Biden y Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

La nueva Administración Biden hereda un complejo escenario internacional y unas enrarecidas relaciones bilaterales con muchos países. La fòrmula de la Administración saliente fue indiscutiblemente atípica y en algunos casos incluso turbulenta para las relaciones y el liderazgo de los Estados Unidos en el mundo. China astutamente ha sabido aprovechar el abandono de Washington y ha ido ganando influencia y liderazgo en plataformas como la Organización Mundial de la Salud, Naciones Unidas, el Acuerdo de París sobre el  cambio climático y diversos acuerdos económicos en el Pacífico.

Los análisis apuntan a que la política exterior de la nueva administración no hará cambios radicales. Por el contrario, Joe Biden es un líder moderado con una larga experiencia política incluso en el Congreso de los Estados Unidos, por lo que entiende como se gestionan y se pasan leyes. Su carrera política despegó en plena guerra fría y como vicepresidente de Obama aprovechó la oportunidad de viajar internacionalmente por lo que cuenta también con experiencia en este plano.

Biden recibe un país dividido e inestable. A nivel doméstico tendrá que invertir mucho esfuerzo en mediar por la estabilidad de la nación y la reconstrucción de la economía estadounidense muy golpeada después de la pandemia. En el plano internacional deberá intentar recuperar la autoridad y la posición de Estados Unidos como primera potencia del mundo.

Durante las primeras semanas de enero el nuevo presidente hacía público mucho de sus nombramientos que, de ser ratificados por el Congreso, ocuparán posiciones claves como el Departamento de Estado, Defensa, Justicia y Comercio entre otros. Una de las nominaciones más esperadas en cualquier administración es la de Secretario de Estado. El nombre de Antony Blinken ha sido recibido positivamente por casi todos los sectores, por ser un personaje querido y respetado en Washington por ambos partidos. Blinken es un diplomático de carrera que trabajó para Biden en sus años en el Senado y también en su época como vicepresidente de Obama.

El día antes de la toma de posesión de Biden tenía lugar la audiencia en el Congreso de Blinken, en la cual los legisladores aprovechan la oportunidad para hacer preguntas y determinar cuáles son sus posiciones en temas fundamentales como Medio Oriente, Israel, Corea del Norte, China y como deberían ser las relaciones de los Estados Unidos con sus aliados.

Las respuestas del Blinken vienen a confirmar los análisis previos, los planes de la Administración Biden en cuanto a su política exterior son de continuación con la de Trump, es decir no habrá rompimiento aunque es muy probable que el tono se baje considerablemente y se vuelva a la diplomacia más tradicional.

Blinken es un europeísta, educado parte de su niñez en Francia. Ha manifestado su fuerte convicción en una Europa Unida y lo importante de que Estados Unidos mantenga su presencia en la OTAN.

En la audiencia de ayer dijo “no hay duda de que China plantea el desafío más importante para Estados Unidos” y agregó que creía que había “una sólida base para construir una política bipartidista para enfrentar a Beijing”.

Cuando se le preguntó si estaba de acuerdo con las palabras de Pompeo un día antes del fin de la Administración Trump sobre que China está cometiendo un genocidio contra los uigures, Blinken dijo que esa es su opinión también, y agregó “creo que forzar a hombres, mujeres y niños a campos de concentración y educarlos allí para que se adhieran a la ideología del Partido Comunista chino son indicativos de un esfuerzo por cometer genocidio”.  Incluso fue más allá y dijo que se debería hacer una revisión de los productos que se importan para prevenir estos no sean producidos en dichos campos.

Así mismo aseguró que Biden mantiene su compromiso hacia Taiwán como una isla autónoma. Y además sugería la importancia de que Taiwán tenga un rol más predominante en instituciones internacionales.

En la audiencia también afirmó que “bajo el liderazgo de Xi Jinping China había abandonado décadas de esconder la mano y esperar el momento para dar a conocer sus intereses más allá de las fronteras chinas”.

El liderazgo estadounidense en Asia ha ido mermando en los últimos años. En enero del 2017 una de las primeras órdenes ejecutivas que firmaba Trump fue la retirada de TPP, acuerdo que había sido promovido por Obama como una ambiciosa alianza de ambos lados del Pacífico y que dejaba a China afuera mientras promovía una alternativa justa de intercambios, pues tenía como objeto bajar tarifas, proteger el medio ambiente, facilitar y estimular el crecimiento de los miembros y el respeto de los derechos laborales de los ciudadanos de los países firmantes. Pero frente a la salida de Washington, Beijing aprovechó para promover la RCEP (La Asociación Económica Integral Regional, por sus siglas en inglés), alternativa que lidera China y que tiene bajo su paraguas y que acoge 2.100 millones de consumidores que representan a su vez el 30% del PIB mundial.

