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INTERREGNUM: Movimientos euroasiáticos. Fernando Delage

Con una atención occidental concentrada en otros asuntos, quizá más inmediatos pero menos relevantes para el mundo del futuro, las potencias emergentes de Asia continúan realizando movimientos en un tablero geopolítico cuya complejidad se acelera por días.

El 1 de diciembre se celebró en Sochi, Rusia, la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS); la primera con la participación de India y Pakistán tras su adhesión formal hace unos meses. El 11 de diciembre, Rusia, India y China celebran en Delhi su encuentro trilateral anual a nivel de ministros de Asuntos Exteriores. Entre ambas fechas, en Irán—próximo candidato a la incorporación a la OCS—, el presidente Hassan Rouhani inauguró, el 4 de diciembre, la primera fase del puerto de Chabahar en la costa suroriental del país. ¿Hechos inconexos? En absoluto. Todos ellos son reflejo de una dinámica de competencia subregional que está reconfigurando la geografía económica y política de la mayor masa continental del planeta.

A unos 80 kilómetros de Gwadar—el puerto pakistaní que está desarrollando Pekín como elemento central de su Corredor Económico con Islamabad—, Chabahar se ha convertido en pieza clave de la estrategia euroasiática de Delhi. India ha invertido 500 millones de dólares en sus infraestructuras, y otros 1.600 millones de dólares para su conexión ferroviaria hasta Afganistán. Además de formar parte del Corredor Internacional Norte-Sur hacia Rusia, Chabahar ofrece a India una alternativa de interconexión continental que permite esquivar a su vecino Pakistán, de la misma manera que también Afganistán y las repúblicas de Asia central podrán contrarrestar su dependencia de Pakistán para su acceso marítimo. El interés indio por acercar el océano Índico a Eurasia central tiene, con todo, motivaciones de más largo alcance, relacionadas con sus temores sobre las ambiciones de Pekín.

Iniciativas chinas como la Nueva Ruta de la Seda están conectando el Pacífico y el Índico e integrando Eurasia, ampliando así su influencia política en espacios que estuvieron dominados, en otras épocas, por Occidente o por Rusia. El creciente liderazgo chino, parejo a la percepción regional de “retirada” de Estados Unidos, obliga a los actores locales a maximizar sus opciones. Tokio ha anunciado esta misma semana su “visto bueno” a la participación de empresas japonesas en la Ruta de la Seda, pero ve al mismo tiempo con sastisfacción cómo el concepto del “Indo-Pacífico”, cuyo origen puede atribuirse al primer ministro Shinzo Abe, se consolida para convertirse en la denominación que utiliza la administración Trump en sustitución del término anterior del “Asia-Pacífico”. También Delhi se ha sumado con entusiasmo a una definición de Asia que supone un reconocimiento de su peso estratégico, así como de la prioridad de sus intereses marítimos. Mayores dudas ha mantenido India tradicionalmente en relación con la Eurasia continental, pero Chabahar es, como se ha señalado, algo más que un incipiente paso para corregir ese desequilibrio.

La interdependencia al alza entre sus distintas subregiones hacen de Asia un escenario estratégico unificado. Al mismo tiempo, también hay indicios, sin embargo, de un claro riesgo de polarización económica y militar. No parece plausible que India permita a otra gran potencia negarle lo que considera como su dominio natural de Asia meridional y el océano Índico, como tampoco China va a renunciar al objetivo de su primacía en Asia oriental y el Pacífico occidental. Las piezas se desplazan con rapidez en la mesa de juego, mientras el actual ocupante de la Casa Blanca continúa tomándose su tiempo para mover ficha. (Foto: Gary Higgins, Flickr)

La diplomacia estadounidense se complica. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Hace un par de semanas en esta misma página anunciamos que Rex Tillerson será “invitado a salir de su posición”, a pesar de que Trump lo desmintiera a través de su cuenta de Twitter la semana pasada. Pudo deberse a aquel momento en el que Tillerson supuestamente usó el adjetivo de idiota para referirse al presidente, que generó tal polémica que lo llevó a dar una rueda de prensa para aclarar el malentendido seguido por otro tweet de Trump en el que con ironía decía que el secretario de Estado estaba desperdiciando su tiempo al intentar negociar con el líder norcoreano. Otro hecho curioso fue la ausencia total de una comitiva del Departamento de Estado al encuentro de mujeres emprendedoras en la India, al que asistió Ivanka Trump en representación de la Casa Blanca.

