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INTERREGNUM: Abe en Madrid y Bruselas. Fernando Delage

La semana pasada visitó Madrid el primer ministro japonés, Shinzo Abe. Lo breve de su estancia no resta significación al hecho de que España fuera el primer destino de su gira europea, motivada por la cumbre Europa-Asia en Bruselas. Es muy poco frecuente que un jefe de gobierno japonés visite oficialmente España. Pero se conmemora este año el 150 aniversario de la firma del tratado de Amistad, Comercio y Navegación que supuso el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países. Al mismo tiempo, había que dar continuidad a la “asociación para la Paz, el Crecimiento y la Innovación” que—con una vigencia de cinco años—fue acordada por los dos gobiernos con ocasión de la visita de Rajoy a Tokio en 2013.

Aquel documento proporcionó un contenido de alto nivel a la relación bilateral, ampliando la agenda a la discusión de distintos problemas internacionales, e identificando diversas áreas de cooperación conjunta, de la promoción del comercio y las inversiones al turismo, de los intercambios educativos a las energías renovables, o de la robótica a la nanomedicina. Ejemplos concretos de esa colaboración serían los acuerdos firmados el pasado año durante la visita a Japón del Rey Felipe VI. La renovación de la asociación España-Japón representa por ello un importante reconocimiento por parte del gobierno japonés de la creciente proyección internacional de España, y es una muestra de su interés por nuestras prácticas y experiencias en determinadas políticas públicas.

Fue la incorporación de España a la Comunidad Europea en 1986 lo que transformó cualitativamente la percepción japonesa de nuestro país. Y es nuestra pertenencia a la Unión Europea lo que maximiza nuestras oportunidades en la economía global, incluyendo la relación con los gigantes asiáticos. La visita de Abe tiene por tanto una relevancia que va mucho más allá de lo bilateral. La firma, el pasado año, de los acuerdos de asociación económica (EPA) y de asociación estratégica (SPA) entre Bruselas y Tokio, cuya entrada en vigor está prevista para principios de 2019, marca el comienzo de una nueva etapa entre dos actores que suman el 30 por cien del PIB y el 40 por cien del comercio global. La eliminación de aranceles y otras barreras al comercio y las inversiones facilitarán un aumento significativo de sus intercambios, del que se beneficiarán en gran medida las empresas españolas para acceder a un mercado de tan alto nivel adquisitivo como el japonés.

Su impacto sobre las perspectivas de negocio no es, sin embargo, la única de sus motivaciones. Buscar nuevos motores de crecimiento para unas sociedades que envejecen con rapidez; defender altos estándares de protección laboral, medioambiental y de los consumidores; y consolidar su posición en los mercados de altas tecnologías con un régimen exigente de protección de datos, son imperativos compartidos por Japón y los países de Europa occidental. También coinciden, en la era del Brexit y del nacionalismo económico de la administración Trump, en la necesidad de asegurar un orden multilateral basado en reglas. Este es el verdadero significado político y estratégico de la nueva relación entre la Unión—y por tanto España—y Japón; dos socios naturales que buscan ofrecer un ejemplo a terceros países en el actual contexto de incertidumbre y desorden mundial. (Foto: Michaël Ducloux, Flickr.com)

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INTERREGNUM: Europa quiere acercarse a Asia. Fernando Delage

El Consejo Europeo aprobará en su reunión del 17-18 de octubre el plan de interconectividad Europa-Asia preparado por la Comisión durante los últimos meses y anunciado hace unas semanas por la Alta Representante para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini. Los líderes de la Unión Europea podrán además compartirlo con sus homólogos asiáticos en la cumbre Europa-Asia (ASEM) que se celebrará en Bruselas un día más tarde. Se trata de la esperada respuesta europea a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, aunque ésta no aparece nombrada ni una sola vez en el documento. La UE cuenta así con una estrategia euroasiática, pero con distintas expectativas sobre su sentido y alcance.

La relevancia de la propuesta es innegable. El comercio Europa-Asia ha alcanzado los 1,8 billones de dólares, y ambas regiones suman más del 60 por cien del PIB global. Es lógico por tanto que Bruselas se plantee maximizar las oportunidades que ofrece este continente en crecimiento mediante una iniciativa dirigida a promover la construcción de redes de transporte, energía y telecomunicaciones, así como un reforzamiento de los contactos entre sociedades. A través de su estrategia, la Unión aspira a promover una serie de reglas que faciliten la cooperación pero garanticen al mismo tiempo el respeto de las normas de la libre competencia. La UE quiere asimismo que las inversiones que se acometan resulten sostenibles, tanto desde el punto de vista fiscal como medioambiental y social.

