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INTERREGNUM: Oportunidades europeas. Fernando Delage

Las ambiciosas iniciativas financieras, comerciales y de infraestructuras chinas—del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras a la Ruta de la Seda—y la política proteccionista de la administración Trump constituyen un notable desafío al orden internacional liberal creado por Estados Unidos y los países europeos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin pretender desmantelar en su totalidad dicho orden, Pekín busca su reforma para reorientarlo a su favor. Washington sí defiende el abandono del sistema económico multilateral—no el de seguridad—pero sin proponer más alternativa que la defensa de sus intereses nacionales bajo el discurso de “America First”.

Ambos factores han obligado a reaccionar a aquellos otros actores—como la Unión Europea y Japón—que defienden el libre comercio y un orden basado en reglas como claves de la prosperidad y la estabilidad global. En defensa de esos principios, Bruselas y Tokio han encontrado por fin la oportunidad de sustituir las declaraciones retóricas de cooperación de tantos años y la colaboración puntual en distintos asuntos de la agenda mundial y regional, por una relación estratégica con verdadero contenido.

La elección de Trump, el Brexit, y la creciente preocupación compartida por ambos sobre las implicaciones de la creciente proyeccion china explican, en efecto, que, tras años de negociaciones, el pasado mes de diciembre la UE y Japón concluyeran dos acuerdos paralelos—de libre comercio y de asociación estratégica—que pueden elevar sus relaciones a un nuevo nivel. Sus intereses y valores políticos comunes reclamaban este acercamiento en unas circunstancias de incertidumbre internacional. Este último contexto exige, no obstante, que Europa—como ya está haciendo Japón—desarrolle una mayor ambición geopolítica y geoeconómica. Es una demanda que deriva asimismo de un tercer actor—Rusia—, pero que le acerca igualmente a otro protagonista en Asia con el que Tokio ya está construyendo una relación de gran potencial: India.

La reciente visita a Delhi del presidente francés, Emmanuel Macron, ha pasado prácticamente inadvertida en nuestros medios. El interés de París por el gigante de Asia meridional es revelador, sin embargo, del papel económico y estratégico en ascenso de este último. La firma de 14 acuerdos y de contratos por valor de 16.000 millones de dólares—incluyendo la venta de 36 cazas Rafale y seis submarinos de la clase Scorpene—, revela las ambiciones diplomáticas de Macron—así como la acelerada pérdida de influencia británica—pero también supone un reconocimiento de lo que, como mayor democracia de Asia, India puede aportar a los europeos. La negociación de un acuerdo de libre comercio entre Bruselas y Delhi avanza con dificultad, y las autoridades indias no terminan de comprender la complejidad de la estructura institucional comunitaria, de ahí que prefieran dialogar bilateralmente con los grandes Estados miembros de la UE.

Lo relevante, en cualquier caso, son las oportunidades que se abren a Europa para multiplicar sus opciones y socios estratégicos en esta era de redistribución de poder. ¿Cobrará forma en el futuro un triángulo Bruselas-Delhi-Tokio que, de un extremo a otro de Eurasia, equilibre un espacio chino-ruso? En buena medida dependerá de la estrategia que adopte un Washington post-Trumpiano, pero la defensa de los intereses y valores europeos no puede limitarse a esperar. (Foto: Steve De Jongh, Flickr)

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INTERREGNUM: China en Afganistán. Fernando Delage

(Foto: Johannes Zielcke, Flickr) La reciente llegada a Kabul de un nuevo embajador chino, Liu Jinsong, es una indicación de la creciente importancia de Afganistán para Pekín. Liu, diplomático de carrera, nació en Xinjiang y fue director del Fondo de la Ruta de la Seda, una de las instituciones creadas por la República Popular para financiar la gran red de interconexiones a través de las cuales quiere integrar Eurasia. Su conocimiento de las complejidades de la zona y su experiencia sobre el proyecto estrella de la diplomacia china revelan las prioridades de su agenda.

