Evento Foro Asia: “Hola, Pekín; Adiós, Washington. El rediseño de Oriente Próximo” Isabel Gacho Carmona

China trata de hacerse un hueco en Oriente Próximo, una región “muy llena” y en la que Estados Unidos cada vez delega más responsabilidades en potencias regionales, pero ¿Cómo lo hace? ¿Qué busca? ¿Qué significa el acuerdo de asociación estratégica con Irán? Son algunas de las preguntas que lanzaba Georgina Higueras durante el foro “Hola, Pekín; Adiós, Washington. El rediseño de Oriente Próximo” y a las que Dolores Algora, Claudio Feijóo y Jesús Núñez trataron de dar respuesta.

Sobre qué busca China en un escenario tan complejo, Núñez, Presidente del Comité Español de la UNRWA sentenciaba que “manda el mensaje de que está preparada para el desafío”. Mientras antes buscaba únicamente “alimentar su propio modelo”, ahora ha dado el siguiente paso aprovechando la dejación de responsabilidades de EEUU. “Ahora tenemos a una China que busca tener presencia física en otros escenarios y tener algo que decir en la gestión de los asuntos de algunos países y de algunas regiones. Irán es un magnífico ejemplo”.

Para Feijóo, Director para Asia de la UPM, este acuerdo de asociación estratégica con Irán “es un acuerdo excelente para China”, una de las piezas clave que le faltaban y que entraña beneficios en materia de energía, de nuevas tecnologías y de estrategia, al presentar una alternativa a Pakistán y ser “el lugar por el que pasan los caminos”. Ahora bien, entraña el riesgo de enfrentarse a sanciones de Estados Unidos. Y es que Irán sabe que está en el punto de mira de Washington y de Tel Aviv para ser derribado, “no para volver a la mesa de negociaciones, para ser derribado”, apuntaba Núñez. Como saben que militarmente es imposible, la estrategia es el ahogo económico. Y el hecho de que China esté rompiendo ese frente de ahogo económico “es un síntoma de que se ve fuerte”, señalaba Feijóo.

Las relaciones de China en la región incluyen también ser el primer socio comercial de Arabia Saudí o de Emiratos Árabes Unidos “¿Crees que el acuerdo con Irán dañará las relaciones de China con el mundo árabe?”, preguntaba Higueras a Feijóo. “Yo no veo a China preocupada”. “China quiere ser el mejor, un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas”. De esta manera, se ve como un referente, como un actor que lleva a cabo acuerdos comerciales porque tiene la capacidad y porque “puede poner sobre la mesa un mercado inmenso”. Así que “no ve esas relaciones, sino que ve, entre comillas, estados más pequeños que van a visitar al emperador”.

En este contexto, ¿la presencia de China no puede hacer más mal que bien, pese a sus máximas de no injerencia y win win? Xi Jinping deja claro en sus discursos que entiende que el origen de los conflictos es la falta de desarrollo económico, y China se presenta como un actor que lo favorece. Ahora bien, “iniciativas como la Franja y la Ruta es injerencia, porque estás construyendo las infraestructuras con empresas chinas y eso tiene implicaciones, como en el caso famoso de Sri Lanka”, señalaba Feijóo.

Y, ante un eventual decoupling ¿dónde caería Oriente Próximo? Los expertos expusieron cómo en Oriente Próximo están triunfando redes sociales chinas por los mecanismos de censura que presentan. O que quien ha lanzado el satélite de comunicaciones de Argelia es China. O  que Pekín ha colocado los sistemas de geoposicionamiento de su GPS en Túnez. Y es que China tiene una visión muy clara del ciberespacio: que este es igual que el espacio físico, y por tanto se aplican las misma reglas. Así, en términos industriales habrían tenido cuidado en los últimos 15 años en intentar mantener dentro del país las cadenas principales de materiales estratégico para no depender del exterior. Aunque tiene debilidades en algunas industrias, ya se ha empezado a dar estos pasos. Por ello, ante la posibilidad de dividir los ciberespacios por completo, China estaría en una posición de ventaja, no solo porque se ha preparado, sino porque es la impulsora de la teoría. Como resumía el Director para Asia de la UPM “El partido no acaba de comenzar, está en el descanso, ya han pasado muchas cosas”.

Elecciones y los vicepresidentes en los Estados Unidos. Nieves C. Pérez Rodríguez

Las elecciones presidenciales estadounidenses están a la vuelta de la esquina en medio de un clima político convulso, una sociedad muy polarizada y el presidente Trump intentando continuar su campaña mientras sigue siendo paciente positivo de Covid-19. A pesar del ingreso en el hospital, Trump no ha hecho más que continuar restándole importancia al virus, con frases como “no dejen que el virus domine sus vidas”. Como si la vida de casi todos los habitantes del planeta no hubiera cambiado radicalmente y la incertidumbre sobre si el futuro se parecerá a lo que conocimos que no nos abandona.

Estas elecciones tienen una característica curiosa. Los candidatos a la presidencia rondan los 75 años. Trump hizo 74 años en junio y Biden hará los 78 este mes. Lo que ha puesto sobre la mesa la realidad biológica de que el candidato que gane podría no acabar el periodo presidencial establecido de cuatro años, por lo que el vicepresidente más que nunca ha tomado una relevancia atípica, pues hay una gran probabilidad que sea alguno de ellos el que termine liderando la nación.

Por el lado demócrata Kamala Harris, con 55 años, es mujer y representa la diversidad de esta nación, elementos clave en un momento de tal polarización que ha quedado demostrado con las masivas protestas que se originaron a raíz de la muerte de George Floyd de manos de la policía. Además, se hizo con una reputación de justa y luchadora por los derechos y la igualdad con su trabajo como fiscal de California y cuyo legado la ayudó a convertirse en senadora de los Estados Unidos.

