INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

Mientras la administración Biden continúa dando forma a su estrategia china, impulsando una coalición de democracias que condicione el comportamiento internacional de la República Popular, los líderes en Pekín tampoco cejan en sus movimientos de contracontención. Lo han hecho en el terreno diplomático, en primer lugar, mediante la coordinación de posiciones con Rusia y los sucesivos viajes realizados por el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, a Oriente Próximo y al sureste asiático tras el encuentro mantenido en Alaska el 18-19 de marzo con el secretario de Estado y el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos. En relación con el sistema monetario internacional, en segundo lugar, lanzando el yuan digital, un instrumento que, sin necesidad de sustituir al dólar como divisa de referencia, puede dar paso a un nuevo esquema de pagos en el que Pekín partirá con notable ventaja. También han promovido, por último, un discurso sobre el orden multilateral en el que se desafía abiertamente el papel de Washington en la definición de las reglas globales.

Así lo hizo el presidente Xi Jinping en su intervención ante el Boao Forum (el conocido como “Davos asiático”) la semana pasada, al describir su visión de un sistema mundial sin una potencia dominante, centrado en las Naciones Unidas y otras instituciones globales. Aunque reiterando ideas ya ofrecidas en discursos anteriores—como los pronunciados en la Asamblea General de la ONU en Nueva York en 2015, o en el foro de Davos (en 2017 y este mismo año)—, la crisis del multilateralismo que se ha agravado en el contexto de la pandemia y del diluido liderazgo norteamericano, le ha ofrecido una nueva oportunidad para reforzar las credenciales de China como potencia responsable y transmitir la percepción de que juega en el mismo plano que Washington. De esa manera, continúa reorientando el orden internacional a su favor, sin tener que abandonar las estructuras existentes.

Xi criticó los esfuerzos de algunos países dirigidos a “construir barreras” y “erosionar la interdependencia”. “Los asuntos internacionales, dijo, deben gestionarse mediante el diálogo, y el futuro del mundo decidirse mediante el trabajo conjunto de todos los países”. Sin mencionar en ningún momento a Estados Unidos, añadió: “No debemos permitir que las reglas establecidas por uno o por pocos países se impongan a los demás, ni que el unilateralismo de ciertas naciones determinen la dirección del resto”. “Lo que necesitamos en el mundo de hoy, concluyó, es justicia, no hegemonía”.

No menos relevante es el compromiso de Pekín con las instituciones establecidas: “Necesitamos salvaguardar el sistema internacional construido en torno a la ONU, preservar el orden internacional sustentado en el Derecho internacional, y defender el sistema multilateral de comercio con la Organización Mundial de Comercio en su centro”. Frente al hueco dejado por Washington en años recientes, China aparece como el gran guardián del orden creado en 1945, el mismo que Pekín rechazó durante el maoísmo. Se busca de este modo minimizar la influencia norteamericana, al tiempo que se hace hincapié en el principio de soberanía absoluta recogido por la Carta de las Naciones Unidas como medio de defensa frente a toda injerencia exterior.

Al subrayar que la mayoría de los países no reconocen los valores de Estados Unidos como valores universales—como señalaron en Alaska los diplomáticos chinos—, y que las relaciones internacionales deben basarse en un principio de “igualdad, respeto mutuo y confianza”, y en “los intercambios y aprendizaje mutuo entre civilizaciones”, Xi envía el mensaje que buena parte del mundo en desarrollo quiere oír. Y al no proponer una nueva arquitectura institucional, aparece como un reformista y no como un revolucionario. El líder chino defiende así las reglas y estructuras que le convienen para sus prioridades políticas y económicas, mientras reorienta la agenda del sistema multilateral en una dirección alternativa al modelo liberal y de libre mercado de las democracias occidentales.

India y la nueva Administración Biden / Harris. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los resultados de las elecciones estadounidenses se hicieron esperar, pero no por ello el entusiasmo por conocer al ganador disminuyó. Finalmente, el sábado pasado, los principales medios reconocían que el nuevo presidente electo de Estados Unidos es Joe Biden y con ello una avalancha de felicitaciones de jefes de Estado llegaban al nuevo equipo, que ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años.

Narendra Modi —el Primer ministro indio— felicitó a Biden en un tweet en el que, además, reconocía su trabajo previo en fortalecer las relaciones indo-pacíficas como vicepresidente en la era Obama y esperaba trabajar juntos, una vez más, para llevar dichas relaciones a un nivel aún más elevado. Pero, como era de esperar, también aprovechó para felicitar a la vicepresidenta electa usando un tono más cercano y cómplice:

“Su éxito es pionero y motivo de inmenso orgullo no solo para sus Chittis, sino también para todos los indoamericanos. Estoy seguro de que los activos lazos entre la India y los Estados Unidos se fortalecerán aún más con su apoyo y liderazgo.”

