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Elecciones y los vicepresidentes en los Estados Unidos. Nieves C. Pérez Rodríguez

Las elecciones presidenciales estadounidenses están a la vuelta de la esquina en medio de un clima político convulso, una sociedad muy polarizada y el presidente Trump intentando continuar su campaña mientras sigue siendo paciente positivo de Covid-19. A pesar del ingreso en el hospital, Trump no ha hecho más que continuar restándole importancia al virus, con frases como “no dejen que el virus domine sus vidas”. Como si la vida de casi todos los habitantes del planeta no hubiera cambiado radicalmente y la incertidumbre sobre si el futuro se parecerá a lo que conocimos que no nos abandona.

Estas elecciones tienen una característica curiosa. Los candidatos a la presidencia rondan los 75 años. Trump hizo 74 años en junio y Biden hará los 78 este mes. Lo que ha puesto sobre la mesa la realidad biológica de que el candidato que gane podría no acabar el periodo presidencial establecido de cuatro años, por lo que el vicepresidente más que nunca ha tomado una relevancia atípica, pues hay una gran probabilidad que sea alguno de ellos el que termine liderando la nación.

Por el lado demócrata Kamala Harris, con 55 años, es mujer y representa la diversidad de esta nación, elementos clave en un momento de tal polarización que ha quedado demostrado con las masivas protestas que se originaron a raíz de la muerte de George Floyd de manos de la policía. Además, se hizo con una reputación de justa y luchadora por los derechos y la igualdad con su trabajo como fiscal de California y cuyo legado la ayudó a convertirse en senadora de los Estados Unidos.

Mike Pence, por su parte, es conocido en la esfera política como un profundo conservador que ha aprovechado su participación en los medios de comunicación como ancla de radio y tv para infundir valores conservadores. Se describe así mismo como cristiano, conservador y republicano, en ese orden. Simpatizante del “Tea party” y cuya carrera despegó en el Estado de Illinois, donde fue gobernador.

Pence ha jugado un rol muy importante en la Administración Trump, no sólo por ser el vicepresidente sino porque se ha convertido en el neutralizador de las descomposturas de Trump. Cada vez que ha habido una crisis doméstica como la detención de los inmigrantes en las fronteras y la separación de menores de sus familias, Pence ha hecho una aparición magistral para dar una imagen más equilibrada y un discurso más acorde a las circunstancias. Además, Pence cuenta con una gran habilidad para darle vuelta a las preguntas de los periodistas y contestar lo que la Administración necesita decir en un tono moderado.

Pero también Pence fue la persona seleccionada por el mismo Trump para liderar la crisis del Covid-19. En febrero el presidente anunciaba frente a las cámaras que su hombre de confianza estaría al frente del manejo de la peor crisis que ha atravesado esta nación en la historia contemporánea, que ya se ha cobrado la vida de 210 mil ciudadanos y ha dejado sin empleo a millones.

El debate de los vicepresidentes la semana pasada demostró que ambos candidatos a la vicepresidencia son políticos con experiencia y buenos comunicadores de sus mensajes. Ambos cuentan con una trayectoria que en el caso de Kamala la ubica más en el centro y en el caso de Pence más en la derecha tradicional. Pero que en ambos casos han intentado capitalizar en votos.

Pence es un profundo conservador que incluso a muchos republicanos previos a la era Trump les resulta “extremo” de acuerdo con una fuente que trabajó para el partido republicano durante veinte años y que abandonó el partido una vez que Trump ganó las primarias hace 4 años.

A Kamala la extrema izquierda la tilda de ser de muy de centro y han intentado demostrarlo con su actuación como fiscal. Asimismo, la derecha usa los mismos argumentos en su detrimento. En efecto, el mismo Pence han aprovechado la situación políticamente y ha hecho énfasis en que ella no representa a la izquierda de Berni Sander o Alexandria Ocaso Cortés (personajes ubicados en el extremo del partido demócrata y que cuentan con muchos seguidores). 

