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La nueva larga marcha de China

La diplomacia china y la del Vaticano tienen cosas en común: la discreción, la paciencia, la asunción de que lo que se negocia oficialmente no tiene necesariamente que ver con lo que realmente interesa y la existencia, siempre, de una estrategia de largo alcance compuesta de una infinidad de pasos cortos.

El pasado diciembre, los ministros de exteriores de China, Afganistán y Pakistán mantuvieron reuniones en Pekín presentadas bajo una etiqueta tan general como orientada a alcanzar consensos en cooperación económica, seguridad regional y conexión estable entre los tres países. Hay que recordar que, entre ellos, estos países tienen problemas de delimitación territorial en sus fronteras comunes, pero muchos menos que los que cada uno de ellos tienen con adversarios más estratégicamente importantes como India y, al fondo, el asentamiento de Estados Unidos en la zona. Además, China necesita solidificar sus relaciones con Pakistán, asegurar el corredor económico hasta los puertos del sus de este país y, a la vez, impulsar la máxima estabilidad posible en Afganistán, con el menor protagonismo de EEUU que pueda conseguir, para ampliar su influencia en la zona.

¿Y cuál es el arma principal de China para engrasar los avances? Pues, obviamente, inversiones y más inversiones. Básicamente en infraestructuras, lo que conviene a todos, pero estratégicamente sobre todo, a las empresas y al gobierno chino.

La larga mano de China atiende a varios frentes y dispone de varios instrumentos, además de mucho dinero. Por una parte intenta ser mediador en las conversaciones que Kabul mantiene con los talibán (sin olvidar que Pekín buscará aquietar a sus propios musulmanes del oeste), por otra facilitar su estrategia de ruta de la seda fortaleciendo y asegurando su presencia en Asia central y, en tercer lugar, además de su presencia en Pakistán, presentarse en toda la región como un socio de paz a las puertas de Oriente próximo que protagonizará sus siguientes pasos. Nada menos.

La paradoja iraní

La crisis en Irán, en la que las manifestaciones populares contra el régimen teocrático convergen contra el presidente Rohani con el sector más duro del régimen que acusa al Gobierno de blando y conciliador, está creando una curiosa paradoja. Mientras se deterioran las relaciones del régimen con amplias capas de la sociedad se fortalece la relación exterior del Gobierno con Europa, Rusia y otros países ante la presión de Donald Trump para modificar el tratado nuclear con Teherán y el temor a que una desestabilización aumente la inestabilidad regional. Y todo eso se desarrolla cuando la pugna entre Teherán y Ryad, paladines respectivamente de chiitas y sunnies, está atravesando el mundo árabe y marcando la política exterior y los intereses nacionales de cada país.

Una vez más, EE.UU. y la Unión Europea, en este caso con Francia a la cabeza, aparecen con posiciones divergentes frente al inestable espacio geoestratégico de Oriente Medio. Emmanuel Macron está aprovechando la ventana de oportunidad que la errática política de EEUU abre e, indirectamente, coincide (como en otros tiempos) con la estrategia rusa de fortalecer sus lazos y su presencia en la zona, cosa que Putín parece estar consiguiendo.

Sin embargo, el pragmatismo basado en el mal menor tampoco lleva directamente al éxito. Irán tiene una estrategia a largo plazo de constituirse en potencia nuclear con dos objetivos en el punto de mira: Arabia Saudí y sus aliados sunníes, e Israel, país al que constantemente amenaza con destruir en sus discursos oficiales. El actual convenio con Irán no frena esta estrategia, sólo la aplaza, y no da ninguna garantía a la única democracia existente en la zona: Israel. Así, Arabia saudí está desarrollando sus propios planes de dotarse de armamento nuclear con apoyo técnico de Pakistán y fortaleciendo sus alianzas contra Teherán. E Irán, por su parte, trata de convertir la previsible victoria total de Bashar al-Ássad en Siria en el establecimiento de una potente cabeza de puente directamente frente a Israel. Y Macron debería meditar sobre el conjunto y no exclusivamente en el interés nacional de Francia, que no es necesariamente en de todos los países europeos.