El término Chittis, que significa tía en tamil, ha sido uno de los que más emoción ha causado entre la comunidad india en los Estados Unidos y también en el exterior. Kamala ya usó ese término en el discurso que dio durante la convención nacional demócrata, en el que aceptó la nominación en la candidatura electoral como vicepresidenta. Y ahora Modi, correspondiendo el guiño, lo usa para aseverar que la alegría de su éxito no sólo la siente su familia materna y el gran número de tías que tiene en el sur de la India, en la región de origen, el estado de Tamil Nadu. 

La prensa y los medios en India reconocieron la victoria demócrata desde el comienzo y la mayoría en India ha celebrado el éxito de Biden y Harris, sazonado por la emoción natural que suscitan las raíces indias de la vicepresidenta electa. Para muchos nativos de Thulasendrapuram —el pueblo de la madre— viven con orgullo como una hija de inmigrante consigue llegar a la más alta esfera política del país más poderoso del mundo. Mientras se esperaban impacientemente los resultados de las elecciones, en este pequeño pueblo se organizaron visitas a templos hinduistas, rezos y ofrendas, con la fe puesta en que estos favorecerían los resultados hacia los demócratas.

Ahora las expectativas son de una diplomacia bilateral tradicional y por lo tanto predecible y estable. En cuanto a los intercambios comerciales entre Estados Unidos e India también se predice más tranquilidad en las relaciones, pues Biden, que es de la escuela política tradicional, no estará anunciando aranceles o cambios de política por Twitter. Y, tal y como nos decía un experto en intercambios que ha vivido estas últimas dos semanas en Delhi, lo que más importa y preocupa en India es convertirse en una fuente más grande de exportaciones minoristas para los Estados Unidos.

En cuanto al plano internacional, en junio de este año, India fue elegido miembro no permanente del consejo de seguridad de Naciones Unidas y lo será hasta el 2022. Pero ahora necesitará el apoyo de la Administración Biden para impulsar su imagen como potencia que merece ostentar la posición de miembro permanente del consejo de seguridad.  Posición por la que han venido haciendo lobby pero que, para conseguirla, deben impulsar también reformas estructurales en la ONU, que tan sólo para poder plantear necesitaría ir de la mano de Washington.

A pesar de lo bien recibidos que han sido los resultados de las elecciones estadounidenses en la India en general, los medios de comunicación están obsesionados con el hecho de que Estados Unidos venda armas y aviones de combate a Pakistán. Lo que no es nuevo, pues las relaciones de interés entre Washington e Islamabad no son recientes, y la venta de armamento se considera estratégica desde el Pentágono para neutralizar el terrorismo regional.

Así mismo, Pakistán, a principios de este año, calificó de inquietante la venta de Estados Unidos a India del sistema integrado de arma de defensa área asegurando que desestabilizaría más la ya de por sí volátil región.  Transacción que supone unos 2 mil millones de dólares.

Y, finalmente en el mundo post pandemia, la India junto con los Estados Unidos, podrían hacer un bloque contra las aspiraciones y abusos chinos en Asia. Beijing ha perdido credibilidad internacional y es un momento clave para desarrollar alianzas en pro del respeto y la convivencia. Además, sería muy oportuno para la India en este momento en que el conflicto en la zona fronteriza con China se ha avivado y que, después del último incidente en el que perecieron 20 soldados indios, contara con el respaldo incondicional de los estadounidenses.  Foto: Flickr, Janie Marie Foote.

INTERREGNUM: China, arma electoral. Fernando Delage

Mientras arrecian las críticas a su gestión del coronavirus, el presidente Trump atacó el 14 de julio a su probable rival electoral, Joe Biden, en una confusa comparecencia en la Casa Blanca, en la que hizo de China el tema central de las elecciones de noviembre. Sus palabras cerraron una semana en la que se incrementaron las tensiones con Pekín, confirmando la estrategia de confrontación seguida por Washington.

Una vez más, Trump puso de manifiesto su desinterés por los hechos. Entre otras perlas, dijo que la economía china no creció hasta que la República Popular se incorporó a la OMC en 2001 (en realidad, en los 20 años anteriores, creció cerca de un 10% anual); o que China se reconstruyó con dinero del Tesoro norteamericano. Entretanto, su administración ha dejado de considerar a Hong Kong como territorio separado de China—en respuesta a la nueva legislación de seguridad adoptada por Pekín—; ha impuesto sanciones y restricciones de visados a altos cargos vinculados a Xinjiang—por el internamiento de los uigures—y a responsables de empresas tecnológicas; y, de manera oficial, ha rechazado, por ilegales, las reclamaciones territoriales chinas en el mar de China Meridional.

