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INTERREGNUM: ¿Cambio de testigo en Asia? Fernando Delage

¿Será noviembre de 2017 la fecha en que se certificó la sustitución de Estados Unidos por China en el liderazgo asiático? La sucesión de encuentros mantenidos en la región la semana pasada así parece apuntarlo. La cumbre de APEC en Vietnam, en particular, enfrentó de nuevo dos retóricas opuestas—la de Pekín y la de Washington—con una rotunda mayoría a favor de la primera.

No se trata de seguir el modelo chino. Pero es Xi Jinping quien abandera la defensa de la globalización y de una economía abierta, y quien impulsa una renovación de las fórmulas multilaterales. La República Popular es, por resumir, la gran potencia comprometida con los principios e instrumentos que necesitan las economías asiáticas para continuar creciendo. El discurso unilateralista de Trump, además de su innecesario tono hostil, no podía granjearle nuevos amigos. Como desde un principio resultaba previsible, “America first” sólo podía significar “America alone”. Estados Unidos ha decidido aislarse de los intereses que comparten los países de la región, con independencia de sus diferentes regímenes políticos o niveles de desarrollo. El acuerdo de principio logrado en Vietnam para rehacer el Acuerdo Transpacífico (TPP) a 11, es decir, sin Washington, es la más clara expresión del camino sin salida emprendido por Trump en su política comercial. China, por su parte, ha vuelto a demostrar su habilidad para utilizar foros como APEC para avanzar en la construcción de un nuevo orden regional, con ella en el centro.

Tampoco ofreció Trump la formulación de una política asiática que esperaban los observadores, más allá del mero concepto de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. Quizá de vuelta en casa su administración ofrezca mayores detalles, incluyendo—se cree—un paquete de medidas dirigido a corregir el gigantesco déficit bilateral con Pekín. También podría resucitarse la fórmula del “Quad”, el cuadrilátero de democracias que ya propuso el primer ministro japonés, Shinzo Abe, hace diez años como elemento de equilibrio de una China en ascenso. Ha sido de nuevo Tokio, esta vez por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Taro Kono, quien en una entrevista a “Nikkei Asian Review” a principios de mes, propuso el establecimiento de un diálogo estratégico formal al más alto nivel entre Japón, Estados Unidos, India y Australia, con dos objetivos principales: asegurar la estabilidad del espacio marítimo regional, y articular una respuesta alternativa a la Ruta de la Seda china.

Washington parece haber “comprado” la idea japonesa. El escepticismo de Delhi y el rechazo de Australia por temer provocar a China, abortaron hace una década la iniciativa. Esta vez, India se ha mostrado a favor de cooperar “sobre todas aquellas cuestiones que favorecen sus intereses”, y también la ministra australiana de Asuntos Exteriores, Julie Bishop, ve con buenos ojos la propuesta. Pero, ahora como entonces, quedan algunas cuestiones por resolver. ¿Por qué está ausente otra importante democracia de la región, Corea del Sur? Y, sobre todo, ¿cómo se equilibra el hecho de que China se convierta en la principal variable del futuro económico de la mayor parte de los países de la región, y que algunos pretendan sumarse al mismo tiempo a una coalición diplomática contra Pekín? El polarizado debate que se está produciendo en Australia entre la comunidad diplomática y estratégica—escéptica sobre un mayor acercamiento a Pekín—y la económica y empresarial—defensora de lo contrario—es buen ejemplo de una dinámica que, al menos de momento, continúa favoreciendo a China y a sus esfuerzos por consolidar una esfera de influencia cada vez más amplia.

INTERREGNUM. China y Japón: relaciones peligrosas. Fernando Delage

Una vez confirmados y reforzados en sus cargos tras el XIX Congreso del Partido Comunista Chino y las recientes elecciones generales, respectivamente, una de las principales prioridades diplomáticas de Xi Jinping y de Shinzo Abe será como tratar el uno con el otro. Aunque las tensiones entre China y Japón han ido en aumento desde 2010, a partir de 2014 se abrió un paréntesis de relativa calma que no oculta, sin embargo, las diferencias estructurales de fondo. En manos de Xi y de Abe estará, hasta al menos 2021, la responsabilidad de buscar un entendimiento, aunque sus acciones dependerán asimismo de un tercero: Estados Unidos.

