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Rafael Cascales: “La falta de recursos institucionales para potenciar la actividad empresarial española en China se debe a la ausencia de un plan gubernamental para este país, posiblemente porque todavía no se ha tomado conciencia de su importancia a nivel global.”

Rafael Cascales es presidente de la Asociación Española de Profesionales del comercio exterior (ACOCEX), de la Asociación de Turismo España-China (ATEC) y dirige su propia empresa de consultoría con la que ayuda a las empresas españolas a desarrollar sus actividades en el país asiático. En 4asia hemos querido saber su opinión sobre la presencia de las empresas españolas en China, sus oportunidades de negocio en la iniciativa china de la nueva Ruta de la Seda, y la situación económica, política y social en el país asiático.

 4Asia: Es usted presidente de las asociaciones ACOCEX y ATEC. Además es fundador y director de la consultora CASICO. ¿Qué nos puede decir de cada una de ellas?

RC: ACOCEX es la asociación española de profesionales dedicada a la promoción del comercio exterior. Actualmente cuenta con una red de 90 asociados cuya actividad se desarrolla en los negocios internacionales y a los que ofrece, entre otras cosas, un valor de negocio, sinergias con otros asociados, actualizaciones legislativas o tendencias de mercado.

Además, tiene clientes externos a los que proporciona servicios de consultoría general que comprende desde planes de marketing hasta consulta de partidas arancelarias, o dudas respecto a financiación internacional. Somos tanto la mayor consultora de comercio exterior en España como el colectivo técnico de verdad en el sector.

ACOCEX surge hace 13 años entre un grupo de consultores que buscaban apoyo en el ámbito del comercio exterior y que pese al gran número de entidades públicas españolas con esa finalidad entre sus misiones —cámaras de comercio, ICEX— no eran capaces de ayudar a una PYME que estaba empezando o tenía dudas muy concretas. Necesidad que se mantiene vigente a día de hoy. Cubrimos ese hueco, pero sobre todo somos los únicos que hablamos de tú a tú a nuestros clientes, ya que nosotros somos empresarios y pasamos todos los días por sus mismos problemas.

La historia de ATEC (Asociación de Turismo España-China) es diferente ya que procede del éxito cosechado con motivo de la organización del primer foro de turismo España-China, celebrado en Pekín en 2016. Esta iniciativa buscaba la promoción del turismo chino en España en todas sus dimensiones, esto es, teniendo en cuenta la industria hotelera, gastronómica, educativa, cultural, de compras, etc. Acudieron 25 entidades y empresas españolas y hubo casi 80 millones de impactos en medios de comunicación en  China y 4 millones en España. Su objetivo era generar negocio, que cada empresa asistente tuviera entre 15 y 20 reuniones, networking y proyección de imagen pública en China. Está previsto repetir el evento este año 2018.

ATEC representa un complemento a la iniciativa gubernamental, que a día de hoy es insuficiente. Cuenta con el apoyo institucional de la Marca España (MAE) y Turespaña, pero sobre todo, tiene el respaldo de empresas privadas como El Corte Ingles, Iberia, Fitur, Vino de Rioja, etc. La falta de recursos institucionales para potenciar la actividad empresarial española en China se debe a la ausencia de un plan gubernamental para este país, posiblemente porque todavía no se ha tomado conciencia de su importancia a nivel global.

Una muestra evidente de la relevancia de China en el mundo es su proyecto de la nueva Ruta de la Seda, con la que pretenden conectar China con el mundo, mediante ambiciosos proyectos de inversión. Esta iniciativa se financiará en parte a través del nuevo Banco Asiático de Inversión e Infraestructura (BAII), del cual España es miembro fundador. En este sentido destaca un artículo publicado recientemente por Miguel Otero y Carlos Santana en Expansión, donde se mencionaba la posibilidad de crear un instituto exclusivo para el seguimiento de los proyectos asociados a La Franja y la Ruta (BRI) y que actuaría como organismo de interlocución con China para potenciar la participación española en los mismos, lo que me parece una idea magnífica.

4Asia: ¿Cuáles son las posibilidades de las empresas españolas en la BRI?

RC: EL BAII cuenta con muchos países fundadores que, al igual que España, trataran de obtener proyectos asociados a la BRI (Belt and Road Initiative) para sus empresas. Por tanto, las posibilidades de las empresas españolas estarán directamente ligadas al lobby que seamos capaces de hacer. El gobierno mantiene que existe un plan para acceder a estos proyectos, pero la realidad es que hasta la fecha se está haciendo poco al respecto.

4Asia: ¿Estarán estos proyectos condicionados a que sean empresas chinas las que los ejecuten? ¿Qué probabilidad existe de que los proyectos publicitados solo se concreten en los países donde China tenga algún interés geoestratégico?

