Entradas

Biden cambia el paso con Corea del Norte

El presidente Biden ha decidido cambiar el paso en las relaciones de Estados Unidos con Corea del Norte y situarse entre el objetivo de Donald Trump de lograr “un acuerdo histórico” y la vía de “la paciencia estratégica” defendida por Obama y su equipo del que Biden era un destacado componente. En la entrevista sostenida por el presidente norteamericano y el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, en la tercera semana de mayo, Biden subrayó, además de su voluntad de reforzar los lazos con su aliado coreano, su convicción de que avanzar hacia una desnuclearización del régimen comunista del norte es prácticamente inalcanzable.

Con ese análisis ha despejado la incógnita de un próximo encuentro  con  el dictador norcoreano, Kim Jong-un, para lo que señala que sería necesario previamente un compromiso de desnuclearización por parte de Pyongyang. Para Kim, la amenaza nuclear ha sido la palanca que le ha permitido afianzar su protagonismo, hablar directamente con Trump, e influir en la geopolítica del Pacífico, donde un Trump errático, entre amenazador y tendente a replegarse, ha hecho dudar a sus aliados tradicionales. Y, desde esa perspectiva no parece que vaya a asumir compromisos previos para situarse en un nivel, entrevistarse con un presidente norteamericano, en el que ya ha estado sin condiciones previas.

Pero como eso lo saben Biden y su equipo, lo más probable es que detrás de su planteamiento está solo una maniobra para ganar tiempo y ver los próximos acontecimientos en la región, con China en papel cada vez más agresivo, mientras se refuerzan los lazos con los aliados históricos de Washington.

Es evidente que para avanzar por esta senda, Biden necesita el apoyo completo de Japón y Corea del Sur y por eso Biden ha privilegiado con esos países sus primeros contactos y sus anuncios sobre cómo afrontar la tensión en la península coreana. Y en este escenario, aunque el acuerdo es amplio no hay coincidencia total de intereses. Al presidente surcoreano le queda menos de un año como jefe de Estado y ha centrado su gestión en mejorar las relaciones con Pyongyang y recientemente reiteró su compromiso de lograr la paz antes de dejar el poder, lo que implicaría cierta urgencia en alcanzar resultados. Desde Japón, por su parte, se ven las cosas con más tranquilidad y su prioridad es obtener más certidumbre respecto a los compromisos norteamericanos respecto a la seguridad en la región y frente a los desafíos chinos en las aguas que China y Japón se disputan.

Las piruetas de Kim Jong-un y la mirada de Pekín

Corea del Norte no pasa por un buen momento interno. Esta es una constante en Las últimas décadas, pero ahora se tienen algunos datos más de la valoración que el presidente Kim hace a sus colaboradores y dirigentes del partido único, el comunista. Kim Jong-un reconoció el 6 de abril que el país se enfrentaba a la “peor situación de su historia” durante la reunión de los secretarios del Partido de los Trabajadores en la capital, Pyongyang, e instó a los miembros a llevar a cabo un nuevo período de cinco años. Señalan los expertos en asuntos coreanos que  Kim Jong-un, el 9 de abril, pidió al país que se preparara para otra “marcha ardua”, lo que, afirman, es frase comúnmente utilizada para describir la lucha del país contra el hambre en la década de 1990. EE. UU., Corea del Sur y Japón han analizado esta situación en una reunión de alto nivel en la que, además, discutieron la cooperación para abordar los programas nucleares y de misiles balísticos de Corea del Norte; en una declaración conjunta reafirmó la “cooperación trilateral concertada hacia la desnuclearización”, y acordó la necesidad de la plena implementación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Corea del Norte.

Este es el marco en el que la Administración Biden está reforzando la alianza con sus aliados tradicionales en Asia Pacífico lo que incluye como objetivo reforzar las alertas sobre el desarrollo militar, concretamente naval, de China y su creciente presencia en áreas de disputa con Japón, de intimidación a Taiwán y de intento de controlar rutas de comercio internacional.  Y, en este escenario, la crisis galopante de Corea del Norte puede alterar muchas cosas, porque el presidente Kim puede tener la tentación de aumentar la presión con sus misiles y bravatas para obtener compensaciones internacionales, reducir las sanciones o, al menos, que se alivie la presión sobre su régimen tiránico.

Para China, su aliado coreano es a veces incómodo, porque Pekín tiene su agenta y su estrategia propia a largo plazo y los gestos provocadores de Corea del Norte a veces rompen el ritmo y alteran al panorama. China presiona con frecuencia a los comunistas coreanos pero no se arriesga a ir muy lejos y que sea Occidente, concretamente EEUU y sus aliados asiáticos los que avancen en aquel espacio estratégico. Este precario equilibrio pone alta la tensión regional que pone pies de plomo en la estrategia china medida paso a paso por Pekín en su larga marcha para lo que denominan recuperar Taiwán e imponer una hegemonía irreversible china en toda la región.