El legado de la Historia y las reclamaciones marítimas chinas explican en gran medida las dificultades entre la segunda y tercera mayores economías del mundo. Pero no son las únicas razones. La espiral de negatividad que se registra en las percepciones mutuas arranca en la década de los noventa, tras los sucesos de Tiananmen. Y la variable fundamental que la causa, más que la evolución de las relaciones bilaterales, es el papel que cada parte comienza a desempeñar en la dinámica política interna de su vecino. Japón es un pilar central en torno al cual se ha construido el nacionalismo chino contemporáneo, mientras que el relevo generacional en la política japonesa ha conducido a la defensa de posiciones más firmes con respecto a una China en ascenso.

Richard McGregor, excorresponsal del Financial Times en Tokio, primero, y en Pekín, más tarde, acaba de publicar un fascinante libro en el que cuenta en detalle cómo se llegó a este punto desde la normalización de relaciones diplomáticas a principios de la década de los setenta. Aunque es un tema objeto de numerosas publicaciones, “Asia’s reckoning: the struggle for global dominance” (Allen Lane, 2017), es una indispensable obra de referencia. McGregor no sólo ha tenido acceso a fuentes anteriormente clasificadas, sino que ha entrevistado a decenas de políticos y diplomáticos de ambos países, y de Estados Unidos, muchos de ellos protagonistas directos de los hechos narrados.

Las opiniones y percepciones de los dirigentes chinos y japoneses como clave del comportamiento de sus respectivos países, adquieren así una relevancia que no suele ser habitual en los libros de carácter más académico. Es en este terreno donde el libro ofrece mayores novedades, incluyendo verdaderas perlas. La transcripción de las conversaciones entre Zhou En-lai y Henry Kissinger sobre Japón no tienen desperdicio, por ejemplo. No le hará ganar muchos amigos en Tokio al ex asesor de seguridad nacional norteamericano, pero es muy reveladora de la manera de ver el mundo de la administración Nixon. La discusión sobre Taiwán mantenida entre Mao Tse-tung y el primer ministro japonés Kakuei Tanaka, es igualmente ilustrativa de las prioridades chinas en la década de los setenta. Una época que en poco se parece a la actual, como revela la gestión—sobre la que McGregor proporciona detalles poco conocidos hasta la fecha—de las crisis de 2010 y 2012 en torno a las islas Senkaku.

¿Qué ha cambiado? Lo fundamental es el giro en la posición relativa de poder de ambos Estados. El rápido ascenso económico y militar de China transforma de manera radical el entorno exterior de Japón, como también pone en riesgo la primacía tradicional de Estados Unidos en la región. Este es por tanto el principal motivo del reajuste en los cálculos estratégicos de Tokio y Washington, pero también del choque entre dos nacionalismos que alimentan, en China y en Japón, un juego político interno que no propicia precisamente las actitudes de reconciliación.

INTERREGNUM: Trump en Asia. Fernando Delage

El 3 de noviembre, Trump comienza su segundo gran viaje al exterior, con una gira de 12 días que le llevará a cinco países de Asia. Además de los tres grandes del noreste asiático—Japón, China y Corea del Sur—, el presidente norteamericano visitará dos naciones del sureste de la región—Vietnam y Filipinas—para asistir a dos cumbres multilaterales.

En los tres primeros predominará la agenda bilateral. Comercio y seguridad ocuparán la mayor parte de su tiempo con Shinzo Abe, Xi Jinping y Moon Jae-in. Tras su victoria electoral del 22 de octubre, un Abe reforzado políticamente tratará de convencer a Trump de lo inviable de su política comercial: Japón, como la mayoría de las economías asiáticas, necesita mayor liberalización e integración, y preferiría evitar una excesiva dependencia del mercado chino. El primer ministro surcoreano tendrá que emplearse a fondo también para que Trump no añada el acuerdo de libre comercio Estados Unidos-Corea del Sur (KORUS) a la lista de los pactos, encabezados por NAFTA, que quiere deshacer. En China, cuyo superávit comercial con Estados Unidos el presidente no ha dejado de denunciar desde la campaña electoral, quizá desvele por fin cómo piensa responder. Con los tres líderes, Trump discutirá asimismo la evolución del desafío norcoreano, para concluir, lo reconozca o no, que carece de opciones de actuación en solitario.

Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política. Ni en el departamento de Estado ni en el Pentágono se ha nombrado aún a los responsables de Asia, mientras también siguen vacantes muchas de las embajadas de Estados Unidos en la región. Tampoco se ha expuesto una estrategia articulada sobre los objetivos de la administración. Se espera con notable expectación, por tanto, que en su discurso en Vietnam, donde Trump asistirá a su primera cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), anuncie su visión de Asia y cómo propone defender los intereses norteamericanos en un contexto de profunda transformación. Asia nunca ha sido más importante para el futuro económico y diplomático de Estados Unidos y, sin embargo, se acelera la percepción de debilitamiento de su posición. La Casa Blanca quiere apartarse de las propuestas de Obama y su famoso “pivot” hacia Asia, pero lo que ha provocado ha sido un vacío de un año tras el abandono del TPP, letal para su credibilidad.

Un anticipo de lo que pueda decir Trump lo ofreció su secretario de Estado, Rex Tillerson, en un discurso pronunciado en Washington el 18 de octubre, en vísperas de su primer viaje oficial a India. Fue algo más que un examen de las relaciones entre las dos mayores democracias del mundo. Tillerson volvió al discurso de administraciones anteriores sobre un orden regional libre y abierto, y “basado en reglas”. Aunque de manera poco explícita, también dio a entender que Washington va a reaccionar a la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, y que, ante la redistribución en curso del poder internacional, India será uno de sus principales socios de preferencia. Cabe esperar que, en su intervención en Vietnam, por fin Trump anuncie cómo Estados Unidos va a intentar abrirse un espacio en Eurasia para equilibrar las ambiciones económicas y geopolíticas chinas.

En Filipinas, Trump no asistirá a la Cumbre de Asia Oriental, segunda gran cumbre anual multilateral en Asia, a la que Estados Unidos se incorporó en 2010, y que Obama trató de reconvertir en el principal foro regional de seguridad. Aunque es el único proceso, junto a APEC, que reúne a los jefes de Estado y de gobierno, la ausencia de Trump en su primera convocatoria es difícilmente justificable. Al menos, participará la víspera en la cena de conmemoración del 50 aniversario de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), institución que ocupó un papel relevante en la estrategia asiática de Obama pero que ha ignorado hasta la fecha la actual administración. Quizá tras sus conversaciones con Rodrigo Duterte, Trump pueda afinar sus ideas al conocer de primera mano la percepción local sobre el ascenso de China y sobre lo que se espera de Estados Unidos.

INTERREGNUM: China: ¿Nueva Era o Gran Salto Atrás? Fernando Delage

No se esperaba que, el pasado 18 de octubre, Xi Jinping fuera a emplear tres horas y media para exponer su informe de gestión como secretario general en la apertura del XIX Congreso del Partido Comunista. Cinco años antes, a Hu Jintao le bastaron 90 minutos. Pero la duración de su discurso fue coherente con las ambiciones de Xi, entronizado como líder supremo y responsable, nada menos, del comienzo de una “nueva era” de la República Popular, tras las representadas por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. ¿Serán Jiang Zeming y Hu Jintao, veinte años al frente de China entre los dos, algo más que una nota a pie de página en los futuros manuales de Historia?

El Congreso acordará la mayor renovación de los cargos internos del Partido desde 1969: hasta un 70 por cien de los miembros del Comité Central serán nuevas incorporaciones. Entre ellos estarán los integrantes del próximo Politburó y, de entre estos últimos, los cinco dirigentes que—junto a Xi Jinping y Li Keqiang—formarán parte del Comité Permanente. Sus nombres, que no se conocerán hasta el 24 de octubre, darán la clave sobre si Xi ha logrado situar de manera prioritaria a fieles suyos en las principales estructuras de la organización.

En su informe, Xi repasó numerosas áreas de gobierno, pasando de la economía a la política exterior, de la educación a la ideología. Un leitmotiv predominó en su intervención: la necesidad de afianzar el papel de control del Partido Comunista, de conformidad con las actuaciones emprendidas por el secretario general durante el último lustro. La campaña contra la corrupción seguirá su curso, al igual que el reforzamiento de la disciplina interna.