Entre hechos, dimes y diretes que circulan, una cosa queda muy clara: la diplomacia estadounidense no se encuentra en su mejor momento y Trump aviva las llamas con su anuncio de mover la embajada a Jerusalén, conmocionando la opinión pública internacional y despertando gran preocupación por la inestable y siempre compleja situación en Medio Oriente.

Con la frase “Viejos desafíos demandan nuevos enfoques”, el líder estadounidense afirma que el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel no es más ni menos, “que el reconocimiento de la realidad”. Como que si todos los intentos de mantenimiento de paz en la región durante tantos años hayan sido un juego de niños. La respuesta internacional no se ha hecho esperar, con abiertas muestras de desacuerdo. Pero el problema es aún más complejo; hay que considerar que la construcción de una embajada estadounidense en cualquier lugar del planeta, lleva consigo una gran planificación que va más allá de encontrar un buen terreno y el diseño arquitectónico. Lo más complicado son los códigos de seguridad que deben respetarse, la capacidad del edificio de no ser desplomado con una bomba, o interferido con instrumentos de esos de los que los cubanos y los rusos parecen saber mucho. Lo cierto es que ya existe un consulado en Jerusalén, que cuenta con los más rigorosos y estrictos controles de seguridad, pero de ahí a conseguir la bendición de Occidente y del gobierno palestino para la movilización de la embajada hay un gran trecho.

El Departamento de Estado parece ser la gran víctima de la Administración Trump. Tillerson, en su gira por Europa, no consiguió apoyos; sin embargo, salió de la primera reunión en Bruselas afirmando que “hoy más que nunca, están en una mejor posición para avanzar los intereses estadounidenses en el mundo que hace 11 meses atrás”. Muy a pesar de que sus homólogos europeos, uno tras otro, le dejaron claro que no están a favor de replantear el acuerdo con Irán y menos con el planteamiento de trasladar la embajada a Jerusalén.

Parece que ser que Tillerson hace caso omiso de todo esto y en la misma línea de Trump mantiene el objetivo en poner a Estados Unidos primero (Make American First). Otro hecho curioso de la visita del secretario de Estado a Europa fue la falta de periodistas, ni siquiera la corresponsal para CNN en el Departamento de Estado pudo acompañarlo. Según nuestras fuentes en su propia y muy personal manera de gestionar la institución limita el acceso de los medios a giras de tal calibre.

No sólo se trata de la inexperiencia política del Secretario de Estado y de la influencia de altos cargos militares con los que se rodea Míster Trump, sino ahora también de la partida de Dina Powell del Consejo de Seguridad Nacional  (National security council / NSC) a finales de mes, debilitando aún más la diplomacia estadounidense. Cuando Powell llegó a la Administración Trump se abrió una esperanza en torno a su persona, una mujer que venía del sector financiero, de la Manhattan profunda y Wall Street, pero con la frescura necesaria para ejercer cierta influencia positiva en la política hacia medio oriente, junto con Jared Kushner (el yerno del presidente) y Jason Greenblatt. Según el Washington Post, Powell debe estar preguntándose cuánta influencia realmente tiene sobre el presidente en materia de política exterior. Sea cual sea la influencia, lo cierto es que su partida deja una cicatriz más en la golpeada diplomacia estadounidense. Que en vez de remontar parece caer en un abismo…

China en Medio Oriente y Jerusalén, siempre en el centro

No es un secreto pero sí un dato que no se suele incorporar a los análisis sobre la evolución del mapa geoestratégico de Oriente Medio: China lleva más de una década posicionándose en esa zona con una extraordinaria habilidad: ha instalado y potencia bases navales en el sur de Pakistán (suní); mantiene relaciones comerciales y energéticas, por sus necesidades de un petróleo del que carece, con Irán (chíi), y ha mejorado notable y discretamente sus relaciones con Israel en los últimos cinco años. Esto está permitiendo a Pekín influencia y capacidad de mediación que ejerce con mucha moderación para impedir tensiones que dificulten su acceso a las materias energéticas que necesita o que desestabilicen las rutas comerciales que necesita abiertas y estables.