INTERREGNUM: Baile de alianzas. Fernando Delage

En su encuentro en Mamallapuram, al sur de India, en octubre de 2019, el presidente chino, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, declararon su intención de elevar las relaciones mutuas a un nuevo nivel en 2020, año en que se conmemoran 70 años de establecimiento de relaciones diplomáticas. Lejos de reforzarse la cooperación entre ambos, las últimas semanas han puesto de relieve, por el contrario, una creciente rivalidad entre China e India. Las tensiones que se han producido en la frontera desde el mes de mayo condujeron al choque del 15 de junio en el valle de Galwan, en el que murieron al menos 20 soldados indios, junto a un número aún desconocido de militares chinos. Aunque cada uno culpa al otro de los hechos, lo relevante es que se acentúa la competición entre los dos Estados vecinos, con innegables implicaciones para la geopolítica regional.

Durante las dos últimas décadas, Pekín y Delhi se han esforzado por estrechar sus relaciones. Los intercambios económicos han crecido de manera notable (China es el segundo mayor socio comercial de India, país en el que ha invertido más de 26.000 millones de dólares), y los dos gobiernos han colaborado en la creación de instituciones multilaterales como los BRICS o el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Nada de ello ha servido, sin embargo, para minimizar las disputas fronterizas, el problema de Tíbet, o la percepción de vulnerabilidad de Delhi, que ha visto en los últimos años cómo Pekín ha profundizado en su relación con Pakistán y aumentado su presencia en otras naciones de Asia meridional. Por su parte, Pekín no ha logrado evitar un mayor acercamiento de India a Estados Unidos, así como a Japón, Australia y distintos países del sureste asiático, en lo que interpreta como una potencial alianza formada para equilibrar a la República Popular.

Los incidentes del 15 de junio pueden suponer por todo ello un punto de inflexión en la relación bilateral, al crear un consenso—tanto entre las autoridades como en la sociedad indias—a favor de una posición más firme con respecto a China. Si por un lado resulta previsible que Delhi opte por una mejora de sus capacidades militares y por el desarrollo de infraestructuras en su frontera septentrional, por otro se alineará con Estados Unidos en mayor grado a como lo ha hecho hasta ahora, y mostrará menos reservas a su participación en el Diálogo Cuatrilateral de Seguridad (Quad), con Tokio y Canberra, además de Washington. Por resumir, Estados Unidos logrará el objetivo perseguido desde la administración Bush en 2005 de hacer de India el socio continental de referencia en Asia frente al ascenso de China. Aunque no llegue a convertirse en una alianza formal, ni desaparezcan del todo las dudas en la comunidad estratégica india al respecto, Washington adquirirá una mayor proyección en una subregión asiática en la que tenía menor peso pero que ha adquirido creciente relevancia como consecuencia de los intereses geopolíticos y geoeconómicos en juego en las líneas marítimas que cruzan el océano Índico.

La paradoja es que si China está causando un resultado contrario a sus objetivos—el fortalecimiento de la asociación estratégica entre Estados Unidos e India—en el subcontinente, en el noreste asiático está logrando—con la ayuda de Pyongyang—lo que persigue desde hace años: el debilitamiento de las alianzas de Washington. No está en riesgo la relación con Japón, pese a la incertidumbre de este último sobre la política de Trump, pero—según parece—sí los vínculos con Corea del Sur.

Es sabido que, en sus intentos de conseguir un acuerdo con el líder norcoreano, Kim Jong-un, Trump ha hecho un considerable daño a las relaciones con Seúl.  Mientras Corea del Norte no sólo no ha renunciado a su programa nuclear y de misiles, sino que lo continúa desarrollando, la alianza con el Sur—uno de los pilares de la estrategia norteamericana en Asia desde la década de los cincuenta—podría desaparecer si Trump ganara las elecciones presidenciales de noviembre. Así parece desprenderse de las revelaciones hechas por el ex asesor de seguridad nacional, John Bolton, en sus recién publicadas memorias sobre su etapa en la Casa Blanca. Según revela Bolton, Trump no cree en esta alianza aun cuando desconoce su historia y las razones de la presencia norteamericana en la península.

No debe sorprender que los surcoreanos se cuestionen el mantenimiento de este pacto, justamente cuando las relaciones con el Norte se acercan a una nueva crisis, después de que Pyongyang destruyera el mes pasado la sede de la oficina de asuntos intercoreanos en Kaesong.  Las provocaciones de Kim van en buena parte dirigidas a que Seúl rompa con Washington y conseguir de esa manera aliviar las sanciones. Aunque lo previsible es que la alianza se mantenga, la confianza se ha roto y, con ella, uno de los elementos tradicionales de la estabilidad asiática.

