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INTERREGNUM: Taiwán: choque de trenes. Fernando Delage

Mes y medio después de su visita a Taipei, la crisis abierta en el estrecho de Taiwán por el viaje de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, parece no tener fin. Pekín ha mantenido su presión militar, mientras que Washington anunció a principios de septiembre la venta de un nuevo paquete de armamentos a la isla por valor de 1.100 millones de dólares. Estados Unidos ha calificado las acciones chinas como desproporcionadas y dirigidas a establecer un “nuevo statu quo”, mientras que, para la República Popular, es la administración Biden la que ha violado el principio de “una sola China”.

Lo que viene a ilustrar este “choque de narrativas” es la desaparición del contexto en el que se definió el problema durante décadas. El aumento de capacidades chinas ofrece a Pekín un margen de maniobra del que carecía con anterioridad; la política de ambigüedad estratégica norteamericana puede resultar insuficiente como instrumento de disuasión; y la consolidación de una identidad taiwanesa cada vez más separada del continente acelera la urgencia de los dirigentes chinos por completar un proceso de reunificación que forma parte esencial de la agenda de rejuvenecimiento nacional perseguida por Xi Jinping (el conocido como “sueño chino”). Taipei ha anunciado por su parte un impulso adicional a la modernización de sus Fuerzas Armadas, pero son sobre todo los dos grandes los que tienen en sus manos la gestión de esta espiral de enfrentamiento, en la que por ahora han optado por dar protagonismo a la dimensión militar.

Es ésta una crisis que cabía esperar tarde o temprano, pero Pelosi—guiada por motivaciones de política interna norteamericana—ha provocado un estallido que, ante todo, no ha hecho sino perjudicar la seguridad de Taiwán, es decir, la que debía ser la primera obligación de Washington. Las supuestas meteduras de pata del presidente Biden, quien hasta tres veces ha dicho que Estados Unidos intervendría militarmente en el caso de una invasión, han sido otra señal para Pekín—no importa que el Departamento de Estado las haya corregido posteriormente—de que las cosas están cambiando. Pero igualmente tiene razón la Casa Blanca al percibir que la inquietud china por resolver la cuestión se precipita. Ambas partes, como también el gobierno de la isla, han dejado en consecuencia de compartir el marco de referencia que proporcionó un entorno de relativa estabilidad hasta al menos 2016, año en el que, tras la victoria electoral del Partido Democrático Progresista—revalidada en 2020—, la presidenta Tsai Ing-wen evitó adherirse formalmente al “consenso de 1992” sobre las diferentes interpretaciones mantenidas por Pekín y Taipei sobre el concepto de “una sola China”.

A la ruptura del statu quo apuntan igualmente la continuidad de las acciones coercitivas chinas en torno al espacio marítimo y aéreo taiwanés, así como el lenguaje empleado en el tercer Libro Blanco de la República Popular sobre Taiwán (el primero desde que Xi llegó al poder), hecho público por Pekín tras la visita de Pelosi: “no permitiremos que este problema pase de una generación a la siguiente”. Por su parte, de manera simultánea al nuevo suministro de armamento, el Congreso de Estados Unidos discute estos días una propuesta legislativa (la “Taiwan Policy Act”), cuyos proponentes—un senador demócrata y otro republicano—pretenden que sustituya a la ley de 1979 que hasta la fecha guiaba las relaciones con la isla, y sirva para reforzar el compromiso de seguridad norteamericano.

Como las tres crisis anteriores en el estrecho (1954-1955, 1958, 1995-96), la de 2022 marca un nuevo punto de inflexión en las relaciones entre China y Estados Unidos. Pero la principal diferencia es que esta vez existe un equilibrio de poder muy diferente entre ambos, a la vez que los respectivos imperativos internos de cada parte complican los esfuerzos a favor de un acercamiento que permita prevenir un choque mayor. Es posible que el XX Congreso del Partido Comunista establezca el próximo mes unas nuevas líneas rojas sobre Taiwán (Xi debe demostrar que el problema se orienta en la dirección querida por Pekín), mientras que el calendario electoral de Estados Unidos—como ya ha demostrado Pelosi—tampoco facilitará que la Casa Blanca se incline por avanzar hacia un escenario de distensión.

China o cómo la economía frena a la política

Aunque se subraya poco, China vive una crisis económica creciente, no catastrófica pero si notable, que puede ralentizar la agenda china presentada como un camino ascendente hacia una cada vez más arrolladora consolidación como potencia mundial. Los efectos de la pandemia que han puesto sobre la mesa la ineficiencia de las políticas intervencionistas para hacer frente a la contracción del comercio  mundial, la crisis inmobiliaria que venía de antes y las dificultades de un sistema financiero en el que las decisiones políticas estatales priman sobre los criterios estratégicos estrictamente comerciales han convertido la situación actual en un dolor de cabeza agudo para las autoridades de Pekín. Y eso en un momento en que las relaciones internacionales se tensan, las alianzas se estrechan y aumenta la presión occidental en el Indo Pacífico para contener las políticas expansionistas chinas.

