El proteccionismo económico toma la Casa Blanca

Washington.- Desde el principio de su candidatura, Donald Trump ha sido claro y preciso con la idea de apostar por un proteccionismo económico que devuelva la riqueza a los ciudadanos estadounidenses al precio que sea. Todo apunta a que el centro de atención estaría en una ruptura de relaciones comerciales con China. Ha acusado al gobierno chino una y otra vez de manipular su moneda, de invadir el mercado estadounidense con productos cuyo valor no se corresponde con el real. Incluso ha amenazado con denunciarles frente a la Organización Mundial de Comercio por irregularidades.

En los ya escasos días de presidencia de Obama, mientras la nostalgia embarga a los demócratas por su partida, el presidente electo finiquita la lista de elegidos para formar gobierno.

Uno de los últimos es Robert Lighthizer que se convertirá en el Representante Comercial de América (US Trade Representative). Con una trayectoria política conocida, trabajó para la presidencia de Ronald Reagan y es uno de los mayores opositores al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Además de que se le conoce como el enemigo a acuerdos comerciales donde se vean comprometidos los intereses estadounidenses. Un conservador que, en su momento, cuestionó la adhesión de John McCain a las políticas de libre comercio.

En palabras del mismo Trump, “Lighthizer tiene amplia experiencia en lograr acuerdos que protegen algunos de los sectores más importantes de nuestra economía y ha luchado reiteradamente desde el sector privado para impedir que los malos acuerdos perjudiquen a los estadounidenses…”

Un mes antes fue nombrado Peter Navarro como Director Comercial e Industrial, (Director of the National Trade Council) y que, según el New York Times, es el único economista con credenciales del círculo cercano a Trump. Es profesor de Economía y Política Públicas de la Universidad de California y escritor de dos libros que alertan del peligro de China. Uno de ellos, Muerte por China (Death by China), se convirtió en un documental que cuenta con un extenso número de entrevistas a políticos de diversas tendencias, economistas, ambientalistas, hombres de negocios, e incluso empleados de manufacturas que se han trasladado a China. En el filme se busca alertar del masivo riesgo que China representa para la economía americana, con datos como que 25 millones de estadounidenses no pueden encontrar trabajos decentes, 50.000 industrias han desaparecido, o la deuda nada insignificante que tiene el Estado Americano con Pekín de 3 trillones de dólares. La BBC denomina a Navarro “el feroz crítico de China”.

Muchos de los argumentos contra China usados por Navarro a lo largo de su carrera son los mismos que ha venido repitiendo el ahora elegido presidente. No en vano lo ha acompañado como asesor de la campaña. Seguramente fue esta influencia, la que llevó al nuevo presidente a decidir crear una oficina dentro de la Casa Blanca que unirá la conducción de las estrategias de intercambio comercial, la evaluación de las manufacturas domésticas y la identificación de nuevas oportunidades para generar empleo en este sector, de acuerdo con el Washington Times.

Y para cerrar la triunvirato, el nombramiento de Wilbur Ross, el pasado noviembre tampoco dejó a nadie inadvertido. Multimillonario, conocido por adquirir negocios quebrados y transformarlos en prósperos, se trata de un acérrimo proteccionista de la economía estadounidense. Duro crítico de la caída de empleos de manufactura y denominado Míster Proteccionista por la revista “The Economist”, su gran maniobra fue salvar, entre 2002 y 2003, una fábrica textilera en Carolina del Norte, que había declarado bancarrota, justo después de la entrada de China a la OMC. La situación y la audacia de Ross le llevó al DC a hacer lobby para mantener los aranceles de los textiles con el objeto de proteger a la muy golpeada industria.

El portavoz del equipo de transición de Míster Trump ha dicho que, de ser confirmado Ross, él podría empujar y expandir las exportaciones y reducir las importaciones. Con experiencia en el sector de Acero y Textil, podría jugar un rol completamente opuesto al que han tenido los anteriores secretarios de comercio.

Con estos personajes dirigiendo las políticas comerciales y de intercambio de los Estados Unidos, habrá un cambio de rumbo que puede desembocar en un proteccionismo extremo, en donde las exigencias por parte del gobierno a las Industrias estadounidenses se vean coaccionadas a tomar decisiones de retornar o de lo contrario recibir sanciones. Esta situación se aleja mucho al libre comercio que ha caracterizado esta nación.

