Entradas

El NAFTA, supervivencia en agonía. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) está en un proceso de deterioro de su estabilidad, a pesar de sus más de veinte años de exitoso funcionamiento. Tanto Canadá como México están apostando fuertemente por mantenerlo a flote, pero sus socios estadounidenses han repetido sin ningún tipo de dobleces que no continuarán con un acuerdo que perjudique la economía y los intereses de los Estados Unidos. La semana pasada, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en su visita a la Casa Blanca, apostó por impulsar el acuerdo mientras Donald Trump, en su básico vocabulario, dejaba claro que sus relaciones bilaterales con Canadá son muy buenas, pero que el NAFTA ya se verá.

Trump ha sido consistente es su oposición a este acuerdo como, en general, a casi cualquier acuerdo económico en donde los intereses de su “América First” o “Make America Great again” estén comprometidos: de acuerdo a su propia concepción, lógicamente. Ha asegurado que es el peor tratado económico nunca antes firmado y firmó una orden ejecutiva para renegociar NAFTA a muy pocos días de tomar posesión. Además de que sus asesores económicos han expresado su negativa a continuar adelante con este compromiso.

La semana pasada, en el marco de la cuarta ronda de negociaciones para intentar salvar NAFTA, el representante de intercambios estadounidense afirmó que la causa del déficit que sufre Estados Unidos es este acuerdo. Del mismo modo, alegó que es prioritario para su Administración disminuir el déficit en los intercambios entre México y Estados Unidos, que el año pasado ascendió a 36 billones de dólares, mientras con Canadá fue de 30 billones (según el Economic Complexity Index).

Chrystia Freeland, ministra de Exteriores de Canadá, por su parte aseguró que erradicar este acuerdo no será la solución al déficit estadounidense. Los números indican que en 2016 las exportaciones estadounidenses fueron de 1.42 trillones de dólares versus 2.21 trillones en importaciones globales, lo que arroja un balance negativo de 783 billones.

Los expertos no terminan de ponerse de acuerdo en cómo se podría acabar con el NAFTA. Técnicamente hay dos teorías que se manejan. La primera, que Trump puede anularlo basándose en el artículo 2205 del acuerdo, lo que le daría 90 días para la retirada total. La segunda teoría sostiene que, dado que este convenio fue aprobado por el Congreso de los Estados Unidos, es el Congreso el que tiene la autoridad legal de anularlo, lo que sería más complicado, pues de momento sigue contando con su apoyo.

El dinero es el elemento que tiene realmente en vilo este tratado; el reestablecer aranceles a los productos beneficiaría a las empresas petroleras estadounidenses, lo que se traduciría en mayor liquidez, dicen. Es también probable que se pudieran recuperar entre 500 a 700 mil empleos en empresas manufactureras en California, Michigan, New York y Texas que han sido trasladadas a México. Sin embargo, el precio de los productos agrícolas que se importan de México a Estados Unidos aumentaría instantáneamente, (vegetales, frutas, aceites comestibles, etc.) lo que terminaría teniendo un impacto inflacionario en la economía que tanto quiere proteger Donald Trump.

Los acuerdos económicos entre países, tal y como su nombre indica, son convenios en donde se gana y se sacrifican cosas para un bien común. Pretender establecer acuerdos donde sólo se benefician los intereses de una de las partes, es una gran presunción. Renegociar acuerdos existentes para poder ajustarlos a las nuevas necesidades, demandas e incluso a la nueva realidad, es políticamente correcto, pero siempre que se haga bajo el respeto hacia los otros socios.

El afán proteccionista de Trump está llevando a la nueva Administración a replantearse las normas del juego económico, y con ello tratar de imponerlas a sus aliados comerciales.

México ha ido abriendo progresivamente su mercado hacia el Pacífico. En el 2011 se creó una zona de libre comercio entre México, Colombia, Chile y Perú, que solo en el 2017, ha conseguido que el 94% de los intercambios hayan sido libres de impuestos. Además, China, Alemania y Japón (en ese orden) después de Estados Unidos y Canadá, son los países a los exportan sus productos. Y astutamente Japón está intentado hacerse con los espacios que podrían dejar las fábricas automovilísticas estadounidenses en México. En cuanto a Corea del Sur, la relación con México es bastante dinámica, tiene firmados 11 convenios de cooperación en diversas áreas (según cifras oficiales del gobierno azteca) y Seúl considera a México como el primer aliado comercial en América Latina, puente estratégico para entrar a este gran mercado. Canadá, por su parte, tiene menos riesgo, pues de momento parece que Washington apuesta por mantener las relaciones cercanas y apunta más a querer un convenio económico bilateral con ellos.

Finalmente, lo cierto es que, para Estados Unidos, ambos socios son fundamentales en su economía, y que a pesar de su tendencia súper proteccionista, a la administración Trump le tocará hacer un análisis pragmático de sus intereses frente a la realidad, pues Canadá es el primer país a donde envían sus productos, y el tercer país del que importan. Y en cuanto a México, es el segundo al que al que exportan productos, y el segundo también del que importan.