Es muy posible que la Administración Biden intente revivir el TPP y con ello neutralizaría la influencia de China en el Pacífico. Que se regrese a la situación inicial con Corea del Norte. Que se restablezca y acerquen los puentes con los aliados en Asia como Japón y Corea del Sur y con ello los países del sureste asiático vuelvan a mirar a Washington cuando necesiten apoyo y no hacia Beijing.

Sin duda, la Administración Biden tiene una oportunidad histórica para retomar espacios sin necesidad de hacer cambios radicales, ni hacer demasiado ruido. Si este momento no es concienzudamente aprovechado los Estados Unidos habrán perdido la batalla a China en el Pacífico y posiblemente en parte importe del planeta.

China-EEUU: la distancia económica se acorta

El que va a ejercer como secretario de Estado con el presidente Biden, Anthony Blinken, ha marcado ya el terreno al afirmar formalmente que el presidente Trump acertó en el diagnóstico  sobre la amenaza que supone China y subrayó que el desafío que supone la potencia asiática debe ser enfrentado “desde la fortaleza y no desde la debilidad”.

En este escenario entra el hecho de que China está aprovechando mejor la pandemia en el terreno económico y reduciendo las distancias entre su economía y la de EEUU. Un informe publicado por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) sostiene que el impacto de la pandemia ha intensificado la rivalidad entre ambos países y sugiere que China conseguirá acercarse al primer puesto como la principal economía del planeta en los próximos cinco años. Ya varios expertos habían concluido que la economía de China superaría a la de EEUU en 2030 y ahora se afirma que  puede haberse acortado los plazos hasta 2028, tomando como referencia las proyecciones del Fondo Monetario Internacional.

 Este continuismo de fondo, aunque probablemente vaya a cambiar en las formas, en la política hacia China va a repercutir en la Unión Europea, que tendrá que seguir avanzando por el camino de marcar distancias con China apenas apuntado, aunque los intereses de los negocios con el mercado chino pesarán en Bruselas más que lo que pesan en Washington.

Pero como ha señalado en varios ocasiones el experto Fareed Zakaria, en política exterior los planteamientos de la Unión Europea son ideas, dada la ausencia de instrumentos eficaces para ponerlas en marcha, ya sea imponiéndolas o negociándolas con presión.

INTERREGNUM: Bruselas y Pekín reciben a Biden. Fernando Delage

Después de siete largos años de negociación, 2020 concluyó con la firma del acuerdo de inversiones entre la Unión Europea y China (CAI en sus siglas en inglés); un pacto que confirma la voluntad de ambos actores de profundizar en su relación mejorando el acceso a sus respectivas economías. La industria europea podrá operar con mayor facilidad en el mercado chino, al tiempo que podrá contribuir a los esfuerzos de la República Popular dirigidos a reestructurar su modelo de crecimiento a través de la digitalización y la sostenibilidad medioambiental. Se trata, no obstante, de un acuerdo controvertido por la ausencia de mecanismos de verificación y la exclusión de algunos sectores, así como por sus implicaciones geopolíticas.

El acuerdo supone un primer obstáculo a la nueva etapa que se espera poner en marcha en las relaciones transatlánticas a partir de la toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos. No ha sido sólo la administración Trump la que ha criticado a Bruselas: distintos miembros del equipo de Biden, en efecto, se han quejado asimismo de la falta de coordinación de ambos socios con respecto a China (aunque tampoco Washington consultó con los europeos su política hacia Pekín). No puede sino concluirse que, en lo que afecta a la relación con la República Popular, los intereses europeos no son siempre coincidentes con los norteamericanos, al tiempo que Pekín ha logrado una nueva victoria diplomática.

Cuando los negociadores europeos y chinos comenzaron la discusión sobre el acuerdo de inversiones—una vez que se descartó la posibilidad del acuerdo de libre comercio preferido por Pekín—, este último consideró el pacto con Bruselas como un instrumento de contrapeso del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) que impulsó la administración Obama para evitar una mayor dependencia de las naciones asiáticas de la economía china. El abandono del TPP por Trump nada más llegar a la Casa Blanca no redujo sin embargo la relevancia de la Unión Europea para la República Popular: por el contrario, la guerra comercial y tecnológica con Washington no ha hecho sino reforzar su interés. Que el gobierno chino decidiera acelerar las negociaciones desde el pasado verano, y admitir unas concesiones que anteriormente había rechazado (aunque en realidad formaban parte de sus obligaciones tras adherirse a la OMC), da una idea de sus prioridades diplomáticas. Una relación más estrecha con la UE servirá para prevenir la formación por Estados Unidos de un bloque con sus aliados contra las prácticas comerciales chinas. Desde esta perspectiva debe recordarse, por otra parte, que Pekín acaba de firmar la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) con 14 países asiáticos, y retomado la negociación de un acuerdo trilateral de libre comercio con Japón y Corea del Sur.