El gobierno chino ha dado la bienvenida al plan europeo, sugiriendo que se integre en su propia Ruta de la Seda. Pekín se beneficiaría de la financiación adicional que puede ofrecerle la Unión, y existen proyectos en su iniciativa que ya están de hecho cofinanciados por el Banco Europeo de Inversiones y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Existe, no obstante, cierta desconfianza europea hacia China, derivada del creciente desequilibrio comercial entre ambas partes y del rápido aumento de las inversiones de la República Popular en el Viejo Continente desde la crisis financiera global; inversiones centradas en buena parte en sectores estratégicos y de alta tecnología. Agrava la alarma europea el hecho de que, detrás de ese desembarco inversor, está un Estado autoritario e intervencionista, no las fuerzas del mercado. La Ruta de la Seda se interpreta por ello como un instrumento a través del cual Pekín pretende corregir el exceso de capacidad productiva de su economía, ampliar sus mercados y cambiar las reglas del juego del comercio y las inversiones globales. De ahí las exigencias normativas de la estrategia de interconectividad europea.

A Pekín puede disgustarle la pretensión de la UE de condicionar sus movimientos tratando de imponer unas reglas contrarias a la discrecionalidad que ella prefiere. Pero más grave resulta la ausencia de un firme consenso europeo. Es sabido cómo Hungría, Grecia y ocasionalmente otros Estados miembros, bloquean con frecuencia las posiciones comunitarias con respecto a China. Ha sido ahora un país fundador, Italia, quien parece apostar por su propia relación bilateral con la República Popular.

Abandonando la política de la administración anterior, el actual gobierno de coalición se ha acercado a Pekín, en efecto, en el marco de su declarada hostilidad hacia el proyecto europeo. Confía en que las inversiones chinas le ayuden a superar sus desequilibrios macroeconómicos. Y, al firmar un próximo memorándum sobre la extensión de la Ruta de la Seda a Italia, Roma aspira a convertirse—incluso—en el principal socio de China en la UE. Es el mismo papel que David Cameron quiso construir para Reino Unido, con el resultado bien conocido. China busca socios a través de los cuales ampliar su influencia política, pero—al contrario que los populistas romanos—Pekín sí cree en la integración europea. Quizá Salvini y compañía no tarden mucho en descubrirlo.

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Qué hacemos con la inmigración (2). El asedio al estado de bienestar. Miguel Ors Villarejo

“Grandes cantidades de recién llegados están sometiendo a presión los servicios públicos”, asegura el economista Paul Collier. Se trata de una creencia avalada por la casuística sobre las legiones de extranjeros que atascan los hospitales y las oficinas del paro, pero “la mayoría de los estudios revelan que la inmigración tiene un impacto leve en las finanzas nacionales”, sostiene la OCDE. Por ejemplo, en el caso de la salud “los inmigrantes no solo manifiestan encontrarse en mejores condiciones que los nativos, sino que van menos al médico”, algo lógico, dado que en promedio son más jóvenes. Es verdad que recurren más a las urgencias y que en países como Alemania sufren más accidentes laborales, pero incluso allí donde generan algún sobrecoste, este queda nivelado por el hecho de que “los sistemas sanitarios se benefician con la llegada de profesionales de la medicina”. En 2008, el 35% de los doctores de Reino Unido habían nacido en el extranjero, y en Nueva Zelanda, Australia, Israel y Suiza el porcentaje era aún mayor.

Otro equívoco igualmente arraigado es que los forasteros nos roban los puestos de trabajo. Este es un asunto en el que la experiencia española resulta especialmente iluminadora, porque la marea de inmigrantes no se repartió uniformemente por toda la geografía. Mientras en algunas regiones la población foránea llegó a representar una cuarta parta de la total, en otras casi no hubo. Libertad González Luna (Pompeu Fabra) y Francesc Ortega (Queens College) aprovecharon este experimento natural para determinar el comportamiento en unas y otras de los salarios y el empleo, y no hallaron ninguna diferencia relevante. “La inmigración no afectó ni a las remuneraciones ni a la tasa de paro de los nativos”, dice González Luna.

“Es la misma conclusión que alcanzan los estudios realizados en Estados Unidos y el resto de Europa”, coincide la profesora de Economía Política de la Universidad de Barcelona Lidia Farré. “Los extranjeros no le arrebatan nada a los autóctonos porque no son sustitutos perfectos”.