Imponer un cambio de las reglas de juego cambiará la realidad económica. La situación actual no es la misma de cuando la fuga de los empleos, lo que significa que aun intentando replicar esa pasada realidad no hay seguridad de que se podrán recuperar las manufactureras. Estamos inmersos en un proceso de cambio constante que exige adaptarse. Mirar atrás no es la clave, pues lo que dio resultado hace tres décadas no tiene garantía de ser exitoso en el mundo globalizado que vivimos hoy.

El Juego de la Gallina. Juan José Heras.

En julio de 2017 el régimen norcoreano efectuó el lanzamiento de dos misiles balísticos intercontinentales que, según los expertos, tendrían el alcance suficiente como para llegar a EE.UU. Posteriormente, en septiembre de 2017,  llevaron a cabo, al parecer de forma exitosa, la prueba de una bomba de hidrógeno que podría incorporarse a los misiles mencionados anteriormente.

Esta última prueba nuclear se produce como respuesta a los recientes ejercicios militares conjuntos entre EE.UU. y Corea del Sur, lo cual entraba dentro de lo esperado, aunque no de manera tan contundente. Más significativo es, sin embargo, el hecho de que esta prueba se haya llevado a cabo el mismo día que Xi Jinping inauguraba el foro de los BRICS, eclipsando así su protagonismo como anfitrión del mismo, ya que se celebraba en China este año.

El mensaje parece claro, Kim Yong-un tiene la determinación para convertir a su país en una potencia nuclear y no se dejará intimidar ni por las presiones de la comunidad internacional, encabezada por EE.UU., ni por el cada vez más estricto cumplimiento chino, su tradicional valedor, de las sanciones económicas impuestas al régimen de Pyongyang.

Ante esta situación, ¿cuáles son las líneas rojas de cada país para llegar a un enfrentamiento armado?

La línea roja para EE.UU. sería un ataque de Corea del Norte a los países con los que tiene firmado un acuerdo de defensa en la región. Para China sería la caída del régimen norcoreano como consecuencia de una acción militar estadounidense, o la reunificación de las dos coreas según los criterios occidentales. Por tanto, el desenlace perfecto para cada uno de ellos parece coincidir con la línea roja del otro, y puesto que ambos pretenden evitar el enfrentamiento militar, es posible que no veamos ninguno de estos dos escenarios.

Ninguno de ellos quiere, puede permitirse, o le compensa, traspasar la línea roja del otro. Sin embargo, ambos buscan aprovechar la situación para maximizar sus ganancias. En este sentido, China, con el apoyo de Rusia, pretende que EE.UU. renuncie al escudo antimisiles THAAD y reduzca sus ejercicios militares en la región, para lo cual aboga por una doble suspensión; de las maniobras militares estadounidenses y el THAAD por un lado; y de las pruebas nucleares norcoreanas por otro. EE.UU. en cambio, prefiere tensar la cuerda hasta el extremo en que las provocaciones de Corea del Norte no sean aceptables, justificando así una caída del régimen que aleje a Pyongyang de China y la acerque a una Corea del Sur bajo los parámetros occidentales.

Esto se traduce en un estancamiento de las posibles soluciones, que únicamente favorece el avance de las capacidades nucleares de Pyongyang. Si esta situación se prolonga en el tiempo, podría ser el mismo régimen norcoreano quien finalmente rebajase la intensidad del conflicto una vez que considere que sus armas nucleares están suficientemente probadas. Este desenlace, que no es bueno ni para China ni para EE.UU., daría lugar a un nuevo statu quo en el que Corea del Norte fuera reconocida como potencia nuclear, garantizando así la supervivencia del régimen y desencadenando la nuclearización de otros países de la región.

Si Corea del Norte se convierte en una potencia nuclear, es muy probable que tanto Japón como Corea del Sur desarrollen esas mismas capacidades. Una región nuclearizada limita el control de China en su zona de influencia además de suponer una amenaza directa para su seguridad. Sin embargo, favorece el alejamiento de EE.UU. de Asia-Pacífico ya que los países de la región tendrían capacidad de disuasión propia frente a China. Por esta misma razón, EE.UU. perdería peso específico en la región y quedaría expuesto ante un hipotético ataque nuclear norcoreano, pero gana aliados en la región con capacidad nuclear.

Esta situación se parece mucho al juego de la gallina, que consiste en acelerar un coche contra otro para ver cuál de los dos gira antes el volante evitando así un desenlace fatal. El que más aguanta sin girar el volante se lleva a la chica, y si ninguno de los dos gira, los coches se estrellan y ambos pierden. En este caso, Pekín no quiere renunciar a que EE.UU. retire el escudo antimisiles y rebaje las operaciones militares conjuntas en la región, y Washington no pierde la esperanza de una Corea reunificada bajo su influencia.

Así, las preguntas que se plantean son:

¿Girará alguno de ellos el volante en este “juego de la gallina” o seguirán acelerando hasta que se estrellen los coches? ¿Y de girar alguno? ¿Quién lo hará primero? ¿Quién tiene más determinación para ganar el juego? ¿Quién pierde más?