La alianza Washington –Seúl. Nieves C. Pérez Rodríguez

La marca de los setenta años de la guerra de Corea y la separación de la península en dos estados también incluye la conmemoración de la alianza de Seúl y Washington que, así como nació con un propósito en su momento, ha conseguido mantenerse viva y muy activa a pesar del tiempo que ha pasado.  

Para analizar la situación actual de esta alianza se celebró el “Fórum estratégico de la República de Corea y Estados Unidos” que anualmente organiza la Fundación de Corea en Seúl y el think thank CSIS en Washington. En esta ocasión, debido al COVID-19, se hizo en dos días de manera digital, en la que participaron panelistas y autoridades de ambos lados del Pacífico.

La ex embajadora estadounidense Kathleen Stephens remarcó que en la primera etapa de la alianza no había muchos puntos comunes entre ambos países, pero que según esa alianza fue creciendo, también fueron creciendo las semejanzas, y, por ejemplo, los valores democráticos fueron adquiriendo cada vez más importancia en Corea del Sur, por lo que la alianza pudo cómodamente seguir fortaleciéndose.

El Dr. Intaek Han, del Instituto Jeju para la paz, acotó que la alianza proporciona más que seguridad y la garantía de esa seguridad. Desde el momento que los estadounidenses llegaron para rescatar a los surcoreanos durante la guerra, Corea del sur sufrió una gran transformación y pasó de ser uno de los países más pobres en el mundo a uno de los más prósperos económicamente con una democracia vibrante. Por lo que es claro que la alianza ha sido muy beneficiosa, pero también lo ha sido para Estados Unidos “porque ahora compartimos los mismos valores y visiones”. Pero es el momento en los que hay que comenzar a hacer cambios del futuro de alianza, frente a un riesgo nuclear en Corea del Norte.

La Dr. Sue Mi Terry, ex miembro CIA y ex consejera de seguridad nacional, explicaba la complejidad del caso de Corea para las administraciones estadounidenses. “Han pasado 4 presidentes por la Casa Blanca, y transcurrido 3 décadas en las que la Corea del Norte ha ido desarrollando su carrera nuclear a pesar de la gran presión, lo que prueba lo difícil de la situación”. La última provocación, hacer estallar la oficina de asuntos coreanos es la muestra de la insatisfacción de Pyongyang con el presidente Moon. Esto es parte de una gran estrategia; Corea del Norte está presionando a Seúl para que rompa su acuerdo con Washington, por lo que el gobierno de Moon podría hacer concesiones o mediar para el levantamiento de algunas sanciones.

Kim Jong-un lo dijo en Hanoi claro, su objetivo es el levantamiento de sanciones, lo necesitan. Pero ahora más que antes debido a la pandemia, ya que su situación económica tiene que ser mucho peor que antes.

Oportunamente, el régimen norcoreano anunciaba la semana pasada que suspendían las acciones militares, lo que es un movimiento táctico fríamente estudiado. Ahora Kim Jong-un es el moderado y más diplomático, mientras su hermana Kim Yo-jong es quien hace los anuncios como los de la explosión de la oficina, o usa los adjetivos ofensivos típicos de la propaganda norcoreana.

Una vez más, el régimen está jugando su juego, presionando pero sin señalar a ningún líder directamente, porque en el fondo seguro que Pyongyang guarda la esperanza de que Trump tenga alguna concesión en los últimos meses antes de las elecciones. Pero en medio de su necesidad interna muestra su rabia a Corea del Sur, que son lo que más han apostado por esa relación.

David Helvey, asistente del Secretario de Defensa estadounidense para los asuntos de seguridad nacional del indo-pacífico, acotó que si algo han enseñado estos 70 años de relación es que Corea del Norte es un adversario adaptable a las circunstancias y que debido a esa adaptabilidad es clave que la alianza entre Seúl y Washington sea también adaptable no sólo para que pueda continuar, sino que pueda adelantarse a predecir los riesgos que presenta Corea del Norte. Aprovechó el momento para reafirmar el compromiso de Washington con Seúl más allá de lo militar mientras remarcó la necesidad de que Seúl y Tokio se acerquen, pues es clave para la estabilidad de la región.

INTERREGNUM: Corea, 70 años después. Fernando Delage

El 16 de junio, cumpliendo órdenes directas de la hermana del líder norcoreano, Kim Yo-jong, en su capacidad como alto cargo del Comité Central del Partido de los Trabajadores, se demolió la oficina de asuntos intercoreanos en la zona especial de Kaesong. Pyongyang respondió así al lanzamiento de globos con propaganda contra Corea del Norte en localidades cercanas a la Zona Desmilitarizada (ZD). Es el tipo de provocación que suele acompañar a los procesos de sucesión en el régimen, por lo que no pocos observadores creen que puede tratarse de una maniobra para reforzar la credibilidad como líder de Kim Yo-jong en el caso de incapacidad o muerte de Kim Jong-un.