Según diversos medios, China habría comenzado a construir una base militar en Badakhshan, en el corredor de Wakhan, la estrecha franja de territorio en el noreste del país que define la frontera de Afganistán con China, y que separa a Tajikistán de Pakistán. La ausencia de una conexión directa obliga a los chinos a acceder, precisamente, desde Tajikistán. Situado en uno de los lugares más remotos de Asia central, es un pasillo que Pekín cree utilizan los uigures en el exilio del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), y que también podrían utilizar para entrar en China los militantes que regresen de Siria e Irak. Hace unos días, el gobierno chino ha negado que esté construyendo dicha base, aunque funcionarios afganos lo han confirmado con posterioridad. Los imperativos de seguridad de Pekín dan credibilidad a la noticia, fuente de inquietud al mismo tiempo para otras potencias, como Rusia, sorprendida por lo que revela sobre los vínculos militares entre China y Tajikistán.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, anunció por otra parte en diciembre que Afganistán formará parte del Corredor Económico China-Pakistán, uno de los proyectos centrales de la Ruta de la Seda, y el primero en fase de ejecución. Pekín quiere hacer del país uno de los nodos de interconexión de sus planes, y se habla de hasta seis proyectos distintos, incluyendo una carretera entre Peshawar y Kabul, y una autovía que uniría Pakistán con Afganistán y Asia central. La seguridad a lo largo del corredor, en el que trabajan miles de nacionales chinos, y la protección de las inversiones chinas en Afganistán, de especial relevancia en el sector minero, conducirán inevitablemente a una mayor intervención de Pekín.

Las actuaciones chinas son coherentes con el discurso de sus dirigentes sobre la estrecha relación que existe entre desarrollo y seguridad. Sin esta última no puede haber crecimiento, mientras que propiciar las bases para la prosperidad económica contribuirá a mitigar el radicalismo y el extremismo, y, por tanto, las amenazas a la integridad territorial de la República Popular. Pero los riesgos también existen: participar en el proceso interno de conversaciones con los talibán, como está haciendo, es un arma de doble filo, a la vez que las grandes potencias buscarán la manera de diluir el protagonismo diplomático de Pekín.

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¿Pueden los juegos olímpicos encauzar la crisis internacional de Pyongyang? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El año comenzó con las chulerías de los dos líderes más polémicos del momento. Desde Pyongyang, Kim Jon-un le advertía al mundo de que tiene el botón nuclear en su escritorio listo para ser activado. A lo que, desde Washington, Donald Trump respondió en un tono presuntuoso de que su botón es más grande y más poderoso. Como si se tratara de un juego de niños o, más bien, de una demostración de machismo donde cada uno hace alusión al tamaño de sus atributos de poder. Lo cierto es que, a priori, dió la sensación de que la ya intricada situación iba a tornarse más tensa. Pero, en contra de todos los pronósticos, un factor externo, los Juegos Olímpicos de Pyeongchang, ha suavizado la explosiva tendencia del “gordito norcoreano” y al menos de momento, parece que ha entrado en una etapa más racional, que podría ayudar a Pyongyang a que se siente en la mesa de negociación.

Como dijo el secretario de Estado estadounidense, se podría empezar negociando que tipo de mesa, si redonda o más bien cuadrada; lo importante es comenzar por sentarse, lo que abriría una nueva fase más positiva en la estabilidad del mundo.

La invitación desde Seúl del presidente Moon a Corea del Norte a participar en los juegos olímpicos parece estar funcionando diplomáticamente, después de que tantas otras maniobras hayan fallado. Todo de acuerdo con lo que prometió en su discurso inaugural el pasado mayo, cuando dijo que trabajaría por la paz en la península coreana y afirmó que, de darse las circunstancias, visitaría Pyongyang.

Han sido estas acciones las que ha llevado a analistas a pensar que Moon está intentando retomar “la política del rayo de sol”, que estuvo vigente entre 1998 y 2008 con los gobiernos liberales, de los que, valga mencionarlo, él formó parte como asesor, y hay que reconocer que mantuvieron relaciones relativamente cordiales entre ambas Coreas.

El restablecimiento de las conversaciones de alto nivel en Panmunjom, población limítrofe, también está sobre el tapete en este momento. Suspendidas en diciembre de 2015, en julio pasado el ministro de la Defensa de Corea del Sur instó a retomarlas con el propósito de mantener la calma en la zona fronteriza altamente militarizada. Y todo esto mientras las pruebas y los misiles vuelan por los aires. Lo que es la mejor demostración de la disposición de Seúl a negociar y mantener la estabilidad en la península.