¿Atacaría China a EEUU si este ataca primero a Corea del Norte? ¿O aceptaría una corea reunificada bajo el estándar occidental? ¿O consentirá finalmente que Corea del Norte se convierta en potencia nuclear y, por tanto, que Japón y Corea del Sur hagan lo mismo? ¿Beneficia a China una nuclearización de la región?

¿Atacará EE.UU. a Corea del Norte si continúa avanzando en la adquisición de sus capacidades nucleares, aceptando un posible enfrentamiento militar con China? ¿O consentirá finalmente que Corea del Sur tenga capacidad nuclear para justificar la adquisición de esas mismas capacidades por parte de Japón y Corea del Sur?

Para responder a estas preguntas, se establecen una serie de supuestos que son los que se consideran más probables y a partir de ellos se elabora la prospectiva sobre el conflicto. Así pues, se establece que:

  • Kim Yong-un no va a abandonar su programa nuclear porque sabe que se juega la supervivencia del régimen, pero tampoco va a atacar ni a EE.UU. ni a sus aliados en la región, porque sabe que eso legitimaría la intervención norteamericana con el consentimiento de China.

  • Si EE.UU. ataca unilateralmente a Corea del Norte, China defenderá a este país para dejar claro que Asia Pacífico es su zona de influencia y no se pueden tomar decisiones sin contar con ella. (Ya lo hizo y por este mismo motivo en los años 50 durante la guerra entre las dos coreas, cuando sus capacidades eran mucho más limitadas que ahora).

  • Si EE.UU. no ataca unilateralmente, ni consigue llegar a un acuerdo con China para sustituir a Kim Yong-un por otro dictador más manejable, Corea del Norte completará su programa y se convertirá en una potencia nuclear cambiando el statu quo de la región.

Por tanto, aunque ni a China ni a EE.UU. parece beneficiarles una Corea del Norte nuclear, en mi opinión, China prefiere que se estrellen los coches del “juego de la gallina” antes que girar el volante, esto es, prefiere mantener a EE.UU. alejado de su zona de influencia, aunque eso suponga convivir con otras potencias nucleares en la región. Por tanto, EE.UU., salvo error de Kim Yong-un (atacar primero), deberá renunciar a una Corea unificada, o permitir que se estrellen los coches, lo cual parece exagerado incluso para la Norteamérica de un personaje como Trump, que pese a su carácter imprevisible está pasando por el aro en todos los temas de política internacional, como se ha podido comprobar recientemente con el caso de Afganistán.

INTERREGNUM: Estados Unidos en Asia. Fernando Delage

La desautorización del secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, por su presidente, Donald Trump, tras declarar en Pekín la semana pasada que los canales de diálogo con Pyongyang están abiertos, no es sólo una torpeza diplomática. Es un nuevo reflejo de algo mucho más grave: la falta de una estrategia en la Casa Blanca.

La improvisación nunca es buena consejera, y así lo demuestra la propia historia de la política exterior norteamericana en Asia, objeto de un excelente libro de reciente publicación: “By More than Providence: Grand Strategy and American Power in the Asia-Pacific Since 1783” (Columbia University Press, 2017). Su autor, Michael Green, profesor en la universidad de Georgetown, realiza una exhaustiva investigación de la diplomacia norteamericana en Asia desde el nacimiento de la República hasta Obama. Como responsable de Asia en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración de George W. Bush, Green se percató de la falta de referencias históricas: aunque parezca difícil de creer, no existía ninguna fuente que, de manera sistemática, analizara la evolución de la política de Estados Unidos en la región. Este libro es el resultado de su esfuerzo por cubrir ese hueco, una vez de vuelta en el mundo académico.

Además de una minuciosa valoración de la estrategia seguida por sucesivas administraciones, el autor identifica una serie de impulsos opuestos que han aparecido de manera constante a lo largo de estos dos siglos. Entre ellos, señala Green, ha habido una inclinación alternativa a elegir bien Europa o bien Asia como área prioritaria; una oscilación entre una estrategia continental o marítima (es decir, entre optar por China o por Japón como pilar central de la política asiática norteamericana); una elección por los objetivos geoeconómicos sobre los geopolíticos (o viceversa); y un hincapié—o, por el contrario, ausencia—en la la promoción de los valores liberales y democráticos.

Desde las primeras misiones marítimas de la recién creada república al “pivot” de Obama a principios de la segunda década del siglo XXI, Green saca a la luz aspectos poco conocidos incluso por los expertos y ofrece interesantes lecciones para el futuro. Una de sus conclusiones fundamentales es que Washington obtuvo resultados positivos siempre que se acertó en la definición del contexto regional y de sus implicaciones para los intereses de Estados Unidos. Lo que solía ocurrir cuando la estrategia la formulaban funcionarios y políticos con un conocimiento profundo de Asia, y existía una verdadera coordinación entre departamentos, así como entre éstos y la Casa Blanca.

