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Rusia: Las anexiones refuerzan el frente interno y debilitan el externo

No parece que el balance de las anexiones de cuatro regiones ucranianas por parte de Moscú sea positivo para Vladimir Putin y su proyecto neoimperiaista. La operación de apropiarse de nuevos territorios por la fuerza, que tiene su más grave precedente en Europa con la anexión por parte de Hitler de los Sudetes y de Austria en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, ha satisfecho al creciente nacionalismo ruso (que nunca ha sido escaso) pero ha significado un mayor aislamiento ruso en el plano internacional con significativo distanciamiento de China y Rusia. Y además, el acto de piratería ruso se produce en el marco de un retroceso  militar de las tropas de Putin precisamente en las regiones proclamadas como nuevos territorios rusos.

No hay que olvidar que prácticamente todos los países del mundo tienen  contenciosos territoriales con sus vecinos (con mayor o menor tensión) y estos focos de conflictos están contenidos en base a unas pocas convenciones internacionales en las que la regla de oro hasta ahora tras la criminal agresión de la Alemania de Hitler es renunciar a la rectificación de fronteras por la vía de las armas. De ahí que las burdas maniobras criminales de Putin hayan llevado el nerviosismo a todo el planeta.

Desde Pekín han precisado: “Siempre hemos sido claros. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles por la paz, respetar la integridad territorial de todos los países  y prestar atención a las legítimas preocupaciones de todos los países” y el gobierno de India se ha manifestado en términos similares a la vez se han ofrecido una vez más a mediar para encontrar un marco de conversaciones de paz entre rusos y ucranianos.

Como ya hemos subrayado en ediciones anteriores, China necesita restablecer la estabilidad en los mercados cuanto antes y evitar un mayor deterioro de las economías europeas donde Pekín tiene algunos de sus socios más importantes. La economía china lleva varios meses desacelerando y aún retrocediendo en sectores importantes.

Rusia puede haber dado un paso más en falso aunque su régimen insiste en cerrar los ojos a la realidad y aún amenazar con escenario bélico nuclear que es un riesgo improbable pero un riesgo hay que responder aguantando el tipo, la serenidad y la voluntad de no ceder primero y vencer después al proyecto imperial ruso.

China busca más protagonismo en medio de la crisis

China se debate entre un menor crecimiento económico y unas mayores necesidades financieras derivadas de exigencias políticas derivadas de la cambiante situación internacional.

El primer semestre del año no ha resultado, desde el punto de vista económico, como preveían las autoridades de Pekín. La combinación de la perturbación del comercio internacional provocada por las medidas contra la pandemia (en la que ha tenido un papel especial el cierre durante bastante tiempo del puerto de Shanghai), la invasión de Ucrania y la convulsión del panorama internacional y las consecuentes oscilaciones de los recursos energéticos y sus precios con gran impacto en las economías europeas (importantes mercados para China) han creado una situación delicada para Pekín. Y esto tiene lugar cuando China lleva años preparándose para anunciar una nueva etapa que ha de consolidar su papel de protagonista principal del planeta.

Así, China está recortando sus inversiones internacionales y repatriando capitales y empresas para volcarse en gastos comprometidos en su sus planes estratégicos de impulso de la Ruta de la Seda en sus diversas versiones terrestres y marítimas. Entre otras cosas porque necesita reforzar presencia e influencias en Asia Central, sur y occidental y aprovechar la debilidad rusa derivada del empantanamiento de Moscú en la guerra en Ucrania.

Y precisamente en relación con Ucrania China ha ofrecido su mediación en la ONU buscando el equilibrio entre su apoyo oficial a Rusia y su necesidad de que la guerra acabe para llegar a una estabilidad que favorezca sus negocios. La posición de China ante la agresión rusa ha sido la de proclamar su alianza con Moscú y, a la vez, recordar la necesidad de respetar la integridad territorial de las naciones que es precisamente lo que está llevando a cabo Rusia en un remake más torpe militarmente que el de Hitler en los años 30 y 40. Un ejemplo de  la contradicción china es que no ha acompañado su oferta de mediar con una condena con la anexión planificada por Rusia de varias regiones de Ucrania Oriental.