RC: Los proyectos asociados al BAII están planteados para que sigan modelos de licitación internacionales con altos estándar de trasparencia. Esto quiere decir que técnicamente pueden ser adjudicados a cualquier empresa que cumpla las condiciones exigidas, aunque es evidente que China contará con cierta ventaja al respecto al ser el impulsor de esta iniciativa.

La mayoría de los proyectos planteados saldrán adelante. Basta con ver el desarrollo de China durante los últimos 40 años, sus infraestructuras, y su nivel de desarrollo, para darse cuenta de la capacidad que tienen de concretar sus iniciativas. Indudablemente existe un porcentaje de estrategia y propaganda que busca favorecer tanto sus intereses económicos y comerciales como su imagen de potencia internacional.

4Asia: ¿Cómo valoraría el posicionamiento de las empresas españolas en China? ¿Es la falta de reciprocidad el principal problema que enfrentan las empresas occidentales en este país?

RC: En China hay pocas empresas españolas y la situación es claramente mejorable, pero también hay que tener en cuenta cual es el tejido industrial español y el tipo de producto que podemos vender allí. España es fuerte industrialmente en químicos y componentes de automóviles, y la mayoría de estas empresas ya están en China. También destaca nuestro sector agroalimentario, aunque su implantación tiene unas características muy diferentes. En general, es previsible que la presencia de las empresas españolas en China aumente en los próximos 10 años a medida que se vaya tomando conciencia de su estatus como nueva potencia mundial.

Efectivamente existe una falta de reciprocidad importante en China. Las empresas occidentales en general no tienen la misma facilidad que las empresas chinas para implantarse en los países occidentales y esto debería corregirse. Pese a ello, la presencia de estas empresas en China todavía resulta rentable gracias al volumen de mercado que tiene este país.

4Asia: ¿Es cierto que las empresas occidentales necesitan un socio chino para implantarse en ese país? ¿Exigen estas empresas un transvase de tecnología cada vez mayor a cambio de acceder al mercado interno chino? ¿Se está reduciendo la brecha tecnológica entre China y occidente?

RC: Actualmente no es necesario tener un socio chino para implantarse en el país, excepto en sectores muy delicados como por ejemplo el militar, aeronáutico o la publicación de libros.

Respecto al transvase tecnológico sucede lo mismo que con la falta de reciprocidad, se trata de un camino de doble sentido que solo recorre quien quiere. En este sentido, cabe señalar que China lleva más de 10 años fomentando que las compañías extranjeras aporten a sus empresas la tecnología necesaria para su modernización. Este interés se mantiene, entre otros, en el sector sanitario, de maquinaria o energías renovables, pero ya centrado en adquirir los últimos avances. En otros sectores ya es China quien lidera, como por ejemplo el comercio “online” y toda la infraestructura técnica asociada.

La brecha tecnológica entre China y occidente se está reduciendo a pasos agigantados y el país asiático es ya es el número uno a nivel mundial en patentes registradas. Esto se debe en parte a su carácter dinámico y pragmático, que les está permitiendo aprovechar el impulso gubernamental para avanzar en las últimas tecnologías como por ejemplo la inteligencia artificial.

4Asia: A medida que China mejora su tecnología la necesidad de transvase desde las empresas extrajeras se reduce. ¿Cómo afectará esto a la cuota de mercado chino que tienen estas empresas? ¿En qué momento dejaría de ser rentable para las empresas occidentales su presencia en China?

RC: A día de hoy al consumidor chino le cuesta comprar productos fabricados en su país, aunque estos tengan ya una calidad considerable. Esta inercia, que se mantendrá todavía un tiempo, favorece al mercado extranjero, al que todavía seguirán mirando para buscar los últimos avances tecnológicos o novedades de mercado.

4Asia: ¿Qué opina de los avances en investigación y desarrollo en China? ¿Lideraran el mundo científico en un futuro?

RC: Es cierto que China está avanzando a gran velocidad en este sector, pero tienen un problema con el sistema educativo en dos de los ingredientes esenciales para la investigación como son la creatividad y el pensamiento crítico. Aunque poco a poco están aprendiendo a educar en estas cualidades, la mayoría de sus investigadores de primera línea se forman todavía en el extranjero, apreciándose en ellos una iniciativa muy superior a los que han estudiado en China.

Los gobernantes chinos podrían modificar el sistema educativo para mejorar estas cualidades en sus futuros investigadores. Sin embargo, esto produciría también ciudadanos más críticos con el sistema político actual y podría llegar a poner en riesgo la estabilidad del país. Por ello, es poco probable que las autoridades chinas decidan recorrer este camino y, por tanto, que sigan dependiendo de nuestros sistemas educativos.

Es curioso que a veces no somos conscientes de las tremendas diferencias culturales, educativas, e incluso de construcción del pensamiento, que existen  entre China y occidente. Pero es que hasta su cerebro funciona de manera distinta, porque entre otras cosas el aprendizaje es diferente.