INTERREGNUM: Movimientos euroasiáticos. Fernando Delage

Con una atención occidental concentrada en otros asuntos, quizá más inmediatos pero menos relevantes para el mundo del futuro, las potencias emergentes de Asia continúan realizando movimientos en un tablero geopolítico cuya complejidad se acelera por días.

El 1 de diciembre se celebró en Sochi, Rusia, la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS); la primera con la participación de India y Pakistán tras su adhesión formal hace unos meses. El 11 de diciembre, Rusia, India y China celebran en Delhi su encuentro trilateral anual a nivel de ministros de Asuntos Exteriores. Entre ambas fechas, en Irán—próximo candidato a la incorporación a la OCS—, el presidente Hassan Rouhani inauguró, el 4 de diciembre, la primera fase del puerto de Chabahar en la costa suroriental del país. ¿Hechos inconexos? En absoluto. Todos ellos son reflejo de una dinámica de competencia subregional que está reconfigurando la geografía económica y política de la mayor masa continental del planeta.

A unos 80 kilómetros de Gwadar—el puerto pakistaní que está desarrollando Pekín como elemento central de su Corredor Económico con Islamabad—, Chabahar se ha convertido en pieza clave de la estrategia euroasiática de Delhi. India ha invertido 500 millones de dólares en sus infraestructuras, y otros 1.600 millones de dólares para su conexión ferroviaria hasta Afganistán. Además de formar parte del Corredor Internacional Norte-Sur hacia Rusia, Chabahar ofrece a India una alternativa de interconexión continental que permite esquivar a su vecino Pakistán, de la misma manera que también Afganistán y las repúblicas de Asia central podrán contrarrestar su dependencia de Pakistán para su acceso marítimo. El interés indio por acercar el océano Índico a Eurasia central tiene, con todo, motivaciones de más largo alcance, relacionadas con sus temores sobre las ambiciones de Pekín.

Iniciativas chinas como la Nueva Ruta de la Seda están conectando el Pacífico y el Índico e integrando Eurasia, ampliando así su influencia política en espacios que estuvieron dominados, en otras épocas, por Occidente o por Rusia. El creciente liderazgo chino, parejo a la percepción regional de “retirada” de Estados Unidos, obliga a los actores locales a maximizar sus opciones. Tokio ha anunciado esta misma semana su “visto bueno” a la participación de empresas japonesas en la Ruta de la Seda, pero ve al mismo tiempo con sastisfacción cómo el concepto del “Indo-Pacífico”, cuyo origen puede atribuirse al primer ministro Shinzo Abe, se consolida para convertirse en la denominación que utiliza la administración Trump en sustitución del término anterior del “Asia-Pacífico”. También Delhi se ha sumado con entusiasmo a una definición de Asia que supone un reconocimiento de su peso estratégico, así como de la prioridad de sus intereses marítimos. Mayores dudas ha mantenido India tradicionalmente en relación con la Eurasia continental, pero Chabahar es, como se ha señalado, algo más que un incipiente paso para corregir ese desequilibrio.

La interdependencia al alza entre sus distintas subregiones hacen de Asia un escenario estratégico unificado. Al mismo tiempo, también hay indicios, sin embargo, de un claro riesgo de polarización económica y militar. No parece plausible que India permita a otra gran potencia negarle lo que considera como su dominio natural de Asia meridional y el océano Índico, como tampoco China va a renunciar al objetivo de su primacía en Asia oriental y el Pacífico occidental. Las piezas se desplazan con rapidez en la mesa de juego, mientras el actual ocupante de la Casa Blanca continúa tomándose su tiempo para mover ficha. (Foto: Gary Higgins, Flickr)

China en Medio Oriente y Jerusalén, siempre en el centro

No es un secreto pero sí un dato que no se suele incorporar a los análisis sobre la evolución del mapa geoestratégico de Oriente Medio: China lleva más de una década posicionándose en esa zona con una extraordinaria habilidad: ha instalado y potencia bases navales en el sur de Pakistán (suní); mantiene relaciones comerciales y energéticas, por sus necesidades de un petróleo del que carece, con Irán (chíi), y ha mejorado notable y discretamente sus relaciones con Israel en los últimos cinco años. Esto está permitiendo a Pekín influencia y capacidad de mediación que ejerce con mucha moderación para impedir tensiones que dificulten su acceso a las materias energéticas que necesita o que desestabilicen las rutas comerciales que necesita abiertas y estables.