Estos movimientos chinos y sus paralelas provocaciones a Taiwán está siendo respondidos por EEUU con distanciamiento respecto a Ucrania y reforzamiento de alianzas en el Indo Pacífico. Biden se acerca a India (con mucha cautela por sus relaciones con Rusia), la vicepresidenta Kamala Harris se encuentra de gira diplomática por Japón y Corea del Sur y prosigue a buen ritmo el reforzamiento militar de Australia en el marco del Aukus como instrumento para disuadir a China de aventuras peligrosas.

INTERREGUM: Eurasia: el regreso de los imperios. Fernando Delage

El conflicto de Ucrania es probablemente la primera guerra imperial del siglo XXI. Para Putin, el problema de fondo no es que Ucrania quiera incorporarse a las estructuras euroatlánticas sino su existencia misma. Porque considera que Ucrania es Rusia, Moscú tendría por tanto el derecho a no respetar su soberanía e integridad territorial.

Aunque los imperios supuestamente desaparecieron con el proceso de descolonización posterior a la segunda guerra mundial, Rusia es el ejemplo más claro de un actor cuyo comportamiento está marcado por su pasado imperial. Pero no es el único. Como ella, otras tres potencias euroasiáticas—Irán, Turquía y China—definen su identidad sobre la base de ese legado histórico. Aunque sin ir estas últimas tan lejos como Moscú (que no ha dudado en recurrir a la fuerza para hacer realidad sus ambiciones), los cuatro países se ven a sí mismos como centro de distintos órdenes regionales. Los cuatro desafían en consecuencia el sistema de reglas e instituciones establecidas por Occidente tras 1945.

Su incompleta transformación de imperios en Estados-naciones, y las consecuencias de este hecho para la dinámica internacional, constituyen el objeto de un fascinante libro de Jeffrey Mankoff, investigador del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington. En Empires of Eurasia: How Imperial Legacies Shape International Security (Yale University Press, 2022), Mankoff examina en los cuatro casos su formación y evolución histórica, los desafíos de asimilación en su periferia, y las implicaciones geopolíticas de su impulso revisionista.

El panorama descrito por el autor es el de la irrupción de una nueva era en Eurasia. Coincidiendo con la desaparición de las barreras que mantuvieron fragmentado este espacio geográfico, el factor imperial adquiere un nuevo protagonismo dada la inclinación de Rusia, Turquía, Irán y China a intervenir en los asuntos de sus vecinos mediante el uso de instrumentos militares, políticos y económicos. Sus respectivos líderes hacen hincapié en su continuidad con un pasado idealizado, en el que buscan inspiración, un modelo político autoritario y un estatus internacional como grandes potencias.

Pero más que el compromiso con una determinada ideología, lo que comparten es la idea de que son algo más que Estados “ordinarios”; una convicción que se ha hecho más visible desde el fin de la Guerra Fría. Los cuatro se han sentido al margen de un orden internacional basado en la igualdad soberana y la integridad territorial de los Estados, y que ha hecho hincapié en los principios democráticos como clave de legitimidad política. Rechazando la supuesta universalidad de los valores occidentales, sus líderes sostienen su legitimidad por el contrario en su pasado imperial. La gradual integración de Eurasia mediante nuevas infraestructuras y redes económicas les ha ofrecido una nueva oportunidad para proyectar su poder e influencia a favor de sus intereses y valores.