Sobre esta última cuestión se pronunció un día antes el secretario de Estado, Mike Pompeo, declarando que se recurrirá a “todos los instrumentos” disponibles para oponerse a las pretensiones de Pekín, al tiempo que se ha procedido al envío de dos portaaviones a estas aguas. Se polarizan así las disputas marítimas, pues el presidente Xi Jinping no puede permitirse poner en riesgo—frente a una sociedad crecientemente nacionalista—la credibilidad de sus argumentos sobre la soberanía china de este espacio marítimo. Las acciones de Trump facilitan su posición en cualquier caso, al venir a confirmar la percepción mantenida por la población china de que Estados Unidos intenta dañar la recuperación de su economía tras la pandemia, así como impedir que pueda convertirse en la principal potencia asiática.

El problema de fondo, por parte norteamericana, es que, pese a la existencia de un consenso sobre la necesidad de adoptar una política de mayor firmeza con respecto a la República Popular, sigue sin existir una clara definición de los objetivos a perseguir en su estrategia. Imposición de tarifas comerciales, sanciones económicas, presión militar, retórica hostil, ¿con qué fin? ¿Qué resultados confía Washington en obtener al optar por el enfrentamiento? ¿Qué estructura regional querría lograr? ¿Cómo definir una “victoria” sobre China? Sin una respuesta a estas preguntas, sin un sentido de dirección, la confrontación por sí sola meramente conducirá a una peligrosa espiral de conflicto.

La transformación histórica que atraviesa Asia requiere identificar los obstáculos pero también las oportunidades que se presentan para sus intereses; valorar los recursos—políticos, económicos y militares—con que se cuenta; y proponer acciones concretas que adoptar con una perspectiva a largo plazo. Ni la Estrategia Indo-Pacífico adoptada por la administración Trump hace un año, ni la más reciente Estrategia sobre China, cumplen esos requisitos. De ahí la relevancia del trabajo recién publicado por el National Bureau of Asian Research, A new U.S. Strategy for the Indo-Pacific, y que ha escrito Roger Cliff, un conocido especialista académico en la región.

Disponible en la web, es una más que recomendable lectura de verano para los interesados, en la que encontrará—además de una radiografía de los cambios en el equilibrio geopolítico asiático y de los reajustes en la política de seguridad de los principales actores—, los elementos de una estrategia que sugerir a la Casa Blanca. Mensaje insistente: difícilmente podrá Estados Unidos defender sus intereses y objetivos sin contar con sus aliados, especialmente con las democracias vecinas de China. Pero como suele ocurrir, las prioridades políticas—las elecciones de noviembre en este caso—priman sobre los imperativos estratégicos.

Un verano en alerta

Hace ya muchos años que los veranos no son tranquilos ni política ni económicamente. Y este año se suma la pandemia, los meses pasados y un futuro próximo lleno de incertidumbre.

Así las cosas, en una Europa urgida por dinamizar la recuperación económica, la agenda inmediata va a estar marcada por el debate financiero y los mecanismos de ayuda a las economías más debilitadas y en la reordenación de las relaciones con China y su repercusión en el desarrollo tecnológico y en el reforzamiento de la seguridad, una ecuación en la que no será fácil encontrar soluciones equilibradas.

Hay que tener en cuenta que, a pesar de lo que afirmen sus canales oficiales, China está en una posición algo más débil que antes de la pandemia, en capacidades económicas y en imagen pública. Pero tampoco es más sólida la posición de Estados Unidos, con una mala gestión de la crisis sanitaria, una obsesión proteccionista de su economía y un presidente errático al que se le está complicando su reelección en noviembre.

En ese terreno tiene que jugar Europa sus cartas sin olvidar al vecino ruso que intenta a brazo partido no perder espacio en la escena internacional.

INTERREGNUM: Resistencia a Pekín. Fernando Delage

La escalada de tensión en sus disputas con India, Japón y las naciones del sureste asiático, es la última demostración de los esfuerzos de China por aprovechar la oportunidad abierta por la pandemia para avanzar en la proyección de su influencia internacional. Como era previsible, esa política de confrontación ha conducido a la reacción de los países afectados contra las aparentes intenciones chinas de modificar el statu quo.

Japón, que espera en otoño la primera visita de Estado del presidente chino Xi Jinping—prevista para abril, fue pospuesta por el coronavirus—ha optado por una relación bilateral estable y equilibrada, y por un claro compromiso con Pekín en el terreno económico. Dicha inclinación se comparte, no obstante, con el desarrollo de sus capacidades militares y la conclusión de asociaciones estratégicas con otras naciones de la región, frente a un entorno de incertidumbre también causado por las dudas que provoca la estrategia Estados Unidos bajo la administración Trump. Según ha trascendido en los últimos días, Japón estaría reforzando en particular sus defensas aéreas, al desplegar el sistema de defensa antimisiles Patriot Pac-3 MSE en cuatro bases militares en la costa occidental del archipiélago.

