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INTERREGNUM: El “pivot” de Biden. Fernando Delage

Hay semanas que pasan a la historia, y la de mediados de septiembre será probablemente una de ellas. El miércoles 15, el presidente de Estados Unidos, junto a los primeros ministros de Reino Unido y Australia, anunció la formación de un pacto de defensa entre los tres países para suministrar 12 submarinos de propulsión nuclear a Canberra. Naturalmente, no se trata de un mero acuerdo de compraventa de armamento. Es el primero de los pasos de la doble estrategia seguida por parte de Washington para adaptar y reforzar su presencia militar global integrando sus capacidades con las de sus socios (en la jerga del Pentágono, “Integrated Deterrence”), a la vez que su política hacia China pasa claramente del contraequilibrio a la contención.

“AUKUS”, como es denominado el acuerdo que comenzó a fraguarse en la última cumbre del G7, viene a formalizar la atención puesta por Washington en el Indo-Pacífico cuando se cumplen justamente 10 años de la presentación por la administración Obama de su “pivot” hacia esta parte del mundo (rebautizado como “rebalance” un año después), cuya ejecución quedó sin embargo incompleta. El anuncio se ha producido, por otra parte, dos días antes de la celebración en Dushanbe de la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), dedicada esta vez casi monográficamente a Afganistán. El juego euroasiático queda en manos de China y Rusia, que han tomado nota de la preferencia de Estados Unidos por sus intereses marítimos en el Pacífico occidental.

Tampoco es casualidad, y resulta aún más revelador de los cambios por venir, que el pacto se diera a conocer apenas horas después de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunciara su discurso anual sobre el estado de la UE—en el que no dejó de mencionar a China—, y unas horas antes de que el Alto Representante, Josep Borrell, hiciera pública la esperada estrategia Indo-Pacífico de la UE. No es sólo Francia quien ha sido “apuñalada en la espalda” (expresión utilizada por su ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Yves Le Drian, tras abandonar Australia el contrato firmado con París en 2019 para la construcción de nuevos submarinos, y ni siquiera informar Estados Unidos con antelación sobre el pacto); no: Biden, un presidente que había hecho hincapié en su interés por unos aliados desatendidos por Trump, ha dejado claro que no cuenta con los europeos—con la excepción de los británicos, ya fuera de la UE—en su política hacia el Indo-Pacífico.

Tras la retirada de Afganistán, AUKUS es un segundo golpe en un mes a la inocencia geopolítica europea. La relación transatlántica no volverá a ser la que fue, lo que afecta al futuro de la OTAN y agudiza el imperativo de la autonomía estratégica de la Unión. El 24 de septiembre—razón adicional del anuncio del nuevo pacto—Biden es anfitrión en Washington de la primera cumbre en persona de los líderes del QUAD (se reunieron virtualmente en marzo): además del primer ministro de Australia, asisten sus homólogos  de Japón (primer país candidato en su día para suministrar los submarinos australianos), e India (una de las naciones con submarinos nucleares de la tecnología más avanzada). AUKUS es una prueba tangible de la creciente institucionalizacion del grupo, al que poco pueden aportar los europeos por su déficit de capacidades estratégicas. La cuestión, cuando empiezan a dar forma a una estrategia más ambiciosa en Asia, es si no se verán obligados a concentrar sus esfuerzos en el Viejo Continente si ya no van a contar con los norteamericanos como antes con respecto a Rusia.

Una atmósfera de guerra fría parece estar formándose, aunque el tiempo dirá si este hincapié en la dimensión militar (acompañada de la ideológica), no termina siendo un error. China ha recibido el mensaje: es innegable que AUKUS mitiga sensiblemente el diferencial de poder militar—naval, en particular—que la República Popular estaba ganando frente a Estados Unidos y sus aliados. Pero Pekín también sabe que el principal juego regional es geoeconómico. Y también la semana pasada—de hecho, al día siguiente de anunciarse la nueva alianza—, declaró su intención de incorporarse al CPTPP, es decir al Acuerdo Transpacífico (TPP) que formaba parte central de la estrategia de Obama, que Trump abandonó, y que se reconfiguró bajo el liderazgo de Japón con el resto de participantes. La reincorporación de Estados Unidos debería ser una de las prioridades de Biden, condicionada no obstante por la oposición del Congreso y de la opinión pública a los acuerdos de libre comercio. No será fácil que se materialice a corto plazo la adhesión de China, pero la señal está lanzada. Biden, por su parte, ha dado el pistoletazo de salida a su propio pivot, pero aún requiere de otras piezas. La reacción de la Unión Europea, por último, no debería hacerse esperar.