La posición sobre el aborto es sin lugar a dudas uno de los asuntos que más separan a ambos, y este tema trae a colación el nombramiento del juez a la corte suprema de justicia para reemplazar la vacante dejada por la reciente desaparición de la juez Ruth Bader Ginsburg, quien luchó incansablemente por los derechos de las mujeres y las minorías y que es respetada por su trayectoria por ambos partidos. Pero el partido republicano está apostando a ocupar esa silla con un juez conservador que los ayude a aprobar o desestimar casos que se eleven a esta instancia.

En cuanto a la política exterior, en el debate Pence recordó que el “virus chino” es culpa de China y que Trump actuó rápido bloqueando el acceso de vuelos provenientes de China como primera medida extrema. Mientras que Harry atacó “la pésima gestión de la crisis por parte de la Administración” y mencionó el hecho de que Trump eliminó la oficina de control responsable de monitorear pandemias en la Casa Blanca, porque había sido creada por la Administración Obama.

Durante el debate ninguno de los dos dio clave alguna de lo que sería su política exterior hacia China. De continuar, la Administración actual prevé una situación similar a la que hemos vivido, el tira y encoje con Beijing continuará, aunque se debe reconocer que la Administración Trump ha tomado medidas parar y denunciar muchos de los abusos del PC chino. Y de haber una Administración Biden es previsible que no se vuelva a la era Obama, pues mucha de la presión a Beijing es producto del Congreso, del Departamento de Estado y del Departamento del Tesoro, pero las formas desde luego serían más diplomáticas y menos provocadoras.

Sería muy difícil para la Administración estadounidense 2021-2025 (sea del partido que se), obviar lo que está haciendo Beijing en el Pacifico, dejar a un lado lo que han hecho con Hong Kong, el peligro que corre Taiwán y el peligro del avance económico y tecnológico de China, pues todo representa un alto riesgo a la seguridad y defensa de los Estados Unidos que seguirá siendo una gran preocupación para el que sea que se convierta en el inquilino a la Casa Blanca y sin duda su vicepresidente.

Filipinas en medio de la pandemia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Filipinas, un archipiélago que cuenta con más de 7000 islas, goza de una ubicación estratégica en el Pacífico y cuenta con una de las líneas costeras más extensas del mundo.  Es una nación de 110 millones de personas, que ha registrado cerca de 730 decesos, a pesar de la cercanía con China, a poco más de 3000 kilómetros de distancia.

Filipinas fue el tercer país en imponer cierre de las ciudades y ordenar cuarentena, justo después de España.  El 12 de Marzo se restringieron los viajes y la entrada de viajeros, se cancelaron reuniones de negocios, y se paralizaron cualquier forma de eventos, mientras se obligaba a los ciudadanos a confinarse en casa.  Todas estas medidas se tomaban sólo cinco días después de que se detectara  el primer caso de Covid-19.

El gobierno de Rodrigo Duterte no dudó en actuar en las primeras horas para evitar el colapso del sistema hospitalario, que a pesar de que en los últimos años ha mejorado, sigue siendo muy débil e insuficiente para atender la demanda doméstica.

Duterte, conocido por su retórica populista e impulsiva, cuya campaña más emblemática ha sido contra las drogas, ha elevado a miles el número de homicidios a manos de policías y otros grupos políticos. Dutarte también expresó en varias ocasiones que buscaría acercamientos con China.

El pasado fin de semana The Diplomat publicaba un artículo sobre un vídeo que la embajada china en Manila había subido en su página oficial y en sus redes, en el que Beijing deja ver su nueva ofensiva diplomática e intenso esfuerzo por ganar aliados, y asegurar su liderazgo.