Pero las implicaciones, naturalmente, no son solo internas. Es un gesto con el que Pyongyang parece querer poner fin al acuerdo que firmó con Seúl en 2018, y restaurar una presencia militar en el complejo industrial de Kaesong y en la zona turística del monte Geumgang, donde se permitió el reencuentro de familias separadas por la frontera.  Corea del Norte no sólo privaría así al gobierno de Moon Jae-in de uno de sus principales logros para reducir la tensión entre ambos Estados, sino que está transmitiendo a su opinión pública el mensaje de que Corea del Sur sigue siendo un enemigo.

Casualidad o no, la acción de Pyongyang coincide con el 20 aniversario de la primera cumbre intercoreana (13-15 junio 2000), y se ha producido un año después de la visita del presidente norteamericano, Donald Trump, a la ZD (20 junio 2019). Lo que es más importante, se solapa con el 70 aniversario de la guerra de Corea, iniciada el 25 de junio de 1950 cuando tropas del Norte traspasaron el paralelo 38 y, en tres días, se hicieron con Seúl.

La apertura de los archivos ha conducido, durante los últimos años, a un aluvión de nuevos estudios académicos que han ofrecido un mejor conocimiento de los orígenes, desarrollo y consecuencias de este conflicto, olvidado por la inmensa mayoría de los norteamericanos—que ni siquiera recordarán MASH, la serie de televisión—pero siempre presente entre los coreanos, en particular los del Norte. Al contrario de lo que el abuelo del actual líder, Kim Il-sung, dijo en su día a su población—que Pyongyang se veía obligada a responder a una invasión del Sur—se trató de una ofensiva cuidadosamente planificada para coger por sorpresa a Seúl y reunificar la península por la fuerza. Fue también una mentira que sirvió de base al relato conforme al cual el Norte describió el conflicto durante las siete décadas siguientes. La “Guerra de Liberación de la Madre Patria” ha servido a sucesivos miembros de la dinastía dirigente para legitimarse en el poder como defensores de la nación frente a los enemigos externos. También Kim Jong-un, en efecto, ha mantenido esta versión revisionista de la historia para recordar a su pueblo el imperativo de la lealtad hacia su líder y la necesidad de un arsenal nuclear.

El conocimiento de la verdad por los norcoreanos supondría una amenaza existencial para el régimen. Pero que esta versión del pasado siga marcando el futuro no hace sino consolidar la división de la península, como confirman distintos estudios de opinión en el Sur. Según un sondeo de la Universidad Nacional de Seúl del pasado año, sólo el 53% de la población considera necesaria la unificación, por debajo del 64% de 2007. Los surcoreanos que mantienen la opinión contraria y los que apoyan el mantenimiento del statu quo suman el 40%, frente al 27% que representaban en 2007. Entre los motivos de quienes apoyan la reunificación, es revelador, por otra parte, que el argumento de que “somos una misma nación” ha caído del 58% de 2008 al 35%. Y, en un dato no menos significativo, otra consulta de 2018 reveló que el 77% de los surcoreanos elegirían la economía antes que la reunificación si tuvieron que optar entre una u otra. En Corea del Sur, décimo-segunda economía del mundo y una de las más sólidas democracias asiáticas, se abre camino por tanto una nueva percepción del Norte, lo que también afectará a su juego diplomático y, en consecuencia, a la estructura geopolítica del noreste asiático.

INTERREGNUM: Kim reaparece. Fernando Delage

Después de tres semanas de ausencia pública, durante las que se extendieron los rumores sobre su posible muerte, el líder norcoreano, Kim Jong Un, reapareció el pasado 1 de mayo.  Las razones de su “desaparición” no son tan relevantes como la incertidumbre que sobre su sucesión se ha puesto de manifiesto. Una lucha por el poder como consecuencia de la muerte de Kim incluiría la disputa por el control del armamento nuclear del país, con el consiguiente riesgo de una intervención militar de China, de Estados Unidos o de Corea del Sur.  La implosión del régimen podría provocar asimismo el choque entre distintas facciones y un flujo masivo de refugiados, poniendo a prueba la estabilidad de la región.

Sin que pueda descartarse, en efecto, un escenario de pugna por el poder, no pocos medios han fijado su atención en la hermana de Kim, Kim Yo Jong, como posible sucesora (quizá como “regente” hasta que un hijo de Kim cumpla la edad suficiente para sustituirle). Es, aparentemente, su asesora más cercana, le ha acompañado en sus viajes al exterior, y ha adquirido un mayor perfil en el partido gobernante. Entre los demás miembros de la familia, el hermano mayor del actual líder, Kim Jong Chol, no fue elegido en su momento para sustituir a su padre, Kim Jong-il, y no parece que esté en la lista de potenciales candidatos.

