THE ASIAN DOOR: China, el dragón de las FinTech. Águeda Parra

La revolución tecnológica es una de las grandes señas de identidad del siglo XXI. Durante este período, el mundo será testigo de grandes innovaciones que afectarán a las costumbres y hábitos de una sociedad que está inmersa en un frenesí de cambios tecnológicos. En este principio de siglo, los avances en cloud computing, las múltiples aplicaciones de la inteligencia artificial, y el big data, están siendo los grandes protagonistas de redefinir cómo la sociedad interactúa con el entorno, mientras las empresas se encuentran obligadas a adaptar sus procesos para hacerse más ágiles, más dinámicas, y más innovadoras al fin y al cabo.

De ahí la aparición de las FinTech, empresas que combinan las finanzas con la tecnología para prestar nuevos servicios financieros basados fundamentalmente en las innovaciones que proporciona la tecnología en este ámbito. Uno de los mercados más conocidos donde operan las FinTech son en el entorno de los medios de pagos digitales, aunque el sector lo componen otros mercados claves que incluyen, por ejemplo, los préstamos en línea, la gestión de finanzas personales, y los seguros online, entre los más destacados.

Y si hablamos de medios de pago digitales, China está emergiendo como una gran potencia en el mercado FinTech no sólo en el ámbito de Asia Pacífico, sino también globalmente gracias a que el gigante asiático es el líder mundial indiscutible del mercado del e-commerce. De hecho, el milagro de las FinTech en China se entiende gracias a una población experta en tecnología, donde las nuevas generaciones de nativos digitales son los grandes referentes para modelar el futuro del e-commerce y la economía digital mundial.

A finales de 2017, China registró un nuevo record en usuarios de Internet, alcanzando los 772 millones de internautas, que representan un ecosistema digital mayor que toda la población de Europa, que alcanza los 744 millones de personas. A lo que hay que sumarle un incremento en los ingresos de una clase media creciente que consume cada vez más y es capaz de generar un gasto en e-commerce en 2016 de  782.000 millones de euros, mayor que el registrado por Estados Unidos y Reino Unidos juntos.

Todo ello favorece que las inversiones FinTech realizadas en China durante los últimos años se hayan disparado. Entre julio de 2015 y junio de 2016, se alcanzó la cifra de 8.800 millones de dólares, lo que supone un incremento del 252% respecto a 2010. Situación a la que ha contribuido la irrupción de nuevos modelos innovadores de firmas tecnológicas chinas que han nacido en la última década, como es el caso del servicio de mensajería más famoso de China, WeChat, lanzado en 2011. Plataforma que ha sido esencial para que 688 millones de chinos pudieran realizar el envío durante la pasada celebración del Año Nuevo chino de 46 billones de hongbao, los tradicionales sobres rojos en su modalidad digital, superando con creces los 7,6 billones de pagos realizados por PayPal durante todo 2017.

Otro de los gigantes tecnológicos de China presenten en el sector FinTech es Alibaba que, con Tencent, se reparten el 90% de los pagos digitales en China, a través de las plataformas de Alipay de Alibaba, con un 54% del mercado, y TenPay de Tencent, con un 37%. La expansión del turismo chino se ha convertido en el gran aliado de los gigantes del e-commerce, ya que tanto Alipay como WeChat Pay son los medios de pago utilizados por los 135 millones de turistas chinos que gastaron 261.000 millones de dólares en sus viajes en el extranjero durante 2016.

En China, los sectores del e-commerce y los seguros online están liderando la industria FinTech, de modo que no es extraño que China cuente con 8 de los 27 “unicornios” FinTech, es decir, las startups que los inversores valoran por encima de los 1.000 millones de dólares, mientras Estados Unidos cuenta con 12, demostrando que una parte importante de los nuevos unicornios FinTech está naciendo en China. Una prueba más de que las empresas chinas se están haciendo globales y son las actuales líderes mundiales de la industria FinTech.

INTERREGNUM: Kim en la Ciudad Prohibida. Fernando Delage

La visita sorpresa del líder norcoreano, Kim Jong-un, a Pekín la semana pasada ha revelado con toda claridad las reglas del juego geopolítico en el noreste asiático y, en consecuencia, las limitaciones que encontrará el presidente norteamericano, Donald Trump, en su intención de llegar a un acuerdo directo con Pyongyang.