Pero a falta de que el Congreso llegue a su fin en unos días, también se ofrecieron algunas novedades. Una especialmente llamativa ha sido la aparición de una nueva fecha en la planificación del gobierno: 2035.

Hasta ahora, el “sueño chino” era el eslogan que definía las prioridades de Xi desde su nombramiento a finales de 2012; un discurso que lejos de ser un mero recurso retórico estaba vinculado a dos objetivos a alcanzar en coincidencia con dos conmemoraciones históricas: convertirse en la mayor economía del mundo en 2021 (centenario de la fundación del Partido), y en una sociedad próspera y moderna, que contaría además con el mayor presupuesto de defensa del mundo, hacia 2049 (centenario del nacimiento de la República Popular).

En el XIX Congreso, Xi se ha fijado el propósito de que China “realice su modernización socialista” hacia 2035. Es una fecha a mitad de camino entre las dos señaladas anteriormente, y hay quien ve en ello la intención de Xi de permanecer en el poder más allá de 2022, cuando venza su segundo y, en teoría, último mandato. También es un año, 2035, con el que se quiere hacer hincapié en la calidad del crecimiento económico, más que en su ritmo, algo fundamental para que China no se vea atrapada en el estatus de un país de ingresos medios cuando se acelera el envejecimiento de su población.

No obstante, el diagnóstico de los imperativos descritos por el gobierno parece contradictorio con la vuelta a un esquema de poder unipersonal que recuerda a etapas anteriores. La estabilidad de China y del resto del mundo requieren que esta “nueva era” lo sea de verdad y no enmascare lo que podría convertirse en un “Gran Salto Atrás”.

INTERREGNUM: Congreso y elecciones en China y Japón. Fernando Delage

A un mes de la primera visita del presidente Trump a Asia oriental, los dos grandes de la región, China y Japón, celebran en una misma semana dos relevantes convocatorias políticas.

El 18 de octubre se inaugura en Pekín el XIX Congreso del Partido Comunista Chino. Nada puede darse por seguro en uno de los sistemas políticos más opacos del mundo, salvo la ratificación de Xi Jinping para un segundo mandato como secretario general. Es previsible, sin embargo, que, conforme al poder que ha acumulado durante estos años, Xi sitúe a leales suyos en los órganos del Partido sujetos a renovación, consolidando así su capacidad de decisión para el próximo lustro. Se espera asimismo que su “pensamiento” se incorpore a la Constitución, y en algunos medios se sugiere, incluso, que podría recibir el nombramiento de Presidente del Partido, un cargo que sólo ostentó Mao Tse-tung en la historia de la República Popular.

Además de las cuestiones internas, el Congreso marcará las prioridades de gobierno hasta 2022. Ninguna será tan importante como la reactivación de las reformas económicas: de ellas depende la sostenibilidad del crecimiento, condición a su vez para que el Partido Comunista pueda asegurarse su monopolio del poder. Pero en una China que va camino de convertirse en la mayor economía del mundo, la política exterior será igualmente objeto de atención por el Congreso. Los próximos cinco años serán decisivos para perfilar su estatus como gran potencia, y consolidar el salto cualitativo que ha dado en su presencia global desde la llegada de Xi al liderazgo del Partido. Su mayor peso internacional crea, sin embargo, nuevos problemas y, entre ellos, pocos tienen el alcance de la difícil relación con Japón.

Diferencias territoriales y el cambio en su posición relativa de poder agravan un contexto ya marcado por el legado de la Historia. Conocido por sus escasas simpatías hacia Japón, Xi fue nombrado secretario general un mes antes de que, tras ganar las elecciones de diciembre de 2012, Shinzo Abe se convirtiera en primer ministro. Xi se encontró frente a un jefe de gobierno japonés no dispuesto a asumir una posición subordinada con respecto a China, que pondría en marcha una transformación sin precedente de la política de seguridad de su país. Cinco años más tarde vuelven a coincidir en sus agendas, con la diferencia de que mientras Xi ascenderá en su posición, Abe se arriesga a perder o, al menos, a ver diluida la suya. ¿Cómo podrán afectar estos hechos a las relaciones bilaterales en vísperas de la conmemoración, en 2018, del 40 aniversario del tratado de Amistad y Cooperación?