China por su parte, presionará posiblemente con el monto astronómico que le adeuda este gobierno para impedir la movilización de empresas, y entrar en un juego de poder.

Como dijo Dan Ikenson (The Cato Institute Think Tank), esos 3 chicos juntos pueden crear muchas travesuras. ¿Serán estas travesuras las que darán nombre a las nuevas políticas de Comercio e intercambio comercial e industrial del gobierno de Trump?

Interregnum: Rusia Euroasiática

En un artículo publicado en octubre de 2011, sólo una semana después de anunciar su candidatura a un tercer mandato presidencial, Vladimir Putin asumió un nuevo discurso político. Abandonando su retórica anterior sobre Rusia como “Estado europeo”, Putin pasó a defender la idea de que Rusia no es exactamente una nación, sino más bien una civilización, heredera del Imperio ruso y de la Unión Soviética (y, por tanto, separada de Europa). Su identidad como potencia “euroasiática” es al mismo tiempo, señaló, la que define su posición en el sistema internacional.

El concepto del euroasianismo ha atraído la atención de quienes quieren explicar el comportamiento ruso desde entonces. Aparece como un elemento de legitimación para restablecer el control sobre su periferia y justificar sus objetivos geopolíticos. La integración de Eurasia, gran proyecto de Putin, sería el instrumento para asegurar a Rusia un centro de poder independiente y evitar que se convierta en un actor periférico de Europa y Asia. Es un discurso vinculado asimismo a un nuevo nacionalismo ruso, surgido de la necesidad de encontrar una alternativa ideológica entre el comunismo y el liberalismo, entre los valores occidentales y el mundo asiático. El misterio es por qué unas ideas que antes nadie tomaba en serio, son de repente asumidas por el Kremlin y han dado forma a un consenso compartido por las elites políticas del país.

Desentrañar los orígenes de estas teorías y su evolución a lo largo del siglo XX hasta hoy es el objeto de un fascinante libro de Charles Clover, excorresponsal del Financial Times en Moscú: Black Wind, White Snow: The rise of Russia’s new nationalism (Yale University Press, 2016). Mediante el retrato intelectual y biográfico de tres figuras principales—un filólogo (Nikolay Trubetskoy), un historiador (Lev Gumilev) y un profesor de geopolítica (Alexander Dugin)—Clover examina cómo nace este supuesto ideal euroasiático—fundado en mitos, más que en hechos científicos—y analiza su interacción con el contexto político ruso desde la Revolución de 1917.

Su cuidadosa reconstrucción de estas ideas demuestra lo confuso del esfuerzo tendente a encontrar en las estepas de Eurasia la personalidad de la civilización rusa. Pero el curso de las relaciones con Estados Unidos con posterioridad al 11/S, y las manifestaciones en Moscú contra Putin en 2011-12, crearon entre otras circunstancias la oportunidad para que el Kremlin encontrara en el euroasianismo la manera de cubrir el vacío ideológico de las dos décadas anteriores y, a la vez, poder definir las bases de su acción exterior. Identificarse como rival de Occidente y buscar la construcción de una Gran Eurasia pueden servir a Putin para mantenerse en el poder. Pero es también una manera de ocultar las limitaciones de Rusia mientras no avance en la institucionalización de su vida política interna y construya la economía que permita su integración global y su desarrollo a largo plazo. Son imperativos que no desaparecerán aunque el nuevo presidente norteamericano decida levantar las sanciones contra Moscú.

La personificación del sueño americano, catalizador de nuevas alianzas

Washington.- Según nos acercamos a la toma de posesión del Presidente electo Donald J. Trump, y el tan esperado nombramiento del Secretario de Estado Rex Tillerson, la política exterior de la nueva administración parece ir tomando forma. A pesar de que el nuevo gabinete carece de experiencia política, cuenta con un amplio conocimiento en materia de negocios y expansión de bienes y fortunas, que podría ser la brújula que dirija su política exterior y que como resultado podría arrastrar a la ruina relaciones históricas como las de Japón con los Estados Unidos.

