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INTERREGNUM: Triángulo invertido. Fernando Delage

En febrero de 1972, la visita a China del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, puso en marcha un acercamiento entre ambos países contra la Unión Soviética que transformó el equilibrio de poder global y abrió una nueva etapa en la dinámica de la Guerra Fría. Cuando se cumplen cincuenta años de “la semana que cambió el mundo”, ha sido el presidente ruso, Vladimir Putin, quien ha viajado a Pekín para anunciar con su homólogo chino, Xi Jinping, una nueva era en el orden internacional. China y Rusia, enemigos hace medio siglo, se alinean hoy con la pretensión de certificar el fin del “siglo americano”.

El triángulo estratégico diseñado por Nixon y Kissinger para quebrar el bloque comunista y buscar una salida a la guerra de Vietnam, se ha invertido cinco décadas después mediante la formación de un eje autoritario que aspira a reconfigurar el statu quo resultante del fin de la Guerra Fría. En un texto redactado en inglés que hicieron público el 4 de febrero, Xi y Putin describieron “la tendencia hacia la redistribución de poder en el mundo” que puede observarse en la actualidad, y declararon que la amistad entre sus dos naciones “carece de límites, y no hay áreas que queden al margen de su cooperación”.

El documento ha sido interpretado por numerosos analistas como un punto de inflexión, la señal de una nueva división del sistema internacional en dos bloques rivales. Pekín y Moscú han profundizado en su relación estratégica en unas circunstancias de debilidad de las democracias liberales y de polarización política en Estados Unidos. Tras un proceso sostenido de acumulación de capacidades militares (en el caso de Rusia), económicas y militares (en el de China), los dos países—potencias nucleares en sus respectivas regiones, Europa y Asia—, cuentan con un margen de maniobra impensable hace veinte años.

Sería un error, no obstante, pensar que han desaparecido los límites a su colaboración. Aun ofreciendo a Putin cierto apoyo—en el rechazo a la ampliación de la OTAN, por ejemplo—, Xi no tiene ningún interés alguno en empeorar sus ya tensas relaciones con Europa, ni en hacer que ésta refuerce su relación con Washington, especialmente en un contexto de desaceleración económica y de presiones políticas para corregir la dependencia de las cadenas de valor chinas. Las exportaciones de China a la UE multiplican por diez las dirigidas a Rusia, y Pekín no quiere ser objeto de sanciones en el caso de sumarse a las pretensiones rupturistas de Moscú (no es casualidad que Ucrania no apareciera nombrada en la declaración conjunta). Es China quien lleva hoy la iniciativa: Moscú—con diferencia el más débil de los tres—, es ante todo un peón útil para desviar la atención norteamericana del Indo-Pacífico. Los dirigentes chinos no van a poner sus intereses económicos en riesgo por Rusia.

La principal característica de la relación entre China y Rusia es la enorme asimetría de poder entre ambas naciones. La economía rusa es apenas la mitad de la de California, mientras China tendrá el mayor PIB del planeta antes de 2030. Pekín no puede mantenerse al margen de la economía global y necesita un escenario de estabilidad internacional, mientras que Moscú sólo cuenta con la provocación militar para conseguir sus objetivos. Aun compartiendo una misma ambición (mayor influencia internacional) y un mismo obstáculo (Estados Unidos), Xi no se dejará arrastrar por Putin a un conflicto contrario a sus intereses. Ambos líderes, eso sí, saben aprovechar cuantas oportunidades encuentran para inquietar a un Occidente todavía rehén de un mundo que dejó de existir.

INTERREGNUM: Myanmar: un año después del golpe. Fernando Delage

La semana pasada se cumplió un año del golpe de Estado en Myanmar. Horas antes de inaugurarse el Parlamento resultante de las elecciones de noviembre, en las que la Liga Nacional para la Democracia (LND) logró una aplastante mayoría, los militares se hicieron con el poder en el cuarto golpe de Estado desde la independencia en 1948, poniendo fin a una década de gradual pluralismo político y de sostenido crecimiento económico. La Consejera de Estado Aung San Suu Kyi y el presidente Win Myint, junto a otros dirigentes de la LND, fueron arrestados y acusados de distintos cargos, y se encuentran desde entonces en prisión. Las fuerzas armadas prometieron un regreso a la democracia tras un año de gobierno interino, que luego extendieron a dos años.

La actual atmósfera de tensión entre las grandes potencias ha alejado a Myanmar de los focos informativos, pese a la dramática situación que atraviesa el país. La violencia se ha desatado de manera extrema, el hundimiento de la economía es completo, y la incertidumbre se agrava sobre el futuro de una de las naciones más pobres y de mayor complejidad interétnica de Asia.