Sin dejar de atender sus activos militares, este tipo de instrumentos no resultan viables para Delhi en sus divergencias con Pekín. Pero después de que tropas chinas mataran a 20 soldados indios en la zona en disputa entre ambos países en el Himalaya—China no ha dado a conocer sus bajas—, India se ve obligada a reconsiderar su relación con la República Popular. La respuesta a los incidentes más graves en la frontera desde 1975 se está produciendo sobre todo en la economía. Sin que se haya hecho ningún anuncio oficial, para Delhi lo más eficaz consiste en limitar el acceso de las empresas chinas al mercado indio. Esta “guerra económica” ha comenzado de manera informal en el bloqueo en las aduanas de las importaciones chinas, y en el estudio de nuevas tarifas y barreras no arancelarias a los productos procedentes de este último país. India también ha prohibido la descarga de 59 apps chinas, incluyendo la popular TikTok.

La mayor parte de los analistas creen que, dado el grado de interdependencia económica entre ambos países, quienes más pueden verse perjudicados son los consumidores indios. Pero Delhi sabe que cuenta con el apoyo de su población a una firme respuesta a China. Es más, como ya ha ocurrido por ejemplo en un mercado en Hyderabad, se va extendiendo un boicot popular contra artículos chinos. Es una movilización de naturaleza nacionalista que puede conducir, por lo demás, al abandono de los intentos de acercamiento por parte del gobierno a Pekín, para alinearse de manera más clara con Estados Unidos, un resultado escasamente beneficioso para los intereses chinos.

Por su parte, las naciones del sureste asiático—con limitaciones tanto en el terreno militar como en el económico por su proximidad geográfica y dependencia del mercado chino—juegan sus cartas en el campo de las normas y principios. En su cumbre anual, celebrada por videoconferencia el 26 de junio, bajo la presidencia rotatoria de Vietnam, la ASEAN adoptó un giro en su discurso con respecto a las disputas en el mar de China Meridional. Sin nombrar de manera explícita a la República Popular, reafirmó en términos rotundos el compromiso con la Convención de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (UNCLOS) como única base de regulación de los espacios marítimos. Se trata de un claro rechazo de las reclamaciones de Pekín que, aunque firmante de UNCLOS, no aceptó hace ahora cuatro años el fallo del Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya en su contra. Aunque la pandemia ha impedido avanzar en el código de conducta que se negocia con China desde hace años, y cuya conclusión parece cada vez más lejana, si no imposible, el sureste asiático tampoco va a aceptar pasivamente las maniobras de Pekín en su entorno exterior.

INTERREGNUM: Multilateralismo en el sureste asiático. Fernando Delage

Acaba un año en el que las tensiones económicas y geopolíticas entre Estados Unidos y China parecen haber determinado la evolución del continente asiático. En realidad, este contexto de rivalidad entre los dos gigantes no ha paralizado ni dividido la región. Por el contrario, sin ocultar su preocupación por esta nueva “guerra fría”, el pragmatismo característico de las naciones asiáticas ha permitido avanzar en su integración económica y en la defensa de un espacio político común.

Un primer ejemplo de la voluntad asiática de no dejarse doblegar por el unilateralismo de la actual administración norteamericana fue la decisión de Japón de rehacer el TPP después de haberlo abandonado Washington. Con la participación de otros 10 Estados, el gobierno japonés dio forma a un acuerdo—rebautizado como CPTPP (Comprehensive and Progressive Agreement for Trans Pacific Partnership)—que mantiene abierto el comercio intrarregional pese a la oposición de la Casa Blanca. Un segundo salto adelante se dio en noviembre cuando, con ocasión de la Cumbre de Asia Oriental celebrada en Bangkok, la ASEAN y cinco de los seis socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) lograron cerrar la constitución del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), pendiente ya sólo de su firma en 2020.

La conclusión de este acuerdo comercial entre 15 países que suman un tercio de la población y del PIB global (fue India quien decidió no sumarse en el último momento, aunque podrá incorporarse en el futuro), es uno de los hechos más relevantes del año en Asia. Más allá de integrar a algunas de las mayores economías del planeta, los países de la ASEAN y sus socios del noreste asiático han lanzado un poderoso mensaje contra esa combinación de populismo, proteccionismo y nacionalismo que está haciendo mella en Occidente. Mientras este último se divide, Asia refuerza su interdependencia.