“Al principio, se ocupaban de las tareas que nadie quería, como la recogida de fruta de temporada o el servicio doméstico”, coincide la catedrática del País Vasco Sara de la Rica. Pero ni siquiera cuando más adelante empezaron a introducirse en sectores donde sí había trabajadores locales se produjo un perjuicio. ¿Por qué?

El profesor de la Universidad de California Giovanni Peri explica que en un modelo estático, en el que la inmigración impulsa la oferta de empleo mientras todo lo demás permanece igual, el resultado es un aumento del paro, una caída de los salarios o una mezcla de ambas cosas. Pero los recién llegados necesitan vivienda, comida, ropa… Esa demanda abre oportunidades de negocio para todos. Además, los empresarios aprovechan la abundancia de mano de obra para acometer nuevos proyectos. Y hay un desplazamiento de los nacionales a puestos de mayor cualificación. “Muchas mujeres que antes eran empleadas del hogar se hicieron cajeras”, dice De la Rica. “Y los albañiles pasaron a dirigir cuadrillas”.

Esta reasignación de tareas facilita una especialización que nos hace a todos más productivos. “El rumano que cuida el césped del físico nuclear está contribuyendo indirectamente a desvelar los secretos del universo”, observa Alex Tabarrok.

¿Y por qué tanta gente comparte la tesis de que la inmigración está sometiendo a nuestras sociedades a una presión insoportable?

En primer lugar, las medias son siempre engañosas. El que el impacto a escala nacional sea “leve”, como apunta la OCDE, es compatible con que en lugares concretos sea alto o incluso muy alto.

Segundo, muchos países ya presentaban carencias en algunas áreas (vivienda, escuelas) y un incremento abrupto de la población las ha exacerbado, aunque no sea su causa principal.

Finalmente, hay un aspecto cultural. Collier señala que las sociedades avanzadas dependen de “juegos de cooperación frágiles”. Guardamos cola en el consultorio porque los demás también lo hacen. Y entregamos a Hacienda una porción considerable de nuestros ingresos a cambio de que haga un uso justo de ellos. Pero si nadie respeta los turnos y percibimos que ciertos grupos abusan de los servicios públicos, dejamos de cooperar. “A medida que la diversidad crece”, argumenta Collier, “disminuye la cohesión y los ciudadanos se muestran menos proclives a sufragar los programas de bienestar”.

El historiador Niall Ferguson es todavía más pesimista. En un artículo titulado “París, víctima de la complacencia” aseguraba que la Unión Europea asiste hoy a “unos procesos extraordinariamente similares” a los que provocaron la caída de Roma. “Ha abierto sus puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin [obligarlos a] renunciar a su fe ancestral”. Por supuesto, “la mayoría viene con la esperanza de tener una vida mejor”, pero “los monoteístas convencidos son una grave amenaza para un imperio laico”, porque “tienen convicciones difíciles de conciliar con los principios de nuestras democracias liberales”.

¿Se han vuelto nuestras sociedades demasiado diversas para resultar manejables? (Foto: Valter, Flickr.com)

Flickr Ruperto Miller

Trump en Europa. Nieves C. Pérez Rodríguez

 “Los países europeos tienen que pagar más por su defensa”, es lo que ha afirmado Trump desde el principio de su legislatura. Y aunque esta afirmación es sensata, lo que debería discutirse es sobre las maneras en que se han dicho las cosas. En diplomacia las formas, los gestos y las palabras tienen mucho peso. Y de eso poco parece conocer Trump, quien no quiso esperar ni tan siquiera a un segundo encuentro para reclamarle a sus socios de la OTAN el aumento de sus cuotas. De acuerdo con Robert E. Litan y Roger Noll (expertos del Brookings Institute) Alemania, Canadá, Italia y España tendrían que aumentar su aportación en unos 10 mil millones de dólares. Pero incluso aumentando esas cuotas, Washington ahorraría tan sólo 16,6% de su presupuesto actual de defensa. Lo que lo situaría en el 3% de su PIB, por lo que continuaría siendo el mayor socio de la alianza Atlántica.

La solicitud de Washington de que cada miembro de la OTAN aporte un 2% de su PIB no es descabezada -es más, ya había sido acordada previamente-, así como no lo es tampoco el planteamiento del término, pues entraría en vigor en el 2024, con lo cual, los países tendrían tiempo para recalibrar sus presupuestos y afinar cuentas.

Pero las torpezas de Trump y sus burdas formas pueden pasarle factura. Como el grave error que cometió al atacar las políticas de Theresa May, quien lidera el país más cercano y gran aliado de Estados Unidos en Europa y en el mundo.