Y además se suma la suspensión de los ejercicios militares entre Estados Unidos y Corea del Sur. Foal Eagle, por su nombre en inglés, las maniobras son una combinación de fuerzas terrestres, aéreas, navales y fuerzas especiales que se llevan a cabo una vez al año, y que tan sólo en el 2017 han contado con la participación de más de 12.000 militares estadounidense y unos 10.000 coreanos del sur. En las ocho semanas de duración de los ejercicios se ponen a prueba los equipos y la capacidad de respuesta conjunta frente a una posible agresión proveniente del Norte. Por lo que su suspensión (al menos temporal) demuestra una disposición a bajar ligeramente la presión por parte de Estados Unidos, lo que podría ser una gran ayuda para conseguir persuadir a Kim Jon-un a negociar, o al menos considerarlo. Y como ha dicho el mismo Trump el día de Reyes, está abierto a hablar con líder norcoreano, a la vez que afirmaba que sería muy bueno para la humanidad encontrar una solución pacífica al conflicto.

Como afirmaban la semana pasada Robert Einhorn y Michael O´Hanlon en una publicación de Brooking, “pretender que Corea del Norte acepte una desnuclearización es irreal. Sin embargo, necesitamos un objetivo provisional manejable”, algo como un compromiso verificable de Pyongyang de congelar sus armas nucleares, que incluyan misiles de largo alcance y los materiales nucleares visibles a cambio de una concesión modesta pero real por el resto del mundo.

Obviamente no habrá conversaciones mientras los misiles sigan sobrevolando los mares y las naciones vecinas. De andarse este camino, una vez terminados los juegos olímpicos se podría tener el terreno arado y listo para sembrar una posible fructífera negociación.

Meccano

INTERREGNUM: Movimientos euroasiáticos. Fernando Delage

Con una atención occidental concentrada en otros asuntos, quizá más inmediatos pero menos relevantes para el mundo del futuro, las potencias emergentes de Asia continúan realizando movimientos en un tablero geopolítico cuya complejidad se acelera por días.

El 1 de diciembre se celebró en Sochi, Rusia, la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS); la primera con la participación de India y Pakistán tras su adhesión formal hace unos meses. El 11 de diciembre, Rusia, India y China celebran en Delhi su encuentro trilateral anual a nivel de ministros de Asuntos Exteriores. Entre ambas fechas, en Irán—próximo candidato a la incorporación a la OCS—, el presidente Hassan Rouhani inauguró, el 4 de diciembre, la primera fase del puerto de Chabahar en la costa suroriental del país. ¿Hechos inconexos? En absoluto. Todos ellos son reflejo de una dinámica de competencia subregional que está reconfigurando la geografía económica y política de la mayor masa continental del planeta.

A unos 80 kilómetros de Gwadar—el puerto pakistaní que está desarrollando Pekín como elemento central de su Corredor Económico con Islamabad—, Chabahar se ha convertido en pieza clave de la estrategia euroasiática de Delhi. India ha invertido 500 millones de dólares en sus infraestructuras, y otros 1.600 millones de dólares para su conexión ferroviaria hasta Afganistán. Además de formar parte del Corredor Internacional Norte-Sur hacia Rusia, Chabahar ofrece a India una alternativa de interconexión continental que permite esquivar a su vecino Pakistán, de la misma manera que también Afganistán y las repúblicas de Asia central podrán contrarrestar su dependencia de Pakistán para su acceso marítimo. El interés indio por acercar el océano Índico a Eurasia central tiene, con todo, motivaciones de más largo alcance, relacionadas con sus temores sobre las ambiciones de Pekín.

Iniciativas chinas como la Nueva Ruta de la Seda están conectando el Pacífico y el Índico e integrando Eurasia, ampliando así su influencia política en espacios que estuvieron dominados, en otras épocas, por Occidente o por Rusia. El creciente liderazgo chino, parejo a la percepción regional de “retirada” de Estados Unidos, obliga a los actores locales a maximizar sus opciones. Tokio ha anunciado esta misma semana su “visto bueno” a la participación de empresas japonesas en la Ruta de la Seda, pero ve al mismo tiempo con sastisfacción cómo el concepto del “Indo-Pacífico”, cuyo origen puede atribuirse al primer ministro Shinzo Abe, se consolida para convertirse en la denominación que utiliza la administración Trump en sustitución del término anterior del “Asia-Pacífico”. También Delhi se ha sumado con entusiasmo a una definición de Asia que supone un reconocimiento de su peso estratégico, así como de la prioridad de sus intereses marítimos. Mayores dudas ha mantenido India tradicionalmente en relación con la Eurasia continental, pero Chabahar es, como se ha señalado, algo más que un incipiente paso para corregir ese desequilibrio.