Hay una canción escrita por el mismo embajador chino, y en cuyo vídeo participaron diplomáticos chinos y celebridades de ambos países y la letra reza …“como vecinos amistosos al otro lado de mar, China y Filipinas continuarán uniendo sus manos y harán todo lo posible para superar el Covid-19 lo antes posible”…

En la canción se hizo referencia al “mar del sur de China, cuyo nombre para los filipinos es “el mar occidental filipino”. Una alusión a una disputa que viene de lejos, que mantiene heridas abiertas aún en medio de una pandemia, y que lejos de agradar levanta estupor.

La opinión pública filipina ha criticado el vídeo y, en efecto, ha motivado incluso rechazo a las ayudas enviadas por Beijing (suministros y personal médico y sanitario), que ahora se perciben como politizadas y con dobles intenciones.

A pesar de que Filipinas es una de las naciones más occidentalizadas del Pacifico, en parte debido a las estrechas relaciones que han mantenido con los Estados Unidos en las últimas décadas, su sistema de gobierno no respeta las libertades. En efecto, desde que Rodrigo Duterte tomó posesión, las libertades se han visto más restringidas. Pero a pesar de que se pensó que su gobierno podría alinearse con el Partido Comunista Chino, las acciones chinas han encendido tal rechazo que hasta el mismo gobierno de Manila ha tenido que distanciarse.

Si algo no ha podido parar la pandemia es la geopolítica.  Beijing lo sabe bien.

Diplomacia en tiempos de pandemia. Nieves C. Pérez Rodríguez

En tiempos de pandemia, la tendencia natural de las naciones ha sido cerrar sus fronteras y poner a sus ciudadanos en cuarentena mientras las empresas que han podido seguir operando han establecido un sistema de “teleworking” y a los niños se les trata, con grandes esfuerzos, de seguir educando académicamente desde casa. Todas estas prácticas improvisadas, bien o mal, están funcionando. Todo en medio de unos esfuerzos titánicos para contener el contagio del COVID-19 y evitar más sufrimiento.

En este nuevo escenario que se ha convertido en la nueva realidad también ha surgido un nuevo fenómeno y es el nuevo comportamiento internacional de Beijing, que difiere mucho de las formas a las que nos tenían acostumbrados y que curiosamente en vez de mantener una relativa humildad y aceptar el catastrófico manejo de la crisis en Wuhan, ahora saca pecho y enfrenta a cualquiera que lo incrimine por sus acciones.

Así sucedió en Berlín, en donde la embajada China tuvo un enfrentamiento con el periódico Bild, después de que éste exigiera una compensación a Beijing de unos 160 mil millones de dólares por los daños causados. 

Trump también se hizo eco del coste que estaba suponiendo para Washington y la economía norteamericana el virus.  Y, además sugirió que estaba presionando a las agencias de inteligencia para hacer una minuciosa investigación que determine si el origen del virus fue el Laboratorio de Wuhan. Y asomó la posibilidad de demandar por esos daños. A lo que el ministerio del exterior chino respondió que eso es ridículo.

Australia, por su parte, anunció su deseo de hacer una investigación. Y en esa misma línea Beijing le alertaba del peligro que supone dañar su relación comercial con ellos que son uno de los principales consumidores de productos australianos.

China también ha aprovechado para hacer campaña de sus ayudas a países aliados ideológicamente como es el caso de Venezuela. Beijing envió a finales de marzo un avión con personal médico que entrenaría a los médicos del régimen de Maduro y con material sanitario. Y, a mediados de abril, los medios oficiales chinos anunciaban el envío de una segunda ayuda, “más ayuda a Caracas, basado en la estrecha amistad y lazos profundos de ambos gobiernos”.

Lo mismo sucedió con Cuba, en donde el embajador chino posaba entregando material médico al ministro de Salud cubano y una vez más los medios oficiales chinos usaban las instantáneas para vender una imagen solidaria y humana del gobierno chino.

En contraposición, Beijing amenazó a los Países Bajos con retener ayuda médica por haber cambiado el nombre de la oficina de Taiwán y haber incluido la palabra Taipéi en el nombre.