La resistencia contra el golpe fue inicialmente pacífica, limitada a manifestaciones masivas y movimientos de desobediencia ciudadana, pero la oleada de represión puesta en marcha por el ejército—que se ha cobrado la muerte de al menos 1.500 civiles, y causado el desplazamiento de centenares de miles de personas—condujo pronto a una brutal escalada. El Gobierno de Unidad Nacional, en el exilio, declaró en septiembre el estado de guerra contra las fuerzas armadas, mientras que estas han designado al primero como una organización terrorista. Los enfrentamientos se han extendido particularmente en los estados fronterizos con India y con Tailandia. El PIB, por otra parte, ha caído un 30 por cien, lo que ha hecho triplicarse los índices de pobreza extrema, condición que ya incluye casi a la mitad de la población. Tras conocer una década de semidemocracia, los más jóvenes no cederán en la resistencia al ejército, una presión que puede crear a su vez divisiones entre los militares, acentuando el caos y el desorden nacional.

Ante estas trágicas circunstancias, la respuesta exterior debía haber sido decisiva; sin embargo, la acción de la comunidad internacional ha consistido básicamente en la adopción de declaraciones de condena, más que en la formulación de medidas concretas para restablecer la estabilidad política. La ONU ha preferido apoyarse en la ASEAN y su plan de cinco puntos para poner fin a la violencia, promover un diálogo constructivo y designar un enviado especial para la crisis. Pese a haberse comprometerse con dicho plan, acordado en el mes de abril, la junta militar no ha dado un solo paso para ejecutarlo, una inacción para la que se apoya, en parte, en la propia falta de unidad de la organización. La visita a Myanmar hace unas semanas del primer ministro de Camboya, Hun Sen, en su calidad de presidente rotatorio de la organización, es un claro ejemplo de esas divisiones. Aunque realizó su viaje sin consultar previamente a los Estados miembros, su gesto ha sido interpretado como un intento por forzar el reconocimiento de la legitimidad del gobierno birmano.

Las sanciones de los países occidentales, que han consistido básicamente en la congelación de cuentas bancarias o la restricción de visados a miembros de la junta, poco efecto pueden tener para un cambio de rumbo, pues los generales han sabido estrechar su cooperación con China y Rusia, potencias ambas interesadas en mitigar las presiones de Occidente. Pekín observa con preocupación el escenario de desorden que se ha abierto (y que puede afectar tanto a los movimientos insurgentes en la frontera que comparten ambos países, como a los gaseoductos que unen la provincia de Yunnan con el Índico), pero también con cierto distanciamiento. La presencia de Moscú, en cambio, ha adquirido un nivel desconocido hasta la fecha, con un notable apoyo directo, tanto en el terreno diplomático como a través del suministro de armas.

La ausencia de avances significativos durante un año no permite ser muy optimista con respecto al desarrollo de los acontecimientos a medio plazo. El margen de influencia occidental es reducido, la ASEAN arriesga su credibilidad, y las partes en el conflicto apuestan por imponerse sobre el otro más que en buscar una solución negociada.

INTERREGNUM: China y el revisionismo ruso. Fernando Delage

Es más que probable que en torno a Ucrania se estén decidiendo las reglas del juego del próximo orden internacional. Salvo que se vea traicionado por su impaciencia y se implique militarmente (con consecuencias que pronto se volverían en su contra), la presión de Putin puede darle su principal objetivo: rehacer la arquitectura de seguridad del Viejo Continente establecida hace treinta años, mediante el reconocimiento—aunque sea de facto—de su esfera de influencia.

Es cierto: Moscú le está dando a la OTAN la justificación para seguir existiendo; pero este es un problema básicamente para los europeos, pues la Casa Blanca—como bien sabe Putin—no quiere distracciones en su competición con China (todavía menos en función del calendario electoral que se avecina en Estados Unidos). Seis meses después del abandono norteamericano de Afganistán, y cinco años después de que Angela Merkel advirtiera que Europa debía tomar las riendas de su destino, la UE sigue manteniendo un papel de mero espectador. De manera inevitable, tendrá que extraer nuevas lecciones acerca de la cada vez más clara interacción entre el escenario geopolítico europeo y el asiático. Pero también lo hará China, inquieta porque los afanes revisionistas del presidente ruso le compliquen sus planes estratégicos.

Los disturbios en Kazajstán ya han sido un serio aviso para Pekín. Aunque haya vuelto la calma al país, la crisis ha puesto de relieve las limitaciones de la diplomacia china en una región clave para sus intereses. Con una frontera compartida de casi 1.800 kilómetros de longitud, China no puede ignorar una situación de inestabilidad tan próxima a Xinjiang, provincia donde residen minorías de etnia kazaja. Además del temor a que radicales uigures puedan movilizarse como consecuencia de las manifestaciones en la república centroasiática, Kazajstán es el puente entre China y Europa: recuérdese que fue en Astana donde Xi anunció la Nueva Ruta de la Seda en 2013. Los objetivos chinos requieren la menor interferencia rusa posible, de ahí que la incursión militar de Moscú trastoque las intenciones de Pekín de consolidar su dominio del espacio euroasiático (una pretensión por otra parte nunca bienvenida por las autoridades rusas).