La interdependencia al alza entre sus distintas subregiones hacen de Asia un escenario estratégico unificado. Al mismo tiempo, también hay indicios, sin embargo, de un claro riesgo de polarización económica y militar. No parece plausible que India permita a otra gran potencia negarle lo que considera como su dominio natural de Asia meridional y el océano Índico, como tampoco China va a renunciar al objetivo de su primacía en Asia oriental y el Pacífico occidental. Las piezas se desplazan con rapidez en la mesa de juego, mientras el actual ocupante de la Casa Blanca continúa tomándose su tiempo para mover ficha. (Foto: Gary Higgins, Flickr)

Hizbullah

Irán juega sus cartas. JulioTrujillo

Aunque a pasos torpones y erráticos, Trump va definiendo una nueva estrategia exterior norteamericana que está ya teniendo consecuencias en el realineamiento de algunos países y el dibujo de algunos escenarios diferentes.  A pesar de que, con los viejos tópicos, los adversarios de siempre y los intelectuales “comprometidos” emiten sus dictados anti Trump desde sus brillantes columnas de viejos periódicos o de sus despachos universitarios, y subrayan los detalles atrabiliarios del presidente de EE.UU. por encima de sus decisiones profundas, éstas van cambiando algunas cosas. Y todas estas cosas están introduciendo cada día elementos nuevos en el escenario que va desde el Mediterráneo al Pacífico donde están, hoy, los mayores puntos de inestabilidad y de riesgo para la seguridad internacional.

Una de las últimas decisiones, la de imponer nuevas sanciones a Irán, corregir algunas de las concesiones de Obama y la Unión Europea y alertar de las continuas amenazas iraníes de completar el trabajo de Hitler y acabar con los judíos y, por supuesto, con Israel, ha obligado a Teherán a mover piezas.

Irán está, en estos momentos, combatiendo militar y políticamente en dos frentes importantes y varios accesorios. Por una parte, Teherán tiene fuerzas en Siria, donde combate junto a Hizbullah, las tropas de Bashar el Asad y los rusos contra la nebulosa de grupos de la oposición, que van desde el Daesh, contra el que oficialmente están todos, hasta grupos kurdos apoyados por Europa y Estados Unidos sin olvidar varias milicias coordinadas por Al Qaeda o con intereses independientes que se suman de manera oportunista a quienes les convenga en cada situación.

Mientras tanto, expertos y asesores iraníes combaten en Yemen, junto a los chiitas hutíes, contra los sunnitas locales apoyados por una coalición de Arabía Saudí, Egipto y países del Golfo. Teherán, donde el sector menos radical de la teocracia acaba de verse reforzados en las elecciones, confiaba en que un acercamiento entre Estados Unidos y Rusia respecto a Siria olvidara aumentar la presión sobre Irán. Pero Trump no ha cerrado acuerdos con Putin y ha recuperado la desconfianza oficial hacia los planes iraníes de seguir desarrollando armas nucleares y ha aprobado nuevas sanciones.

En ese escenario, Teherán ha realizado varios movimientos rápidos los últimos días: ha enviado una delegación a Corea del Norte, ha intensificado su ofensiva diplomática en América Latina y ha declarado que “todas las opciones están sobre la mesa si Estados Unidos rompe el tratado firmado” con el régimen de los ayatolláhs. Esta nueva situación fortalece, paradójicamente, el discurso y los intereses de Rusia y sobre esta base, Putin va a basar sus propuestas de gran acuerdo con Estados Unidos.

Poker Corea

Suma y sigue, una historia de ciegos. Julio Trujillo

Un paso más hacia… lo mismo. Corea del Norte ha lanzado otro misil hacia el mar territorial del Japón, Estados Unidos ha activado sus defensas en todo el Pacífico y ha alertado de manera especial sus sistemas de alerta y respuestas en las islas Aleutianas y Alaska, el presidente Trump ha recordado a China su deber de contener a la dictadura norcoreana, Pekín ha requerido la retirada del escudo antimisiles de Estados Unidos en Corea del Sur y Japón ha vuelto a reclamar una acción internacional mientras prosigue su discreto pero decidido rearme naval.

