabia Saudí, Emiratos, Egipto, Bahrain y Yemen puede rehacer el mapa del Golfo Pérsico, con importantes consecuencias económicas y políticas más allá de Oriente Próximo. En el caso de Asia, países de población musulmana como Malasia, Indonesia o Pakistán, tendrán que esforzarse para no verse atrapados en la lucha de poder en la región. Mayores implicaciones puede tener la crisis para China, dado el volumen de su comercio e inversiones con las dos partes partes enfrentadas, así como su creciente proyección diplomática en la zona.

A priori el impacto parece más político que económico. El aislamiento diplomático de Qatar empuja a éste hacia Irán, Turquía y Rusia, agravando la polarización regional y debilitando el Consejo de Cooperación del Golfo (al que pertenecen las seis monarquías locales: Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahrain). Décadas de infiltración y de apoyo financiero saudí en el mundo islámico hacen más difícil para muchos Estados mantenerse al margen de la disputa. Para algunos, el momento no puede ser más desafortunado: el ministro de Asuntos Exteriores de Malasia, por ejemplo, visitó Qatar hace sólo unas semanas con la intención de reforzar las relaciones bilaterales.

Para Pakistán el dilema es aún mayor. En 2015, para sorpresa de Riad, el Parlamento rechazó la petición saudí de participar en la operación en curso en Yemen. Cuando, dos años más tarde, los saudíes solicitaron a Pakistán que el exjefe de las fuerzas armadas, el general Raheel Sharif, asumiera el mando de la alianza liderada por Riad, Islamabad no pudo negarse. El gobierno paquistaní se justificó indicando que Sharif utilizaría su posición para mediar entre Arabia Saudí e Irán, pero sus relaciones con Teherán se han agravado con rapidez y la violencia se ha incrementado en la frontera con la República Islámica. La visita a Riad del primer ministro Nawaz Sharif hace quince días es un reflejo de su difícil posición: el número de trabajadores paquistaníes en Arabia Saudí y Emiratos supera los tres millones, y sus remesas suponen 8.000 millones de dólares al año (las cifras son apenas significativas en el caso de Qatar), pero Islamabad no puede permitirse un enfrentamiento con Teherán y Ankara incorporándose a una “cuasi-alianza” Washington-Riad.

La crisis en el Golfo puede, por otra parte, complicar la ejecución de la Nueva Ruta de la Seda propuesta por China. Además de que otros países puedan sumarse al boicot impuesto por Arabia Saudí, Pekín teme que, para desestabilizar Irán, Riad extienda sus movimientos a Baluchistán, provincia paquistaní clave para la iniciativa china. El alineamiento de Washington con Arabia Saudí y Emiratos puede, por lo demás, crear nuevas presiones diplomáticas sobre la República Popular. China es el mayor socio comercial de Qatar y se encontraba negociando un acuerdo de libre comercio con el Consejo de Cooperación del Golfo antes de que estallara la crisis. Qatar es el segundo suministrador de gas natural a China, y Arabia Saudí su tercer suministrador de petróleo. A partir de de 2010, China sustituyó a Estados Unidos como mayor exportador a Oriente Próximo, y primer importador de recursos energéticos de la región.

Durante la reciente visita a Pekín del rey Salman de Arabia Saudí, ambos gobiernos acordaron una “asociación estratégica” bilateral. Además de contratos por valor de 65.000 millones de dólares, los dos países firmaron un acuerdo en materia de seguridad por cinco años, que incluye la lucha contra el terrorismo y maniobras militares. Nada de ello parece incompatible con la privilegiada relación que China mantiene con Irán. Durante su visita a Teherán en enero del año pasado, el presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo Hasan Rouhani fijaron el objetivo de que el comercio bilateral alcance nada menos que 600.000 millones de dólares en el plazo de una década, la mayor parte en relación con la Ruta de la Seda. Desde 2016, ambos países intercambian mercancías a través de una línea ferroviaria directa que cruza Asia central, y que en pocos años se transformará en una conexión de alta velocidad que llegará hasta Turquía. Tanto Teherán como Ankara—ya se mencionó—, apoyan a Qatar. Como China empieza a descubrir, el avispero de Oriente Próximo puede condicionar los planes de las grandes potencias.

Zafiedad, estupidez y estrategia.

Donald Trump es un hombre zafio que justifica su mala educación, personal y cultural, como lenguaje directo y su derecho a hablar con el “lenguaje de la gente”. Su dedicatoria, frívola, estúpida y fuera de tono, en el libro de visitas del Yad Vashem el museo israelí dedicado a la Shoa (Holocausto) son una muestra más que evidente de su ligereza intelectual y su escasa inteligencia emocional. Y a ese colofón de hace unas semanas debe añadirse sus comentarios sobre las mujeres, sus salidas de tono con algunos periodistas, su falta de contención verbal en sus contactos con líderes europeos o sus complicidades emocionales con algunos dirigentes rusos que hace tiempo están instalados en la chulería y la falta de elegancia, como es el caso del propio Putin.