El 22 de octubre Japón celebra elecciones generales anticipadas. Tras varias derrotas del Partido Liberal Democrático (PLD) en comicios locales, Abe ha aprovechado un ligero repunte de su popularidad gracias a la amenaza que representa Corea del Norte, para intentar extender su mandato una legislatura más. Pero el escenario interno ha cambiado: la gobernadora de Tokio, Yuriko Koike, anunció la creación de un nuevo partido nacional, el Partido de la Esperanza, nada más convocar Abe las elecciones. En cuestión de días, el principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón, decidió integrarse en una misma candidatura con la agrupación de Koike, complicando las posibilidades del primer ministro. Aun cuando triunfe el PLD, Abe puede perder la mayoría parlamentaria de dos tercios necesaria para las reformas constitucionales que defiende. Al mismo tiempo, el sistema de partidos vuelve a una dinámica de cierta inestabilidad que puede obstaculizar la coherencia de la diplomacia japonesa. En un momento de incertidumbre con respecto a las intenciones de la administración Trump, y con un líder chino reforzado en Pekín, la política interna de Japón puede afectar a las relaciones entre los tres lados de este triángulo de manera que quizá nadie esperaba.

INTERREGNUM: Estados Unidos en Asia. Fernando Delage

La desautorización del secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, por su presidente, Donald Trump, tras declarar en Pekín la semana pasada que los canales de diálogo con Pyongyang están abiertos, no es sólo una torpeza diplomática. Es un nuevo reflejo de algo mucho más grave: la falta de una estrategia en la Casa Blanca.

La improvisación nunca es buena consejera, y así lo demuestra la propia historia de la política exterior norteamericana en Asia, objeto de un excelente libro de reciente publicación: “By More than Providence: Grand Strategy and American Power in the Asia-Pacific Since 1783” (Columbia University Press, 2017). Su autor, Michael Green, profesor en la universidad de Georgetown, realiza una exhaustiva investigación de la diplomacia norteamericana en Asia desde el nacimiento de la República hasta Obama. Como responsable de Asia en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración de George W. Bush, Green se percató de la falta de referencias históricas: aunque parezca difícil de creer, no existía ninguna fuente que, de manera sistemática, analizara la evolución de la política de Estados Unidos en la región. Este libro es el resultado de su esfuerzo por cubrir ese hueco, una vez de vuelta en el mundo académico.

Además de una minuciosa valoración de la estrategia seguida por sucesivas administraciones, el autor identifica una serie de impulsos opuestos que han aparecido de manera constante a lo largo de estos dos siglos. Entre ellos, señala Green, ha habido una inclinación alternativa a elegir bien Europa o bien Asia como área prioritaria; una oscilación entre una estrategia continental o marítima (es decir, entre optar por China o por Japón como pilar central de la política asiática norteamericana); una elección por los objetivos geoeconómicos sobre los geopolíticos (o viceversa); y un hincapié—o, por el contrario, ausencia—en la la promoción de los valores liberales y democráticos.

Desde las primeras misiones marítimas de la recién creada república al “pivot” de Obama a principios de la segunda década del siglo XXI, Green saca a la luz aspectos poco conocidos incluso por los expertos y ofrece interesantes lecciones para el futuro. Una de sus conclusiones fundamentales es que Washington obtuvo resultados positivos siempre que se acertó en la definición del contexto regional y de sus implicaciones para los intereses de Estados Unidos. Lo que solía ocurrir cuando la estrategia la formulaban funcionarios y políticos con un conocimiento profundo de Asia, y existía una verdadera coordinación entre departamentos, así como entre éstos y la Casa Blanca.

No cabe esperar que Trump se lea un libro de más de 700 páginas como éste. Sin embargo, encontraría en él muchas claves sobre qué no hacer si quiere frenar la rápida pérdida de credibilidad de Estados Unidos entre sus aliados y socios asiáticos.