No cabe esperar que Trump se lea un libro de más de 700 páginas como éste. Sin embargo, encontraría en él muchas claves sobre qué no hacer si quiere frenar la rápida pérdida de credibilidad de Estados Unidos entre sus aliados y socios asiáticos.

La diplomacia de Santino Corleone. Miguel Ors Villarejo

Imaginen que la península de Corea es un gigantesco patio de colegio. El matón Kim se la tiene jurada a su compañero Moon, pero no puede hacer nada porque hay un vigilante americano que no le quita el ojo. “Ya verás cuando ese se vaya”, le farfulla Kim a Moon cada vez que se cruzan. Y se rebana el cuello con el índice mientras sonríe siniestramente.

Durante años, la presencia del vigilante americano ha mantenido a raya a Kim. Pero en noviembre llegó Trump con la intención de poner a “América primero”, el lema coreado en los años 40 por quienes propugnaban la neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial. Trump ha reiterado varias veces que no es aislacionista, pero el hecho de que se haya visto obligado a precisarlo revela que muchos lo creen, entre otros Kim. Y para salir de dudas, nada como poner a prueba al nuevo vigilante con unos misiles.

Naturalmente, la aceleración de los lanzamientos norcoreanos no es enteramente imputable a Trump. Responde en parte a motivos internos (Kim necesita apaciguar a los halcones de su pandilla) y técnicos (se siente legítimamente orgulloso del progreso de su arsenal y lo celebra, literalmente, tirando cohetes). Pero los ensayos tienen también el claro propósito de explotar la división de sus rivales, una división en la que nadie había reparado hasta que Trump abrió la boca.

Hay una escena memorable en El Padrino. Virgil Sollozzo, alias el Turco, acaba de hacer una lucrativa oferta a don Vito: el 50% de su negocio de drogas a cambio de dos millones de dólares y de la protección de los jueces y senadores de los Corleone. El Don la ha rechazado, pero de pronto su hijo Santino comete el “error imperdonable” de desvelar que no está del todo de acuerdo. El Padrino le dirige una mirada glacial y, una vez levantada la reunión, le reprende vivamente irritado:

“Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la familia sepan lo que realmente piensas”. Y añade: “Me parece que el sucio asunto que tienes con esa joven [una dama de honor de su hermana] te ha reblandecido el cerebro. Déjate de amoríos y ocúpate de los negocios”.

Es un reproche que podría dirigirse casi letra por letra a Trump. Sus inoportunos comentarios han puesto de manifiesto una fisura en el hasta hoy monolítico compromiso estadounidense de defender a Corea del Sur y Japón. En su descargo hay que señalar que ha rectificado, amenazando a Pyongyang con un despliegue de “fuego y furia”. Pero también el Padrino moviliza de inmediato a Luca Brasi, que es algo así como la Séptima Flota de los Corleone, y no logra evitar el baño de sangre.

Es difícil saber qué habría pasado si Trump se hubiera mantenido calladito, pero del mismo modo que el desliz de Santino precipita una serie de catastróficas desdichas, hablar como si uno estuviera en un bar cuando se es presidente de los Estados Unidos es una temeridad cuyas consecuencias pueden ir bastante más allá de una riña de patio de colegio.

¿Tiene derecho Trump a borrar del mapa a Corea del Norte? Miguel Ors Villarejo

“Dios ha conferido a los gobernantes plena libertad para que empleen todos los medios disponibles (incluida la guerra) en la erradicación del mal”, asegura el pastor Robert Jeffress y, en consecuencia, Donald Trump puede proceder a “eliminar a Kim Yong Un”. Jeffress invoca Romanos 13, un pasaje del Nuevo Testamento en el que san Pablo insta a los discípulos de Jesús a someterse a las autoridades terrenales, porque “han sido establecidas” por el Padre y “quienes se resisten acarrean la condenación sobre ellos”.

El problema es que en el capítulo anterior el Evangelio exhorta a bendecir a “los que os persiguen” y a no pagar “a nadie mal por mal”. ¿Qué instrucción prevalece? El sacerdote episcopaliano Steven Paulikas lo tiene claro: la segunda. “Pablo está diciendo a los cristianos que obedezcan a las jerarquías romanas en asuntos como la fiscalidad”, escribe. Y añade tajante que “ninguna escritura cristiana” avala que se amenace con “la muerte y la destrucción a gran escala”.

Personalmente, simpatizo más con la posición de Paulikas. Incluso suponiendo que Kim Yong Un fuera la encarnación del demonio, la derrota del mal no comporta necesariamente el triunfo del bien, como atestiguan las decenas de atrocidades que la humanidad ha perpetrado en el nombre de los más elevados ideales (religiosos y laicos). Pero, por otro lado, ¿qué respuesta cabe dar a quien te amenaza con la muerte y la destrucción a gran escala?