Pero debajo de ese Trump empieza a dibujarse una estrategia, probablemente definida por su equipo, que parece clara. El presidente está decidido a que Estados Unidos tenga una estrategia respecto a Oriente Medio y Asia Central tras unos años en que la Casa Blanca parecía embrollada en un discurso de llevarse bien con todos y en conseguir el aplauso de la opinión pública políticamente correcta. Trump ha llegado a Arabia Saudí, les ha advertido de los lazos perversos con el Daesh en un mensaje no solo dirigido a Ryad sino también a Qatar, y les ha ofrecido ayuda militar frente a Irán a cambio de compromiso contra el Desh.
El islam sunní cuya autoridad religiosa encarna Arabia Saudí está en guerra con los chíies que apadrina Irán, en Irak, en Siria y, sobre todo en Yemen, en un conflicto en abierta confrontación militar. De esa confrontación provienen en realidad los lazos entre Al Qaeda, Daesh y el islam sunní, todos enemigos de los chíies. El campo chíi agrupa al régimen de Bachar el Asad de Siria, a sectores irakíes, al Estado paralelo que representa Hizbullah en Líbano (con tropas en Siria) y, como aliado estratégico, la Rusia de Putin. Con esa política, EEUU ha marcado el campo y redoblado su apoyo a Israel, no sólo la única democracia de la zona sino el único proyecto de vida con estándares occidentales y donde cristianos y musulmanes, además de judíos,  gozan de mayores libertades y seguridad en toda la región.
La política, si es el arte de lo posible, constituye una partida que hay que jugar con las cartas que tocan, y colocarse por encima del juego real es peligroso y un factor propagandístico de primer orden. Irán es hoy una potencia en auge que desestabiliza la zona y para comprometerla en una reglas del juego manejables hay que dejarle claro los límites. Como se les deja, en otro plano, a Arabia, Pakistán y Egipto.
Pero, al lado de la zafiedad y la estrategia (se puede compartir o no, pero es un plan donde no había nada) aparece la estupidez. Los sectores progresistas europeos se rasgan las vestiduras y acusan a Trump de todos los males. Para ello exhiben la zafiedad presidencial y presentan oposición ética a la búsqueda de alianzas con los saudíes. Sin dejar de recordar que los mismos que piden principios contra Ryad son los que piden hacer “política” con Maduro y lo pedían con ETA, conviene advertir que, en el fondo, no hay una propuesta alternativa. Hay simplemente rechazo a Estados Unidos siempre que no gobierne un miembro del Partido Demócrata e, incluso entonces, con reparos.
Trump ha entrado en Europa como un elefante en cacharrrería, incluso cuando tiene razón  y dice que los aliados europeos tienen que gastar más en Defensa. Y hace bien Angela Merkel cuando advierte que los europeos deben aprender a caminar solos porque no hay, ni tiene por qué haber, una identidad absoluta de intereses. Pero no cabe duda de que es más lo que une a la UE y a Estados Unidos que lo que los separa. Y Rusia es un adversario a los intereses de ambos en todos los terrenos.
Trump ha comenzado a verle las sombras al brexit y se las verá a sus obsesiones proteccionistas. Pero incluso antes de eso está en el mismo campo que Europa.

Irán, Arabia Saudí…. Y Trump.

Con apenas una semana de diferencia se han desarrollado unas elecciones en Irán y un viaje de Trump a Oriente Próximo con significativas escalas en Arabia Saudí e Israel. No son sucesos completamente independientes. Mientras Rusia estrecha lazos con el Damasco de Al Asad, a quien apoya el régimen de Teherán, Estados Unidos visita y firma acuerdos militares con Arabia Saudí que, con Egipto, planea, aunque se miren de reojo, una alianza contra el bloque chií que, irradiado desde Irán, va consolidando posiciones no sólo en Siria y Líbano (y en Yemen con dificultades) sino también en algunos círculos palestinos. Arabia Saudí verá acrecentado y modernizado su poder militar, que se muestra dudoso en su enfrentamiento contra los rebeles hutíes, apoyados por Teherán, en Yemen.

El presidente Trump está definiendo aceleradamente una política más activa en la zona que la de Obama y eso va a tener consecuencias en la consolidación de bloques en la zona. Las condiciones para resolver, militar o negociadamente, los conflictos en marcha van a cambiar profundamente.