El mensaje transmitido por Putin en este sentido ha sido bien claro: con independencia de cuánto invierta la República Popular en Asia central (sus intercambios comerciales con Kazajstán duplican los de Moscú), la potencia dominante es Rusia. China se ve ahora obligada a rehacer su círculo de influencia (que lideraba el destituido jefe de la inteligencia kazaja, Karim Masimov, acusado de instigar un golpe), pero también a reconocer que su política de concentrarse en los asuntos económicos para dejar en manos de Rusia las cuestiones de seguridad quizá haya llegado al final de su recorrido. Las maniobras de Putin y su recurso a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, marginando a la Organización de Cooperación de Shanghai (y por tanto a China), puede modificar la interacción entre ambas potencias.

Algunos observadores piensan, por el contrario, que la crisis de Ucrania puede conducir a formalizar una alianza entre Moscú y Pekín. Pero si, en Asia central, China quiere un espacio que Rusia le niega, sus perspectivas con respecto a Europa tampoco son del todo coincidentes. Putin y Xi comparten el objetivo de debilitar a Estados Unidos y, de estallar un conflicto, la República Popular podría contar con un mayor margen de maniobra en el Indo-Pacífico. No obstante, mientras el presidente ruso busca recuperar estatura internacional para Rusia alterando el statu quo, China prefiere la estabilidad al otro lado de la Ruta de la Seda, y no quiere una OTAN fortalecida que pueda extender sus misiones más allá de Europa. Por otro lado, la democracia liberal es una amenaza existencial para Putin, pero Pekín puede convivir con regímenes pluralistas, siempre que estos respeten sus preferencias.

El curso de los acontecimientos puede deshacer todo pronóstico, y—esperemos que no—causar una espiral incontrolable para la que no faltan antecedentes históricos. Lo único seguro es que la era de la post-Guerra Fría puede darse definitivamente por muerta.

 

INTERREGNUM: Japón y Australia, amigos y socios. Fernando Delage

Nada más comenzar 2022, con una pandemia aún descontrolada, los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina, y los dirigentes chinos dedicados a la preparación del XX Congreso del Partido Comunista de otoño, Pekín se ha encontrado con un par de sorpresas en el entorno exterior. En Eurasia, las protestas en Kazajstán y la intervención rusa han puesto de relieve el tipo de sobresaltos inesperados que pueden complicar sus intereses, cada vez más globales. En el Indo-Pacífico, el anuncio de un ambicioso acuerdo de cooperación en defensa por parte de Japón y Australia supone un nuevo peldaño en la construcción de una alianza de contraequilibrio de China.

El pacto (“Reciprocal Access Agreement”, o RAA), firmado por los primeros ministros de ambos países el 6 de enero tras siete años de negociaciones, permitirá el acceso recíproco a sus instalaciones militares, lo que facilitará a su vez la realización de maniobras conjuntas, así como la interoperabilidad y despliegue de los dos ejércitos con respecto a cualquier contingencia. El RAA se suma así al AUKUS (en el que participa Australia con Estados Unidos y Reino Unido), al QUAD (del que Tokio y Canberra son miembros junto a Washington y Delhi), y al Diálogo Trilateral de Seguridad (Estados Unidos, Australia y Japón), como un instrumento añadido de respuesta frente a las mayores capacidades y ambiciones chinas.

El reforzamiento por Japón y Australia de su relación de “cuasi-aliados” representa un paso muy significativo para ambos. La creciente presión de Pekín sobre Canberra ha llevado al gobierno australiano a maximizar sus opciones, desde una percepción del desafío que representa China no muy distinta de la de Estados Unidos. Japón mantiene un discurso más matizado pero no por ello menos firme, y continúa avanzando en el desarrollo de un mayor papel estratégico pese a sus limitaciones constitucionales. Con el RAA, Australia se convierte en el segundo país con el que Tokio mantiene un acuerdo de este tipo (además del que concluyó con Estados Unidos hace sesenta años).

Este extraordinario grado de confianza entre las dos naciones no responde tan sólo, naturalmente, a sus respectivas necesidades individuales. El acuerdo ilustra su compromiso conjunto a favor de la estabilidad regional, con respecto a la cual siempre podrán contar con una mayor influencia trabajando juntos que de manera separada. Coordinando sus esfuerzos diplomáticos en el sureste asiático, por ejemplo, pueden complicar los intentos chinos de crear una relación de dependencia de Pekín en los Estados de la subregión.

No menos importante es la variable norteamericana, y lo es en un doble sentido. Por una parte, puesto que Tokio y Canberra comparten un mismo interés por mantener a Estados Unidos comprometido con la seguridad asiática, el nuevo acuerdo promueve ese objetivo al repartirse con Washington las responsabilidades militares. Responden así a una de las prioridades de la administración Biden, que ha hecho siempre hincapié en la necesidad de reforzar sus alianzas. Pero, por otro lado, una asociación estratégica más estrecha les otorga también una mayor protección frente al riesgo de unos Estados Unidos más aislacionistas tras las próximas elecciones presidenciales.