4Asia: ¿Consideras que China tendrá éxito en el cambio de modelo de crecimiento que están llevando a cabo para pasar de una industria manufacturera a una economía basada en el sector servicios y el consumo interno?

RC: No les queda otra opción. China es un país en desarrollo que debe realizar cambios en su modelo económico para seguir avanzando. Esto implica abandonar las exportaciones baratas y basar su crecimiento económico en el consumo, el sector servicios y potenciar la innovación. Pero seguro que lo van a conseguir porque funcionan como una gran empresa que además piensa a largo plazo. La única duda es cuánto van a sufrir para conseguirlo, ya que las reestructuraciones previstas generarán paro y descontento entre algunos sectores de la población que puede poner en peligro la estabilidad social. El gobierno deberá reciclar a estas “victimas” del cambio de modelo económico, pero al mismo tiempo debe asegurarse que las protestas no ponen en riesgo el sistema político. Esto explica en parte el mayor control que Xi Jinping está ejerciendo sobre todas las esferas del ámbito social.

4Asia: ¿Cómo valora la salida de Reino Unido de la Unión Europea y como cree que afectará a su relación comercial con China?

RC: La postura oficial de China es que prefiere una UE unida y todavía no está claro que vaya a producirse el BREXIT. Cada vez se habla más del BRETURN. De momento lo que se ha producido es un debilitamiento de su economía y de la libra esterlina que ha favorecido las inversiones y compras chinas en Reino Unido. La salida del Reino Unido de la UE les debilita tanto a ellos mismos como a la UE y perjudicará sus relaciones con China.

4Asia: ¿Puede ser la deuda un problema para el avance de las reformas y el desarrollo de China?

RC: La deuda no es privada como la que teníamos en España y se concentra en las provincias. Esto la convierte en una deuda manejable para el gobierno. Además, todos los países desarrollados tienen deuda y es el esquema de funcionamiento que está instalado actualmente en el mundo.

4Asia: ¿Cómo puede afectar el envejecimiento de la población a los planes de desarrollo chinos?

RC: Sin duda supondrá un problema para su desarrollo, pero no será crítico ya que se atenuará gracias a procesos de manufactura automáticos y al crecimiento del sector servicios. De hecho, en España tenemos un problema mucho mayor con este tema, ya que en China, a día de hoy no tienen seguridad social, sino solo programas de ayudas concretas.

4Asia: ¿Podría haber una guerra comercial entre EE.UU. y China?

RC: No habrá una guerra comercial abierta ya que saldrían muy perjudicados ambos países. Trump es un populista y la mayoría de sus amenazas no se concretarán ya que afectarían muy negativamente a sus propias empresas. China por su parte, tampoco gana nada con una guerra comercial abierta ya que buena parte de su extensa mano de obra se emplea todavía en empresas de manufacturas extranjeras.

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Stranger Things. Juan José Heras

La primera reforma sanitaria china tuvo lugar en 1951 y solo afectaba a los trabajadores de las ciudades, que apenas suponía un 20% de la población total. Posteriormente, en 1956, se extendió al campo con el llamado “Sistema Médico Cooperativo Rural” que se materializó en la construcción de hospitales en los pueblos más grandes, clínicas en pueblos más pequeños; y “médicos descalzos” en las aldeas más remotas.

Esta última iniciativa, que consistía en formar a campesinos para ayudar a sus camaradas a prevenir las epidemias más comunes, fue un éxito y en 1976 estaban cubiertos el 90% de los campesinos, triplicándose la esperanza de vida.

Pero en la década de los 80 Deng Xiaoping abrió “El Portal al Mundo del Reverso” y dejo entrar al “monstruo del capitalismo” en China que trajo consigo de nuevo las grandes desigualdades entre las zonas urbanas y las rurales, dejando a muchos campesinos sin capacidad económica para costearse los servicios médicos.

Para corregir esta situación, Hu Jintao estableció en 2003 el “Nuevo Sistema Cooperativo Rural Médico”, que facilitaba el acceso de los campesinos con menos recursos a la sanidad mediante un pago anual que hoy ronda los 20€. Además, el Estado costeaba hasta el 60% de la factura por ingreso en una clínica rural.

Sin embargo, en caso de buscar asistencia médica en hospitales más grandes, con mejores especialistas y medios, el Estado solo se hacía cargo del 30% del gasto total. En la práctica, esto se traduce en que los ciudadanos chinos del entorno rural, que todavía son un 50% de la población total, y cuyos ingresos son muy bajos en comparación con los residentes urbanos, solo acudan al médico cuando se encuentran ya muy graves.