Según analistas europeos, cada vez más créditos otorgados por Pekín en el marco de su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, no pueden ser pagados. Desde 2013, China ha invertido cerca de 840.000 millones de dólares en la construcción de calles, puertos, represas y plantas de energía en diversas partes del mundo. El objetivo de este “proyecto del siglo”, como lo llama el presidente Xi Jinping, es político, y no económico. En consecuencia, muchos créditos fueron otorgados con criterios políticos.

El Financial Times informa de que cada vez más países piden ahora moratorias, porque no pueden pagar sus créditos. En Asia, África y América Latina, las economías han sufrido el golpe del COVID-19. Según un estudio del instituto de investigaciones Rhodium, de Nueva York, actualmente están en la cuerda floja unos 118.000 millones, un 16 por ciento del volumen total de créditos. Para tapar los agujeros, China otorga, en no pocas ocasiones, nuevos créditos, con lo que se agrava su propio problema.

Señalan los expertos que el mayor potencial chino, el comercio exterior y las exportaciones, es mirado con lupa en estos momentos. De hecho, dicen, los últimos datos de crecimiento del sector (en julio se incrementaron las exportaciones en un 18 por ciento respecto al mismo mes del año pasado) son atribuidos a causas temporales que no podrán mantenerse. La desaceleración de la economía mundial prevista para los próximos meses, en parte consecuencia de la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania, reducirá también el consumo mundial de bienes chinos, especialmente en uno de los principales clientes de China, esa Europa asfixiada por la inflación creciente y las catapultadas tasas de interés. A su vez, la disminución en el consumo de bienes chinos morderá con fuerza la ya en declive industria manufacturera del país asiático.

Para sorpresa de los gobernantes chinos, las protestas no dejan de crecer, sobre todo entre los que han quedado atrapados, sin viviendas y sin los fondos invertidos en ellas, por los problemas de inmobiliarias y bancos. La represión se resiste cada vez mejor, la gente va perdiendo el miedo y los aparatos de seguridad ya no pueden aumentar su nivel de brutalidad sin recibir un rechazo mundial que Pekín no quiere afrontar.

El reordenamiento de las relaciones internacionales que Putin ha impuesto con su invasión criminal de Ucrania exige de China decisiones y le impone unos retos antes de lo que la agenda china preveía y eso va a marcar sus próximos pasos a dar.

 

 

INTERREGNUM: ¿Una OTAN global? Fernando Delage

Desde 2019, los miembros de la OTAN han estado discutiendo sobre cómo dar forma a una posición común con respecto a China. Fue aquel año cuando el país apareció por primera vez en una declaración de la Alianza, al indicarse que la República Popular “presenta oportunidades y desafíos”. Tras un proceso de reflexión interna, el comunicado final de la cumbre de 2021 recogió una nueva descripción: China, se decía, plantea “desafíos sistémicos al orden internacional basado en reglas y a áreas relevantes para la seguridad de la Alianza”. Tras el encuentro de la semana pasada en Madrid, es en el concepto estratégico de la organización—el documento que define las grandes orientaciones para la próxima década—donde se refleja el consenso de los aliados acerca del gigante asiático, a la luz de sus acciones de los últimos años y de su apoyo a Putin tras la invasión de Ucrania.

Partiendo de la misma descripción de China como “reto sistémico”, el texto señala que sus “declaradas ambiciones y políticas coercitivas desafían nuestros intereses, seguridad y valores”. La República Popular, añade, “utiliza una gran variedad de herramientas políticas, económicas y militares para aumentar su presencia global y proyectar poder, mientras mantiene ocultas su estrategia, sus intenciones y su desarrollo militar”. Además de hacer referencia al uso de instrumentos híbridos y cibernéticos, al aumento de su arsenal nuclear, y a la vulneración de los derechos humanos, se hace hincapié en los intentos de control de infraestructuras críticas y cadenas de valor, al utilizar “sus capacidades económicas para crear dependencias estratégicas”. El documento toma nota asimismo de “la profundización de la asociación estratégica entre China y la Federación Rusa” y sus esfuerzos conjuntos dirigidos a erosionar las bases del orden internacional.