Con todo, la relación entre Australia y Japón va más allá de las cuestiones de seguridad, y los líderes de ambos países han acordado asimismo nuevas medidas de cooperación en materia de energía, fiscalidad y economía. La aspiración es la crear un orden regional y un entramado de reglas en el que involucrar tanto a Washington como a Pekín, y hacer que una integración económica cada vez más profunda limite la amenaza de una región dividida en dos grandes bloques. Cuando Estados Unidos ya no puede seguir liderando Asia, hay que buscar alternativas si tampoco se quiere una China hegemónica.

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica en 2022. Fernando Delage

Las tensiones entre Estados Unidos y China no desaparecerán en 2022. Si en algo coinciden demócratas y republicanos, aún más en un año de elecciones parciales al Congreso, es en que sólo cabe mantener una posición de firmeza frente a la República Popular. En Pekín, el presidente Xi Jinping se prepara para consolidar su poder en el Congreso del Partido Comunista en otoño, con el apoyo del resto de dirigentes y de la sociedad china a su política nacionalista. La dinámica interna en ambos casos complica la posibilidad de un entendimiento, pero también permitirá prevenir un choque mayor. La rivalidad entre las dos potencias seguirá influyendo por otra parte en la estrategia china de la Unión Europea: si en 2021 se ha dado un giro cualitativo a este respecto, en los próximos meses podría perfilarse un enfoque más elaborado, incluyendo una más estrecha coordinación con Washington.

Aunque la administración Biden aún no ha hecho pública su estrategia hacia China, algunos de sus elementos han comenzado a tomar cuerpo, y entre ellos destaca la prioridad otorgada a las cuestiones económicas. Lo que coincide, como es lógico, con la necesidad de convencer a sus socios y aliados en la región de que cuenta con un plan económico en su política hacia el Indo-Pacífico. Ante los obstáculos internos que le impiden sumarse a un acuerdo de libre comercio como el CPTPP, la Casa Blanca tendrá que demostrar el nuevo año su compromiso con el que ha denominado “Indo-Pacific economic framework” (IPEF), un instrumento a través del cual quiere hacer hincapié en asuntos como la gobernanza digital, el fortalecimiento de las cadenas de valor o las energías limpias. Los planes norteamericanos no pueden hacerse esperar, sobre todo si China presiona en su objetivo de incorporarse al CPTPP.

El IPEF no puede separarse por lo demás del recientemente establecido Consejo Estados Unidos-Unión Europea en Comercio y Tecnología, una iniciativa orientada a reforzar la coordinación entre Washington y Bruselas, e ilustración de los cambios producidos en la política china de la UE a lo largo de los dos últimos años. Pese a la tardía respuesta comunitaria a los movimientos del gigante asiático, Bruselas ha ido adoptando medidas concretas en coherencia con la definición que hizo de la República Popular en 2019: un socio con el que cooperar sobre los asuntos globales, un competidor económico, y un rival sistémico.

El instrumento anti-coerción puesto anunciado hace unas semanas es otro ejemplo del endurecimiento de la posición europea, aunque mayor relevancia puede tener a largo plazo el plan de desarrollo de infraestructuras. En septiembre de 2018, la Comisión publicó su estrategia de interconectividad Europa-Asia, una respuesta a la Ruta de la Seda china que se marcaba ambiciosos objetivos pero carecía de aportación presupuestaria. De ahí la especial relevancia de la nueva estrategia “Global Gateway”, una propuesta global de inversiones en infraestructuras de calidad que movilizará un total de 340.000 millones de euros entre 2021 y 2027.

El trabajo no ha terminado, pero la presidencia francesa de la UE y el nuevo gobierno alemán avanzarán durante 2022 en la formulación de una posición más sistemática al reto que representa China, en el marco a su vez de una actualizada estrategia hacia Asia, cuyos principios también se dieron a conocer el pasado año. La opción por los instrumentos geoecónomicos no debe ocultar las implicaciones geopolíticas del esfuerzo, que pone en valor los principales recursos con que cuenta la UE, al tiempo que facilita la reanudación de la coordinación transatlántica.

 

INTERREGNUM: Democracia y estrategia china. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha caracterizado la rivalidad entre Estados Unidos y China como una batalla entre democracia y autoritarismo. Aunque se trata, sin duda, de uno de los elementos que definen la confrontación entre ambas potencias, la realidad es sin embargo mucho más compleja. No sólo se parece poco esta competición ideológica a la que enfrentó a Washington y Moscú durante la guerra fría, sino que elevar la retórica de hostilidad a este terreno obstaculiza las posibilidades de cooperación frente a los grandes problemas globales, como el cambio climático o las pandemias. Lo que es más grave, complica la propia estrategia china de la Casa Blanca. La razón es que la erosión de la democracia y el ascenso de China no son dos asuntos que vayan siempre por vías paralelas.