Pero si es evidente la motivación china a favor de una suma de instrumentos que consolidan su posición en la economía global—y minimizan la influencia de Estados Unidos—, más confusa resulta la decisión europea de cerrar la firma del acuerdo pese a la presión norteamericana y contra el escepticismo de distintos Estados miembros, Francia entre ellos. En último término se impuso la determinación de Angela Merkel de concluir el pacto antes de que terminase la presidencia alemana de la Unión. Aunque Merkel habría logrado el visto bueno de Macron tras obtenerse ciertas ventajas para Airbus y dejar en manos de París la firma del tratado final durante la presidencia francesa en el primer semestre de 2022 (el acuerdo está aún sujeto a su ratificación parlamentaria), parece obvio que la política china de la UE responde a la percepción de las cosas mantenida por Berlín; es decir, a una posición en la que predominan los intereses económicos sobre los geopolíticos (aun a costa de la incomprensión y frustración de Washington).

El debate queda abierto para los próximos meses. Con todo, no debe perderse de vista que el acuerdo con Pekín representa un nuevo escalón en la construcción de una estrategia asiática por parte de la UE. El CAI se suma a los acuerdos de libre comercio ya concluidos con Japón, Corea del Sur, Singapur y Vietnam, o bajo negociación (con Indonesia y Tailandia); y a la declaración—el mes pasado—de la ASEAN como socio estratégico de la Unión. Bruselas (en realidad Berlín-París) ha lanzado el mensaje de que su proyección hacia Asia no puede ser rehén de la rivalidad Estados Unidos-China. Sus socios en la región, que comparten ese mismo objetivo, han encontrado una buena alternativa en el Viejo Continente. India es quizá la principal excepción: justamente cuando comenzaba a valorar en mayor grado el potencial de una mayor aproximación a la UE, ha recibido con notable incredulidad la noticia del pacto europeo con Pekín.

Beijing aprovecha la crisis estadounidense. Nieves C. Pérez Rodríguez

El pavoroso asalto al Congreso de los Estados Unidos de manos de estadounidenses aupados por el mismísimo -todavía- presidente Trump ha marcado un antes y un después en la historia de este país. Pero también ha abochornado la imagen de los Estados Unidos frente al mundo. La nación que ha exportado sus valores democráticos a cada esquina del planeta, que ha sido observador y certificador de miles de elecciones extranjeras y el que ha financiado la mayoría de las organizaciones internacionales ha sufrido un gran golpe en el corazón de Washington D.C., en el edificio que ha simbolizado desde 1800 los valores de democracia y libertad.

Los hechos revelan la profunda división que vive esta sociedad y el peligro de un discurso incendiario en la boca de un líder. Trump ha venido alimentando un discurso divisionista, no ha denunciado abiertamente a grupos radicales como los blancos supremacistas o los QAnon, éstos últimos se basan en una teoría que dice que Trump está librando una guerra secreta contra pedófilos de las élites del gobierno, de las empresas y los medios de comunicación estadounidenses.

Paralelamente, la infundada teoría que ha mantenido Trump y muchos líderes republicanos de que las elecciones presidenciales del 2020 fueron fraudulentas. A pesar de que cada una de las cortes de justicia a las que la campaña de Trump pidió abrir una investigación determinaron afirman no haber encontrado pruebas de fraude. Todo eso y el extraordinario número de votos que obtuvo -más de 74 millones de votantes lo apoyaron- fueron el caldo de cultivo de esa insurrección de la semana pasada. Que, además, fue aderezada por el discurso que esa misma mañana Trump dio a los manifestantes.

Como era de esperar la agencia oficial de noticias china Xinhua reportaba el suceso a minutos de haber tenido lugar y el fin de semana publicaba un extenso editorial que titulaba la doble moral de los estándares estadounidenses, en el que describían lo sucedido y como fue condenado por la prensa y algunos políticos. Sin embargo, comparaban la respuesta con “la desestabilización social de Hong Kong en 2019 cuando estos mismo elogiaban las atrocidades cometidas por los manifestantes vestidos de negro en Hong Kong, que pisotearon gravemente el estado de derecho y incurrieron en actos de terrorismo por naturaleza. Algunos estadounidenses incluso describieron las escenas como una hermosa vista y glorificaron a los manifestantes como héroes de la democracia”.

Afirman en la publicación de Xinhua que esas reacciones revelan “el prejuicio e hipocresía estadounidense sobre el tema de la democracia y su doble moral. Sus actos hacen ver al mundo más claramente que los llamados “valores democráticos” que promueven son, en esencia, una forma de mantener sus intereses creados a través de sus narrativas”.

