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Misiles y Seguridad estadounidense. Ficción o realidad

Washington.- 4Asia participó la pasada semana en el seminario de “Defensa de Misiles” organizado por el Centro de Estrategias y Estudios Internacionales, uno de los think tank más importantes de Washington. Con la presencia de militares estadounidenses, australianos, canadienses además de un grupo de diplomáticos de distintas nacionalidades, un destacado grupo de especialistas analizó el sistema defensivo que provee a los Estados Unidos de un complejo sistema de seguridad que resguarda su territorio y el de sus aliados.

El presidente Reagan fue quien inspiro la idea del sistema defensivo antimisiles, pero en aquel entonces con el propósito de neutralizar armas nucleares provenientes de la Unión Soviética. Y las posteriores administraciones, desde Bush padre, Clinton, Bush hijo, e incluso Obama, mantuvieron entre sus prioridades nacionales el programa de seguridad contra misiles como un sistema defensivo para la protección del territorio estadounidense.

El origen de este concepto se remonta a 1996, cuando se llevan a cabo los primeros avances tecnológicos en esta materia. Sin embargo, fue en 2002, justo después del mayor ataque terrorista del 11-S, cuando Bush hijo impulsó el despliegue a gran escala de este sistema. A la vez, se comenzó a invertir en un sistema defensivo fuera del territorio estadounidense con el objetivo de neutralizar potenciales peligros externos hacia los aliados, e incluso como escudo capaz de interceptar a larga distancia un ataque a territorio estadounidense.

El sistema de defensa antimisiles está asociado a 15 husos horarios distintos, incluyendo sensores en tierra, mar y en el espacio.

Thomas Karako, uno de los expertos más prominentes en el tema, dice que este importantísimo sistema, vital para la seguridad de EEUU, no es del todo fiable, a pesar de las astronómicas sumas de dinero que han sido invertidas. Según sus propias palabras, ha madurado de una etapa de infancia a  la adolescencia, y, sin embargo, el camino a la perfección es largo, y llegar allí requiere de mucho más tiempo y pruebas que permitan robustecer la fiabilidad del mismo.

Estados Unidos cuenta con un importante número de bases de capacidad defensiva contra misiles, ubicadas a lo largo del planeta capaces de detectar la presencia de algún tipo de amenaza, y algunas de estas bases cuentan además con la capacidad de neutralizar misiles, destruirlos o derribarlos. Entre las ubicadas en territorio estadounidense, hay una base marina en Hawái con un radar móvil, junto con 34 barcos desplegados en el océano. En California dos, otra en Colorado. Alaska cuenta con una base aérea y dos interceptores, más el radar Cobra, que está recibiendo y enviando información a la NASA, la Agencia de Defensa de Misiles, así como el Comando aeroespacial estadounidense. En cuanto a la costa este, hay una en Nueva York y otra en Massachusetts. Fuera de su territorio, Japón tiene dos bases terrestres, más el SPY-1 que es un radar muy sofisticado capaz de detectar y eliminar cualquier misil. El mismo tipo de radar que está instalado en la base de Rota, en España. Así, existe otro en Israel y otro en Turquía. En el Reino Unido y en Groenlandia también cuentan con otro tipo de radares de alerta temprana.

Recientemente, a finales del 2016, se instalaron 36 interceptores en las bases de Alaska y California, tratando de prevenir misiles de largo alcance provenientes de Corea del Norte y potencialmente de Irán. Y otros 8 serán instalados a finales de este año. Este sistema no fue concebido para prevenir amenazas provenientes de otros países, como Rusia o China, sino que fue ideado fundamentalmente para detener un ataque de Corea del Norte. De acuerdo al Senador republicano Dan Sullivan, Corea del Norte tendrá muy pronto un misil balístico intercontinental capaz de llegar a territorio estadounidense, por lo que asegura que hay que seguir tomando medidas de prevención e invertir más recursos en defensa. Así mismo enfatizó que en el caso de un ataque de Pyongyang, Washington debería realizar una respuesta masiva.