Que Trump tenga su opinión acerca de las políticas domésticas inglesas no es de extrañar, pero que exprese públicamente sus opiniones en forma de críticas en una visita oficial a ese país puede ser considerado una injerencia en los asuntos domésticos, además de un gran desatino diplomático.

La OTAN es la organización militar más poderosa del mundo. Se creó en un momento histórico en el que Europa necesitaba a gritos de intervención extranjera para equilibrar dictadores y movimientos políticos hiper radicales que se había cobrado la vida de muchos millones de ciudadanos.  Claramente, las circunstancias de hoy no son las de hace 70 años, pero su compromiso sigue intacto en garantizar la paz y la libertad a través de la resolución pacífica. Esta alianza, a través de los años, se ha convertido en garante de la seguridad del mundo, traspasando las fronteras de sus miembros. Y Asia no escapa de este compromiso. Así lo ha afirmado el emisario especial de la OTAN el mes pasado, James Appathurai, asegurando que Asia Central fue catalogada como una región estratégica, incluso antes de la guerra de Afganistán.

Estados Unidos ya ha intentado en varias ocasiones incorporar socios asiáticos a la Alianza, como los países miembros de la ASEAN. Con los ojos puestos en el titánico crecimiento de China y su desarrollo militar, junto con sus pretensiones expansionistas, que la OTAN tuviera más presencia en el Pacífico ayudaría a equilibrar fuerzas en la región y frenaría un poco a Beijing. Además de neutralizar el gran dolor de cabeza, Corea del Norte, que ha mantenido la región y más recientemente una amenaza para el propio territorio estadounidense, una vez que Pyongyang demostró el otoño pasado que tiene capacidad de lanzar misiles de largo alcance.

Sobre todo, después del encuentro en Singapur, y del desastroso viaje de Mike Pompeo a Pyongyang la semana pasada, Trump debería estar aglutinando aliados que lo apoyen en la resolución del conflicto que su administración considera el mayor problema a resolver, con el que se enfrentan.

Algo tan frágil como la seguridad europea debería estar en manos de sus propios miembros. El hecho de que Estados Unidos haya sido el mayor financiero de la OTAN obedeció a un momento histórico que ha cambiado. Los líderes europeos deberían entender que la seguridad es clave para proteger sus territorios, sus valores y a sus ciudadanos de cualquier amenaza, aunque no dé votos en las urnas electorales como las políticas de izquierdas (beneficios, pensiones, seguridad social, etc.). La petición de Trump no es equívoca, pedir más compromiso económico es legítimo, el problema es cómo lo ha pedido. La falta de tacto político está poniendo a Trump en una situación de aislacionismo, en vez de cultivar aliados va por ahí diciendo sandeces en foros de cooperación y entendimiento. Al final, el problema no sólo es lo que dice sino cómo lo dice. (Foto: Flickr, Ruperto Miller)

Flickr Lola Aguilera

INTERREGNUM. Pekín en los Balcanes. Fernando Delage

El pasado 7 de julio, el primer ministro chino, Li Keqiang, se reunió en Sofía con sus 16 socios de Europa central y oriental (PECOS) para su séptima cumbre anual. Desde su formación en 2012, el grupo (conocido como “16+1”) se ha convertido en un instrumento para la penetración china en Europa, a través de los Estados menos desarrollados del Viejo Continente, así como de los todavía candidatos a la adhesión. Hay analistas que consideran el formato como un medio para dividir a la Unión Europea, creando una especie de dependencia de China para los PECOS. Los hechos no dan motivos para tal conclusión, aunque no deben perderse de vista algunos de sus efectos políticos.

De la alarma externa por el nacimiento del grupo se ha dado paso en la actualidad a un creciente escepticismo entre los propios participantes europeos. Las “inversiones” que esperaban son más bien préstamos de la banca pública china, que habrá que devolver —con sus intereses— pese a la discutible rentabilidad de muchos de los proyectos planificados. El temor al endeudamiento y las dudas sobre la fiabilidad técnica de varios de esos proyectos, están en el origen de una cierta decepción que se ha hecho visible en el encuentro en la capital búlgara. El desfase entre la retórica de reuniones anteriores y la realidad que parece asumirse hoy no deja de ser, sin embargo, una consecuencia de la falta de transparencia sobre los objetivos del grupo.