Y también ha desaconsejado a Estados Unidos el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado de Israel. Pero detrás de esta decisión de EEUU hay muchos elementos que no siempre se tienen en cuenta.

Señalemos algunos errores que se cometen al plantear la cuestión. Jerusalén fue la capital política de Israel hace 3000 años y lo ha sido emocionalmente de los judíos desde entonces. Y es la capital del moderno Estado desde 1947, no una capital judía como se dice, sino de Israel, país del que son ciudadanos casi 3 millones de árabes musulmanes y cristianos, además de judíos. La capitalidad de un país no depende de quién la reconozca sino de cuál es la decisión de ese país.

El islamismo, 600 años después de la aparición del cristianismo, construyó su teología situando a Jerusalén como primera o tercera ciudad santa, según los tiempos, y desea ese reconocimiento.

Así se ha conformado una ciudad como lugar sagrado de las tres grandes religiones monoteístas y sólo desde la creación del moderno Israel disfruta de libertad de culto, aunque no sin tensiones.

Ahora bien, la decisión de Trump, ejerciendo una opción ya aprobada por administraciones anteriores, puede ser un error táctico. Aunque hay que señalar que Ryad y El Cairo fueron informados y los saudíes recordaron a los palestinos que había un posible acuerdo respecto a una capitalidad palestina en Abu Dis, un barrio al este de Jerusalén, que sería aceptada por Israel. De hecho, los israelíes han hecho esa oferta hace años. Pero públicamente los palestinos no pueden aceptar esto y egipcios y saudíes tienen que protestar y así lo han hecho con gran moderación. Nada parecido a una intifada se ha producido. Ni Hamas ni la ANP están interesadas realmente.

Así pues, el reconocimiento de Donald Trump, que ha incomodado al Gobierno israel, en contra de lo que dice, no es causa de que no haya conversaciones de paz sino su consecuencia. A partir de aquí los análisis. Y no perdamos de vista el papel de China.

Rusia sigue fortaleciéndose en Asia

Las importantes maniobras militares entre Rusia y China revelan como Moscú está en un lenta y decidida estrategia de fortalecer o avanzar en sus posiciones en Asia. Mientras mejora sus posiciones con China, con acuerdos comerciales y energéticos y con una posición cercana respecto a la crisis con Corea del Norte, Putin fortalece los lazos con India, que se encuentra con un crecimiento de la tensión de este país con China en su frontera común en Cachemira.

Putin sigue avanzando en su candidatura a ser la segunda superpotencia mundial y ganar voz, como en los tiempos de la URSS, en todos los asuntos importantes de la agenda internacional en un contexto en el que EEUU vacila y China avanza en el tablero.

India es un aliado importante. No sólo por la importancia de su mercado, su crecimiento económico y su desarrollo tecnológico sino también por su posición geopolítica. Con una China presente en su frontera norte que, además, mantiene lazos con Pakistán, el gran enemigo de India por sus disputas territoriales entre otras cosas, y con una posición avanzada frente a la ruta del petróleo del Golfo a la vez que sobre el Índico, es un protagonista necesario. Además, el pragmatismo de India ha hecho que manteniendo sus lazos con Moscú, mejore sus relaciones con Estados Unidos y Europa y, lo que no es nada sorprendente por razones obvias, con Israel.

India puede ser un contrapeso importante en los conflictos regionales y en los mundiales y Rusia no quiere dejar de tener sitio en su mesa. La situación en el sureste asiático no es completamente estable y crecen los problemas étnicos y hacia el oeste de India, el escenario afgano-pakistaní sigue enredado y aparecen contradicciones en la política estadounidense y el éxito ruso-iraní en Siria, al menos de momento, hace subir la cotización de Putin. Más piezas sobre el tablero.