Mientras, el número de contagios no hace más que aumentar a nivel global. Ya son más de tres millones y medio de casos en el mundo y unos 250 mil fallecidos. Y la respuesta de China es seguir alimentando teorías sobre el origen del COVID-19 en una base militar americana.

La pandemia, que ha dejado ver la vulnerabilidad de un mundo globalizado, está también dejando ver los verdaderos valores del gobierno chino y cómo el Partido Comunista China aprovecha su posición de líder para presionar y conseguir apoyo en un momento tan delicado.

La diplomacia de la ruta de la seda ha dejado ver las miserias de Beijing y el objetivo final de hacerse con el liderazgo no solo regional en Asia sino en el resto del mundo.

La agresiva narrativa china en tiempos de pandemia debería servir a las naciones del mundo para comprender el peligro de mantener dependencia de insumos de un único país, casi exclusivamente. Y lo que significará adherirse a la plataforma del 5G y las consecuencias que eso podría tener para la seguridad nacional de esa nación.

El coronavirus en Xinjiang. Nieves C. Pérez Rodríguez

Comenzamos el tercer mes del año y el coronavirus –COVID 19- ocupa más espacios en los titulares y noticieros del mundo que hace un par de semanas. La crisis sanitaria sigue expandiéndose por todos los continentes con un número de infectados en crecimiento, aunque proporcionalmente el número de decesos sigue siendo bajo, y en su mayoría son individuos con una condición médica comprometida que les hace mucho más vulnerables frente a cualquier virus.

En China, los números oficiales muestran una caída de infectados y las autoridades insisten en tener la situación controlada. Sin embargo, el número de contagios fuera de China podrían demostrar que los datos facilitados por Beijing nunca fueron fiables. Así como se pone en cuestión el método de diagnóstico empleado.

El virus de Wuhan se ha extendido también por otras provincias chinas, entre ellas Xinjiang, la región autónoma de los uigures que de momento cuenta con 76 casos confirmados, de los cuales 62 se han recuperado, 21 casos continúan y 3 decesos, según datos del Instituto John Hopkins -que son actualizados al minuto-.

En una rueda de prensa organizada en Washington D.C. por el “Proyecto de derechos humanos de los uigures” -UHRP por sus siglas en inglés-, a la que asistió 4Asia, fueron presentados fotos y videos que evidencian el estado de desesperación de los habitantes de Xinjiang ante las excesivas medidas a las que los locales están siendo sometidos. Medidas como precinto de las puertas de las viviendas, junto con carteles en chino, kazajo y en uigur exhortando a los residentes a descansar en casa y permanecer saludables. 

Esta región fue puesta en cuarentena el 24 de enero, después de que se conocieran al menos 2 casos del COVID-19 en Ürümchi, la capital económica y política de la región de los uigures. “La cuarentena se declaró y se impuso simultáneamente, por lo que la población no tuvo tiempo a prepararse y almacenar alimentos. En medio de este aislamiento, los locales se han visto obligados a permanecer encerrados sin suministros e insumos, y sin un plan de distribución, tal y como se ha visto en otras ciudades chinas, donde se hace entrega a domicilio de medicinas y víveres”, afirma la doctora Elisa Anderson, investigadora de la UHRP.

En uno de los vídeos que presentaron se ve un hombre de unos 30 a 40 años que grita que tanto él, como su mujer y su hijo tienen hambre y mostrando una desesperación agónica se golpea contra un poste de luz. También mostraron un grupo de fotos que prueban como las puertas de las viviendas han sido precintadas.

En este evento participó la Dra. Maya Mitalipova, investigadora del Instituto para Investigación Biomédica de Boston, que cuestionó la información oficial china, basándose en la rapidez de contagio que se ha podido constatar afuera de China. Y sobre todo se mostró preocupada por los “centros de reeducación” que tiene Beijing en Xinjiang y las paupérrimas condiciones sanitarias que han descrito algunos de los internados que han podido salir al exterior.