La narrativa china revela una de las grandes crisis que ha venido atravesando Estados Unidos en los últimos años, la pérdida de influencia en el mundo cuya consecuencia automática es dejar un vacío de poder que eficientemente ha venido ocupando Beijing. Mientras, el Partido Comunista chino envía un mensaje a su población distorsionado la debilidad estadounidense y su sistema. Paralelamente China afina su estrategia de ataque a Occidente y sus valores que, además, vienen a fortalecer su narrativa doméstica.

La nueva Administración Biden tiene un complejo camino por delante. A nivel interno le tocará maniobrar con suprema delicadeza para intentar reparar las tremendas grietas sociales y restaurar el baluarte institucional del país y a nivel internacional el panorama no es mucho más alentador, pues Beijing ha venido sacando sus garras en los últimos años. La la pandemia los ha fortalecido aún más en una defensa frontal de sus intereses y su agenda al precio que sea.

El legado de la Administración Trump a raíz de los sucesos del pasado 6 de enero ha quedado manchado para siempre. Muchas de las políticas exteriores positivas puestas en práctica quedarán aminoradas en importancia por la gravedad de lo ocurrido.

Año nuevo, problemas viejos

2021 ha comenzado trepidante.  Los estrambóticos, además de bochornosos, sucesos de Washington contienen en sí mismos muchos mensajes sobre la situación de inestabilidad de los sistemas democráticos más sólidos, situación que está siendo aprovechada, sin el menor sonrojo, por los sistemas autoritarios que no dudan en explicar cómo sus formas de gestionar que no dependen de controles judiciales independientes, ni de elecciones ni de sociedad civil efectiva son más eficaces para hacer frente a pandemias, crisis políticas y catástrofes. Así en el caso de China que tiene la desfachatez de comparar las movilizaciones por la democracia en Hong Kong con el asalto al Capitolio en Washington. Pero no es el único caso. Se oyen mensajes parecidos en Moscú, La Habana,  Piongyang y Teherán.

El certificado de debilidad institucional que ha supuesto el asalto de los partidarios de Trump a una de las instituciones más sagrada del constitucionalismo deja en manos de Biden la obligación de reparar y consolidar el edificio democrático estadounidense y, además, demostrar en el exterior la solidez, la capacidad y la voluntad de EEUU de seguir al lado del bando de las libertades, el orden y la estabilidad internacional de la que tanto Trump como Obama se replegaron con cierta imprudencia. Aunque hay que subrayar, precisamente en momentos en que su figura está siendo demolida sin matices por su irresponsabilidad y resistencia antidemocrática a abandonar el poder, que en los últimos momentos de su mandato, el presidente  Donald Trump ha impulsado unos cambios sin precedentes  en Oriente Próximo, la región más potencialmente explosiva del planeta desde el fin de la II Guerra Mundial,  al acercar a a Israel y los países árabes de mayoría sunni, los principales aliados occidentales en aquella región. Además del factor de contención de Corea del Norte que significó Trump.

Eso no debe ocultar la faceta nacionalista, antiliberal, populista y por lo tanto de desprecio a las reglas democráticas básicas, que ha significado el presidente Trump y algunos de sus seguidores por todo el  mundo. Al final, la distancia moral, ética y estética entre Nicolás Maduro y Donald Trump es casi inexistente, aunque los estadounidenses están protegidos por una fortaleza institucional, un edificio constitucional y unas tradiciones  envidiables que, de momento, están muy por encima de cualquier presidente por más irresponsable, zafio y prepotente que sea.

Diplomacia o guerra de vacunas. Nieves C. Pérez Rodriguez

Actualmente hay una docena de vacunas de covid-19 en prueba experimental en el mundo. Y mientras se sigue avanzando en los pasos de prueba en voluntarios, las industrias farmacéuticas siguen su proceso de aprobación y los gobiernos comienzan a definir cómo serán administradas, estableciendo prioridades para aquellos que deben recibirlas primero.

Mientras tanto, Xi Jinping apareció el sábado pasado en la Cumbre del G20 en Riad a través de videoconferencia diciendo que “China está dispuesta a fortalecer la cooperación con otros países en la investigación y desarrollo, producción y distribución de vacunas”.  Una vez más, Xi aprovecha la palestra de un evento internacional para liderar la emergencia más grave de las últimas décadas.

Mientras China propone una estrategia internacional conjunta, aprovecha y se presenta a sí misma como el país que se preocupa por liderarla, pero también para gestionar esa coordinación con otras naciones.

Las grandes farmacéuticas han apostado por el desarrollo de estas vacunas, entre ellas Pfizer en colaboración con la alemana BioNTech SE, que hasta el momento parece la más efectiva con un 95% aunque requiere de temperaturas extremadamente bajas para su conservación y transporte. Moderna (estadounidense) le sigue con una eficacia del 94,5% y ambas solicitaban el pasado viernes a la agencia estadounidense de medicamentos (o FDA por sus siglas en inglés) la aprobación por vía rápida debido a la emergencia.