Y también ha desaconsejado a Estados Unidos el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado de Israel. Pero detrás de esta decisión de EEUU hay muchos elementos que no siempre se tienen en cuenta.

Señalemos algunos errores que se cometen al plantear la cuestión. Jerusalén fue la capital política de Israel hace 3000 años y lo ha sido emocionalmente de los judíos desde entonces. Y es la capital del moderno Estado desde 1947, no una capital judía como se dice, sino de Israel, país del que son ciudadanos casi 3 millones de árabes musulmanes y cristianos, además de judíos. La capitalidad de un país no depende de quién la reconozca sino de cuál es la decisión de ese país.

El islamismo, 600 años después de la aparición del cristianismo, construyó su teología situando a Jerusalén como primera o tercera ciudad santa, según los tiempos, y desea ese reconocimiento.

Así se ha conformado una ciudad como lugar sagrado de las tres grandes religiones monoteístas y sólo desde la creación del moderno Israel disfruta de libertad de culto, aunque no sin tensiones.

Ahora bien, la decisión de Trump, ejerciendo una opción ya aprobada por administraciones anteriores, puede ser un error táctico. Aunque hay que señalar que Ryad y El Cairo fueron informados y los saudíes recordaron a los palestinos que había un posible acuerdo respecto a una capitalidad palestina en Abu Dis, un barrio al este de Jerusalén, que sería aceptada por Israel. De hecho, los israelíes han hecho esa oferta hace años. Pero públicamente los palestinos no pueden aceptar esto y egipcios y saudíes tienen que protestar y así lo han hecho con gran moderación. Nada parecido a una intifada se ha producido. Ni Hamas ni la ANP están interesadas realmente.

Así pues, el reconocimiento de Donald Trump, que ha incomodado al Gobierno israel, en contra de lo que dice, no es causa de que no haya conversaciones de paz sino su consecuencia. A partir de aquí los análisis. Y no perdamos de vista el papel de China.

INTERREGNUM: El multipolarismo que viene. Fernando Delage

Desde hace ya unos años, Australia se ha convertido en un revelador sismógrafo de la dinámica asiática. De manera más extrema que otros de sus vecinos, el país se encuentra ante un dilema sin precedente: su principal socio económico y motor de su prosperidad—China—es el gran rival de su principal aliado de seguridad y clave de su defensa, Estados Unidos. Quizá esta circunstancia explica que sea en Australia donde pueden encontrarse algunos de los más agudos análisis sobre la transformación regional en curso. Fue en sus universidades donde surgió el concepto del “Indo-Pacífico”, empleado por el presidente Trump durante su reciente gira por Asia; y son los documentos oficiales de su gobierno los que mejor permiten seguir de cerca la evolución de la percepción local de los acontecimientos. La semana pasada, el primer ministro, Malcolm Turnbull, presentó un nuevo Libro Blanco de política exterior. La edición anterior, en 2003, describía una región en la que la primacía de Estados Unidos permanecería inalterable durante varias décadas, y la política de seguridad de Australia no necesitaría por tanto cambios significativos. Catorce años más tarde, la descripción del entorno no puede ser más diferente: “China, indica el texto, está desafiando la posición de Estados Unidos”. Si Washington era el protagonista absoluto del Libro Blanco de 2003, en la versión actualizada tiene que compartir su influencia con Pekín.

También parece indicarse lo que está por venir. En la actualidad, señala el documento, la economía china representa el 18 por cien del PIB global, y la norteamericana el 15 por cien. Pero según las estimaciones del Tesoro australiano, en 2030—en términos de paridad de poder adquisitivo—el PIB chino será de 42,4 billones de dólares, y el de Estados Unidos de 24 billones de dólares. Es un dato que por sí solo explica la histórica redistribución de poder en marcha, y el desafío que supone para la estructura económica y estratégica de Asia.