Este sistema sanitario con “características chinas” ha forjado en sus campesinos un carácter estoico ante la enfermedad, que sus ciudadanos exportan al extranjero de la misma manera que sus empresas despachan algunas construcciones de dudosa calidad o realizan una interpretación revisionista de los derechos humanos. Desde esta perspectiva se entiende mejor que los ciudadanos chinos no se prodiguen por los hospitales españoles, ya que tienen grabado a fuego que al médico no se va por “tonterías”.

Y entonces llegó Xi Jinping, que se ha propuesto cerrar “El Portal del Mundo del Reverso” y garantizar la sanidad universal para 2020, implantando entre otras cosas, un sistema de médicos de cabecera que alivien los cuellos de botella producidos por las consultas hospitalarias. Un reto difícil de conseguir para 2020, pero casi imposible de mantener  para 2050, cuando se estima que el país contará con más de 400 millones de ciudadanos por encima de los 80 años (más del triple que en 2017).

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De Hebei al cielo. Juan José Heras.

Las autoridades chinas parecen tener la capacidad de fusionar cosas que para la mentalidad occidental son incompatibles, como por ejemplo una economía de mercado intervenida por el gobierno, o un Estado de Derecho supeditado al Partido Comunista. Pero también los ciudadanos de a pie nos sorprenden con sus propias combinaciones imposibles como contratar “strippers” para amenizar los funerales de sus seres queridos. Con ello, además, consiguen aumentar el número de asistentes al evento, lo cual en la china tradicional es considerado como un signo de prestigio social.

Sin embargo, esta “costumbre” que surgió entre los “gangsters” de Taiwán en 1800 y se popularizó a partir de 1980 en la china rural, no es del agrado del gobierno de Pekín, que ha tratado de erradicarla ya en dos ocasiones —2006 y 2015—. Durante la última de ellas, la agencia de noticias XINHUA se hizo eco de dos casos ejemplarizantes en las provincias de Hebei y Jiangsu, donde los organizadores de estos funerales “agridulces” fueron castigados con multas y pequeñas condenas de prisión.

Aunque el tema ya no está de moda en los medios de comunicación occidentales, y la censura en china reduce los documentos gráficos a la mínima expresión, parece ser que este tipo de ritos vanguardistas se siguen produciendo en el país. Uno de los últimos casos documentados proviene de Taiwán, donde el verano de 2017 más de 50 bailarinas, subidas en todoterrenos y acompañadas por una banda de música, ayudaron al político local de 76 años Tug Hsiang a pasar al más allá.

No se entiende muy bien el empeño de los políticos de un país comunista y ateo en prohibir esta fusión entre duelo y baile para burlar a la muerte. Quizás están celosos de que la idea no sea suya, o no les guste que provenga del denostado entorno rural, pero lo cierto es que está muy en la línea de iniciativas gubernamentales en ámbitos “más serios” como los descritos al principio de este ártículo.

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Cuando fuimos los mejores. Juan José Heras.

China ha pasado de fabricar productos textiles y bienes de consumo barato en los años 80 a disponer de industrias en sectores con una mayor componente tecnológica como por ejemplo los de automoción, maquinaria, electrónica, productos químicos, etc. Asimismo, su mayor competitividad en el mercado global ha contribuido a multiplicar exponencialmente sus exportaciones.

Desde el mundo desarrollado se acusa a China de hacer “trampas” para mejorar su capacidad industrial y sus exportaciones. Entre ellas, destacan las de subsidiar a sus empresas, un tipo de cambio devaluado, la regulación de los precios de la energía o los tipos de interés artificialmente bajos.

Sin embargo, aunque todos estos factores han contribuido al desarrollo industrial de China, no son la base de su transformación industrial. Según los expertos, el éxito del gigante asiático se ha debido principalmente a una ubicación geográfica excepcional como núcleo manufacturero en Asia y a la combinación de un coste laboral del tercer mundo con infraestructuras del primer mundo.

Además, parece ser que hubo un tiempo en que fue al revés. En el siglo XVIII, la industria de porcelana en Europa se desarrolló gracias a los informes de los misionarios jesuitas sobre las técnicas chinas, consideradas por Pekín como secretos comerciales. Asimismo, los británicos establecieron una industria del té en India gracias al robo de plantas de té en China, ya que su exportación estaba prohibida. Pero no hace falta remontarse tanto en el tiempo, a principios del siglo XIX Estados Unidos estableció su primer complejo textil en Lowell (Massachusetts) gracias al espionaje industrial en Europa.

También en el vecindario chino encontramos casos significativos como los de Japón, Corea del sur y Taiwán, que después de la segunda guerra mundial llevaron a cabo técnicas de ingeniería inversa de la tecnología occidental. Con estos ejemplos, no se pretende justificar el robo de propiedad intelectual, sino poner de manifiesto que es una realidad universal que termina cuando los beneficios de proteger las patentes propias son mayores que los que aporta el robo de tecnología extranjera. China está cada vez más cerca de alcanzar ese punto como indica el hecho de que esté comenzando a legislar sobre el asunto.

