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Del NAFTA al USMCA. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) entró en vigor en enero de 1994, y desde entonces el intercambio comercial entre Canadá, México y Estados Unidos no hizo más que creer exponencialmente cada año. Fue un acuerdo que trajo mucha prosperidad a cada uno de los Estados firmantes y sus 450 millones de habitantes. Tan sólo en 2017 el intercambio de este bloque fue de 1.2 billones de dólares.

En mayo del 2017 el representante de intercambios comerciales de Donald Trump anunciaba que la nueva administración quería renegociar el acuerdo que tenía más de 20 años en vigor por lo que, en agosto de ese mismo año, las contrapartes comenzaron el proceso que como suele suceder dio lugar a muchos encuentros y conversaciones e incluso alguna amenaza por parte de Trump, en su tónica habitual.

Finalmente, después de muchos intentos y negociaciones, se materializó el nuevo acuerdo. El ahora llamado USMCA (Acuerdo de Estados Unidos, México y Canadá) contó con el visto bueno del congreso de los Estados Unidos justo antes de la Navidad. Ahora bien, ¿cuáles son las claves de esta negociación?

  1. El sector automotriz. En cuanto a este rubro manufacturero el nuevo acuerdo prevé que el 75% de las partes de los vehículos sea fabricado en alguno de los tres países miembros, mientras el NAFTA preveía 62.5% para poder estar exento de tarifas arancelarias. La gran novedad en esta área es que requiere que la hora de trabajo sea pagada a 16 dólares mínimo, lo que podría ser un golpe para México cuyo atractivo para esta industria fue exactamente el bajo coste de la mano de obra. Mientras que podría ser un reimpulso para la industria estadounidense, uno de los aspectos en los que más ha insistido Trump desde que lanzó su candidatura.
  2. La Propiedad intelectual.
    1. En este apartado se encuentra la industria farmacéutica y sus derechos de patentes por 10 años. Concluido ese periodo, se podrá empezar a producir medicamentos genéricos de esas fórmulas. Este punto fue controvertido, por un lado, por la fuerza que tiene esa industria y el gran lobby que la defiende, y, por otro, porque en los Estados Unidos esas patentes contaban con un periodo de tiempo de 12 años, mientras que para Canadá eran 8 años y en México 5 años.
    2. Los derechos de autoría estarán vigentes 50 años, contados partir de la muerte del autor.
    3. La industria láctea. Los productos lácteos constituyeron un punto crítico de la negociación, puesto que Canadá tenía una política restrictiva a las exportaciones de lácteos ultrafiltrados -que es un proceso ampliamente usado en los Estados Unidos, en el que se separa el suero y la proteína de la leche entre otros, para producir derivados. Tanto México como Canadá son grandes importadores de estos productos, y Trump necesitaba ganar esta batalla para poder congraciarse con los productores lácteos de tres estados: Wisconsin, estado clave para que se le reelija. Michigan, que, a pesar de ser más demócrata, hace cuatro años votó republicano. Y Texas, que es uno de los principales productores lácteos del país, y un estado cuyo voto suele ser más republicano.

Este sector es tan importante para Trump para conseguir votos, que ya los lácteos fueron discutidos en el marco del TPP  (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) antes de que el mismo Trump sacara a Estados Unidos de dichas negociaciones.

  1. La era digital. En la época del NAFTA no existía preocupación por los datos. Pero hoy el big data lo es todo, por lo que el acuerdo prohíbe tanto a Canadá como a México a que obliguen a compañías estadounidenses a guardar sus datos en servidores de esos países.

Tanto la portavoz demócrata del Congreso de los Estados unidos -Nancy Pelosy- como el mismo Trump coinciden en que el nuevo acuerdo es mucho mejor que el NAFTA, y ambos se encuentran en posiciones radicalmente opuestas la mayoría de las veces.

En un tweet, el presidente, en el momento en que se anunció el acuerdo, dijo “El USMCA es el mejor acuerdo que ha tenido Estados Unidos nunca”, en su estilo habitual pero también queriendo poner el foco en este acuerdo y desviarlo del fallido acuerdo comercial con China que, ha sido un gran dolor de cabeza con el que aparentemente la estrategia de estira y encoje no le ha funcionado tan bien, mientras Beijing empieza a dar señales de haber perdido la paciencia con mensajes mucho más subidos de tono de lo que nos tiene acostumbrado.

No cabe duda de que Trump hará uso político y electoral del USMCA durante este año. Pues objetivamente es uno de los pocos logros en política exterior que ha conseguido su Administración, y en el que hay que reconocerle, que ha buscado proteger la industria estadounidense tal y como ha afirmado en múltiples ocasiones.