Como señala con acierto el Libro Blanco, “[Estados Unidos y China] tienen un interés mutuo en gestionar las tensiones estratégicas, pero ello no es por sí mismo una garantía de estabilidad”. Ahora bien, es a la hora de formular una respuesta cuando se mantiene la resistencia a reconocer las implicaciones de fondo del diagnóstico realizado. Las autoridades australianas insisten en que el multipolarismo hacia el que avanza la región puede consolidarse en un “orden basado en reglas”, término—también utilizado por Washington—con el que se refieren al orden de la segunda posguerra mundial anclado en el liderazgo y el poder militar de Estados Unidos. Es poco realista, sin embargo, pensar que Pekín vaya a aceptar tal sistema. ¿Por qué asumir una posición subordinada en una estructura cuyas reglas han sido definidas por otros?

Ha habido a lo largo de la última década una tendencia a subestimar el ascenso de China y a sobrevalorar las capacidades de Estados Unidos. El debate se acelera, no obstante, coincidiendo con el cambio de administración en Washington. En su último número, publicado también la semana pasada, la revista “Quarterly Essay” incluye un extenso ensayo al respecto de Hugh White, profesor de estrategia en la Universidad Nacional de Australia, y uno de los más perceptivos analistas de nuestro tiempo. Como señala White en su monografía, de lectura obligatoria para los observadores de la región, necesitamos nuevas ideas, ¡y con rapidez!

El laberinto Trump

Trabajar para el Gobierno y la Administración que dirige Donald Trump se ha convertido en un laberinto. Si sumamos las dimisiones, los ceses y nuevos nombramientos y la falta de nominación para numerosos puestos estratégicos, es fácil llegar a la conclusión de que la política estadounidense pasa por una de sus etapas de mayor inestabilidad e incertidumbre.
¿Qué está pasando? En primer lugar que en la Casa Blanca hay un presidente outsider, que llegó a la presidencia con apoyo del Partido Republicano pero sin ser parte del Partido Republicano, que parece improvisar, que se guía de una intuición cultivada no en medios políticos sino en sectores empresariales propios de una economía volátil, donde el juego de capitales y la especulación sustituyen criterios más tradicionales como estrategia a plazo medio y largo, productividad y respeto a los mercados.Eso lleva a Donald Trump a cambiar de caballo y de ruta, aliarse con líderes coyunturales, medir su propio éxito por el estado de ánimo de sus electores y así, llegar a impulsos populistas que están desestabilizando la tradición política estadounidense. Aunque, al parecer, no está produciendo merma en sus apoyos electorales y sociales.
Este fenómeno no deja de tener importancia mundial, fundamentalmente por el papel de liderazgo objetivo, y estabilizador, que desempeña Estados Unidos desde la II posguerra mundial. Una Administración errabunda, que trata de combinar posiciones de fuerza con giros tácticos poco explicados, su intento de combatir la globalización desde un proteccionismo nacionalista que está creando incertidumbres mundiales junto a estrategias para fortalecer alianzas viejas, está llevando a sus aliados a la perplejidad y a sus adversarios a nuevas oportunidades de ocupar espacios e influencias.
En ese panorama, la moral está baja en la Administración USA, crecen las rebeldías de los críticos de Trump y los intentos de reconducción desde el Partido republicano y, mientras tanto, la dinámica en conflictos potencialmente muy peligrosos (Corea del Norte, Siria e Irak, el centro de África), sigue su propio ritmo sin esperar a que Trump ponga algo de coherencia en sus decisiones. (Foto, Kalamarrak, Flickr)

INTERREGNUM: ¿La hora de India? Fernando Delage

(Foto: Fermín Ezcurdia, Flickr) Las reuniones anuales del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC) y de la Cumbre de Asia Oriental, celebradas en Vietnam y Filipinas, respectivamente, concentraron la atención de los medios en la evolución de la competencia entre Estados Unidos y China. Había expectación por conocer cómo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, piensa sustituir la política asiática de su antecesor; y por cómo el presidente chino, Xi Jinping, reforzado tras el reciente XIX Congreso del Partido Comunista, aprovecharía estos nuevos encuentros multilaterales para seguir ampliando su influencia regional y global.