China por su parte ha desarrollado varias vacunas de las que poco información técnica ha sido compartida. Una de ellas es Coronavac desarrollada entre Sinovac Biotech Ltd (china) y el prestigioso instituto Butantan de Sao Pablo, bajo el auspicio del gobernador del Estado de Sao Pablo Joao Doria, férreo enemigo de Bolsonaro, y quien cuenta con la facultad de establecer acuerdos internacionales. El pasado 18 de noviembre recibía 120.000 dosis y está previsto que para enero recibirán 46 millones de dosis más.

Como todo en esta pandemia, en Brasil se ha politizado el Covid-19 y las vacunas.  Bolsonaro quién antes de convertirse en presidente atacó fuertemente a China, en la misma tónica de Trump, se ha visto obligado a bajar el tono debido a que China es su mayor socio comercial. Sin embargo, ha twitteado sobre su negativa a aceptar el uso de una vacuna china.  El ministro de salud de Turquía decía el jueves pasado que está planificando comprar entre 10 a 20 millones de las vacunas de la empresa Sinovac Biotech Ltd. Sinopharm (otra farmacéutica china) afirma tener dos vacunas distintas, una de ellas en fase tres de desarrollo, que ha sido administrada a 60.000 personas en 10 países: Emiratos Árabes, Bahréin, Jordania, Perú y Argentina. Mientras tanto, las autoridades de Indonesia están considerando aprobar la vacuna de Sinopharm junto con otras vacunas chinas ante la premura que impone la situación sanitaria.

Por su parte, CanSino Biologics (también china) ha desarrollado otra vacuna en colaboración con el ejército chino que ya ha sido suministrada a 40.000 voluntarios en Pakistán, Rusia y México y requiere permanecer en una temperatura de entre 2 a 8 grados centígrados y su vida útil es de 24 meses. México ya ha dicho que comprarán 35 millones de dosis de esa vacuna para distribuir entre sus ciudadanos.

Mientras, Anhui Zhifei Longcom Biopharmaceutical, otra farmacéutica china de capital privado, está planificando probar su vacuna en Uzbekistán, de acuerdo con información publicada en los medios estatales chinos.

Los medios chinos afirman que desde julio han estado vacunando a personas cuyos trabajos son de alto riesgo, y aseguran que las vacunas administradas son efectivas. Sin embargo, no se han publicado mucho más datos y la comunidad científica internacional pone en duda la veracidad de la efectividad. Aparentemente, en China las autoridades locales tienen autonomía para vacunar a sus residentes. Así lo relataba un miembro sanitario de la provincia de Zhejiang al Wall Street Journal: “en los últimos meses alrededor de 100 personas diariamente han acudido a recibir la vacuna de Sinovac pagando unos 30 dólares por las dos dosis”.

De acuerdo a Zhu Tao director científico de CanSino Biologics “no es difícil para las empresas chinas desarrollar una eficacia del 70 al 80 por cierto” así como “no es necesario que cada vacuna llegue a la eficacia del 90 por ciento para que sean exitosas”.  Mientras que el Centro de evaluación de Medicamentos chinos afirma que los medicamentos deben tener al menos el 50 por cierto de eficiencia e idealmente superar el 70 por ciento para ser aprobados. Una vez más queda claro la diferencia de los estándares chinos a los occidentales. 

“Cumpliremos nuestros compromisos, ofreceremos ayuda y apoyo a otros países en desarrollo y trabajaremos arduamente para hacer de las vacunas un bien público que los ciudadanos de todos los países puedan usar y pagar”, decía Xi en la Cumbre del G20, quien ante la ausencia de un fuerte liderazgo estadounidense asume él el rol de salvador del mundo mientras en Washington Trump sigue negando que ha perdido la contienda electoral y por lo tanto no se está compartiendo información estratégica con el equipo del presidente electo Biden.

La nueva Administración demócrata tiene una oportunidad de oro para reposicionar el lugar de Estados Unidos en el mundo y retomar el liderazgo que ha ido abandonando y que oportunamente China ha ido asumiendo. La desesperación por salir de esta pandemia está siendo aprovechada por China para llenar los vacíos y desarrollar su ruta sanitaria de la Seda a nivel global. Sin embargo, aún se está a tiempo de un cambio de rumbo, de haber dos opciones sobre la mesa, las vacunas de Oriente o las vacunas de Occidente. Muchas naciones se decantarían por las de Occidente por su rigor científico. Salvar a una nación en medio de un colapso sanitario y económico puede traducirse en reconquistar espacios perdidos para Washington y, por tanto, restituir valores democráticos en el mundo.