Además, pese a las desventajas competitivas, a la mayoría de las empresas extranjeras les sigue resultando rentable su presencia en el gigante asiático debido principalmente al descomunal volumen de su mercado y a la falta de fabricantes nacionales capaces de competir en el mercado internacional de productos de alta tecnología. Y es que no hay que tirar las campanas al vuelo ya que la producción industrial china sigue muy ligada al ensamblaje final de componentes, donde los márgenes de beneficio son muy pequeños, mientras que la parte más rentable, esto es el diseño y marketing de los productos finales, sigue en manos de las multinacionales extranjeras.

Por tanto, si nos alejamos de los tópicos y los discursos precocinados donde el sentir popular es que “los chinos nos comen”, sorprende descubrir que no están haciendo nada que no hayamos hecho antes en occidente, que no están “tan avanzados” todavía y que, pese a las quejas, nuestras empresas siguen beneficiándose de su presencia en China. Pero si hacemos caso de la historia, en este caso con características chinas, ¿veremos en el futuro a occidente copiando la tecnología china de nuevo?

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Desmontando a Harry. Juan José Heras.

Dice el refranero popular que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y ese parece ser el caso con muchas de las consignas propagandísticas que lanza el Gobierno chino de forma periódica. Así, cada vez está más arraigada la creencia popular de que China va industrializar África y América Latina, al tiempo que vertebra Asia Central con las infraestructuras previstas en la nueva Ruta de la Seda.

En esta misma línea, parece haber calado la idea de que China ha modernizado su ejército hasta el punto de rivalizar militarmente con EE.UU., o que sus ingentes inversiones en tecnología e investigación la convertirán en la nueva cuna de la innovación mundial.

Sin embargo, los datos parecen contar una historia bien distinta, mostrando que tanto África como América Latina continúan siendo meros suministradores de materias primas. La aportación china en estos continentes se centra en la construcción de infraestructuras y no en la creación de zonas industriales, como publicita Pekín. Además, los numerosos MOU que firma con estos países, en la mayoría de los casos, no se traducen luego en proyectos concretos.

En este sentido, son los países del sudeste asiático los mejor posicionados para la pretendida deslocalización industrial China, gracias a su proximidad geográfica y su relevancia en asuntos regionales como por ejemplo el Mar Meridional.

Por otro lado, la nueva Ruta de la Seda, que promete corregir el déficit de infraestructuras en Asia Central, solo avanza de manera significativa en los trazados que tienen una consideración geoestratégica para Pekín. Y por mucho que aparezca en la prensa especializada, tampoco parece que esta iniciativa vaya a soluciona los problemas de sobrecapacidad del gigante asiático.

Respecto al ejército, es cierto que la modernización que se está llevando a cabo es impresionante, tanto en sus capacidades militares como en la organización de sus estructuras. Sin embargo, todavía están a años luz de EE.UU. tecnológicamente y carecen de personal capacitado para operar los últimos avances tecnológicos que incorporan los nuevos aviones de combate, buques de guerra o sistemas de comunicación.

En lo que se refiere a tecnología e innovación existe todavía una brecha importante entre China y occidente, que Pekín trata de reducir con sus inversiones en Europa y EE.UU. Conviene recordar que China se ha hecho “rica” gracias al comercio y a la aplicación de unos estándares laborales y medioambientales inaceptables para occidente, pero innovar requiere una buena dosis de iniciativa e imaginación que, cuanto menos, son cuestionables en un régimen Estado-Partido como el chino.

En la otra cara de la moneda están los que piensan que la enorme deuda que acumula China hundirá al país en una crisis económica, que estallará la burbuja inmobiliaria, y que no serán capaces de llevar a cabo el cambio de modelo económico en el que están inmersos.

Pero tampoco parece que esta línea catastrofista tenga visos de realidad, puesto que en una economía controlada como es la china, la deuda del Gobierno es con los bancos estatales, controlados  también por Pekín. Esto les brinda un margen considerable para contemporizar la aplicación de las reformas necesarias para convertirse en una economía de mercado “con características chinas” (lo que hace que ya no sea una economía de mercado), con una reducción gradual de la inversión que evite el desempleo y por tanto el descontento popular.

Y por terminar este artículo como empezó, con la sabiduría popular del refranero español, utilizaré uno que describe bastante bien a las promesas vacías a las que nos están acostumbrando los chinos: “No es oro todo lo que reluce”.

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No sin mi hija. Juan José Heras.

Cuando el recién elegido Presidente de EE.UU., preguntó a sus asesores porque Xi Jinping no le cogía el teléfono, su respuesta fue unánime: “No sin mi hija”. Se referían al enfado de Pekín por el cuestionamiento del principio de “Una sola China”, que considera a Taiwán y a China continental como un mismo país. Y es que cualquier Jefe de Estado sabe que no es posible mantener relaciones diplomáticas con China si no se reconoce este principio, que convierte la reunificación con Taiwán en uno de los temas “innegociables”  para Pekín.