Corea del Norte es percibido como un gran riesgo en crecimiento. Kim Jong-un ha aumentado sus ensayos de misiles exponencialmente en los últimos años. Claramente están mejorando con cada prueba y afinando su tecnología. El Senado de los Estados Unidos ve unánimemente a Corea del Norte como el mayor riesgo de este momento, capaz de perpetrar un ataque continental o bien a algunos de los aliados estadounidenses. Prueba de esto es la carta que 30 senadores firmaron para alertar al presidente Trump sobre este grave riesgo, previo a la visita del Presidente Xi Jinging, y con el propósito de que Trump diera prioridad a este punto en su agenda e intentara cerrar un compromiso en el que China presione a Corea del Norte para frenar su carrera armamentística y sus ambiciones nucleares.

Nos toca esperar a ver si China quiere jugar su carta de interlocutor y se posiciona en un rol de intermediario. A nadie le beneficiaría un ataque de Kim Jong-un, pues la respuesta estadounidense podría parecerse mucho a la guerra de las galaxias, pero en versión real, con efectos devastadores para la región de Asia Pacífico y sin duda para la estabilidad del mundo.

Trump pide paso

El bombardeo por la Armada de Estados Unidos de  la base siria de la que partieron los aviones que realizaron el ataque con armas químicas contra una posición de los rebeles al Gobierno de Bachar el Assad, supone una carta de presentación de EEUU en el nuevo panorama internacional tras los titubeos de Obama y las bravatas, mezcladas con anuncios del repliegue sobre sí mismo, del propio Donald Trump. Como dice Miguel Ors en esta publicación, el presidente se ha tropezado con la realidad.

No se trata tanto de analizar los detalles que han precedido a la intervención de Estados Unidos ni qué elementos han rodeado a la inmensa estupidez del crimen del Gobierno sirio y cómo ha situado a la propia Rusia en un terreno incómodo. Lo realmente significativo es el giro que supone que Estados Unidos se haya hecho presente directamente en un escenario del que se había alejado, que anuncia que está dispuesto a llevar a cabo nuevas acciones similares y, lo que es más importante, que la Casa Blanca ha comenzado a deslizar un mensaje que rompe el consenso europeo de resignación que significaba aceptar que una solución del conflicto pasa por pactar con el dictador, postura que ha venido convirtiendo a Rusia en el líder de la supuesta pacificación. Trump irrumpe en la partida con cartas nuevas.

Sin embargo, aunque no ha mostrado su juego, que sean cartas nuevas no significa que sean buenas. Frente al dictador y sus crímenes hay una multitud de bandas y bandos que compiten en criminalidad con el Gobierno de Damasco y que, además, suponen una mayor desestabilización y amenaza para la región y para el equilibrio internacional. Ahora bien, la situación de placet a El Assad que significaba la situación anterior y que aún sigue vigente, supone por su parte, la consolidación de un eje Teherán-Moscú con apoyo en Hizbullah que sitúa en un mismo lado, aunque pueda parecen sorprendente, a Israel, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Estados Unidos y, si reflexiona un poco, a la Unión Europea.

Cambiando de metáfora lúdica, Trump ha dado una patada al tablero y quiere uno nuevo para el que no tiene piezas suficientes, pero que va a necesitar que Europa, es decir, básicamente Alemania y Francia, se sienten un definir un papel claro y lo defienda con determinación. El conflicto sirio no se circunscribe a Siria sino que se extiende a Irak, llega en sus alianzas hasta Yemen y repercute en una Palestina que en la práctica funciona como dos países; Gaza y la llamada Cisjordania. Si no se analiza el escenario en su conjunto las medidas pueden ser parciales, y no hay pruebas de que Trump lo haya analizado en toda su complejidad.

Ni tanto ni tan calvo

En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, el ministro iraní de Asuntos Exteriores Mohamad Yavad Zarif planteó abrir un diálogo “entre hermanos” para abordar los conflictos de Oriente Próximo. “La escalada de la violencia que padece [la región] hunde sus raíces en la constante presencia de tropas extranjeras”, proclamó, como si el golfo Pérsico hubiera sido alguna vez un remanso de paz y sus habitantes necesitaran ayuda exterior para liarse a tortas.

Yavad Zarif trazó un paralelismo con la Guerra Fría y sugirió emular el proceso de Helsinki, en el que Occidente y el bloque soviético fueron aproximando posiciones pacientemente hasta converger en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Un “modesto foro” como aquel, señaló Yavad Zarif, podría “fomentar la confianza” y “promover el entendimiento en un amplio espectro de temas”.