La RCEP consolida el liderazgo chino. Nieves C. Pérez Rodríguez

El TPP (el tratado de cooperación económica traspacífico) quedaba en el naufragio total este domingo, momento en el que 15 economías asiáticas firmaban la RCEP (La Asociación Económica Integral Regional, por sus siglas en inglés). Con Beijing a la cabeza y en medio de la pandemia del Covid-19, cada ministro de comercio de los respectivos países firmaba bajo la mirada digital de las otras naciones. Un evento peculiar por las circunstancias, pero cuyo ceremonial característico no se vio entorpecido por la distancia física o la conversación a través de videoconferencia.

Trump se había retirado del TPP en enero del 2017, una de las primeras órdenes ejecutivas que firmó al principio de su legislatura, pero no fue hasta el final de la misma, en que Beijing consiguió ganar posición entre los aliados comerciales de Washington para concretar la firma del RCEP, que ha venido impulsando China para equilibrar la ausencia y la necesidad dejada por el TPP. 

El TPP fue promovido por Obama como el ambicioso acuerdo comercial de ambos lados del Pacífico en el que Washington, además de hacerse con el liderazgo indiscutible en la región, dejaba fuera a China y promovía una alternativa justa de intercambios. Por lo tanto, Beijing fomentaba el interés en la RCEP como una opción menos compleja de acuerdo económico. Pues el TPP tenía como objetivo bajar tarifas, proteger el medio ambiente, facilitar y estimular el crecimiento de los miembros y el respeto de los derechos laborales de los ciudadanos de los países parte del acuerdo.

Ahora bien, el acuerdo de la RCEP fue suscrito por los 10 países que conforman la ASEAN (Indonesia, Thailandia Singapur, Malasia, Filipinas, Myanmar, Camboya, Laos, Brunéi y Vietnam en cuyas manos resta la presidencia actualmente, y quién fomentó internamente el interés en la RCEP), y Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelandia y China quien ha sido el promotor de la necesidad de activar esta asociación durante años, pero que en plena pandemia ha aprovechado el escenario de la crisis económica para avivar el sentido de la misma en la región.

La India ha decidido quedarse fuera. Aparentemente Modi -el primer ministro indio- está jugando estratégicamente a dejar la ventana abierta para negociar con la nueva Administración Biden, con la que parece que está apostando por establecer cercanas y eficientes relaciones económicas. En el nuevo escenario, en el que el liderazgo económico en el Pacifico está en China, Delhi está centrado en convertirse en una fuente más grande de exportaciones minoristas para los Estados Unidos. Y de conseguirlo la jugada podría traducirse en un gran impulso económico para la India, así como su crecimiento e importancia internacional podrían rediseñarse.

Para China, haber conseguido este acuerdo es un gran triunfo. Partiendo del hecho objetivo que cuenta con un mercado interno de 1300 millones de consumidores, es de los que más tiene que ganar, podrá poner sus productos con menos o ninguna restricción en cualquiera de sus socios, así como importar bajo los mismos parámetros.  También reafirma su liderazgo regional, como la primera economía en el Pacifico, e incluso fuera de la región se posiciona como el líder global capaz de unificar 14 países cuyas economías e intereses son diversas y capaz de liderar el mayor acuerdo económico del mundo.

La RCEP tiene bajo su paraguas 2.100 millones de consumidores. Representa el 30% del PIB mundial y un cuarto de las exportaciones del mundo, lo que supone la asociación comercial más grande del planeta. Por lo tanto, en este acuerdo Beijing le ganaba una partida a Washington como pionero en la globalización y la cooperación internacional. Por lo que la presión sobre la nueva Administración Biden se acrecienta. El presidente electo ha hablado de su intención de restablecer el TPP, los demócratas tienen una oportunidad ahora de volver a establecer alianzas y puentes en la región, y en un único escenario en el que Beijing está al mando podría darse una gran oportunidad para que tanto republicanos como demócratas se unan en priorizar retomar protagonismo en el Pacífico.

INTERREGNUM: Los desafíos asiáticos de Biden. Fernando Delage

Con la victoria de Biden llega a la Casa Blanca un líder moderado, pragmático y con una profunda experiencia y conocimiento de los asuntos internacionales. Aunque formado en la guerra fría, sus años como vicepresidente de Obama le enseñaron la profunda transformación experimentada por el sistema internacional desde la primera década del siglo XXI. Sabe bien, por tanto, que la estrategia destructiva de Trump no puede sustituirse a partir de enero por el regreso a un mundo que ya no existe, ni por una política exterior desconectada de las nuevas realidades económicas y geopolíticas.

