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Interregnum: De Davos a Washington

En una misma semana, los dos principales líderes políticos del planeta se han dirigido al mundo, exponiendo filosofías radicalmente opuestas. En Washington, el 20 de enero, Donald J. Trump tomó posesión de su cargo como presidente de Estados Unidos, aunque parecía más bien un candidato todavía en campaña. Su discurso, plano y simplista, reflejó cuando menos la coherencia de sus conceptos (¿impulsos?) políticos. Sus objetivos económicos y diplomáticos parecen claros: para recuperar su grandeza—en su opinión, perdida—, Estados Unidos debe abandonar los principios que han guiado su política exterior durante los últimos 70 años.

El nuevo líder del país que creó la globalización defiende el regreso al proteccionismo como solución frente a las imparables interdependencia global y revolución tecnológica. El presidente de la nación que—después de dos guerras mundiales—, dio forma a un sistema multilateral y a una red de alianzas que previnieran nuevos conflictos, califica a ese orden como “obsoleto” y sitúa a algunos de sus principales aliados en la misma categoría que ese genuino enemigo de la estabilidad llamado Vladimir Putin. El líder del mundo libre, por último, no tiene interés alguno en defender principios y valores democráticos; prefiere entenderse con esos líderes “fuertes”—si son autoritarios no importa—a los que dice admirar.

Quizá no lo sepa aún, pero Trump puede llevarse una gran decepción: es probable que las realidades cambien al presidente norteamericano, más que éste al mundo. No obstante, cuando se dé cuenta, sus decisiones podrán haber contribuido a dar forma a un sistema internacional ya irreversible, en el que la posición de Estados Unidos podrá ser la contraria de la que él pretende recuperar. Quien le suceda en la Casa Blanca tendrá una tarea aún mayor de la que heredó Barack Obama para deshacer los graves errores de su antecesor.

Nada ilustra mejor este contexto que la intervención en Davos, tres días antes de la toma de posesión de Trump, del presidente chino, Xi Jinping. Fue el líder de un régimen comunista quien, ante la elite empresarial y financiera global, defendió la libertad y apertura económicas, y quien se comprometió a liderar la lucha contra el cambio climático. China aparece como defensora de la globalización y del sistema internacional cuando Trump amenaza con desmantelarlos.

¿Es el mundo al revés? ¿O es una nueva confirmación del desplazamiento del poder mundial hacia Asia? La China comunista ya contribuyó a salvar al capitalismo de la crisis financiera global de 2007-08. ¿Será de nuevo la República Popular, esa gran potencia en ascenso—y por definición revisionista—, la que asegure la estabilidad frente a la incertidumbre provocada por Trump? Xi actúa en función de las necesidades internas chinas, y su comportamiento tampoco está libre de contradicciones. Xi es responsable de una campaña de control ideológico y de represión no conocida desde Tiananmen y, pese al imperativo de las reformas de mercado para asegurar el crecimiento en el futuro, el Estado continúa siendo el actor predominante. Pragmáticos ante todo, los líderes chinos han visto, sin embargo, una oportunidad única para ampliar su libertad de maniobra.

Trump tiene una “visión” instintiva del mundo derivada de su experiencia como empresario, pero no un marco estratégico de referencia en el mundo de las relaciones internacionales. China, por el contrario, tiene un gran olfato para calibrar el equilibrio de fuerzas y, por primera vez, las capacidades para intentar hacer realidad sus ambiciones. Trump quiere cambiar las reglas del juego y acabar con el tablero mismo. A Xi le basta con mover las piezas del juego a su favor. De momento, demuestra saber hacerlo.

Interregnum: Rusia Euroasiática

En un artículo publicado en octubre de 2011, sólo una semana después de anunciar su candidatura a un tercer mandato presidencial, Vladimir Putin asumió un nuevo discurso político. Abandonando su retórica anterior sobre Rusia como “Estado europeo”, Putin pasó a defender la idea de que Rusia no es exactamente una nación, sino más bien una civilización, heredera del Imperio ruso y de la Unión Soviética (y, por tanto, separada de Europa). Su identidad como potencia “euroasiática” es al mismo tiempo, señaló, la que define su posición en el sistema internacional.