Aunque se trata de una fórmula multilateral, es una estructura bajo la cual Pekín persigue sus intereses de manera bilateral, en particular con aquellos países con marcos regulatorios más débiles —o directamente opacos— para la inversión exterior. Esto explica quizá que los cinco miembros que aún no pertenecen a la UE (Albania, Bosnia, Macedonia, Montenegro y Serbia) reciban la mitad de las inversiones chinas en infraestructuras del total de los 16. Pekín habrá consolidado su presencia en ellos una vez que se produzca su incorporación a la Unión.

Con todo, si los PECOS —a los que China dirige apenas el 10 por cien del total de sus inversiones en el continente— tienen importancia para la República Popular es porque ocupan el espacio a través del cual la Ruta de la Seda llega a Europa occidental. Es en esta última donde se encuentran los mercados de alto nivel adquisitivo y las empresas tecnológicas prioritarias para Pekín. Su control del puerto de El Pireo, o su apoyo al tren Belgrado-Budapest, entre otros esfuerzos, responden a esa lógica de interconexión que contribuirá a facilitar los intercambios comerciales y financieros entre la República Popular y la UE.

Con todo, más allá de los intereses económicos, deben tenerse asimismo en cuenta las implicaciones políticas del acercamiento chino. Hace ahora dos años, Hungría, Croacia y Grecia obligaron a “dulcificar” el lenguaje de la declaración comunitaria sobre el fallo del Tribunal Permanente de Arbitraje que negó los argumentos de Pekín sobre su soberanía sobre las islas del mar de China Meridional. Más recientemente, ya se trate de derechos humanos, de la supervisión de las inversiones chinas, o de las dificultades de acceso a su mercado, varios de estos Estados miembros —Hungría normalmente al frente— suelen bloquear toda posición europea crítica con Pekín.

Pero de nada sirve preocuparse por la influencia china si la República Popular ofrece a los PECOS lo que éstos no parecen encontrar en otros socios o instituciones. La próxima cumbre bilateral de la UE con China, y el documento estratégico sobre interconexión en Eurasia —que se espera adopte el Consejo Europeo en octubre— deberían permitir avanzar en un enfoque de conjunto, que identifique en mayor detalle los intereses del Viejo Continente en su relación con Pekín y —casi más importante— proporcione los instrumentos y las estrategias para defenderlos. (Foto: Flickr, Lola Aguilera)

Flickr Paco Trujillo

¿Qué hacemos con la inmigración? (1). Barcelona o muerte. Miguel Ors Villarejo

Más de 12.000 inmigrantes ilegales han arribado este año a nuestras costas. Por el camino se han quedado al menos otros 300. “¿Qué impulsa a alguien a arriesgar su vida para trabajar en la economía sumergida?”, se preguntaba la investigadora del Banco Africano de Desarrollo Linguère Mously Mbaye a raíz de la tragedia de la playa ceutí del Tarajal. Y tras contar que el lema con que los senegaleses se embarcan en esta odisea es Barcelona o muerte, añadía: “Prefieren ahogarse que quedarse en Senegal”.

La lógica económica que alimenta los flujos migratorios es tan arrolladora como esta desesperación. “En 2000”, escribe el catedrático de Harvard Richard Freeman, “un mexicano con entre cinco y ocho años de escolarización ganaba 11,2 dólares por hora en Estados Unidos y 1,82 en México”. Esa diferencia succiona literalmente a los hispanos al otro lado del río Grande.

¿Y por qué ganan tanto más? Porque su productividad se dispara. “Las naciones ricas son ricas porque están bien organizadas y las pobres son pobres porque no lo están”, explica The Economist. El obrero de una fábrica de Nigeria es menos eficiente de lo que podría serlo en Australia porque la sociedad que lo rodea es disfuncional: la luz se corta, las piezas de recambio no llegan a tiempo y los gerentes están ocupados peleándose con burócratas corruptos. Cuando el emigrante accede a un país rico, se beneficia de las ventajas del buen gobierno y el estado de derecho.

El derroche de talento que supone dejar a millones de individuos atrapados en economías improductivas no es una tragedia únicamente para ellos, sino para todo el planeta. “Las escasas estimaciones rigurosas que se han realizado de las pérdidas que ocasionan las barreras al movimiento de personas dejan boquiabiertos a los expertos”, escribe el investigador Michael Clemens.

“Si el mundo desarrollado permitiera que la llegada de extranjeros expandiera su fuerza laboral en apenas un 1%”, calcula el economista Alex Tabarrok, “la creación adicional de valor para esos emigrantes superaría toda la ayuda oficial”.