En un hecho sin precedente, la OTAN ha calificado por tanto a China como adversario en un documento formal; y lo ha hecho, además, desde una perspectiva global (al definir a la República Popular como un desafío para la seguridad internacional y no sólo para la región del Indo-Pacífico), y sin dejar fuera ninguna de las dimensiones en las que su ascenso afecta a Occidente. En un gesto lleno de simbolismo que refleja igualmente la interconexión entre la seguridad europea y la asiática, la Alianza invitó a la cumbre de Madrid a los líderes de Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

La respuesta de Pekín no se hizo esperar. Además de acusar a la organización de difamarla maliciosamente, indicó asimismo que “busca crear enemigos y fomentar la confrontación de bloques”. Aunque la OTAN en ningún caso va a involucrarse militarmente en el Pacífico, Pekín tiene claro que estos movimientos son reflejo de la intención de la administración Biden de fortalecer su red de alianzas frente a China. Denuncias aparte, a partir de ahora tendrá que incorporar a la OTAN como nuevo rival en su planificación estratégica.

Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, los hechos parecen pues apuntar al comienzo de una nueva guerra fría, aunque con líneas de división mucho más complejas. No pocas cosas separan a Rusia y China, mientras que los países emergentes persiguen objetivos políticos no siempre coherentes con sus prioridades económicas. Dos grandes incógnitas—la naturaleza de la Rusia post-Putin, y el sucesor de Biden en Estados Unidos—determinarán en gran medida la evolución de los acontecimientos; también para una China que quiere más poder, pero necesita ante todo estabilidad exterior. La creciente coordinación de varios de sus Estados vecinos con la OTAN es otro motivo de alarma que tendrá que agradecer a su socio moscovita.

INTERREGNUM: BRICS vs G7. Fernando Delage

Mientras buena parte del mundo sufre las consecuencias económicas de la guerra de Ucrania, China redobla su pulso con Occidente y trata de capitalizar el momento en su estrategia de ascenso global. Una semana después de reiterar el apoyo de Pekín a Putin en su llamada de felicitación al presidente ruso por su 69 cumpleaños, Xi Jinping recurrió, en efecto, a la cumbre de los BRICS del pasado jueves para dar visibilidad a los países emergentes como bloque, y para promover un concepto alternativo de orden internacional.

Las circunstancias ya apuntaban al simbolismo de esta cumbre, celebrada—no por casualidad—en vísperas del encuentro anual del G7 en Alemania y de la reunión de la OTAN en Madrid que actualizará el concepto estratégico de la organización. Aunque la reunión de los BRICS se ha realizado virtualmente, ha sido la primera convocatoria multilateral en la que ha podido participar Vladimir Putin después de la invasión de Ucrania. Putin ha hecho ver que su aislamiento diplomático no es completo, y que los líderes del grupo—pese a las presiones que han recibido de Estados Unidos y de sus aliados—no tienen inconveniente en tratar con él. Es más, tratando de sortear las sanciones occidentales, buscan la manera de beneficiarse del contexto actual en sus intercambios económicos con Moscú. Rusia les ha propuesto, por ejemplo, pagar sus transacciones sobre la base de una cesta de divisas que sustituya al dólar.

Pero es China el gigante cuya economía supera con creces a las de los otros cuatro miembros juntos, y Xi quien pretende dar forma a un consenso del bloque en torno a su visión de las relaciones internacionales. En su discurso, Xi expuso las dos grandes propuestas que, desde la invasión de Ucrania, ha articulado como ejes de la diplomacia china: la Iniciativa de Desarrollo Global y la Iniciativa de Seguridad Global. La primera, vinculada a la Nueva Ruta de la Seda, confirma una vez más que Pekín ha hecho del Sur Global un instrumento central para sus ambiciones estratégicas. La segunda, aunque tiene su origen en el “nuevo concepto de seguridad” acuñado por Pekín en la década de los noventa, ha sido reformulado como respuesta a la guerra de Ucrania y es una manera de denunciar a Occidente—y de manera por primera vez explícita a la OTAN—por no haber respetado los intereses de seguridad de Rusia.

El mensaje que se quiere transmitir con ambas propuestas es claro: China está preparada para sacar al mundo de la crisis económica (a través de sus planes de coordinación e interconectividad con los países en desarrollo) y proporcionarle estabilidad geopolítica (mediante el establecimiento de una nueva arquitectura de seguridad). Contrapone así su papel al de Estados Unidos, quien—por el contrario—mantiene según la República Popular una mentalidad de guerra fría y, con su política de sanciones, prolonga un conflicto que está provocando graves daños económicos. Es un discurso al que Pekín está dedicando grandes esfuerzos desde que estalló el conflicto en Ucrania, y que el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, ha tratado con al menos cuarenta países durante los dos últimos meses.