Es un espacio en el que, de hecho, compiten entre sí. Desde una perspectiva global, sin embargo, se oponen de manera conjunta al liderazgo político, institucional y normativo de Occidente. El desafío que plantean consiste de este modo en su apoyo a un concepto alternativo de orden mundial, basado no en el Derecho internacional y sus pilares westfalianos, sino en el poder derivado de una determinada cosmovisión histórica, cultural o religiosa. La tensión entre su reclamación de un estatus especial y el orden liberal es pues una de las principales líneas de división en esta nueva era, era de competición entre las grandes potencias, así como una de las características de la actual geopolítica euroasiática.

El alcance de lo que está en juego explica por qué Ucrania dista de ser un mero conflicto local. Mankoff no concluye su libro de manera optimista. La mentalidad imperial está tan enraizada en estos países que, en su opinión, incluso bajo un liderazgo democrático seguirían desafiando las reglas que rechazan la concepción imperial como modelo de organización política.

THE ASIAN DOOR: Taiwán en el eje del epicentro de la geopolítica. Águeda Parra

Ante la invasión de Ucrania, China no se ha salido de su propio guión. China ha seguido su máxima de no injerencia en los asuntos internos de otros países, y no ha buscado ni influir ni mediar en el conflicto, pero tampoco está prestando apoyo militar a Rusia.

No obstante, ni los retos militares ni económicos que tenga que afrontar Rusia en su invasión de Ucrania van a influir en sus intenciones futuras respecto a Taiwán.  Un conflicto que, de producirse, plantea un escenario de guerra asimétrica por la diferencia de poderío militar entre ambos países. En este sentido, las lecciones aprendidas que está aportando la invasión de Ucrania están permitiendo remodelar la estrategia de las fuerzas defensivas de Taiwán.

En este contexto, las tácticas militares están muy ligadas al tipo de tecnología militar disponible en cada momento, y la modernización de las capacidades de China están incorporando un uso intensivo de la inteligencia artificial (IA), además de desarrollar su propia capacidad de defensa de antimisiles. De hecho, la aplicación de la IA que utiliza China en sus capacidades militares marcaría una diferencia importante respecto al escenario militar que se está desarrollando en Ucrania.

De ahí, que la invasión de Ucrania esté aflorando la necesidad de disponer de armamento más moderno. El asesoramiento de Estados Unidos en este sentido estaría dirigido a que Taiwán realizara compra de equipamiento militar que le permita reforzar los sistemas de defensa de la isla. La venta de armas por parte de Estados Unidos hacia la isla ya se incrementó en tiempo de la administración Trump, y se ha seguido reforzando durante la presidencia de Biden. De hecho, el ritmo de compra de armamento que Taiwán ha venido realizando a Estados Unidos se ha intensificado en la última década, alcanzando los 23.000 millones de dólares desde 2010, de los que 5.000 millones de dólares corresponderían sólo a 2020, según un informe del Pentágono.

Respecto a las capacidades de China, el gigante asiático se encuentra actualmente inmerso en un proceso intensivo de modernización de su poderío militar y de una mayor capacitación del su ejército, un proceso de reforma que comenzó en 2015, poco tiempo después de que Xi Jinping asumiera el cargo en 2013. Con esta modernización, China aspira a garantizar que sus capacidades militares sean las necesarias para disponer de una ventaja decisiva en todos los escenarios que se puedan plantear en un conflicto con Taiwán donde también intervenga Estados Unidos. Asimismo, el objetivo es poder “luchar y ganar” guerras modernas e “informatizadas”, según figura en las fuentes oficiales, es decir, aquéllas que hagan un amplio uso de las nuevas tecnologías.

El plan de modernización planteado hace más de un lustro estaba previsto que culminara para 2035, pero China recientemente ha adelantado esa fecha a 2027. Con este adelanto del proceso de modernización militar, el gigante asiático acelera su agenda asertiva respecto a sus objetivos de reunificación de la isla en un entorno de creciente tensión por la coyuntura internacional que ha planteado la guerra de Ucrania.