El concepto del euroasianismo ha atraído la atención de quienes quieren explicar el comportamiento ruso desde entonces. Aparece como un elemento de legitimación para restablecer el control sobre su periferia y justificar sus objetivos geopolíticos. La integración de Eurasia, gran proyecto de Putin, sería el instrumento para asegurar a Rusia un centro de poder independiente y evitar que se convierta en un actor periférico de Europa y Asia. Es un discurso vinculado asimismo a un nuevo nacionalismo ruso, surgido de la necesidad de encontrar una alternativa ideológica entre el comunismo y el liberalismo, entre los valores occidentales y el mundo asiático. El misterio es por qué unas ideas que antes nadie tomaba en serio, son de repente asumidas por el Kremlin y han dado forma a un consenso compartido por las elites políticas del país.

Desentrañar los orígenes de estas teorías y su evolución a lo largo del siglo XX hasta hoy es el objeto de un fascinante libro de Charles Clover, excorresponsal del Financial Times en Moscú: Black Wind, White Snow: The rise of Russia’s new nationalism (Yale University Press, 2016). Mediante el retrato intelectual y biográfico de tres figuras principales—un filólogo (Nikolay Trubetskoy), un historiador (Lev Gumilev) y un profesor de geopolítica (Alexander Dugin)—Clover examina cómo nace este supuesto ideal euroasiático—fundado en mitos, más que en hechos científicos—y analiza su interacción con el contexto político ruso desde la Revolución de 1917.

Su cuidadosa reconstrucción de estas ideas demuestra lo confuso del esfuerzo tendente a encontrar en las estepas de Eurasia la personalidad de la civilización rusa. Pero el curso de las relaciones con Estados Unidos con posterioridad al 11/S, y las manifestaciones en Moscú contra Putin en 2011-12, crearon entre otras circunstancias la oportunidad para que el Kremlin encontrara en el euroasianismo la manera de cubrir el vacío ideológico de las dos décadas anteriores y, a la vez, poder definir las bases de su acción exterior. Identificarse como rival de Occidente y buscar la construcción de una Gran Eurasia pueden servir a Putin para mantenerse en el poder. Pero es también una manera de ocultar las limitaciones de Rusia mientras no avance en la institucionalización de su vida política interna y construya la economía que permita su integración global y su desarrollo a largo plazo. Son imperativos que no desaparecerán aunque el nuevo presidente norteamericano decida levantar las sanciones contra Moscú.

Interregnum: Regionalismo en Asia y Europa

De manera un tanto paradójica, mientras se avanza hacia una creciente regionalización del sistema internacional, los dos procesos regionalistas de referencia—la Unión Europea y la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN)—viven un incierto momento de transición. En un año de conmemoración, ambas organizaciones deben demostrar su cohesión frente a los múltiples desafíos internos que afrontan, y redefinir su papel como actores internacionales en un entorno transformado por la irrupción de un nuevo equilibrio entre las grandes potencias.

            No resulta necesario insistir en las crisis simultáneas que atraviesa la Unión Europea. Del euro a los refugiados, del populismo al resurgir nacionalista, por primera vez en su historia el proyecto europeo se encuentra frente al riesgo de su fragmentación (ya anticipado por el Brexit). Al cumplirse en 2017 los 60 años del tratado de Roma, se esperan con interés las propuestas sobre la Unión del futuro que presentará el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, en marzo. Pero la viabilidad de esas ideas, y el consenso que requerirá su ejecución, dependerán de que los resultados de las elecciones en Francia y Alemania permitan redinamizar la integración. Una buena noticia es que el Brexit ha revelado a muchos el coste de quedarse fuera de Europa, y los sondeos de opinión indican un aumento del sentimiento a favor de la UE en numerosos Estados miembros desde el pasado mes de junio. Con todo, el escenario internacional complica los desafíos de la Unión. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y su aparente intención de reconciliarse con Vladimir Putin, crean un dilema estratégico para Europa, que puede ser también, no obstante, una oportunidad. Además de la necesidad de plantearse en serio la Europa de la defensa, el desplazamiento del poder mundial hacia Asia requieren un mayor activismo con respecto a China—la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda de Pekín es, después de todo, un instrumento para integrarse con el mercado europeo—, así como con su interlocutor natural en Asia: la ASEAN.