El giro afgano

El anuncio por parte del presidente Donald Trump de una rectificación de la política de EE.UU. respecto a Afganistán indica un cambio de rumbo que no deja de ser significativo. El presidente ha anunciado una vuelta a suelo afgano de tropas norteamericanas y el condicionamiento de la ayuda militar a Pakistán a una mayor presión sobre las fuerzas del movimiento talibán que están situadas a lo largo de la frontera con Afganistán. Trump parece haber dejado en el cajón su estrategia de abandono de las “guerras lejanas” que inspiró los primeros tiempos de su gestión y los discursos de sus primeros asesores por una visión más realista de los conflictos sobre el terreno.

Esta decisión se enmarca en una estrategia general de aumentar la presión sobre Irán, subir el precio de la negociación, imprescindible, con Rusia sobre una solución negociada al conflicto sirio y buscar soluciones de transición a la empantanada situación afgana.

En Afganistán han cambiado muchas cosas. Por una parte, los talibán mantienen sus posiciones básicas, las han consolidado y han comenzado a recuperar terreno. Estados Unidos, que había alentado y promovido contactos entre un sector supuestamente moderado de este movimiento con el gobierno de Kabul, ha comprendido que esas conversaciones, en medio de una estabilidad estructura del gobierno afgano y de la retirada norteamericana, era un incentivo para los talibán.

Pero, además, ha aparecido en el último año un elemento nuevo que altera el escenario: el Daesh. La aparición en Afganistán de grupos ligados al Estado Islámico, nacida no sólo de una decisión estratégica de este grupo sino también de la desconfianza de sectores talibanes acerca de las negociaciones, supone para este movimiento un desafío al monopolio del radicalismo que hasta ahora representaba, frente a la alianza de señores de la guerra con un cada vez más prudente apoyo occidental. Este elemento obliga a los talibán a luchar en este frente y, a la vez, a presentar a los suyos avances concretos. En este marco, es clave que Pakistán agite las bases terroristas en su propio territorio y aporte inteligencia y operaciones contra el Daesh. Ese es el pan de Trump que puede cambiar muchas cosas y, paradójicamente, acercarle un punto a Irán, preocupado por la nueva situación en su frontera oriental.

INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.

INTERREGNUM: Asia y la crisis de Qatar. Fernando Delage

La ruptura de relaciones diplomáticas con Qatar por parte de Arabia Saudí, Emiratos, Egipto, Bahrain y Yemen puede rehacer el mapa del Golfo Pérsico, con importantes consecuencias económicas y políticas más allá de Oriente Próximo. En el caso de Asia, países de población musulmana como Malasia, Indonesia o Pakistán, tendrán que esforzarse para no verse atrapados en la lucha de poder en la región. Mayores implicaciones puede tener la crisis para China, dado el volumen de su comercio e inversiones con las dos partes partes enfrentadas, así como su creciente proyección diplomática en la zona.

A priori el impacto parece más político que económico. El aislamiento diplomático de Qatar empuja a éste hacia Irán, Turquía y Rusia, agravando la polarización regional y debilitando el Consejo de Cooperación del Golfo (al que pertenecen las seis monarquías locales: Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahrain). Décadas de infiltración y de apoyo financiero saudí en el mundo islámico hacen más difícil para muchos Estados mantenerse al margen de la disputa. Para algunos, el momento no puede ser más desafortunado: el ministro de Asuntos Exteriores de Malasia, por ejemplo, visitó Qatar hace sólo unas semanas con la intención de reforzar las relaciones bilaterales.

Para Pakistán el dilema es aún mayor. En 2015, para sorpresa de Riad, el Parlamento rechazó la petición saudí de participar en la operación en curso en Yemen. Cuando, dos años más tarde, los saudíes solicitaron a Pakistán que el exjefe de las fuerzas armadas, el general Raheel Sharif, asumiera el mando de la alianza liderada por Riad, Islamabad no pudo negarse. El gobierno paquistaní se justificó indicando que Sharif utilizaría su posición para mediar entre Arabia Saudí e Irán, pero sus relaciones con Teherán se han agravado con rapidez y la violencia se ha incrementado en la frontera con la República Islámica. La visita a Riad del primer ministro Nawaz Sharif hace quince días es un reflejo de su difícil posición: el número de trabajadores paquistaníes en Arabia Saudí y Emiratos supera los tres millones, y sus remesas suponen 8.000 millones de dólares al año (las cifras son apenas significativas en el caso de Qatar), pero Islamabad no puede permitirse un enfrentamiento con Teherán y Ankara incorporándose a una “cuasi-alianza” Washington-Riad.