El regazo de Jesús es tan amplio y acogedor, que en un lado cabe Jeffress, en el otro Paulikas, y no se estorban. Hay quien oscila de un extremo a otro sin solución de continuidad. George Zabelka, el capellán que bendijo a la tripulación que vitrificó Nagasaki (usando, irónicamente, la catedral católica de Urakami como referencia), acabó sus días como un apóstol de la no violencia, y con buenos motivos. “Recuerdo”, declaró en una entrevista de 1980, “a un joven implicado en los bombardeos de Japón. Yacía en un hospital al borde del colapso nervioso. Me explicó que había participado en una misión a baja altura y que, mientras sobrevolaba la ciudad, apareció en medio de la calle un niño, mirando al avión con su asombro infantil”. El hombre supo demasiado tarde que aquel chiquillo “iba a morir calcinado por el napalm que acababa de arrojar”.

Para Zabelka cualquier cosa es preferible al infierno de aquel remordimiento y por eso abogó por un pacifismo radical, pero no estoy seguro de que ese sea el mensaje que debamos enviar a Kim Yong Un. Por no abandonar el ámbito cristiano, encuentro más prudente la actitud de los obispos rusos, cuya intercesión fue por lo visto clave para que Moscú no desmantelara su arsenal nuclear en los 90. “En aquella época”, dice el investigador Radii Ilkaev, “la prensa se mostraba enormemente crítica con los asuntos militares, especialmente con las armas atómicas […]. Por todas partes aparecían artículos que sostenían que ya no había enemigos, que nadie nos amenazaba y que, por tanto, no las necesitábamos”. Entonces, la Iglesia Ortodoxa convocó una conferencia y se ofreció a cooperar con el Kremlin para preservar el escudo nuclear, pero sometiendo su uso a las más estrictas exigencias morales.

The Economist cuenta que de vez en cuando se dejan ver bendiciendo los misiles y, a todo el que se lo reprocha, le replican que rezan para que no se usen, pero que deben seguir en los silos, haciendo su trabajo.

El debate migratorio debe cogerse con pinzas. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Regular la inmigración ha sido un quebradero de cabeza para muchos países desarrollados. Hacerlo con la sutileza necesaria a la vez que con la firmeza necesaria, no es una formula fácil de encontrar. Desde luego no lo ha sido para Estados Unidos, país de inmigrantes por excelencia, pero que como casi todos los países se debate entre como legislar este hecho tan común o dejar el tema un poco a la deriva. Obama en el 2012 puso en ejecución DACA (por sus siglas en ingles) que se traduce como “Acción diferida para los llegados en la infancia”. Este programa se estableció con la idea de otorgar una especie de status de reconocimiento a estos individuos que fueron traídos en su niñez, de la mano de algún miembro de sus familias, que han pasado la mayor parte de sus vidas aquí, y que a día de hoy se sienten más estadounidenses que de su propio lugar de origen.

Entre 700.000 y 800.000 niños fueron traídos a Estados Unidos ilegalmente, lo cierto es que en la mayoría de los casos estos menores no tomaron la decisión de inmigrar sino que fueron traídos aquí y recibieron educación y se integraron lingüística y culturalmente en su nuevo lugar de residencia, y hoy son parte de esta sociedad. Este es el caso de Larissa, una joven de 20 años que llegó a la costa este con sus padres y hermanos pequeños, cuando sólo tenía 9 años. Fue aceptada en el sistema escolar y desde entonces habla mucho más inglés que su lengua nativa, y a día de hoy sólo tiene familia en este país. Ella es un buen ejemplo de estos “dreamers” o soñadores. Su vida transcurre entre una cadena de comida rápida en la que pasa 8 horas al día, la universidad en la que estudia, y por si fuera poco, cuidando niños por horas por las noches y fines de semana para sacarse un dinero extra. Hondureña de origen, no siente que aquel es su país, y es más, su castellano es tan limitado que incluso con la educación que ha adquirido aquí si fuera deportada no sería capaz de expresarse del todo, ni tendría un lugar al que llegar. Su familia viene de un entorno rural pobre con poca educación cuyo castellano es tan precario que los verbos no son conjugados correctamente, al punto de que en mis conversaciones con ella muchas veces le pregunto qué quiere decir para asegurarme de que la entiendo. Sin embargo, en inglés podría estar hablando todo el día sin titubear. Ella se inscribió en DACA, con la ilusión de legalizar su estatus y salir de la sombra, lo que le permitió adquirir su tarjeta de identificación y poder aspirar a un trabajo legal. Hoy le aterra pensar que con la información que compartió pueda ser fácilmente deportada.

La base de datos de estos jóvenes está en manos del Departamento de Seguridad Nacional (Homeland Security) y así como tramitaban la documentación para estos soñadores hasta el 5 de septiembre, podrían ahora convertirse en sus verdugos. A principios de esta semana Trump tomó la decisión de dejar sin vigencia este programa, lo que significa que el Congreso tiene seis meses para crear una ley que regule la situación de estos individuos, o quedarían en situación ilegal, pero con su información al alcance de las autoridades migratorias para acelerar el proceso de deportaciones. Una gran diferencia del resto de los inmigrantes ilegales en territorio estadounidense.