Mike Pence, por su parte, es conocido en la esfera política como un profundo conservador que ha aprovechado su participación en los medios de comunicación como ancla de radio y tv para infundir valores conservadores. Se describe así mismo como cristiano, conservador y republicano, en ese orden. Simpatizante del “Tea party” y cuya carrera despegó en el Estado de Illinois, donde fue gobernador.

Pence ha jugado un rol muy importante en la Administración Trump, no sólo por ser el vicepresidente sino porque se ha convertido en el neutralizador de las descomposturas de Trump. Cada vez que ha habido una crisis doméstica como la detención de los inmigrantes en las fronteras y la separación de menores de sus familias, Pence ha hecho una aparición magistral para dar una imagen más equilibrada y un discurso más acorde a las circunstancias. Además, Pence cuenta con una gran habilidad para darle vuelta a las preguntas de los periodistas y contestar lo que la Administración necesita decir en un tono moderado.

Pero también Pence fue la persona seleccionada por el mismo Trump para liderar la crisis del Covid-19. En febrero el presidente anunciaba frente a las cámaras que su hombre de confianza estaría al frente del manejo de la peor crisis que ha atravesado esta nación en la historia contemporánea, que ya se ha cobrado la vida de 210 mil ciudadanos y ha dejado sin empleo a millones.

El debate de los vicepresidentes la semana pasada demostró que ambos candidatos a la vicepresidencia son políticos con experiencia y buenos comunicadores de sus mensajes. Ambos cuentan con una trayectoria que en el caso de Kamala la ubica más en el centro y en el caso de Pence más en la derecha tradicional. Pero que en ambos casos han intentado capitalizar en votos.

Pence es un profundo conservador que incluso a muchos republicanos previos a la era Trump les resulta “extremo” de acuerdo con una fuente que trabajó para el partido republicano durante veinte años y que abandonó el partido una vez que Trump ganó las primarias hace 4 años.

A Kamala la extrema izquierda la tilda de ser de muy de centro y han intentado demostrarlo con su actuación como fiscal. Asimismo, la derecha usa los mismos argumentos en su detrimento. En efecto, el mismo Pence han aprovechado la situación políticamente y ha hecho énfasis en que ella no representa a la izquierda de Berni Sander o Alexandria Ocaso Cortés (personajes ubicados en el extremo del partido demócrata y que cuentan con muchos seguidores). 

La posición sobre el aborto es sin lugar a dudas uno de los asuntos que más separan a ambos, y este tema trae a colación el nombramiento del juez a la corte suprema de justicia para reemplazar la vacante dejada por la reciente desaparición de la juez Ruth Bader Ginsburg, quien luchó incansablemente por los derechos de las mujeres y las minorías y que es respetada por su trayectoria por ambos partidos. Pero el partido republicano está apostando a ocupar esa silla con un juez conservador que los ayude a aprobar o desestimar casos que se eleven a esta instancia.

En cuanto a la política exterior, en el debate Pence recordó que el “virus chino” es culpa de China y que Trump actuó rápido bloqueando el acceso de vuelos provenientes de China como primera medida extrema. Mientras que Harry atacó “la pésima gestión de la crisis por parte de la Administración” y mencionó el hecho de que Trump eliminó la oficina de control responsable de monitorear pandemias en la Casa Blanca, porque había sido creada por la Administración Obama.

Durante el debate ninguno de los dos dio clave alguna de lo que sería su política exterior hacia China. De continuar, la Administración actual prevé una situación similar a la que hemos vivido, el tira y encoje con Beijing continuará, aunque se debe reconocer que la Administración Trump ha tomado medidas parar y denunciar muchos de los abusos del PC chino. Y de haber una Administración Biden es previsible que no se vuelva a la era Obama, pues mucha de la presión a Beijing es producto del Congreso, del Departamento de Estado y del Departamento del Tesoro, pero las formas desde luego serían más diplomáticas y menos provocadoras.

Sería muy difícil para la Administración estadounidense 2021-2025 (sea del partido que se), obviar lo que está haciendo Beijing en el Pacifico, dejar a un lado lo que han hecho con Hong Kong, el peligro que corre Taiwán y el peligro del avance económico y tecnológico de China, pues todo representa un alto riesgo a la seguridad y defensa de los Estados Unidos que seguirá siendo una gran preocupación para el que sea que se convierta en el inquilino a la Casa Blanca y sin duda su vicepresidente.

El Covid-19 se instala en la Casa Blanca. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Covid-19 ha sido el gran dolor de cabeza de los políticos durante este año, en busca de encontrar una fórmula para evitar un colapso económico mientras se intenta contener el contagio masivo.  Estados Unidos no ha manejado bien esta crisis y tampoco ha liderado internacionalmente el manejo de ésta frente al titubeo de la OMS al comienzo de este caos. Trump decidió quitarle los fondos a la organización y salirse de la misma. Una vez más, el presidente de la mayor economía del mundo dejaba ver su temperamento y diplomacia atropellada que, a pesar de los cuatro años en el poder, sigue sorprendiendo.

Todos los meses de la pandemia han pasado con un mundo medio paralizado, una economía mundial que deja ver los efectos de la cuarentena y unos Estados Unidos que se han resistido a imponer normas para evitar más contagios, como el uso obligatorio de mascarillas, la distancia social de grupos y regulaciones en cuanto al número de visitantes a restaurantes y bares. Lo cierto es que en la cultura anglosajona imponer normas que coarten la libertad se convierte en un gran dilema, porque el Estado como institución no puede obligar a sus ciudadanos a seguir estos protocolos sanitarios basado en que atentan contra la libertad individual. Y sin justificar el comportamiento de Trump frente a la crisis, es cierto que no es habitual que desde la Casa Blanca se regule el comportamiento ciudadano o el manejo de una situación puntual -como el covid-19- a los 50 estados que conforman la nación.

