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INTERREGNUM: Japón continúa su revolución diplomática. Fernando Delage

Al ser elegido como nuevo presidente del Partido Liberal Democrático el pasado 4 de octubre, Fumio Kishida se convirtió en el nuevo primer ministro de Japón. Su antecesor, Yoshihide Suga, anunció a principios de septiembre—cuando cumplía un año en el cargo—que no se presentaría a la reelección en el liderazgo del PLD como consecuencia del hundimiento de su popularidad por la gestión de la pandemia.

La elección de Kishida, quien perdió frente a Suga en la votación para suceder a Shinzo Abe en 2020, y esta vez sólo se impuso en segunda vuelta en una reñida competición entre cuatro candidatos, es interpretada como una derrota para quienes esperaban un cambio generacional. Kishida, que fue ministro de Asuntos Exteriores y de Defensa en los gobiernos de Abe, representa ante todo la continuidad, por lo que no fue recibido con entusiasmo ni por la bolsa de Tokio ni por los grandes inversores. Nada permite asegurar a priori que su mandato vaya a extenderse por un largo periodo. Para reforzarlo, una de sus primeras decisiones consistió por ello en convocar elecciones a la Cámara Baja el 31 de octubre. (La coalición de gobierno—el PLD y el centrista Komeito—han disfrutado en la última legislatura de una amplia mayoría, con 304 de los 465 escaños).

La frecuente rotación de primeros ministros en Japón (Abe fue una de las escasas excepciones desde la segunda postguerra mundial) no implica, sin embargo, ni inestabilidad política, ni un cambio significativo en las líneas generales de gobierno. Kishida mantendrá, al menos a corto plazo, una política de estímulo monetario y fiscal, así como la estrecha alianza con Estados Unidos y el desarrollo de las capacidades económicas, diplomáticas y de defensa que se requieren para hacer frente al desafío que representa China para sus intereses. Con respecto a la primera, el nuevo primer ministro prometió durante la campaña un giro desde la prioridad por la liberalización y desregulación de sus antecesores (“Abenomics”) hacia una “nueva forma de capitalismo” que haga hincapié en una mayor redistribución de la renta. Mientras las consecuencias de la pandemia condicionan no obstante su margen de maniobra en política económica, en el terreno diplomático Kishida ha hecho hincapié en su intención de mantener la visión de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” y en su firme apoyo al QUAD.

La decisión de mantener a los ministros de Asuntos Exteriores y Defensa—los únicos que no han cambiado en el nuevo gabinete—es un reflejo del cambio estructural que se registra en la política exterior japonesa desde hace una década frente a un entorno de seguridad cada vez más complejo. Además del aumento de las tensiones en torno a Taiwán y del reciente lanzamiento de misiles por Corea del Norte, Japón se prepara para una creciente competición estratégica en la región. De ahí la relevancia de otro gesto: la creación de un nuevo cargo, el de ministro de seguridad económica, para el que ha sido nombrado el exviceministro de Defensa  Takayuki Kobayashi.

Su función será la de seguir reforzando los instrumentos a través de los cuales Japón se ha convertido en uno de los principales arquitectos del orden económico regional. Al liderar la definición en las reglas multilaterales en comercio e inversión, supervisar el control de tecnologías sensibles (como semiconductores), coordinar la defensa de las cadenas de valor con sus socios del QUAD, o la ampliación de la agenda del grupo a cuestiones como los recursos estratégicos y la ciberseguridad, Tokio ha actuado de manera proactiva pero relativamente discreta para contrarrestar la estrategia económica de Pekín.

Aunque el país atraviesa una nueva transición política interna, lo decisivo es que la combinación de una China más asertiva y unos Estados Unidos más inciertos en cuanto a su evolución política futura han propiciado una revolución diplomática en Japón. Sucesivos gobiernos han rechazado una posición subordinada a los dos gigantes y optado—al mismo tiempo que se busca una posición más equilibrada en la relación con Washington—por dotarse de los medios para adquirir una mayor independencia estratégica.

INTERREGNUM: Cumbre en Washington. Fernando Delage

La primera reunión presencial de los líderes del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) en Washington el pasado viernes, sólo una semana después de anunciarse el pacto de defensa entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS), fue una nueva prueba de la urgencia con la que la Casa Blanca y sus principales socios asiáticos tratan de evitar que China altere el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico. En contra de los cálculos de Pekín, el QUAD ha llegado para quedarse, abriendo una nueva fase en el esfuerzo colectivo dirigido a contrarrestar su creciente poder, de manera particular en la esfera naval.

