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La risa de la izquierda. Miguel Ors Villarejo

Hace unos meses, sorprendí a un diseñador de Unidad Editorial con un enorme póster de Kim Jong-un a cuestas. “¿Adónde vas?”, le dije, y me explicó que estaba usando el reverso del cartel para la portada de Actualidad Económica. Había escrito con un aerosol negro “¡Viva el (neo)liberalismo!” y, con ayuda de Photoshop, pensaba colocar luego detrás una pared de ladrillo, para que pareciera una pintada callejera. El resultado puede apreciarse en esta imagen.

Aunque nunca se lo he llegado a preguntar, me ha intrigado desde entonces que escogiera pasearse mostrando el lado del dictador norcoreano y no el del grafiti. Me imagino que es de izquierdas (aunque, una vez más, nunca se lo he llegado a preguntar) y no querría que lo asociaran con el ideario al que la progresía acusa de todo tipo de abominaciones. Bueno, la progresía y el común de los mortales: si ponen en Google “neoliberalismo” y clican a continuación en “imágenes”, ante sus ojos se desplegará un mosaico de viñetas en las que famélicos ciudadanos son estrujados, atormentados y desvalijados por obesos banqueros.

También verán una foto de Milton Friedman acariciándose el mentón, pensativo. El premio Nobel no acuñó el término (su primer uso documentado es de 1884), pero le dio nueva notoriedad en “El neoliberalismo y sus perspectivas”, un artículo de 1951 en el que paradójicamente criticaba los excesos del laissez faire en el siglo XIX y abogaba por una vía intermedia, que asumiera las “importantes funciones positivas que el Estado debía asumir” al tiempo que reservaba la iniciativa empresarial al sector privado. El significante ha acabado, sin embargo, tan cargado de connotaciones negativas, que ni el propio Friedman lo empleaba y se definía a sí mismo como monetarista o, simplemente, liberal. Y, claro, si ni el propio Friedman se atrevía a pasar por neoliberal, no podemos pretender que lo haga un diseñador de Unidad Editorial.

Lo sorprendente es que este odiado sistema ha hecho posible la mayor y más duradera explosión de riqueza de la historia de la humanidad. “A lo largo de los últimos dos siglos”, escribe la historiadora Deirdre Mccloskey en el Wall Street Journal, “la renta per cápita real de Japón, Suecia y Estados Unidos se ha multiplicado por 30”. Y esta mejora ignora la irrupción de artículos inimaginables en 1800. “Contemple la magnífica abundancia que exhiben las estanterías de los centros comerciales. Considere todos los dispositivos casi mágicos de comunicación y entretenimiento que están hoy al alcance incluso de las personas más humildes. ¿Conoce a alguien que sufra una depresión clínica? Puede encontrar ayuda en una amplia variedad de medicamentos de los que ni siquiera el multimillonario Howard Hughes pudo disponer para aliviar su desesperación. ¿Necesita un trasplante de cadera? En 1980 era una intervención que se encontraba en fase experimental”.

“Muchos norteamericanos piensan que sus hijos vivirán peor que ellos”, observa Warren Buffett en su carta de 2015 a los accionistas de Berkshire Hathaway. “Es una opinión totalmente errónea. […] Los políticos no deberían derramar lágrimas por los niños de mañana. De hecho, a muchos […] ya les va muy bien. Todas las familias de mi vecindario de clase media alta disfrutan de un tren de vida superior al que llevaba John D. Rockefeller cuando yo vine al mundo”.

Frente a esta ejecutoria, ¿cuáles son los méritos de la dinastía Kim? Opresión, atraso, hambre, proliferación nuclear… La izquierda se las ha arreglado, sin embargo, para neutralizar la toxicidad del déspota norcoreano. “Es como un malo de cómic”, me comentó un colega cuando le manifesté mi sorpresa porque alguien prefiriera pasear su efigie a una pintada en favor del neoliberalismo. Y se rio de buena gana.

Esta risa de la izquierda es un misterio. En su biografía de José Stalin Koba el temible, Martin Amis indaga por qué nadie cuestiona que el Tercer Reich fue un horror y, en cambio, tantos juzgan con indisimulada indulgencia a la URSS (aunque algo se ha progresado: ahora discutimos si la Rusia bolchevique fue mejor que la Alemania nazi; antes discutíamos si la Rusia bolchevique era mejor que Estados Unidos). Y relata cómo en 1999 acudió a un mitin en el que intervenía Christopher Hitchens, un exmilitante trotskista. “En cierto momento, recordando el pretérito, Christopher dijo que conocía bien el edificio en el que estábamos, porque había pasado allí incontables noches con muchos antiguos camaradas. El público respondió […] con una carcajada afectuosa”.

“¿Por qué la risa?”, se pregunta Amis. Si Christopher se hubiera referido a sus “incontables noches con muchos antiguos camisas negras”, el silencio hubiera podido cortarse con un bate de béisbol. ¿A qué obedece este doble rasero? ¿No mató Stalin a 10 millones de personas? “¿Por qué la risa no hace lo que es debido? ¿Por qué no se excusa y abandona la sala?”

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Una cumbre, dos egos y un camino por recorrer. Nieves C. Pérez Rodríguez

El 12 de junio del 2018 pasará a la historia como el gran momento en que un presidente estadounidense se encontró con un líder norcoreano. Un éxito diplomático que, a priori, ha sido posible por el carácter irreverente e impredecible de Trump, así como por el hecho de que Pyongyang ha desarrollado su programa nuclear en un 95%, lo que le ha permitido sentarse a hablar prácticamente de tú a tú con la nación que a lo largo de estos tensos 70 años de aislamiento los ha tenido presionados.

Se ha pasado de una hostilidad nunca antes vista a una mesa de negociación que terminó con la firma de un acuerdo de desnuclearización. La Administración Trump ha concentrado todos sus esfuerzos en hacer historia como la única que realmente ha querido poner fin a este intrincado conflicto. El Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha dedicado casi cada minuto de su tiempo a este esfuerzo y, lo prueban los viajes que ha hecho a Pyongyang y lo rápido que se produjo el encuentro.