Frente a las tensiones con Washington y sus aliados por el apoyo que presta a Moscú, China tenía que lanzar el mensaje de que cuenta con el alineamiento de los países no occidentales. Pero lo cierto es que, más allá de una retórica compartida, no todos los miembros de los BRICS ven las cosas de la misma manera. Un escollo notable es India: pertenece al grupo, aunque también al QUAD y al Marco Económico del Indo-Pacífico propuesto por la Casa Blanca. El primer ministro Narendra Modi, que comparte con el presidente Joe Biden la idea de que China es un rival estratégico, ha participado como invitado, incluso, en la reunión del G7. Dejando a India al margen, Pekín ha propuesto la ampliación de los BRICS a nuevos miembros, entre los que podrían encontrarse Argentina, Egipto, Indonesia, Kazajstán, Nigeria, Emiratos, Arabia Saudí, Senegal y Tailandia (países todos ellos participantes, en mayo, en una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores del grupo).

China parece jugar con la idea de que, con la ampliación del bloque, y bajo su liderazgo, los BRICS podrían convertirse en una alternativa al G7 o al G20. Las naciones en desarrollo van a contar, no obstante, con propuestas que rivalizan con las de Pekín sin sus mismos riesgos de dependencia. El anuncio por el G7, el pasado domingo, del “Partenariado para Inversión e Infraestructura Global”, un ambicioso plan dotado de ingentes recursos y concebido para competir con la Nueva Ruta de la Seda china, es la más reciente demostración de que la partida continúa.

 

 

INTERREGNUM: China, desafío europeo. Fernando Delage

Con la atención puesta en Ucrania, otros desafíos a la posición internacional de Europa parecen haber pasado a un lugar secundario. Algunos de ellos, sin embargo, adquieren una nueva relevancia precisamente por su relación con la guerra en el Viejo Continente. Ese es el caso de China: su apoyo a Rusia convierte a Pekín en un actor inesperado en la seguridad europea, haciendo de su ascenso un reto de naturaleza multidimensional. Además de tratarse de un rival tecnológico e industrial de primer orden, la UE ha tardado en reconocer que compite igualmente con China sobre el futuro del orden internacional. El aumento de sus capacidades económicas, diplomáticas y militares pone en riesgo intereses y valores europeos, pero también afecta a su entorno de seguridad.

La lejanía geográfica y el hecho de que Europa no sea un actor estratégico en Asia impedían percibir China de la misma manera que lo hace Estados Unidos. Pero la República Popular se acerca más que nunca a Europa a través de sus planes dirigidos a reconfigurar Eurasia. Su solidaridad con Moscú, sus operaciones de influencia y la promoción del autoritarismo en el mundo emergente subrayan la definición de China como “rival sistémico” hecha por la UE en 2019, y reiterada más recientemente por la brújula estratégica de la Unión.

La guerra de Ucrania ha obligado a Estados Unidos a reajustar su estrategia china, como hizo el secretario de Estado, Antony Blinken, el 26 de mayo, y reiteró la semana pasada el secretario de Defensa, Lloyd Austin, en su intervención en el foro de Shangri-la. También la OTAN, en su próxima cumbre de Madrid, incorporará el desafío chino a su nuevo concepto estratégico. La Unión Europea ha dado forma por su parte a nuevos instrumentos orientados igualmente a responder a los movimientos de Pekín. Pero se echaba en falta una concepción integral y sistemática que, además de identificar las implicaciones para Europa de las ambiciones de Xi Jinping, recogiese las medidas que conviene adoptar en los diversos frentes.

Ese vacío es el que ha intentado cubrir un reciente informe realizado de manera conjunta por tres prestigiosos think tanks: el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, el Instituto Montaigne de París y el Centre for European Reform de Londres. Según el informe (“Rebooting Europe’s China Strategy”), la UE debe perseguir tres objetivos estratégicos fundamentales en sus relaciones exteriores: proteger y promover los pilares de la identidad europea—democracia, Estado de Derecho, multilateralismo y desarrollo sostenible—; fortalecer la relación con los socios y aliados democráticos; y mantener un orden internacional basado en reglas.

De conformidad con esos fines, el informe recomienda actuar simultáneamente en cinco direcciones. En primer lugar, Europa necesita minimizar y gestionar sus vulnerabilidades frente a China. Debe, para ello, protegerse de las operaciones de influencia y de los ciberataques; competir con la influencia económica china, tanto en su territorio como en terceros países; impulsar una estrategia de diversificación que reduzca la dependencia de los suministradores chinos; y supervisar de manera más estricta las inversiones chinas.

Europa necesita, en segundo lugar, maximizar su margen de maniobra con respecto a China sacando un mayor partido a las capacidades con que ya cuenta. Además de recurrir a su poder regulatorio, la UE debería evitar el bloqueo de las decisiones de política exterior por la exigencia de unanimidad; demostrar que su modelo de gobierno democrático y de libre mercado produce mejores resultados que el sistema autoritario chino; y asegurar que propuestas como la Global Gateway se convierta en una alternativa atractiva a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín.