Buena parte de los especialistas chinos continúan subrayando las contradicciones y debilidades del grupo, como recogía por ejemplo el oficialista Global Times: “la apresurada salida de Estados Unidos de Afganistán causó un enorme daño a India; Australia rechaza comprometerse sobre la minería del carbón para hacer frente al cambio climático; Japón se enfrenta a una situación de desorden político interno, a la vez que provoca erróneamente a China al pronunciarse sobre la cuestión de Taiwán”. Y, sí, estos analistas perciben la hostilidad en aumento hacia China, pero nunca mencionan que son las acciones de Pekín durante los últimos años las que han provocado esa reacción.

Son también sus movimientos los que explican que tanto la cumbre del QUAD como AUKUS hayan sido recibidos positivamente entre los aliados y socios de Estados Unidos en Asia (al contrario de lo ocurrido en el Viejo Continente). Esa satisfacción general no oculta, sin embargo, que, para no pocas de estas naciones, se agrava el dilema de tener que elegir entre Washington o Pekín. A la ASEAN le inquieta en particular que el QUAD pueda quitarle el protagonismo que ha tenido tradicionalmente en la arquitectura de seguridad asiática. En todos los casos se es consciente, por lo demás, de que se avecina una nueva carrera de armamentos en la región.

No sólo Australia va a recibir nuevos submarinos: el pacto implica una profunda integración de la industria de defensa de los países participantes, y su cooperación en nuevas áreas de innovación tecnológica, como la inteligencia artificial o el control del “dominio submarino”, concepto que incluye tanto los cables bajo el mar que canalizan la transmisión de datos por todo el planeta, como la detección de submarinos. La colaboración se extiende a misiles subsónicos como los Tomahawks, cuyos secretos Estados Unidos nunca ha compartido hasta la fecha, e, inevitablemente, a la tecnología nuclear. Aunque Washington se reserve el know-how de las unidades que suministrará a Canberra, y tendrá que ocuparse por tanto también de su mantenimiento—poniendo en cuestión la propia soberanía australiana, como ha señalado el exprimer ministro Kevin Rudd—, la gradual integración de capacidades de defensa que va a producirse puede acabar alterando el statu quo nuclear en Asia.

Otro elemento a valorar es cómo este reajuste geopolítico puede afectar a la relación de las potencias asiáticas con la UE. Los gobiernos de la región habían dado la bienvenida al objetivo europeo de reforzar su presencia en el Indo-Pacífico, ambición que cristalizó en la adopción de su estrategia hacia la zona, presentada sólo horas después de anunciarse AUKUS. Japón cerró un doble acuerdo económico y estratégico con Bruselas, en vigor desde 2019, y ha negociado pactos bilaterales de cooperación en seguridad con distintos Estados miembros. Con India y Australia se negocian sendos acuerdos de libre comercio. Los gobiernos del sureste asiático, donde la UE es el primer inversor exterior, veían en Bruselas un socio que les permitía diluir los efectos de la rivalidad Washington-Pekín.

La Unión tendrá que hacerse a la idea de que la absoluta prioridad de Estados Unidos es hoy China, y entender hasta qué punto Japón, India y Australia la comparten. Pendientes de que la Comisión actualice próximamente su estrategia hacia la República Popular, ha pasado inadvertido el informe adoptado por el Parlamento Europeo el 16 de septiembre, en el que se indica: “China está adquiriendo un papel global más fuerte como potencia económica y como actor de política exterior, lo que plantea graves desafíos políticos, económicos, de seguridad y tecnológicos para la UE,  que a su vez tienen consecuencias significativas y duraderas para el orden mundial, y representan graves amenazas al multilateralismo basado en reglas y a los valores democráticos fundamentales”. No parece sonar muy diferente del lenguaje empleado por Washington y sus aliados en el QUAD (aunque no hayan nombrado al gigante asiático en sus comunicados).

INTERREGNUM: QUAD: dudas despejadas. Fernando Delage

Una de las dudas sobre la política asiática de Joe Biden era si mantendría el mismo compromiso que su antecesor con el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), el foro informal que Estados Unidos comparte con Japón, India y Australia, o volvería, por el contrario, al desinterés que mostró por el grupo la administración Obama. A partir de 2019 la representación en el foro se elevó al nivel de ministros de Asuntos Exteriores y, en 2020, las maniobras navales organizadas por India bajo el nombre de Malabar con Washington y Tokio incluyeron por primera vez a Australia, sumando así a los cuatro socios.