Sin embargo, desde principio de año Trump se resistió a dar importancia a la magnitud de la crisis. Se resistió también a presionar para que se tomaran medidas más drásticas, por temor al efecto negativo en la economía, que ha sido siempre su obsesión. Se resistió también a abogar por el uso de la mascarilla como mecanismo de prevención de contagio. Y para colmo contradijo en público en múltiples ocasiones a las autoridades sanitarias más capacitadas del país, para intentar disminuir la gravedad del asunto.

Y exactamente a un mes de elecciones presidenciales en Estados Unidos, y en el momento más álgido de la campaña, Trump informa desde su cuenta de Twitter que la primera dama y él han contraído Covid-19. Como un castigo divino a tanta negación y resistencia al virus, o simplemente por el hecho de no haber sido más precavido, el presidente y parte de su equipo y algunos senadores republicanos ahora han contraído el virus.

En plena campaña electoral el contagio puede ser mucho más alto, porque los eventos electorales y las reuniones con los asesores de la campaña estaban haciéndose a diario. Paralelamente, Trump intentaba conseguir logros políticos, como la nominación de la juez Amy Coney Barret a la Corte Suprema, por lo que hicieron un evento el pasado sábado 27, en los jardines de la Casa Blanca, en el que participaron un gran número de autoridades y miembros del gabinete y ninguno de ellos portó una mascarilla. De acuerdo con fuentes internas, hubo también reuniones a puerta cerrada con algunas de estas figuras. Además, Trump estaba preparándose para el primer debate presidencial con el candidato John Biden, por lo que estuvo reunido en privado con grupos diferentes previo al diagnóstico.

La dificultad de esta situación es que políticamente podría complicarse el panorama para la Administración si más senadores republicanos siguen dando positivo, porque eso podría ocasionar que no lleguen a tener la mayoría en el Senado para la votación de la juez a la corte suprema, o alguna legislación que requiera ser votada en los próximos días previo a las elecciones. Porque tal y como establece la ley, los senadores tienen que estar presente en el hemiciclo para ejercer su voto. Pero también pone al país en una situación vulnerable si otros miembros de la Administración dan positivo. De momento el vicepresidente Pence ha dado negativo y planifica continuar con el liderazgo de la campaña electoral, pero su rol ahora mismo debería ser el quedarse en la Casa Blanca y estar listo para liderar la nación frente a una situación en la que el mismo Trump quede imposibilitado por unos días.

El sábado pasado Trump twitteaba un video en el que aparecía dando un corto mensaje a la nación agradeciendo los buenos deseos mientras daba una imagen de control a pesar de estar afectado por el virus, y en el que admitía que por su edad estaba más afectado que Melania quien es 24 años más joven que él.

Las próximas horas serán clave para determinar el rumbo político de Estados Unidos, y la salud de Trump. Pero de momento el partido de oposición ha suspendido toda la propaganda negativa en contra de Trump y los mensajes públicos de los demócratas han suavizado el tono como un gesto solidario a la salud del presidente.

Es prematuro pronosticar los resultados electorales, pero lo que sí es claro es que el electorado de Trump es fiel y no cambia de opinión frente a comentarios o circunstancias. Y el electorado de Biden reúne a todo lo anti Trump y a los que culpan a la Administración de la mala gestión de la pandemia. Con un presidente convaleciente, la Bolsa también ha sentido el impacto, además de una economía golpeada por los efectos del Covid-19. Como todo 2020 ha sido impredecible e incierto, las siguientes cuatro semanas lo serán porque dependerán de la evolución médica del presidente.

INTERREGNUM: Pompeo en el Vaticano. Fernando Delage

Desde hace casi dos años, analistas y especialistas académicos discuten si la relación entre Estados Unidos y China puede calificarse, o no, como “Nueva Guerra Fría”. La analogía resulta comprensible por el alcance de la rivalidad entre ambas potencias, aunque el mundo del siglo XXI no puede ser más diferente del de la segunda postguerra mundial. Quienes piensan que estamos frente a una nueva era bipolar pueden recurrir como evidencia a la retórica ideológica desplegada por la administración Trump en los últimos meses, y que se suma a la guerra comercial y tecnológica emprendida desde 2018.

El pasado 23 de julio, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, pronunció en la que fue casa del presidente Nixon en California, unas palabras cuyo lenguaje recordaban al empleado contra la Unión Soviética en los años cincuenta. Al describir la lucha por la libertad contra el Partido Comunista Chino como “la misión de nuestro tiempo”—Washington ya no habla del Estado chino sino del partido gobernante—, su denuncia de “esta nueva tiranía” revela el deseo de un cambio de régimen en Pekín; un esfuerzo para el que solicitó la ayuda de todas las democracias: “si el mundo libre no cambia la China comunista, ésta nos cambiará a nosotros”, indicó. La escasa sutileza del jefe de la diplomacia norteamericana puede deberse a sus ambiciones políticas futuras, pero difícilmente contribuirá a relajar las tensiones con la República Popular, o a frenar la rápida pérdida de credibilidad internacional de Estados Unidos.

El 1 de octubre Pompeo llevó su campaña hasta la Santa Sede. Dos semanas después de escribir un artículo en el que acusó al Vaticano de comprometer su autoridad moral por llegar a un acuerdo con Pekín sobre el nombramiento de obispos en 2018, el secretario de Estado quería sugerir en persona la no renovación de dicho acuerdo—que vence a finales de mes—, así como la conveniencia de una condena explícita de los abusos a los derechos humanos en China. Esta interferencia directa en los asuntos de la Iglesia Católica explica—junto a la cercanía de las elecciones presidenciales—que no fuera recibido por el Papa. Aunque pensar que el Vaticano estaría dispuesto a alinearse con Estados Unidos en su guerra fría contra China, y renunciar a un acuerdo que costó treinta años de negociaciones, revela un profundo desconocimiento de la diplomacia vaticana, la presión de Washington puede ser indicación de que la “normalización” de las relaciones entre la Santa Sede y Pekín continúa avanzando.