Pompeo conoce en profundidad la situación norcoreana, como director de la CIA tuvo acceso a todo tipo de datos y el mismo ha dicho públicamente en varias ocasiones que Trump ha sido informado de cada detalle casi diariamente, desde que aquel tomó posesión del Departamento de Estado.

La imagen de Corea del Norte ha cambiado radicalmente. Hemos visto un líder paseando por Singapur, haciéndose selfies con el primer ministro de este país y visitando los sitios icónicos de esta ciudad Estado. Se ha humanizado su imagen, se ha convertido en un líder del mundo, en vez de ser el férreo dictador que lleva las riendas de una prisión abierta, tal y como ha sido denominada por las ONGs, por el nivel de represión al que se somete a la población.

La televisión pública norcoreana ha transmitido imágenes en tiempo real del gran apretón de manos de ambos líderes, conversando y firmando el documento, cosa que para occidente es parte fundamental del rol de los medios de comunicación, pero inédito en una sociedad tan hermética como la norcoreana. Es una gran excentricidad que el régimen esté usando todo esto como campaña de reafirmación de su liderazgo y fortalecimiento de su imagen.

Una gran curiosidad de la cumbre fue el vídeo que la Casa Blanca preparó para Kim Jong-un. Comenzando por el nombre de lo que se supone es la productora que lo hizo “Producciones imágenes del destino” (ó Destiny Pictures Production, titulaba en inglés) y que tuvo una duración de 4 minutos en las que se mostraban imágenes acompañadas por una voz que relataba el número de personas en el planeta y el pequeñísimo porcentaje de esa población que dejará un impacto en la tierra, y aquellos que tomarán decisiones que renovarán su nación. Todo ello mientras se explicaba que la Historia tiene la tendencia a repetirse, con imágenes de fondo desoladoras de los límites de Corea del Norte custodiados por militares y de los momentos de mayor tensión que se han vivido. Mostraban la imagen de Kim y de Trump como quienes podrían cambiar esta historia y hacer de Corea del Norte un lugar económicamente floreciente, donde llegue el desarrollo y la modernidad. Después de la oscuridad llega la luz, una historia de oportunidades, un nuevo comienzo, dos líderes y un nuevo destino. Al puro estilo hollywoodiense terminaba diciendo “la Historia espera para ser escrita”.

El mensaje no pudo ser más directo. Washington le dijo a Pyongyang si te subes a nuestro barco te lo damos todo: prosperidad, dinero, salud, desarrollo y, lo más importante, le garantizó la seguridad a Kim y su país.

Cada momento de la cumbre fue impactante. Las largas alfombras rojas por las que cada líder camino desde direcciones opuestas hasta llegar al centro, cuyo fondo lo decoraban las banderas estadounidenses y las norcoreanas. El punto exacto del encuentro fue el mismo centro para darse la mano cordialmente, mientras Trump ponía su mano izquierda en el brazo derecho de su homólogo, como un gesto de cercanía. Kim lo miró con una medio sonrisa y correspondiendo a las palabras de Trump, pero al momento de girar a las cámaras para la foto asume una seriedad arrogante, mientras que el estadounidense se dejaba ver cómodo y confiado de que era su gran momento y que conseguiría lo que había ido a buscar.

Las palabras del inquilino de la Casa Blanca fueron, tal y como se había pronosticado en ésta misma página, una clave para leer entre líneas junto con su lenguaje corporal. Dijo que fue un gran encuentro y Kim está dispuesto a desnuclearizar a Corea del Norte. Admitió que no es un proceso corto, ni fácil, pero que la disposición abre una nueva etapa.

No cabe duda que hay mucho por hacer, esto es sólo un primer paso, pero en diplomacia un primer paso es un gran paso. La situación en la que se ha estado durante más de 70 años no ha enderezado las cosas; por el contrario, ha hecho que Pyongyang cuente hoy con la capacidad de enviar misiles hasta el otro lado del planeta. Por lo que intentar otro camino podría ser positivo para la estabilidad mundial.

Corea del Norte podría repetir lo que ha hecho en otra ocasión, sin duda, pero al menos este intento podría servir para ayudar a muchos de los ciudadanos de a pie que luchan por sobrevivir en un país que apenas tiene alimentos y cuya economía está devastada.

Son muchas los puntos en la agenda que están pendientes. El más importante, los derechos humanos de los norcoreanos. Pero tal y como lo interpreta la Administración Trump, una vez conseguida esta primera etapa, que es la base en la que construirán la relación, podrán empezar a exigir o poner condiciones.

De momento, en EEUU se sienten complacidos porque saben que pasarán a la historia como la única Administración que fue capaz de arriesgarse y sentarse a conversar con un enemigo histórico a cambio de poder acabar con la gran amenaza nuclear que ha tenido al planeta en vilo.

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Un nuevo escenario

Ocurra lo que ocurra en el encuentro entre Trump y Kim Jong-un, tras su finalización se abrirá un nuevo escenario en Asia Pacífico y en el panorama internacional general. Como apunta desde Washington nuestra colaboradora Nieves C. Pérez, cada palabra y cada imagen entrañarán un mensaje que deberá ser analizado para tratar de vislumbrar no sólo la realidad de lo que se diga, sino tratar de adivinar lo que no se cuenta y también se haya tratado. Ya habrá tiempo de hacerlo y lo haremos.

Pero la realidad es que Trump y Kim van a inaugurar una etapa nueva para sus respectivos pueblos y para sus respectivos intereses. Como hemos señalado en otras ocasiones, nunca un presidente de los Estados Unidos se sentó con el dirigente del país nacido en la ilegalidad tras la guerra coreana y nunca el dictador norcoreano había alcanzado tanto protagonismo mediático, diplomático y político.