En tercer lugar, Europa debe fortalecer asimismo las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales frente a los esfuerzos chinos por reconfigurar su misión. En el terreno multilateral, la UE debe prestar atención asimismo a las acciones de Pekín destinadas a promover la adopción de sus estándares técnicos por parte de las agencias especializadas, como la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

La cooperación con la República Popular, en cuarto lugar, debe estar sujeta a una exigencia de reciprocidad y de respeto de las normas internacionales. Y, finalmente, la UE y los Estados miembros necesitan profundizar en el conocimiento de China y de su presencia en el territorio, en las motivaciones que guían a sus dirigentes y a los vínculos entre las empresas chinas y el Partido Comunista.

Son recomendaciones muy completas, muchas de las cuales la UE ya estaba en realidad siguiendo, pero que sirven sobre todo para evitar el riesgo de que la urgencia de hacer frente al ataque de Putin a la estabilidad europea se traduzca en una menor atención al creciente peso del gigante asiático.

INTERREGNUM: ¿Qué quiere China? Fernando Delage

Durante cerca de tres décadas, el mundo se ha estado preguntando acerca de las implicaciones del ascenso de China. Al irrumpir el debate a mediados de los años noventa, la atención se centraba en su rápido crecimiento económico y en su integración en las estructuras multilaterales. La adhesión a la OMC en 2001 marcó un antes y un después, poniendo en marcha el proceso que—acelerado por el diferencial de crecimiento entre Occidente y la República Popular durante la crisis financiera global—, terminaría haciendo de China el gigante económico que es hoy. En contra de lo esperado por Estados Unidos, su modernización económica no ha conducido a la liberalización de su sistema político. Pero tampoco se ha contentado con ser una mera potencia comercial e industrial. Desde la llegada al poder de Xi Jinping en 2012, China ha manifestado su intención de ser asimismo una potencia militar, y proyectar sus normas y valores frente a los principios liberales que sirvieron de base al orden internacional construido tras la segunda guerra mundial.

Las ambiciones globales declaradas por Pekín, el lenguaje más agresivo de su diplomacia durante la pandemia, y sus acciones de coerción y presión sobre quienes se oponen a sus puntos de vista, parecen haber resuelto muchas de las dudas mantenidas por los observadores sobre sus objetivos. Quizá no acierten del todo quienes afirman que su pretensión es la de sustituir a Estados Unidos como principal potencia, pero los indicios son cada vez más claros de que China quiere rehacer el mapa geopolítico, situarse en el centro de un nuevo esquema de globalización, liderar las nuevas fronteras tecnológicas, y promover su modelo autoritario en el mundo emergente como alternativa a la democracia.

Son preferencias todas ellas consideradas como indispensables por los dirigentes chinos para asegurar su prioridad absoluta, que no es otra que el mantenimiento del Partido Comunista en el poder y completar la tarea del rejuvenecimiento nacional (fuxing). China necesita para ello seguir creciendo, y ese es un imperativo que requiere, por un lado, la reorientación de su economía hacia los servicios y la innovación y, por otro, invertir la relación con el mundo exterior. Para reforzar su autonomía, China debe disminuir su dependencia tecnológica y de recursos de otras naciones, pero hacer al mismo tiempo que los demás pasemos a depender en mayor grado de la República Popular.

Teorizar sobre el poder y las intenciones chinas es una obligación de gobiernos y analistas, que siempre llevará a conclusiones contrapuestas. De ahí la especial utilidad de aquellos trabajos que se acercan más al terreno para examinar y acumular datos sobre la realidad de las capacidades chinas, así como sus acciones concretas en distintos países y regiones del planeta. La reacción local es también un interesante indicador de las dificultades con que se va a encontrar Xi si quiere realizar su “sueño chino”.

Éste es el enfoque seguido por dos libros excelentes de reciente publicación. The World According to China (Polity Press, 2022), de Elizabeth Economy, estudia de forma sistemática el giro producido en la política exterior china en los últimos años. La autora, responsable de China en el Council of Foreign Relations durante muchos años, y en la actualidad en la Hoover Institution en Stanford, identifica las principales claves que guían la acción de Xi, como concluir la reintegración nacional (es decir, la reunificación de Taiwán), la Ruta de la Seda como instrumento multidimensional, la expansión estratégica en su periferia marítima, los esfuerzos por acelerar el control de la industria mundial de semiconductores, o la “colocación” de nacionales chinos en organizaciones multilaterales estratégicas. Economy afirma sin dudar que el propósito de Xi no es otro que el de reordenar en su integridad el sistema internacional.