La “ausencia” de Kim Jong Un se produjo tras un periodo de notable actividad por parte norcoreana. En marzo hubo hasta nueve lanzamientos de misiles, seguidos por otros dos en abril, en vísperas de las elecciones legislativas en Corea del Sur y del cumpleaños del fundador de la república Kim Il Sung (conmemoración a la que su nieto no asistió, desencadenando los rumores sobre su estado de salud). Dada la opacidad del país, resulta difícil conocer las causas de estas nuevas provocaciones mientras el resto del planeta afronta los efectos de la crisis del coronavirus (del que oficialmente no ha habido ni un solo caso en Corea del Norte). Parece evidente en cualquier caso que, pese a las sanciones impuestas y el cierre de fronteras, Pyongyang continúa desarrollando sus capacidades nucleares.

Tampoco ha servido la pandemia para reanudar el diálogo diplomático. Tanto en el supuesto de una lucha por el poder como en el de un colapso interno, el episodio ha hecho evidente la necesidad de la coordinación internacional para hacer frente a una potencial crisis humanitaria, asegurar el control del arsenal nuclear norcoreano, o evitar las circunstancias que puedan conducir a un conflicto armado en la península. Esa colaboración no parece primar, sin embargo, sobre la búsqueda de ventajas geopolíticas individuales. La administración Trump insiste en mantener, o incluso reforzar, las sanciones a Pyongyang, mientras urge a adoptar medidas de protección frente a posibles amenazas de ciberataques desde Corea del Norte. China y Rusia defienden, por el contrario, una relajación de las sanciones. La cooperación de Estados Unidos con Corea del Sur se ha complicado por otra parte tras fracasar, a principios de abril, las negociaciones sobre el reparto de cargas financieras relacionadas con la presencia militar norteamericana en el país. Esta falta de coordinación entre Washington, Pekín y Seúl no hace sino aumentar la incertidumbre sobre las posibles consecuencias de la mala salud de Kim Jong Un.

Es previsible que, durante los próximos meses, Corea del Norte mantenga sus provocaciones, especialmente de cara a la celebración, en octubre, del 75 aniversario de la fundación de la república. Cabe dudar asimismo de que Kim quiera retomar las negociaciones con Washington antes de las elecciones norteamericanas de noviembre. Es más, la estabilidad que necesita Trump para su reelección ofrece al líder norcoreano la ocasión para exigirle concesiones.

Kim Jong-un, mucha astucia y aparentemente poca experiencia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Kim Jong-un es un personaje envuelto en misterio y secretismo. El régimen de Corea del Norte ha sabido utilizar la discreción para ocultar la excéntrica vida de la dinastía de los Kim. El aparato de propaganda ha articulado un sistema muy sofisticado de información en el que se filtra lo necesario y se publica lo preciso para alimentar el mensaje del régimen.

Anna Fifield es una periodista neozelandesa que ha pasado parte de su vida estudiando a Japón y la península coreana, con un enfoque especial en Corea del Norte. Actualmente es la directora de la oficina del Washington Post en Beijing. Fifield ha escrito la obra “El gran sucesor”, libro en el que relata la vida de Kim Jong-un con detalles nunca antes publicados. Para ello utilizó fuentes primarias y cercanas al líder en distintos momentos de su vida. El extenso trabajo de investigación recopila fechas, hechos y anécdotas que dibujan un perfil bastante cercano al enigmático personaje.

El libro comienza por dar una referencia histórica del origen de la dinastía norcoreana y su héroe y fundador, Kim Il-sung, personaje que, según la propaganda, nació en el famoso monte Paektu, en el norte del país y que, en la noche de su nacimiento, una gran estrella se apareció en el cielo. Una curiosa historia inspirada en el cristianismo que recuerda el momento del nacimiento de Jesús en Belén, que buscaba mitificar al líder.

Todo en Corea del Norte es insólito. Haber sobrevivido al colapso de la Unión Soviética y la muerte de su fundador Kim iJ-sung; la transición de poder de padre a hijo, preparada durante años y, en  2011, el régimen sobrevivió una tercera sucesión, en esa ocasión al nieto del gran héroe.

La muerte de Kim Jong-il dejó en el poder a un joven de tan sólo 27 años a cargo de un país complejo y hermético y en una muy precaria situación económica. En este momento la propaganda del régimen dejó a un lado lo místico para engrandecer a Kim Jong-un por un elemento más cercano de lucha, el nuevo líder es un militar innato, quien desde los tres años podía disparar un arma con tanta facilidad que podía acertar a una bombilla a 100 metros de distancia. Y a los ocho años ya podía conducir un camión a 120 kilómetros por hora.