El nuevo secretario de Estado tiene una trayectoria conocida en el mundo petrolero, desde las distintas posiciones que ocupó en Exxon Mobil, y cómo, desde allí, sus relaciones con Rusia han sido muy estrechas. Según el Wall Street Journal, Tillerson lideró la expansión de Exxon en Rusia durante la presidencia de Boris Yeltsin, lo que marcó el despegue de su carrera.

En los años más recientes ha habido manifestaciones públicas de la estrecha relación entre el presidente Putin y Tillerson, no sólo con las exploraciones multibillonarias que Exxon ha hecho en Rusia y el convenio firmado en 2011 con la compañía estatal Rosneft, sino, incluso, con el premio, “a la Orden de la Amistad”, que el mismo presidente ruso, otorgó al señor Tillerson, uno de los mayores honores que pueden recibirse en Rusia. Además de apariciones públicas y fotos donde se aprecia la complicidad, o al menos cercanía entre ambos. O, como el Washington Post califica esta relación, “el largo romance de Tillerson con Rusia”.

El constante coqueteo de Mister Trump, desde su cuenta de Twitter, con Putin no pasa a nadie inadvertido, sobre todo tras la decisión en la que la Administración Obama expulsa 35 diplomáticos rusos e impone sanciones económicas contra organismos de espionaje. A lo que Putin expresó que no respondería con reciprocidad a la expulsión. Por lo que el Presidente Trump comenta: ” …Siempre supe que Putin era un hombre inteligente…”

Estas cercanías despiertan incertidumbre y revuelo internacional, pues desvela el comienzo de un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, distinto a lo que estamos acostumbrados en la post guerra fría. Japón ha sido uno de los países en mostrar más inquietud, en respuesta a los comentarios del entonces candidato presidencial, a principios del 2016, de que Corea del Sur y Japón deberían desarrollar sus propias armas nucleares para contrarrestar las amenazas de Corea del Norte. O que Japón necesita pagar más, para mantener tropas estadounidenses en su suelo.

El estado nipón está apostando públicamente por un mantenimiento de relaciones con Estados Unidos; así lo confirma la visita de Abe hecha en días pasados a Pearl Harbor, y las reiteradas declaraciones en los que manifiestan su compromiso con América. Paralelo a esta situación, Japón, ha venido experimentando un crecimiento de su nacionalismo. El Primer Ministro Abe consiguió en septiembre pasar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa, en la que se permite la autodefensa colectiva, un significativo cambio de la mentalidad de la post segunda guerra mundial. También ha venido robusteciendo su capacidad militar en los últimos años. Ha desarrollado una flota naval muy poderosa en respuesta a la política expansionista china. Además del incremento, en agosto pasado, del presupuesto de defensa, hecho por el Ministro de Defensa japonés Tomomi Inada, un nacionalista de línea dura.

Japón ha intensificado su relación con la OTAN, específicamente en promoción de la paz global. Organizó la Conferencia de Tokio en 2012 y aporto 5 billones de dólares entre 2009 al 2013 al programa de asistencia y seguridad de la OTAN en Afganistán; ha ayudado a las fuerzas armadas afganas, y a la reintegración de excombatientes a la sociedad. Así como en los años 90 contribuyó a la reconstrucción de Los Balcanes y la reintegración a Europa.

Los 70 años de estrecha relación entre Japón y Estados Unidos, pueden estar llegando o bien a su fin, o al menos a una nueva dimensión. Da la impresión que la nueva administración estadounidense apuesta por dejar desatendidos a quienes han sido sus aliados históricos, obligándolos a tomar control de su propia seguridad, y gestionar sus propios presupuestos de defensa, lo que propiciaría un reacomodo de fuerzas. China y Rusia operan bajo las mismas líneas, siempre que sea conveniente a sus intereses.

Japón y Corea del Sur coinciden en su temor a Corea del Norte, y su capacidad armamentística. Rusia se entiende con el dictador Kim Jong-un. Mientras que Japón mantiene una tensa relación con Rusia desde 1945 debido a los territorios del Norte o las Islas Kuriles, que fueron ocupadas por los soviéticos.  A pesar de la reciente visita de Putin a Japón, las relaciones entre ambos podrán mejorar en el plano económico, pero seguirán tensas hasta que no se establezca un acuerdo sobre las Islas.