Y eso no va a cambiar tras la cumbre. Si Trump no comete ninguno de los errores de comunicación y oportunidad a los que parece ser tan aficionado y se alcanza algún acuerdo operativo, aunque sea de mínimos, al presidente norteamericano se le perdonarán muchas de las meteduras de pata anteriores, aunque no aparcarán los frentes que su nacionalismo económico y su zafiedad han abierto.

Y Kim, por su parte, pasará de ser un personaje de cómic, un dictador aparcado a la espera de derrumbe, a constituirse en un personaje del panorama mundial. Japón ya ha anunciado su disposición a estudiar un reconocimiento oficial, con Corea del Sur se abrirá una etapa inédita y la influencia y el liderazgo de China subirá como la espuma.

Esos son los nuevos componentes de una escena de la que, repitámoslo una vez más, la Unión Europea está ausente, sin estrategia, sin propuestas y sin iniciativas, sólo pendiente de futuras oportunidades de nuevos negocios lo que dibuja la urgente necesidad de algo más.

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INTERREGNUM: Efectos norcoreanos. Fernando Delage

Hoy es sí, mañana es no, al día siguiente es de nuevo sí, y un día más tarde “ya veremos”. La consistencia no parece ser un atributo de la política norcoreana del presidente de Estados Unidos. Es imposible adivinar, por tanto, si habrá finalmente un encuentro entre Trump y Kim Jong-un; y más difícil aún vaticinar su posible resultado. Pese a esas incertidumbres, las cosas han cambiado desde que, en marzo y sin preparación previa, Trump accediera a reunirse con Kim. La apertura diplomática de Pyongyang ha provocado ciertos cambios en el noreste asiático, algunos de los cuales pueden complicar el margen de maniobra de la administración norteamericana al reducir la presión externa sobre Corea del Norte.

Uno primero es el acercamiento sin precedente entre las dos Coreas. Pese a sus riesgos—es una política que ya fracasó en intentos anteriores—, el presidente Moon Jae-in ha optado por una estrategia de conciliación hacia Pyongyang que ha contribuido a mitigar en gran medida la inquietud de la opinión pública surcoreana sobre su Estado vecino. En apenas dos meses, los dos líderes coreanos se han reunido más veces que todos sus antecesores juntos desde la división de la península tras la guerra de 1950-53. Cuanto más se consolide esa relación, más difícil será mantener la solidez de la alianza entre Washington y Seúl.

Los vaivenes diplomáticos de Trump y su política comercial han dañado, por otra parte, la relación con otro de sus principales aliados, Japón. El primer ministro Shinzo Abe, marginado en los movimientos de Estados Unidos con respecto a la cuestión coreana, y frustrado por el unilateralismo proteccionista de la Casa Blanca, se ha visto obligado a reajustar su política hacia Pekín. Abe y el presidente chino, Xi Jinping, han hablado por primera vez por teléfono, y Li Keqiang acaba de realizar la primera visita de un primer ministro chino a Japón en nueve años.

Entre otros acuerdos, durante su visita se ha acordado el establecimiento de una línea de comunicación directa para evitar un choque accidental en relación con el problema de las islas Senkaku. El gobierno japonés también ha abandonado su anterior rechazo de la Ruta de la Seda, y Tokio podría plantearse, incluso—ha dicho Abe—, su adhesión al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Es posible que Xi Jinping visite oficialmente Japón en 2019, lo que confirmaría una nueva etapa de normalización entre ambos Estados.

Las circunstancias también han permitido la primera visita de Moon Jae-in a Tokio desde su nombramiento, y la reanudación del diálogo trilateral China-Japón-Corea del Sur, que había estado interrumpido desde 2015. Tras su encuentro de la semana pasada, resulta evidente el interés compartido de los tres gobiernos por evitar una acción militar norteamericana que pueda conducir a una guerra en la región, y por coordinar sus posiciones para prevenir el daño que pueda causar a sus economías las sanciones arancelarias de Trump. Éste se ha convertido pues en un poderoso incentivo para el acercamiento de los tres grandes del noreste asiático.

China es el gran beneficiario de esta suma de resultados. Seúl está más alineado que nunca con Pekín sobre cómo enfocar la cuestión norcoreana. Japón ha reducido su hostilidad hacia la República Popular. Y, después de años de incómoda coexistencia como aliados, Kim Jong-un ha viajado dos veces a una China que ha visto incrementarse las oportunidades para buscar una solución favorable a sus intereses económicos y estratégicos.

Probablemente nada de esto era lo que esperaba el presidente de Estados Unidos cuando presumía de que obtendría el premio Nobel de la Paz por su gestión del problema. Tampoco Kim Jong-un lo logrará. Pero, haya o no cumbre, ha jugado sus cartas con habilidad: si el proceso diplomático fracasa, él no aparecerá como el único o principal responsable. Desde un principio ha sabido lo que quería. No puede decirse lo mismo de Trump.

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La incierta cumbre entre Trump y Kim. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Trump no deja de sorprender ni al público en general ni a su propio equipo. Su impulsiva manera de actuar ha pillado hasta al mismo Kim Jon-un desconcertado. Todo empezó con insultos al hombre cohete y al gordito que terminó en una abierta invitación a un encuentro. Invitación que llega en un oportuno momento de aislamiento y acentuada crisis económica, producto de las duras sanciones que le ha impuesto Washington desde que Trump tomó posesión de la presidencia.

El presidente chino -Xi Jinping- no quiso quedarse fuera, por lo que invitó al líder coreano dos veces a su país, la primera visita muy protocolaria, trasmitida al mundo para enviar un mensaje claro de cercanía entre ambas naciones; y la segunda, mucho más discreta, de la que expertos afirman que se llevó a cabo con el propósito de que Kim sepa y entienda cuáles son las prioridades chinas y que las tenga en cuenta al momento del gran encuentro con Trump.

Después de la ambigua carta que Trump publicó el 24 de mayo, en la que cancelaba el encuentro por temor a que fuera cancelado in situ, y con ello el ridículo de tal desplante, justo ahora todo indica que el acuerdo se llevará a cabo.  Pero, ¿cómo se está organizando? ¿Y que hay detrás de todo?