En este escenario de empate infinito, pero de riesgo creciente, ya que tanto las acciones del dictador norcoreano como las del atrabiliario presidente Trump parecen inspiradas por los impulsos coyunturales, Europa sigue ausente, sin perfil, perdida en sus laberintos. Recuerda aquella frase del general Colin Powell cuando afirmaba que ante cada crisis de seguridad del planeta, cuando Estados Unidos alertaba a sus fuerzas de seguridad y usaba sus armas, Europa elaborada un comunicado de condena. Esta sistemática colocación de perfil para no salir del todo en la foto refleja, y eso no sería lo más grave, no sólo la tradicional tendencia a rehuir todos los enfrentamientos hasta que el enemigo llama a la puerta, sino la ausencia de criterios. Europa, la Unión Europea, no dice nada, y eso sí que es lo grave, porque no sabe qué decir, no tiene una concepción estratégica del conflicto, ni qué consecuencias puede tener para Europa ni cómo los acontecimientos pueden ser un riesgo o una oportunidad. Nada de eso, Europa es como los delincuentes oportunistas que esperan los acontecimientos y se prepara para ver qué puede rebañar en medio de la tormenta.

Estados Unidos tiene una estrategia. Existe más allá de Trump, aunque éste la gestione desde el impulso, la ignorancia y una vuelta al proteccionismo, por encima de la opinión de algunos de sus asesores. Pero Europa, que quiere aparentar una unidad de acción por encima de los intereses nacionales de sus componentes, encuentra en la inacción la manera de correr riesgos de desunión. En China, como en Libia o en Oriente Próximo, la princesa no decide, sólo se sonroja, da largas e intenta contentar a todos los pretendientes.

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Llegó el verano y twitter no para. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Con el comienzo oficial del verano y la apetencia natural por bajar la presión y el ritmo, parece que en occidente relativizamos más el complejo panorama internacional. Mientras tanto, Míster Trump se apega cada vez más al twitter. Lo ha convertido en más que una herramienta de trabajo, algo que va más allá de un medio de comunicación. Parece su canal de liberación de frustraciones mediáticas, su manera de hacer catarsis con su ego de las críticas a su gobierno. Hasta parece que intenta crear una burbuja de realidad paralela en donde le habla sólo a su audiencia, como quien quiere alimentarles con la información que él filtra para aislarlos de la “Fake Media” (Medios falsos), como él les llama al menos una vez al día, dedicando una parte muy considerable de su tiempo a atacarles. Con tantos problemas que necesitan atención y gestión…

Que el personaje no tenía experiencia política era sabido, y eso no es un pecado, pero de ahí a intentar cambiar la manera de gobernar usando ataques y twitter como gestión de gobierno hay un trecho largo y peligroso. Por citar un ejemplo: después del encuentro oficial en Florida entre Trump y Xi Jinping, que debió ser muy cordial, el líder de la oficina oval no ha tenido sino palabras agradables para su homólogo chino. Incluso después del último misil lanzado por Corea del Norte el jueves pasado, Trump en un tono diplomático twitteó que al menos sabe “que el líder chino había intentado mediar en la crisis, a pesar de no haberlo conseguido”; así como en otra oportunidad dijo que sería un “honor encontrarme con Kim Jung-Un”. Es que twitter le da mucho juego para mandar mensajes internacionales, para afianzar sus ideas, y hasta para tratar de distorsionar la noticia del día.

Su tendencia cubre también el ámbito doméstico. Obama Care, o la reforma sanitaria a la que convirtió en parte fundamental de su campaña, y que ha sido una de sus banderas políticas a lo largo de estos 6 meses de gobierno, es también otro de sus tópicos favoritos en twitter; o atacar a los representantes demócratas por votar en contra, o en muchos casos a los propios representantes republicanos por no apoyarlo a pasar la legislatura, que según muchos expertos no resolverá ningún problema y por el contrario los agudizaría.

Intentando ser objetivos y justos, debemos reconocer que en su gabinete tiene gente capaz. Según el New York Times, Rex Tillerson mantiene posiciones realistas y  Nikki Haley (embajadora ante Naciones Unidas) un discurso moralista, pero ninguno de ellos han formado parte del mundo diplomático antes. Mike Pence no tiene la experiencia del anterior vicepresidente tampoco, sin mencionar que no goza ni de un ápice del carisma de Joe Biden. Su yerno Jared Kushner cargado de buena intención parece haberse equivocado aceptando reuniones con los rusos. Y no podemos dejar fuera a los militares, que en la historia de los Estados Unidos han influido en la dirección de la política exterior considerablemente. El general Flynn está en una posición muy comprometida por haber aceptado dinero ruso y al secretario de Defensa, James Mattis, la historia no le perdona frases duras y controvertidas durante la guerra de Irak. Una fuente de la Fuerza Naval que pidió no ser revelada, insistió sin embargo a 4asia que él confía plenamente en el general Mattis, subrayando que es un profesional con buen criterio y capaz de priorizar la seguridad del Estado por encima de todo.