La crisis en el Golfo puede, por otra parte, complicar la ejecución de la Nueva Ruta de la Seda propuesta por China. Además de que otros países puedan sumarse al boicot impuesto por Arabia Saudí, Pekín teme que, para desestabilizar Irán, Riad extienda sus movimientos a Baluchistán, provincia paquistaní clave para la iniciativa china. El alineamiento de Washington con Arabia Saudí y Emiratos puede, por lo demás, crear nuevas presiones diplomáticas sobre la República Popular. China es el mayor socio comercial de Qatar y se encontraba negociando un acuerdo de libre comercio con el Consejo de Cooperación del Golfo antes de que estallara la crisis. Qatar es el segundo suministrador de gas natural a China, y Arabia Saudí su tercer suministrador de petróleo. A partir de de 2010, China sustituyó a Estados Unidos como mayor exportador a Oriente Próximo, y primer importador de recursos energéticos de la región.

Durante la reciente visita a Pekín del rey Salman de Arabia Saudí, ambos gobiernos acordaron una “asociación estratégica” bilateral. Además de contratos por valor de 65.000 millones de dólares, los dos países firmaron un acuerdo en materia de seguridad por cinco años, que incluye la lucha contra el terrorismo y maniobras militares. Nada de ello parece incompatible con la privilegiada relación que China mantiene con Irán. Durante su visita a Teherán en enero del año pasado, el presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo Hasan Rouhani fijaron el objetivo de que el comercio bilateral alcance nada menos que 600.000 millones de dólares en el plazo de una década, la mayor parte en relación con la Ruta de la Seda. Desde 2016, ambos países intercambian mercancías a través de una línea ferroviaria directa que cruza Asia central, y que en pocos años se transformará en una conexión de alta velocidad que llegará hasta Turquía. Tanto Teherán como Ankara—ya se mencionó—, apoyan a Qatar. Como China empieza a descubrir, el avispero de Oriente Próximo puede condicionar los planes de las grandes potencias.

¿Está China lista para relevar a Estados Unidos? Miguel Ors Villarejo

Cuando arrancó el actual milenio, el PIB chino apenas suponía un 12% del estadounidense. Hoy es el primero del planeta. En tres lustros escasos ha acabado con siglo y medio de supremacía americana. Esta fulgurante expansión, que prosigue a tasas cercanas al 7%, ha ido acompañada por sendos incrementos del gasto militar y de la autoestima, y han animado a Pekín a reclamar la soberanía de prácticamente cualquier islote en disputa del Pacífico.

Por su parte, India crece aún más deprisa que China y, si a estos dos colosos se les suma Japón, es difícil no concluir que la Tierra bascula hacia el este. “El secular dominio occidental del mundo de los negocios toca a su fin”, escribe Gideon Rachman en Easternization: Asia’s Rise and America’s Decline from Obama to Trump and Beyond.

Este relevo no sería solo producto de la pujanza oriental, sino de nuestro declive. Mientras Europa lidia con el brexit y los populismos, las rencillas internas paralizan la OTAN y Estados Unidos sigue embarrancado en las interminables campañas de Irak y Afganistán. Tampoco es de gran ayuda la reluctancia occidental a invertir en armas. Rachman observa que incluso una potencia bélica como Reino Unido ha recortado tanto su presupuesto de defensa que todo su ejército cabe ahora en el estadio de Wembley, y aún sobran 16.000 asientos.