            Esta última celebra en 2017 sus 50 años de vida. Pese a sus innegables avances—entre ellos el lanzamiento formal, en diciembre de 2015, de la Comunidad de la ASEAN—, las dificultades se multiplican. Planes no faltan, pero la cuestión es cómo hacer realidad su estrategia Vision 2025 ante la falta de ambición compartida de sus miembros y la divergencia de sus economías (el grupo incluye a algunos de los países más ricos—Singapur, Brunei—y más pobres—Camboya, Laos—del planeta). El desinterés de Indonesia como gigante de la subregión por liderar el bloque, al estar volcada en su agenda interna, tampoco facilita el impulso del proyecto. Pero son también los factores internacionales los que determinarán en gran medida la evolución de la ASEAN en este año de aniversarios. El giro producido en los últimos meses hacia Pekín por parte de Tailandia, Malasia y Filipinas, que se suman así a Laos y Camboya, supone un duro golpe a la coherencia de una organización que se convirtió en elemento central de la estrategia hacia Asia de la administración Obama. La política de Trump puede acelerar la dependencia del sureste asiático de China, poniendo en duda la autonomía, y por tanto la misión, de la ASEAN.

La UE y la ASEAN comparten pues un año decisivo para su futuro. La  supervivencia de ambas parece asegurada, aunque tendrán que ajustarse a un nuevo entorno y reconsiderar su futuro. Las dos organizaciones deberán reforzar las bases de su legitimidad interna, y establecer al mismo tiempo unos nuevos principios en sus relaciones con Estados Unidos, China y Rusia. Si, como parece posible, Washington abandona su tradicional presencia en Asia, surge también una oportunidad para que las dos principales iniciativas regionalistas del mundo incrementen su cooperación.

Interregnum: India, más allá del statu quo

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha creado la expectativa de un cambio en las relaciones de Estados Unidos con Rusia y con China. Mayor estabilidad cabe esperar en la asociación estratégica con India, puesta en marcha durante la administración de George W. Bush y reforzada por Barack Obama. Como mayor democracia del mundo, el ascenso de India no plantea el tipo de desafíos geopolíticos que representan Pekín o Moscú. Su papel como elemento del equilibrio global será por ello cada vez más importante.

Pese a la imagen de una diplomacia pasiva y de bajo perfil, lo cierto es que Delhi ha asumido un creciente proactivismo en los últimos años. A la lógica ambición derivada de su peso demográfico y económico se ha sumado, desde 2014, un primer ministro que ha hecho de la política exterior una de sus grandes prioridades. Narendra Modi ha entendido que el principal imperativo indio—su transformación económica y social—es inseparable de su integración en la economía global. Las bases de esta mayor proyección de India ya fueron establecidas, sin embargo, por sus antecesores, Manmohan Singh y Atal Bihari Vajpayee, quienes realizaron cambios significativos en la agenda diplomática del país.

Cuáles fueron esos cambios y sus motivaciones lo explica Shivshankar Menon en su reciente libro, titulado Choices: Inside the making of India’s foreign policy (Brookings Institution Press, 2016). Diplomático de carrera, Menon fue sucesivamente embajador en China, ministro de Asuntos Exteriores y Asesor de Seguridad Nacional durante aquellos gobiernos que, decididos a superar las limitaciones del legado nehruviano que había caracterizado la política exterior india desde la independencia, comenzaron a dar forma a un nuevo equilibrio en su entorno exterior. En su detallado análisis de cinco cuestiones en las que intervino de manera directa—el acuerdo nuclear con Estados Unidos, las negociaciones fronterizas con China, Pakistán y el desafío terrorista, la intervención en Sri Lanka, y la doctrina nuclear india—Menon no sólo ofrece una brillante explicación sobre los intereses y objetivos estratégicos indios. Su libro proporciona, al mismo tiempo, una útil reflexión sobre cómo negocian las grandes potencias en el mundo contemporáneo, y sobre las claves del éxito de una posición diplomática cuando las opciones se despliegan en un mundo de grises, más que de blancos y negros. Dos destacan entre ellas: el liderazgo de los primeros ministros, y la construcción de un consenso interno. Una más que recomendable guía, en suma, para entender una de las grandes potencias del futuro, así como algunas de las variables que continuarán definiendo el escenario internacional a lo largo de 2017.

Interregnum: Diplomacia triangular 3.0

Dos constantes en las prioridades de política exterior del presidente electo de Estados Unidos son la necesidad de mejorar las relaciones con Rusia y adoptar una posición de mayor firmeza hacia China. ¿Pretende Trump, 45 años después del acercamiento de Nixon a Pekín y 65 de la alianza chino-soviética, invertir el triángulo y girar hacia Moscú para equilibrar a China?