Y mientras, Beijín finiquita la construcción de la base militar más avanzada en las Islas Spratlly (en una de las islas artificiales que han construido en el sur del mar de la China, a pesar de toda la presión internacional); los Estados Unidos han vendido a Taiwán un formidable arsenal cuya negociación comenzó con la Administración anterior pero que está parece haber dilatado con toda la intención, en espera de la intermediación china en Corea del Norte. Y como si el mensaje no fuera lo suficientemente claro, el gobierno estadounidense también impone sanciones a un banco chino por vínculos con Corea del Norte, lo que se traduce en bloqueo para esta entidad y sus usuarios al sistema bancario estadounidense.

Además, la visita del presidente surcoreano Moon Jae-in a Washington le da el escenario perfecto a Trump para afirmar que la paciencia estratégica con el régimen de Corea del Norte ha acabado por muchos años. Inmediatamente antes, el general McMaster, asesor de seguridad nacional, confirmaba públicamente que las opciones militares para Corea del Norte han sido preparadas y serán presentadas al presidente. Seguramente Twitter será el primer canal que comunique la decisión de la Casa Blanca en relación a Pyongyang que según vemos no tiene pinta de ser nada pacífica, tal y como lo hemos venido advirtiendo…

Trampa

China, Estados Unidos y la trampa de Tucídides. Miguel Ors Villarejo

En su Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides atribuye el conflicto al temor que la creciente preponderancia de Atenas inspiraba en Esparta. “Introdujo en la historiografía la noción de que las contiendas tienen causas profundas y que los poderes establecidos están trágicamente condenados a atacar a los emergentes”, escribe el catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad de Pennsylvania Arthur Waldron. Esta tesis, bautizada como trampa de Tucídides, “es brillante e importante”, observa, “pero ¿es cierta?”

Ni siquiera en el caso del Peloponeso. La literatura sobre la materia es amplia y concluyente: los espartanos no estaban interesados en pelearse con nadie. “Instalados en el oscuro sur”, escribe Waldron, “llevaban una sencilla vida campestre. Usaban trozos de hierro como moneda y comían sus alubias cuando no estaban adiestrándose para el combate”. Su rey Arquídamo II hizo lo que pudo para evitar el enfrentamiento y, solo cuando los atenienses se negaron a levantar el embargo a Mégara, invadió el Ática.

La trampa de Tucídides ha sido desmentida en infinidad de ocasiones. ¿Desató Rusia las hostilidades contra Japón en 1905? No. Fue Japón el que le hundió la flota al zar. ¿Adoptó Washington medidas preventivas contra Tokio en 1940? No, fue Tokio el que ocupó Indochina, firmó el Pacto Tripartito con el Eje y bombardeó Pearl Harbor. ¿Y agredieron Francia y Reino Unido al Tercer Reich? No, fue Hitler quien se anexionó Alsacia, los Sudetes, Austria y Polonia.

A pesar de toda esta evidencia, Waldron se queja de que la profesora de Harvard Graham Allison inste a Washington en Condenados a la guerra a hacer concesiones a Pekín para no sucumbir, como Esparta, a la trampa de Tucídides. Waldron dedica a Allison todo tipo de lindezas. Dice que sabe poca historia de China y que su libro es desconcertante y farragoso, y es obvio que la mujer no se ha documentado lo suficiente sobre cómo funciona la dichosa trampa, pero, en el fondo, ¿qué más da quien abra las hostilidades? Se trata de preservar la paz, y la emergencia de nuevos poderes genera siempre tensiones insuperables. ¿O no?

En realidad, la irrupción de una potencia no tiene por qué terminar en un Armagedón. Imaginen, dice Waldron, que un grupo de naciones formara una coalición cuyo PIB y territorio fuesen mayores que los de Estados Unidos y capaz de movilizar a casi dos millones de soldados. ¿Lo consentiría la Casa Blanca? La trampa de Tucídides sostiene que no, pero los hechos dicen que sí: es la Unión Europea.