Una aproximación diferente es la seguida por la periodista canadiense nacida en Hong Kong Joanna Chiu. En China Unbound: A New World Disorder (Anansi Press, 2021), Chiu no abruma por la exhaustividad de los datos; ofrece más bien, en forma de extensos reportajes de investigación, una descripción de los movimientos chinos en distintas naciones, prestando especial atención a las operaciones de influencia en los círculos políticos y empresariales de dichos países. Canadá y Australia son dos casos reveladores, como lo son también su examen de Grecia o de la comunidad uigur en Turquía. Maravillosamente escrito, entre la inmensa literatura sobre el ascenso de China pocos libros como éste permiten hacerse una idea más completa del modo en que Pekín está actuando más allá de la competición con las grandes potencias.

Beijing 2022 y la enérgica oposición. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los Juegos Olímpicos de invierno Beijing 2022, organizados meticulosamente desde sus comienzos, y que, a dos años del brote de una desconocida neumonía en Wuhan que más tarde se convertiría en la pandemia del Covid-19, siguen representando un gran reto que el Partido Comunista chino, no obstante, parecen tener controlado con estrictos protocolos de seguridad. Como si eso no fuera suficiente complicación el gran número de campañas internacionales y llamamientos a boicotear el evento que han puesto en jaque la reputación de las autoridades chinas y en efecto está afectado el prestigio un evento deportivo que suele congregar atletas de distintas nacionalidades en un aforo de sana competición que suele supera las barreras políticas.

A menos de dos meses de los juegos que están previstos que comiencen el 4 de febrero y culminen el 20, la polémica que ha rodeado estos olímpicos desde el comienzo ha girado en torno a los abusos a los derechos humanos que ocurren en China de manos de las autoridades, cuyo principal objetivo han sido las minorías étnicas chinas como los uigures.

Pero también ha habido otros intentos de boicot de los juegos desde organizaciones deportivas y atletas de renombre debido a la desaparición Peng Shuai, la reconocida tenista china con la campaña #WhereisPengShuai. Su desaparición coincidió con la publicación de Peng de un mensaje en la red social Weibo en el que aseguraba que había sido forzada a mantener un encuentro íntimo con Zhang Gaoli un alto cargo del Partido Comunista, un personaje que no solo ha dirigido como segundo a bordo un ministerio chino, sino que ha liderado el politburó del PC chino.

El movimiento del #MeToo desplegó su actividad para demandar explicaciones del paradero de la atleta así como muchas otras voces que se alzaron en redes sociales o medios de comunicación aprovecharon para denunciar la peligrosidad del PC chino cuando un ciudadano disiente del estricto código de conducta impuesto por el ellos desde las altas esferas de poder.

La organización mundial del tenis se unió a la protesta anunciando que no realizarán futuros eventos en China debido la preocupación de la situación de Peng Shuai y las continuas denuncias de violaciones de derechos humanos en China.

Beijing, por su parte, lo ha intentado todo para ser un gran anfitrión de estos juegos mientras han protestado e intentado parar los boicots manteniendo la presión para normalizar en lo posible los previos al evento. Con todo previsto y muy organizado con centros masivos de pruebas de COVID, sistemas de rastreo digital muy sofisticado, así como el área a los alrededores de la villa olímpica fuertemente vigiladas y decretada como “zona libre de COVID”.

Igualmente, la mascota de los juegos es un panda, oso nativo del sur de China, que además es símbolo y orgullo nacional. La mascota lleva un traje de astronauta, lo que es, de acuerdo con la web oficial, un tributo a las nuevas tecnologías hacía un futuro con posibilidades infinitas mientras que también es un traje que ayuda al panda a esquiar, patinar y hacer snowboard que son algunas de las categorías que se practicarán en Beijing en estos juegos de invierno.

Pero todos esos esfuerzos no parecen ser suficiente para calmar las protestas internacionales. En efecto, tal y como se rumoreaba la Administración Biden no enviará representación diplomática oficial a Beijing como parte de la habitual comitiva que representa al país, aunque no esté oficialmente confirmado, y aunque esto excluye a los atletas estadounidense, el no tener autoridades en la inauguración y clausura es una forma de protesta diplomática severa que a su vez manda un mensaje internacional contundente por parte de Washington.

El PC chino tiene que estar muy incómodo con tantas críticas públicas que no hacen más que aumentar por día. Deben sentir una presión internacional tremenda a vísperas de los juegos de invierno y una gran presión domestica que les ha obligado a manejar un mensaje en consonancia con la propaganda del partido frente a sus ciudadanos.