El 91% de los individuos con DACA están empleados legalmente por ser portadores de esta amnistía. Un 5% han comenzado sus propios negocios y pagan impuestos. Parte de ellos poseen viviendas y coches. Son un grupo de personas que contribuyen al crecimiento de la economía estadounidense. Algunos de ellos trabajan en las profesiones que los estadounidense no quieren.

Estados Unidos necesita una ley de inmigración a la altura de los valores presentes en la constitución y donde la seguridad nacional no esté comprometida, obviamente. Las primeras reacciones a la anulación de esta amnistía fueron recordatorios de los valores fundamentales de este país, en ambos partidos. Es un debate abierto y realmente incrustado. Estados Unidos tiene un deber moral de proteger los derechos humanos, así como también tiene el deber de proteger sus intereses nacionales. El presidente Trump ha dado signos claros de estar a favor de un país cerrado a la inmigración. Pero ahora está en manos del congreso la decisión de crear y aprobar una ley capaz de regular este complejo fenómeno. En el caso de DACA queda claro que estos jóvenes no son inmigrantes ilegales que arbitrariamente decidieron instalarse aquí. Son jóvenes, como Larissa, que se formaron bajo la aspiración del sueño americano y que conocen poco más que eso como ideal de vida.

¿Qué revelan los hechos de Charlottesville sobre Estados Unidos? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La concentración de los blancos supremacistas hace unos días en Charlottesville, es un hecho desconcertante y aterrador, que demuestra la complejidad de la historia de esta nación. Estos grupos neonazis, afiliados al Ku Kux Klán, y blancos nacionalistas han existido siempre, contando con un mayor o menor impacto social según el momento histórico. Estos colectivos se agrupan entre sí con el fin de conseguir más fuerza, más atención y un mayor impacto mediático. Actualmente hacen uso de “Social Media” para que su mensaje tenga mayor repercusión, al más puro estilo del ISIS. De hecho, el éxito de su concentración en Charlottesville se debió fundamentalmente a Facebook y la escrupulosa agenda que organizaron y que los asistentes venidos de muchos otros estados del país, siguieron a rajatabla. Ahora bien, la sorpresa que ha despertado en la comunidad internacional e, incluso, la cobertura mediática domestica incansable, que desde el día de los nefastos sucesos ha dejado a un lado casi cualquier otra noticia por significante que fuera, para dedicarles horas infinitas a las torpezas de Trump y su falta de tacto político, han levantado una polémica racial que ahora centra el discurso en la imperiosa necesidad de eliminar las estatuas en torno a las cuales se han organizado las ultimas concentraciones de estos grupos.

El debate es complejo. Por un lado están quienes a día de hoy son mayoría y que opinan que estos monumentos de la época de la Confederación son parte de la historia y que no deben ser tocados: y, por otro, la otra parte del país que siente que hay que eliminar cualquier elemento que pueda ser utilizado para exacerbar esos sentimientos raciales. 4Asia visitó Charlottesville unos días después de los sucesos y conversamos durante horas con diversas personas oriundas de allí o que llevan residiendo en la localidad más de 15 años. Y el elemento común que encontramos fue tristeza y contradicción. Todos, a pesar de sus profundas diferencias ideológicas, coinciden en que se ha alterado la esencia del lugar, que dichas estatuas han estado siempre allí y que nunca fueron centro de polémica, pues fueron puestas porque representan la lucha de los estados del sur.

La esclavitud ha sido otra de las grandes invitadas al debate. Hay quienes sostienen que estos monumentos representan una especie de traición a las leyes que derogaron la esclavitud y unificaron los territorios en un solo país. Como suele suceder en estas situaciones, la ambigüedad es usada por ambos bandos para justificar sus razones. Y más aún después de la desgraciada muerte de una persona, y el numeroso grupo de heridos que buscaba expresar su rechazo a los supremacistas.

Pero todas estas críticas se diluyen cuando se consulta la Constitución estadounidense, en la que la libertad es el derecho fundamental que rige el orden social del país. Por lo que concentraciones del tipo que sean pueden llevarse a cabo, basadas en este principio. Así como de insólito es en este momento que siga habiendo milicias por citar otro ejemplo, contemplado en la enmienda II: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas.” Así lo vimos en el Rally de Charlottesville, las milicias de los supremacistas, hombres en trajes de camuflajes portando armas largas, sin ningún pudor. Un como un neonazi tiene el derecho de llamar a asambleas, concentrarse y organizar eventos como existe el derecho a foemar milicias.

La libertad en Estados Unidos tiene un precio y algunas veces ese precio es alto. El tener libertad de expresión, de clero o de ideología, lleva consigo el riesgo de que sea permisible casi todo. El cambio que experimentó Estados Unidos durante la administración Obama puede ser visto positivamente por Europa y otras e incluso un porcentaje de nacionales muy considerable. Sin embargo, esos cambios despertaron sentimientos de rechazo en diversos grupos conservadores, unos más ultras que otros. Pero algo que pudimos comprobar en nuestras conversaciones con los ciudadanos de Charlottesville es que hay mucha gente que prefiere vivir bajo valores más tradiciones, y que a pesar de los milenios se sienten más identificados con la inclusión y la diversidad y hay quienes sienten que lo que se suele llamar avance y progresismo en realidad constituye un retroceso en el orden moral y social de la nación.