La respuesta de la Casa Blanca no se ha hecho esperar. En su primera conversación telefónica con el primer ministro indio, Narendra Modi, el pasado 8 de febrero, el presidente norteamericano le propuso la promoción de “una arquitectura regional más sólida a través del QUAD”. Dos días más tarde, Biden transmitió a su homólogo chino, Xi Jinping, la intención de “preservar un Indo-Pacífico libre y abierto”, es decir, la definida como misión del QUAD. El 18 de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores de los cuatro países miembros mantuvieron su primer encuentro. Y, en un nuevo e inesperado salto cualitativo, fueron los líderes de las cuatro democracias los que se reunieron (por videoconferencia) el 12 de marzo. Con la celebración de esta cumbre al máximo nivel, la administración norteamericana ha indicado con claridad su voluntad de reforzar el foro y hacer del mismo un instrumento central de su estrategia hacia el Indo-Pacífico.

Otros movimientos similares apuntan en la misma dirección. En un contexto en el que, según ha declarado el responsable del mando del Pentágono en la región, el almirante Philip Davidson, el equilibrio militar está dejando de estar a favor de Estados Unidos, dos portaaviones de este último país realizaron ejercicios conjuntos en el mar de China Meridional (lo que no había ocurrido desde 2012). Otros buques atravesaron asimismo el estrecho de Taiwán después de que unidades de la fuerza aérea china simularan un ataque a uno de los dos portaaviones. Por otra parte, los secretarios de Estado y de Defensa, Antony Blinken y Lloyd Austin, respectivamente, realizan su primer viaje oficial a Tokio y Seúl esta misma semana. Austin también visitará Delhi. Sólo después, Blinken y el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, se reunirán—el día 18 en Alaska—con los dos principales responsables de la diplomacia china, Yang Jiechi y Wang Yi.

Las piezas se están desplegando sobre el tablero con inusitada rapidez. No debe concluirse, sin embargo, que este proceso vaya a conducir necesariamente a la institucionalización del QUAD como alianza militar formal. Los intereses de los cuatro miembros no son siempre coincidentes: su disposición a trabajar juntos como contrapeso de China no equivale a la intención de formar un bloque abiertamente hostil a Pekín. Entre otras razones porque la dinámica regional no se reduce a las cuestiones de defensa.

Atender esas otras prioridades, como parece ser una de las motivaciones norteamericanas, permitirá superar esas reservas. En su reunión de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores subrayaron la necesidad de actuar conjuntamente contra la pandemia y el cambio diplomático, además de luchar contra la desinformación o restaurar la democracia en Birmania. La reunión de jefes de gobierno prestó especial atención por su parte a un esfuerzo dirigido a aumentar la producción de vacunas contra el Covid. Este tipo de acciones permite fortalecer la utilidad del grupo, al ampliar sus objetivos al conjunto de problemas compartidos por la región más que en centrarse como única función en contrarrestar el ascenso chino.

INTERREGNUM: Corea en el Indo-Pacífico. Fernando Delage

Las declaraciones del presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, a favor de una mayor coordinación de las democracias como eje de la política norteamericana frente a China, permite concluir que el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (Quad) seguirá consolidándose durante los próximos años. Formado por Estados Unidos, India, Japón y Australia, este grupo informal que constituye uno de los instrumentos de la estrategia a favor de un Indo-Pacífico Libre y Abierto, nunca ha incluido a una de las democracias más sólidas de Asia, y que es al mismo uno de los principales aliados de Washington en la región: Corea del Sur. Aunque durante los últimos meses, el secretario de Estado, Mike Pompeo, ha sugerido la constitución de un Quad Plus, con la participación añadida de Corea del Sur, Vietnam y Nueva Zelanda, lo cierto es que Seúl tiene sus propios motivos para mantenerse al margen.