Rusia, China y las amenazas militares

La OTAN, en su última cumbre y con el protagonismo recobrando de EEUU que incluyó la presencia del presidente Joe Biden, ha analizado las amenazas actuales y los escenarios de la evolución de estos riesgos a corto, medio y largo plazo. Y uno de los asuntos que ha suscitado más polémica y análisis detallado ha sido el factor militar de las amenazas y cuánto riesgo en ese terreno suponen cada una de las dos grandes potencias enfrentadas a Europa y Estados Unidos: Rusia y  China.

Y en ese punto ha surgido una discusión interesante. Para la Administración Biden, la amenaza militar a tener cuenta proviene de Rusía mientras que China representa un riesgo menor y a  medio plazo, y esta opinión es compartida por algunos países europeos como Alemania.

La presencia de unidades militares de élite en la frontera con Ucrania, la anexión de Crimea y la presión sobre las repúblicas  bálticas por parte de Rusia (unido al apoyo incluso militar) al tambaleante régimen despótico de Bielorrusia, marca sin duda las prioridades de una alianza que nació como escudo frente al peligro soviético.

Pero otros analistas a ambos lados del Atlántico señalan que detrás de esa opinión hay una visión reduccionista y anticuada sobre las amenazas militares. Señalan que es indudable la amenaza rusa por su historia, su tradición y sus capacidades. Pero añaden que esos factores están matizados por una economía con dificultades, la existencia de unidades y tecnología del ejército ruso con falta de mantenimiento.

Y subrayan que e concepto moderno de guerra, incluyendo la desestabilización del adversario con elementos cibernéticos y de desinformación, la existencia de países con gran debilidad institucional en la periferia o entre los aliados de occidente y el desarrollo ruso y  chino en el concepto de guerra híbrida cambia el escenario-

Así, la disposición de holgura presupuestaria de China, su paciente y segura penetración de influencia en Asia Pacifico y Oriente Próximo y sus grandes inversiones en tecnología militar merecerían más atención.

Es cierto que es más posible, aunque remoto de momento, de un choque directo de EEUU y la UE con Rusia, no hay que dejar de tomar medidas para proteger a Taiwán, donde China acabará interviniendo a medio plazo, o la contribución indirecta de China al refuerzo de la capacidad agresiva de Irán.

RESEÑA: Made in China 2025. Cuando el futuro de China puede ser nuestro futuro. Carla Flores

El pasado lunes 10 de junio, la Asociación de la Prensa de Madrid acogió el acto Made in China 2025. Cuando el futuro de China puede ser nuestro futuro, organizado por la publicación especializada 4Asia.

Durante la celebración del mismo, tuvo lugar la presentación del libro de Águeda Parra, China, Las rutas de poder, que aborda, desde una perspectiva tecnológica y social, la evolución de China y su posición en la geopolítica mundial actual. Durante un coloquio con Georgina Higueras, la autora hizo especial hincapié en la importancia que va a tener el desarrollo tecnológico para el futuro de los países en el plano internacional, donde Estados Unidos y China pugnan por el liderato y Europa corre el peligro de quedarse rezagada.

La autora consideró que es importante comprender, en este sentido, la rápida adopción tecnológica que ha experimentado China, donde las familias han pasado de no tener teléfono fijo a tener un smartphone. Esta asimilación acelerada ha hecho que, por ejemplo, los pagos con el móvil sean ya algo natural y cotidiano. China ha pasado de ser el “país de las copias” a desarrollar más de 1.500 patentes relacionadas con el desarrollo del 5G (EEUU ha desarrollado unas 700).