Biden, presidente quizá de un solo mandato, se verá obligado a dedicar la mayor parte de su tiempo a los asuntos internos. La pandemia, el racismo, la polarización política, la inversión en infraestructuras y nuevas tecnologías, y la atención a los perjudicados por la globalización y la revolución digital, son algunos de los problemas que requieren atención inmediata. Son también no obstante una condición para su proyección exterior: sólo reforzando las bases internas de su poder podrá Estados Unidos desempeñar un papel de liderazgo global. Su sola victoria ya es, por otro lado, un paso importante hacia la recuperación de la autoridad moral perdida en los años de Trump. Restaurar la credibilidad perdida como potencia comprometida con la gestión de los problemas transnacionales y la cooperación multilateral requerirá, no obstante, hechos concretos.

En el frente exterior, Asia será uno de los temas fundamentales y, entre ellos, China la cuestión decisiva. El margen de maniobra de Biden será relativamente estrecho: la posición de firmeza frente a Pekín mantenida por Washington desde 2018 responde a un amplio consenso nacional. El Partido Demócrata comparte con la administración saliente la hostilidad hacia las prácticas económicas y comerciales chinas, como también buena parte de los asesores del nuevo presidente. Biden permitirá, sin embargo, que se rebaje el tono y la retórica ideológica, y renovará los canales institucionales de diálogo con China, interrumpidos durante los últimos cuatro años. También será posible impulsar la cooperación con la República Popular en asuntos vitales para ambos, como el cambio climático o la proliferación nuclear.

Biden hará posible, sobre todo, el desarrollo de una política asiática que deje de ser rehén de la fijación con China. Recuperar la confianza de los aliados más cercanos, como Japón, Australia o los socios más estratégicos del sureste asiático, será el imperativo de partida. La incorporación de Estados Unidos al TPP (en la actualidad CTPP tras el abandono por Trump), y por tanto a un espacio de interdependencia basado en reglas, será uno de los elementos más eficaces de una estrategia compartida de equilibrio de la República Popular, que evitará al mismo tiempo la marginación de Washington de las normas que definirán el comercio y las inversiones en Asia durante al menos una generación. Hacer de la ASEAN no un terreno de competición con Pekín, sino una pieza clave de su estrategia asiática, la permitirá asimismo participar de manera directa en los procesos de integración que están reconfigurando la región. La asistencia regular a los foros multilaterales y cubrir las embajadas en Asia—Trump no hizo ninguna de las dos cosas—serán hechos recibidos con alivio por unos gobiernos que no quieren unos Estados Unidos ausentes.

La desinformación es la verdadera ganadora de la contienda electoral. Nieves C. Pérez Rodríguez

En un ambiente mucho menos festivo que en previas elecciones y cargado más bien de ansiedad por conocerse el resultado final, pero también por el temor a protestas ante al anuncio del candidato ganado, se ha celebrado el día electoral en EEUU. Mientras, en las principales ciudades del país se prepararon con barreras antidisturbios e incluso la misma Casa Blanca puso barricadas a sus alrededores para protegerse frente a la posible violencia que puede llegar a desatarse, producto de una polarización social muy profunda que se ha acentuado en los últimos años.

La campaña ha sido dura, con fuertes acusaciones de ambos lados. A los demócratas se les acusa de tener una agenda socialista radical y, en efecto, es lo que ha hecho que el Estado de Florida lo ganaran los republicanos. Mientras que a Trump se le acusa de dividir fuertemente el país, aupar a los supremacistas blancos y de un terrible manejo de la pandemia que de momento supera los 9 millones de ciudadanos contagiados.

Sin embargo, la economía estadounidense aún en plena pandemia repuntó bruscamente durante los 3 últimos meses de campaña, creciendo a un ritmo trimestral récord de 7,4% de acuerdo con las cifras oficiales. Aunque el daño de la paralización de la pandemia está presente según los analistas. Pero lo cierto es que a pesar del parón producido por el confinamiento ha quedado demostrada la entereza de la primera economía del mundo.

Fue una campaña electoral atípica.  Debido a la pandemia se estimuló el voto temprano para evitar grupos masivos de electores, así como el voto por correo. Todo en medio de un ambiente agitado que ha acabado por deteriorar más las instituciones estadounidenses. Y eso, en gran parte, se debe a Trump, quien en el uso de su tono soez no mide palabras o descréditos para ganar adeptos.

El deterioro de la credibilidad de las instituciones es un punto de inflexión en los Estados Unidos y la mayor preocupación de los analistas. Y el ganador de esta reñida contienda tendrá la gran responsabilidad de restablecer esa credibilidad o al menos contener su deterioro. 

Los republicanos pueden estar tranquilos en cuanto a la Corte Suprema, pues su mayoría es conservadora, y, a pesar de que la silla presidencial la ocupe un demócrata, las decisiones que por allí pasen serán más de corte conservador. En cuanto al Congreso, de momento todo apunta a que se quedará como estaba. Es decir, la Cámara de Representantes en manos de los demócratas y el Senado tendrá mayoría republicana, lo que garantiza que sus prioridades continuaran parecidas. Y habrá un equilibrio sano para el sistema.