En un contexto de crecientes tensiones con otros países—de sus vecinos asiáticos, a Europa y Estados Unidos—, Pekín tiene un interés aún mayor por mantener abierto un canal de comunicación con el Vaticano. El más pequeño y del mayor de los Estados del sistema internacional comparten, además de su continuidad de siglos, un sentido del tiempo y una paciencia estratégica que les diferencia de otras naciones. Desde la elección del Papa Francisco en 2013, sólo un día antes de que Xi Jinping asumiera la presidencia de la República Popular, se ha renovado un acercamiento que, más allá de la dimensión pastoral de la selección de obispos, supone todo un giro histórico.

China versus USA. ¿Quién prevalecerá? Nieves C. Pérez Rodríguez

La gran pregunta que mantiene a los analistas internacionales en vilo y a los gobiernos en ambos lados del Atlántico alerta es lo que llevó a Alfredo Toro Hardy a escribir su último libro, publicado por World Scientific en agosto de este año. Con el título: China versus USA. ¿Quién prevalecerá?, la obra escrita en inglés aporta datos y elementos claves que, a lo largo de la historia de ambas naciones, definen su liderazgo y su posición en el mundo.

El autor comienza explicando los elementos individuales que hacen la rivalidad entre ambos actores tan compleja. Parte de una explicación histórica basada en el origen de cada imperio. En cuanto a China, explica, posee una historia milenaria que se sustentado sobre los mismos principios a lo largo de cada una de sus etapas. Cada dinastía se consideró el centro del universo, pero su universo era realmente Asia, porque era lo que ellos conocían y todo aquel que no era chino, era considerado como “bárbaro”.

China dominó el comercio en la región, se reconocían asimismo como superiores y, por lo tanto, merecedores de controlar Asia. Pasó de tener el mayor PIB en el mundo durante el siglo XVIII al más pequeño durante la I Guerra Mundial. La caída de China tuvo lugar justo en el momento en el que despegaba Estados Unidos, en un extraordinario crecimiento que lo convirtió en la gran potencia del siglo XX.

Toro Hardy hace un recorrido por las relaciones bilaterales de ambos países. Todo comenzó, explica, con el presidente Nixon quien en 1969 defendió públicamente abrir relaciones con China. Así como también lo hacía Mao Zedong en Asia. En el proceso, Henry Kissinger visitó Beijing un par de veces en 1971 para abonar el camino a lo que serían las relaciones que estaban a punto de comenzar.

Finalmente, Nixon visita Beijing y con ello Estados Unidos reconocía al PC chino como legítimo gobierno de China; y China, por su parte, aceptaba el liderazgo estadounidense en la región asiática. Tal y como dice el autor: “Solamente Nixon con una trayectoria anticomunista pudo haber hecho esta maniobra y no salir perjudicado”.

Fue Estados Unidos quien insertó a China en el mundo globalizado, quien le dio acceso a fondos del Banco Mundial y el Fondo Monetario internacional, así como otras organizaciones internacionales. Y muy importante, acceso a “mercados no comunistas”. Pero, afirma el autor, fue China quien aprovechó todas esas plataformas para dejar atrás el siglo de humillación, en el que tuvo lugar las guerras del Opio y la pérdida de territorios.

En diciembre de 1978 con el slogan de “Apertura y Reforma” el comité del PC chino inauguraba una nueva etapa, tanto doméstica como internacional. Y fue también en la era de Deng Xiaoping que se acuñó la frase de “socialismo con características chinas”, que el autor describe como pragmatismo chino acertadamente.

El autor, un diplomático de carrera venezolano, cuenta además con una larga trayectoria académica, desmenuza los elementos que han hecho que China se haya convertido en un único modelo de desarrollo en tan sólo unas pocas décadas. Explica que China ha estudiado el modelo de desarrollo estadounidense y lo ha copiado. Entendieron rápidamente que la ciencia y la tecnología son la clave para competir por el liderazgo internacional. Así como la educación debía convertirse en el centro para sacar de la pobreza al pueblo y reposicionar al país. “El gobierno chino invierte 20% de su presupuesto en educación, y a eso se le tiene que sumar, además, el gasto que hacen muchísimas familias en pagar por educación privada para sus hijos, tanto dentro como fuera de China. Este presupuesto llega a ser el 50% del presupuesto del Estado. China es el país número uno en enviar jóvenes a estudiar en el exterior, y muchos de ellos tienen como destino los Estados Unidos.

China ha hecho una fusión de lo que ha aprendido de sus errores mientras mantiene sus valores históricos. Un ejemplo de ello es el “Tin Xia” que consiste en un sistema en el que generan dependencia de sus vecinos hacia ellos, como el mejor sistema de dominación pacífica. Elemento que parece haber tomado mucha importancia durante la pandemia, y no sólo de sus vecinos, sino del resto del planeta, con la carencia que hubo de insumos médicos y farmacológicos.

Aunque el Toro Hardy deja claro que el liderazgo de Estados Unidos no es discutible de momento, pues Silicon Valley sigue siendo el centro tecnológico número uno del mundo, o que Estados Unidos posee 11 de las 20 mejores universidades del planeta, y en cuanto al poderío militar, posee el más robusto sin duda. No obstante, el abandono de los foros internacionales, como el TPP en Asia, ha sido un gran desliz, pero el peor error de Washington, afirma, ha sido desperdiciar a sus aliados. Además de la su situación doméstica, la polarización en la visión de la sociedad en manos de los políticos vaticina un futuro complejo para esta nación.

El autor resume que: “de Mao a Xi, China fue del hermetismo a convertirse en el promotor de liderazgo asiático del siglo XXI”. Mientras que Estados Unidos ha pasado de exportar sus valores democráticos alrededor del mundo a su política de “American First”.