El gobierno surcoreano, en efecto, ha mostrado escasa inclinación para sumarse al grupo, al que tampoco ha sido nunca invitado formalmente. Recibir esa invitación le colocaría ante un grave dilema, dada la prioridad de Seúl de evitar un enfrentamiento con China, y mantener su autonomía estratégica entre Washington y Pekín. En este punto coincide con los Estados-miembros de la ASEAN, igualmente contrarios a la idea de alinearse con uno de los dos gigantes frente al otro. Pero entre las razones surcoreanas hay que añadir asimismo su oposición a un concepto, el del Indo-Pacífico, cuya paternidad corresponde a Japón.

Aunque las tensiones entre Seúl y Tokio obstaculizan la cooperación en el noreste asiático, Corea del Sur carece sin embargo de ese tipo de problemas en su relación con el sureste asiático y con el subcontinente indio, las dos subregiones que constituyen precisamente el objeto de la denominada “Nueva Política hacia el Sur” del gobierno de Moon Jae-in. Y, en el marco de este acercamiento a sus vecinos, en particular a India y Australia, Corea del Sur está actuando de manera que complementa la misión del Quad.

Con India, las relaciones en el terreno de la defensa se han estrechado durante los últimos años, como ilustró la constitución de una “relación estratégica especial” en 2015. Desde que—en 2005—Delhi y Seúl firmaran un acuerdo de cooperación en industria de defensa, se han sumado otros sobre intercambio en tecnología y formación, sobre protección de información militar clasificada, o sobre apoyo logístico naval en 2019 (pacto este último, que Corea del Sur sólo mantiene también con Estados Unidos).

La relación con Australia tuvo escasa prioridad hasta 2009, fecha en la que ambos gobiernos adoptaron una declaración conjunta de cooperación en materia de seguridad, seguida por dos sucesivos acuerdos de colaboración en inteligencia (2010) y en defensa (2011). En 2013 los dos países establecieron un diálogo anual 2+2, es decir, con la participación conjunta de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa; fórmula que Corea del Sur sólo mantenía hasta entonces con Estados Unidos. En 2015 firmaron un pacto más ambicioso de cooperación en defensa, que les compromete a la formación de oficiales, a prestarse apoyo logístico, y a una mayor coordinación en asuntos como operaciones para mantenimiento de la paz, asistencia humanitaria, o seguridad marítima.

La conclusión es que los acuerdos bilaterales de seguridad de Seúl con tres de los miembros del Quad—Estados Unidos, India y Australia—contribuyen de manera directa a los objetivos multilaterales del grupo. La prioridad de los asuntos de la península coreana para Seúl relativiza para sus intereses los problemas del Indo-Pacífico en su conjunto, del mismo modo que su difícil relación con Japón condiciona sus movimientos. En cualquier caso, pese a su aparente ausencia de los debates sobre la dinámica estratégica regional, Corea del Sur no ha dejado de construir su papel mediante su asociación con otros socios.

INTERREGNUM: El QUAD se consolida. Fernando Delage

El pasado 6 de octubre los ministros de Asuntos Exteriores de Estados Unidos, Japón, India y Australia se reunieron en Tokio en el segundo encuentro ministerial del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD). No faltaron asuntos en la agenda: de las cadenas regionales de valor a las inversiones en infraestructuras, pasando por el desafío de la desinformación en sus respectivos sistemas político. Pero, naturalmente, la reunión se produjo en un contexto marcado por los movimientos de China y el endurecimiento de las actitudes externas con respecto a Pekín.

En Estados Unidos, además de la guerra comercial y las acusaciones sobre el origen de la pandemia, el secretario de Estado, Mike Pompeo, dio por acabada en julio la política de entendimiento (“engagement”) con la República Popular, como bien reiteró en Tokio. En septiembre, el congresista Tom Tiffany presentó incluso una propuesta de ley para que Washington ponga fin a la doctrina de “una sola China” y restablezca relaciones diplomáticas con Taiwán. Las relaciones India-China se encuentran por su parte en el peor momento en años tras el choque militar producido en el valle de Galwan en junio, en el que murieron 20 soldados indios. En Japón, tras la renuncia de Shinzo Abe como primer ministro, el nuevo gobierno ha adoptado una posición más firme sobre China. También en Australia han aumentado las voces críticas con Pekín, tanto en el mundo político, como en el empresarial y en los medios de comunicación.

No es algo privativo de estas naciones. También la semana pasada se dio a conocer un sondeo realizado en verano por el Pew Research Center sobre la opinión de 14 países de Europa, América del Norte y Asia sobre la República Popular. Más del 70 por cien de la población de dichos países—salvo dos—mantienen una percepción negativa de China, con un porcentaje que es aún mayor entre los jóvenes.  Es un resultado muy diferente del de hace una década, y es un giro que se ha producido en su mayor parte en este mismo año.

