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THE ASIAN DOOR: RCEP, nuevo miembro de la Ruta de la Seda. Águeda Parra

La integración comercial en la zona del Asia-Pacífico siempre ha supuesto un fuerte impulso para el crecimiento económico de la región. El creciente protagonismo de China en las cadenas de suministro globales ha tenido como resultado que el gigante asiático se haya posicionado como epicentro de la aportación de valor en la zona de Asia-Pacífico. Una influencia que se prevé creciente con la firma de uno de los acuerdos regionales de libre comercio más grandes del mundo, la Asociación Económica Integral Regional, conocido en inglés como RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership).

En los ocho años que ha tardado en formalizarse el pacto entre China y otros 14 países de la región, que incorpora a los 10 países de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) junto a Corea del Sur, Japón, Australia y Nueva Zelanda, el gigante asiático ha puesto en marcha uno de los proyectos de geopolítica más importantes de las últimas décadas, la nueva Ruta de la Seda. La ambición de la iniciativa de mejorar las conexiones a través de promover el mayor desarrollo de infraestructuras de la región en mucho tiempo persigue, asimismo, otros objetivos. Entre ellos, encontrar nuevos mercados para los productos chinos a través de fomentar una mayor integración comercial en la región.

Con la incorporación de China en el RCEP, no sólo el gigante asiático no se desacopla del mundo, sino que supone su consolidación como potencia económica dominante en la región. Poniendo la magnitud del pacto en perspectiva, la RCEP da cabida a más de 2.200 millones de personas, un tercio de la población mundial, casi el 28% del comercio mundial e incluye el 30% del PIB mundial, lo que supone consolidarse como el mayor acuerdo de libre comercio regional firmado hasta el momento.

Dos grandes ausencias marcan el inicio de una nueva etapa comercial en Asia-Pacífico. Por una parte, la de Estados Unidos, cuya retirada del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (en inglés TTP, Trans-Pacific Partnership) marcaba una nueva dinámica en las relaciones de cooperación comercial con la región. Con este nuevo posicionamiento, la región avanza sin esperar a que Estados Unidos termine de resolver su transición presidencial, que podría llevar implícito un giro de 180º en ciertas decisiones de política exterior. China, como principal impulsor del acuerdo, maximiza su influencia en una región que avanza hacia el fortalecimiento de su integración económica y comercial, mientras las exportaciones estadounidenses pierden presencia en una de las regiones más dinámicas del mundo. Por otra parte, no menos importante es la ausencia de India en el acuerdo, cuya retirada en julio se propició al considerar que su adhesión podría conducir a un aluvión de importaciones de productos chinos, aunque la puerta queda abierta para que solicite su incorporación en cualquier momento.

Lo novedoso de este acuerdo es que el pacto avanza en la línea de relación comercial ya establecida entre los 10 países miembros de la ASEAN, tomando en cuenta la mayoría de los acuerdos vigentes para aunarlos en un único documento que se ha hecho extensivo de forma multilateral al resto de miembros. Alineando los acuerdos vigentes en un único pacto, Asia-Pacífico sigue la línea de integración de otras áreas comerciales unificadas, como la existente en la Unión Europea o entre Estados Unidos, Canadá y México a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Un acuerdo del que no sólo se beneficiará China, sino también el resto de países, al aumentar la capacidad productiva, especialmente la de los países ASEAN, además de que conjuntamente todos los miembros impulsen la consolidación de la cadena de valor con producción e inversiones que se originan y proceden de la región.

Con la previsión de que en el medio-largo plazo se vayan reduciendo, o incluso eliminando, hasta el 90% de los aranceles de los productos en el seno de la asociación económica, los objetivos de Pekín pasan por el fomento de elementos importantes de su cadena industrial. En el radar estaría la estrategia de impulsar la tecnología de los coches eléctricos de fabricación china, que le permita al gigante asiático avanzar en el objetivo de convertirse en hub de la industria automovilística, al menos para la región de Asia Pacífico.