Al final, son dos modelos distintos, el modelo chino dirigido y financiado por el Estado, siendo eso lo que lo llevó a producir el milagro chino. Y el modelo de libre mercado de los Estados Unidos con un sector privado muy potente, que ha servido de puente para mantener esa supremacía internacional. Aparentemente dos modelos irreconciliables, s, pero que irremediablemente les tocará coexistir.  

El dilema moral de la NBA en China. Nieves C. Pérez Rodriguez

La NBA tiene operaciones en China valoradas en 5 mil millones de dólares.  El baloncesto es el deporte más popular en el país asiático, con 500 millones de aficionados en China, según Reuter. Parte de ese presupuesto es la venta de material deportivo, y otro grueso se destina al entrenamiento de jóvenes chinos en centros de entrenamiento de la NBA. Se calcula que unos 300 millones de ciudadanos chinos practican baloncesto, por lo que la afición y el seguimiento de las ligas internacionales son masivos.

La NBA cuenta con academias en muchos países en los que hacen un meticuloso trabajo de entrenamiento de atletas. De acuerdo con la información de la página web de la NBA tienen presencia en Australia; en África están en Camerún, Congo, Kenia, Marruecos, Mozambique, Nigeria, Costa de Marfil, Tanzania, Uganda, Senegal y Sudáfrica. Está presente también en India, México y China. 

La relación de la NBA con China ha sido constante en los últimos años. En el 2014 se anunciaba el lanzamiento de una academia de baloncesto para prácticas extracurriculares en la capital china para niñas y niños en edades comprendidas entre 12 a 17 años. Ese mismo año, el ministro de educación chino hacía pública una alianza con la NBA que incluía la incorporación curricular del baloncesto en la educación primeria, secundaria y bachiller. A finales del 2015 la NBA, en conjunto con la comisión deportiva de Beijing, lanzaban la primera liga junior de baloncesto en China.

En octubre del 2016 el comisionado de la NBA Adam Silver visitaba Beijing para hacer el lanzamiento de tres centros de entrenamiento de élite en China. Primer país que contaría con ellos, ubicados en tres provincias distintas: Centro de Jinan en la provincia de Shandong, Centro de Hanghou en la provincia de Zhejiang, y el centro de Urumqi en la provincia de Xinjiang.

A finales de julio ESPN publicaba un reportaje basado en múltiples entrevistas -anónimas- realizadas a exempleados de la NBA con conocimiento directo de las actividades de la liga de la NBA en China, especialmente en el desarrollo de los jugadores. Al menos dos entrenadores dejaron sus puestos allí por considerar que se estaban maltratando a los jóvenes atletas. Uno de los entrenadores pidió ser transferido después de ver como los entrenadores chinos atacaban a los jugadores, otro se fue antes del final del contrato porque le pareció inconcebible la falta de educación académica en la academia.

Según el reportaje, al poco tiempo de la apertura de estos centros de entrenamiento, varios entrenadores se quejaron con el vicepresidente internacional de operaciones de la organización -Greg Stolt- sobre los abusos físicos que ocurrían en las academias y la falta de estructura académica para los jóvenes participantes, a pesar de que el comisionado Silver había dicho que la educación sería el centro del programa.

La crónica afirma que la NBA se encontró con múltiples problemas para abrir el centro en Xinjiang, pues los entrenadores americanos eran acosados por la policía local en una ciudad en donde el control y vigilancia ciudadana son excesivos debido a la persecución que padecen los uigures y otras minorías musulmanas en la región. Menciona que un mismo entrenador fue detenido tres veces sin razón, o la dificultad que tuvieron él y otros entrenadores en alquilar viviendas por el hecho de ser extranjeros allí.

Hace poco más de una semana que la NBA reconoció que tuvo que cerrar la academia en Xinjiang pero cuando el encargado de las operaciones internacionales de la NBA, -Mark Tatum- fue interpelado acerca del posible factor de derechos humanos, éste declinó responder.

Esta investigación tuvo eco en el Senado de los Estados Unidos, y la senadora Marsha Blackburn en una carta al comisionado Silver le pedía explicaciones por las acusaciones que reveló el trabajo de ESPN. Inmediatamente el senador Marco Rubio se sumaba a la interpelación basada en la necesidad de que una organización estadounidense permita o encubra prácticas que van en contra de los derechos humanos fundamentales.

“La postura de la NBA en Xinjiang envía un fuerte mensaje al Partido Comunista chino: por un buen precio cualquier cosa puede debatirse, incluso el valor de la vida humana”, afirmaba la senadora Blackburn.

Una vez más la semana pasada terminaba en Washington con China de protagonista en los titulares. Por un lado, las revelaciones de las prácticas en dichos centros, y, por otro, la petición de explicaciones desde el Congreso, que es totalmente congruente con el sistema político estadounidense, en el que se espera que las organizaciones de este país mantengan los valores humanos y democráticos en cualquier lugar donde tengan sus operaciones. También el Departamento del Tesoro daba a conocer más sanciones, está vez a políticos hongkoneses, por haber socavado las libertades y la autonomía de Hong Kong.

El 14 de julio Trump firmaba una orden ejecutiva en la que declaraba “Emergencia Nacional” a razón de la aplicación de la ley de seguridad en territorio hongkonés de manos del PCCh. Los once sancionados son altas figuras políticas como Carrie Lam, la máxima autoridad de Hong Kong y quien propuso y fomentó la “ley de extradición” que generó las masivas protestas durante meses. También el comisionado de la policía, Chris Tang, el secretario de seguridad John Lee Ka-chiu y Teresa Cheng secretaria de justicia, todos con posiciones relevantes en la gestión política social o de seguridad de Hong Kong.

La tensión entre Beijing y Washington no hace más que crecer y encresparse. A muy pocas semanas de las presidenciales y en una situación doméstica complicada debido a la pandemia,  la Administración Trump ha puesto el foco en política internacional en China, e intentar darle señales de tolerancia cero ante las reiteradas irregularidades.