En este sentido, China no tolerará un retroceso del statu quo actual, estando dispuesta a llegar incluso a un enfrentamiento militar en caso de producirse una declaración de independencia por parte de Taiwán. Sin embargo, de no producirse este supuesto, Pekín no forzará un proceso de reunificación que ambas partes asumen como inevitable y se limitará a mantener su presión económica y diplomática sobre la isla.

Por su parte, el gobierno pro-independentista de Taipei (PDP), aunque no lo reconoce oficialmente, dirigirá todos sus esfuerzos a retrasar ese momento tanto tiempo como sea posible, aprovechando la ayuda de EE. UU. y respaldado por la mayoría de la población, que considera que este partido obtendrá mejores condiciones para una eventual reunificación que el Kuomintang, partido conservador afín a Pekín.

Tras la vuelta al Imperio del Medio de Hong Kong y Macao, Taiwán constituye la última pieza del puzle para completar la reunificación del país y poner fin a los 200 años de humillación que comenzaron con las guerras del opio. Bajo esta misma lógica de unidad, las inercias independentistas de Xinjiang y Tibet también están incluidas en este selecto club de “innegociables”.

Por último está el Mar Meridional, del cual China reclama más del 80% y al que también atribuye la consideración de “innegociable”. No es extraño si tenemos en cuenta sus importantes reservas pesqueras y fósiles, o que alberga las rutas marítimas necesarias para el suministro energético y la actividad comercial del gigante asiático.

Sin embargo, este último tema no se puede meter en el mismo saco que los independentismos o Taiwán por varias razones. En primer lugar porque no amenaza a la integridad territorial china; en segundo lugar porque ante un eventual enfrentamiento con EE. UU., en este escenario, China tiene más que perder, arriesgando incluso la credibilidad del régimen ante una derrota. Y en tercer lugar, porque puede conseguir avanzar en sus objetivos respecto al Mar Meridional sobornando a sus vecinos ribereños gracias a su gran capacidad de financiación.

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Show me the Money. Juan José Heras.

China lleva desde 2013 publicitando la vertebración de buena parte del planeta a través del desarrollo de Infraestructuras y Corredores Económicos enmarcados dentro de la nueva Ruta de la Seda (BRI), cuyo objetivo principal sería conectar comercialmente Europa y Asia.

Pese a que existen otras iniciativas internacionales para la integración comercial y el desarrollo de infraestructuras (INSTC, TAPI, UEE), la BRI acapara casi toda la atención al estar respaldada por la gran capacidad de financiación china y tener un alcance global que incluye a más de 60 países.

Sin embargo, las cuentas no salen, ya que la cantidad de inversión necesaria para llevar a cabo esta iniciativa excede ampliamente las capacidades financieras de Pekín, que se ha visto obligado a lanzar una campaña publicitaria sin precedentes en busca de capital privado y el apoyo de otros gobiernos. Pero estos inversores son reticentes a participar en proyectos con un retorno dudoso y a muy largo plazo, debido principalmente a la escasa actividad comercial y la falta de seguridad de muchos de los países comprendidos en la BRI. Asimismo, haciendo números se llega a la conclusión de que la BRI tampoco va a solucionar, como se dice habitualmente, los problemas de sobrecapacidad industrial que afronta China y que requieren un cambio de modelo económico.

Por ello, los avances más significativos en BRI se observan en aquellos corredores donde China está financiando directamente la ejecución de los proyectos que más afectan a sus intereses. En este sentido, destacan el Corredor Económico ente China y Pakistán (CPEC), la integración regional del Sureste Asiático y la Ruta Marítima de la Seda (RMS).

El CPEC tiene una consideración estratégica al garantizar la seguridad energética china mediante vías alternativas a las actuales rutas marítimas. Asimismo ofrece una salida al mar a la conflictiva región de Xinjiang que Pekín espera que contribuya a su desarrollo económico y con ello a reducir el sentimiento independentista de esta provincia.

Por su parte, el desarrollo de las infraestructuras de los países del Sureste Asiático favorecerá sus relaciones comerciales con las empobrecidas provincias del sur de China, como por ejemplo Yunán, que aspiran a convertirse en centros industriales y exportadores de la región. Esto enlaza con la deslocalización industrial que Pekín está llevando a cabo en estos países como parte de sus reformas estructurales para convertirse en una economía moderna.

Por último, la Ruta de la Seda Marítima incluye el establecimiento de una serie de puertos a lo largo del Índico que podrían tener  fines mas allá de lo estrictamente comercial, contribuyendo a la mejora de sus capacidades marítimas militares que permitan a China situarse como una potencia a nivel mundial. Esto preocupa EE.UU. que vigila de cerca el desarrollo de estos proyectos.