En esa dirección apunta igualmente otra contribución hecha por la ASEAN en el año que termina. Mientras Japón y Australia buscan la manera de redefinir la región mediante un concepto del “Indo-Pacífico” que permita mantener comprometido a Estados Unidos con la seguridad regional, y amplíe el espacio de actuación de India, los Estados del sureste asiático han articulado su propia respuesta, de una manera que protege al mismo tiempo el papel central de la ASEAN en los asuntos regionales.

Su perspectiva sobre el “Indo-Pacífico”, hecha pública en junio, quiere evitar, en efecto, toda posible división de Asia en bloques, haciendo hincapié en su carácter inclusivo y añadiendo una dimensión económica y de desarrollo. La ASEAN intenta corregir así la estrategia formulada con el mismo nombre por Washington con el fin de contener el ascenso de la República Popular China. El RCEP es por tanto mucho más que un mero acuerdo económico: es un instrumento que permite institucionalizar un concepto de Asia que, sin ocultar los diferentes valores políticos de sus miembros, contribuye a la prosperidad económica de todos ellos, y—en momentos de especial incertidumbre geopolítica—facilita la estabilidad estratégica de la región. (Foto: Flickr, foundin-a-attic)

THE ASIAN DOOR: El dominio de Alibaba en Asia-Pacífico. Águeda Parra

Si las grandes oportunidades económicas se producen en tiempos de crisis, Alibaba ha hecho, y está haciendo, muy bien su trabajo. La tregua sin fin en torno a la guerra comercial entre Estados Unidos y China mantiene las perspectivas de crecimiento de la economía del gigante asiático por debajo de los niveles de años anteriores, lastrando a todo el tejido empresarial chino. Una situación de inestabilidad internacional que, sin embargo, no ha afectado a que Alibaba reporte un crecimiento de ingresos del 40% hasta los 16.651 millones de euros en el tercer trimestre de 2019, y 693 millones de usuarios activos en su marketplace. El debut en la bolsa de Hong Kong ha completado uno de los acontecimientos más relevantes en el universo Alibaba, con el que ha conseguido recaudar 11.700 millones de euros, 40 veces más acciones de lo inicialmente esperado.

Unas cifras que consolidan una trayectoria de éxito para Alibaba Group Holding Limited (阿里巴巴集团) (BABA), el consorcio que agrupa a un nutrido número de empresas que operan en Internet y que han situado a la compañía como el referente global del comercio electrónico y, por extensión, a China como el mayor mercado mundial del e-commerce y de los medios de pago. De hecho, si comparáramos el volumen total de ventas de Alibaba, que alcanzó los 768.000 millones de dólares en 2018, con el PIB de una economía, la compañía se situaría en el Top 20 de las grandes potencias mundiales con un valor muy similar al de Turquía en puesto 17, según datos del Banco Mundial de 2018, y con la previsión de su fundador de convertir a Alibaba en la quinta mayor economía mundial en 2036.

Jack Ma, fundador de Alibaba en 1999, es uno de esos líderes visionarios que ha situado la innovación en comercio electrónico como seña de identidad de las capacidades de China en el ámbito de la tecnología global. La diversificación de los negocios de Alibaba, que abarcan desde los pagos electrónicos, la logística hasta las finanzas, ha aupado a la compañía al primer puesto como tecnológica más disruptiva, desplazando del liderazgo a los titanes tecnológicos americanos denominados FANG (Facebook, Amazon, Netflix y Google), siendo la primera vez que una empresa china tiene este reconocimiento, según el informe de innovación tecnológica 2018 de KPMG. Esta innovación tecnológica disruptiva le ha reportado a Alibaba ser reconocida por primera vez como la marca más valorada en China en la clasificación 2019 BrandZ™ Top 100 Most Valuable Chinese Brands.

Los medios de pago se han convertido en la mejor estrategia para que Alibaba conquiste los mercados de Asia-Pacífico, aquellos que reciben un mayor número de turistas extranjeros, principalmente por cercanía. En estos destinos es donde Alipay, la plataforma de servicios de pagos online de Alibaba, busca que los turistas chinos disfruten de la misma experiencia de compra que cuando están en su país, exportando a través de la aplicación del móvil el mismo ecosistema de pagos que tienen mientras residen en China. El número de establecimientos que aceptan pagos a través de Alipay está creciendo exponencialmente por todo Asia-Pacífico. En el caso de Japón, unos de los destinos más atractivos para los turistas chinos, los establecimientos conectados con la plataforma propiedad de Ant Financial han pasado de 50.000 en 2018 a 300.000 en 2019, lo que supone multiplicar por seis la presencia de la plataforma en el mercado nipón.