Pocos detalles se conocen de este primer viaje al exterior de Kim desde su llegada al poder en 2011. Se ha producido, no obstante, en un contexto de notable deterioro de las relaciones entre Corea del Norte y China. Las tensiones acumuladas desde la muerte de su padre, Kim Jong-il—en buena medida como consecuencia de los ensayos nucleares y pruebas de misiles—, agravaron la desconfianza mutua entre ambos aliados. Pyongyang nunca perdonó a Pekín el reconocimiento diplomático de Corea del Sur en 1992, que calificó como una “traición”, ni que, más recientemente, se sumara a Estados Unidos en la adopción de las sanciones acordadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La espiral de tensión creada por la crisis nuclear, la retórica norteamericana sobre una intervención preventiva, y la propuesta norcoreana de un encuentro con Trump, aceptada de manera inmediata por este último, han precipitado sin embargo los acontecimientos.

Numerosos analistas indican como motivo de la presencia de Kim en Pekín el hecho de que China no podía permitirse quedar al margen de este proceso diplomático. Pero ese es un riesgo que en realidad nunca existió. Si algo confirma la visita de Kim es el extraordinario grado de influencia que posee China sobre cualquier factor que pueda alterar el equilibrio regional. El líder norcoreano no podía verse con Trump en mayo, ni con el presidente surcoreano, Moon Jae-in, a finales de abril, sin hacerlo primero con Xi Jinping y obtener el apoyo de este último. Kim ha optado por una arriesgada apertura a Washington que podría agravar aún más su aislamiento—estratégico y económico—de no cubrirse antes las espaldas mediante una “reconciliación” con los líderes chinos.

Los imperativos que condicionan el margen de maniobra de Kim se convierten de este modo en un nuevo triunfo para Pekín. Por una parte, China recupera el liderazgo de todo proceso relacionado con el futuro de la península coreana, cuestión inseparable del problema nuclear, y que ya mantuvo entre 2003 y 2007. De manera más inmediata, Pekín respira con alivio al desaparecer de momento la posibilidad de un ataque militar de Estados Unidos. También verá reducirse la presión de Washington a favor de nuevas sanciones a Corea del Norte. China gana incluso la capacidad de presionar a Trump para que abandone las medidas de política comercial dirigidas contra ella. Y, para rematar sus logros, el escenario creado hace inviable cualquier propuesta radical que pudiera tener en la cabeza el recién nombrado asesor de seguridad nacional, John Bolton. El presidente que lo nombró no puede ahora seguirle por ese camino.

El viaje de Kim a Pekín da a entender, por concluir, que la cumbre con Trump casi con toda seguridad se celebrará, pero no en los términos que esperaba el presidente norteamericano. Si éste albergaba la intención de negociar una solución sin contar con China, Pekín ha abortado su jugada. Mientras Corea del Norte y Estados Unidos tratarán de imponer su respectivo punto de vista, el principal ganador será la República Popular. De los tres, China es la mejor situada para orientar los hechos a su favor: mientras  garantiza que no habrá una guerra en sus fronteras—la estabilidad es su absoluta prioridad—, mantendrá a Washington “atrapado” en un problema que le facilita la consolidación de su ascenso como potencia central en Asia.

¿Xi Jinping Vuelve a ganarle a Trump? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El encuentro que tuvo lugar en Beijing entre Xi Jinping y Kim Jong-un ha dejado muchas fotografías para la historia, pero también la prueba de que ambos líderes no están distanciados, como se había especulado. Y llama la atención aún más la discreción con la que China manejó la reunión, mientras que desplegó todos los honores que le rinden a un Jefe de Estado de primer mundo, con primeras damas incluidas y toda la comitiva presidencial.

La primera salida del dirigente norcoreano desde que tomó posesión en el 2011 tiene un gran simbolismo y viene a romper con años de aislacionismo y hermetismo. Sin embargo, cabría otra lectura que podría ser que la visita sea la demostración de que Corea del Norte necesita ayuda y/o apoyo de occidente, como parte del efecto de las múltiples sanciones impuestas al régimen. Kim Jong-un es un estratega, sus movimientos están bien calculados y un cambio de dirección de esta naturaleza tiene una razón de ser, que trasciende sus fuertes lazos con China.

El primer movimiento de apertura de Corea del Norte fue su participación en los juegos olímpicos de invierno, que propició Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur, quién no ha escatimado esfuerzos diplomáticos en intentar calmar el ambiente, con el propósito de retornar a una relativa calma. Y que además ha servido de catalizador a los enfrentamientos verbales entre Trump y Kim. Moon también manifestó su disposición de visitar Corea del Norte y su propuesta fue acogida con agrado por el régimen de Pyongyang y, al mismo tiempo, consiguió que Trump aceptara reunirse con Kim Jong-un.