4Asia conversó con la Dra. Mitalipova sobre cuál es su pronóstico del coronavirus en Xinjiang y esto fue los que nos dijo: “el mejor ejemplo es el del edificio en Wuhan donde se sabía de un individuo contagiado que permaneció aislado en su vivienda, y en un término de 2 semanas 700 residentes de ese edificio fueron contagiados, sólo en dos semanas. Este caso se puede trasladar a los campos de detención de Xinjiang; si una persona contagiada, como un guardia de seguridad, en tan sólo dos semanas tendríamos miles, insiste, miles de infectados. Si a la infección del COVID-19 se le suma las condiciones dentro de estos campos como ausencia de agua corriente, falta de asistencia médica apropiada, ausencia de medicamentos, mala nutrición de los detenidos y sin temor a especular un sistema inmunológico bastante débil por el mismo estrés bajo al que están sometidos allí, y la falta de descanso y sueño, todo eso es el peor caldo de cultivo para acabar con miles de casos de infección, muchos de ellos graves y sin dudas muchos fatales”.

La Dra. Mitallipova explicó que la mayor parte de estos centros están en las ciudades o pueblos del sur, debido a que en esta área se han mantenido mucho más las prácticas tradicionales uigures que en el norte. Sobre todo, en ciudades como Hotan, Kaxgar, Aksa o Turpan, lo que en su opinión obedece a un intento de acabar con el idioma y las tradiciones musulmanes históricas que ha mantenido esta minoría viva durante siglos. Desafortunadamente no se conocen datos de estos lugares en concreto y menos aún de los centros de detención, afirma.

Obviamente no se puede culpar a Beijing del virus, pero si debemos y podemos cuestionar cómo han manejado esa crisis y de manera especial denunciar que estén precintando viviendas para asegurarse de que los ciudadanos permanezcan en cuarentena, sin tener previsto un plan de distribución de alimentos, pues al final la desesperación por hambre será mayor que la sensatez a permanecer aislado frente a un virus altamente contagioso.

Los documentos de Qaraqash muestran parte del calvario uigur hoy. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Una vez más se filtran documentos que prueban que los uigures son víctimas de Beijing. La semana pasada se conocieron los llamados “documentos de Qaraqash” que contienen una extensa y detallada información de individuos que han estado detenidos en los llamados centros de reeducación de Xinjiang.

Los documentos en cuestión son hojas de calculo de Excel, que contienen 667 registros que, de acuerdo con los expertos que los analizaron, describen a 311 individuos y sus comportamientos y actitudes como internos de estos centros durante un periodo de tiempo determinado. También contienen la edad y el sexo de los internos, que en su inmensa mayoría -el 91% de la muestra- son hombres con tan sólo 29 mujeres identificadas.

La razón por la que son hombres la mayoría de los detenidos radica en que son la mayor fuerza laboral, así como el centro y soporte del hogar, como suele ser natural en la cultura musulmana. Y la edad promedio de los detenidos se concentra en edad media, en plena edad productiva del hombre.

La data muestra nombres de los detenidos, así como su número de identificación nacional chino (18 dígitos), la dirección de los individuos, la razón de su detención y sus conexiones personales (miembros de la familia, vecinos, amigos, círculo religioso al que pertenece, lugar de trabajo, posición laboral, además de antecedentes criminales previos a la detención -si los hubiera- que, según los análisis, constituyen un punto crítico para valorar el tiempo de reclusión.

Las razones identificadas por las detenciones en el documento van desde violaciones de las políticas de control de natalidad, el portar velo o pañuelo para cubrir el pelo, crecimiento de la barba, haber solicitado un pasaporte y no haber salido del país, o personas que han viajado fuera, tener comunicación con el exterior, o incluso haber visitado alguna web extranjera.  También se observó que los nacidos entre los años 1980 a los 2000 son mucho más propensos a ser detenidos, pues son considerados por el Partido Comunista como radicales porque no fueron necesariamente educados con libros de textos comunistas.