INTERREGNUM: Elecciones en Japón. Fernando Delage

Por segunda vez desde que regresara a la jefatura del gobierno en diciembre de 2012, Shinzo Abe ha convocado elecciones anticipadas. Parece como si, de esa manera, quisiera extender gradualmente su permanencia como primer ministro, añadiendo sucesivos períodos de cuatro años a legislaturas inacabadas. Su agenda de reformas económicas y de normalización de la política de defensa, frente al desafío de una China en ascenso, además de la organización de los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, requieren, en su opinión, de algo más que un único mandato.

Pero siempre es arriesgado acudir a las urnas. La derrota del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones a gobernador de Tokio el pasado verano, ya reveló el disminuido apoyo popular a Abe, y la irrupción, casi por sorpresa, de una nueva figura, Yoriko Koike, que concurrió como líder de un partido creado al efecto. No fue un fenómeno pasajero. Tras convocarse elecciones generales para el 22 de octubre, Koike anunció poco después su candidatura mediante la formación del Partido de la Esperanza, complicando el panorama que Abe esperaba afrontar. La fundación de este nuevo partido provocó, apenas tres días después, la integración en el mismo del hasta ahora principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón (PDJ). Koike se ha convertido así en la principal rival de Abe, y en la primera mujer con posibilidades de llegar al frente del gobierno japonés.

Es un resultado que no puede darse por seguro, dada la extraordinaria fortaleza estructural del PLD, partido que ha gobernado Japón desde 1955, con la excepción de dos breves paréntesis (1993-94 y 2009-12). Pero tampoco puede ya considerarse como inevitable la victoria de Abe.

Los analistas empiezan a preguntarse por ello qué cambiaría con Koike. Después de todo, ella misma perteneció al PLD, como tantos otros políticos hoy en la oposición. Su mensaje de modernización, su estilo desenfadado y su biografía personal resultan atractivos en el tradicional mundo gris de la política japonesa. Pero algo parecido ocurría con Junichiro Koizumi hace 15 años, sin que su paso por el poder—fue primer ministro de 2001 a 2006—consolidara las reformas que el país necesita.

El envejecimiento de la sociedad japonesa complica las bases de un nuevo crecimiento, aunque no pueden negarse los logros de la política de Abe y del Banco Central: la conocida como “Abenomics”. No obstante, 25 años después de que el PLD comenzara a escindirse, sigue sin existir un sistema ordenado de partidos. Los socialistas virtualmente desaparecieron, pero los liberales han tenido como oposición desde entonces una sucesión de fuerzas con distintos niveles de representación parlamentaria; partidos que cambian con frecuencia de nombre y de líderes, sin que sus programas sean realmente distinguibles de los del PLD. Quizá ello explique el desencanto popular: la participación en las últimas elecciones generales, en diciembre de 2014, registró la cifra más baja desde la segunda posguerra mundial (un 52 por cien). Aunque es una incógnita si el 22 de octubre se confirmará esta misma tendencia, la dinámica partidista no alterará en lo fundamental, sin embargo, la estabilidad de la primera democracia no occidental, y tercera mayor economía del mundo.

INTERREGNUM: El drama de los Rohingya. Fernando Delage

En pleno siglo XXI, y casi 25 años después del genocidio de Ruanda, un nuevo episodio de limpieza étnica se desarrolla en Asia. Aunque la persecución de la minoría musulmana de Birmania—de origen bengalí—no es en absoluto nueva (es resultado de un complejo legado colonial y de la sucesión del antiguo Pakistán Oriental por el Estado independiente de Bangladesh tras la guerra de 1971), el resurgir de un nacionalismo birmano y la radicalización de algunos grupos armados entre los Rohingya han creado un contexto explosivo, en el que se entremezclan terrorismo e insurgencia con un gigantesco drama humanitario.

Se esperaba que, tras las elecciones de 2015, la gradual democratización del sistema político permitiría mejorar la situación de los Rohingya. Pero ha sido todo lo contrario. Muchos se preguntan por las razones del comportamiento de ese icono de la libertad y la tolerancia que es Aung San Suu Kyi (“the Lady”, para los generales birmanos). Pero la premio Nobel de la paz es hoy un líder político que no puede enfrentarse a los militares—con los que gobierna—ni a la mayoría budista a la que pertenece, en uno de los países étnicamente más complejos del mundo. La islamofobia contra esa minoría birmana se ha agravado, a la vez que el ejército no está sujeto al control de las autoridades civiles después de redactar una nueva Constitución a su medida. Con todo, las implicaciones de la crisis para el entorno regional no son menos relevantes.