Asimismo, identificó la financiación y el apoyo al talento y a la innovación como puntos fundamentales de la estrategia del gigante asiático, que fomenta los estudios internacionales de sus estudiantes, crea un nuevo Sillicon Valley en Shenzhen y atrae de vuelta a los sea turtles (término metafórico que hace referencia a los chinos que han vuelto a China después de estudiar y trabajar en el extranjero). Además, La Franja y La Ruta, como la gran iniciativa del gobierno chino para la conectividad global, no faltó en la intervención de la autora.

Águeda Parra definió la demografía como el talón de Aquiles chino. Por ejemplo, se prevé que, en el año 2020, haya más chinos mayores de 65 años que menores de 14. Todo un reto al que tendrá que enfrentarse el país en un futuro ciertamente próximo.

Seguidamente, dio comienzo una mesa redonda, con los expertos Miguel Ors, Águeda Parra, José Pardo Santayana y Miguel Solana, que versó sobre el horizonte económico, militar, político y tecnológico de China.

Miguel Ors reflexionó sobre cómo el comercio internacional constituye un modelo que genera perdedores, y, por tanto, detractores, y sobre cómo las guerras comerciales no se ganan ni se pierden; sólo desembocan en un encarecimiento de los productos. Águeda Parra puntualizó sobre cómo China busca ser independiente de la tecnología americana, debido principalmente a la guerra comercial, que está empezando afectar a las cadenas de valor. José Pardo Santayana incidió en la relevancia que ha cobrado el aspecto militar en China desde la llegada de Xi Jinping. Por último, Miguel Solana expresó que, en su opinión, los acuerdos unilaterales no sirven y que, en su lugar, se debería abogar por acuerdos ratificados en bloque por el conjunto de la Unión Europea.

La clausura del acto corrió a cargo de Julio Trujillo, director de 4Asia.

La discreta escalada. Julio Trujillo

El aumento de tensión que suponen los desafíos y provocaciones de Corea del Norte está provocando una escalada militar de potencias regionales como Japón que está pasando desapercibida para el gran público. Aunque sea explicable y Japón siga sometido a compromisos de contención impuestos tras su derrota en la II Guerra Mundial, ha puesto en pie una maquinaria militar dada despreciable y está desarrollando una nueva política de intervención y de definición de sus intereses nacionales y de política de defensa.

En la última década Japón ha ido construyendo una fuerza naval considerable siempre dentro de los límites marcados por los tratados de paz incluidos en la propia Constitución Japonesa, a veces con sutiles especificaciones técnicas. Tal es el caso del Izumo, el barco más grande construido por Japón desde el final de la II Guerra Mundial. El Izumo se parece mucho a un portaviones, aunque los oficiales de la Armada de Japón son cuidadosos al describir la nave como un “destructor portahelicópteros”. Ya ha participado en la primera exhibición de barcos de guerra de Singapur, un encuentro internacional en el que flotas procedentes de Asia y de más allá se reúnen para demostrar sus capacidades.

El aumento de las operaciones navales de Japón en el Mar Meridional de China y más allá también es una respuesta a una creciente preocupación para Tokio: la intención expresada por parte de China de dominar las aguas que rodean a Japón.

Los chinos sostienen que, con apenas unos ajustes menores, un barco como el Izumo podría transportar modernos aviones caza con capacidad de despegue vertical, incluyendo el caza furtivo F35.  China afirma que el Izumo y las últimas adquisiciones de la Fuerza de Autodefensa de Japón suponen el inicio de un nuevo expansionismo militar y un recordatorio del sufrimiento y la destrucción causados por la flota japonesa durante la II Guerra Mundial.

Para las fuerzas navales japonesas, sin embargo, los barcos como el Izumo tienen un doble mensaje: expresar el compromiso con frenar las intenciones chinas y hacer cumplir las resoluciones internacionales sobre la libertad de navegación y, a la vez, demostrar su intención de gastar más en defensa en sintonía con las exigencias de su aliado, Estados Unidos.