El QUAD nació de manera informal en 2007 pero perdió impulso un año más tarde por las diferencias entre sus miembros—las cuatro mayores democracias del Indo-Pacífico—sobre los objetivos del grupo (Australia e India querían evitar la reacción negativa de Pekín). Los movimientos de China desde entonces motivaron un cambio de percepción sobre las implicaciones de su ascenso que condujo, a partir de 2017, a su revitalización. El encuentro de la semana pasada vino a confirmar la permanencia de este instrumento a través del cual los cuatro integrantes buscan equilibrar al gigante chino, si bien permanecen las dudas sobre su mayor institucionalización. Estados Unidos aspira a que el QUAD se convierta en una “OTAN del Indo-Pacífico” y se extienda a otros participantes; una opción que entraría en conflicto con otras instituciones ya existentes, y que requeriría de los miembros la adopción de una política formal de contención de China que no desean. Los socios de Washington defienden la presencia de Estados Unidos en Asia para disuadir y equilibrar a China, no para dominar la región ni para provocar a Pekín. 

Con independencia de su evolución durante los próximos años, el QUAD es en cualquier caso una ilustración de los cambios en la arquitectura de seguridad regional, en la que se registra un aumento del número de acuerdos “minilaterales” (entre dos, tres o cuatro miembros), unos formales, otros informales, en respuesta a un fluido e incierto escenario geopolítico. Mientras la China de Xi Jinping mantenga su asertividad en el exterior y su autoritarismo en el interior, la cooperación en el seno del QUAD se fortalecerá, con el apoyo de la opinión pública de los Estados integrantes.

INTERREGNUM: El QUAD resucita. Fernando Delage

El pasado 21 de julio, el secretario de Defensa de Estados Unidos,Mark Esper, indicó que China no tiene derecho a convertir el mar de China Meridional en una “zona de exclusión” para crear su propio “imperio marítimo”. Días antes, el secretario de Estado, Mike Pompeo, denunció formalmente la ilegalidad de las pretensiones de soberanía china sobre las islas en dichas aguas.  La escalada retórica norteamericana, en un contexto de hostilidad sin precedente en su relación con Pekín, pasó también a los hechos, tanto en el terreno diplomático como en el militar. El 22 de julio, la República Popular anunció que Washington le había exigido el cierre de su consulado en Houston en un plazo de 72 horas. Mientras, la marina de Estados Unidos realizó dos maniobras militares simultáneas en el océano Índico y en el mar de China Meridional.

El portaaviones Nimitz, que ya se había desplazado al mar de China Meridional a principios de julio, se trasladó a finales de mes a un área cercana a las islas Andaman y Nicobar, al norte del estrecho de Malaca, para desarrollar una serie de ejercicios con la armada india. Por su parte, otro de los portaaviones norteamericanos, el Ronald Reagan, hizo lo propio con la participación de Japón y Australia en el mar de Filipinas. Son movimientos que cabe interpretar como respuesta a las acciones chinas en su periferia marítima—donde continúa acumulando capacidades militares—y en la frontera con India, además del aumento de la presión sobre Hong Kong y Taiwán.

También los vecinos de China avanzan en una dirección similar. Después de que Australia e India firmaran en junio un pacto de cooperación naval y logística que permite a cada uno de ellos el acceso a las bases militares del otro, Delhi anunció—el 17 de julio—su invitación a Canberra para participar en las maniobras Malabar, ejercicios navales que India realiza anualmente con Estados Unidos desde 1992, y a los que se incorporó Japón en 2015. La inclusión de Australia de manera permanente—ya participó de manera ocasional en 2007—es una nueva ilustración de la inquietud regional por el expansionismo marítimo chino. Es también, por tanto, un mensaje a Pekín de que los cuatro miembros del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) estarán realizando prácticas conjuntas en el Indo-Pacífico, revitalizando el grupo. Se confirma de este modo que los incidentes en el Himalaya la pasada primavera han hecho que India adopte una posición más dura frente a China.