Los documentos de Qaraqash muestran como algunos de los individuos ya no se encuentran en “entrenamiento”, que es el término que emplean para describir qué hacen estos individuos internados. Pero el no estar en entrenamiento o haber terminado el entrenamiento no significa que han sido liberados. En algunos casos son dejados en una especie de libertad condicional, por lo que regresan a sus hogares, pero permanecen bajo vigilancia constante. Y en otros de estos casos la vigilancia se instala dentro de las mismas viviendas. Otros individuos aparecen clasificados como que encontraron trabajo, definido bajo el término “jiuye” a los que los expertos creen que se refiere a que son enviados a campos de trabajo forzoso; en otras palabras, son trasladados a industrias manufactureras donde están obligados a trabajar bajo monitoreo y control de las fuerzas de seguridad china, con un pago mínimo o sin compensación alguna.

También  se pudo comprobar que el comportamiento de la familia del detenido durante el tiempo de reclusión es clave para la liberación del mismo. Si los miembros se muestras dóciles y obedientes con las autoridades chinas, favorecerá al detenido. Incluso después de la liberación deben continuar mostrándose cooperativos y con “una sincera actitud de arrepentimientos de sus actos”, aunque estos no representen ninguna amenaza real para la sociedad, pero si una amenaza para el Partido Comunista Chino y sus estándares de control y supresión social.

Como si esto no fuera suficiente, el no cumplir con trabajo comunitario puede ser también una razón para ser llevado a uno de estos campos. Por citar un ejemplo, en el documento se comprobó cómo un individuo fue detenido por no haber participado en las ceremonias de izado de la bandera, o participar activamente en eventos de propaganda del partido comunista chino.

Todo esto muestra la opresión bajo la cual se vive en China. Los documentos ponen de manifiesto los niveles control social, como el monitorio de individuos en actividades ordinarias, y como estas actividades y comportamientos ordinarios han llegado a ser criminalizados por las autoridades chinas, como usar atuendos más musulmanes, el rezar con frecuencia, o incluso no participar en actividades comunitarias en las que se venere al Partido Comunista o a su secretario y líder Xi Jinping.

“Los documentos de Qaraqash” son uno más en la lista de otros que se han filtrado. El anterior lo reportó el New York Times el pasado noviembre y al que 4Asia dedicó una columna (Uigures: Las pruebas sobre la mesa, publicado el 27 de noviembre de 2019). Así como los “Cables de China”, ponen en evidencia las prácticas de Beijing contra la población y específicamente el acoso, del que están siendo víctimas las minorías presentes en la región autónoma de los uigures o Xinjiang, que hasta hace poco constituían la mayoría de la población de esa región, pero que Beijing ha ido repoblando con ciudadanos de la etnia Han para ir imponiendo su presencia y al final, acabar con las diferentes creencias y cultura que han existido por siglos en esa zona.

El coronavirus no es culpa de Beijing, pero sí de sus maniobras. Nieves C. Pérez Rodríguez

Después de tanto hablar de la crisis del coronavirus y de la presión internacional, la Organización Mundial de la Salud -OMS- decretó emergencia mundial el jueves pasado al final del día. Justo al cumplirse una semana de la puesta en cuarentena de la ciudad de Wuhan, epicentro del brote. 

Todo indica que esa declaración debió haberse hecho antes, pues las evacuaciones de extranjeros ya estaban planificadas a principios de la semana, y se había comprobado un gran número de contagios, que rápidamente ha superado el número del SARS en tan sólo un mes de que el gobierno de Beijing anunciara oficialmente la epidemia.

La alerta mundial se disparó antes de que se oficializara la emergencia. Por lo que países como Estados Unidos, Canadá, Japón, la UE en conjunto, Australia, Nueva Zelanda, Indonesia, Corea del Sur, India, Turquía, Bangladesh y Egipto evacuaron o prepararon las evacuaciones de sus ciudadanos incluso antes de que la OMS acordara la decisión.