Las autoridades chinas seguirán insistiendo en mantenerse herméticos ante el mundo, pero lo cierto es que cada día ese hermetismo se hace más difícil de sostener y sus acciones y prácticas dejan más secuelas en el camino…

 

 

¿Son suficientes 60 centímetros de papel higiénico para una visita al baño? Miguel Ors Villarejo

Una tira de papel higiénico de 60 centímetros parece más que suficiente para una visita al cuarto de baño. Así lo consideran las máquinas dispensadoras que han instalado las autoridades de Pekín en los servicios públicos del Templo del Cielo. Un escáner identifica el rostro del usuario y, si vuelve a por más antes de nueve minutos, se lo niega: “Inténtelo más adelante, por favor”.

Asia es la región del planeta donde la tecnología de reconocimiento facial está más extendida. “Ni se le ocurra cruzar una calle fuera de un paso de cebra en Jinan”, advierte Rene Chun en The Atlantic. Decenas de cámaras escrutan a los peatones y, en cuanto detectan a un infractor, proyectan su imagen en una gran pantalla para escarnio público. Además, cotejan sus rasgos con los archivos biométricos oficiales y, al cabo de un rato, contactan con él para brindarle tres opciones: una multa de unos cuatro euros, un breve curso de refresco sobre seguridad vial o 20 minutos con un agente municipal, ayudándole a dirigir la circulación.

“El sistema parece que funciona”, escribe Chun. “Desde mayo [de 2017] las violaciones en una de las principales intersecciones de Jinan han pasado de 200 a 20 al día”. La policía está tan satisfecha, que el Ministerio de Seguridad Pública ha propuesto la creación de una red de videovigilancia “omnipresente, completamente interconectada, permanentemente encendida y totalmente controlable”. La consultora IHS Markit calcula que hacia 2020 China tendrá instaladas 626 millones de cámaras. “En algunas ciudades ya se puede lograr una cobertura del 100%”.

Naturalmente, semejante despliegue no busca únicamente mejorar el tráfico. “El Gobierno cree que un mayor grado de control no solo es deseable, sino posible”, escribe Adam Greenfield. En junio de 2014, el Consejo de Estado de la República Popular hizo público un documento titulado “Esquema de planificación para la construcción de un sistema de crédito social” cuyo objetivo es generalizar “una cultura de la sinceridad” que “permita a la gente honesta moverse por donde quiera y dificulte a la deshonesta dar un paso”.

El mecanismo está inspirado en el scoring de la banca, una puntuación elaborada a partir del historial laboral y de pagos de cada cliente que determina si se le concede o no una hipoteca y en qué condiciones. La idea de los chinos es aprovechar la avalancha de información que hemos volcado ingenuamente en el ciberespacio para extender el scoring a todos los órdenes. Cada persona dispondrá de un “crédito cívico” que subirá o bajará en función de su comportamiento. Si coge “el transporte público para ir al trabajo en vez del vehículo particular, si recicla regularmente o incluso si denuncia la actuación indebida de algún vecino, su crédito se ampliará y disfrutará de privilegios como el alquiler de apartamentos sin fianza o el acceso a plazas en colegios exclusivos”, escriben Anna Mitchell y Larry Diamond. Pero quienes asistan a “un mitin subversivo o a un servicio religioso, o frecuenten antros de perdición”, algo que hoy no es difícil de establecer gracias a los móviles geolocalizados y a la videovigilancia, pueden ver muy limitados sus movimientos. La ONG Human Rights Watch denunció en diciembre que al abogado Li Xiaolin se le prohibió abordar un vuelo nacional porque un tribunal juzgó “insincera” su autocrítica tras una falta no divulgada. Y el disidente Liu Hu no puede ni contratar préstamos ni viajar en la red de alta velocidad a pesar de que teóricamente ya ha saldado todas sus cuentas con la justicia.

“Si no combatimos y derrotamos esta tendencia”, alerta Greenfield, “lo que está emergiendo en China podría convertirse en el anticipo de cómo se mantendrá el orden en las ciudades del siglo XXI”.

Y en ese caso, igual los 60 centímetros de papel higiénico no son ya suficientes. (Foto: Billy Curtis, Flickr)

Maniobras en segundo plano

La entrevista entre los máximos mandatarios de China y Corea del Norte, además de coger por sorpresa a la Administración Trump, lo cual ya es un signo de mala gestión presidencial, está produciendo una catarata de iniciativas y reacciones que indican la profundidad y la creciente importancia de la decidida apuesta china por consolidar sus intereses nacionales extendiendo su influencia y convirtiéndose en la pieza estratégica imprescindible de Asia Pacífico hasta buscar espacios más amplios.