INTERREGNUM: Japón se mueve. Fernando Delage

Con ocasión de la reciente cumbre del G20 en Argentina, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, mantuvieron un encuentro que permitió al primero alabar al segundo por sus esfuerzos por reducir el superávit bilateral con Washington y por aumentar la compra de equipamiento militar norteamericano. Sus palabras no tranquilizan, sin embargo, al gobierno japonés, consciente de la rápida transformación de su entorno exterior y de la necesidad de ampliar sus opciones estratégicas.

Trump nunca ha ocultado su rechazo de las prácticas comerciales japonesas, que considera injustas. Tokio teme por ello que, una vez concluida la sustitución de NAFTA por el nuevo USMCA, Japón sea el siguiente objetivo norteamericano. Algunos analistas japoneses minimizan dicho riesgo, al ocupar China la atención preferente de Trump. Otros ven por el contrario una amenaza más inmediata, al disponer Estados Unidos de un mayor margen de presión sobre Japón que sobre la República Popular. Ese sería el caso del mercado de automóviles, por ejemplo. Las negociaciones bilaterales demandadas por el presidente de Estados Unidos comenzarán el año próximo.

Abe mantiene, por otro lado, una firme defensa del libre comercio y el multilateralismo, asuntos que le separan de Trump (y que hicieron inviable una declaración final en Buenos Aires), pero que seguirán ocupando el centro de la agenda en la cumbre del G20 en Osaka, en junio de 2019. Japón se encuentra así ante un inevitable papel de mediación entre Estados Unidos y China para reconstruir un espíritu de cooperación en la economía global.

Pero no son sólo estos asuntos los que separan a Washington y Tokio. Hace un año, Japón temía que la agresiva retórica de Trump condujera a un conflicto militar en la península coreana. La calma a que ha conducido el encuentro de este último con Kim Jong-un en Singapur, el pasado mes de junio, apenas ha servido para tranquilizar a Abe. Pyongyang continúa produciendo armamento nuclear y misiles balísticos, sin que aparentemente preocupe a Estados Unidos. Si ello supone la aceptación implícita por parte de Washington del estatus nuclear de Corea del Norte, ¿apoyaría la administración norteamericana a Japón en el caso de una crisis entre este país y el régimen de Kim Jong-Un?

Por lo demás, Abe también se vio con Vladimir Putin en Buenos Aires. Pese a las tensiones entre Moscú y los miembros de la OTAN por los incidentes con Ucrania en el mar de Azov, las relaciones entre Rusia y Japón parecen haber mejorado de manera significativa. Abe y Putin anunciaron que sus ministros de Asuntos Exteriores—Taro Kono y Sergei Labrov, respectivamente—, negociarán un acuerdo formal de paz—pendiente desde el fin de la segunda guerra mundial—antes de que el primer ministro japonés viaje a Moscú a principios del próximo año. Se han precipitado así los acontecimientos desde que, en septiembre y por sorpresa, Putin propusiera a Abe que los dos países resuelvan de manera definitiva la disputa sobre las islas Kuriles, “sin ninguna condición previa”. Aunque durante la reunión de ambos en la Cumbre de Asia Oriental en Papua Nueva Guinea, en noviembre, no se registró ningún avance concreto, ambos líderes acordaron “acelerar las conversaciones”.

Las diferencias de fondo obligan al escepticismo. Japón no puede aceptar más que la completa soberanía sobre las cuatro islas, y tampoco podría dar su visto bueno a las previsibles exigencias rusas: que las Kuriles no estén protegidas por la alianza Japón-Estados Unidos, y que Tokio suprima las sanciones impuestas a Moscú tras la anexión de Crimea. Rusia necesita con urgencia fomentar el desarrollo económico de sus territorios de Extremo Oriente, para lo que las inversiones japonesas serían decisivas. Un tratado de paz desbloquearía esas oportunidades económicas, mientras que Tokio, por su parte, contaría con más cartas para afrontar la incertidumbre causada por el actual inquilino de la Casa Blanca. Las conversaciones nunca han sido más serias en décadas, pero no será fácil que prosperen.

Nafta con nuevo nombre y consecuencias sobre China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Mucho se ha escrito y discutido sobre el Nafta desde 1994, año en que entró en vigor. Aunque en sus comienzos fue un acuerdo modesto, con el paso de los años evolucionó y consiguió la unificación de las economías de los Estados Unidos, Canadá y México a un nivel excepcional en ramos como el automotriz. Y a pesar de que el acuerdo ha sido exitoso, la Administración Trump decidió declararle la guerra con la excusa de que era perjudicial para Estados Unidos. Y una vez más se comprobó que la política de máxima presión que tanto le gusta a Trump da resultados. Amenazar con dejar en el aire dos economías que tienen una gran dependencia de la estadounidense fue la mejor arma para ganar.