Una tendencia similar se produce en otros puntos de la región donde Alibaba ha sido muy activa en la creación de acuerdos comerciales con otros socios de pagos electrónicos. Como una segunda fase del despliegue de la nueva Ruta de la Seda, Alibaba está ampliando su conexión digital realizando acuerdos de pagos electrónicos con los países de la ruta, como TrueMoney en Tailandia, GCash en Filipinas, Kakaopay en Corea del Sur, Paytm en India, Dana en Indonesia y Touch ‘n Go (TnG) en Malasia. Se trata de expandir nuevos negocios como parte de la Ruta de la Seda Digital y, a su vez, estos países consiguen incrementar su atractivo para el turista chino, un mercado que alcanzó casi los 150 millones de turistas en 2018. En esta línea se encuadra la nueva iniciativa de Alipay denominada “Taxi en el extranjero” (境外打车), un mini programa que a través del móvil permite realizar la búsqueda, reserva y pago en varias plataformas locales de taxi en 33 ciudades de 10 países, principalmente en los destinos más visitados por el turista chino como es Reino Unido, Estados Unidos, Tailandia y Filipinas. El objetivo es alcanzar más de 100 ciudades en 20 países, lo que supondría para el universo Alibaba extender su influencia a nivel mundial y, con ello, la geopolítica de la tecnología. (Foto: Alibaba Group, Flickr)

THE ASIAN DOOR: Cuando la tecnología forma parte de la geopolítica. Águeda Parra

Uno de los principales desafíos que tendrán que afrontar las grandes economías mundiales en las próximas décadas se llama “revolución tecnológica”. El modelo actual donde Estados Unidos ha sido el principal precursor de la innovación y del desarrollo tecnológico como potencia hegemónica, con Europa como referente en determinados sectores industriales, corre el peligro de desaparecer. La creciente bipolaridad tecnológica que se está generando entre Estados Unidos y China como principales centros de innovación, que marca las directrices del futuro digital más próximo, puede conducir a que Europa corra el riesgo de quedarse descolgada de esta carrera por la tecnología puntera.

China aspira a consolidar su influencia como poder global con capacidad para influir en las cuestiones mundiales al estilo de otras grandes economías. De ahí que China haya encontrado en la tecnología la mejor herramienta para convertirse en líder tecnológico mundial en 2030, convirtiendo la tecnología en el nuevo input de la geopolítica. La carrera por la innovación que ha emprendido China está generando un nuevo equilibrio de poder en el juego geoestratégico mundial, obligando a que la Unión Europea adopte nuevas medidas para asegurar el crecimiento económico de sus países miembros.

Estados Unidos ha centralizado en Silicon Valley su propio modelo de innovación para crear startups tecnológicas que compiten en entornos globales. Microsoft, Alphabet, Apple, Intel, Facebook, Twitter han sido los referentes mundiales que han marcado el ritmo de desarrollo tecnológico en las últimas décadas. Por su parte, la apuesta de China ha sido impulsar la creación de grandes titanes tecnológicos, conocidos como BAT (Baidu, Alibaba y Tencent) que están generando una economía digital capaz de impulsar el desarrollo económico del país y de crear, asimismo, un entorno de Digital Great Wall al que difícilmente tienen acceso las grandes tecnológicas occidentales.

China tiene a su favor contar con una generación de nativos digitales que son los verdaderos artífices de la transformación del país en una economía avanzada. Consumidores de tecnología, los nativos digitales están dando forma a ecosistemas digitales donde se están desarrollando los nuevos modelos de economía digital, como el e-commerce y las FinTech, de las que China ya es líder mundial.

China es consciente que apostar por la innovación tecnológica requiere de apoyo gubernamental y empresarial. Estados Unidos cuenta con el consolidado modelo de Silicon Valley para crear startups, y la adaptación que ha hecho del mismo China, creando “ciudades de innovación” especializadas en determinados sectores, le ha permitido al gigante asiático desarrollar hubs tecnológicos mundiales. Sin embargo, la creciente bipolaridad tecnológica entre Estados Unidos y China podría conducir a que en el corto y medio plazo los sectores más punteros de la industria europeas queden fuera de la carrera por la innovación tecnológica. Mientras la innovación tecnológica se mueve hacia el este, con epicentro en China, Europa necesita adoptar nuevas medidas que revitalicen la economía gracias al impulso que es capaz de generar la tecnología aplicadas a los sectores industriales y de consumo.

Con la irrupción del 5G, el desafío tecnológico es aún mayor, ya que actualmente China, a través de Huawei, liderada el registro de patentes, el doble de las registradas por la compañía americana Qualcomm, lo que generará mayores tensiones en la geopolítica tecnológica. Ante este desafío, es altamente recomendable que la Unión Europea respalde medidas que fomenten la creación de nuevas startups que potencien la generación de compañías tecnológicas con vocación de competir en los mercados internacionales. Entre los retos que plantea la geoestrategia tecnológica a la Unión Europea está impulsar modelos de financiación para las nuevas startups. Esta medida debe estar apoyada en el fomento de la cultura del mentoring, impulsando el espíritu emprendedor con programas de incubación y aceleración de empresas tecnológicas que favorezcan la generación de nuevo talento digital. Y, por último, impulsar que las ciudades europeas se conviertan en centros de innovación, especializadas en sectores tecnológicos punteros como medio de asegurar el desarrollo económico de todos los países miembros dentro de un nuevo esquema de economía digital.