INTERREGNUM: China, arma electoral. Fernando Delage

Mientras arrecian las críticas a su gestión del coronavirus, el presidente Trump atacó el 14 de julio a su probable rival electoral, Joe Biden, en una confusa comparecencia en la Casa Blanca, en la que hizo de China el tema central de las elecciones de noviembre. Sus palabras cerraron una semana en la que se incrementaron las tensiones con Pekín, confirmando la estrategia de confrontación seguida por Washington.

Una vez más, Trump puso de manifiesto su desinterés por los hechos. Entre otras perlas, dijo que la economía china no creció hasta que la República Popular se incorporó a la OMC en 2001 (en realidad, en los 20 años anteriores, creció cerca de un 10% anual); o que China se reconstruyó con dinero del Tesoro norteamericano. Entretanto, su administración ha dejado de considerar a Hong Kong como territorio separado de China—en respuesta a la nueva legislación de seguridad adoptada por Pekín—; ha impuesto sanciones y restricciones de visados a altos cargos vinculados a Xinjiang—por el internamiento de los uigures—y a responsables de empresas tecnológicas; y, de manera oficial, ha rechazado, por ilegales, las reclamaciones territoriales chinas en el mar de China Meridional.

Sobre esta última cuestión se pronunció un día antes el secretario de Estado, Mike Pompeo, declarando que se recurrirá a “todos los instrumentos” disponibles para oponerse a las pretensiones de Pekín, al tiempo que se ha procedido al envío de dos portaaviones a estas aguas. Se polarizan así las disputas marítimas, pues el presidente Xi Jinping no puede permitirse poner en riesgo—frente a una sociedad crecientemente nacionalista—la credibilidad de sus argumentos sobre la soberanía china de este espacio marítimo. Las acciones de Trump facilitan su posición en cualquier caso, al venir a confirmar la percepción mantenida por la población china de que Estados Unidos intenta dañar la recuperación de su economía tras la pandemia, así como impedir que pueda convertirse en la principal potencia asiática.

El problema de fondo, por parte norteamericana, es que, pese a la existencia de un consenso sobre la necesidad de adoptar una política de mayor firmeza con respecto a la República Popular, sigue sin existir una clara definición de los objetivos a perseguir en su estrategia. Imposición de tarifas comerciales, sanciones económicas, presión militar, retórica hostil, ¿con qué fin? ¿Qué resultados confía Washington en obtener al optar por el enfrentamiento? ¿Qué estructura regional querría lograr? ¿Cómo definir una “victoria” sobre China? Sin una respuesta a estas preguntas, sin un sentido de dirección, la confrontación por sí sola meramente conducirá a una peligrosa espiral de conflicto.

La transformación histórica que atraviesa Asia requiere identificar los obstáculos pero también las oportunidades que se presentan para sus intereses; valorar los recursos—políticos, económicos y militares—con que se cuenta; y proponer acciones concretas que adoptar con una perspectiva a largo plazo. Ni la Estrategia Indo-Pacífico adoptada por la administración Trump hace un año, ni la más reciente Estrategia sobre China, cumplen esos requisitos. De ahí la relevancia del trabajo recién publicado por el National Bureau of Asian Research, A new U.S. Strategy for the Indo-Pacific, y que ha escrito Roger Cliff, un conocido especialista académico en la región.

Disponible en la web, es una más que recomendable lectura de verano para los interesados, en la que encontrará—además de una radiografía de los cambios en el equilibrio geopolítico asiático y de los reajustes en la política de seguridad de los principales actores—, los elementos de una estrategia que sugerir a la Casa Blanca. Mensaje insistente: difícilmente podrá Estados Unidos defender sus intereses y objetivos sin contar con sus aliados, especialmente con las democracias vecinas de China. Pero como suele ocurrir, las prioridades políticas—las elecciones de noviembre en este caso—priman sobre los imperativos estratégicos.

INTERREGNUM: El QUAD resucita. Fernando Delage

El pasado 21 de julio, el secretario de Defensa de Estados Unidos,Mark Esper, indicó que China no tiene derecho a convertir el mar de China Meridional en una “zona de exclusión” para crear su propio “imperio marítimo”. Días antes, el secretario de Estado, Mike Pompeo, denunció formalmente la ilegalidad de las pretensiones de soberanía china sobre las islas en dichas aguas.  La escalada retórica norteamericana, en un contexto de hostilidad sin precedente en su relación con Pekín, pasó también a los hechos, tanto en el terreno diplomático como en el militar. El 22 de julio, la República Popular anunció que Washington le había exigido el cierre de su consulado en Houston en un plazo de 72 horas. Mientras, la marina de Estados Unidos realizó dos maniobras militares simultáneas en el océano Índico y en el mar de China Meridional.

El portaaviones Nimitz, que ya se había desplazado al mar de China Meridional a principios de julio, se trasladó a finales de mes a un área cercana a las islas Andaman y Nicobar, al norte del estrecho de Malaca, para desarrollar una serie de ejercicios con la armada india. Por su parte, otro de los portaaviones norteamericanos, el Ronald Reagan, hizo lo propio con la participación de Japón y Australia en el mar de Filipinas. Son movimientos que cabe interpretar como respuesta a las acciones chinas en su periferia marítima—donde continúa acumulando capacidades militares—y en la frontera con India, además del aumento de la presión sobre Hong Kong y Taiwán.

También los vecinos de China avanzan en una dirección similar. Después de que Australia e India firmaran en junio un pacto de cooperación naval y logística que permite a cada uno de ellos el acceso a las bases militares del otro, Delhi anunció—el 17 de julio—su invitación a Canberra para participar en las maniobras Malabar, ejercicios navales que India realiza anualmente con Estados Unidos desde 1992, y a los que se incorporó Japón en 2015. La inclusión de Australia de manera permanente—ya participó de manera ocasional en 2007—es una nueva ilustración de la inquietud regional por el expansionismo marítimo chino. Es también, por tanto, un mensaje a Pekín de que los cuatro miembros del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) estarán realizando prácticas conjuntas en el Indo-Pacífico, revitalizando el grupo. Se confirma de este modo que los incidentes en el Himalaya la pasada primavera han hecho que India adopte una posición más dura frente a China.