Ha pasado relativamente inadvertido, sin embargo, el espacio abierto a un tercero, India. Camino de convertirse en la nación más poblada del mundo, hacia 2024, India será también la tercera mayor economía en 2029. Aunque su presupuesto de defensa es el quinto del planeta, sus fuerzas armadas son las terceras por número de tropas (1,4 millones). El FMI estima que India representará el ocho por cien del PIB mundial en 2020, mientras que un informe de KPMG identifica el país como destino preferido para la inversión extranjera, por sus oportunidades de crecimiento, los próximos tres años. La percepción interna también ha dado un notable giro: un reciente sondeo de Pew indica que un 70 por cien de los indios están satisfechos con la dirección del país; en 2013, sólo un 29 por cien lo estaban.

No deben sorprender pues los altos índices de popularidad mantenidos por el primer ministro, Narendra Modi, quien con casi toda seguridad será reelegido en 2019. La transformación que persigue Modi, quien desea que India juegue en la liga de las grandes potencias, requiere más de una legislatura (incluso de dos). ¿Ha llegado la hora de India?

Dos claves para su ascenso salieron a la luz en Vietnam y Filipinas. La primera: su adhesión a APEC. Es toda una anomalía que la tercera economía asiática no forme aún parte del grupo. Delhi presentó su candidatura hace ya unos años, pero esta vez contó con el apoyo explícito del presidente Trump. Aunque no deja de ser una ironía que un enemigo de los procesos multilaterales desee que India se sume a uno de ellos, es revelador de las preferencia de Washington por Delhi como socio, aunque en otro terreno: el de seguridad. Esta es la segunda clave: la recuperación del Diálogo Cuadrilateral entre Estados Unidos, Japón, India y Australia, sobre el que discutieron sus ministros de Asuntos Exteriores en Manila. Si Delhi vaciló frente a la propuesta original de Japón hace 10 años, esta vez—asumida la iniciativa por Washington—la ha defendido con mayor interés. Las implicaciones de las iniciativas geoeconómicas chinas se han hecho evidentes durante los últimos años, y también India está más decidida a hacer realidad sus ambiciones de proyección más allá del subcontinente.

En último término, sin embargo, las posibilidades indias dependen en gran medida de su dinámica interna. Sus capacidades estratégicas y diplomáticas crecerán con el tiempo. Pero la extraordinaria fragmentación económica y social del país representa un considerable obstáculo para su ascenso. Buena parte de las reformas legislativas de Modi van orientadas precisamente a crear una unidad de mercado. Y el nacionalismo hindú de su partido, el Janata Party, no parece provocar, por ahora, la oposición de la mayoría de la población (quizá porque su prioridad es el crecimiento económico). La construcción de una identidad unificada como Estado es una exigencia no menor para que India pueda convertirse en la gran potencia mundial que aspira a ser.

Rex Tillerson será relevado en enero. Nieves C. Pérez Rodríguez

(Foto: db72, Flickr) Washington.- Según ha podido saber 4Asia, el Departamento de Estado estrenará nuevo secretario en enero. Desde que Trump tomó posesión de la presidencia una de las cosas más llamativas ha sido la propuesta histórica del aumento del gasto de Defensa, paralelo a la reducción considerable del presupuesto de los programas de ayuda internacional y del Departamento de Estado.

Otro elemento llamativo es el vacío que después de más de diez meses en el poder sigue habiendo en unos 400 puestos del Departamento de Estado. Esto incluye embajadores, encargados de negocios y, siguiendo hacia abajo en el escalafón, hasta lo que son puestos en cada uno de las oficinas regionales en Washington, que hacen el seguimiento de las embajadas y preparan los documentos, tanto para el Secretario de Estado como el Congreso, o el mismo presidente. Asimismo, los exámenes de entrada para nuevos diplomáticos fueron “congelados”. Y a día de hoy, la salida de Rex Tillerson del Departamento de Estado está elegantemente planificada.

El presidente Trump anunciará quien lo sustituirá y, según nuestras fuentes, todo apunta a que será Mike Pompeo.