Estados Unidos ha mantenido y liderado hasta ahora relaciones estratégicas con Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Australia, y Taiwán. Pero estos países entre si no tienen ningún tipo de plan militar conjunto, de reacción en contra del expansionismo chino en la región. O de otros potenciales peligros, como el terrorismo internacional. Este escenario podría ser aprovechado por Japón, para ganar espacio, que, hasta ahora, han sido exclusivamente de Estados Unidos, y ejercer mayor influencia regional. Incluso global, financiando programas humanitarios o de defensa, consiguiendo un mayor protagonismo debido al espacio que deja la personificación del sueño americano, tal y como Mister Trump define la carrera de Tillerson, que más que perpetuar su influencia mundial, parece apuntar a generar negocios que traigan fortuna y riqueza a la sociedad estadunidense.

Interregnum: Diplomacia triangular 3.0

Dos constantes en las prioridades de política exterior del presidente electo de Estados Unidos son la necesidad de mejorar las relaciones con Rusia y adoptar una posición de mayor firmeza hacia China. ¿Pretende Trump, 45 años después del acercamiento de Nixon a Pekín y 65 de la alianza chino-soviética, invertir el triángulo y girar hacia Moscú para equilibrar a China?

Prevenir un enfrentamiento simultáneo con China y Rusia, dos potencias cuya cooperación bilateral se ha reforzado como consecuencia de la estrategia de reequilibrio hacia Asia de la administración Obama y de las sanciones a Moscú tras la crisis de Ucrania, responde a la lógica de los intereses norteamericanos. Al mismo tiempo, es innegable que Rusia puede ser un colaborador en la lucha contra el terrorismo jihadista. ¿Compensará a Washington, sin embargo, el reconocimiento de la influencia rusa en Oriente Próximo—región de la que logró expulsarla en los años setenta—, y en Europa oriental, a costa de sus aliados? Porque no menos será el precio exigido por Moscú.

Pese a su aparente complicidad con Trump, también Putin afronta nuevos dilemas. Superar el aislamiento al que le sometió Obama representa un notable triunfo diplomático; no obstante, no resuelve los problemas estructurales rusos. Quien ha hecho de su oposición a Estados Unidos y a los valores liberales uno de los elementos definitorios de su discurso político, ¿podría explicar a su opinión pública un giro de esas características? La celebración de elecciones presidenciales en 2018 complica el margen de maniobra de Putin si éste ya no puede hacer responsable a Washington de las dificultades económicas que atraviesa el país.

La victoria de Trump expondrá, por otra parte, las contradicciones en la relación entre Moscú y Pekín. Los dos necesitan más a Estados Unidos separadamente que el uno al otro. Y, como resultado de la inclinación proteccionista y aislacionista del nuevo presidente norteamericano, China puede adquirir un espacio económico y geopolítico que agravará la posición rusa. Los hechos hablan por sí solos. Mientras China es el tercer mercado para las exportaciones norteamericanas (tras Canadá y México), Rusia ocupa el 37º lugar. China no es sólo una plataforma vital para las multinacionales de Estados Unidos, sino que posee más de 1,8 billones de dólares de la deuda norteamericana. Por no hablar de la necesidad de cooperación de ambos países en numerosos asuntos de la agenda global—del cambio climático a la estabilidad del sistema financiero—en los que Rusia, por su escasa integración, apenas tiene un papel que desempeñar.

Moscú y Pekín querrían acabar con la posición dominante de Estados Unidos. Pero sus métodos no pueden ser más distintos. China necesita, y quiere impulsar, una nueva etapa de globalización. Rusia quiere construir una valla en torno a su periferia para no depender del exterior. En un mundo en el que la competencia tiene que ver con las definición de las reglas del juego de la economía mundial, la asimetría entre los intereses y capacidades de Rusia y China se hará cada vez más evidente. El juego triangular puede ser más complicado de lo que piensan Putin y Trump.

El factor Trump