“No culpen a Allison”, escribe Waldron con condescendencia. El problema es la ignorancia sobre China, que ha alentado una “plétora de fantasías, algunas pesimistas y otras absurdamente radiantes”. Los asuntos internacionales son más tediosos y no se gestionan con golpes de efecto (hostiles o amistosos), sino mediante una sorda labor diplomática. “La razón por la que las ciudades estado griegas […] habían vivido en paz [hasta la Guerra del Peloponeso]” fue “la red de amistades que establecieron sus líderes”. Por desgracia, “la peste mató a Pericles, el hombre clave de esta maquinaria”, “las pasiones se adueñaron [de Atenas]” y “la lucha se reanudó con redoblada fiereza”.

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El sistema antimisiles funciona. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La seguridad es una de los elementos que más obsesiona a Estados Unidos. No es casual que los ciudadanos elijan a sus líderes políticos considerando cuál será su política de seguridad defensiva frente a un ataque o como mantendrán protegido el territorio y a sus habitantes. Fue Ronald Reagan quien concibió la idea de crear un sistema defensivo antimisiles, que en su momento respondía al riesgo proveniente de la Unión Soviética y que continuaron desarrollando sus sucesores desde entonces. El pasado martes esta idea se materializó en un hecho histórico que marca una nueva era en el desarrollo armamentístico, pues ya no es solo quién posee los misiles sino quién es capaz de neutralizar a sus enemigos.

Son tres las agencias estadounidenses que se encargan del seguimiento de potenciales riesgos: la NASA, la Agencia de Defensa de Misiles, y el Comando aeroespacial estadounidense. Los ataques terroristas del 2001 obligaron a estos organismos a intensificar su trabajo y a aumentar sus presupuestos y desarrollar tecnología más avanzada con el propósito de prepararse frente a un potencial ataque. Disponen de un extenso número de bases militares a lo largo del planeta que cuentan con radares que tienen capacidad de neutralizar, derribar y destruir misiles que amenacen el territorio estadounidense o el de algunos de sus aliados.

Los radares de advertencia temprana están operando permanente y transmitiendo información en tiempo real. La amenaza de Corea del Norte, por ejemplo, se vive con mucha preocupación en Washington. Es, en efecto, uno de los pocos temas en los que están de acuerdo republicanos y demócratas. Se percibe a Kim Jong-un como un auténtico desalmado capaz de perpetrar un ataque catastrófico, razón por la que en el 2016 se instalaron 36 interceptores en las bases de Alaska y California, tratando de prevenir misiles de largo alcance provenientes de Corea del Norte. Como si fuera poco, la Administración Trump ha aumentado el presupuesto de defensa en 58 billones de dólares, lo que representa un aumento del 10%, dejando por sentado una vez más la prioridad que tiene la seguridad y la defensa en esta nación.

El simulacro de la semana pasada consistió en lanzar un proyectil intercontinental desde la Base de pruebas Ronald Reagan, ubicada en las Islas Marshall hacia la costa oeste de los Estados Unidos. Y, de acuerdo con lo afirmado por el Departamento de Defensa, múltiples sensores y radares captaron el misil y enviaron información de su trayectoria al sistema de misiles en tierra. Y desde la base aérea Vandenberg situada en el sur de California se respondió con un misil que destruyó el proyectil en el Pacifico, en pleno vuelo.

La base militar estadounidense en Kwajalein Atoll en las Islas Marshall cuenta con una ubicación estratégica en el Pacífico, pues está a tan solo 3900 km de distancia del suroeste de Honolulu (Hawái), el territorio más vulnerable a un posible ataque de Corea del Norte seguido de la costa oeste de los Estados Unidos. Sin embargo, el Departamento de Defensa americano no cree que Pyongyang cuente aún con un misil capaz de llegar a tierra estadounidense, aunque no dudan que estén trabajando en desarrollarlo. Por lo que se han dado prisa en preparase para poder responderles en condiciones.

El director del programa GMD (Ground-base Midcourse Defense), o programa de defensa de misiles en tierra, Jim Syring, sostiene que “la capacidad de poder derribar proyectiles en vuelo es vital para la seguridad de los Estados Unidos y esta prueba demuestra nuestra capacidad creíble y disuasoria frente a una amenaza”. No es casual que se llevara a cabo esta prueba justo en el momento en que Corea del Norte se ha dado a la tarea de lanzar misiles casi cada semana a pesar de las sanciones de Naciones Unidas y los múltiples llamamientos por parte de las grandes potencias. La Administración Trump está enviando un mensaje muy claro a Kim Jong-un: Estados Unidos sigue siendo el pionero en carrera armamentística y ahora, además, cuenta con capacidad de destruir en vuelo proyectiles que vayan dirigidos a objetivos estadounidenses y/o de sus aliados.

