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Zafiedad, estupidez y estrategia.

Donald Trump es un hombre zafio que justifica su mala educación, personal y cultural, como lenguaje directo y su derecho a hablar con el “lenguaje de la gente”. Su dedicatoria, frívola, estúpida y fuera de tono, en el libro de visitas del Yad Vashem el museo israelí dedicado a la Shoa (Holocausto) son una muestra más que evidente de su ligereza intelectual y su escasa inteligencia emocional. Y a ese colofón de hace unas semanas debe añadirse sus comentarios sobre las mujeres, sus salidas de tono con algunos periodistas, su falta de contención verbal en sus contactos con líderes europeos o sus complicidades emocionales con algunos dirigentes rusos que hace tiempo están instalados en la chulería y la falta de elegancia, como es el caso del propio Putin.

Pero debajo de ese Trump empieza a dibujarse una estrategia, probablemente definida por su equipo, que parece clara. El presidente está decidido a que Estados Unidos tenga una estrategia respecto a Oriente Medio y Asia Central tras unos años en que la Casa Blanca parecía embrollada en un discurso de llevarse bien con todos y en conseguir el aplauso de la opinión pública políticamente correcta. Trump ha llegado a Arabia Saudí, les ha advertido de los lazos perversos con el Daesh en un mensaje no solo dirigido a Ryad sino también a Qatar, y les ha ofrecido ayuda militar frente a Irán a cambio de compromiso contra el Desh.
El islam sunní cuya autoridad religiosa encarna Arabia Saudí está en guerra con los chíies que apadrina Irán, en Irak, en Siria y, sobre todo en Yemen, en un conflicto en abierta confrontación militar. De esa confrontación provienen en realidad los lazos entre Al Qaeda, Daesh y el islam sunní, todos enemigos de los chíies. El campo chíi agrupa al régimen de Bachar el Asad de Siria, a sectores irakíes, al Estado paralelo que representa Hizbullah en Líbano (con tropas en Siria) y, como aliado estratégico, la Rusia de Putin. Con esa política, EEUU ha marcado el campo y redoblado su apoyo a Israel, no sólo la única democracia de la zona sino el único proyecto de vida con estándares occidentales y donde cristianos y musulmanes, además de judíos,  gozan de mayores libertades y seguridad en toda la región.
La política, si es el arte de lo posible, constituye una partida que hay que jugar con las cartas que tocan, y colocarse por encima del juego real es peligroso y un factor propagandístico de primer orden. Irán es hoy una potencia en auge que desestabiliza la zona y para comprometerla en una reglas del juego manejables hay que dejarle claro los límites. Como se les deja, en otro plano, a Arabia, Pakistán y Egipto.
Pero, al lado de la zafiedad y la estrategia (se puede compartir o no, pero es un plan donde no había nada) aparece la estupidez. Los sectores progresistas europeos se rasgan las vestiduras y acusan a Trump de todos los males. Para ello exhiben la zafiedad presidencial y presentan oposición ética a la búsqueda de alianzas con los saudíes. Sin dejar de recordar que los mismos que piden principios contra Ryad son los que piden hacer “política” con Maduro y lo pedían con ETA, conviene advertir que, en el fondo, no hay una propuesta alternativa. Hay simplemente rechazo a Estados Unidos siempre que no gobierne un miembro del Partido Demócrata e, incluso entonces, con reparos.
Trump ha entrado en Europa como un elefante en cacharrrería, incluso cuando tiene razón  y dice que los aliados europeos tienen que gastar más en Defensa. Y hace bien Angela Merkel cuando advierte que los europeos deben aprender a caminar solos porque no hay, ni tiene por qué haber, una identidad absoluta de intereses. Pero no cabe duda de que es más lo que une a la UE y a Estados Unidos que lo que los separa. Y Rusia es un adversario a los intereses de ambos en todos los terrenos.
Trump ha comenzado a verle las sombras al brexit y se las verá a sus obsesiones proteccionistas. Pero incluso antes de eso está en el mismo campo que Europa.

