El asombroso líder menguante. Miguel Ors.

(Foto: Woodrow Village, Flickr) Los republicanos están encantados con Donald Trump. Hace un año, cuando la era de Barack Obama tocaba a su fin, el 70% creía que el mundo respetaba cada vez menos a Estados Unidos. El último sondeo de Pew Research revela que esa proporción se ha reducido al 42%. Los demócratas discrepan: los que piensan que el mundo respeta menos a Estados Unidos han pasado en el último año del 58% al 87%.

¿Y qué opina el mundo? Discrepa, como los demócratas. En Occidente, los niveles de aceptación de Trump son peores que los de George W. Bush cuando invadió Irak. Solo hay dos países cuya población se fía más de él que de Obama: Israel y Rusia.

“Es posible que los republicanos estén simplemente desconectados de la realidad”, reflexiona The Economist. “Otra opción, sin embargo, es que prefieran ser temidos que amados”. Se trata de una conocida recomendación de Maquiavelo. “Es más seguro”, argumentaba el pensador florentino, porque el miedo es una emoción que el príncipe puede inspirar a voluntad y de forma casi ilimitada, mientras que el afecto es un vínculo que no depende enteramente de él y que “los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que les conviene”.

Esta lógica funciona muy bien en determinados ámbitos. Por ejemplo, si eres la primera economía del planeta y debes cerrar un acuerdo agrícola con Ecuador, es más fácil salirte con la tuya negociando mano a mano que en el seno de la Organización Mundial del Comercio. Por eso Trump reniega de los tratados multilaterales, cuyas reglas constriñen absurdamente sus movimientos como los liliputienses a Gulliver.

Siendo esto tan obvio, ¿cómo es que Washington ha liderado la creación de un entramado institucional que somete las disputas a la fuerza de la razón (que no siempre tiene) y no a la razón de la fuerza (que le favorece claramente)? Porque la intimidación tiene un recorrido limitado. Lo estamos viendo en Oriente Próximo y en Asia. No es que el Pentágono no pueda torcerle el brazo a Irán o Corea del Norte; es que es incapaz de ganarles una guerra a los zarrapastrosos de los talibanes.

Mantener la estabilidad que ha permitido al planeta alcanzar niveles de bienestar desconocidos en la historia de la humanidad requiere la cooperación del resto de la comunidad de naciones, y ¿quién va a sumarse al proyecto de un déspota que antepone sus intereses a cualquier otra consideración? La inmensa mayoría de los Gobiernos se alinean hoy con la Casa Blanca porque desconfían de Putin o de Xi Jinping. Pero si al final no va a haber diferencia entre la una y los otros, Trump se va a encontrar bastante aislado.

Muchos republicanos disfrutan cuando su presidente aparta de un manotazo al primer ministro de Montenegro para quedar en el centro de la fotografía. Creen que así recuperan el lugar que les corresponde en el concierto internacional, pero solo socavan un poco más un poder blando que echarán de menos en el futuro. “Esta es la paradoja de Trump”, escribe Richard Wolffe en The Guardian: “cuanto más intenta afianzar el liderazgo de Estados Unidos, menos liderazgo ejerce”.

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