Prevenir un enfrentamiento simultáneo con China y Rusia, dos potencias cuya cooperación bilateral se ha reforzado como consecuencia de la estrategia de reequilibrio hacia Asia de la administración Obama y de las sanciones a Moscú tras la crisis de Ucrania, responde a la lógica de los intereses norteamericanos. Al mismo tiempo, es innegable que Rusia puede ser un colaborador en la lucha contra el terrorismo jihadista. ¿Compensará a Washington, sin embargo, el reconocimiento de la influencia rusa en Oriente Próximo—región de la que logró expulsarla en los años setenta—, y en Europa oriental, a costa de sus aliados? Porque no menos será el precio exigido por Moscú.

Pese a su aparente complicidad con Trump, también Putin afronta nuevos dilemas. Superar el aislamiento al que le sometió Obama representa un notable triunfo diplomático; no obstante, no resuelve los problemas estructurales rusos. Quien ha hecho de su oposición a Estados Unidos y a los valores liberales uno de los elementos definitorios de su discurso político, ¿podría explicar a su opinión pública un giro de esas características? La celebración de elecciones presidenciales en 2018 complica el margen de maniobra de Putin si éste ya no puede hacer responsable a Washington de las dificultades económicas que atraviesa el país.

La victoria de Trump expondrá, por otra parte, las contradicciones en la relación entre Moscú y Pekín. Los dos necesitan más a Estados Unidos separadamente que el uno al otro. Y, como resultado de la inclinación proteccionista y aislacionista del nuevo presidente norteamericano, China puede adquirir un espacio económico y geopolítico que agravará la posición rusa. Los hechos hablan por sí solos. Mientras China es el tercer mercado para las exportaciones norteamericanas (tras Canadá y México), Rusia ocupa el 37º lugar. China no es sólo una plataforma vital para las multinacionales de Estados Unidos, sino que posee más de 1,8 billones de dólares de la deuda norteamericana. Por no hablar de la necesidad de cooperación de ambos países en numerosos asuntos de la agenda global—del cambio climático a la estabilidad del sistema financiero—en los que Rusia, por su escasa integración, apenas tiene un papel que desempeñar.

Moscú y Pekín querrían acabar con la posición dominante de Estados Unidos. Pero sus métodos no pueden ser más distintos. China necesita, y quiere impulsar, una nueva etapa de globalización. Rusia quiere construir una valla en torno a su periferia para no depender del exterior. En un mundo en el que la competencia tiene que ver con las definición de las reglas del juego de la economía mundial, la asimetría entre los intereses y capacidades de Rusia y China se hará cada vez más evidente. El juego triangular puede ser más complicado de lo que piensan Putin y Trump.

Interregnum: Putin en el onsen

            En una era de transición, en la que se multiplican los factores de incertidumbre, la presidencia de Donald Trump va a acelerar el movimiento de las fallas geopolíticas globales. El “acercamiento” entre Japón y Rusia es una inequívoca señal de esos primeros cambios.

            Tras 15 encuentros entre el primer ministro Shinzo Abe y Vladimir Putin en menos de cuatro años, la visita del presidente ruso a Japón el 15 y 16 de diciembre—la primera en una década—generó la expectativa de que podía llegarse a una solución sobre las islas Kuriles, ocupadas por Rusia durante 70 años. Un acuerdo de ambos líderes mientras se relajaban en un onsen (baños termales) de Nagato, ciudad natal de Abe, hubiera permitido a su vez la firma del tratado de paz aún pendiente desde el fin de la segunda guerra mundial.

            Tales expectativas no eran muy realistas: los condicionantes políticos internos en cada país hacen prácticamente imposible la resolución de la disputa. Más relevante es lo que el encuentro refleja sobre la rápida transformación del contexto regional. Con Trump en la Casa Blanca puede ponerse fin al aislamiento diplomático de Moscú, y éste superar la dependencia de China a la que le condenaban las sanciones impuestas por Occidente tras la crisis de Ucrania. Además de permitirle corregir ese desequilibrio, Japón puede ser, al mismo tiempo, un inestimable socio financiero para las necesidades rusas de desarrollo.

            La victoria de Trump obliga a Abe, por su parte, a reforzar la autonomía de la política de seguridad japonesa. No debe extrañar que, según se ha sabido, Rusia fuera uno de los principales temas tratados por Abe en su reunión con el nuevo presidente de Estados Unidos, sólo unos días después de su elección. Evitar una alianza China-Rusia es un imperativo estratégico para Japón, que afronta asimismo el desafío nuclear y balístico norcoreano. Moscú y Tokio han percibido con celeridad los cambios geopolíticos que Trump está ya provocando, y no han tardado en ponerse manos a la obra para cooperar frente a un resultado—el dominio chino de Asia—que ambos desean minimizar.