En este escenario, con los suníes robusteciendo lazos con EEUU y los chíes más cerca de Moscú, las elecciones iraníes se han decantado del lado de Rohani, la menos dura de las versiones de le teocracia, la que ha negociado con EEUU y Occidente un acuerdo de contención de la investigación nuclear, que Trump e Israel ven con la máxima desconfianza y aspiran a cambiar, y la que ha realizado una serie de reformas, mínimas pero dinamizadoras de la sociedad iraní. Rohani ha conseguido derrotar otra vez al sector más intransigente y belicoso de los guardias revolucionarios y del Estado.

Esta nueva situación no dejará de influir en Centro Asia, la histórica Ruta de la Seda por donde China recuperará influencia, donde la religión mayoritaria es el islam suní y donde, a la vez, existen lazos por razones históricas y estratégicas, con Rusia.

En el otro lado del espacio geoestratégico en que esta alianza se mueve, Israel observa atentamente la situación. No hay que olvidar que el Gobierno de Jerusalén lleva meses fortaleciendo muy discretamente sus relaciones económicas con Qatar, colaborando con Egipto contra el terrorismo en el Sinaí y compartiendo información con estos países y Arabia sobre las relaciones de Irán en grupos palestinos de Gaza. Aunque tampoco hay que olvidar que el Estado Islámico es suní y ha logrado colaboración indirecta de estos países en la medida en que contrarrestaba el empuje de Irán.

Por eso, el discurso de Trump en Arabia Saudí ha insistido en la necesidad de implicarse más contra el terrorismo, premiar el compromiso en esa tarea con armamento más sofisticado y pedir que medien con los palestinos para que acepten volver a la mesa de negociación con Israel con propuestas realistas. Coincide esto con sectores israelíes que creen posible articular un acuerdo con países árabes, suníes y moderados, es decir Jordania, Egipto y eventualmente Arabia y Qatar, que imponga una paz con los palestinos con las fronteras de 1967 y un pacto sobre Jerusalén y los refugiados. Un complejo crucigrama para el que el presidente Trump y sus asesores parecen tener respuestas.

Sigue la rectificación del rumbo

El cambio de lenguaje de la Administración Trump respecto al acuerdo con Irán apoyado y negociado por la Administración Obama, el aumento de la presión contra el Daesh en Afganistán mientras el gobierno de Kabul, sin rechazo de EEUU, negocia con un sector de los talibán, el aumento de protagonismo en el escenario sirio y el aumento de la dureza verbal respecto a Corea del Norte dibujan ya un cambio de modelo en la gestión de la escena internacional. A qué consecuencias conduce este cambio es otra cuestión.

El cambio respecto a Irán, en el fondo, no es tan sorprendente. Si sumamos que los republicanos nunca vieron con buenos ojos lo que consideraron un exceso de concesiones a Teherán al hecho de que, si EE.UU. quiere recuperar protagonismo en Siria separando su campo del de Bachar el Assad, tiene que marcar territorio con Irán, aliado de Moscú y de Damasco, tenemos parte de la explicación. La otra es que Teherán está viendo crecer sus divergencias internas, y la Administración Trump sabe que es buen momento para advertir que no va a poder convertir aquel acuerdo con Obama para fortalecer su aspiración a ser potencia regional, apoyada en la amenaza nuclear y miliar a medio plazo.

Al otro lado de la frontera oriental iraní, un fortalecimiento de la presencia del Daesh es una amenaza para Kabul, para Estados Unidos y para la estabilidad, y también para Irán, que teme ver crecer el radicalismo sunnita en su flanco oriental y para los propios talibán que, aunque compartan teología, se disputan parcelas de poder. En el fondo, una gran ofensiva en Afpak, como llaman en EE.UU. a la región afgano-pakistaní sería, en parte, un alivio para Teherán y sus aliados de Moscú.

En realidad, la nueva misión del mundo del equipo de Trump es menos novedosa de la que intentó poner en marcha Obama. Parece que EEUU vuelve al realismo político de la era Kissinger, tan alejada del idealismo de Obama como del redentorismo pretencioso y no menos idealista de los neocom.

Pero hay que esperar. Trump es impulsivo, tiene tendencia al narcicismo y necesitan que le marquen el territorio en casa. Y esos elementos son malos compañeros para gestionar las crisis.

Misiles y Seguridad estadounidense. Ficción o realidad

Washington.- 4Asia participó la pasada semana en el seminario de “Defensa de Misiles” organizado por el Centro de Estrategias y Estudios Internacionales, uno de los think tank más importantes de Washington. Con la presencia de militares estadounidenses, australianos, canadienses además de un grupo de diplomáticos de distintas nacionalidades, un destacado grupo de especialistas analizó el sistema defensivo que provee a los Estados Unidos de un complejo sistema de seguridad que resguarda su territorio y el de sus aliados.