A finales de octubre, Nahal Toosi (analista de político.com) explicaba en un artículo muy riguroso que se habían filtrado unos documentos del Departamento de Estado que documentaban como Tillerson estaba tratando de centralizar las decisiones de la política exterior,  alarmando a los diplomáticos más veteranos por la concentración de poder alrededor de su figura, y desestimando a los incontables grupos de expertos y asesores que han servido por tradición, con una larga experiencia en países y regiones del mundo.

Estos documentos son la prueba de un cambio radical en el corazón del Departamento de Estado, y la ruptura con la línea tradicional que ha manejado esta entidad en administraciones anteriores, en donde el conocimiento y la experiencia eran valoradas y tomadas en cuenta por los secretarios de Estado, a pesar de que éstos trajeran consigo personas externas para hacer equipo.

Los diplomáticos estadounidenses al entrar al servicio debían hacer un juramento de 3 principios fundamentales: Uno, mantener imparcialidad pública ante los cambios de presidentes y partidos políticos; dos, ejercer cualquier trabajo dentro del departamento manteniendo la línea oficial; y tres, trabajar en cualquier parte del mundo. Y el movimiento telúrico que ha experimentado el Departamento de Estado ha sido tan brusco que las críticas a través de Facebook y twitter no se hicieron esperar. Rompiendo con este venerable juramento, larga ha sido la lista de diplomáticos que han utilizado estas plataformas para manifestar su desacuerdo con Tillerson y con el cambio tan profundo que está imponiendo. En conversaciones con muchos de ellos hemos podido percibir la incertidumbre en la que siguen a pesar de los meses que han pasado. Y muchos que se encuentran en servicio en el exterior se sienten en una posición muy comprometida al no poder expresar su desacuerdo en el país receptor y ser testigos desde las embajadas de los cambio,  lo que también los ha llevado a estas plataformas para expresarse.  Algo que incluso a los altos rangos del Departamento les ha dejado perplejos.

Tillerson es un hombre con experiencia en el sector privado y seguro que quiso utilizar ese conocimiento en el Departamento de Estado llevando su equipo consigo, reinventándose las líneas institucionales,  intentando reducir el presupuesto de la institución a un tercio y bloqueando los nombramientos. Esto ha despertado el deseo de muchos de marcharse y dejar la carrera diplomática.

Menos diplomáticos estadounidenses por el mundo impactaría dramáticamente en la influencia global de Washington. Estos hacen un minucioso trabajo de apertura, de diálogo, de presencia, de inteligencia. Son los diplomáticos los que previenen conflictos, enfrentamientos y guerras. En esta época de penetración de radicalismos son las embajadas las que tienen equipos con capacidad de detectar estas situaciones e informar a Washington de estos peligros.

Ha habido un par de incidentes, en el que se ha dejado ver las diferencias entre Trump y Tillerson.  Es muy probable que éstos, unidos al descontento del Congreso con el secretario de Estado, hayan sido parte de las razones que han llevado al inquilino de la Casa Blanca a considerar sustituirle por Mike Pompeo, el actual director de la CIA. Casi cada día, Pompeo informa a Trump, alrededor de las 10 am, y según fuentes cercanas a la Casa Blanca, el ocupante del despacho oval le escucha y le respeta profesionalmente, que es exactamente lo más difícil de conseguir como asesor de éste personaje. Aparentemente las formas directas de Pompeo le han caído en gracia a Donald Trump, quien cada vez que le presenta hace alarde de que es abogado egresado de Harvard y que salió como el número uno de “West Point” (Academia Militar de los Estados Unidos).

Para nadie es un secreto que Trump respeta mucho a los veteranos de guerra y los militares. Esperemos que este cambio calme los mares internos de Departamento de Estado, y con ello la normalización de la diplomacia estadounidense por el mundo.

El asombroso líder menguante. Miguel Ors.

(Foto: Woodrow Village, Flickr) Los republicanos están encantados con Donald Trump. Hace un año, cuando la era de Barack Obama tocaba a su fin, el 70% creía que el mundo respetaba cada vez menos a Estados Unidos. El último sondeo de Pew Research revela que esa proporción se ha reducido al 42%. Los demócratas discrepan: los que piensan que el mundo respeta menos a Estados Unidos han pasado en el último año del 58% al 87%.