Por tanto, parece que la BRI, esa hermosa iniciativa que según el folleto publicitario busca eliminar las barreras comerciales y estrechar los lazos entre los pueblos, solo se está concretando en aquellos casos que tienen un interés estratégico por su proximidad geográfica, su seguridad energética o su ascenso como potencia militar.

Sin embargo, Pekín no renuncia a poner el sello de “Ruta de la Seda” como garantía de autenticidad a cualquier proyecto financiado por otros gobiernos o empresas privadas que contribuya alimentar la grandeza de esta iniciativa y a consolidar la marca BRI.

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MALABARES ENERGÉTICOS

La contaminación en China constituye uno de los mayores focos de descontento social y, eventualmente, podría cuestionar la capacidad de sus autoridades para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. El Gobierno, consciente de la urgencia de mejorar esta situación, anunció en el plan quinquenal de 2015 que doblaría la producción eólica y quintuplicaría la solar. Con ello pretendía reducir  el uso intensivo del carbón que todavía supone un 65% de la mezcla energética del país, y que le convierte en el mayor emisor de CO2 del mundo.

Gracias a las fuertes inversiones estatales y al impulso de la producción propia, China se ha convertido en el país con más potencia eólica y solar instalada. Además, es el mayor productor y consumidor de tecnología para renovables.

Sin embargo, esta capacidad para generar energías limpias no está siendo aprovechada en toda su extensión debido a varios factores. En primer lugar, la mala ubicación de los parques energéticos, que se encuentran situados en la región noroeste, principalmente Gansu, Xinjiang y Tibet, alejada de las zonas más pobladas de la costa, y por tanto las que mayor demanda presentan. En segundo lugar, la deficiente red de distribución, con pérdidas de hasta el 30%, y la baja calidad de las turbinas eólicas y paneles solares instalados, cuyo rendimiento es mucho menor que el de los fabricados en Europa o EEUU.

En tercer lugar está la resistencia de los lobbies de las energías fósiles y de los gobiernos locales. Los primeros defienden sus privilegios, mientras que los segundos tratan de proteger el empleo que genera el sector de carbón, que se compone de pequeñas industrias diseminadas por todo el país. Esto provoca que los gobiernos locales prioricen la distribución de la energía procedente de fuentes fósiles, y explica la existencia de parques eólicos y solares preparados para producir energía limpia que no se conectan a la red.

Este conjunto de limitaciones en el uso de energías renovables es lo que se conoce como “curtailment”, y son las responsables de que China, con el doble de potencia instalada que EEUU, tenga prácticamente la misma capacidad de generación.

Por tanto, mientras que mejorar la ubicación de los nuevos parques, aumentar su rendimiento, o evitar pérdidas en la distribución, constituyen una cuestión técnica de la que ya está ocupando el gobierno de Pekín, conectarlos a la red (y en que medida) es una cuestión política que dependerá de la osmosis existente entre el descontento generado por la contaminación y el provocado por la falta de empleo. Pero los gobernantes chinos, con Xi Jinping a la cabeza, ya nos tienen acostumbrados a este tipo de malabares, donde tratan de  compensar reformas y desempleo o inversión y deuda. Aunque siempre con un denominador común, evitar la inestabilidad social que deslegitime al Partido y pueda hacerles perder el poder.

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Proteccionismo sin fronteras: el oxímoron de Trump

A tenor de los últimos acontecimientos políticos, económicos y militares parecería que se van a producir cambios significativos en el orden mundial. Sin embargo, es frecuente que estas expectativas se queden en modificaciones mediáticas orientadas a legitimar el ascenso de nuevos gobernantes que, posteriormente, recuperan buena parte de las políticas anteriores ante la constatación de una tozuda realidad exterior y las presiones internas.

Este podría ser el caso de D. Trump, cuyas primeras decisiones deberían interpretarse como una suerte de ingenuidad ante el orden internacional establecido y la necesidad de corresponder a las expectativas de sus votantes.  Por ello, es de esperar que tras un primer golpe de mano nacionalista, necesario para conciliar sus acciones con su retórica, se retomen muchas de las iniciativas que ahora se están abandonando.

Aunque no hay que olvidar que el resurgimiento de este populismo, abanderado del discurso proteccionista y aislacionista como remedio para todos los males, tienen en su origen a una China que no juega conforme a las reglas establecidas, defraudando la confianza internacional otorgada en 2001 mediante su entrada en la OMC. La aplicación de unos estándares laborales y medioambientales mucho menos exigentes que los occidentales, la falta de reciprocidad para garantizar las inversiones extranjeras en el país asiático, o el respaldo de las autoridades chinas a las grandes empresas del país, han constituido una competencia desleal con sus contrapartes americanos y europeos. Aunque esto es solo una parte de la historia, porque no hay que olvidar que las empresas estadounidenses se han servido de esta laxitud en los estándares chinos para deslocalizar su producción, aumentando así sus beneficios y su competitividad.