La ambición de Biden de promover el fortalecimiento de las democracias no sólo es admirable, sino necesaria. Pero el mayor desafío a los regímenes liberales no proviene de China (o de Rusia), sino que tiene un origen interno: las amenazas a la separación de poderes, las violaciones del Estado de Derecho, los populismos identitarios y el abandono de la deliberación racional, así como la polarización política que alimentan los medios digitales. El reto, como el propio Biden ha señalado, consiste en corregir las fuerzas autocráticas demostrando la eficacia de las democracias a la hora de hacer frente a los problemas que han causado la creciente desconfianza popular en instituciones y partidos políticos tradicionales.

La injerencia externa y las estrategias de desinformación de actores internacionales es un peligro contra el que las democracias deben actuar de manera conjunta. Esa cooperación debe consistir, no obstante, en dar forma a instrumentos e iniciativas concretas que mitiguen esos riesgos, más que en un discurso genérico de denuncia de un fenómeno, el autoritarismo, que quizá no sea la clave fundamental de lo que está en juego. En el caso de China, la competición es ante todo geopolítica, económica y tecnológica, y no desaparecería si la República Popular se convirtiera en una democracia. El aumento de su poder y el nacionalismo son, en este caso, factores más decisivos que la naturaleza de su régimen político.

Al contrario que la Unión Soviética, China no pretende ni derrotar a Estados Unidos ni exportar su ideología por el planeta. No hay, tampoco, un choque de sistemas incompatibles entre sí; por el contrario, se trata de una competición entre diferentes modelos económicos en un mismo sistema capitalista global. El autoritarismo chino requiere por supuesto la debida vigilancia con respecto a su proyección exterior, pero sería un error pensar que el apoyo de Pekín a Estados iliberales refleja la intención de construir una coalición contra el mundo democrático. No son valores políticos, sino intereses estratégicos los que llevan a China a acercarse a Rusia y a otros actores.

Variables del mismo tipo son las que explican que Biden haya invitado a unos países y no a otros a la cumbre de la semana pasada. Aun siendo la defensa del liberalismo un objetivo irrenunciable, ¿es realmente la democracia la que guía su estrategia asiática? Si la prioridad es la estrategia hacia China, no parece importar entonces contar con una India cada vez menos pluralista, con un sistema de partido único como Vietnam, o con determinadas juntas militares. Otros, como Indonesia, Singapur, Corea del Sur incluso, mantienen sus reservas sobre una iniciativa que puede provocar nuevas divisiones.

En último término, en lo que representa un debate de más largo alcance, China obliga a Occidente a realizar un ejercicio de introspección. Por primera vez en generaciones, las democracias se encuentran frente a rivales ideológicos, pero también capitalistas, que pueden demostrar eficacia de gestión, armonía social y visión estratégica a largo plazo. Para prevalecer sobre ellos, la democracia liberal debe renovarse. La cuestión es cómo hacerlo cuando en las sociedades occidentales prima la fragmentación y la defensa de las causas de las minorías sobre los intereses comunes y compartidos. Los países asiáticos en su conjunto—los democráticos y los que no—han sabido articular mejor la relación entre individuo y comunidad, una cuestión quizá más relevante que el tipo de sistema político para asegurar a largo plazo la estabilidad, la prosperidad, y también la libertad. Como escribe Jean-Marie Guéhenno en su último libro (Le premier XXIe siècle, Flammarion, 2021), para que haya una democracia primero tiene que haber una sociedad.

 

INTERREGNUM: La amistad indo-rusa. Fernando Delage

Mientras democracias y sistemas autoritarios se consolidan en dos grandes bloques geopolíticos (Estados Unidos y sus aliados vs. China y Rusia), división reiterada esta misma semana por la cumbre de las democracias convocada por el presidente norteamericano, algunos países juegan a dos cartas en su política exterior. Entre ellos, pocos tan relevantes como India, que esta semana ha celebrado su cumbre anual con Rusia después de que se cancelara la del pasado año por primera vez en dos décadas.

La reunión de Narendra Modi y Vladimir Putin del 6 de diciembre supone el vigésimo encuentro entre ambos desde 2014, confirmando la estabilidad de una relación que parece ajena a los cambios regionales y globales. Rusia nunca ha dejado de apoyar a India en los foros internacionales, mientras que India no se sumó a las críticas a Moscú por el conflicto de Ucrania, un hecho que no le resulta incompatible con su creciente alineamiento con Washington frente a China. Fue Rusia quien presionó para incorporar a India a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), mientras que Delhi ha proporcionado a Moscú el estatus de socio en la Asociación de la Cuenca del Océano Índico (IORA en sus siglas en inglés) el pasado 17 de noviembre, dándole así entrada en los asuntos del subcontinente. Sus dos gobiernos coordinan asimismo sus respectivas acciones en Afganistán.