4Asia tuvo acceso a una tertulia en el Centro Estratégico y de Estudios Internaciones (CSIS por sus siglas en inglés) en el que se discutió a fondo la cumbre. El experto que lideró el grupo fue Victor Cha, profesor de Georgetown y director de asuntos asiáticos en el Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca entre 2004 y 2007, además de haber participado en las conversaciones del “Grupo de los Seis”, un grupo establecido para la negociación y resolución del desarrollo nuclear de Corea del Norte, compuesto por las dos Coreas, China, Japón, Rusia y Estados Unidos. Cha, que, valga acortar, se pensó que sería el nombrado por Trump embajador en Seúl, pero quien discrepaba profundamente con el presidente sobre “la política de la nariz sangrante”, que no es más que confrontación que pueda acabar en un conflicto bélico. Discrepancia que destruyó la posibilidad de que Cha fuera enviado a Corea del Sur.

Victor Cha hizo un interesante análisis de la situación general. Primero explicó que la carta con la que Trump cancelaba la cumbre es un excelente ejemplo de cómo se maneja la Administración. Primero le llama “Excelencia” a un dictador, mientras en una demostración de soberbia le deja claro que no quiera Dios que tenga que llegar a usar el gran arsenal estadounidense en su contra. Mientras, le plantea la posibilidad de un encuentro en el futuro. Todas esas ambigüedades expresan que la carta fue redactaba por el mismo Trump, y que no pasó ninguno de los filtros de los asesores del Consejo de Seguridad.

Otro ejemplo de lo inusual de la situación es que la preparación de estos encuentros se realiza durante muchos meses, en un proceso en el que se discuten detalles como los puntos a tratar, lo que es sensible y no se puede conversar, y todo el protocolo normal que encierran las visitas o cumbres de estado. Para este encuentro, sin tiempo suficiente para organizarse, no se han afinado detalles. Y la prueba son muchos de los tweets de Trump que nos informan de detalles que por lo general no se revelan al público. Incluso el lugar, Singapur y el día, 12 de junio fueron anunciados simultáneamente, incluso antes de las predicciones.

Un elemento que fue resaltado en la tertulia es que Trump ha intentado centrar la atención en Corea del Norte, aún más después de haberse salido del acuerdo con Irán; cambiando así la atención a esta Cumbre que de por sí es una excentricidad en sí misma.

 De acuerdo con Cha, el presidente Trump debería ir a la reunión con un par de peticiones claras, la más importante es que Pyongyang renuncie a sus mísiles balísticos que son la peor amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Pero realmente los altos funcionarios de la Administración Trump no se ponen de acuerdo en el momento de abordar el tema. Cada uno dice algo distinto. Cuando la prensa les pregunta, lo que repiten es que quieren la desnuclearización de la Península coreana, pero no saben ni cómo ni cuándo.

Mientras Corea del Norte ha esperado mucho por encontrarse con un presidente estadounidense, su status internacional ha cambiado completamente, pues con este encuentro se le está situando a un nivel de iguales, lo que les beneficia mucho. Les ayuda con su orgullo nacional, que es algo fundamental para este tipo de regímenes. Todo parece indicar que están buscando una salida a la hostilidad en la que han estado tantos años, y parece que este encuentro abre esa opción.

Trump tienen una extraordinaria confianza en su capacidad negociadora para conseguir lo que quiere; a ello está se está dedicando con este encuentro. Ha dicho claramente que Kim tendrá garantizada por completo su seguridad y espera que en una conversación directa con él puedan llegar a un acuerdo que nadie ha sido capaz de alcanzar en tantas décadas.

Pero la situación es realmente compleja, pues si se llegara a acordar una especie de paz, todo cambiaría. Por un lado, Estados Unidos tendría que cambiar el status de guerra en el que está con Corea del Norte. Pyongyang pediría la salida de militares estadounidenses de Corea del Sur y de Japón, lo que es realmente complejo, ya que hay bases militares funcionando y operando 24 horas al día cada día del año. El numero de empleados es astronómico. La cantidad de ciudadanos estadounidenses residentes permanentemente en esta parte del mundo es muy considerable.

Habría que parar los ejercicios militares que regularmente se llevan a cabo; y con ello Estados Unidos perdería casi toda su influencia en esta región. (Foto: Scott Eckert)

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¿Pueden los juegos olímpicos encauzar la crisis internacional de Pyongyang? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El año comenzó con las chulerías de los dos líderes más polémicos del momento. Desde Pyongyang, Kim Jon-un le advertía al mundo de que tiene el botón nuclear en su escritorio listo para ser activado. A lo que, desde Washington, Donald Trump respondió en un tono presuntuoso de que su botón es más grande y más poderoso. Como si se tratara de un juego de niños o, más bien, de una demostración de machismo donde cada uno hace alusión al tamaño de sus atributos de poder. Lo cierto es que, a priori, dió la sensación de que la ya intricada situación iba a tornarse más tensa. Pero, en contra de todos los pronósticos, un factor externo, los Juegos Olímpicos de Pyeongchang, ha suavizado la explosiva tendencia del “gordito norcoreano” y al menos de momento, parece que ha entrado en una etapa más racional, que podría ayudar a Pyongyang a que se siente en la mesa de negociación.

Como dijo el secretario de Estado estadounidense, se podría empezar negociando que tipo de mesa, si redonda o más bien cuadrada; lo importante es comenzar por sentarse, lo que abriría una nueva fase más positiva en la estabilidad del mundo.

La invitación desde Seúl del presidente Moon a Corea del Norte a participar en los juegos olímpicos parece estar funcionando diplomáticamente, después de que tantas otras maniobras hayan fallado. Todo de acuerdo con lo que prometió en su discurso inaugural el pasado mayo, cuando dijo que trabajaría por la paz en la península coreana y afirmó que, de darse las circunstancias, visitaría Pyongyang.