Misiles norcoreanos de menor alcance podrían perpetrar un ataque a un aliado como Corea del Sur o Japón, lo que podría detonar la furia y el orgullo yanqui, en el que Míster Trump tendría el escenario perfecto para exacerbar el nacionalismo estadounidense que tanto lo ayudó a llegar a la Oficina Oval, y justificar cualquier acción bélica en pro de preservar la seguridad nacional. ¡Que Dios nos libre de esto!

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INTERREGNUM: El nuevo orden chino. Fernando Delage

Mientras el presidente Trump cesaba al director del FBI (quizá el verdadero significado de “America First” es que es no hay más prioridad que la política local), su homólogo chino, Xi Jinping, recibía en Pekín a más de 30 jefes de Estado y de gobierno en una nueva demostración del creciente peso geoeconómico de la República Popular. Con todo, la cumbre sobre la Nueva Ruta de la Seda, cuya celebración Xi ya anunció en Davos el pasado mes de enero, no ha sido solo un reflejo de poderío financiero; ha sido, más bien, una confirmación de que es hoy China quien lleva la iniciativa estratégica en la agenda global. El repliegue nacionalista y proteccionista norteamericano ha ampliado el espacio y el margen de maniobra de Pekín, cuyo discurso a favor de una economía mundial abierta—aunque practique lo contrario en casa—y su ofrecimiento de incentivos al desarrollo de infraestructuras coincide con las prioridades del mundo emergente.

Mediante su gigantesco plan de inversiones—multiplica por diez el Plan Marshall en valores actuales—, China no aspira únicamente, sin embargo, a crear una red de interconexiones de transporte, oleoductos y telecomunicaciones. El comercio y las inversiones acompañarán una iniciativa que, al integrar económicamente el continente euroasiático y el espacio marítimo Indo-Pacífico, tiene el potencial de transformar la economía, las finanzas y las instituciones globales.

Aunque el proyecto respondiera en su origen a las necesidades internas chinas—encontrar un nuevo motor de crecimiento ante una fase de desaceleración—, la ampliación de su agenda y de países participantes hacen cada vez más obvias sus implicaciones geopolíticas. Es mediante el uso de su capacidad económica como Pekín intenta lograr la paridad con Estados Unidos y la reconfiguración del entorno exterior a su favor.

La escala de la ambición es tan considerable como lo son sus desafíos. La prioridad política del proyecto no puede ocultar el riesgo de unas inversiones que pueden resultar improductivas, abultando una deuda pública ya inmanejable. La intromisión directa de Pekín en la vida interna de los países de la ruta—como revela el informe sobre el Corredor Económico China-Pakistán filtrado en Islamabad la semana pasada—puede volverse contra la República Popular. Las amenazas a la seguridad de los trabajadores chinos en muchos de los proyectos contemplados serán otro quebradero de cabeza. Al mismo tiempo, China tendrá que afrontar las reacciones de otras grandes potencias. Rusia ve con no disimulada preocupación cómo crece a su costa la presencia china en Asia central. India, invitada a participar en la iniciativa, la rechaza al considerarla como un medio dirigido a facilitar la proyección china en Asia meridional y el océano Índico. Japón, aislado por su posición geográfica, compite sin embargo con su propio plan regional de infraestructuras, y ya ha comenzado a hacerse con importantes contratos de obras públicas en Malasia y Filipinas.

La posición de Estados Unidos resulta aún desconocida. En el último minuto, Washington decidió elevar el nivel de su representación en el foro de Pekín, enviando al director de Asia en el Consejo de Seguridad Nacional, pero no parece reconocer la rapidez con la que China está transformando el escenario. Washington no puede sostener una primacía que está perdiendo, y que no puede aspirar a consolidar si se limita a aumentar sus capacidades militares en la región. Tampoco puede China reclamar su hegemonía si India, Japón y Vietnam, entre  otros—con o sin Estados Unidos—, se la niegan. Pero lo que sí puede es crear un nuevo orden, situándose en el centro de un espacio económico que las demás potencias no podrán ya alterar.