Si miramos atrás, tan sólo a principios del año se temía que misiles norcoreanos impactaran la costa oeste de los Estados Unidos, y hoy estamos hablando de encuentros diplomáticos, lo que es muy positivo, aunque no necesariamente una prueba de que se neutralizará este conflicto, de larga data.

Los análisis que se hacen están basados en la información proporcionada por los medios oficiales; tanto de China, Xinhua, como de Corea del Norte, KCNA, por lo que siempre van a estar con la línea de ambos regímenes y en el hipotético caso de algún desacuerdo entre los líderes, la posibilidad de que esa información se filtre es nula. Partiendo de esta realidad, se debe decir que el mero hecho de que Kim Jong-un saliera de su madriguera, y que lo hiciera de la misma manera como lo hizo su abuelo y su padre, en un tren blindado, con los colores militares que representan al régimen, y que además se hospedaran en el mismo lugar que sus antecesores no es casual. Por un lado, da una imagen de continuismo y de relativa austeridad, aunque al ver a su mujer, que asistió con indumentaria perfectamente en línea con las tendencias actuales de las grandes firmas, la austeridad se difumina para dar paso a la opuesta realidad en que viven los favorecidos del régimen versus la población civil norcoreana.

El despliegue de medios puesto en escena por China son la clara muestra que a Xi Jinping le interesa mantener a Corea del Norte como la oveja negra de Asia que tiene en vilo al mundo. Eso fortalece a Xi y le da más protagonismo en la escena internacional, sin mencionar que se adelantó a los líderes democráticos en encontrarse con Kim (Moon y Trump) y no sólo reunirse, sino hacerlo ir a su territorio, lo que es otra muestra de que Xi es quién marca el son al que baila esta relación bilateral. Como si todo esto fuera poco, durante el banquete formal ofrecido en honor a la pareja de Pyongyang, que valga decir parecía una boda real europea en cuanto al lujo y el número de asistentes, China proyectó videos con imágenes de las relaciones entre ambas naciones desde la división de Corea, dejando una vez más por sentado, que estos vínculos son antiguos y de mutuo interés.

Estos aliados históricos se necesitan mutuamente. China necesita que Corea del Norte sea un enemigo de Estados Unidos para mantener el balance en la región de Asia Pacífico, pero tampoco hay que olvidar que Beijing y Pyongyang son aliados económicos, y la razón de la supervivencia del régimen de Corea del Norte con el envío de mercancías, incluido petróleo, que le ha permitido seguir desarrollando su capacidad nuclear. Por su parte Kim Jong-un está suavizando su imagen de dictador intransigente a mediador. Mientras todo esto tuvo lugar, Trump ignorante del encuentro, fue puesto al tanto por Xi una vez que los visitantes partieron a casa, pero con la buena nueva que Kim está dispuesto a negociar sus avances nucleares.

De lo dicho a lo hecho hay un gran trecho… y nunca una frase es tan oportuna. Pyongyang jamás negociará o retrocederá en su capacidad nuclear, pues esa es precisamente la razón por el régimen sigue vivo y se encuentre a día de hoy negociando. (Foto: Even Lundefaret, Flickr)

¿Por qué no son más felices los chinos? Miguel Ors Villarejo

Lo primero que te advierte cualquier economista es que el PIB es una forma muy rudimentaria de medir el bienestar de un país, y la investigación de Richard Easterlin revela que el “crecimiento […] no tiene un impacto significativo” en los niveles de satisfacción de una sociedad. Y pone como ejemplo a China, cuya felicidad no solo no ha remontado desde 1990, sino que “ha caído levemente”, a pesar de que la renta per cápita se ha multiplicado por 25 desde entonces.

¿El dinero no da la felicidad, como asegura mi madre? No se precipiten. El tema parece algo más complejo, porque si echan un vistazo al último Informe Mundial de la Felicidad comprobarán que los países que encabezan la clasificación de 2018 son todos ricos (Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza) y los que la cierran, todos miserables (Yemen, Tanzania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Burundi). Y el seguimiento que realizó durante tres años Thomas C. Corley de una muestra de 233 millonarios y 128 pobres corroboró que el 82% de los primeros se sentían dichosos y el 98% de los segundos, desgraciados.