¿Y qué opina el mundo? Discrepa, como los demócratas. En Occidente, los niveles de aceptación de Trump son peores que los de George W. Bush cuando invadió Irak. Solo hay dos países cuya población se fía más de él que de Obama: Israel y Rusia.

“Es posible que los republicanos estén simplemente desconectados de la realidad”, reflexiona The Economist. “Otra opción, sin embargo, es que prefieran ser temidos que amados”. Se trata de una conocida recomendación de Maquiavelo. “Es más seguro”, argumentaba el pensador florentino, porque el miedo es una emoción que el príncipe puede inspirar a voluntad y de forma casi ilimitada, mientras que el afecto es un vínculo que no depende enteramente de él y que “los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que les conviene”.

Esta lógica funciona muy bien en determinados ámbitos. Por ejemplo, si eres la primera economía del planeta y debes cerrar un acuerdo agrícola con Ecuador, es más fácil salirte con la tuya negociando mano a mano que en el seno de la Organización Mundial del Comercio. Por eso Trump reniega de los tratados multilaterales, cuyas reglas constriñen absurdamente sus movimientos como los liliputienses a Gulliver.

Siendo esto tan obvio, ¿cómo es que Washington ha liderado la creación de un entramado institucional que somete las disputas a la fuerza de la razón (que no siempre tiene) y no a la razón de la fuerza (que le favorece claramente)? Porque la intimidación tiene un recorrido limitado. Lo estamos viendo en Oriente Próximo y en Asia. No es que el Pentágono no pueda torcerle el brazo a Irán o Corea del Norte; es que es incapaz de ganarles una guerra a los zarrapastrosos de los talibanes.

Mantener la estabilidad que ha permitido al planeta alcanzar niveles de bienestar desconocidos en la historia de la humanidad requiere la cooperación del resto de la comunidad de naciones, y ¿quién va a sumarse al proyecto de un déspota que antepone sus intereses a cualquier otra consideración? La inmensa mayoría de los Gobiernos se alinean hoy con la Casa Blanca porque desconfían de Putin o de Xi Jinping. Pero si al final no va a haber diferencia entre la una y los otros, Trump se va a encontrar bastante aislado.

Muchos republicanos disfrutan cuando su presidente aparta de un manotazo al primer ministro de Montenegro para quedar en el centro de la fotografía. Creen que así recuperan el lugar que les corresponde en el concierto internacional, pero solo socavan un poco más un poder blando que echarán de menos en el futuro. “Esta es la paradoja de Trump”, escribe Richard Wolffe en The Guardian: “cuanto más intenta afianzar el liderazgo de Estados Unidos, menos liderazgo ejerce”.

Trump en Asia: un reto complicado

La gira asiática de Donald Trump es parte del esfuerzo de la Administración de EEUU por que se visualice un plan estratégico general que en realidad no existe en términos globales. De acuerdo con su impetuosidad y su culto a una política de improvisaciones, la excursión asiática representa un reto a los asesores presidenciales.

EEUU tiene que garantizar a Japón su compromiso en la defensa de este país, no sólo frente a Corea del Norte sino también frente al expansionismo marítimo y las reclamaciones chinas sobre algunas islas; un mayor acercamiento a Vietnam sobre la base de una alianza anti China, un enemigo histórico de Hanoi casi más que EEUU, y, a la vez, atraerse a China para que presione a Corea del Norte e introduzca un factor de distensión en las provocaciones de Kim Jon-un. Este laberinto, que explica esta semana Nieves C. Pérez, es un desafío a un presidente que ha hecho de las afirmaciones simplistas su bandera estratégica.

No va a ser sencilla, pues, la tarea del secretario de Estado Tillerson o sus asesores de Defensa, y en este terreno la diplomacia china puede tener ganados varios puntos de antemano cuando, además, es Trump quien ha frustrado muchas esperanzas rompiendo el Tratado de Libre Comercio que, curiosamente, está defendiendo China a su manera, y en su versión más favorable.