Sigue la rectificación del rumbo

El cambio de lenguaje de la Administración Trump respecto al acuerdo con Irán apoyado y negociado por la Administración Obama, el aumento de la presión contra el Daesh en Afganistán mientras el gobierno de Kabul, sin rechazo de EEUU, negocia con un sector de los talibán, el aumento de protagonismo en el escenario sirio y el aumento de la dureza verbal respecto a Corea del Norte dibujan ya un cambio de modelo en la gestión de la escena internacional. A qué consecuencias conduce este cambio es otra cuestión.

El cambio respecto a Irán, en el fondo, no es tan sorprendente. Si sumamos que los republicanos nunca vieron con buenos ojos lo que consideraron un exceso de concesiones a Teherán al hecho de que, si EE.UU. quiere recuperar protagonismo en Siria separando su campo del de Bachar el Assad, tiene que marcar territorio con Irán, aliado de Moscú y de Damasco, tenemos parte de la explicación. La otra es que Teherán está viendo crecer sus divergencias internas, y la Administración Trump sabe que es buen momento para advertir que no va a poder convertir aquel acuerdo con Obama para fortalecer su aspiración a ser potencia regional, apoyada en la amenaza nuclear y miliar a medio plazo.

Al otro lado de la frontera oriental iraní, un fortalecimiento de la presencia del Daesh es una amenaza para Kabul, para Estados Unidos y para la estabilidad, y también para Irán, que teme ver crecer el radicalismo sunnita en su flanco oriental y para los propios talibán que, aunque compartan teología, se disputan parcelas de poder. En el fondo, una gran ofensiva en Afpak, como llaman en EE.UU. a la región afgano-pakistaní sería, en parte, un alivio para Teherán y sus aliados de Moscú.

En realidad, la nueva misión del mundo del equipo de Trump es menos novedosa de la que intentó poner en marcha Obama. Parece que EEUU vuelve al realismo político de la era Kissinger, tan alejada del idealismo de Obama como del redentorismo pretencioso y no menos idealista de los neocom.

Pero hay que esperar. Trump es impulsivo, tiene tendencia al narcicismo y necesitan que le marquen el territorio en casa. Y esos elementos son malos compañeros para gestionar las crisis.

China: más presión sobre el islamismo

China sigue emitiendo mensajes difíciles de interpretar, entre otras cosas porque falta información en un país que sigue siendo hermético respecto al origen de la toma de decisiones y, sobre todo en detalles sobre el grado de tensión social y de la influencia real del islamismo, presente de manera significativa entre los integrantes de la etnia uigur.

Recientemente, las autoridades chinas han aumentado la presión sobre el islamismo radical prohibiendo llevar un velo que cubra totalmente el rostro, lucir una barba “anormalmente” larga o negarse a ver la propaganda del Estado en radio y televisión. Estas prohibiciones afectan a la región china de Xinjiang, un territorio foco de conflictos étnicos en el que las autoridades chinas acaban de introducir una nueva regulación cuyo objetivo es “frenar el extremismo” religioso.

La ley introduce 15 nuevas disposiciones, entre las que también se incluyen la obligatoriedad de que los menores reciban la educación estipulada a nivel nacional, la ilegalización de los matrimonios o divorcios a través de procesos religiosos en lugar de los procedimientos legales o el castigo por dañar de manera deliberada carnés de identidad oficiales, registros domiciliarios e incluso la moneda china, todas ellas vistas como “manifestaciones del extremismo”.

Los conflictos entre ciudadanos de la etnia uigur y la de los han, la mayoritaria en el resto del país, son algo habitual, y han generado numerosos episodios de violencia en los que han fallecido cientos de personas en los últimos años. Mientras que Pekín atribuye esta violencia a formaciones islamistas y secesionistas que mantienen vínculos con el extranjero, los grupos de uigures en el exilio y otros de derechos humanos consideran que los conflictos son la consecuencia de la represión que ejercen las autoridades comunistas sobre la libertad religiosa de esta minoría étnica y de las políticas aplicadas para fortalecer su control en la zona.