México sucumbió a las exigencias de Washington por la fragilidad de su economía y el impacto negativo que ha padecido desde que Trump se convirtió en presidente. Canadá, por su parte, cuenta con una economía mucho más sólida, que creció 3% en el 2017, lo que muestra un crecimiento por encima del de su vecino estadounidense (2.2%).  Pero a pesar de las cifras es tremendamente dependiente del que ha sido su gran aliado histórico. Tan sólo el año pasado importó 332 mil millones de dólares de los Estados Unidos. Esta dependencia no es nueva, ni había sido valorado como negativa hasta que las discusiones para mantener vivo Nafta se mantuvieron por 14 largos meses en los que los canadienses entendieron que están realmente amarrados.

El hecho de que Canadá dependa tanto de Estados Unidos no es casual. Washington le facilitó el acceso a su mercado durante muchos años. Si se considera su cercanía y que ese vecino y socio comercial era y sigue siendo aún la primera economía del mundo, simplemente era lo más lógico. Lo que ahora analizan los economistas canadienses es que se debió hacer una valoración de la posibilidad de abrir sus relaciones comerciales con Asia, sobre todo con China, que es actualmente la segunda economía del mundo, y que potencialmente superará a Estados Unidos en pocos años.

En este aspecto la Administración Trump también se ha adelantado y ha impuestos sus exigencias en el nuevo NAFTA o USMCA (por sus siglas en inglés, Acuerdo de Estados Unidos, México y Canadá). El apartado 32.10 del nuevo acuerdo especifica en siete puntos detallados las consecuencias para alguna de las partes de establecer otro tratado de libre comercio con terceros países (es decir, fuera de los 3 miembros). A esto, Micheal Chong (actual miembro de la Cámara de los Comunes de Canadá, del partido conservador) ha dicho que se le ha cedido soberanía canadiense a Washington, “pues ahora tenemos que pedirles permiso antes de establecer nuestros propios acuerdos comerciales; esto literalmente nos hace un Estado vasallo de los americanos”.

La embajada china en Ottawa ha expresado su rechazo a esta cláusula. Ha dicho que lo considera un acto de dominación política de los Estados Unidos. Ha insistido en que la Casa Blanca está usando este punto como un mecanismo de control para evitar que Canadá y México puedan establecer intercambios con China, aunque no se cita al gigante asiático expresamente. Funcionarios diplomáticos chinos insisten en que su país forma parte de la Organización Mundial del Comercio, y aunque no sea miembro del nuevo NAFTA, no deberían bloquearse el acceso al mercado de sus miembros.

Otra batalla que ganó Trump a Peña Nieto fue imponer un salario mínimo a los trabajadores, con ellos se garantiza que las industrias domésticas no se desplacen a México, mientras obliga al gobierno mexicano a pasar una ley que mantenga los estándares de los trabajadores. Washington también consiguió incorporar en el acuerdo que se mantengan los tipos de cambios determinados por el mercado, y no se incurra en manipulación cambiaría y se combata la corrupción. Otra medida que fue dirigida a México, claramente.

La administración Trump también consiguió que Canadá le abriera acceso al mercado de los lácteos, que estaba altamente protegido. Esta apertura puede llegar a representar unos 16.000 millones de dólares más de intercambios -de acuerdo a la BBC- y lo que era uno de los retos de Trump, pues de cara a los agricultores estadounidense les ayuda tremendamente a cumplir con una de sus promesas electorales.

Trump ha ganado con este acuerdo reducir el desequilibrio en el comercio internacional de Estados Unidos, obligando a sus socios a seguir sus pautas mientras pone barreras a China. Arrastra a los miembros del nuevo NAFTA hacerle la guerra comercial a China indirectamente, mientras avanza en su proteccionismo económico y usa estos éxitos en la campaña electoral de noviembre.

Habrá que estar atentos a los siguientes movimientos de la Casa Blanca, pues Larry Kudlon -director del consejo económico nacional de Trump- advirtió que ellos “están atacando el origen de las enfermedades de la economía estadounidense y la prueba de ello es que se consiguió una coalición que se le plantará a China. Lo siguiente será reclutar a Japón y la Unión Europea”, afirmó. (Foto: Bob King, Flickr.com)

Trump en el laberinto del NAFTA. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Casa Blanca anunciaba la semana pasada que después de una larga confrontación con México había alcanzado un acuerdo bilateral. Dejando claro que no es NAFTA, pues según Trump el Tratado de libre comercio de América del Norte (NAFTA) es el peor convenio jamás firmado por los Estados Unidos. Sin tomar en consideración que está en vigor parcialmente desde 1994 y que ha sobrevivido múltiples administraciones tanto republicanas como demócratas, y que además implica a una población de 390 millones de ciudadanos, y un PIB de 7 trillones de dólares. Como si eso ya no fuera suficiente, que es el acuerdo económico que ha integrado más la economía de Canadá, Estados Unidos y México, pues de acuerdo a los economistas ha conseguido que la producción de diferentes sectores como el automotriz, manufacture sus partes entre las tres naciones, y que sea ésta la razón por la que el producto final tiene un costo más competitivo en el mercado y permite su acceso a más ciudadanos.