Al permanente estado de alerta en el que se mantiene el estrecho por las continuas incursiones en la zona de defensa área de Taiwán por parte de aviones chinos, se ha sumado recientemente la tensión generada por la visita de un senador estadounidense a la isla, provocando el malestar propio que este tipo de visitas suele producir en China. No obstante, el anuncio de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, de su intención de visitar la isla, intensificaría más de lo esperado la tensión, ya de por sí muy elevada. De hecho, sería la primera vez en 25 años que un presidente de la Cámara visita la isla.

China, ¿la mano que mueve las crisis?

La inestabilidad se extiende por el centro y el sur de Asia, en escenarios diferentes, y en cada caso está China presente, directa o indirectamente. El desafío separatista de Karakalpakistán al gobierno de Uzbekistán se suma al sur de la India, en Sri Lanka una cris económica marcada por la corrupción y la insensatez del gobierno que ha culminado con una enorme movilización social que ha expulsado al presidente con la aparente complicidad del ejército y los poderes económicos del país amenazados por verse arrastrados a una ola de desórdenes.

En el primer escenario, Uzbekistán, sin que aparezcan  públicamente los intereses chinos. Pekín sigue los acontecimientos muy de cerca en una coyuntura en la que las dificultades rusas le limitan su capacidad de intervención y de influencia en una región en la que han sido amos y hacedores de gobiernos desde la época de la Unión Soviética. Y ante ese vacío China lleva meses moviendo piezas discretamente para sustituir a Rusia como gran padrino fortalecer así la zona estratégica por la que quieren que discurra su gran proyecto de renovada Ruta de la Seda terrestre desde el Pacífico al corazón de Europa.

En el segundo caso, la mano china es más visible. Pekín ha venido suministrando a Sri Lanka la cuerda financiera que finalmente ha ahogado al país con créditos enormes para infraestructuras megalómanas que no han servido para estimular la economía del país y creando una deuda impagable que China se cobrará intentado convertir los puertos ceilandeses en piezas clave de su Ruta de la Seda marítima. De hecho, en plena crisis, Pekín ha ofrecido más créditos y apoyo a las actuales instituciones ceilandesas “para salir de la crisis”.

China ha apoyado al gobierno corrupto depuesto, tiene lazos con sectores izquierdistas tamiles, la minoría ceilandesa de origen indio, y alimenta financieramente a las élites del país. No quiere perder esa influencia y necesita consolidar su presencia económica y militar si puede en sus rutas hacia occidente, Esos son sus planes a medio y largo plazo, y no sólo en Asia, como vienen demostrando sus intereses africanos.

Crisis en Uzbekistán, Rusia a la expectativa

La república centro asiática (ex soviética) de Uzbekistán está viviendo una situación de crisis sin precedentes desde que proclamó su independencia. El proyecto del presidente Shavkat Mirziyoyev de cambiar el estatus de la región de Karakalpakistán anulando la consideración de región soberana y con derecho a la autodeterminación que se recoge en la Constitución uzbeka, ha encendido los ánimos y encendido una ola de disturbios que han causado ya una veintena de muertos.

Karakalpakistán es una extensa región que ocupa cerca del 40 por ciento del país, sus habitantes hablan un idioma propio y son muy celosos de su identidad, muy próxima a la del cercano Kazajistán sociedad con la que tienen lazos familiares.

Rusia, país que ha mantenido una importante influencia en el país, cuyo papel en el cercano Afganistán es discreto pero importante, observa con atención la evolución de la crisis aunque su situación en la guerra de Ucrania no le permite de momento ir más allá de manifestar preocupación.

Ante la crisis, la Unión Europea ha señalado al gobierno uzbeko que debe afrontar la situación conteniendo la fuerza y respetando los derechos humanos mientras, por su parte, el Kremlin ha ignorado las motivaciones políticas que se puedan esconder tras las protestas al norte del país, y ha dejado claro este lunes que los disturbios mortales que han estallado en la región de Karakalpakistán de Uzbekistán son un “asunto interno”. En declaraciones a los periodistas, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, ha asegurado que Rusia considera a Uzbekistán un «país amigo» y no tiene dudas de que su liderazgo trabajará para resolver el problema. De hecho, el presidente uzbeko ha congelado el proyecto y prometido diálogo para bajar la tensión.