Cualquier error, aunque sea verbal (y de esto debería saber ya mucho Donald Trump) puede crear una situación insostenible en una región donde la desconfianza en los aliados respectivos está llevando a un repunte del nacionalismo en países como Japón y Filipinas, además del Sureste asiático.

INTERREGNUM: Trump en Asia. Fernando Delage

El 3 de noviembre, Trump comienza su segundo gran viaje al exterior, con una gira de 12 días que le llevará a cinco países de Asia. Además de los tres grandes del noreste asiático—Japón, China y Corea del Sur—, el presidente norteamericano visitará dos naciones del sureste de la región—Vietnam y Filipinas—para asistir a dos cumbres multilaterales.

En los tres primeros predominará la agenda bilateral. Comercio y seguridad ocuparán la mayor parte de su tiempo con Shinzo Abe, Xi Jinping y Moon Jae-in. Tras su victoria electoral del 22 de octubre, un Abe reforzado políticamente tratará de convencer a Trump de lo inviable de su política comercial: Japón, como la mayoría de las economías asiáticas, necesita mayor liberalización e integración, y preferiría evitar una excesiva dependencia del mercado chino. El primer ministro surcoreano tendrá que emplearse a fondo también para que Trump no añada el acuerdo de libre comercio Estados Unidos-Corea del Sur (KORUS) a la lista de los pactos, encabezados por NAFTA, que quiere deshacer. En China, cuyo superávit comercial con Estados Unidos el presidente no ha dejado de denunciar desde la campaña electoral, quizá desvele por fin cómo piensa responder. Con los tres líderes, Trump discutirá asimismo la evolución del desafío norcoreano, para concluir, lo reconozca o no, que carece de opciones de actuación en solitario.

Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política. Ni en el departamento de Estado ni en el Pentágono se ha nombrado aún a los responsables de Asia, mientras también siguen vacantes muchas de las embajadas de Estados Unidos en la región. Tampoco se ha expuesto una estrategia articulada sobre los objetivos de la administración. Se espera con notable expectación, por tanto, que en su discurso en Vietnam, donde Trump asistirá a su primera cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), anuncie su visión de Asia y cómo propone defender los intereses norteamericanos en un contexto de profunda transformación. Asia nunca ha sido más importante para el futuro económico y diplomático de Estados Unidos y, sin embargo, se acelera la percepción de debilitamiento de su posición. La Casa Blanca quiere apartarse de las propuestas de Obama y su famoso “pivot” hacia Asia, pero lo que ha provocado ha sido un vacío de un año tras el abandono del TPP, letal para su credibilidad.

Un anticipo de lo que pueda decir Trump lo ofreció su secretario de Estado, Rex Tillerson, en un discurso pronunciado en Washington el 18 de octubre, en vísperas de su primer viaje oficial a India. Fue algo más que un examen de las relaciones entre las dos mayores democracias del mundo. Tillerson volvió al discurso de administraciones anteriores sobre un orden regional libre y abierto, y “basado en reglas”. Aunque de manera poco explícita, también dio a entender que Washington va a reaccionar a la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, y que, ante la redistribución en curso del poder internacional, India será uno de sus principales socios de preferencia. Cabe esperar que, en su intervención en Vietnam, por fin Trump anuncie cómo Estados Unidos va a intentar abrirse un espacio en Eurasia para equilibrar las ambiciones económicas y geopolíticas chinas.

En Filipinas, Trump no asistirá a la Cumbre de Asia Oriental, segunda gran cumbre anual multilateral en Asia, a la que Estados Unidos se incorporó en 2010, y que Obama trató de reconvertir en el principal foro regional de seguridad. Aunque es el único proceso, junto a APEC, que reúne a los jefes de Estado y de gobierno, la ausencia de Trump en su primera convocatoria es difícilmente justificable. Al menos, participará la víspera en la cena de conmemoración del 50 aniversario de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), institución que ocupó un papel relevante en la estrategia asiática de Obama pero que ha ignorado hasta la fecha la actual administración. Quizá tras sus conversaciones con Rodrigo Duterte, Trump pueda afinar sus ideas al conocer de primera mano la percepción local sobre el ascenso de China y sobre lo que se espera de Estados Unidos.