Fifield afirma que, en contra de todos los pronósticos, en su viaje a Pyongyang poco después de que Kim Jong-un tomará posesión, “el gran sucesor no solo sobrevivía sino prosperaba”.  Se empezaban a ver el levantamiento de edificios altos, la apertura de cafés que ofrecen capuchinos por precios ridículamente altos, auge de gimnasios al puro estilo occidental, que se convierten en clubs de una reducida élite que es parte del régimen.  Se respiraba un aire capitalista nunca antes visto en esta ciudad, donde la proliferación del comercio de ocio en los que sólo los cercanos al régimen pueden disfrutar y presumir del estatus que ostentan en esa la capital que de vez en cuando llaman “Pyongyanttan”.

Pero en contraste con ese desarrollo, la mayoría de la población sigue viviendo en la miseria, sin agua corriente, con viviendas inacabadas, muy mal alimentados, intentando sobrevivir dentro de una gran precariedad.

En pro de obtener más datos, la autora conversó con la tía de Kim Jong-un, la mujer que se hizo pasar por su madre cuando fue a Suiza a estudiar a sus 12 años, junto con su hermana. Fueron presentados ante las autoridades como hijos de diplomáticos norcoreanos, con identidades falsas.  Ella describió un chico solitario, pero que tenía obsesión por el baloncesto, los aviones y los motores.  Y quien podía pasar el día entero entregado a sus intereses.

Tuvo una vida de niño rico de primer mundo, con los juguetes de última generación. Viajes a los principales destinos europeos, vistió con las principales marcas estadounidenses, especialmente Nike, como marca patrocinadora de baloncesto. Y dentro de Corea del Norte, le construyeron pistas para conducir, parques de diversiones, salas de juegos, piscinas olímpicas y complejos recreativos dentro de los campamentos o complejos de las múltiples viviendas que poseen los Kim, que pueden ser vistas satelitalmente, y que se ha podido saber que cuentan con pasajes subterráneos para poder desplazarse de un lugar a otro.

Durante su solitaria niñez, donde no había otros niños, se hizo amigo del chef japonés que trabajaba para su familia.  Y quién narró cómo se convirtió en su fiel compañero durante sus primeros años y con quien pasó muchas horas intentando acabar con su soledad.

Fifield afirma que esa imagen caricaturista de niño rebelde tonto no es del todo cierta. Al tomar el poder se rodeó de los personajes que apoyaron a su padre durante años y algunos hasta a su abuelo. Sacó el beneficio que pudo de ellos, como el jefe de las Fuerzas Armadas, el jefe de la propaganda y el jefe de economía y relaciones con China, que era su cercano tío Jang Song-thaek. Pero cuando ya no los necesitó más salió de ellos. En los tres casos todos desaparecieron, pero su tío es el más llamativo puesto que fue degradado públicamente a “escoria humana” y asesinado despiadadamente. Con esas desapariciones, Kim Jong-un envió un mensaje claro a quienes podían pretender salir de él, de lo que es capaz de hacer y que es él quien tiene en sus manos el control de Corea del Norte.

La autora afirma que fue la astucia de la madre de Kim la que impulsó a su hijo a ser el elegido. Ella era una amante de Kim Jong-il de larga data y, según las fuentes, probablemente la mujer que él realmente amó, sin embargo, era poco probable que el hijo de la amante llegará a coronarse como el elegido en la dinastía. Pero la educación que recibió, la seguridad que ella le transmitió y el haberlo enviado a la academia militar después de regresar de Suiza parecen ser las claves de su elección. Así como el rol de su hermana, quien se deja ver siempre como su asistente más fiel y devota.

El pequeño Kim, desde los 8 años, fue presentado a los altos cargos militares y, probablemente alimentada por su madre, esa preferencia castrense creció y fue la base del líder que hoy vemos. Una especie de rey que lejos de retroceder en sus ambiciones, ha continuado una carrera nuclear que se cree muy sofisticada, con misiles de largo alcance, ha conseguido reunirse con el presidente de la potencia con la que está técnicamente en guerra hace más de 70 años y, permitiendo cierto grado de corrupción, ha hecho que el estrago económico se vea aliviado a través de pago de comisiones y un mercado negro que crece cada día en ese país, pero que oxigena la economía norcoreana y alivia el hambre del ciudadano común. (Foto: Flickr, Elvert Barnes)

Corea del Norte vuelva a la carga. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El “Rocket man”, el célebre nombre que le dio Trump a Kim Jong-un vuelve a poner sobre la mesa la razón de la prueba que Pyongyang llevó a cabo el pasado sábado. Sin haberse dado a conocer mayores detalles, de momento se sabe que tuvo lugar en el noroeste del país en la base de lanzamientos de Sohae.