Para Rusia, mantener la influencia en Uzbekistán, una región en la que progresivamente avanza China y en la que Moscú mantiene fuerzs militares es fundamental y por eso tutela los servicios de seguridad de la mayoría de los países de la región pero esta crisis ha aparecido en un mal momento para Rusia.

Rusia, agresora; China, la amenaza global

La cumbre del G-7, los países más desarrollados del planeta, celebrada en Alemania bajo la sombra de la guerra en Ucrania, ha tenido sin embargo la mira puesta en China y en cómo está aprovechando el nuevo escenario provocado por la invasión rusa de Ucrania para vender el modelo chino de seguridad internacional, renovar alianzas con los países emergentes y ocupar con serenidad y determinación los espacios vacío que va dejando la actual debilidad rusa y las ausencias occidentales.

Así, al finalizar la reunión EEUU, Francia y Alemania han anunciado que los países integrantes del grupo aportarán 600.000 millones de dólares a un plan de infraestructuras en países de ingresos medios y bajos para contrarrestar el avance de China. De esa cantidad, Washington movilizará 200.000 millones de dólares a través de fondos públicos y privados, a lo largo de los próximos cinco años.

La ofensiva de China tiene varios ejes, entre ellos el reforzamiento de su alianza con el grupo de los BRICS (siglas formadas por los países emergentes Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en cuya reciente cumbre China ha aparecido como el líder alternativo a Estados Unidos. Esta parte de la estrategia China es analizada en esta edición por el profesor Fernando Delage. Además Pekín desarrolla una ofensiva política y comercial en todo el continente africano vendiendo un concepto de seguridad global que pasa por las acusaciones a Occidente y la justificación con leves críticas a la agresión rusa en Ucrania.

Pero, demás, China sigue dando pasos en el Pacífico para estrechar lazos, además de con sus aliados tradicionales, con las mini naciones insulares sobre las que intenta montar una red de apoyos estratégicos que contrapesen en lo que puedan la alianza entre EEUU, Reino Unido y Australia.

Expertos australianas que llevan tiempo estudiando este proceso, explican que no es algo nuevo y que China lleva cultivando sus relaciones diplomáticas con los Estados insulares del Pacífico durante décadas. Con algunas de ellas, como los Estados Federados de Micronesia, los lazos se remontan a más de 30 años. Unas negociaciones diplomáticas que se han intensificado desde que algunos Estados insulares, como las Islas Salomón, dieran en 2019 un giro radical alineándose con China.

El cambio en su política exterior se materializó el pasado abril con un pacto de seguridad entre ambas naciones. El controvertido borrador del acuerdo, que salió a la luz a través de una filtración, ha incomodado a Occidente con puntos como la autorización para que China pueda desplegar sus unidades policiales o soldados en el paradisíaco territorio. Ahora, con el tour de Wang Yi por el Pacífico, China avanza un paso más para consolidar su posición en este territorio. Aunque no han trascendido muchos detalles de las reuniones, el ministro ha insistido en el objetivo comercial y de cooperación al desarrollo de sus visitas. “Nos enfocamos en el desarrollo económico y nos preocupamos por la mejora del nivel de vida de las personas”, declaró en un artículo publicado por el periódico estatal chino ‘Global Times’.

China se ha visto hasta cierto punto sorprendida porque considera que Estados Unidos pasa por una situación de creciente debilidad y calculaba que esto iba a aumentar con la crisis europea y no esperaba que Occidente ratificara y se mantuviera firme en sus denuncias de China como creciente amenaza global y reforzaran sus posiciones militares y diplomáticas en el Indo Pacífico. Y de ahí su apoyo ambiguo a Rusia y su ofensiva en todo el planeta.