A finales de febrero, el Estado Islámico hizo público un vídeo en el que aparecían supuestos combatientes uigures entrenándose en Irak y prometiendo golpear a China para que la “sangre corra por los ríos”. Tras este anuncio, el régimen chino ha incrementado su presencia militar en Xinjiang, en donde ha llegado a realizar masivos desfiles militares en diferentes ciudades de la región, como el que reunió a más de 10.000 soldados en la capital regional, Urumqi.

Los problemas de seguridad con los uigures y el islamismo están, en gran parte, en el fondo de la política exterior china hacia las repúblicas centroasiáticas, su proyección geoestratégica por la antigua ruta de la seda y la búsqueda de cada vez  mejores relaciones con Pakistán, donde el islamismo radical tiene una presencia notable.

Maniobras en la sombra

Tras meses de paralización, ha vuelto a reunirse la comisión técnica indo-pakistaní encargada revisar el acuerdo sobre la gestión de las aguas del Indo entre estos dos países enemigos tradicionales, ambos dotados de armas nucleares y cada uno encuadrado en bloques distintos, aunque la dinámica cambiante de la situación internacional confunda y mezcle, a veces, esas alianzas. Se trata de una comisión encargada de revisar el tratado de reparto y control de la gestión de las aguas de rio Indo (firmado en 1960) y suspendido hace unos meses por incidentes provocados por la acción de terroristas, teóricamente procedentes de Pakistán en territorio fronterizos con India.

Aunque tienen el aspecto de unas conversaciones técnicas, el acercamiento entre India y Pakistán puede tener un significado que va más allá en el complejo panorama regional. India, aliado tradicional de Rusia en la región, lleva años haciendo esfuerzos para reconstruir alianzas con Estados Unidos y Europa, y en ese marco no hay que perder de vista sus crecientes relaciones con Israel, país, por otra parte, muy atento a las relaciones de Pakistán con Arabia Saudí y a sus recelos con Irán. Pakistán, por su parte, mantiene también crecientes relaciones con China, es aliado como se ha dicho de los saudíes frente al empuje chiita que representa Irán en Oriente Próximo y es un país situado de lleno en el escenario afgano, por la porosidad de sus fronteras, por compartir población de etnia pastun y por la complicidad de sectores de sus aparatos de Estado con los talibán. Además, existe un cierto nivel de colaboración, no exento de recelos y trampas, con Estados Unidos por razones obvias. Es en este contexto donde la aproximación entre India y Pakistán, estimulada tanto por Rusia como por Estados Unidos, gana importancia.

No es que el viejo conflicto indo-pakistaní, países que se disputan la región de Cachemira y otras zonas fronterizas y cuyo enfrentamiento nació del proceso de independencia de India y desgajamiento de Pakistán como un país destinado a construir una república islámica del Indostán vaya a desaparecer, ni mucho menos. Pero una distensión en la frontera permitiría a Pakistán trasladar parte de sus fuerzas militar de la frontera oriental a la occidental y controlar los flujos hacia Afganistán, que es lo que Occidente desea. Y una mayor estabilidad en Afganistán es una de las pocas cosas en las que Estados Unidos, Europa, Rusia y China están de acuerdo, por lo que puede tener de freno a iniciativas islamistas que afectan a todos estos países.

Es importante prestar atención, más allá del ruido de las provocaciones de Corea del Norte y el movimiento de piezas de China, Estados Unidos y Rusia, a estos segundos frentes dónde, además de cambiar elementos del preocupante escenario de Asia Central, pueden tener repercusiones en el área del Pacífico por el este y en Oriente Próximo por el oeste.