No es, con todo, la única opción de los aliados asiáticos de Washington. Lo errático de la política de Trump se traduce en crecientes dudas sobre sus compromisos con la región. Así parece reflejarlo el hecho de que, con apenas días de diferencia, Australia y Japón anunciaran su intención de aumentar su presupuesto y capacidades de defensa. A finales de junio, en efecto, Australia declaró que incrementará su gasto militar en un 40 por cien durante la próxima década. Según señaló el primer ministro, Scott Morrison, el mundo será tras la pandemia “más peligroso y desordenado”, lo que obliga al país a prepararse frente a toda eventualidad. La modernización de sus fuerzas armadas se orientará especialmente hacia las capacidades tecnológicas de la marina, en la que se concentrará también el incremento de personal.

Por su parte, el presupuesto de defensa de Japón crecerá por octavo año consecutivo hasta 48.000 millones de dólares. Frente al ascenso de China y la amenaza norcoreana, Tokio modernizará su fuerza aérea—mediante la compra a Estados Unidos de aviones de combate F35 y vehículos de alerta temprana—así como sus capacidades en misiles de largo alcance. Después de que en junio se cancelara el despliegue del sistema antimisiles Aegis basado en tierra por su coste, el gobierno busca nuevas alternativas, al tiempo que también duplica su atención hacia sus satélites y activos en relación con el ciberespacio.

La última frontera. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

La carrera espacial, por dominar el espacio exterior, se ha convertido, desde el fin de la II Guerra Mundial, en uno de los objetivos más ambiciosos de todas las potencias.

Después de la II Guerra Mundial, durante la Guerra Fría, la URSS consiguió tomar ventaja frente a EEUU, poniendo el primer objeto en el espacio, con el Sputnik-1. También llevaron al espacio al primer ser vivo terrestre, la perra Laika, con el Sputnik-2, y, posteriormente, al primer ser humano, Yuri Gagarin, en 1961. Pero en 1969, EEUU dio un golpe sobre la mesa, llevando, con el Apolo XI, a los primeros hombres sobre el suelo lunar. La Guerra Fría termino en 1989, con la caída del Muro de Berlín, y el capitalismo se estableció en prácticamente el mundo entero frente al comunismo.

El rápido crecimiento de China en las últimas décadas, ha llevado al gigante asiático a ocupar ese espacio dejado por la desaparecida URSS desde la caída de muro.

La República Popular China llegó tarde a la carrera espacial, en 1970 logró enviar el primer satélite artificial al espacio, el “Dong  Fang Hong 1”, pero no fue hasta más de 30 años después, en 2003, cuando consiguieron enviar al primer taikonauta al espacio a bordo de la nave “Shenzhou-V”. Este día, 15 de octubre de 2003, China se convirtió en el tercer país en enviar un hombre al espacio, tras EE.UU y Rusia. Diez años después, el 14 de diciembre de 2013, “Chang‘e – 3” consiguió aterrizar suavemente sobre suelo lunar, convirtiendo a China en un rival a tener en cuenta en la carrera espacial por parte de la Casa Blanca y el Kremlin.

Hoy en día, China es el segundo país con más satélites en el espacio, más de 300, por detrás de Estados Unidos.

A pesar de su tardía entrada en la carrera espacial y, de no haber formado parte de la Estación Espacial Internacional (ISS), China tiene, con su programa “Tiāngōng”, el objetivo de colocar una estación espacial completa y permanente para finales del año 2022; una base, habitable, que podría servir de catapulta para futuras expediciones a nuestro satélite, a Marte, o exploraciones del Sistema Solar. El gigante asiático, además, ha sido el único país que ha logrado aterrizar una nave en la cara oculta de la Luna, el 3 de Enero de 2019 y, tienen como objetivo, enviar una misión tripulada para el año 2024 y establecer una base lunar para el año 2030.

Pero con su programa espacial, los objetivos de China también son terrenales; con el fin de estrechar lazos políticos y económicos, en los años 2007 y 2008, China lanzó con éxito los primeros satélites de comunicaciones para Nigeria y Venezuela, una transferencia de tecnología e inversión de décadas a países en vías de desarrollo, así como cooperaciones y otras ayudas a gran parte de países de América Latina o con la SNSB sueca. Así mismo, el programa espacial chino no quiere depender de otros países y, ya están listos para poner en marcha su propio sistema de localización, Beidou, un sistema independiente al GPS americano o al sistema Galileo de Europa.

En junio de este año, China logró pulverizar el record de comunicación cuántica desde el espacio, un mensaje cifrado que es imposible de hackear y que tiene implicación geoestratégicas y de ciberseguridad. Otro gran avance independiente chino, ha sido el de su radiotelescopio FAST, uno de los más grandes del mundo que tiene como objetivo el descubrimiento de púlsares, el origen del Universo y avances en la Teoría General de la Relatividad. Pero no hace falta irse al espacio, la aerolínea china COMAC, tiene el objetivo de competir directamente con la americana Boeing y la europea Airbus.

El lanzamiento, el pasado 30 de mayo, del SpaceX, puso de manifiesto que, a pesar de los avances de China en las últimas décadas, EE.UU no va a quedarse atrás, de hecho, con su proyecto “Artemisa” tiene el objetivo de volver a la Luna para el año 2024 y, con el proyecto “Insight”, el objetivo de explorar el suelo de Marte para un futuro viaje. Su proyecto homólogo chino, la misión “Tianwen-1” tiene, también, como objetivo llevar al planeta rojo un rover y un orbitador; una nave que llegará a principios del año 2021.