El presidente Reagan fue quien inspiro la idea del sistema defensivo antimisiles, pero en aquel entonces con el propósito de neutralizar armas nucleares provenientes de la Unión Soviética. Y las posteriores administraciones, desde Bush padre, Clinton, Bush hijo, e incluso Obama, mantuvieron entre sus prioridades nacionales el programa de seguridad contra misiles como un sistema defensivo para la protección del territorio estadounidense.

El origen de este concepto se remonta a 1996, cuando se llevan a cabo los primeros avances tecnológicos en esta materia. Sin embargo, fue en 2002, justo después del mayor ataque terrorista del 11-S, cuando Bush hijo impulsó el despliegue a gran escala de este sistema. A la vez, se comenzó a invertir en un sistema defensivo fuera del territorio estadounidense con el objetivo de neutralizar potenciales peligros externos hacia los aliados, e incluso como escudo capaz de interceptar a larga distancia un ataque a territorio estadounidense.

El sistema de defensa antimisiles está asociado a 15 husos horarios distintos, incluyendo sensores en tierra, mar y en el espacio.

Thomas Karako, uno de los expertos más prominentes en el tema, dice que este importantísimo sistema, vital para la seguridad de EEUU, no es del todo fiable, a pesar de las astronómicas sumas de dinero que han sido invertidas. Según sus propias palabras, ha madurado de una etapa de infancia a  la adolescencia, y, sin embargo, el camino a la perfección es largo, y llegar allí requiere de mucho más tiempo y pruebas que permitan robustecer la fiabilidad del mismo.

Estados Unidos cuenta con un importante número de bases de capacidad defensiva contra misiles, ubicadas a lo largo del planeta capaces de detectar la presencia de algún tipo de amenaza, y algunas de estas bases cuentan además con la capacidad de neutralizar misiles, destruirlos o derribarlos. Entre las ubicadas en territorio estadounidense, hay una base marina en Hawái con un radar móvil, junto con 34 barcos desplegados en el océano. En California dos, otra en Colorado. Alaska cuenta con una base aérea y dos interceptores, más el radar Cobra, que está recibiendo y enviando información a la NASA, la Agencia de Defensa de Misiles, así como el Comando aeroespacial estadounidense. En cuanto a la costa este, hay una en Nueva York y otra en Massachusetts. Fuera de su territorio, Japón tiene dos bases terrestres, más el SPY-1 que es un radar muy sofisticado capaz de detectar y eliminar cualquier misil. El mismo tipo de radar que está instalado en la base de Rota, en España. Así, existe otro en Israel y otro en Turquía. En el Reino Unido y en Groenlandia también cuentan con otro tipo de radares de alerta temprana.

Recientemente, a finales del 2016, se instalaron 36 interceptores en las bases de Alaska y California, tratando de prevenir misiles de largo alcance provenientes de Corea del Norte y potencialmente de Irán. Y otros 8 serán instalados a finales de este año. Este sistema no fue concebido para prevenir amenazas provenientes de otros países, como Rusia o China, sino que fue ideado fundamentalmente para detener un ataque de Corea del Norte. De acuerdo al Senador republicano Dan Sullivan, Corea del Norte tendrá muy pronto un misil balístico intercontinental capaz de llegar a territorio estadounidense, por lo que asegura que hay que seguir tomando medidas de prevención e invertir más recursos en defensa. Así mismo enfatizó que en el caso de un ataque de Pyongyang, Washington debería realizar una respuesta masiva.

Corea del Norte es percibido como un gran riesgo en crecimiento. Kim Jong-un ha aumentado sus ensayos de misiles exponencialmente en los últimos años. Claramente están mejorando con cada prueba y afinando su tecnología. El Senado de los Estados Unidos ve unánimemente a Corea del Norte como el mayor riesgo de este momento, capaz de perpetrar un ataque continental o bien a algunos de los aliados estadounidenses. Prueba de esto es la carta que 30 senadores firmaron para alertar al presidente Trump sobre este grave riesgo, previo a la visita del Presidente Xi Jinging, y con el propósito de que Trump diera prioridad a este punto en su agenda e intentara cerrar un compromiso en el que China presione a Corea del Norte para frenar su carrera armamentística y sus ambiciones nucleares.

Nos toca esperar a ver si China quiere jugar su carta de interlocutor y se posiciona en un rol de intermediario. A nadie le beneficiaría un ataque de Kim Jong-un, pues la respuesta estadounidense podría parecerse mucho a la guerra de las galaxias, pero en versión real, con efectos devastadores para la región de Asia Pacífico y sin duda para la estabilidad del mundo.