¿Y los chinos, entonces? ¿Están hechos de otra pasta? En absoluto. Lo que pasa es que la prosperidad requiere, como todo, un periodo de adaptación. Una vez que se alcanza ya no se quiere cambiar, pero su adquisición, es decir, el crecimiento en sí es un proceso tumultuoso que inspira sentimientos encontrados, especialmente si llega de la mano de gigantescos movimientos migratorios. “Entre 1990 y 2015”, explica el Informe Mundial de la Felicidad, “la población urbana china se incrementó en 463 millones de personas, de las cuales aproximadamente el 50% [230 millones] procedían del campo”. Para hacernos una idea, en ese periodo los desplazados de todo el planeta sumaron 90 millones: menos de la mitad del éxodo rural chino.

En principio, uno se va del pueblo porque espera mejorar y, en el terreno material, el progreso ha sido indudable: los inmigrantes chinos ganan en la ciudad más del doble. Pero en la escala de satisfacción del Informe Mundial… arrojan un promedio de 2,4 puntos, tres décimas menos que los paisanos que dejaron atrás.

La explicación que dan a esta paradoja los investigadores John Knigth y Romani Gunatilaka es que, aunque sus ingresos han crecido, sus aspiraciones lo han hecho aún más. Lo que los inmigrantes han logrado es seguramente más de lo que nunca soñaron, pero les sabe a poco porque su grupo de referencia ya no son los antiguos aldeanos. Ahora se comparan con los pudientes pekineses, y se sienten pobres.

Somos animales jerárquicos y los ingresos no son solo un medio para comprar objetos. Son un indicador de estatus, algo que a los humanos nos encanta. Nos da la vida, literalmente: John Layard explica que “los individuos que ocupan los escaños superiores [de una organización] viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

Es esa posición relativa en la escala social la que determina nuestra alegría y la inmigración supone generalmente una degradación, porque pasas de moverte entre iguales a ser el último mono. Por ello, mientras no se estabilice el trasvase del campo a la capital, millones de chinos seguirán considerándose insatisfechos, por más que su renta per cápita se haya multiplicado por 25. (Foto: Laurin Schneider, Flickr)

Maniobras en segundo plano

La entrevista entre los máximos mandatarios de China y Corea del Norte, además de coger por sorpresa a la Administración Trump, lo cual ya es un signo de mala gestión presidencial, está produciendo una catarata de iniciativas y reacciones que indican la profundidad y la creciente importancia de la decidida apuesta china por consolidar sus intereses nacionales extendiendo su influencia y convirtiéndose en la pieza estratégica imprescindible de Asia Pacífico hasta buscar espacios más amplios.

La medida del tiempo entre Oriente y Occidente es diferente. Mientras Occidente marcha rápido, a veces con precipitación, casi siempre buscando resultados a corto o medio plazo y con criterios de eficiencia obsesiva, Oriente piensa a largo plazo, con ninguna presión de las coyunturas políticas (cosas de la ausencia de democracia) y con la vista puesta en objetivos cuya consecución impliquen cambios profundos. Rusia, hija confusa de ambas tradiciones, combina ambas culturas con éxitos puntuales.

Dos hechos significativos revelan la larga estrategia China. Por una parte, en paralelo a la gestión del asunto norcoreano, su acercamiento lento y preciso tanto a India (no exento de incidentes) como a Pakistán, lo cual no es poco mérito. Por otro su acercamiento a Vietnam, desactivando conflictos históricos e intentando meter una cuña en la creciente colaboración entre este estratégico territorio de la península indochina y Estados Unidos. El ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, ha instado a establecer relaciones bilaterales estables y de larga duración con el Gobierno vietnamita tras reunirse con su homólogo, Pham Binh Minh, en Hanói, la capital de Vietnam.

El segundo hecho, conseguido indirectamente por China como un efecto secundario de la cita de Pekín, es la propuesta del Gobierno de Japón hace tres días a Corea del Norte de mantener un encuentro bilateral tras la visita del líder norcoreano, Kim Jong-un, a China. La iniciativa se ha filtrado tras una conversación telefónica Tokio-Pekín y responde al temor de Japón de que, a pesar de las promesas de Trump, quedar fuera de la gestión del nuevo escenario. Para resolver dudas, el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, ha anunciado que visitará Estados Unidos entre los días 17 y 20 de abril para mantener una serie de conversaciones con el presidente Donald Trump.

Aparentemente, Estados Unidos sigue perdiendo pie en el Pacífico y, lo que es peor, la Administración Trump no parece ser consciente de la gravedad de lo que está pasando.