En cualquier caso, pese al empleo de métodos poco ortodoxos desde nuestro prisma occidental, China ha logrado un rápido ascenso económico, una mayor influencia política internacional y una creciente asertividad militar que la han convertido en el enemigo perfecto para el discurso nacionalista de D. Trump, responsabilizándola de la pérdida de puestos de trabajo y capacidad industrial en el país norteamericano.

Sin embargo, ni China es el enemigo a batir, ni el nacionalismo el camino para salvar la hegemonía occidental. Más bien al contrario, puesto que esta estrategia solo propicia que el gigante asiático utilice su musculo financiero y su creciente influencia política para promover la creación de organismos multilaterales en los que, de inicio ya tiene la cuota de representación que se le niega sistemáticamente en las instituciones globales existentes. A la vista de este fenómeno, habría que replantearse si no sería más inteligente otorgarle ese “aumento” de protagonismo dentro de los organismos establecidos para favorecer su integración en los mismos y poder seguir jugando “en casa” y con “nuestras reglas”.

Que el nacionalismo no es el camino a seguir en un mundo global e interdependiente parece bastante obvio desde un punto de vista analítico y reflexivo, aunque es innegable que funciona como herramienta electoral ya que permite simplificar los problemas y proyectarlos en un enemigo común que encarne los males que afligen a los ciudadanos.

La gran paradoja que encontramos en la coyuntura actual es que EEUU y China parecen más complementarios que nunca, y bien podría parecer que están buscando intercambiar sus papeles en el mundo. Mientras que el primero aboga por el proteccionismo, la reducción de su protagonismo internacional y militar, y la ruptura de su compromiso medioambiental, el segundo, defiende el libre comercio “con características chinas”, busca mayor presencia internacional a nivel político y militar, y ha formalizado por primera vez su compromiso para luchar contra el cambio climático.

En este sentido, debemos enfrentar el oxímoron que supone que EEUU trate de recuperar su industria en un momento en el que China pretende justo lo contrario, deslocalizar su producción a los países del sudeste asiático para avanzar en la cadena de valor hacia un modelo de corte occidental, basado en el sector servicios y el consumo interno.

Pero, al contrario que EEUU, Pekín si parece ser consciente que este “ascenso” en el sistema productivo tiene su talón de Aquiles en la pérdida de puestos de trabajo. Por ello, han puesto en marcha una serie de reformas que, entre otras cosas, reduzcan el impacto negativo del desempleo, evitando así una potencial crisis social. En cambio, Trump promulga consignas que evocan mejores tiempos pasados pero que en la realidad implican dar un paso atrás que, en el mejor de los casos, solo servirá para coger impulso y dar luego dos hacia delante.

Tampoco parece razonable que pueda sostenerse en el tiempo una política comercial aislacionista en un mundo global e interdependiente donde la tendencia clara es justo la contraria. Así, la salida del TPP recientemente firmada por Trump profundizará en la perdida de liderazgo e influencia que EEUU está sufriendo en Asía Pacífico, donde la mayoría de los países de la región ya se han alineado con China. Además, Pekín aprovechará la ocasión para impulsar su acuerdo de integración comercial (RCEP) ante la necesidad que existe en la zona de mejorar este tipo de intercambios. En este mismo sentido, la anunciada reducción de su presencia militar en la región permitiría a Pekín reforzar su influencia y control sobre sus vecinos, así como mantener la actual asertividad en sus reclamaciones del mar Meridional y del Este de China.

Por tanto, China no es el enemigo a batir, sino la resistencia al cambio del pueblo estadounidense, que se muestra reticente a explorar el nuevo eslabón dentro de la cadena de valor global, y que bien podría fundamentarse en maximizar la innovación y el talento para esgrimirlos como mecanismo de competencia que aumente la brecha tecnológica entre oriente y occidente. Y si se quiere aderezar con una pequeña dosis de proteccionismo con “características estadounidenses”, este debería ser selectivo en la búsqueda de reciprocidad.

Este aparente paso atrás de Donald Trump, que permitirá a Pekin dar dos pasos hacia delante, tendrá sus mayores detractores entre los grupos de poder empresarial y armamentístico estadounidenses, responsables de la deslocalización industrial y principales suministradores del ejercito, y que son especialmente influyentes en el partido republicano.

Por tanto, desde una óptica global, no tiene sentido que EEUU mantenga una política a medio y largo plazo basada en el proteccionismo y la rebaja de la presencia internacional, y es de esperar que, una vez agotado el efecto placebo del nacionalismo, se recuperen tanto los acuerdos de libre comercio que ahora se están rechazando, como la iniciativa para mantener su influencia global, especialmente en Asia Pacífico, que se intuye como la zona de mayor proyección socioeconómica a nivel mundial.