La realidad de su acercamiento se ve ratificada por la puesta en marcha el 6 de diciembre de un proceso 2+2, es decir, encuentros conjuntos de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, y por la próxima recepción por India de sistemas de misiles rusos S-400 y rifles de asalto AK-203, pese a la obvia inquietud de Estados Unidos (es un acuerdo que podría incumplir las sanciones impuestas por Washington a Moscú). La compraventa de armamento ha sido un pilar tradicional de las relaciones bilaterales—se estima que en torno al 65 por cien de los equipos de armamento de las fuerzas armadas indias tienen origen ruso—y se espera la firma de un acuerdo de 10 años sobre transferencia de tecnología militar.

Salvo por este capítulo, los intercambios económicos constituyen el elemento más débil de la relación. El comercio bilateral apenas superó en 2019-20 los 10.000 millones de dólares (muy por debajo de los 100.000 millones de dólares que representan los intercambios indios con China y con Estados Unidos), aunque se ha fijado el objetivo de alcanzar los 30.000 millones de dólares en 2025. No son economías complementarias, ni hay verdadero interés empresarial por ninguna de las partes.

El principal dilema de Delhi es diplomático. Contentar a la vez a Washington y a Moscú no va a ser fácil, especialmente en un contexto en el que se agravan las tensiones entre estos dos últimos. Tampoco lo será para Rusia conjugar su relación triangular con Pekín y Delhi. Pero de la misma manera que la independencia estratégica es la principal seña de identidad de la política exterior india, Moscú necesita a Delhi para hacer realidad sus proyectos euroasiáticos. Como escribe Dimitri Trenin, analista del Carnegie Endowment, ya que Rusia no cuenta con las capacidades para dominar Eurasia, sí podría desempeñar en cambio un papel clave en el mantenimiento del equilibrio continental, objetivo que dependería de la consecución de un entendimiento Rusia-India-China (y obligaría por tanto a Moscú a mediar para mejorar la relación entre Delhi y Pekín).

El entorno geopolítico se transforma a gran velocidad, pero Rusia e India siguen teniendo pues, como se ve, una considerable relevancia para el otro en sus respectivos cálculos estratégicos.

INTERREGNUM: Encuentros multilaterales. Fernando Delage

La última semana ha sido prolífica en cuanto a la celebración de encuentros interregionales. Con pocos días de diferencia, China ha mantenido una reunión con sus vecinos de la ASEAN y con el continente africano. Por su parte, cuando se cumplen 25 años de su nacimiento, el proceso Asia-Europa (ASEM) celebró su 13ª cumbre.

Aunque China y la ASEAN tuvieron en octubre su cumbre bilateral anual, el 22 de noviembre se encontraron de nuevo con motivo del 30 aniversario del establecimiento del diálogo formal entre ambas partes. El sureste asiático es uno de los principales espacios de competición entre Washington y Pekín, y China continúa dedicando notables esfuerzos al aumento de su influencia en la subregión. Para marcar un cambio de etapa en las relaciones bilaterales, el presidente chino anunció que se elevará el nivel de la asociación estratégica con la ASEAN, en reconocimiento de la importancia de la organización en la arquitectura asiática y global. Xi indicó, por otro lado, que China ofrecerá 150 millones adicionales de vacunas al grupo, donará 1.500 millones de dólares en ayuda al desarrollo los próximos tres años, e importará más de 150.000 millones de dólares en productos agrícolas en cinco años.

Apenas una semana después de su reunión virtual con el presidente de Estados Unidos, Xi no dejó de aprovechar la ocasión para denunciar los actos “contrarios a la paz, el desarrollo y la cooperación”, en una velada referencia al acuerdo firmado en septiembre por Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS). El presidente chino declaró su intención de adherirse tan pronto como sea posible al protocolo del tratado del sureste asiático como zona libre de armamento nuclear.

Si bien Asia es la prioridad diplomática de China, su relación con África está adquiriendo una relevancia cada vez mayor. Hace poco más de 20 años que se puso en marcha el Foro de Cooperación China-Africa (FOCAC), cuyo octavo encuentro trienal  se ha celebrado el 29 y 30 de noviembre en Dakar. El crecimiento de los intercambios económicos desde entonces ha sido espectacular. El comercio entre ambos ha aumentado de 10.000 millones de dólares en el año 2000 a más de 200.000 millones de dólares en la actualidad (lo que supone algo más del 20 por cien del total del comercio exterior africano). La inversión directa anual china en África se incrementó, por otra parte, desde algo menos de 75 millones de dólares en 2003 (año a partir del cual hay datos disponibles), a 5.500 millones de dólares en 2018 (en 2019 cayeron a 2.700 millones de dólares, para aumentar de nuevo, pese a la pandemia, a 4.200 millones de dólares en 2020). El stock acumulado se ha multiplicado casi por 100 en este período: de 490 millones de dólares en 2003 a 43.400 millones de dólares en 2020 (46.100 millones en 2018), lo que hace de China el cuarto mayor inversor en África desde 2014.