Mientras Trump precisaba que el acuerdo era únicamente con México, desde la distancia el mismo presidente Peña Nieto, vía telefónica, insistía en que Canadá debía formar parte, aunque horas más tarde el canciller mexicano anunció que aceptaba la propuesta de la Casa Blanca. La economía mexicana ha estado en caída desde noviembre del 2016, momento en que fue elegido Trump como presidente. Desde entonces, cada amenaza de Trump ha impactado los indicadores económicos, el primero de ellos fue una bajada drástica del peso mexicano a tan sólo horas de haberse conocido el resultado electoral, mientras el dólar subía considerablemente. Pues México depende sustancialmente de las compras de su vecino del norte, y de un acuerdo sin aranceles que mantenga las reglas del juego como hasta ahora. Desde que Washington hizo púbico el acuerdo la economía mexicana se ha mostrado al alza durante toda la semana.

A día de hoy el NAFTA sigue siendo un acuerdo vigente a tres bandas, por lo que terminarlo y establecer dos diferentes acuerdos bilaterales acarrearía consecuencias legales, políticas y económicas importantes. Trump ha insistido en que lo acabará en el futuro, seguramente para presionar al congreso a aprobar el nuevo pacto con México. Y a la vez presionar también a Canadá a aceptar sus términos, sostienen un grupo de experto de CSIS (Centro de estudios internacionales y estratégicos de Washington). Sea cual sea el nombre que finalmente decidan, la sostenida insistencia de Trump y su equipo económico en el daño que NAFTA hace a la economía estadounidense, los obliga a maquillar el nombre o a cambiarlo para justificar por qué están actualmente negociando.

Según New York Times, aunque Trump lo llame diferente no será más que “un NAFTA pero revisado”, con actualización de las disposiciones relacionadas con la economía digital, los automóviles, la agricultura y los sindicatos, es decir las disposiciones que permiten a compañías estadunidenses operar en México y Canadá sin tarifas. Mientras Reuters remarcaba que lo que Trump realmente quiere es poner un límite a las exportaciones a USA de 2.4 millones de dólares en vehículos y 90 mil millones en auto-partes. Por encima de eso, éste sector en concreto se enfrentaría un arancel de 25%. En esta nueva receta económica de la Casa Blanca, sale también perjudicado parte de las disposiciones del TPP (Tratado de Asociación del Transpacífico) porque eliminan la solución de controversias y protecciones adicionales para medicamentos de marcas, que ya Canadá rechazó en su momento durante las negociones del TPP, sostiene Edward Alden (experto del Council Foreing Relations).

A pesar del pesimismo que ha envuelto el futuro de NAFTA, son muchos los economistas que afirman que sigue habiendo una gran oportunidad para que se salve. Partiendo del hecho que el Congreso estadounidense tiene que aprobar un nuevo acuerdo o cualquier cambio o negociación entre México y Estados Unidos. Y en este escenario, que el congreso pida explicaciones de por qué Canadá no está incluida. Pues no puede perderse de vista, que a día de hoy el intercambio entre estos dos países asciende a 582.000,4 millones de dólares, ocupando Canadá el segundo lugar después de China (636.000 millones de dólares) y México (204.000.2 millones) el tercer puesto, según datos oficiales de la oficina de estadísticas exportaciones de los Estados Unidos.

A pesar del revuelo que ha causada la noticia, sobre todo en Canadá, no debería sorprender tanto que Trump prefiera la firma de acuerdos bilaterales. Es parte de su estrategia económica, imponer máxima presión para obtener los resultados que desea. Es siempre más sencillo negociar siendo el más fuerte, pero además contra una sola parte que contra dos. Desde luego es un recurso poco diplomático, pero también es conocida que la diplomacia no es precisamente lo que caracteriza al personaje. A pesar que el precio a pagar sea dejar orillado a un socio y aliado tan cercano como es Canadá de los Estados Unidos.

¿Es Trump el líder que necesita Occidente? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Seguramente a la mayoría de los lectores les llame la atención éste interrogante, básicamente por el hecho de que tienen clara la respuesta: ¡NO! No, porque en un mundo cada día más globalizado parece no tener mucho sentido cerrarse. Sin embargo, los slogans que lo catapultaron y llevaron a ocupar la oficina oval “América Primero” o “Hacer América grande de nuevo”, contienen la clave de la estrategia de devolver a Estados Unidos la bonanza económica de los años 50 y la añoranza por la era de Reagan, que en el fondo es lo que desean los ciudadanos que lo apoyaron.