Han sido estas acciones las que ha llevado a analistas a pensar que Moon está intentando retomar “la política del rayo de sol”, que estuvo vigente entre 1998 y 2008 con los gobiernos liberales, de los que, valga mencionarlo, él formó parte como asesor, y hay que reconocer que mantuvieron relaciones relativamente cordiales entre ambas Coreas.

El restablecimiento de las conversaciones de alto nivel en Panmunjom, población limítrofe, también está sobre el tapete en este momento. Suspendidas en diciembre de 2015, en julio pasado el ministro de la Defensa de Corea del Sur instó a retomarlas con el propósito de mantener la calma en la zona fronteriza altamente militarizada. Y todo esto mientras las pruebas y los misiles vuelan por los aires. Lo que es la mejor demostración de la disposición de Seúl a negociar y mantener la estabilidad en la península.

Y además se suma la suspensión de los ejercicios militares entre Estados Unidos y Corea del Sur. Foal Eagle, por su nombre en inglés, las maniobras son una combinación de fuerzas terrestres, aéreas, navales y fuerzas especiales que se llevan a cabo una vez al año, y que tan sólo en el 2017 han contado con la participación de más de 12.000 militares estadounidense y unos 10.000 coreanos del sur. En las ocho semanas de duración de los ejercicios se ponen a prueba los equipos y la capacidad de respuesta conjunta frente a una posible agresión proveniente del Norte. Por lo que su suspensión (al menos temporal) demuestra una disposición a bajar ligeramente la presión por parte de Estados Unidos, lo que podría ser una gran ayuda para conseguir persuadir a Kim Jon-un a negociar, o al menos considerarlo. Y como ha dicho el mismo Trump el día de Reyes, está abierto a hablar con líder norcoreano, a la vez que afirmaba que sería muy bueno para la humanidad encontrar una solución pacífica al conflicto.

Como afirmaban la semana pasada Robert Einhorn y Michael O´Hanlon en una publicación de Brooking, “pretender que Corea del Norte acepte una desnuclearización es irreal. Sin embargo, necesitamos un objetivo provisional manejable”, algo como un compromiso verificable de Pyongyang de congelar sus armas nucleares, que incluyan misiles de largo alcance y los materiales nucleares visibles a cambio de una concesión modesta pero real por el resto del mundo.

Obviamente no habrá conversaciones mientras los misiles sigan sobrevolando los mares y las naciones vecinas. De andarse este camino, una vez terminados los juegos olímpicos se podría tener el terreno arado y listo para sembrar una posible fructífera negociación.

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Corea del Norte, ¿la guerra que viene? Julio Trujillo

Al margen de la elegancia o la zafiedad de los discursos, Obama y Trump han renunciado al necesario liderazgo.

 

En el aniversario de 4Asia y en plena escalada de tensión en la península coreana, provocada por el lanzamiento de un misil más, este con notorias mejoras en sus capacidades, por parte de Corea del Norte, nos reunimos la semana pasada para debatir la situación. Alrededor de varios expertos, entre ellos colaboradores de la página, sostuvimos un intercambio de ideas y de análisis al que asistieron, y en el que intervinieron, lectores, diplomáticos y periodistas.

Tres ideas parecieron presidir la reunión: Corea del Norte está mejorando rápidamente su capacidad ofensiva y nuclear, aunque todavía no parece haber resuelto cómo introducir una carga nuclear del tamaño adecuado en la cabeza de los proyectiles que ya tiene; Trump y Obama, gritos y gestos aparte, se parecen más de lo que les gustaría en la renuncia a ejercer un liderazgo efectivo de Estados Unidos y querer replegarse hacia políticas más de consumo interno, y Kim Jonun no está loco sino que, con su propia lógica, está desplegando una estrategia en el filo de la navaja destinada a que se le admita en la mesa de las grandes potencias nucleares para negociar allí la supervivencia del régimen y mejoras económicas.

Vicente Garrido, miembro del Comité Asesor Personal sobre Asuntos de Desarme del secretario general de la ONU, explicó cómo Pyongyang viene desarrollando desde los años 90, ante cierta pasividad mezclada con incredulidad, una poderosa industria militar, tanto de misiles como de capacidad nuclear. Este desarrollo, con la menos conocida ayuda de Pakistán y la colaboración indirecta de las ayudas económicas chinas ha venido creciendo y, desde hace una década, se ha convertida en una poderosa maquinaria de extorsión a Occidente. La situación de hoy es el resultado de esta estrategia.

Pero Estados Unidos no ha sabido hacer frente a esta situación cambiante, recordó Florentino Portero, director del Instituto de Política Internacional de la Universidad Francisco de Vitoria, de Madrid. En un marco heredado de la II Guerra Mundial, explicó, el escenario del Pacífico ha visto cómo se desarrolla, en su opinión, un cambio paradigmático, en el que las fuerzas que han marcado en las últimas décadas los ejes del desarrollo, las élites universitarias estadounidenses, han visto declinar su influencia hacia los impulsores del desarrollo de biotecnologías, nuevas élites y nuevos caladeros de creación de inteligencia. Esto ha hecho cambiar el panorama asiático, China ha comenzado a ocupar un lugar y Estados Unidos, “donde si dejamos aparte la forma amable y cuidadosa de los discursos de Obama y el griterío zafio de Trump, podemos observar que, en el fondo, tienen la mima política de abstenerse de definir un nuevo liderazgo”. Así, dijo, se asiste al curioso espectáculo de ver a Estados Unidos replegándose y defendiendo el proteccionismo frente a una China, oficialmente comunista y autoritaria en su gestión, intentar aparecer como campeona del libre comercio internacional.

En ese marco se desarrolla la crisis con Corea del Norte, que quiere ingresar en el club nuclear y negociar desde esa posición. Todos coincidieron en señalar que China no quiere una situación de tensión extrema pero no va a ayudar a hundir a Corea del Norte, lo que situaría fuerzas norteamericanas y de la actual Corea del Sur en su frontera oriental. Esos son los límites de Pekín.