THE ASIAN DOOR: América Latina frente al decoupling ¿realidad o reto? Águeda Parra

Después de varios meses de pandemia, una de las consecuencias más evidentes que ha generado la crisis sanitaria del COVID-19 ha sido impulsar un proceso de aceleración mundial en varios entornos. Entre ellos, la reordenación de las cadenas de suministros globales pasa a ocupar un lugar destacado.

En un mismo período de tiempo, ha coincidido un escenario de decoupling de China, promovido por la administración Trump, y una crisis sanitaria, suscitando una posible reordenación de las cadenas de suministro globales para reducir riesgos operativos ante una situación como la que ha planteado una pandemia mundial. La vista está puesta ahora en potenciar la aportación de valor de otras regiones de Asia, por su cercanía a China, o jugar la baza de América Latina, por su proximidad al importante mercado de consumo de Estados Unidos.

La integración de China en la región asiática ha favorecido que, a medida que el gigante asiático asciende hacia la parte alta de la cadena de valor en la manufactura y producción en varias industrias, hayan sido los países vecinos los que han capturado el espacio dejado por China. Asimismo, en este escenario, el proceso de decoupling y la aceleración generada por la crisis sanitaria ha motivado que varias tecnológicas estadounidenses, como Google, Microsoft y Apple, estén moviendo parte de su producción fuera de China, quedando Vietnam y Tailandia entre los países más beneficiados. Pero ¿en qué medida podría América Latina beneficiarse de esta reordenación de las cadenas de suministro globales que está promoviendo Estados Unidos?

La gran ventaja de la proximidad de los países latinoamericanos con el gran mercado de consumo estadounidense no se ha visto traducida en un mejor posicionamiento de América Latina como sustituto natural de Asia en este proceso de decoupling al que aspira Estados Unidos. La región en su conjunto no ha desarrollado las infraestructuras y capacidades logísticas que demanda la operativa de las cadenas de suministro globales, sin embargo, determinados países podrían verse beneficiados, según un estudio de The Economist Intelligence Unit.

En ese movimiento de las cadenas de suministro globales que está promoviendo Estados Unidos del este al oeste, México es el país mejor posicionado, aunque determinados factores hacen poco factible que este proceso llegue a consolidarse, según este estudio. El hecho de que dos tercios de las importaciones de bienes y servicios de México estén relacionados con el comercio de exportación, y que el envío de contenedores tarde apenas una semana en pasar la frontera frente a las cinco semanas que tardaría en llegar desde China, además de tener un coste menor, son puntos que benefician la posición de México. Sin embargo, la lenta recuperación de la pandemia no favorece un reposicionamiento del país en las cadenas de suministro globales, a lo que habría que añadir la falta de políticas que promuevan este tipo de movimiento, así como la carencia de mecanismos que incentiven la atracción activa de la inversión.

De entre los países de América Latina, Chile, Costa Rica, México, Colombia y Brasil figuran entre los mejor posicionados para incorporarse a las cadenas de suministro globales. Sin embargo, la falta de inversión en infraestructura de la que adolece la región, que destina menos del 3% del PIB en su conjunto, no favorece esta transición. Contrasta con el 8% del PIB que dedican los países de Asia Oriental, y se estima que sería necesario incrementar entre un 4%-8% del PIB el gasto en infraestructuras para poder asemejarse a otros países industrializados como Corea del Sur, según algunos estudios.

Existen, asimismo, otras cuestiones a tener en cuenta para generar esta transición desde la región asiática a la latinoamericana. Destaca la falta de preparación y adopción de las nuevas tecnologías en un modelo de cuarta revolución industrial (4IR), así como la cuestión de los costes laborales y la disponibilidad de talento especializado. No obstante, aunque la situación no sea la más favorable, toda crisis es una oportunidad, y América Latina debe encontrar los mecanismos para reivindicarse como actor mundial en la configuración de las futuras cadenas de suministro globales.