China está empeñada en demostrar los avances de su tecnología convirtiéndose en el segundo país en pisar la Luna, y ser el primero en llegar al resto de planetas del Sistema Solar, pero China también tiene proyectos más allá de los confines de nuestro Sistema Solar; para el año 2049, cuando se cumplan los 100 años del nacimiento de la RPCh, esperan haber lanzado una sonda parecida a las “Voyager” que hayan llegado a los 100 UA (100 veces la distancia media entre el Sol y la Tierra), es decir, más allá de nuestro Sistema Solar.

La Luna está llena de minerales como el Hierro, Magnesio o Aluminio, el planeta rojo tiene sales, minerales y posiblemente agua, vital para la vida. El Universo está lleno de Nitrógeno, Carbono, Hidrógeno y, sobretodo, fuentes de energía inagotables como la posibilidad de que haya materia oscura, o la energía de las estrellas, no solo el Sol.

Una carrera espacial entre las grandes potencias del mundo por descubrir los secretos y misterios del Universo, una carrera por los posibles recursos y oportunidades que brinda el espacio exterior. Dominar y descubrir el espacio exterior será el último y más absoluto territorio que domine la humanidad.

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

La Administración Trump contra China. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Administración Trump ha sido siempre explícita en su posición hacia los abusos chinos, ya sean al sistema económico, a las normas internacionales e incluso en cuanto a las arbitrariedades domésticas del PC chino. El mismo presidente Trump en una primera etapa intentó su famoso juego de seducción al adversario con Xi Jinping, y éste intento corresponderle y bailar al mismo son, mientras que por detrás de bastidores la guerra comercial y tarifaria tomaba forma.  

Paralelamente, el congreso estadounidense pedía al Departamento de Estado y al Departamento del Tesoro, a través de cartas oficiales, sanciones a China por la violación de derechos humanos a minorías musulmanas en la región autónoma de Xinjiang. Así como se introducían proyectos de ley bipartidistas sobre los derechos de los uigures desde el 2018.

Pero los dos últimos meses han sido significativos en Washington en cuanto a la toma oficial de una posición de rechazo frente a las injusticias chinas. En junio, el presidente Trump firmaba la primera legislación sobre los uigures en el mundo, “la ley de política de derechos humanos de los uigures del 2020”. Sin duda un gran paso sin precedentes, para contrarrestar los repetidos abusos de manos del PC chino en la Región de Xinjiang.

Dicha ley se inspiró en los abusos que han sido reportados por parte de las minorías musulmanas ubicadas en el extremo oeste de la península china. En marzo del 2019 el secretario de Estado Mike Pompeo ya alertaba a través del informe de Derechos Humanos en el que decía literalmente: “Hoy, más de 1 millón de uigures, kazajos étnicos y otros musulmanes están internados en campos de reeducación diseñados para borrar sus identidades religiosas y étnicas”.

Se estima que hay unos 10 millones de uigures en territorio chino, específicamente en la región autónoma de Xinjiang, que es un territorio muy extenso de 1.6 millones de km2, y que cuenta con enormes riquezas naturales, entre ellos gas y petróleo. Además, esta región es paso obligado de la famosa Ruta de la Seda a la que Xi Jinping dedica gran atención.

Imágenes satelitales demuestran que los “centros de reeducación chino” no han hecho más que expandirse y crecer exponencialmente, y con ello el número de internos ha tenido que haber aumentado considerablemente también.  Un reportaje hecho por la BBC a finales de la semana pasada, mostraba los centros por dentro, puesto que el gobierno chino está dando acceso limitado a un grupo selecto de medios, para contrarrestar las noticias negativos sobre los mismos.

En el reportaje se mostraban salones de artes donde los reclusos podían pintar, o estudios de baile en el que se practican danzas, o salones de clases en los que se imparten música, informática, entre otras. Pero también se mostraban imágenes en los que se apreciaban las altísimas paredes que rodean los centros, cubiertas de alambre de espino, y torres de vigilancia en lugares estratégicos. La crónica mostró evidencias de imágenes satelitales en las que fueron demolidas algunas de las barreras de seguridad, así como muchas de las torres de vigilancia, justo antes que se autorizaran las visitas a los medios de comunicación.

Todas estas pruebas justifican las sanciones impuestas por la Administración Trump, a finales de la semana pasada, a cuatro altos funcionarios chinos. Como se explicaba al comienzo, el Congreso estadounidense ha venido presionando desde hace varios años a la Casa Blanca a tomar drásticas medidas como respuesta a las atrocidades que se comenten en Xinjiang, retenciones masivas, persecuciones religiosas, esterilizaciones forzosas, eliminación de las identidades culturales de varias minorías, entre otras.

Uno de los sancionados es el jefe regional del PC Chen Quanguo, quien es visto como el artífice de las políticas de Beijing contra las minorías musulmanas. Quien anteriormente estuvo a cargo de las acciones cometidas en el Tibet. Chen ostenta una posición en el politburó del PC chino, y es el funcionario de más alto rango sancionado por los Estados Unidos. Los otros funcionarios son Wan Mingshan -director de la oficina de seguridad de Xinjiang-, Hou Liujun -ex funcionario de seguridad-, y Zhu Hailun una destacada figura del partido en Xinjiang.

Trump ha tenido muchos deslices diplomáticos, ha cometido errores graves como el abandono del escenario internacional, no ha aprovechado su posición para liderar crisis como la pandemia pero, si algo la historia le reconocerá a su Administración será el haber sido frontal a los abusos chinos, denunciarlos públicamente, poner barreras a los mismos con leyes y sanciones que mandan un mensaje claro a Beijing y al mundo sobre lo que el Partido Comunista chino hace para mantenerse en el poder sin oposición, ni otras ideologías, culturas o religiones.