INTERREGNUM:  India: ¿intereses o principios? Fernando Delage  

Como mayor democracia del planeta y como país que sufrió de manera directa la experiencia del imperialismo, la posición de India con respecto a la guerra de Ucrania sigue llamando la atención. Las razones de su neutralidad (que indirectamente viene a traducirse en una posición a favor de Moscú) son conocidas, y entre ellas destaca la dependencia de los suministros militares rusos para la modernización de las fuerzas armadas indias. Pero se trata de una aproximación arriesgada, pues Delhi parece querer ignorar el peligroso precedente que supone la violación por Rusia de todas las normas existentes. En último término, su actitud no ha hecho sino exponer su vulnerabilidad geopolítica.

Preguntado la semana pasada en un foro en Bratislava por qué Delhi rechaza condenar la invasión de Ucrania, el ministro de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, criticó la premisa europea de que otros países deban compartir su opinión sobre el conflicto. “Europa, dijo, debe abandonar esa mentalidad conforme a la cual los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa”. India, añadió el ministro, hará exactamente lo que hacen los países occidentales: evaluar una situación a la luz de sus propios intereses. Y son esos intereses los que justificarían la posición de su gobierno sobre la guerra.

Al no aceptar que India tenga que alinearse con una de las partes, Jaishankar quiso reafirmar la autonomía estratégica de su país en un contexto de creciente multipolaridad. Dada su lejanía geográfica, Rusia—es cierto—, no representa una amenaza directa a la seguridad nacional india, mientras que el aislamiento diplomático de Moscú puede producir consecuencias que no desea, como una más estrecha alianza de China con Rusia. La República Popular es el verdadero desafío que afronta Delhi, y es un problema para el que India necesita contar tanto con Washington como con Moscú.

Ahora bien, ¿cómo puede gestionarse el hecho de que India mantenga diferentes percepciones de las de sus socios de Occidente con respecto a Ucrania, pero similares o idénticas sobre los riesgos a la inestabilidad en el Indo-Pacífico? ¿Por qué India no quiere ver la estrecha interacción que existe entre ambos escenarios? ¿Puede confiar en la ayuda de las democracias occidentales si un día tiene dificultades en Asia, manteniéndose al margen de lo que ocurre en Europa?

Es un dilema que enturbia la relación entre intereses y valores, pero que debería hacer evidente a los estrategas indios la extraordinaria transformación que se ha producido en el terreno de juego. Tradicionalmente han defendido un orden multipolar, convencidos de que es así como India contaría con un mayor margen de maniobra. La nueva estructura multipolar parece crear, sin embargo, nuevos condicionantes a su independencia estratégica, y no todos ellos relacionados con el equilibrio de intereses en política exterior.

Así se puso de manifiesto poco después de las críticas de Jaishankar a los europeos. Apenas habían sido reproducidas sus palabras con grandes elogios en los medios del mundo no occidental, cuando las declaraciones de dos antiguos portavoces del actual partido gobernante (el hinduista Janata Party) insultando a Mahoma han provocado una grave crisis en las relaciones con los países islámicos. No es necesario recordar la importancia del Golfo Pérsico en particular para los intereses indios: de los recursos energéticos que recibe, a las remesas de los ocho millones de indios residentes. La polarización de la dinámica política interna se ha convertido pues en otra nueva variable que afecta a la proyección exterior del gigante asiático.

Una cultura estratégica no se cambia de un día para otro; menos aún una milenaria como la india. Pero frente a la segunda Guerra Fría que parece estar empezando, la pregunta (que no la respuesta) es sencilla: ¿qué promoverá en mayor grado la autonomía india? ¿Defender un orden basado en reglas, o formar parte del bloque de quienes—explícita o tácitamente—no denuncian a una Rusia agresora? ¿Los principios son realmente antitéticos a los intereses?