THE ASIAN DOOR: Decoupling a la vista, pero no de quien crees. Águeda Parra

La situación de más de dos años de guerra comercial entre Estados Unidos y China ha desencadenado la posibilidad de promover el decloupling de la primera potencia del mundo del mayor exportador mundial. Una forma de reducir el déficit comercial que existe entre ambas economías pero que, asimismo, implica ciertas consideraciones geopolíticas de gran trascendencia. Hasta la llegada del COVID-19, la idea del decoupling estaba íntimamente ligada con las negociaciones de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Inmersos ahora en una importante crisis sanitaria, la narrativa sobre el decoupling comienza a popularizarse de forma generalizada.

La llegada de la crisis sanitaria ha puesto de manifiesto la dependencia de China que tienen las economías mundiales en muchos productos de primera necesidad. Antes de la pandemia, la producción y abastecimiento estaban garantizados, pero una demanda simultánea en un corto espacio de tiempo en todo el mundo ha hecho aflorar la posibilidad de contemplar una alternativa a China para evitar los casos de descontinuación de la producción que ha sufrido el gigante asiático por efecto de la crisis del COVID-19. Esta situación ha fomentado que se incremente la narrativa sobre el decoupling en Estados Unidos, mientras otros países, como Japón, también se suman a esta iniciativa considerando incentivar a sus empresas para que saquen la producción de China.

Todo lo contrario de lo que sucede con Asia en su conjunto y, especialmente, en el Sudeste Asiático, donde China avanza hacia una mayor integración comercial. En medio de la crisis del COVID-19, el gigante asiático incrementó las exportaciones hacia la región en un 8,5% interanual, desmarcándose de la previsión de los analistas que pronosticaban una reducción del 12%. Si algo ha demostrado la pandemia es la continua integración económica de las economías asiáticas que lejos de la estrategia promovida por Estados Unidos de fomentar el decoupling de China, Asia está consolidando una mayor integración con el gigante asiático, lo que, en definitiva, supondrá un decoupling de Estados Unidos.

El mes de abril ha registrado incrementos de compra de hasta el 50% de productos chinos por parte de Taiwán, Vietnam, Tailandia e Indonesia, justo en medio de la pandemia. A la inversa, la tendencia es la misma, y las importaciones de China desde Asia también se han incrementado. Una tendencia que puede estar provocada por la discontinuidad de la producción en los países occidentales, más afectados en ese momento por la crisis sanitaria. Sin embargo, en una situación post-pandemia, estos mayores flujos comerciales con Asia pueden hacerse permanentes y reforzar la creciente integración económica que ya se aprecia entre las principales economías asiáticas.

El comercio de semiconductores también se ha incrementado, recibiendo China un volumen mayor por parte de Japón del que éste envía a Estados Unidos. La guerra comercial continúa, y Estados Unidos ha extendido un año más la prohibición de que las compañías vendan componentes al proveedor chino de telecomunicaciones Huawei, de ahí que la necesidad de aprovisionamiento del gigante asiático de semiconductores procedentes de otros países haya crecido. En el largo plazo, esta estrategia de Estados Unidos no va a impactar en la capacidad de China para conseguir ser autosuficiente de la tecnología extranjera, pero estas restricciones sí van a perjudicar, sin embargo, la competitividad de las marcas americanas en el mercado chino.

La crisis sanitaria del COVID-19 ha reforzado la narrativa de Estados Unidos de fomentar el decoupling de China, pero las tensiones económicas provocadas por la situación post-pandemia no van a hacer sencillo que ese proceso se produzca, de producirse, en el corto plazo. Sin embargo, en este tiempo China continuará con su ambición de ser independiente de la tecnología extranjera a través del impulso que está aportando la iniciativa Made in China 2025 a su industria. De esta forma, el gigante asiático continuará con su estrategia de fomentar alianzas con otras empresas tecnológicas no estadounidenses. Lo que empezó siendo un decoupling de Estados Unidos de China puede terminar convirtiéndose en un efecto decoupling de Asia de Estados Unidos liderado por China.