Es mucho dinero (unos 135.000 millones de dólares en 2014), pero Tabarrok especifica claramente que sus beneficiarios serían “esos emigrantes”. ¿Qué pasa con los que quedan atrás? ¿No descapitalizan las regiones que abandonan? Esa fuga de cerebros provocó en 1995 una dramática llamada de auxilio del Banco Mundial. “¿Puede alguien hacer algo para detener el éxodo de mano de obra cualificada de los países pobres?”, clamó. El catedrático de Columbia Jagdish Bhagwati incluso propuso que se gravara a los emigrantes con un impuesto especial, cuya recaudación se destinaría a reparar el daño infligido a sus compatriotas.

Pero si ese daño existe es tan insignificante que nadie lo ha detectado. Lo que por el contrario si está probado es que la perspectiva de emigrar altera la estructura de incentivos. Millones de indios se hacen ingenieros con la esperanza de emplearse algún día en Estados Unidos, pero no todos lo logran. El resultado es que India acaba con un nivel de educación superior al que tendría si se detuviera el éxodo. “La emigración es un estímulo para la formación de capital humano, no la culpable de una fuga de cerebros”, sentencian los economistas Oded Stark y Yong Wan.

“Cualquier pérdida que pudiera generar el emigrante la compensaría además con sus remesas”, añade Lidia Farré, profesora de Economía Política de la Universidad de Barcelona. El volumen de estos envíos ascendió el año pasado a 573.000 millones de dólares, según el Banco Mundial. En algunos lugares, este capítulo de ingresos supone hasta el 20% del PIB.

Queda claro, por tanto, que la emigración beneficia a los países emisores, pero ¿qué sucede con los receptores? Aquí circulan varios equívocos que conviene deshacer. De ellos nos ocuparemos en la próxima entrega. (Foto: Flickr, Paco Trujillo)

Official White House Photo by Andrea Hanks

El grano y la paja

Una vez más, y podemos estar entrando en un bucle sostenido, hay que insistir en la necesidad de separar el grano de la paja en lo que al atrabiliario presidente Donald Trump hace referencia. Y hay que reconocer que el personaje no pone mucho de su parte para facilitar ese proceso intelectual.

De la gira europea del presidente norteamericano, en los medios de comunicación y, lo que es peor, en los discursos de muchos dirigentes políticos quedan sus exabruptos, sus inoportunidades, sus salidas del protocolo real británico y su falta de tacto. Es decir, la paja.

Mucho menos se han comentado, analizado y debatido sus afirmaciones sobre la progresiva dependencia energética europea del gas ruso (con las implicaciones estratégicas que eso tiene), la necesidad de un mayor presupuesto para la defensa europea, la declaración de guerra comercial y las implicaciones que puede tener su relación bilateral con Putin. No por las afirmaciones simplistas de que son más aliados sino porque su evidente choque puede llevar a un acuerdo sobre intereses comunes a costa de una Unión Europea inerme y que tiende al apaciguamiento con Rusia y al choque con Trump. Una Europa sin estrategia clara. Ese es el grano.

En ese contexto, al no insistirse en que Trump es una contingencia en una relación estratégica que no solo no puede ser cuestionada, sino que por si misma explica las libertades en Europa, la UE ve como EEUU, Rusia y China fortalecen su presencia en un escenario cada vez más complejo.

Trump se equivoca con el proteccionismo nacionalista, pero cuando Rusia y China lo critican, ellos que siguen siendo poco partidarios de las libertades, no deben engañar. Todos, Europa incluida, mantienen políticas proteccionistas que penalizan a los países pobres y a sus propias sociedades. Y el debate debe empezar ahí. Aunque algún día habrá que hablar de los gastos en defensa. Del grano. (Foto: Flickr, Official White House by Andrea Hanks)

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Evento: Alicia García Herrero 艾西亚 女士: El siglo de China: consecuencias para Europa. Isabel Gacho Carmona

El 21 de junio tuvo lugar en Madrid el I Foro Internacional: China, ¿La potencia del siglo XXI? Fue una jornada organizada, entre otros, por Cátedra China y marcada por un interesante debate sobre el papel de China en el nuevo orden internacional. Alicia García Herrero, en su ponencia, reflexiona sobre este tema y sus consecuencias para Europa.

La ponente, ante la pregunta “¿Es china la potencia del siglo XXI?” contesta con un sí rotundo “pero en términos económicos”, apunta. “Yo soy economista”. “Sin embargo, todavía muchos americanos y europeos ven el crecimiento chino como una burbuja que terminará explotando”. La economista Jefe para Asia-Pacífico en NATIXIS, Miembro Senior de BRUEGEL y Profesora Adjunta en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong asegura que, aunque en EEUU se ha roto el velo de la ignorancia respecto al ascenso del gigante asiático, todavía cuesta aceptar que su rol en el mundo puede cambiar, “ningún hegemón quiere perder su silla”.