Para poder entender esto a fondo se debe reflexionar sobre cómo vive un estadounidense medio. Sus preocupaciones se centran en trabajar y sacar adelante a su familia. Con pocas aspiraciones sociales, porque no es valor arraigado de este pueblo, se puede vivir una vida en la que, de lunes a viernes o sábado según los casos, se trabaja, y el domingo se va a la iglesia. Así transcurre la vida de la mayor parte de los ciudadanos, donde además muchos de ellos no tienen ningún interés por viajar fuera de sus fronteras. Estados Unidos es más que las ciudades iconos de la costa este y oeste. Y parte de ese conglomerado social que puso en la presidencia a Donald Trump, es el que hoy se opone a que esas estatuas sean quitadas, o quienes añoran que se retome un poco del conservadurismo al que estaban acostumbrados.

Paradójicamente Trump es un presidente republicano, que nunca fue conservador, pero que obtuvo la silla presidencial por un cúmulo de circunstancias que lo favorecieron. Hoy la lucha sigue más encarnizada que nunca dentro de las filas de su propio partido por parte de quienes temen que él pueda quebrantar ese orden establecido y dar cabida a grupos extremistas, como estos supremacistas. Mientras que la oposición intenta retomar espacios con críticas incansables a cada falta de Trump. Por extraño que parezca, esta sociedad se está debatiendo entre estas dos opuestas ideologías tan diferentes. En lo que sí coinciden ambas es en estar convencidas de ser la correcta, por lo que la lucha se mantendrá, muy a pesar de las torpezas e ignorancias de Trump.

Irán juega sus cartas. JulioTrujillo

Aunque a pasos torpones y erráticos, Trump va definiendo una nueva estrategia exterior norteamericana que está ya teniendo consecuencias en el realineamiento de algunos países y el dibujo de algunos escenarios diferentes.  A pesar de que, con los viejos tópicos, los adversarios de siempre y los intelectuales “comprometidos” emiten sus dictados anti Trump desde sus brillantes columnas de viejos periódicos o de sus despachos universitarios, y subrayan los detalles atrabiliarios del presidente de EE.UU. por encima de sus decisiones profundas, éstas van cambiando algunas cosas. Y todas estas cosas están introduciendo cada día elementos nuevos en el escenario que va desde el Mediterráneo al Pacífico donde están, hoy, los mayores puntos de inestabilidad y de riesgo para la seguridad internacional.

Una de las últimas decisiones, la de imponer nuevas sanciones a Irán, corregir algunas de las concesiones de Obama y la Unión Europea y alertar de las continuas amenazas iraníes de completar el trabajo de Hitler y acabar con los judíos y, por supuesto, con Israel, ha obligado a Teherán a mover piezas.

Irán está, en estos momentos, combatiendo militar y políticamente en dos frentes importantes y varios accesorios. Por una parte, Teherán tiene fuerzas en Siria, donde combate junto a Hizbullah, las tropas de Bashar el Asad y los rusos contra la nebulosa de grupos de la oposición, que van desde el Daesh, contra el que oficialmente están todos, hasta grupos kurdos apoyados por Europa y Estados Unidos sin olvidar varias milicias coordinadas por Al Qaeda o con intereses independientes que se suman de manera oportunista a quienes les convenga en cada situación.

Mientras tanto, expertos y asesores iraníes combaten en Yemen, junto a los chiitas hutíes, contra los sunnitas locales apoyados por una coalición de Arabía Saudí, Egipto y países del Golfo. Teherán, donde el sector menos radical de la teocracia acaba de verse reforzados en las elecciones, confiaba en que un acercamiento entre Estados Unidos y Rusia respecto a Siria olvidara aumentar la presión sobre Irán. Pero Trump no ha cerrado acuerdos con Putin y ha recuperado la desconfianza oficial hacia los planes iraníes de seguir desarrollando armas nucleares y ha aprobado nuevas sanciones.

En ese escenario, Teherán ha realizado varios movimientos rápidos los últimos días: ha enviado una delegación a Corea del Norte, ha intensificado su ofensiva diplomática en América Latina y ha declarado que “todas las opciones están sobre la mesa si Estados Unidos rompe el tratado firmado” con el régimen de los ayatolláhs. Esta nueva situación fortalece, paradójicamente, el discurso y los intereses de Rusia y sobre esta base, Putin va a basar sus propuestas de gran acuerdo con Estados Unidos.