¿Y si Kim decide golpear primero? Miguel Ors

“Los expertos en Corea del Norte de dentro y de fuera del Gobierno de Estados Unidos”, escribe en Vox el periodista Yochi Dreazen, “sostienen que Kim [Jong-un] es un líder racional, cuyo objetivo principal es mantenerse en el poder. No lo consideran ni un idiota ni un suicida, y durante mucho tiempo han estado convencidos de que solo recurriría a las armas nucleares en caso de derrota militar y de colapso del régimen. Sería el estertor de alguien decidido a morir matando”.

Esta opinión ha comenzado, sin embargo, a resquebrajarse. La mayoría de las fuentes que Dreazen ha consultado para su inquietante reportaje consideran ahora que Pyongyang usaría la bomba atómica al principio, no al final de la guerra. Y se trataría de una decisión perfectamente lógica.

La explicación tiene que ver con un viejo problema de la Guerra Fría: el decoupling, que vendría a significar algo así como la división. “En los años 50”, sigue Dreazen, “la URSS era militarmente muy superior a Alemania, Francia y el resto de los aliados de Europa Occidental y Washington asumió formalmente su defensa en caso de invasión”. Pero su abnegación empezó a tambalearse cuando Moscú desarrolló cohetes intercontinentales, capaces de golpear poblaciones estadounidenses.

Los primeros en comprender las implicaciones estratégicas de este despliegue fueron los franceses. “Espera un momento”, se dijeron. “Si el Pentágono arroja bombas atómicas sobre las tropas soviéticas en suelo europeo, ¿no responderán estas con un ataque en suelo americano? Probablemente sí. ¿Y está Washington dispuesto a sacrificar Nueva York para salvar París? Probablemente no”. Por eso en 1960 Charles de Gaulle anunció la constitución de una “force de frappe” nuclear.

Casi 70 años después, la situación se repite en el Pacífico. Con el ensayo de sus misiles de largo alcance, Pyongyang ha plantado la semilla de la división o decoupling en la hasta ahora monolítica alianza que formaban Estados Unidos y Corea del Sur. “Parafraseando las dudas de la Guerra Fría”, plantea Dreazen, “¿está [Donald] Trump dispuesto a sacrificar San Francisco para salvar Seúl?”

Si Kim concluye, como De Gaulle, que probablemente no, el recurso a las armas atómicas deja de ser una idiotez. Es más, la clara inferioridad del arsenal de Pyongyang (unos 50 artefactos frente a los 6.800 de Washington), algo que Trump ha esgrimido a menudo como una garantía de que el “hombre cohete” no se atreverá a desenfundar nunca, puede dejar de ser un elemento disuasorio para convertirse en un incentivo. “Si Kim Jong-un sospecha que Estados Unidos y sus aliados van a ir a por sus bombas”, escriben Vipin Narang y Ankit Panda en The Diplomat, “su estrategia dominante será lanzarlas lo antes posible, para que no se las neutralicen”.

Dreazen cree que, en caso de conflicto, Kim podría vitrificar la ciudad portuaria de Busan, con lo que mataría dos pájaros de un tiro: por un lado, aterrorizaría al mundo y, por otro, dificultaría el desembarco americano en la península. “Estados Unidos tiene 28.500 soldados estacionados en Corea del Sur y necesitaría movilizar a cientos de miles [entre 200.000 y 600.000] si estallara una guerra con el Norte. También debería enviar carros de combate, vehículos acorazados, cazas, helicópteros y piezas de artillería”. Este desafío logístico supera la capacidad de un puente aéreo. El grueso del transporte debería realizarse por mar y la destrucción de Busan supondría un duro revés.

“Debemos estar listos ante la eventualidad de que Kim use armas nucleares en la fase inicial del conflicto”, reconoce a Dreazen un analista de la CIA que ha dedicado largos años a estudiar el régimen norcoreano.

No va a pasar mañana, pero la idea de que pueda golpear primero ya no resulta tan descabellada.