Miguel Ors, en su ponencia, describió la importancia de la estupidez en los conflictos mundiales y recordó que un error, técnico o mental, puede desencadenar un conflicto, como explica en esta página en un resumen de su ponencia. Y Nieves C. Pérez, la mujer de 4Asia en Washington, describió por qué Trump no es el líder que necesita Occidente, aunque si lo es para gran parte de la sociedad que dirige, en una ponencia muy pedagógica que se publica resumida en 4Asia.

Fue el primer acto de 4Asia que cumplió las expectativas de convocatoria y que inaugurará una serie de debates ante nuestros lectores y seguidores.

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¿Puede Kim Jong-un controlar sus bombas? Miguel Ors Villarejo

El pasado 29 de agosto un misil norcoreano se hundió en el Pacífico siete minutos después de sobrevolar el archipiélago de Hokkaido. Si hubiera habido cualquier problema, sus restos se habrían desparramado sobre alguna ciudad japonesa. De hecho, algunas fuentes sostienen que el fallo se produjo y que el cohete estalló en el aire, aunque por fortuna ya se encontraba en alta mar.

Al parecer, estos incidentes estructurales son relativamente frecuentes en los ensayos de Kim Jong-un, lo que, por una parte, resulta tranquilizador, porque revela que su capacidad nuclear dista mucho de estar a punto.

Pero, por otra parte, si uno se para a pensarlo un poco, suscita una duda igualmente inquietante. ¿Sabe este tío lo que se trae entre manos?

Nos han educado en la creencia de que la peor amenaza que pesa sobre el futuro de la humanidad es la acción del mal, pero a mí me inspira también mucho respeto la incompetencia. El papel de la chapuza en la historia no ha sido debidamente apreciado. Las conspiraciones están sobrevaloradas. Tendemos a ver complots detrás de cada acontecimiento extraordinario, de cada atentado, de cada crisis. El asesinato de Carrero Blanco, por ejemplo, tuvo lugar a una manzana de la embajada de Estados Unidos en Madrid. ¿Cómo podía la CIA no estar al corriente? O la Gran Recesión. ¿De verdad que a los banqueros, con lo imaginativos que son para cobrarnos por cualquier concepto, no se les ocurrió que las subprime podían colapsar?

Estas son cosas que la gente se pregunta y yo no digo que no hubiera una mano negra detrás de esos sucesos, pero no lo creo sinceramente. Y no lo creo porque las conspiraciones exigen un grado de planificación y coordinación que está al alcance de muy pocas organizaciones, por no decir ninguna.

La chapuza, por el contrario, es universal y omnipresente. En todas las empresas del planeta hay un ñapas que se baja a fumar cuando tenía que estar mirando el manómetro o que recibe un correo con un archivo ejecutable y lo abre para ver si ha heredado 60.000 euros de un pariente nigeriano del que no había oído hablar hasta ese instante.

La historia del progreso es una lucha titánica y desigual contra la chapuza. El mundo está lleno de incompetentes. No sé si habrán oído hablar del Not-Terribly-Good Club, algo así como el Club No Tan Fantástico, de Gran Bretaña. Lo fundó en 1976 un tal Stephen Pile. Para ser socio había que cumplir un único requisito: ser un piernas, un patán, un inútil. Las reuniones consistían en exhibiciones de torpeza en cualquier ámbito: la conversación, la cocina, el arte…

¿Y saben cómo acabó? Es muy significativo.

Stephen Pile decidió redactar El libro inacabado de los fracasos, un catálogo de la sandez que incluía la historia del peor turista (un sujeto que pasó dos días en Nueva York creyendo que era Roma) y del crucigramista más lento (34 años para completar uno)”. Por desgracia, la obra fue un bestseller, es decir, un fracaso como fracaso, y Pile fue invitado a abandonar el Club No Tan Fantástico, que, por otra parte, había recibido tal avalancha de solicitudes de ingreso que se hallaba en clara contravención de su objeto social de ensalzar la ineptitud y no tuvo más remedio que disolverse.

O sea, hay tantos idiotas repartidos por el planeta que, cuando los juntas, se aplastan entre ellos.

Pero peor todavía que la cantidad de idiotas es su modus operandi. El macroeconomista Carlo Maria Cipolla teorizó en un ensayo de 1988 titulado Allegro ma non troppo que “la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe”. Su razonamiento es el siguiente. “El resultado de la acción de un malvado”, dice, “supone simplemente una transferencia de riqueza”. Cuando un ladrón le roba la cartera a su víctima, el dinero se limita a cambiar de manos y la sociedad en su conjunto no pierde ni gana.

Pero el estúpido ocasiona pérdidas sin obtener beneficio alguno. El estúpido no roba el dinero. Lo pierde, lo entierra en un sitio que luego no recuerda, lo arroja en una estufa encendida inadvertidamente y, por tanto, toda la sociedad se empobrece.

Cipolla atribuía la caída de Roma a una sobreabundancia de idiotas durante el Bajo Imperio y estaba convencido de que Occidente correría la misma suerte.

Esta predicción apocalíptica no se ha cumplido, sin embargo. ¿Por qué?

Es posible que la naturaleza haya desarrollado sus propios antídotos contra la estupidez. La web darwinawards.com recopila noticias sobre quienes “mejoran nuestra carga genética quitándose de en medio”, y no son pocas: el líder de una secta cristiana que murió tras resbalar sobre una pastilla de jabón mientras intentaba caminar sobre las aguas como Jesús, el camionero danés que se estrelló cuando daba caza a un pokemon, el contrabandista ucraniano que pretendía pasar material radioactivo por la frontera húngara pegándoselo al cuerpo con cinta aislante…

La naturaleza es sabia y, cuando la estupidez alcanza determinadas cotas, se autorregula destruyendo a su huésped.

Esta selección natural nos ha podido librar hasta ahora de la acción corrosiva de la chapuza, pero a medida que aumenta la complejidad de nuestros sistemas, también lo hace el daño potencial que puede infligirnos. Un incompetente provisto de un martillo es una amenaza manejable, pero la cosa cambia cuando le das una sierra mecánica, y no digamos ya si lo que tiene que gestionar es un arsenal nuclear.