Con un Senado de mayoría republicana se seguirá luchando y aprobando leyes que pongan un freno a las arbitrariedades chinas, bien sea en cuanto al robo de propiedad intelectual, o de posible espionaje a través de la red 5G o Huawai, la defensa por la las libertades religiosas de los individuos chinos (incluyendo a las minorías musulmanas, los budistas y cristianos en China), seguirán hablando sobre la importancia de devolver la autonomía a Hong Kong pero sobre todo se hará mucha énfasis en Taiwán y la imperiosa necesidad de que ese enclave permanezca fuera de los tentáculos del PC chino.

Si continuara Trump en la Casa Blanca su política exterior hacia Asia andaría por la misma línea. Pero si Biden tomara el poder, en este punto no podría retornar a la situación de hace 4 años atrás, por lo tanto, aunque es probable que se suavice un poco el tono, no se cambiará sustancialmente la postura.

La Administración Trump se ha centrado mucho en los problemas domésticos, dejando un vacío en el liderazgo internacional que bien ha intentado llenar Beijing. Es posible que Biden tomará una posición más activa internacional, aunque poco probable que Washington recupere el liderazgo internacional al que nos tenía acostumbrado.

Todo apunta a que los resultados de las elecciones se harán esperar, y la razón de ello es la inmensa división que ha experimentado esta nación. Estados Unidos es hoy un país dividido ideológicamente en dos partes casi iguales. Pero la grandeza de la democracia y la fortaleza de su economía lo hará salir adelante, y tal y como dice su juramento a la bandera seguirá siendo “una nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”.

INTERREGNUM: Estados Unidos out, Asia in. Fernando Delage

Ni la reelección ni la derrota de Donald Trump—aún se desconocían los resultados al escribir estas líneas—determinarán el futuro de la presencia de Estados Unidos en Asia. La política de Washington hacia la región dependerá de factores que van más allá de las elecciones de noviembre. No pocos de ellos están relacionados con China y el desafío que ésta representa para los intereses de los norteamericanos y de sus aliados. Pero no menos importantes son los relacionados con las reformas internas que necesita Estados Unidos, y que serán la clave de su capacidad de adaptación a un mundo en el que ya no será la única potencia dominante.

Cualquier nueva administración afrontará un completo catálogo de demandas en Asia: restaurar alianzas, evitar la escalada de múltiples conflictos, dar forma a una relación equilibrada con China, participar activamente en la integración económica y en los procesos multilaterales de la región, etc. La respuesta no vendrá de un ilusorio regreso a la era pre-Trump. Las naciones asiáticas son hoy más fuertes, más nacionalistas, más interdependientes entre sí, y más celosas de sus intereses estratégicos. Todas perciben el cambio histórico en la redistribución de poder a su favor.

A lo largo de la última década, la política asiática de Estados Unidos ha recibido distintos nombres—del “pivot” al “Indo-Pacífico Libre y Abierto”—pero siempre ha reconocido la importancia decisiva de la región para su economía, su seguridad y la de sus socios, así como para la promoción de los principios y valores democráticos. Sin embargo, el margen de maniobra con que contaba para defender sus intereses se ha reducido. La modernización militar china y la estrategia marítima de Pekín desafían la primacía norteamericana de los últimos 70 años y ponen a prueba la credibilidad de los compromisos de seguridad de sus alianzas. Entretanto, el extraordinario crecimiento de China durante las dos últimas décadas ha hecho de la República Popular la primera fuerza económica de la región. Mientras Pekín consolida su ascenso y se convierte en el primer socio comercial de todos sus vecinos, Estados Unidos abandona el TPP y adopta sanciones contra sus amigos y aliados, es decir, contra quien justamente necesita para presionar a China. ¿Es así como piensa competir con su principal rival?

Estados Unidos se encuentra en un momento crítico en su relación con el continente. El orden de postguerra se ha visto superado por los acontecimientos y no sirve de referencia para afrontar los desafíos de nuestro tiempo. La polarización y disfunción de la vida política norteamericana—que antecede a Trump y le sucederá aunque él la haya agravado—ha sido una de las causas del deterioro de ese orden. Al mismo tiempo, la estrategia de dominio en todos los campos—el militar en particular—está desfasada y no cuenta con el apoyo de la opinion pública. Washington necesita una alternativa viable a las iniciativas que Pekín ofrece a la región. Pero articularla requiere primero de sus líderes un cambio de mentalidad, recuperar su autoridad moral, atender sus problemas internos y atenuar esas corrientes populistas que amenazan la sostenibilidad de la democracia.