Las proyecciones de crecimiento de esas inversiones permiten estimar que, en diez o quince años, será el primer inversor externo. A todo ello hay que añadir los préstamos concedidos por la República Popular a África: unos 153.000 millones de dólares en los últimos veinte años. Como indica el nuevo Libro Blanco sobre el continente, hecho público por Pekín en vísperas de la cumbre, China está comprometida a integrar estrechamente su propio desarrollo con el de África, reforzando su presencia en infraestructuras, tecnología, salud y educación. Ya hay en funcionamiento más de 100 parques industriales en los que las inversiones chinas—cada vez más diversificadas—contribuyen a la modernización industrial africana y a la creación de empleo.

La relación China-África es en consecuencia una variable a la que europeos y americanos deben prestar atención, aun cuando los primeros no pueden desatender de manera más inmediata el desafío asiático. Pero en contraste con el impulso de Pekín a sus redes multilaterales, la cumbre de ASEM, celebrada con Camboya como anfitrión el 25 y 26 de noviembre, ha pasado prácticamente inadvertida. Tras la adopción en septiembre de su estrategia hacia el Indo-Pacifico, y la próxima presentación de la iniciativa “Global Gateway”, que desarrolla y adapta la estrategia de interconectividad Asia-Europa de 2018 al contexto actual, podía esperarse un mayor interés. Después de todo, ASEM representa en torno al 50 por cien del PIB global y la mitad de la población del planeta, y es el único instrumento multilateral en el que Bruselas y los Estados miembros coinciden con sus interlocutores asiáticos. La amplitud de su representación puede ser quizá una de las razones de que se haya convertido en otro ejercicio burocrático, pero no deja de llamar la atención el contraste con la manera en que China saca partido a sus medios diplomáticos

INTERREGNUM: Después de la cumbre Xi-Biden. Fernando Delage

La cumbre virtual mantenida por los presidentes de Estados Unidos y la República Popular China, Joe Biden y Xi Jinping, respectivamente, el 15 de noviembre puso de manifiesto la intención de ambas partes de cambiar el tono de la relación bilateral. Como señaló tras la reunión el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, una “competición intensa” requiere una “diplomacia intensa”. El deseo de ambos presidentes de evitar una nueva guerra fría y prevenir un conflicto debería conducir, en efecto, al establecimiento de unas reglas que estructuren la interacción entre ambas grandes potencias.

Este encuentro ha supuesto un importante paso en dicha dirección, y corrige en buena medida el áspero intercambio mantenido por los representantes diplomáticos de los dos países en su reunión de marzo en Alaska. La declaración conjunta de Washington y Pekín sobre cambio climático acordada poco antes de concluir la COP26 en Glasgow es otra indicación del reconocimiento de las posibilidades de cooperación con respecto a sus intereses compartidos. Es innegable, sin embargo, que ni China va a dar marcha atrás en sus ambiciones, ni Estados Unidos está dispuesto a perder terreno. Las respectivas necesidades políticas internas de Biden y Xi tampoco aparecen especialmente sincronizadas.

Sólo dos días después de que ambos líderes mantuvieran su primera conversación cara a cara, la Comisión encargada por el Congreso de Estados Unidos de realizar un seguimiento de las relaciones con China publicó su informe anual. Entre otros asuntos, el texto, de más de 500 páginas, coincide con las estimaciones del Pentágono de hace unas semanas sobre el rápido crecimiento del arsenal nuclear chino, y el temor de que Pekín haya decidido abandonar su posición minimalista en este terreno. El documento identifica por otra parte la creciente presencia china en América Latina como un nuevo punto de fricción, y subraya en particular la construcción de una estación de seguimiento especial en Argentina bajo la supervisión del Ejército de Liberación Popular, el apoyo al régimen de Maduro en Venezuela, y el uso de la vacuna contra el covid para persuadir a algunos Estados a que abandonen su reconocimiento diplomático de Taiwán.

La intimidación de Taipei también irá a más, indica el estudio, cuyas conclusiones apuntan a que el gobierno chino “mantendrá con toda probabilidad su enfoque combativo”, y “cada vez está menos interesado en el compromiso, e inclinado a asumir acciones agresivas que conducirán a la inestabilidad”. Por lo que se refiere a Taiwán, fue el propio Xi quien advirtió a Biden del riesgo de “jugar con fuego”. Como es sabido, en el Congreso norteamericano se extiende la idea de que Washington debería abandonar la tradicional política de “ambigüedad estratégica” con respecto a la isla, para ofrecer una garantía de seguridad clara y explícita.