El próximo 6 de julio Estados Unidos se propone aplicar aranceles a 1.100 productos chinos, sobre todo tecnológicos, por un valor de 34.000 millones de dólares. Esta guerra comercial no es la primera contienda. Antes de ella, las inversiones o los visados fueron el campo de batalla. The Committee on Foreign Investment in the United States (CFIUS), Agencia que tiene la tarea de revisar fusiones extranjeras, adquisiciones y otras inversiones extranjeras para preservar la seguridad nacional y que en el pasado frenó muchas inversiones europeas, en la actualidad reprime en su mayoría inversiones chinas, sobre todo en sectores tecnológicos, como Huawei.

El riesgo que supone el ascenso de China, aunque según García Herrero no se ha entendido en toda su magnitud desde EEUU, se empezó a vislumbrar en la era Obama, en una Cumbre de APEC. En cualquier caso, el objetivo de EEUU es, o debería ser, frenar el ascenso tecnológico de China, no solo reducir el déficit comercial. “Puedes comprar un Boeing y desmontarlo, pero eso no basta para poder producirlo”. Por el momento, China cuenta con tecnologías con las que EEUU no dispone, como el social scoring, pero en capacidades tecnológicas tan importantes como los semiconductores sigue por detrás. Esto nos indica que no tiene porqué ser tarde para parar a China. Aunque el régimen de Pekín es frágil (basa su legitimidad en la prosperidad económica en detrimento de derechos civiles y políticos), para García Herrero el de Washington es todavía más frágil. “No es la fortaleza de China, es la debilidad de EEUU. El hegemón ha perdido el norte”. “Es una cuestión de fuerza relativa. EEUU está usando instrumentos erróneos”. Voces tan influyentes como la de Larry Summers han quitado peso al ascenso tecnológico chino, y esto solo puede favorecerlo.

Pero… y Europa, ¿qué? Las inversiones chinas en Europa casi doblan a las norteamericanas, y, de estas, el 70% son en empresas de tecnología industrial. García Herrero, fuertemente europeísta, defiende que Europa puede y debe jugar bien su papel de bisagra. EEUU teme a China, aunque no lo diga abiertamente, y Europa juega un papel más parecido al de súbdito que al de socio en la alianza transatlántica. ¿Sabemos qué queremos para nuestro futuro? No es tarde para Europa, nuestro PIB todavía es superior al chino. Hacia donde se mueva Europa desequilibrará la balanza. No hay por qué anclarse en el pasado porque este es el siglo de China. Ante quienes hablan de Europa como el extremo occidental del mundo, relegado a la periferia del nuevo orden, García Herrero contesta “el mundo es redondo, no hay extremos”.

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Paso a paso

Estados Unidos ha paralizado por tiempo indefinido su agenda de maniobras y despliegues militares en Corea del Sur. Paso a paso se van cumpliendo las condiciones pactadas en Singapur para que el incipiente y poco detallado proceso no se pare.

Ni se puede ni se deben esperar resultados rápidos ni avances espectaculares que mostrar a los medios. Que no pase nada, que no aparezcan obstáculos sobrevenidos y que haya silencio serán ya buenas noticias. Se trata de conseguir un marco de confianza y la mayor lealtad a lo pactado posible para ir tomando medidas que consoliden las condiciones necesarias para los avances posteriores.

Pero Estados Unidos no debe olvidar que desactivar el riesgo de guerra, con ser muy importante, no puede ser suficiente. Corea del Norte es un régimen brutal, con ausencia de derechos para sus habitantes, sin independencia judicial, sin garantías y sin las condiciones necesarias para ir aumentando el bienestar económico y social de sus habitantes que cada vez serán más conscientes de la enorme distancia que les separa de sus paisanos del sur.

China, paradójicamente, es el país que está en mejores condiciones para ayudar en ese proceso de avance hacia un mayor bienestar y, a la vez, y Estados Unidos no debe olvidarlo, quien puede sabotear o ralentizar el avance. Las relaciones chino-americanas y la resolución de sus diferencias de manera ordenada y a favor de la libertad de comercio se vuelven en este contexto esenciales.