Dinámica expansiva

El conflicto de Oriente Medio, no únicamente del cercano oriente, está adquiriendo una dinámica cada vez más expansiva. La intervención de Irán en Siria, que puede situar fuerzas de Teherán en la frontera con Israel, país al que ha jurado destruir, y su protagonismo histórico y sociológico en Afganistán otorgan al régimen chií un papel de actor principal en el escenario regional. Y algo parecido está pasando con Pakistán, cuya situación actual no puede ser desligada de la de Afganistán. Si a eso unimos que Irán tiene estrechos lazos con Rusia y Pakistán con China y que ambos ven como, poco a poco, aumentan su presencia en los conflictos de la zona las repúblicas centroasiáticas, en algunas de las cuales hay una importante influencia turca y en todas, y en mayor grado, de Rusia, tenemos el bosquejo de un escenario de pesadilla.

Puede ser una exageración afirmar que únicamente Rusia, entre las grandes potencias, ve ese escenario en su globalidad y tiene una estrategia adecuada a sus intereses nacionales. Probablemente en Estados Unidos se vea perfectamente lo que está ocurriendo, pero la inercia de la parálisis de Obama y la indecisión e improvisación de Trump no permiten adivinar si va a dibujarse una estrategia global en la que, por cierto, La Unión Europa ni ninguno de sus Estados miembros parece querer asumir papel alguno. Pero la realidad es que Putin va ampliando su esfera de influencia mientras Estados Unidos se repliega y China va colocando peones en la histórica Ruta de la Seda con paciencia y determinación.

La globalización afecta también a la política y debería afectar a la forma de ver los escenarios y adoptar las decisiones oportunas. Pero, al menos en las manifestaciones externas y en los análisis que se presentan esto parece estar ausente. Y no, esta no es una buena noticia.

Interregnum: India, más allá del statu quo

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha creado la expectativa de un cambio en las relaciones de Estados Unidos con Rusia y con China. Mayor estabilidad cabe esperar en la asociación estratégica con India, puesta en marcha durante la administración de George W. Bush y reforzada por Barack Obama. Como mayor democracia del mundo, el ascenso de India no plantea el tipo de desafíos geopolíticos que representan Pekín o Moscú. Su papel como elemento del equilibrio global será por ello cada vez más importante.

Pese a la imagen de una diplomacia pasiva y de bajo perfil, lo cierto es que Delhi ha asumido un creciente proactivismo en los últimos años. A la lógica ambición derivada de su peso demográfico y económico se ha sumado, desde 2014, un primer ministro que ha hecho de la política exterior una de sus grandes prioridades. Narendra Modi ha entendido que el principal imperativo indio—su transformación económica y social—es inseparable de su integración en la economía global. Las bases de esta mayor proyección de India ya fueron establecidas, sin embargo, por sus antecesores, Manmohan Singh y Atal Bihari Vajpayee, quienes realizaron cambios significativos en la agenda diplomática del país.

Cuáles fueron esos cambios y sus motivaciones lo explica Shivshankar Menon en su reciente libro, titulado Choices: Inside the making of India’s foreign policy (Brookings Institution Press, 2016). Diplomático de carrera, Menon fue sucesivamente embajador en China, ministro de Asuntos Exteriores y Asesor de Seguridad Nacional durante aquellos gobiernos que, decididos a superar las limitaciones del legado nehruviano que había caracterizado la política exterior india desde la independencia, comenzaron a dar forma a un nuevo equilibrio en su entorno exterior. En su detallado análisis de cinco cuestiones en las que intervino de manera directa—el acuerdo nuclear con Estados Unidos, las negociaciones fronterizas con China, Pakistán y el desafío terrorista, la intervención en Sri Lanka, y la doctrina nuclear india—Menon no sólo ofrece una brillante explicación sobre los intereses y objetivos estratégicos indios. Su libro proporciona, al mismo tiempo, una útil reflexión sobre cómo negocian las grandes potencias en el mundo contemporáneo, y sobre las claves del éxito de una posición diplomática cuando las opciones se despliegan en un mundo de grises, más que de blancos y negros. Dos destacan entre ellas: el liderazgo de los primeros ministros, y la construcción de un consenso interno. Una más que recomendable guía, en suma, para entender una de las grandes potencias del futuro, así como algunas de las variables que continuarán definiendo el escenario internacional a lo largo de 2017.