Mientras tanto, el embajador norcoreano ante Naciones Unidas aseguraba el mismo día de la prueba que la desnuclearización está fuera de la mesa. Mientras, afirmaba que había sido un truco que ayudaba a una agenda política.

Todo lo relacionado con Corea del Norte está estratégicamente planificado. El lanzamiento del misil se hace paralelamente a la publicación de un comunicado en el que afirman que ellos no seguirán avanzando en las negociones que incluyan la desnuclearización.

Lo cierto es que “la desnuclearización total y comprobada”, que ha sido el punto de partida de la negociación por parte de Washington nunca ha estado considerada seriamente por los norcoreanos. Sería como entregar la mayor inversión, el mejor poderío que tienen y ponerse -por decisión propia- en una de extrema vulnerabilidad que no le traería ningún beneficio a la cúpula política, y ellos lo saben bien.

La escalada en los “pasos provocadores”, tal y como los denominó Stephen Biegun -el encargado especial de los Estados Unidos para Corea del Norte-, son la prueba que Kim Jon-un necesita que se hable de él, que se retome la importancia del riesgo que representa Pyongyang para el mundo. La situación entre ambas naciones ha estado estancada después de que Trump se retirara de Vietnam el pasado mes de febrero.

Kim Jon-un está activamente apostando por el juego de presión a Washington con la prueba de misiles. Es a lo que él sabe jugar bien, y hay que admitir, además, que le ha salido bastante bien con Trump, pues ha conseguido levantamiento de la presión extrema que hubo el primer año de gobierno de Trump.

Tal y como ha afirmado Sue Mi Terri -especialista en Corea- “lo único que se ha conseguido durante la legislatura de Trump es agregar romance a la relación entre Washington y Pyongyang”. Objetivamente no se sabía qué se podía conseguir con ofrecerle al líder norcoreano la oportunidad de actuar como un líder internacional, y se le dio, y más de una vez, pesar de ser un tirano. Y en cada oportunidad se ha podido comprobar que no se avanza nada, porque él no está dispuesto a comprometerse y perder su poder misilístico y nuclear.

Victor Cha afirmaba en un evento sobre Asia en CSIS -uno de los think tanks más prestigiosos de Washington- que a él no le sorprendería que la Administración Trump llegara a algún tipo de acuerdo con Corea del Norte antes del fin de año. A un acuerdo no significativo o bueno en realidad, pero lo haría para poder decir que ha conseguido un acuerdo. Y además desviaría el foco de atención doméstico que es “su impeachment” o juicio político, que tiene acaparada la atención mediática.

Cha insiste en que a él le preocupa que se esté considerando el tema de Corea del Norte dentro de la agenda electoral presidencial del 2020. Afirma “históricamente ha sido un tema importante pero no que afectaba las elecciones internas de los Estados Unidos. Pero en realidad, lo que ocurre con esta Administración es que la única política exterior de la que se han ocupado, y el presidente personalmente, ha sido Corea del Norte”.

En los puntos de discusión entre Washington y Pyongyang tampoco se han tocado los Derechos Humanos en Corea del Norte, a pesar de que ha sido un punto clave en las conversaciones históricas. Pero Trump ha preferido dejarlo fuera por el grado de sensibilidad que tiene para con el régimen de Kim.

Hubo muchas expectativas y esperanzas de que Trump, con su irreverencia y particulares formas pudiera conseguir lo que no había conseguido ninguna otra presidente estadounidense. En un intento por mantener el positivismo se centró la atención en el aspecto negociador de Trump como efectivo, en parte debido al alarde que él mismo ha hecho de buen negociador. Sin embargo, el fracaso es lo único que hemos podido comprobar hasta ahora. Más misiles, incluido uno intercontinental balístico de largo alcance que podría impactar territorio estadounidense.

Negociar con ventaja

En las negociaciones tienen especial importancia las respectivas posiciones de los negociadores. Esto, que es una evidente obviedad, se olvida a veces por parte de analistas, expertos y medios de comunicación.

Viene esto a cuenta del giro de las últimas horas por parte de Corea del Norte en sus relaciones con Estados Unidos al frenar de manera pública (en secreto nunca avanzó realmente) sus planes de desnuclearización pactados en las dos cumbres mantenidas con Estados Unidos con distinto nivel de éxito.

Donald Trump está en horas bajas. Sus torpezas, su zafiedad, sus desprecios por las formas políticas y la educación diplomática y su improvisación alimentada de caprichos, ignorancia y soberbia le han conducido a un proceso de juicio político por el Congreso de los Estados Unidos. Y tiene que enfrentarse a unas elecciones presidenciales para intentar conseguir un segundo, y constitucionalmente improrrogable, segundo mandato. En ese marco, el presidente de Estados Unidos tiene que mantener una imagen que fidelice el apoyo de sus votantes y, al mismo tiempo, no enredarse en un conflicto internacional en el que no tenga las garantías de obtener réditos electorales o, al menos, no verse penalizado por su opinión pública.