Los camiones militares, los carros de combate, incluso los aviones de caza son maquinarias de guerra rudimentarias comparadas con los misiles atómicos. No solo son complejos y caros de desarrollar, sino peligrosos de almacenar y de usar. La historia de la Guerra Fría está alfombrada de accidentes, denominados en la jerga militar “flechas rotas”, como el que tuvo lugar en Arkansas en 1980, cuando a un operario se le cayó un enchufe con tan mala fortuna que perforó el tanque de combustible de un Titán y lo hizo estallar dentro del silo.

Michael Auslin, un experto en Asia contemporánea del Instituto Hoover de la Universidad de Stanford, calcula que entre 1950 y 1980 se registraron 32 de estas “flechas rotas”. La mayoría eran accidentes de aviación que acabaron con varias ojivas nucleares diseminadas por distintos puntos del planeta, como la playa de Quitapellejos en Palomares, Almería.

De momento, Corea del Norte no dispone de escuadrones de bombarderos, que son los más proclives a los incidentes, y aunque su tecnología es embrionaria, resulta improbable que el incendio del carburante de un cohete, que es el eslabón más débil de la cadena de mantenimiento, provoque la detonación de la carga atómica.

Pero si una sociedad democrática y transparente como la estadounidense, donde se abre una investigación exhaustiva cada vez que algo no funciona como es debido, no ha logrado erradicar los fallos, ¿qué cabe esperar del paranoico régimen norcoreano, donde cualquier error se considera un sabotaje del oficial al cargo? ¿Quién va a ser el guapo que le confiese a Kim Jong-un que tiene un problema con una bomba?

Y más peliagudo aún que la preservación del arsenal es el asunto de su uso. Cualquier protocolo nuclear consiste en un delicado equilibrio. Por un lado, hay que habilitar filtros para impedir que un gobernante active el lanzamiento en un momento de calentón, pero, por otro, todo el proceso debe ser lo suficientemente ágil como para que las armas estén listas cuando se las necesita.

En Estados Unidos está todo muy detallado. El presidente viaja siempre con un maletín nuclear en el que lleva una relación de vectores y posibles blancos, un manual con diferentes alternativas en función de las circunstancias y el libro de códigos. ¿Existe algo parecido en Corea del Norte? No tenemos ni idea.

¿Y de quién es la última palabra? No parece muy propio de Kim Jong-un confiar a un subordinado la decisión de responder a un ataque, pero alguien le habrá explicado que, si solo una persona puede pulsar el botón rojo, bastará con acabar con ella para neutralizar toda la capacidad nuclear del país. Así que seguramente haya varios oficiales autorizados a responder en caso de ataque, pero ¿qué harán si deben tomar decisiones de forma autónoma? La velocidad a la que viaja un bombardero estratégico no deja mucho margen para las consultas. Puede ser cuestión de minutos o incluso segundos.

Es una situación que conocemos bien por la Guerra Fría. Yo no sé si han oído hablar del llamado incidente del equinoccio de otoño. En la madrugada del 26 de septiembre de 1983, la red soviética de alerta temprana informó de que cinco misiles se dirigían hacia ellos desde Estados Unidos. Las relaciones entre Washington y Moscú atravesaban entonces momentos de enorme tensión. Tres semanas antes, las fuerzas soviéticas habían derribado un avión de pasajeros, el vuelo 007 de Korean Air, sobre la isla de Sajalín, matando a las 269 personas que viajaban a bordo, entre ellas varios estadounidenses. El Kremlin esperaba represalias y, en caso de producirse, había dado instrucciones a sus comandantes de que respondieran con un contraataque masivo, de conformidad con lo previsto por la doctrina de destrucción mutua asegurada.

El teniente coronel Stanislav Petrov era el oficial que coordinaba aquel 26 de septiembre de 1983 la defensa aeroespacial de la URSS. Los satélites habían localizado el lanzamiento en Montana, de modo que Petrov disponía de 20 minutos antes de activar la réplica, pero le extrañó que la agresión involucrara apenas cinco misiles. “Nadie empieza una guerra atómica con cinco misiles”, pensó. Lo lógico sería un diluvio de cientos de ellos, para anular cualquier reacción. Además, la alerta de los satélites no fue confirmada por los radares, de modo que decidió esperar.

Debió de ser un cuarto de hora interminable, pero tenía razón. Posteriormente se comprobó que el falso positivo se debía a una rara alineación del sol y las nubes, que había generado unas señales térmicas similares a las producidas por los cohetes. Petrov no podía saberlo en aquel instante, pero dudó y eso libró al mundo de la hecatombe.

Aunque la URSS de los 80 seguía siendo un régimen comunista, confería cierta autonomía a sus comandantes. Pero el régimen de Pyongyang es estaliniano y no es difícil imaginar al equivalente norcoreano de Petrov temblando delante de sus pantallas mientras decide si prefiere morir rápidamente desintegrado por un misil americano o algo más lentamente desmembrado por el Querido Líder.

En resumidas cuentas, las posibilidades de que algo salga mal son innumerables y, después de repasarlas, Michael Auslin llega a la paradójica conclusión de que hay que echar una mano a Corea del Norte. ¿Cómo?

Primero, estableciendo una línea de comunicación directa, un teléfono rojo como el que existía entre Washington y Moscú, para deshacer posibles malentendidos.

Y segundo, enseñando a Pyongyang cómo mantener de forma segura unos misiles destinados a vitrificar Nueva York o Washington.

Puede parecer una chapuza de solución, pero es que el mundo es así.

Espiral

¿Pero qué pasa con el mundo? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- En los últimos días parece que se han soltado a los jinetes del apocalipsis. Por un lado los tremendos huracanes que han golpeado sin piedad a las islas del Caribe, las costas de Florida y los múltiples terremotos que han azotado a México; por otro el presidente Trump que aparece en el foro internacional que ha mantenido la paz relativa en el planeta durante más de medio siglo afirmando sin ninguna delicadeza que su prioridad es y será América primero, dejando por el suelo la esencia de Naciones Unidas y menospreciando su trayectoria y los logros en la estabilidad del mundo. Y, por si fuera poco, rematando su discurso con la amenaza de la destrucción total de Corea del Norte.