Trump, debe subrayarse, no es el líder adecuado para esto, dado su nacionalismo económico y sus gestos populistas que le emparentan con la extrema derecha y la extrema izquierda europea (que por cierto gobiernan aliadas en Italia). Pero Estados Unidos ha sido el garante del bienestar y la supervivencia de Europa, y el fortalecimiento de la relación trasatlántica debe seguir siendo el eje estratégico. En muchas decisiones Europa no es menos proteccionista que Estados Unidos así que la demagogia no es un buen instrumento para avanzar. Y lo peor es que, mientras dos sistemas armados arancelariamente se disputan los mercados, sistemas emergentes son penalizados al ritmo de la restricción de la libertad comercial y la globalización. (Foto: AM Camargo, Flickr)

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INTERREGNUM: Macron marca el camino. Fernando Delage

En enero fue Pekín, en marzo Delhi y, la semana pasada, Canberra. Los franceses no votaron a Emmanuel Macron para hacerle viajar. Pero el presidente tiene claro que, además de revitalizar las instituciones y la economía desde lo que denomina el “centro radical”, la política exterior es una variable central de su agenda. Lo es de forma natural por el concepto que Francia tiene de sí misma. Lo es también—y es lo que importa a nuestros efectos—porque los condicionantes alemanes y el suicidio británico hacen de Macron el único líder posible hoy de Europa. Y pocas cuestiones serán tan determinantes del futuro del Viejo Continente como su respuesta al ascenso de Asia y, en particular, a la irrupción del gigante chino.

El desafío es, a un mismo tiempo, económico, geopolítico e ideológico. Sólo con respecto a la primera dimensión es innegable el papel de la Unión Europea. Mayor bloque económico del mundo, la UE cuenta en este terreno con los instrumentos para articular y ejecutar una posición común. La suma de acuerdos de libre comercio que se han firmado con socios asiáticos—Corea del Sur (2011), Singapur (2012), Vietnam (2015) y, el más importante de todos, Japón (2017)—revela una decidida estrategia hacia una región a la que destina el 35 por cien de sus exportaciones y en la que es uno de los mayores inversores.

China plantea, no obstante, problemas singulares. Las dificultades de acceso a su mercado y las implicaciones de la Nueva Ruta de la Seda explican el gesto sin precedente de que todos los embajadores europeos en Pekín—salvo uno—hayan firmado un escrito denunciado la falta de reciprocidad y la opacidad de las iniciativas de la República Popular. Si lo han hecho es porque no se trata de un simple problema económico: las inversiones chinas en Europa y las implicaciones de la Ruta de la Seda también plantean un dilema estratégico. Y no puede hablarse aquí de una práctica de posiciones compartidas: ante la elección entre oportunidades de negocio y riesgos de seguridad, hay gobiernos que no han dudado en pronunciarse por lo primero, obstaculizando el desarrollo de un mecanismo comunitario de supervisión de las inversiones chinas. De manera parecida, cuando se trata de denunciar acciones chinas contrarias al Derecho internacional, como su comportamiento con respecto a las islas Spratly, o su política de derechos humanos, siempre habrá quien haga inviable una decisión. En un área de acción comunitaria que sigue siendo intergubernamental, Estados miembros como Hungría y Grecia dificultan la formulación de una estrategia de la UE hacia el que es hoy—junto a Rusia—uno de sus mayores retos.

Ante este déficit de la UE, en un contexto global en el que se agrava la pérdida de peso de Europa, Macron ha asumido las riendas. En el terreno geopolítico no ha ocultado sus reservas sobre las ambiciones chinas dirigidas a reconfigurar el espacio euroasiático y, en Australia, acaba de sumarse a la idea de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”; concepto diseñado por las grandes democracias asiáticas—y Estados Unidos—para equilibrar la creciente influencia china. Macron manda así la señal europea que Federica Mogherini, la Alta Representante de la Unión Europea, no puede transmitir, aunque la comparta.

No menos articulado ha sido el presidente francés en la batalla a más largo plazo por las ideas y valores políticos. Entre sus viajes a India y Australia, también visitó Washington y el Parlamento Europeo. Sus palabras en Estrasburgo recogen como pocos documentos recientes los imperativos del proyecto europeo, en unas circunstancias en que éste afronta la doble amenaza interna de populistas y neonacionalistas, y externa de grandes potencias enemigas de la democracia. En la semana que celebramos el Día de Europa, reconozcamos que el Derecho y la retórica multilateralista no son suficientes para sostener una influencia global. La rivalidad geopolítica y la competencia entre distintos modelos de orden político definirán el sistema internacional del siglo XXI. Un político francés de 40 años está marcando el camino. Confiemos en que haya un número suficiente de gobiernos europeos dispuestos a seguirle. (Ilustración: Shinichi Imanaka, Flickr)