INTERREGNUM: Europa y Japón. Fernando Delage

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo—dijo el presidente Trump en Varsovia el pasado 6 de julio—es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”. Se desconoce si era una pregunta retórica por su parte, pero recordaba aquello que decía Toynbee de que las grandes civilizaciones mueren por suicidio más que por asesinato. Por primera vez desde la segunda posguerra mundial, las amenazas al orden liberal proceden tanto de los enemigos internos como de los externos. Y si alguien no está defendiendo los valores de la Ilustración que han definido Occidente es el propio Trump.

Afortunadamente, otros líderes no se han cruzado de brazos. Y nada simboliza mejor esa respuesta que el acuerdo de libre comercio concluido entre la Unión Europea y Japón en vísperas de la reunión del G20 en Hamburgo. Dos economías que suman 600 millones de personas y representan un tercio del PIB global y un 40 por cien del comercio mundial, se han unido frente al giro proteccionista de la administración norteamericana. Sus implicaciones, no obstante, van mucho más allá.

Como señalaron las autoridades europeas y japonesas, es un acuerdo asimismo sobre “los valores compartidos en los que se basan nuestras sociedades”, la democracia y el Estado de Derecho, y una demostración de la voluntad política de ambas partes de actuar contra la corriente de aislacionismo y desintegración que otros parecen defender. “No hay protección en el proteccionismo”, dijo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Tras el abandono del TPP y del TTIP, Tokio y Bruselas se han visto obligados a defender por su cuenta un orden internacional basado en reglas, que establezca altos estándares (laborales, medioambientales, transparencia…) que también obliguen a las economías emergentes. Para Japón, el acuerdo con la UE implica que esos estándares deberán formar parte de toda negociación que Washington quiera emprender con Tokio. También puede facilitar, como desea Japón, una renegociación del TPP sin Estados Unidos, y elevar la ambición de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) que negocian 16 economías asiáticas. Para Europa, un acuerdo que sucede al recientemente concluido con Canadá (CETA), expresa su compromiso con la liberalización comercial tras el Brexit y las incertidumbres acerca de la actitud de la administración Trump sobre el proyecto europeo.

En último término, el acuerdo representa de hecho un significativo desafío a Estados Unidos. Los productos europeos accederán al mercado japonés en unas condiciones que no tendrán los norteamericanos y, de manera más que simbólica, se pone en evidencia el creciente aislamiento internacional del presidente Trump. El pacto entre Japón y la Unión Europea consolida la idea de que los acuerdos comerciales no pueden ser simples arreglos bilaterales sobre determinados productos o tarifas. Los derechos de los trabajadores, la reciprocidad en los contratos públicos o la defensa de la propiedad intelectual son, entre otros, asuntos que ya no pueden quedar al margen de los mismos. Con el precedente creado por Bruselas y Tokio, será inviable para la administración Trump mantener su preferencia por un enfoque bilateral.

Suma y sigue, una historia de ciegos. Julio Trujillo

Un paso más hacia… lo mismo. Corea del Norte ha lanzado otro misil hacia el mar territorial del Japón, Estados Unidos ha activado sus defensas en todo el Pacífico y ha alertado de manera especial sus sistemas de alerta y respuestas en las islas Aleutianas y Alaska, el presidente Trump ha recordado a China su deber de contener a la dictadura norcoreana, Pekín ha requerido la retirada del escudo antimisiles de Estados Unidos en Corea del Sur y Japón ha vuelto a reclamar una acción internacional mientras prosigue su discreto pero decidido rearme naval.

En este escenario de empate infinito, pero de riesgo creciente, ya que tanto las acciones del dictador norcoreano como las del atrabiliario presidente Trump parecen inspiradas por los impulsos coyunturales, Europa sigue ausente, sin perfil, perdida en sus laberintos. Recuerda aquella frase del general Colin Powell cuando afirmaba que ante cada crisis de seguridad del planeta, cuando Estados Unidos alertaba a sus fuerzas de seguridad y usaba sus armas, Europa elaborada un comunicado de condena. Esta sistemática colocación de perfil para no salir del todo en la foto refleja, y eso no sería lo más grave, no sólo la tradicional tendencia a rehuir todos los enfrentamientos hasta que el enemigo llama a la puerta, sino la ausencia de criterios. Europa, la Unión Europea, no dice nada, y eso sí que es lo grave, porque no sabe qué decir, no tiene una concepción estratégica del conflicto, ni qué consecuencias puede tener para Europa ni cómo los acontecimientos pueden ser un riesgo o una oportunidad. Nada de eso, Europa es como los delincuentes oportunistas que esperan los acontecimientos y se prepara para ver qué puede rebañar en medio de la tormenta.

Estados Unidos tiene una estrategia. Existe más allá de Trump, aunque éste la gestione desde el impulso, la ignorancia y una vuelta al proteccionismo, por encima de la opinión de algunos de sus asesores. Pero Europa, que quiere aparentar una unidad de acción por encima de los intereses nacionales de sus componentes, encuentra en la inacción la manera de correr riesgos de desunión. En China, como en Libia o en Oriente Próximo, la princesa no decide, sólo se sonroja, da largas e intenta contentar a todos los pretendientes.