INTERREGNUM: Europa, ¿potencia geopolítica? Fernando Delage

La nueva Comisión Europea se ha comprometido a reforzar el papel internacional de la Unión. La presidenta Ursula von der Leyen insiste en la necesidad de construir una Europa geopolítica, “más estratégica, más asertiva y unida en la articulación de su acción exterior”. El Alto Representante, Josep Borrell, ha indicado por su parte que la principal tarea de la UE es la de “aprender a usar el lenguaje del poder”.

Fue la antecesora de este último, Federica Mogherini, quien dio los primeros pasos en dicha dirección al adoptar, en 2016, la Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión. Pero Trump no había llegado aún a la Casa Blanca, ni eran tan evidentes las implicaciones internacionales del ascenso de China. El presidente norteamericano nunca ha ocultado su escasa simpatía por la UE, por lo que la incertidumbre sobre el futuro de la relación transatlántica será una de las variables que condicionarán los objetivos de Bruselas. Con respecto a China, la Comisión publicó en marzo de este año un documento estratégico que, abandonando el tono diplomático de otras épocas, describió a la República Popular como “un competidor económico que persigue el liderazgo tecnológico” y “un rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobierno”.

En este contexto de transformación del entorno internacional, en mayo de 2018 la UE decidió incrementar su participación en asuntos relacionados con la seguridad de Asia. En agosto de este año, firmó un acuerdo de seguridad con Vietnam, el primero de tales características con un país del sureste asiático, que se sumaba a los acuerdos estratégicos ya concluidos con Japón—en vigor desde febrero de este año—y con Corea del Sur (desde 2014). En septiembre de 2018 se aprobó un documento sobre interconectividad Europa-Asia y—meses más tarde—nuevas líneas estratégicas sobre Asia central y sobre India. Sobre estas bases ya establecidas, corresponderá a Borrell perfilar la proyección europea en el continente asiático, tanto en relación con los asuntos más conflictivos como con los instrumentos a su disposición. Entre los primeros, Bruselas tendrá que actualizar su posición con respecto a las disputas en el mar de China Meridional y la península coreana, dos de las cuestiones en el centro de la tensión entre Washington y Pekín. Los segundos plantean el verdadero dilema que afronta la Unión como actor internacional.

La influencia global de la Unión Europea ha estado vinculada a su poder comercial, a su política de ayuda financiera al desarrollo, y a la promoción del multilateralismo y sus valores políticos. Su identidad como potencia económica y normativa resulta insuficiente, sin embargo, cuando China y Estados Unidos ya no separan sus intereses económicos de los geopolíticos. Ambos utilizan cada vez en mayor medida, en efecto, sus recursos comerciales y financieros para perseguir ventajas estratégicas, mientras que en el caso de la UE son los Estados miembros—no las instituciones comunitarias—los que disponen de las capacidades y la decisión en política exterior y de defensa.

¿Puede la Unión Europea convertirse en un actor geopolítico sin tener fuerzas armadas y un servicio de inteligencia propio? Este es uno de los grandes retos de la nueva Comisión. Aunque las limitaciones estructurales parecen insuperables, mucho podrá conseguirse si Bruselas continúa avanzando en la construcción de una red de socios globales (asiáticos entre ellos), y si—ésta es la gran condición previa—logra el consenso de sus miembros sobre el papel que debe desempeñar en el mundo.

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