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INTERREGNUM: Después de la cumbre Xi-Biden. Fernando Delage

La cumbre virtual mantenida por los presidentes de Estados Unidos y la República Popular China, Joe Biden y Xi Jinping, respectivamente, el 15 de noviembre puso de manifiesto la intención de ambas partes de cambiar el tono de la relación bilateral. Como señaló tras la reunión el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, una “competición intensa” requiere una “diplomacia intensa”. El deseo de ambos presidentes de evitar una nueva guerra fría y prevenir un conflicto debería conducir, en efecto, al establecimiento de unas reglas que estructuren la interacción entre ambas grandes potencias.

Este encuentro ha supuesto un importante paso en dicha dirección, y corrige en buena medida el áspero intercambio mantenido por los representantes diplomáticos de los dos países en su reunión de marzo en Alaska. La declaración conjunta de Washington y Pekín sobre cambio climático acordada poco antes de concluir la COP26 en Glasgow es otra indicación del reconocimiento de las posibilidades de cooperación con respecto a sus intereses compartidos. Es innegable, sin embargo, que ni China va a dar marcha atrás en sus ambiciones, ni Estados Unidos está dispuesto a perder terreno. Las respectivas necesidades políticas internas de Biden y Xi tampoco aparecen especialmente sincronizadas.

Sólo dos días después de que ambos líderes mantuvieran su primera conversación cara a cara, la Comisión encargada por el Congreso de Estados Unidos de realizar un seguimiento de las relaciones con China publicó su informe anual. Entre otros asuntos, el texto, de más de 500 páginas, coincide con las estimaciones del Pentágono de hace unas semanas sobre el rápido crecimiento del arsenal nuclear chino, y el temor de que Pekín haya decidido abandonar su posición minimalista en este terreno. El documento identifica por otra parte la creciente presencia china en América Latina como un nuevo punto de fricción, y subraya en particular la construcción de una estación de seguimiento especial en Argentina bajo la supervisión del Ejército de Liberación Popular, el apoyo al régimen de Maduro en Venezuela, y el uso de la vacuna contra el covid para persuadir a algunos Estados a que abandonen su reconocimiento diplomático de Taiwán.

La intimidación de Taipei también irá a más, indica el estudio, cuyas conclusiones apuntan a que el gobierno chino “mantendrá con toda probabilidad su enfoque combativo”, y “cada vez está menos interesado en el compromiso, e inclinado a asumir acciones agresivas que conducirán a la inestabilidad”. Por lo que se refiere a Taiwán, fue el propio Xi quien advirtió a Biden del riesgo de “jugar con fuego”. Como es sabido, en el Congreso norteamericano se extiende la idea de que Washington debería abandonar la tradicional política de “ambigüedad estratégica” con respecto a la isla, para ofrecer una garantía de seguridad clara y explícita.

Ninguno de los dos líderes puede permitirse una percepción de debilidad. Xi, para evitar mayores obstáculos de cara al XX Congreso del Partido Comunista, en el otoño del próximo año, cuando será ratificado para un tercer mandato. Biden, porque en un contexto de notable caída de su popularidad, afronta elecciones parciales al Congreso en 2022, y unas presidenciales en 2024, bajo la sombra de Trump. Medios republicanos no han dejado de acusar a Biden de “rendición” por el mero hecho de reunirse con el presidente chino. El escenario político norteamericano obliga por tanto a la Casa Blanca a una posición de firmeza frente a Pekín, a la que China—por razones similares—no podrá dejar de responder. Mantener una diplomacia productiva en estas circunstancias va a ser un desafío constante, pero si en los próximos dos años no se alcanza algún tipo de modus vivendi entre ambos gigantes, esa posibilidad puede desaparecer por completo en el caso de una victoria republicana.

 

Xi y Biden se miden

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, está decidido a mantener posturas duras contra China a la vez que quiere dar la sensación de que, a diferencia de Donald Trump, tiene abierta la vía del diálogo para intentar llegar a acuerdos que desactiven el riesgo de un conflicto mayor y de incalculables consecuencias.

De ahí, el reciente encuentro virtual con el presidente Xi en el que ambos han presentado su propio memorial de agravios sin que, por el momento, se vislumbre acuerdo alguno más allá de las palabras que hablan de la voluntad de evitar el temido gran enfrentamiento. Desde la Casa Blanca se ha sostenido que “sabemos que, como líder global responsable, es importante para Estados Unidos mantener abiertos los canales de comunicación”, y añadieron que “el presidente también dejará claro que queremos construir salvaguardas comunes para evitar errores de cálculo o malentendidos”, agregando que no se esperan grandes resultados de la cumbre.

Por parte estadounidense, la agenda contiene, como condiciones para seguir con el diálogo, la defensa de Taiwán y la voluntad de mantener abierto el estrecho que separa a la isla de la China continental, la exigencias de que China respete la leyes de la libertad de comercio y que cesen las violaciones de derechos humanos en China, específicamente las que afectan a los musulmanes uigures y a los tibetanos. Por parte China, ya antes de la reunión señalaron que conseguirían la integración de Taiwán. “en la patria china, cueste lo que  cueste”. Y respecto a las otras cuestiones, Pekín sitúa en Estados Unidos las prácticas ilícitas contra la economía china y acusa a Occidente de mentir sobre la violación de derechos humanos.

Pekín afirma que “China y Estados Unidos deben respetarse mutuamente, coexistir en paz, cooperar, gestionar de manera apropiada los asuntos internos y asumir sus responsabilidades internacionales” .

Así están las cosas mientras China aumenta la presión militar sobre Taiwán sobrevolando una y otra vez su espacio aéreo y haciendo visible a sus fuerzas navales en las cercanías y Estados Unidos refuerza sus propias fuerzas navales en la región en coordinación con Australia y Reino Unido.

Según informa el corresponsal del diario ABC en China, Pablo Díez, “a pesar de sus numerosas diferencias, Xi Jinping ha recordado que las dos economías más importantes el mundo y miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, China y EE.UU., necesitan fortalecer la comunicación y la cooperación, abordar bien sus respectivos asuntos domésticos y asumir sus responsabilidades internacionales, trabajando juntos para promover la noble causa de la paz y el desarrollo de la humanidad». A tenor de una transcripción de sus declaraciones iniciales difundida por el Ministerio de Exteriores de China, se ha mostrado preparado para trabajar con Biden «con el fin de construir el consenso y dar pasos decididos para que las relaciones bilaterales avancen en una dirección positiva”.