Ahora bien, para entender la proyección de Estados Unidos en el mundo, hay que ir a los responsables de las políticas económicas en Washington, que son extremadamente conservadores, a mí me gusta llamarles la troika económica trumpiana y su objetivo es el proteccionismo de la economía estadounidense. Volver a la economía de aranceles, anulación y/o sustitución de tratados internacionales multilaterales por bilaterales, como se ha hecho con el TPP y el NAFTA.
Comenzando con el representante comercial, Robert Lighthizer, quien sirvió para la administración Reagan, y se le conoce por ser el gran enemigo de los acuerdos comerciales en los que se vean comprometidos los intereses estadounidenses. Seguido por Peter Navarro, director comercial e industrial, economista y profesor de la Universidad de California, conocido por ser un acérrimo crítico de China y su impacto en la economía de Estados Unidos. Culpa al gigante asiático de que 25 millones de ciudadanos no consigan trabajos dignos o que unas 50 mil industrias hayan desaparecido. Trump le creó una oficina dentro de la Casa Blanca que sirve como conductora de las estrategias de intercambios comercial, evaluación de las manufacturas domésticas e identificador de nuevas oportunidades de empleos. Y para cerrar la troika, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, quien ha sido un duro crítico de la caída de empleo de manufactura. Conocido por comprar industrias quebradas y convertirlas en prósperas. No cabe duda que su carácter ultra proteccionista marcará una gran diferencia con sus antecesores.
En cuanto al liderazgo internacional, la nueva dinámica de la diplomacia estadounidense es inédita. Mientras el presidente no modera su vocabulario con frases como “hombre cohete” para referirse al líder norcoreano, el secretario de Estado Rex Tillerson se ha convertido en un bombero apagafuegos de las imprudencias del presidente, y a través de reuniones a puerta cerrada intenta normalizar situaciones tensas y en la mayor parte de los casos, innecesarias. Paralelamente Nikki Haley, la embajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, aumenta su zona de influencia en la diplomacia internacional y con un tono más regio ha dado pasos muy significativos, como fueron las últimas sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad en contra de Corea del Norte, las más severas hasta ahora, que por primera vez contaron con el apoyo de China y Rusia.
Tillerson ha despertado un gran descontento dentro del Departamento de Estado, con el bloqueo de nombramientos, la reducción a un tercio del presupuesto del mismo, o la ausencia de embajadores en 70 embajadas por el mundo. Todo esto, junto con un par de incidentes entre él y el Trump, aunado al descontento del Congreso por la gestión de ésta institución, han sido la razón por la que está en considerando su sustitución por Mike Pompeo el actual director de la CIA, hombre que se ha ganado la confianza del presidente.
La era verde duró poco en esta Administración. En el afán de Trump por acabar con los legados de su predecesor anuló el Acuerdo de Paris, a pocos días de haber ocupado la presidencia, a través de una orden ejecutiva de independencia energética, en la que entregó a Xi Jinping el liderazgo internacional en la lucha medioambiental. En esa misma línea apareció en Naciones Unidas, el foro que ha garantizado la paz y la estabilidad durante más de medio siglo, afirmando sin ninguna delicadeza que su prioridad es y será América. Y como si eso fuera poco, amenaza con la destrucción total de Corea del Norte.
En materia de seguridad, el aumento significativo del gasto de Defensa, comparativamente con la reducción del presupuesto del Departamento de Estado, contiene las claves de la prioridad de la política exterior. La respuesta de Trump en abril frente al ataque químico del régimen de Bashar el Asad marcó el cambio de rumbo. Sin embargo, no ha habido una acción de continuidad.
El aumento de más de 14.000 civiles y militares del departamento de Defensa en el Medio Oriente en los últimos 4 meses, es otra prueba de ello junto con la reciente declaración de Corea del Norte de estado terrorista, precedido por la exigencia de desnuclearización del régimen de Pyongyang, que ha sido una solicitud consistente desde que ésta administración tomó posesión, elevando con ella la importancia de Asia y sus aliados en la región.
Resumiendo, la política exterior de Washington a día de hoy se puede definir en dos puntos: 1: Hay una redefinición de la estrategia y el rol de Estados Unidos en el comercio Internacional. Y 2: Hay un cambio de diplomacia internacional y de intercambios. Tal y como comencé afirmando, la dirección del país ésta basada en políticas económicas extraordinariamente conservadoras, que a su vez marcan la proyección y el liderazgo internacional, que sin duda responden a la línea más dura del Partido Republicano, pero que en ésta ocasión están aderezadas al más puro estilo de Míster Trump: ¡Poniendo a América primero y al precio que sea!