Ninguno de los dos líderes puede permitirse una percepción de debilidad. Xi, para evitar mayores obstáculos de cara al XX Congreso del Partido Comunista, en el otoño del próximo año, cuando será ratificado para un tercer mandato. Biden, porque en un contexto de notable caída de su popularidad, afronta elecciones parciales al Congreso en 2022, y unas presidenciales en 2024, bajo la sombra de Trump. Medios republicanos no han dejado de acusar a Biden de “rendición” por el mero hecho de reunirse con el presidente chino. El escenario político norteamericano obliga por tanto a la Casa Blanca a una posición de firmeza frente a Pekín, a la que China—por razones similares—no podrá dejar de responder. Mantener una diplomacia productiva en estas circunstancias va a ser un desafío constante, pero si en los próximos dos años no se alcanza algún tipo de modus vivendi entre ambos gigantes, esa posibilidad puede desaparecer por completo en el caso de una victoria republicana.

 

INTERREGNUM: Xi en el Panteón. Fernando Delage

El Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino celebrado la semana pasada, el último previsto antes del XX Congreso (octubre de 2022), elevó a Xi Jinping a una posición sólo mantenida con anterioridad por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. Al mismo tiempo, aprobó una resolución sobre la historia del Partido en la que se definió al pensamiento de Xi como “marxismo del siglo XXI” y “esencia de la cultura y el espíritu chinos”.

Como han subrayado los medios, esta resolución se suma a las adoptadas en 1945 y 1981, en lo que supone la definición oficial de una tercera etapa en la evolución del Partido y de la República Popular. La primera de ellas confirmó a Mao como líder de la organización frente a sus rivales, cuatro años antes de su victoria sobre las tropas nacionalistas. La de 1981 pretendió dejar atrás los excesos ideológicos del maoísmo mediante una confusa disculpa por el trauma de la Revolución Cultural. La nueva resolución sirve igualmente a un fin político, en el año en que se conmemora el centenario de la fundación del Partido.

Esta vez no hay ningún tipo de autocrítica (el “nihilismo histórico” ya fue prohibido por el Comité Central en 2013), sino un insistente elogio compartido a Xi, Mao y Deng Xiaoping como responsables de “la extraordinaria transformación derivada de la unificación y la prosperidad que han permitido hacer fuerte” a China. Si Mao fue el fundador de la República Popular y Deng el artífice del crecimiento, en la “nueva era” de Xi China se ha convertido en una nación moderna con influencia global.

La última sesión plenaria del Comité Central previa a un Congreso sirve para que los dirigentes del Partido limen sus diferencias y den forma a un consenso que permita evitar las sorpresas. Pese a la aparente fortaleza que transmite al exterior la figura de Xi, tampoco han faltado esta vez indicios de luchas y maniobras internas. Para algunos observadores resulta significativo en este sentido que Xi no haya realizado ningún viaje al extranjero durante los dos últimos años. Otros analistas hacen hincapié en el hecho de que la resolución mencionara de manera explícita aunque concisa (al parecer no lo hacía un borrador anterior) a los antecesores de Xi, Jiang Zemin y Hu Jintao. La causa podría ser que cuadros vinculados a ambos exdirigentes ocupan aún puestos de relevancia en la estructura del Partido, y no ven con buenos ojos la excesiva acumulación de poder por parte del actual presidente.

Nadie duda, sin embargo, de que, al contrario que Jiang y Hu, que dejaron el poder tras dos mandatos sucesivos, Xi será nombrado para un tercer período en 2022 e, incluso, para un cuarto en 2027. Llegaría así al XXII Congreso en 2032, con 20 años en el poder a sus espaldas. Sus cálculos parecen coincidir con sus objetivos marcados para 2035—año en que cumplirá 82 años, la edad a la que murió Mao—para hacer de China un país de clases medias.

La próxima década estará marcada, no obstante, por diversos problemas. La modernización económica no podrá avanzar eternamente sin cambios políticos, pues la sociedad china terminará exigiendo algún tipo de participación en la vida pública y de control del poder. Las divergencias internas en el Partido pueden anticiparse, incluso, a las exigencias populares. Y si las actitudes de la opinión pública y de las elites pueden cambiar, uno de sus principales motivos será probablemente el cambio del entorno económico y el curso de la rivalidad con Estados Unidos.

Como no podía ser de otro modo, el ritmo de crecimiento de la economía china se está frenando. Pese a los esfuerzos de Xi por corregir los desequilibrios sociales (bajo el lema de “prosperidad común”) y reducir la dependencia del exterior (conforme a la estrategia de “circulación dual”), los desafíos que plantean la situación del medio ambiente y, sobre todo, el rápido envejecimiento de la población, pueden torcer las expectativas de Xi. Es lógico, por tanto, que haya llegado a un acuerdo con Washington en la cumbre de Glasgow sobre cambio climático, como lo es también que quiera reducir la hostilidad con Estados Unidos a partir de su primer encuentro (virtual) con Biden esta misma semana. Adquirir un estatus similar al de Mao y Deng no garantiza a Xi la capacidad de gestionar fuerzas estructurales que escapan al control de cualquier líder político.