India crece como mediador para Kiev

Conforme la invasión rusa de Ucrania se convierte en una guerra de posiciones  en la que comienza a dibujarse un escenario en el que nadie saldrá vencedor y esta situación va a mantenerse durante meses, Moscú y Kiev se hacen a la idea de que se impone algún tipo de alto el fuego durante el que se negocien cesiones en las expectativas de ambos bandos.

Y en ese marco, por ahora hipotético, crece en Ucrania la confianza en que India puede jugar un papel importante. Ucrania sabe que va a ser muy difícil hacer retroceder a las tropas rusas a sus posiciones de antes de febrero y, aunque se queja de algunas presiones occidentales para que asuman algunas pérdidas territoriales, comienza a considerar en serio esta posibilidad mientras su propaganda lo niega y sus tropas intentan en condiciones difíciles llegar a esta negociación con la mayor contención posible del invasor.

India es un país con viejas relaciones con Rusia, aunque sus disputas territoriales con China y Pakistán la están empujando desde hace años a un acercamiento a Estados Unidos y a Australia. India tiene una capacidad industrial y militar no desdeñable y, además, no tiene las ambiciones estratégicas de China que le resta credibilidad como mediador, aunque a Pekín le interese un acuerdo.

Ya hay contactos exploratorios entre Ucrania e India y entre India y Rusia con el conflicto ucraniano sobre la mesa, lo que une este proceso a los esfuerzos del otro gran mediador, Turquía, al que su pertenencia a la OTAN, sus relaciones tanto con Rusia como con Ucrania y su situación geoestratégica en el Mar Negro y en el Mediterráneo oriental otorgan muchos puntos para mediar, aunque hasta ahora sus esfuerzos han sido limitados

¿Negociaciones indirectas?

La invasión rusa se estanca en Ucrania. Tras los fracasos rusos en Kiev, Jarkov y Odessa en su intento de acabar rápidamente con el gobierno ucraniano y obtener una rendición fulminante,  Moscú ha decidido hacer un replanteamiento estratégico consolidando sus posiciones, ya preexistentes políticamente, y desde ahí avanzar posición a posición hasta conseguir dominar toda la zona de la cuenca del Donetsk, conectarla con Crimea y, si no tomarla, sí mantenerse en una situación susceptible de bloquear la ciudad de Odessa y su puerto.

En ese escenario, los aliados occidentales están presionando, discreta pero firmemente, a todos los países que puedan ejercer influencia en Moscú para propiciar un auténtico proceso de negociaciones que permita a Rusia salir airosa de su derrota estratégica con pocas concesiones, a Ucrania reducir sus daños con algún pacto sobre las regiones prorrusas y a la economía mundial obtener un respiro. Y los principales países para presionar en esa dirección son Turquía en Occidente y China e India en el Indo Pacífico.

Ni China ni India han condenado directamente la agresión rusa aunque sí han marcado cierta distancia exigiendo un “alto el fuego inmediato”, obviamente sin ningún resultado. Pero las crecientes dificultades rusas tanto en Ucrania como en la propia Rusia (a pesar de los avances militares de los últimos días) pueden estar creando una situación más propicia a algún tipo de acuerdo porque cada vez parece más evidente que ni Rusia ni Ucrania van a lograr a corto plazo una victoria clara sobre el terreno y  Ucrania, para mantener su resistencia va a necesitar cada vez más ayuda, costosa ayuda, occidental.

Para China, con más dificultades económicas de lo que su propaganda reconoce, es vital lograr una normalidad y estabilidad que le permita profundizar sus negocios con una Europa que puede verse abogada a una crisis económica de grades proporciones. Para India puede significar su mediación un salto en su protagonismo regional, en el que mira de reojo y con recelo a China, y una potenciación de su influencia en en países que no acaban de fiarse de China.