Que Al-Qaeda y Daesh hayan hecho un llamamiento a favor del apoyo a los Rohingya no favorece su causa. Las conexiones del principal grupo responsable de las acciones contra el ejército a finales de agosto, el Arakan Rohingya Salvation Army (ARSA), con otros movimientos radicales—se sospecha en particular de Pakistán—han situado la campaña antiterrorista por encima de la expulsión de esta minoría (a la que se niega incluso la nacionalidad). La ASEAN se ha mostrado impotente a la hora de formular una respuesta, mientras que Bangladesh teme las consecuencias de su acogida: si facilita las condiciones a los refugiados, puede atraer a un número aún mayor de Rohingya, que querrían además solicitar residencia permanente. Los dos grandes que intentan influir en Birmania—India y China—aprovechan asimismo la situación para perseguir sus propios objetivos.

El primer ministro indio, Narendra Modi, visitó Birmania hace apenas dos semanas y evitó el tema en público. Al afrontar su propio fenómeno insurgente en las provincias del noreste, fronterizas con Birmania, India necesita la cooperación del gobierno de este país contra dichos grupos violentos. Modi es el líder, por otra parte, de una formación política, el Janata Party, definida por el hinduismo más estricto, con escasas simpatías por tanto hacia los musulmanes. También China se ha pronunciado a favor de la política del gobierno birmano. Pekín mantiene su propia política represiva hacia los musulmanes de Xinjiang, y podría vetar cuantas propuestas se presenten en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Cuando Occidente por fin reacciona, y europeos y americanos pueden intentar articular un conjunto de sanciones, se abre además una nueva oportunidad para Pekín, cuya excesiva presión durante los últimos años fue de hecho uno de los motivos que condujo a los militares birmanos a poner en marcha el proceso de transición política. Su oferta de ayuda financiera, inversiones en infraestructuras y venta de armamento puede restaurar su influencia en este Estado clave para su política energética y para el desarrollo de sus provincias meridionales. Pekín contaría también con otro gobierno que podría vetar posiciones contra China en el marco de la ASEAN (además de Tailandia, Malasia, la Filipinas de Duterte, Laos o Camboya).

Como en tantas otras ocasiones a lo largo de la Historia, los intereses de las potencias se imponen sobre una tragedia humanitaria que, tras la derrota del Estado islámico, podrá convertirse en un nuevo campo de batalla para el mundo musulmán.

INTERREGNUM: Abe en Gujarat. Fernando Delage

El pasado 14 de septiembre, el primer ministro indio, Narendra Modi, recibió a su homólogo japonés, Shinzo Abe, en Ahmedabad—en su estado natal de Gujarat—, en una nueva cumbre bilateral que tenía por objeto fijar la “dirección futura” de las relaciones entre India y Japón.

En el marco de la “asociación global” que ambos países constituyeron en el año 2000, Modi y Abe firmaron hasta 15 acuerdos y continuaron ampliando una agenda que refleja la creciente convergencia económica y estratégica entre las dos grandes democracias asiáticas. Japón necesita reactivar el crecimiento en el contexto de una sociedad que envejece con rapidez, mientras que India busca atraer capital y tecnologías del exterior para desarrollar el sector industrial que permitirá crear empleo e impulsar un desarrollo sostenido y de calidad. La inversión japonesa en India ha aumentado de 2.600 millones de dólares en 2015-2016 a 4.700 millones de dólares el último año fiscal. Sus inversiones acumuladas ascienden a 26.000 millones de dólares, lo que supone el ocho por cien del total recibido por India desde el año 2000. Las infraestructuras son objetivo prioritario y, de manera simbólica, los dos primeros ministros inauguraron las obras del primer tren de velocidad del país, entre Ahmedabad y Mumbai.

Abe y Modi lanzaron asimismo una nueva iniciativa diseñada como alternativa a la Ruta de la Seda de Pekín: el Corredor de Crecimiento Asia-África (AAGC en sus siglas en inglés). India puede convertirse en una útil plataforma de proyección de las empresas japonesas hacia el Golfo Pérsico y el continente africano. Tokio aportará 200.000 millones de dólares a este proyecto de cooperación entre dos continentes mediante el desarrollo de infraestructuras de calidad, conectividad institucional e intercambio entre sociedades, para equilibrar la influencia económica y diplomática china.