Si el discurso de Trump sorprende, la respuesta a éste tampoco deja a nadie inadvertido. Kim Jong-un afirma que “domará con fuego al viejo chiocho estadounidense mentalmente desquiciado”. Lo que en otras palabras viene a ser lanzamiento de más misiles, que si además tomamos las declaraciones hechas por el ministro de exteriores norcoreano se podría deducir que se están refiriendo a probar la bomba nuclear más potente sobre el Pacífico, lo que podría tener consecuencias fatales para la zona y los aliados estadounidenses en la región. Pero, además, Pyongyang podría estar intentando replicar lo que hizo China en la década de los 60 para demostrar su capacidad nuclear con una detonación atmosférica de un arma atómica, lo que le otorgó a China el reconocimiento de un estado nuclear.

La nueva dinámica de la diplomacia estadounidense es inédita. Mientras el presidente no modera su vocabulario con el uso de “hombre cohete” u “hombre loco” para definir a Kim Jong-un, bien sea en su cuenta de twitter o en sus discursos; el secretario de Estado Tillerson intenta normalizar la situación a través de reuniones privadas. Mientras, Nikki Haley, embajadora estadounidense ante la ONU, aumenta su zona de influencia en la diplomacia internacional y con un tono más regio ha ido dando pasos importantes, como las ultimas sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad en contra de Corea del Norte, las más severas hasta ahora, que otra vez contaron con el apoyo de China y Rusia.

Este paquete de sanciones prohíbe una serie de exportaciones norcoreanas, incluido textiles, carbón y mariscos, lo cual tiene el objetivo de eliminar un tercio de los ingresos por exportaciones del país. Las estimaciones indican que Corea del Norte exporta alrededor de 3.000 millones dólares en bienes cada año, y que las sanciones podrían eliminar 1.000 millones de dólares de ese comercio. Además, limita a 500.000 barriles de derivados del petróleo a partir de octubre y hasta 2 millones de barriles al año, de acuerdo a documentos oficiales de Naciones Unidas.

En lo que hay unanimidad es en el inminente peligro de Corea del Norte y sus juegos nucleares, que con cada prueba afina su capacidad atómica. Finalmente, las grandes potencias están alineadas para castigar el arbitrario comportamiento de Pyongyang y vigilar si el compromiso de China es total. Por primera vez, Kim Jung-un podría encontrarse en una situación de aislamiento absoluto y sin proveedor que satisfaga sus necesidades.

La paciencia parece agotarse en este lado del planeta. La noche del sábado sobrevolaron la zona desmilitarizada entre las dos Coreas bombarderos estadounidenses, otro aviso de Washington a Pyongyang, que de acuerdo al Pentágono “es un claro mensaje de que el presidente tiene muchas opciones militares para derrotar cualquier amenaza”. En pocas palabras, que están listos para atacar.

Padrino

La diplomacia de Santino Corleone. Miguel Ors Villarejo

Imaginen que la península de Corea es un gigantesco patio de colegio. El matón Kim se la tiene jurada a su compañero Moon, pero no puede hacer nada porque hay un vigilante americano que no le quita el ojo. “Ya verás cuando ese se vaya”, le farfulla Kim a Moon cada vez que se cruzan. Y se rebana el cuello con el índice mientras sonríe siniestramente.

Durante años, la presencia del vigilante americano ha mantenido a raya a Kim. Pero en noviembre llegó Trump con la intención de poner a “América primero”, el lema coreado en los años 40 por quienes propugnaban la neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial. Trump ha reiterado varias veces que no es aislacionista, pero el hecho de que se haya visto obligado a precisarlo revela que muchos lo creen, entre otros Kim. Y para salir de dudas, nada como poner a prueba al nuevo vigilante con unos misiles.

Naturalmente, la aceleración de los lanzamientos norcoreanos no es enteramente imputable a Trump. Responde en parte a motivos internos (Kim necesita apaciguar a los halcones de su pandilla) y técnicos (se siente legítimamente orgulloso del progreso de su arsenal y lo celebra, literalmente, tirando cohetes). Pero los ensayos tienen también el claro propósito de explotar la división de sus rivales, una división en la que nadie había reparado hasta que Trump abrió la boca.

Hay una escena memorable en El Padrino. Virgil Sollozzo, alias el Turco, acaba de hacer una lucrativa oferta a don Vito: el 50% de su negocio de drogas a cambio de dos millones de dólares y de la protección de los jueces y senadores de los Corleone. El Don la ha rechazado, pero de pronto su hijo Santino comete el “error imperdonable” de desvelar que no está del todo de acuerdo. El Padrino le dirige una mirada glacial y, una vez levantada la reunión, le reprende vivamente irritado:

“Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la familia sepan lo que realmente piensas”. Y añade: “Me parece que el sucio asunto que tienes con esa joven [una dama de honor de su hermana] te ha reblandecido el cerebro. Déjate de amoríos y ocúpate de los negocios”.

Es un reproche que podría dirigirse casi letra por letra a Trump. Sus inoportunos comentarios han puesto de manifiesto una fisura en el hasta hoy monolítico compromiso estadounidense de defender a Corea del Sur y Japón. En su descargo hay que señalar que ha rectificado, amenazando a Pyongyang con un despliegue de “fuego y furia”. Pero también el Padrino moviliza de inmediato a Luca Brasi, que es algo así como la Séptima Flota de los Corleone, y no logra evitar el baño de sangre.

Es difícil saber qué habría pasado si Trump se hubiera mantenido calladito, pero del mismo modo que el desliz de Santino precipita una serie de catastróficas desdichas, hablar como si uno estuviera en un bar cuando se es presidente de los Estados Unidos es una temeridad cuyas consecuencias pueden ir bastante más allá de una riña de patio de colegio.