El NAFTA, supervivencia en agonía. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) está en un proceso de deterioro de su estabilidad, a pesar de sus más de veinte años de exitoso funcionamiento. Tanto Canadá como México están apostando fuertemente por mantenerlo a flote, pero sus socios estadounidenses han repetido sin ningún tipo de dobleces que no continuarán con un acuerdo que perjudique la economía y los intereses de los Estados Unidos. La semana pasada, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en su visita a la Casa Blanca, apostó por impulsar el acuerdo mientras Donald Trump, en su básico vocabulario, dejaba claro que sus relaciones bilaterales con Canadá son muy buenas, pero que el NAFTA ya se verá.

Trump ha sido consistente es su oposición a este acuerdo como, en general, a casi cualquier acuerdo económico en donde los intereses de su “América First” o “Make America Great again” estén comprometidos: de acuerdo a su propia concepción, lógicamente. Ha asegurado que es el peor tratado económico nunca antes firmado y firmó una orden ejecutiva para renegociar NAFTA a muy pocos días de tomar posesión. Además de que sus asesores económicos han expresado su negativa a continuar adelante con este compromiso.

La semana pasada, en el marco de la cuarta ronda de negociaciones para intentar salvar NAFTA, el representante de intercambios estadounidense afirmó que la causa del déficit que sufre Estados Unidos es este acuerdo. Del mismo modo, alegó que es prioritario para su Administración disminuir el déficit en los intercambios entre México y Estados Unidos, que el año pasado ascendió a 36 billones de dólares, mientras con Canadá fue de 30 billones (según el Economic Complexity Index).

Chrystia Freeland, ministra de Exteriores de Canadá, por su parte aseguró que erradicar este acuerdo no será la solución al déficit estadounidense. Los números indican que en 2016 las exportaciones estadounidenses fueron de 1.42 trillones de dólares versus 2.21 trillones en importaciones globales, lo que arroja un balance negativo de 783 billones.

Los expertos no terminan de ponerse de acuerdo en cómo se podría acabar con el NAFTA. Técnicamente hay dos teorías que se manejan. La primera, que Trump puede anularlo basándose en el artículo 2205 del acuerdo, lo que le daría 90 días para la retirada total. La segunda teoría sostiene que, dado que este convenio fue aprobado por el Congreso de los Estados Unidos, es el Congreso el que tiene la autoridad legal de anularlo, lo que sería más complicado, pues de momento sigue contando con su apoyo.

El dinero es el elemento que tiene realmente en vilo este tratado; el reestablecer aranceles a los productos beneficiaría a las empresas petroleras estadounidenses, lo que se traduciría en mayor liquidez, dicen. Es también probable que se pudieran recuperar entre 500 a 700 mil empleos en empresas manufactureras en California, Michigan, New York y Texas que han sido trasladadas a México. Sin embargo, el precio de los productos agrícolas que se importan de México a Estados Unidos aumentaría instantáneamente, (vegetales, frutas, aceites comestibles, etc.) lo que terminaría teniendo un impacto inflacionario en la economía que tanto quiere proteger Donald Trump.

Los acuerdos económicos entre países, tal y como su nombre indica, son convenios en donde se gana y se sacrifican cosas para un bien común. Pretender establecer acuerdos donde sólo se benefician los intereses de una de las partes, es una gran presunción. Renegociar acuerdos existentes para poder ajustarlos a las nuevas necesidades, demandas e incluso a la nueva realidad, es políticamente correcto, pero siempre que se haga bajo el respeto hacia los otros socios.

El afán proteccionista de Trump está llevando a la nueva Administración a replantearse las normas del juego económico, y con ello tratar de imponerlas a sus aliados comerciales.

México ha ido abriendo progresivamente su mercado hacia el Pacífico. En el 2011 se creó una zona de libre comercio entre México, Colombia, Chile y Perú, que solo en el 2017, ha conseguido que el 94% de los intercambios hayan sido libres de impuestos. Además, China, Alemania y Japón (en ese orden) después de Estados Unidos y Canadá, son los países a los exportan sus productos. Y astutamente Japón está intentado hacerse con los espacios que podrían dejar las fábricas automovilísticas estadounidenses en México. En cuanto a Corea del Sur, la relación con México es bastante dinámica, tiene firmados 11 convenios de cooperación en diversas áreas (según cifras oficiales del gobierno azteca) y Seúl considera a México como el primer aliado comercial en América Latina, puente estratégico para entrar a este gran mercado. Canadá, por su parte, tiene menos riesgo, pues de momento parece que Washington apuesta por mantener las relaciones cercanas y apunta más a querer un convenio económico bilateral con ellos.

Finalmente, lo cierto es que, para Estados Unidos, ambos socios son fundamentales en su economía, y que a pesar de su tendencia súper proteccionista, a la administración Trump le tocará hacer un análisis pragmático de sus intereses frente a la realidad, pues Canadá es el primer país a donde envían sus productos, y el tercer país del que importan. Y en cuanto a México, es el segundo al que al que exportan productos, y el segundo también del que importan.