La medida del tiempo entre Oriente y Occidente es diferente. Mientras Occidente marcha rápido, a veces con precipitación, casi siempre buscando resultados a corto o medio plazo y con criterios de eficiencia obsesiva, Oriente piensa a largo plazo, con ninguna presión de las coyunturas políticas (cosas de la ausencia de democracia) y con la vista puesta en objetivos cuya consecución impliquen cambios profundos. Rusia, hija confusa de ambas tradiciones, combina ambas culturas con éxitos puntuales.

Dos hechos significativos revelan la larga estrategia China. Por una parte, en paralelo a la gestión del asunto norcoreano, su acercamiento lento y preciso tanto a India (no exento de incidentes) como a Pakistán, lo cual no es poco mérito. Por otro su acercamiento a Vietnam, desactivando conflictos históricos e intentando meter una cuña en la creciente colaboración entre este estratégico territorio de la península indochina y Estados Unidos. El ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, ha instado a establecer relaciones bilaterales estables y de larga duración con el Gobierno vietnamita tras reunirse con su homólogo, Pham Binh Minh, en Hanói, la capital de Vietnam.

El segundo hecho, conseguido indirectamente por China como un efecto secundario de la cita de Pekín, es la propuesta del Gobierno de Japón hace tres días a Corea del Norte de mantener un encuentro bilateral tras la visita del líder norcoreano, Kim Jong-un, a China. La iniciativa se ha filtrado tras una conversación telefónica Tokio-Pekín y responde al temor de Japón de que, a pesar de las promesas de Trump, quedar fuera de la gestión del nuevo escenario. Para resolver dudas, el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, ha anunciado que visitará Estados Unidos entre los días 17 y 20 de abril para mantener una serie de conversaciones con el presidente Donald Trump.

Aparentemente, Estados Unidos sigue perdiendo pie en el Pacífico y, lo que es peor, la Administración Trump no parece ser consciente de la gravedad de lo que está pasando.

INTERREGNUM: Infraestructuras alternativas. Fernando Delage

Hace un par de semanas, un anónimo alto funcionario norteamericano declaró a la Australian Financial Review que Estados Unidos, junto a Japón, India y Australia, estaba dando forma a un plan conjunto de inversiones en infraestructuras como alternativa a la Ruta de la Seda china. No se mencionaba ningún plazo: sólo que estaba en estudio, pero no suficientemente elaborado como para que el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, pudiera tratarlo con el presidente Trump en su reciente visita a Washington.

La cooperación entre los cuatro países mencionados ha adquirido un nuevo impulso, como se sabe. En noviembre, sus ministros de Asuntos Exteriores se reunieron en Manila para resucitar el “Quad”, el Diálogo de Seguridad Cuatrilateral propuesto originalmente por el primer ministro japonés, Shinzo Abe, en 2007. Era cuestión de tiempo que, frente a una China más ambiciosa y con mayores capacidades, las grandes democracias de la región combinaran sus esfuerzos a favor del mantenimiento del statu quo. La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, hecha pública en diciembre, y la posterior Estrategia de Defensa del Pentágono, denominan de manera explícita a la República Popular como una “potencia revisionista” que recurre a la Ruta de la Seda como instrumento preferente para conseguir sus objetivos de reconfiguración del orden regional. También describen oficialmente la región como “Indo-Pacífico”, haciendo así hincapié en la interconexión entre ambos océanos y en el creciente papel de India.

No había constancia, sin embargo, de que el diálogo entre los cuatro gobiernos en materia de seguridad estuviera acompañado por una discusión similar en el terreno de las infraestructuras. En mayo de 2015, Japón ya anunció la puesta en marcha de una “Partnership for Quality Infrastructure”; un programa dotado con 110.000 millones de dólares para apoyar la financiación de proyectos en función de su rentabilidad a largo plazo, creación de empleo y sostenibilidad medioambiental. Dos años más tarde, en una iniciativa conjunta con India, Tokio presentó el “Corredor de Crecimiento Asia-África”, dotado con otros 200.000 millones de dólares. Pero que Australia y, sobre todo, Estados Unidos, reconozcan la prioridad de jugar las mismas cartas que Pekín con respecto a las redes de infraestructuras de Eurasia es toda una novedad.

Como cabía esperar, Pekín ha denunciado la iniciativa, al interpretarla—acertadamente—como dirigida a contrarrestar su creciente influencia en la región. Analistas y expertos chinos son escépticos, sin embargo, sobre la viabilidad de estos planes. La dinámica política interna en Japón, India y Australia limita las posibilidades de una estrategia de confrontación con China, mientras que se duda de que Estados Unidos esté dispuesto a dedicar al proyecto los recursos financieros que requiere. En cualquier caso, aunque aún faltan muchos detalles por conocer, una respuesta multilateral a la Ruta de la Seda china comienza a tomar forma. La ironía es que la integración económica del espacio euroasiático puede ser un interés perfectamente compartido por todas las partes.