Las personas evacuadas son puestas en cuarentena en sus países de origen en lugares preparados para ello. Así lo ha hecho Estados Unidos en una base militar en la costa oeste, al igual que Inglaterra y España, por citar unos ejemplos. Mientras que Australia ha dispuesto una isla remota para hacerlo, la Isla Navidad, ubicada a 2000 km del continente.

Estados Unidos, además, ha emitido un aviso de alerta nivel 4 para viajes a China, su nivel más alto de cautela. Las aerolíneas estadounidenses más grandes han detenido los vuelos a China.  Así como lo ha hecho también la UE, Rusia, Israel, Australia, Singapur y Vietnam.

Por su parte, Hong Kong ha suspendido los colegios hasta marzo mientras confirma que aumentan sus casos y preocupación por lo bajo de suministros. Y el pasado fin de semana, una de las autoridades hongkonesas del sector salud pedía el cierre de la frontera con China, para evitar más contagios, y el personal sanitario pedía ir a la huelga para presionar por el mencionado cierre.

Pero mientras todas esas medidas extremas se decidían y ejecutaban, el presidente de la OMS -Tedros Adhanom- aprovechaba la rueda de prensa en la que se declaró la emergencia, y fuera de contexto, ensalza a los líderes chinos y el buen trabajo que éstos han hecho. “El gobierno chino tiene que felicitarse por las extraordinarias medidas que han tomado para contener el virus, a pesar del impacto social y económico”, “las medidas de contención del virus son realmente impresionantes lo que no pueden expresarse en palabras”, así como alabó “la transparencia y el compromiso que China ha mostrado”. Mientras insistía en que la declaración de la emergencia no se debe a lo que está sucediendo en China sino a lo sucede en otros países con sistemas sanitarios más débiles. “No es una declaración en contra de la confianza de China, por el contrario, seguimos teniendo confianza en la capacidad de China de controlar la crisis”.

En Ginebra la presión para que la OMS declarará la emergencia fue tremenda y a pesar de ello, dilataron el anuncio todo lo que pudieron, y finalmente hicieron la declaratoria de emergencia, pero dejando claro que Beijing tiene influencia en la toma de decisión, al no escatimar en cumplidos a las “extraordinarias acciones tomadas por los líderes chinos” y dejando claro que la declaración se hace por otros países vulnerables no por la falta de diligencia china de manejar la crisis.

Hay razones para cuestionar la transparencia de Beijing desde el principio. Al menos, la velocidad con la que dieron información. El sábado pasado se hizo público un estudio hecho por científicos en la Universidad de Hong Kong en la que se estima que podría haber casi 78.000 infectados en Wuhan.  Asimismo, las imágenes de cadáveres que supuestamente contrajeron el coronavirus y que están circulando por las redes sociales chinas son aterradoras.

Taiwán ha solicitado a través de todos los mecanismos formales y políticos la participación en las reuniones del coronavirus de la OMS, basada en la cercanía geográfica, en el hecho de que tienen varios diagnosticados, y en que podrían ayudar con la investigación, pero no han conseguido más que ser bloqueados. Estados Unidos y Canadá han intentado abogar por su participación. El mismo Congreso estadounidense envío una carta a la OMS en la que expresan su preocupación por la exclusión de Taiwán.  Pero este bloqueo es otro ejemplo de la injerencia china en la OMS, que antepone sus intereses imperialistas a los originales intereses de la Organización.

Otro componente que la crisis pone en evidencia es la dependencia que tienen muchos países y/o regiones de productos chinos de uso diario, y cómo estos insumos no han podido ser reabastecidos. Por lo que esta crisis y corte de suministros podría fomentar la reorganización de las relaciones geopolíticas en la zona, y la posible apertura a nuevas oportunidades para otros países y empresas a recuperar esos mercados o ingresar en ellos.

Y sin lugar a dudas, el coronavirus no sólo habrá dejado víctimas en China sino un estancamiento económico muy considerable, que aún es prematuro predecir.