La República Popular es también el principal factor de la convergencia entre Delhi y Tokio en cuestiones de seguridad y defensa. Días antes de la cumbre, los ministros de Defensa de ambos países discutieron en su reunión anual sobre la coproducción de equipos militares, tecnologías de doble uso o la posibilidad de adquisición por India del avión US-2 japonés. Tras la entrada en vigor, en julio, del acuerdo nuclear civil firmado durante la visita de Modi a Tokio el pasado mes de noviembre, también se ha facilitado la exportación de tecnología japonesa a India.

El encuentro se ha celebrado en un entorno regional marcado por los ensayos nucleares y balísticos norcoreanos, las tensiones en la periferia marítima china, o el reciente choque en Doklam, donde coinciden las fronteras de India, China y Bután. También por la profunda incertidumbre que se vive en la región sobre la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump. El escenario de seguridad asiático vive un momento de enorme fluidez y avanza hacia la construcción de un nuevo orden. La cada vez más estrecha relación entre India y Japón será uno de sus elementos característicos.

INTERREGNUM: Corea del Norte: ¿qué hacer? Fernando Delage

El sexto ensayo nuclear norcoreano el pasado 2 de septiembre y el lanzamiento, dos días después, de un misil balístico sobre el espacio aéreo japonés representa una grave escalada de tensión en el noreste asiático.

Pyongyang continúa avanzando en el desarrollo de su arsenal, a un ritmo que sorprende incluso a los expertos. Al mismo tiempo, pone a prueba la confianza de Tokio y Seúl en su aliado norteamericano. Contar con un instrumento de disuasión frente a Washington, y reforzar internamente su régimen, es la principal motivación del programa nuclear de Corea del Norte. Pero Kim Jong-un sabe que la mejor manera de debilitar la posición norteamericana es minando sus alianzas. Por esa razón no se entiende el camino seguido por Trump, que está—mediante sus declaraciones—provocando el mismo resultado.

Cada tweet del presidente de Estados Unidos elevando el tono de amenaza no hace sino provocar una nueva acción norcoreana: como bien conoce Pyongyang, Washington carece de opciones militares políticamente viables. Corea del Norte actúa por lo demás en un transformado entorno regional, como consecuencia en particular del ascenso estratégico de la República Popular China y de sus claras intenciones revisionistas. De estas circunstancias se derivan dos hechos rotundos.

Si la crisis en la península no puede separarse de la dinámica de cambio geopolítico en Asia, ¿puede tener éxito una política norteamericana que no identifique sus opciones con respecto al problema en el marco más amplio de un nuevo concepto estratégico regional? Pekín, como es lógico en función de sus intereses, no está ejerciendo sobre Pyongyang la presión que Trump esperaba. Pero Washington no puede formular su política hacia la península sin definir primero qué espacio está dispuesto a conceder a China en el emergente orden de la región. (Si no está dispuesto a cederle ninguno, nos encaminamos entonces hacia un choque de mayores dimensiones). Estrechamente relacionado con esta cuestión hay un segundo imperativo central: ¿de verdad espera la Administración Trump gestionar el problema sin Tokio y Seúl?

Lejos de coordinar posiciones con Japón y Corea del Sur, el presidente norteamericano no ha dudado en criticar a Seúl, obligando a los gobiernos japonés y surcoreano a depender en creciente medida de sus propios medios, lo que les acerca a la opción nuclear. Ésta es una pesadilla que China intentará prevenir, pero que el propio Trump sugirió durante la campaña electoral el pasado año.

Washington actúa como si pudiera imponer sus objetivos sin tener en cuenta un contexto que va más allá de sus problemas bilaterales con Pyongyang. Sin contar con una doctrina estratégica. Sin cubrir aún, tras nueve meses de presidencia, los puestos clave sobre Asia en los departamentos de Estado y de Defensa, o embajadas decisivas en la región. Sin recordar, aparentemente, otros fracasos norteamericanos en esta parte del mundo, cuya causa fundamental fue la de intentar resolver un problema de manera aislada y desconectada de las variables de su entorno.