No es, con todo, la única opción de los aliados asiáticos de Washington. Lo errático de la política de Trump se traduce en crecientes dudas sobre sus compromisos con la región. Así parece reflejarlo el hecho de que, con apenas días de diferencia, Australia y Japón anunciaran su intención de aumentar su presupuesto y capacidades de defensa. A finales de junio, en efecto, Australia declaró que incrementará su gasto militar en un 40 por cien durante la próxima década. Según señaló el primer ministro, Scott Morrison, el mundo será tras la pandemia “más peligroso y desordenado”, lo que obliga al país a prepararse frente a toda eventualidad. La modernización de sus fuerzas armadas se orientará especialmente hacia las capacidades tecnológicas de la marina, en la que se concentrará también el incremento de personal.

Por su parte, el presupuesto de defensa de Japón crecerá por octavo año consecutivo hasta 48.000 millones de dólares. Frente al ascenso de China y la amenaza norcoreana, Tokio modernizará su fuerza aérea—mediante la compra a Estados Unidos de aviones de combate F35 y vehículos de alerta temprana—así como sus capacidades en misiles de largo alcance. Después de que en junio se cancelara el despliegue del sistema antimisiles Aegis basado en tierra por su coste, el gobierno busca nuevas alternativas, al tiempo que también duplica su atención hacia sus satélites y activos en relación con el ciberespacio.

INTERREGNUM: Trump visita a Modi. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realiza esta semana su primera visita a India. El primer ministro Narendra Modi—con quien se vio hasta cuatro veces el pasado año—le ha organizado una multitudinaria recepción en su estado natal de Gujarat. Pero además de engrasar el ego de un Trump en busca de su reelección, Modi tiene que asegurarse de que no vuelva a Washington con las manos vacías. Ambos países comparten intereses, pero también no pocas diferencias dados los costes internos y externos que representa para el gobierno indio un acercamiento “excesivo” a Estados Unidos.

Como Obama y antes Bush, Trump quiere que India desempeñe un papel más activo en la seguridad asiática y asuma un papel de contra-equilibrio con respecto a China. Al mismo tiempo, pretende conseguir un más fácil acceso al mercado indio de las empresas norteamericanas. Para Delhi, la superioridad de China—cuya economía es cinco veces mayor—justifica el imperativo de una relación estratégica con Estados Unidos para poder recibir la ayuda militar y tecnológica que necesita. El dilema para Modi es cómo beneficiarse del apoyo de Washington sorteando las presiones de este último cuando sus intereses no coinciden. Como mayor comprador de armamento a Rusia, por ejemplo, India es especialmente vulnerable a la política de sanciones de la Casa Blanca. Y tampoco puede permitirse una hostilidad innecesaria con Pekín, cuyas inversiones directas también corteja. El actual enfrentamiento entre Estados Unidos y China, un factor que ha transformado el entorno estratégico en el que India ha definido su política exterior desde el fin de la guerra fría, limita por tanto su margen de maniobra y condiciona en gran medida las opciones de su política asiática.

En cuanto a las coincidencias entre ambos gobiernos, los avances en la relación bilateral han sido notables durante los últimos años. Han establecido nuevos mecanismos de diálogo estratégico (como el “2+2”, el “Quad” o el proceso trilateral con Japón); han firmado acuerdos orientados a mejorar la interoperabilidad entre sus fuerzas armadas; y han ampliado el alcance de sus maniobras conjuntas. Se espera que, durante la visita de Trump, se apruebe la compra de helicópteros para la armada india, y se avance en las negociaciones sobre otros equipos que Estados Unidos suministrará a Delhi en el futuro.

Mayores dificultades cabe esperar en el terreno comercial. India exige la exención a los aranceles impuestos por Washington al acero y aluminio, entre otros productos, a la vez que está dispuesta a ofrecer una reducción de tarifas a la importación de lácteos, fruta, o motos Harley-Davidson, de origen norteamericano. La suma de prioridades divergentes, condicionantes políticos internos, y falta de voluntad ha impedido el entendimiento. El problema es que los choques económicos pueden terminar afectando a la esfera estratégica. Además de China y otros intereses geopolíticos compartidos, la estabilidad y el equilibrio de la relación entre Estados Unidos e India depende de estos otros elementos.

También, en último término, de la propia capacidad india de asegurar su cohesión social y un crecimiento económico sostenido. La política hinduista de Modi está provocando grandes divisiones internas que no sólo ponen en riesgo el laicismo de la República y su prosperidad, sino asimismo su ascenso internacional y, por tanto, su utilidad como socio de Washington.