Foto: Derrick Noh, Flickr.

INTERREGNUM: Xi en Chennai. Fernando Delage

Casi año y medio después de su primera “cumbre informal” en la ciudad china de Wuhan, el presidente de la República Popular, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, mantuvieron la semana pasada su segundo encuentro de estas características en Mamallapuram, cerca de Chennai. Aunque ambos líderes coincidieron en junio en la reunión anual de la Organización de Cooperación de Shanghai,  se ven de nuevo a solas después de que Modi renovara en las elecciones de mayo su mayoría absoluta y de que, el 5 de agosto, suspendiera la autonomía de la provincia de Jammu y Cachemira; una decisión que ha enfurecido a ese “cuasi-aliado” chino llamado Pakistán, y que provocó la convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU por Pekín para discutir a puerta cerrada sobre el asunto.

El primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó no casualmente Pekín 48 horas antes de que Xi viajara a India. Aunque China ha mostrado su insatisfacción con el cambio de estatus administrativo de Cachemira, Modi transmitió a su invitado su preocupación por el terrorismo transfronterizo que alimenta Islamabad y sus efectos sobre la seguridad regional, en Afganistán en particular. Las interminables negociaciones sobre la frontera chino-india—cuestión no resuelta desde la guerra de 1962—también formaron parte de las conversaciones, aunque no consta que se produjera avance alguno.

Para China, India es un gigantesco mercado que ha cobrado una renovada relevancia en el contexto de la rivalidad comercial y tecnológica con Estados Unidos. Para Xi es vital, en este sentido, que Delhi no prohíba contratar a Huawei para la puesta en marcha de las redes de telefonía de quinta generación. El presidente chino, además de mostrar la mejor disposición para corregir el desequilibrio comercial bilateral (el déficit indio asciende a 57.000 millones de dólares), evitó las diferencias territoriales para reconducir el diálogo hacia aquellos asuntos en los que existe una genuina cooperación entre los dos vecinos, como el cambio climático o la reforma del sistema multilateral a fin de que se reconozca un mayor espacio a las economías emergentes en el Banco Mundial y en el FMI.

Pese a la oposición de Delhi a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, los dos países comparten, por otra parte, un mismo interés en el desarrollo de infraestructuras y la promoción de la interconectividad. Así lo reflejó el apoyo indio en su día a la creación del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, o el esfuerzo conjunto de ambos gobiernos en el establecimiento del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS. India rechaza un proyecto que, en su opinión, es poco transparente y que—al atravesar Cachemira—pone en duda su soberanía sobre la provincia. No obstante, está abierta a otras alternativas, como por ejemplo el corredor BCIM (Bangladesh-China-India-Myanmar), en discusión desde hace más de una década.

Los impulsos nacionalistas de la administración Trump plantean por lo demás numerosos interrogantes sobre el futuro del orden multilateral, al que no pueden permanecer ajenos estos dos gigantes. El interés de cada uno de ellos en la sostenibilidad de su crecimiento económico y en la estabilidad de Asia propicia la formulación de un nuevo equilibrio entre cooperación y competencia, que también puede ofrecer nuevas oportunidades a la Unión Europea. Cuando va a cumplirse un año de la adopción por Bruselas de su estrategia hacia India, la cumbre de Chennai confirma la necesidad expresada por dicho documento de considerar a Delhi como un socio no sólo económico sino también geopolítico, con el que conviene estrechar las relaciones y completar así el camino ya recorrido con la otra gran democracia asiática, Japón.

Foto: Subbiah Rathianagiri, Flickr.

El ascenso de China: entre la geografía y el discurso. Isabel Gacho Carmona

La geopolítica clásica trata de explicar los fenómenos políticos basándose casi exclusivamente en los accidentes geográficos. Muchos autores actuales siguen esta línea y, aunque suelen intentar desnatar su determinismo geográfico hablando de determinismo probabilístico, lo cierto es que el peso que le otorgan a la geografía es desmedido.