Imponer un cambio de las reglas de juego cambiará la realidad económica. La situación actual no es la misma de cuando la fuga de los empleos, lo que significa que aun intentando replicar esa pasada realidad no hay seguridad de que se podrán recuperar las manufactureras. Estamos inmersos en un proceso de cambio constante que exige adaptarse. Mirar atrás no es la clave, pues lo que dio resultado hace tres décadas no tiene garantía de ser exitoso en el mundo globalizado que vivimos hoy.

¿Y el NAFTA?

Washington.- Hace más de dos décadas que está en funcionamiento lo que ha sido uno de los acuerdos más importantes, que ha conseguido unificar y hacer crecer tres grandes economías liberando aranceles de importaciones en productos agrícolas y textiles así como la manufactura de automóviles, tomando en cuenta la protección de sus trabajadores y del medio ambiente. El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) fue negociado por George Bush (padre), aprobado por el Congreso y puesto en marcha bajo la Administración Clinton. Un acuerdo que contó desde sus orígenes con el apoyo de republicanos y demócratas, pero que ahora podría sucumbir en manos de la nueva Administración.
Durante la campaña electoral e incluso en su primera semana en la oficina oval, el Presidente Trump ha insistido en definir el NAFTA como el peor acuerdo comercial de la historia de los Estados Unidos. Paradójicamente, la página oficial de intercambios comerciales de la Casa Blanca aún tiene datos como que desde que entró en vigor este acuerdo las exportaciones agrícolas estadounidenses a México se han doblado y han aumentado un 44% a Canadá. Antes del Nafta, los productos estadounidenses que entraban a México enfrentaban barreras comerciales de alrededor de 10%, lo que significaba casi 5 veces más a las impuestas a los productos mexicanos en territorio estadounidenses.
El argumento fundamente que utiliza la Administración Trump para despreciar este acuerdo es básicamente el impacto negativo que ha tenido en el sector de manufacturas y la pérdida de empleos. De acuerdo a la oficina de estadísticas de empleo estadounidense, justo después de entrar en vigor el NAFTA la manufactura creció hasta el 2001, momento en que China entró en la organización mundial de comercio y la situación cambió radicalmente y empezó el descenso de este sector hasta llegar a una caída histórica producto de la gran recesión en el 2007. Sin embargo, a partir del 2010, se observa una recuperación progresiva. No se puedo olvidar cómo el desarrollo tecnológico en las empresas de manufactura juega un papel clave en relación al número de empleados. Son muchos los equipos y cada vez más sofisticados que sustituyen la mano del hombre.
Estados Unidos comparte una frontera de más de 6.400 km con Canadá, sin contar la frontera con Alaska, que son otros 1.500 km. Por el sur, con México, la frontera es de unos 3.200 km. Claramente México tiene un gran interés en mantener lazos fuertes con la primera economía del mundo, muy a pesar del discurso populista de construcción del muro. El presidente Peña Nieto ha sido cauto, y para muchos mexicanos incluso débil con sus respuestas diplomáticas a las afirmaciones inapropiadas de Míster Trump, dejando siempre claro la importancia de mantener relaciones cordiales y comerciales con su vecino del norte.
Canadá, por su parte, ha sido aliado histórico de los Estados Unidos, compartiendo siempre las mismas inquietudes globales y los mismos valores fundamentales. La visita esta semana de Justin Trudeau, podría darnos la clave de lo que serán estas relaciones, que a priori dan señales de ligeros cambios. El primer ministro canadiense no ha ocultado su desacuerdo con el decreto presidencial de Trump sobre la inmigración, invitando a ir a Canadá a todos los que nos son bien recibidos en Estados Unidos, exhibiendo su opinión al respecto, sin confrontar.
Muchos años han pasado desde que el Presidente Clinton recitó estas palabras, que siguen tiendo vigencia, en la ceremonia de la firma de NAFTA en 1994: … “Si aprendimos algo de la caída del Muro de Berlín y la caída de los gobiernos de Europa del Este es que, a pesar de ser sociedades totalmente controladas, no pudieron resistir los vientos de cambios que la economía, la tecnología y el flujo de información ha impuesto a este nuestro mundo. La única opción realista es aceptar estos cambios y crear los empleos de mañana…”.
Esperemos que la nueva Administración acabará aceptando que estos son otros tiempos, que cerrarse a la globalización es prácticamente imposible, y que pretender imponer o revertir acuerdos como el NAFTA podría llevar a los Estados Unidos a un aislamiento, sin ningún beneficio para el ningún beneficio para el país. Imponer a sus empresas operar bajo diferentes esquemas podría simplemente llevar a la ruina a muchas de ellas. Sencillamente, pretender reestructurar todo lo existente es como querer cerrar los ojos a lo evidente.