Esta invitación al diálogo suena inevitablemente cínica en boca del representante de un régimen que lleva años atizando el fuego en Irak, Siria, Yemen, Líbano o Israel, y nadie en Múnich lo tomó demasiado en serio. Pero eso no significa que la solución consista en tensar más la cuerda, como parece dar a entender la Administración Trump, con sus amenazas de reconsiderar el acuerdo nuclear o de “dar un aviso” a Irán.

“Adoptar posiciones maximalistas al inicio de una transacción”, escriben Ross Harrison y Alex Vatanka en Foreign Affairs, “puede ser una estrategia efectiva” en el sector inmobiliario. Los empresarios de la construcción ponen sobre la mesa propuestas que saben inasumibles para la otra parte y entran en un toma y daca de ofertas y contraofertas hasta alcanzar un acuerdo. Por desgracia, esta técnica no es “transferible a las complejidades de las relaciones exteriores”, porque “no siempre hay abierto un proceso formal de negociación en el que uno pueda desdecirse” sin aparentar debilidad. Barack Obama se comió con patatas su advertencia de que no toleraría el uso de armas químicas en Siria y el propio Trump ha tenido que rectificar su decisión de abandonar la doctrina de una sola China.

En la Casa Blanca están convencidos de que Teherán es el malo de la película y quizás lleven razón, pero lo que pueden hacer al respecto es limitado. No solo no van a organizar una invasión, sino que necesitan la ayuda de Irán para combatir al ISIS y difícilmente la lograrán lanzando bravatas inverosímiles.

“Trump debe empezar por admitir dos realidades”, dicen Harrison y Vatanka. “La primera es que Oriente Próximo está enredado en un entramado de conflictos que involucran a multitud de actores” y “no puede aislar a Irán del resto de las piezas” sin poner en peligro los intereses estadounidenses.

La segunda es que los ayatolás se las han arreglado hasta ahora para sortear las iniciativas unilaterales de Washington, pero “son más vulnerables a la presión de la comunidad internacional”. Pueden permitirse andar a la greña con Estados Unidos, pero no con todo el planeta. “En otras palabras”, concluyen, “la forja de alianzas es el camino más seguro que Trump puede tomar […] para cumplir su compromiso de erradicar al ISIS” y, simultáneamente, contener a Irán.

Dinámica expansiva

El conflicto de Oriente Medio, no únicamente del cercano oriente, está adquiriendo una dinámica cada vez más expansiva. La intervención de Irán en Siria, que puede situar fuerzas de Teherán en la frontera con Israel, país al que ha jurado destruir, y su protagonismo histórico y sociológico en Afganistán otorgan al régimen chií un papel de actor principal en el escenario regional. Y algo parecido está pasando con Pakistán, cuya situación actual no puede ser desligada de la de Afganistán. Si a eso unimos que Irán tiene estrechos lazos con Rusia y Pakistán con China y que ambos ven como, poco a poco, aumentan su presencia en los conflictos de la zona las repúblicas centroasiáticas, en algunas de las cuales hay una importante influencia turca y en todas, y en mayor grado, de Rusia, tenemos el bosquejo de un escenario de pesadilla.

Puede ser una exageración afirmar que únicamente Rusia, entre las grandes potencias, ve ese escenario en su globalidad y tiene una estrategia adecuada a sus intereses nacionales. Probablemente en Estados Unidos se vea perfectamente lo que está ocurriendo, pero la inercia de la parálisis de Obama y la indecisión e improvisación de Trump no permiten adivinar si va a dibujarse una estrategia global en la que, por cierto, La Unión Europa ni ninguno de sus Estados miembros parece querer asumir papel alguno. Pero la realidad es que Putin va ampliando su esfera de influencia mientras Estados Unidos se repliega y China va colocando peones en la histórica Ruta de la Seda con paciencia y determinación.

La globalización afecta también a la política y debería afectar a la forma de ver los escenarios y adoptar las decisiones oportunas. Pero, al menos en las manifestaciones externas y en los análisis que se presentan esto parece estar ausente. Y no, esta no es una buena noticia.