A comienzos del siglo pasado el geógrafo ingles Mackinder revolucionaba la geopolítica siendo el primero en ofrecer una visión universal e integrada. En su tesis más famosa establecía Eurasia como el centro del mundo o Isla Mundial y en el corazón de esta estaría el Heartland, un área a caballo entre Europa oriental y Asia central que significaría la llave del poder mundial. De esta manera, si Eurasia representa el centro geoestratégico del mundo, China cuenta con una situación geográfica privilegiada para alzarse como gran potencia: “Si los chinos (…) llegaran a vencer al Imperio ruso y conquistar sus territorios, podrían representar un peligro amarillo para la libertad del mundo, simplemente porque añadirían un frente oceánico a los recursos del gran continente, ventajas de las que no han podido gozar todavía los rusos”.

Esta manera simplista de entender la potencia del poder chino sigue muy presente entre realistas y neorrealistas. Sin ir más lejos, Kaplan, uno de los analistas geopolíticos más influyentes del momento, analiza el ascenso chino examinando la realidad actual a través de la tesis del geógrafo inglés: “Dejemos a un lado el inherente sentimiento racista de la época, así como el ataque de histeria con que se recibe el auge de cualquier potencia que no sea occidental y concentrémonos en cambio en el análisis de Mackinder”. China no es exclusivamente un poder continental, ya que no solo se extiende hasta el núcleo estratégico centroasiático, donde abundan los hidrocarburos, sino hasta las rutas marítimas del Pacífico, donde goza de 14.500 kilómetros de costa con numerosos puertos naturales de aguas templadas. La geografía la situaría en una posición privilegiada respecto a Rusia, por supuesto, pero también frente a otras potencias como Brasil, que “ofrece menos ventajas. Se encuentra aislada en Sudamérica apartada de las masas continentales”.

La situación geográfica privilegiada de China no es nueva, entonces ¿Cómo explicamos, por ejemplo, el siglo de las humillaciones? Solo la geografía no basta. Frente al determinismo de la geopolítica clásica, hay otra manera de analizar las dinámicas de poder mundiales. A finales de los 80 surgió una nueva corriente: la geopolítica crítica. Esta otra manera de entender la geopolítica pone el acento en la concepción que las élites y las poblaciones tienen de la realidad. Para esta corriente de corte constructivista, los discursos, las ideas, la manera de proyectar los mapas… son de vital importancia para comprender el contexto y las pugnas por el poder. Para entender el ascenso de China desde este prisma, Agnew, uno de los creadores de la geopolítica crítica, trata de ofrecer un contrapunto a clásicos como Mackinder o Kaplan analizando los discursos en torno a China creados en oriente y occidente. Se trata de analizar cómo las premisas geopolíticas calan y dan forma al entendimiento del mundo.

De esta manera, la visión de Mackinder y Kaplan no sería más que una manera de verlo. Estarían enmarcadas en un discurso occidental con una concepción estatista y lineal de la historia basada en la lucha por la supremacía, según el cual China estaría reemergiendo, sería otra gran potencia en una sucesión de ellas. Este discurso explica la ansiedad y el miedo que causa entre los analistas occidentales el ascenso de China, desde el peligro amarillo de Mackinder hasta metáforas actuales como el despertar del dragón chino.

Sin embargo, una historia completamente diferente puede ser contada. La geografía es la misma para todos, pero la importancia que le damos y el discurso que creamos a partir de ella puede llegar a ser más importante. Precisamente el aislamiento físico del pueblo chino (el Himalaya al sur, el desierto del Gobi al norte, el Pacífico al este y las montañas Tian Shan y el desierto Taklamakán al oeste) favoreció la creación de una sensación de unicidad y un discurso propio acerca de su propia realidad y la del mundo.

Aunque el siglo de las humillaciones, con el cambio en el imaginario que supuso pasar de ser el centro del mundo a un jugador secundario, y el ascenso del comunismo de Mao, con su antitradicionalismo, fueron puntos de inflexión en su discurso milenario, se puede decir que existe una cosmología sinocéntrica que ha dado forma a la visión que tienen los chinos sobre sí mismos y sobre el mundo. China, como centro de la civilización rodeada de una periferia de bárbaros, eso sí basada en preservar la armonía y codificada por el confucianismo. Estas ideas han vuelto a un primer plano: fueron rescatadas en la época de Deng con los cinco pilares de coexistencia pacífica de Zhou Enlai.

No existe una sola concepción del papel de China como potencia emergente y la geografía en sí misma no es la respuesta, sino la base sobre la que se asientan los discursos. La situación actual es que China se tiene que adaptar a un mundo que no ha diseñado y que la ve como una amenaza. Un mundo que, además, es muy diferente de otras épocas de sucesión de potencias hegemónicas y en el que las visiones occidental y sinocéntrica ni siquiera son las únicas. La geografía reparte las cartas, pero no es tanto lo que tengas en la mano sino como te proyectas y como te perciben. La geopolítica se parece más al mus que a las siete y media. (Foto: Julio Sabina)