Lo siento, pero Trump también puede cargarse el Nafta

Hemos tardado varias generaciones en convencer a los latinoamericanos de que abandonen sus absurdas teorías sobre la sustitución de importaciones y sería una pena echar ahora a perder todo el esfuerzo.

Tiene razón el columnista del Financial Times Philip Stevens: lo malo de Trump es que no podemos hacer como si no existiera. ¿Cómo convivir con un gobernante que desprecia el sistema de alianzas que ha vertebrado la comunidad internacional desde 1945? Algunos líderes, como Vladimir Putin o Xi Jinping, se disponen a ocupar al vacío de poder creado por la retirada americana. Otros, como Theresa May, reservan el primer vuelo libre a Washington para rendirle pleitesía: Londres nunca ha mostrado el menor inconveniente en sacrificar un poco de dignidad a cambio de seguir siendo relevante.

El presentador de la televisión holandesa Arjen Lubach coincide en que lo más prudente es tener a la Casa Blanca de tu parte. Ha elaborado un vídeo que arranca con las imágenes de Trump vociferando delante del Capitolio: “¡A partir de ahora, América será lo primero!” A continuación, Lubach explica que los holandeses le van a encantar al presidente: construyen diques de separación, organizan fiestas racistas y tienen una legislación ideal para evadir impuestos. “No nos importa que América sea lo primero”, concluye, “pero ¿no podría ser Holanda lo segundo?”

Les diré: no me parece una mala solución, aunque los españoles lo tenemos algo más difícil. Estoy suscrito a Quora, una red social cuyos miembros se consultan dudas, como quién ha sido el mejor general de la historia, qué guerra causó más muertes o por qué no disparan al capitán América por debajo del escudo. Una de las últimas preguntas es reveladora a la par que inquietante: “¿Son blancos los españoles de España?” Está claro que el Alto Comisionado para la Marca España tiene ante sí una ímproba tarea.

Pero merece la pena. Estoy convencido como Stevens de que Europa debe ser la Grecia de la Roma estadounidense y contribuir a moderar los desmanes del inexperto e intemperante nuevo emperador, aunque de momento no ofrezca el menor signo de contención. Ya ha arrojado al basurero de la historia el Acuerdo Transpacífico, ha dado instrucciones para que levanten el muro con México y ahora amenaza con acabar con el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (Nafta). ¿Será capaz?

Por lo que he averiguado en internet, ninguna traba legal lo impide. Únicamente debe activar el artículo 2205 (¿se imaginan el mamotreto?), que especifica que las partes podrán “abandonar este acuerdo seis meses después de comunicarlo por escrito”. “Es sencillísimo matarlo”, dice Barry Appleton, un abogado canadiense.

¿Y no tendrá nada que opinar el Congreso? Al parecer, no. La dirección de la política exterior corresponde al presidente. Lo establece la Constitución y lo ratifica la jurisprudencia: Jimmy Carter revocó un pacto de defensa con Taiwan en 1979 y George W. Bush otro antimisiles en 2001, y las correspondientes demandas que los legisladores interpusieron ante el Supremo fueron rechazadas.

Ahora bien, hasta el propio Trump es consciente de que no se puede desmantelar así como así un tratado que lleva dos décadas en vigor y que ha inducido a muchas empresas a descomponer su cadena de valor: compran la materia prima en un sitio, la ensamblan en otro y distribuyen el producto por todo el planeta. “Hemos desplegado una inmensa red […] y estaríamos interfiriendo en ella”, explica el profesor de Harvard Robert Lawrence. “Sería un suicidio”.

“Tras los atentados del 11-S sellamos las fronteras con Canadá y México y, al cabo de una semana, las plantas de automóviles de Michigan empezaron a parar por falta de componentes”, dice Rob Scott, del Economic Policy Institute.

Y el think tank Journalist’s Resource añade que “en 2009 Estados Unidos quiso defender el empleo de sus conductores impidiendo la circulación de camiones hispanos y México subió los aranceles de docenas de artículos elaborados en estados cuyos representantes habían apoyado la prohibición, desde champú a árboles de Navidad. Washington rectificó en 2011”. Los autores de este informe reconocen que el Nafta ha beneficiado sobre todo a México, cuya renta ha mejorado el 1,31% frente al magro 0,08% de Estados Unidos, pero ¿no impulsa eso a su vez la demanda de mercancías estadounidenses?

Hemos tardado varias generaciones en convencer a los latinoamericanos de que abandonen sus absurdas teorías sobre la autarquía y la sustitución de importaciones y sería una pena que Trump echara ahora a perder todo el esfuerzo. ¿Podremos pararle los pies? No lo sé, pero si América va a ser lo primero y Holanda lo segundo, deberíamos ir pensando en pedirnos los terceros o los cuartos.