Por el contrario, los dirigentes de los países autoritarios y no sometidos a vaivenes electorales o a contrapesos de sus sociedades como China, Rusia en menor medida y, desde luego, Corea del Norte, tienen las manos libres en sus relaciones y pueden ceder, insultar y amenazar sin tener que dar explicaciones, para las que, en todo caso, tienen a su disposición inmensos aparatos de propaganda bajo control absoluto.

Corea del Norte ha puesto en escena un acto de propaganda, cuya realidad no se conoce en detalle, anunciando avances en un experimento militar que, afirman, mejora la relación de fuerzas a favor de su dictadura. No hay ninguna razón para pensar que la amenaza sea sensiblemente mayor que ahora. Sólo que Corea del Norte quiere recuperar una política de chantaje mundial que con Clinton y Obama convirtió en dinero y concesiones y aspira a más concesiones de Trump en sus momentos de debilidad. Pero eso mismo es un dato preocupante.

INTERREGNUM: Trump contraataca (a sus aliados). Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece estar dispuesto a abrir una nueva etapa en la reclamación a sus aliados de una mayor contribución a los gastos de defensa. Mientras se espera que insista de nuevo en la cuestión con motivo de la cumbre de la OTAN que se celebrará en Londres la próxima semana, ya ha abierto el camino con los aliados asiáticos.

Durante la campaña electoral de 2016, Trump no dejó de criticar a Corea del Sur y a Japón por el “aprovechamiento” por parte de ambos de sus pactos defensivos con Washington. Sus dos años en la Casa Blanca no le han hecho cambiar de opinión. El 15 de noviembre, la administración norteamericana exigió a Seúl un aumento del 400 por cien de su contribución anual a los gastos derivados de la presencia militar de Estados Unidos en Corea del Sur, para pasar de los casi 1.000 millones de dólares que pagará este año a un total de 4.700 millones de dólares. Sólo dos días más tarde, Washington pidió a Tokio que cuadruplique su aportación por el mismo fin, de 2.000 millones de dólares a 8.000 millones de dólares.

Estados Unidos ha abandonado las conversaciones con Seúl al no acceder éste, como cabía esperar, a sus demandas. Desde 2016, Corea del Sur paga aproximadamente la mitad de los gastos que suponen los 28.000 soldados de Estados Unidos en su territorio. Gasta, además, buena parte de su presupuesto militar—el 2,6 por cien del PIB, más que cualquier miembro europeo de la OTAN—en armamento norteamericano (hasta 13.000 millones de dólares durante los últimos cuatro años). Seúl absorbe además otros gastos no cubiertos por el acuerdo sobre tropas, como la construcción de Camp Humphreys, la que será mayor base de Estados Unidos en el extranjero (lo que representa otros 10.000 millones de dólares).

Aunque Japón gasta un menor porcentaje de su PIB en defensa que Corea, es una economía mayor y, por tanto, gasta más en términos absolutos. Tokio cubre aproximadamente el 70 por cien del gasto de las fuerzas norteamericanas en el archipiélago (54.000 hombres) y la práctica totalidad del coste de construcción de las nuevas instalaciones de Estados Unidos en Futenma e Iwakuni, así como un tercio de las que se están construyendo en Guam. Japón compra además el 90 por cien de su armamento a Estados Unidos. La negociación para renovar el acuerdo con Japón debe empezar en el primer semestre de 2020.

La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump hace hincapié en las “extraordinarias ventajas” que le proporcionan sus alianzas: proyectan el poder e influencia de Estados Unidos, y maximizan sus capacidades políticas y económicas. La Estrategia de Defensa Nacional señala por su parte que la “red de alianzas y asociaciones estratégicas de Estados Unidos continúa siendo la espina dorsal de la seguridad global”, al proporcionar “acceso a regiones clave y respaldar un sistema de bases que sustenta el alcance internacional de nuestro país”. Sin embargo, es el propio Trump quien está haciendo que los aliados se cuestionen el compromiso de Washington con su seguridad.

Incluso si el presidente diera marcha atrás en sus irrealistas demandas, ha vuelto a dañar la credibilidad de Estados Unidos y a humillar a sus aliados. No debe extrañar por tanto que Seúl y Tokio vean en la reelección de Trump en 2020 una amenaza mortal a sus alianzas. Kim Jong-un estará encantado, aunque quizá no tanto como los líderes chinos, a los que Washington habrá regalado uno de sus grandes objetivos.