La acción combinada de estas tendencias alumbra un escenario poco halagüeño para Occidente y, aunque en la reseña que dedica Jessica Mathews al libro de Rachman en la New York Review of Books admite que su exposición de los hechos es impecable, cuestiona que vaya a traducirse “en una mayor influencia de las naciones asiáticas”.

Para empezar, el Este no forma un bloque homogéneo, ni siquiera bien avenido. “No hay un Oriente comparable a Occidente”, argumenta Mathews. “Aunque la región ha avanzado en la integración comercial, sigue dividida por los conflictos, el recuerdo de viejos agravios y profundas brechas culturales”. La nómina de aliados de Pekín no es muy impresionante. Se reduce, básicamente, a Pakistán y Corea del Norte, y supone “una carga más que un alivio”

Washington cuenta, por el contrario, con el firme respaldo de Japón y Corea del Sur y, desde la presidencia de George W. Bush, ha sabido ganarse a la India. Ahora es Estados Unidos, y no Rusia, el principal proveedor de armas de Nueva Delhi.

La propia China tiene suficientes problemas en casa como para pensárselo antes de salir a buscar más fuera. La legitimidad del Partido Comunista es precaria y, aunque lograra mantener los ritmos de crecimiento del pasado, deberá hacer frente a una grave crisis demográfica cuando en los próximos años empiece a jubilarse una generación “que dispondrá para mantenerse de un hijo y una inadecuada red de seguridad social”.

Finalmente, la occidentalización no ha sido producto únicamente de la presión militar y económica. Decenas de millones de personas de todo el planeta aspiran a formar parte de un sistema político que promueve los derechos humanos, el imperio de la ley, la educación y el progreso tecnológico, y que ha levantado un entramado institucional que, con todos sus defectos, permite que Ecuador gane pleitos en la OMC o que le saquen los colores a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad.

¿Por qué bando se decantaría toda esta gente en el caso de que tuviera que optar entre Pekín y Washington? Cada cual hará lo que le dejen llegado el momento, por supuesto, pero si el sentido de circulación de los capitales sirve para anticipar qué modelo inspira más confianza, Mathews observa que “los millonarios rusos y chinos pugnan por colocar su dinero en activos estadounidenses y pisos de Miami y Londres”.

INTERREGNUM: El momento de Eurasia. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de su cumbre anual—celebrada en la capital de Kazajstán, Astana—, se formalizó la adhesión de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Tras su ampliación, la OCS suma casi 3.500 millones de habitantes—la mitad de la población mundial—, y más del 25 por cien del PIB global (en términos de paridad de poder adquisitivo, la cifra sería mucho mayor). La organización aparece así como pilar central de la arquitectura euroasiática, aunque su expansión no resuelve la debilidad de sus estructuras ni la competencia entre sus miembros.

Sucesora del “Shanghai Five”, grupo que nació para delimitar y desmilitarizar las fronteras de Asia Central tras el fin de la guerra fría, la OCS fue puesta en marcha por China y Rusia en 2001—junto a Kazajstán, Kirguistán, Tajikistán y Uzbekistán—para afrontar el desafío representado por lo que Pekín denomina como “los tres males”: el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Pese a este origen vinculado a las cuestiones de seguridad, China se ha esforzado por dinamizar la agenda económica de la organización y dejar en manos de Moscú los asuntos de defensa. Pekín trataba de mitigar el temor ruso a su creciente influencia en la región, pero el rápido ascenso de la República Popular durante la última década no ha hecho sino exacerbar la inquietud del Kremlin. Moscú no ha dudado en bloquear iniciativas chinas, como la creación de un banco de desarrollo o el establecimiento de un área de libre comercio entre los miembros de la OCS.

También Rusia ha sido el gran impulsor de la incorporación de India. La estrecha relación que han mantenido desde los años sesenta Moscú y Delhi podría ser, para Putin, un elemento de equilibrio con respecto a China. Aunque las economías de Rusia e India suman juntas menos de un tercio del PIB chino, su peso militar conjunto sí puede servir de contrapeso de Pekín. En el contexto de las sanciones occidentales a Rusia, Moscú se ha visto obligado a seguir una política de acercamiento a China, y Putin ha hecho hincapié en vincular su proyecto de Unión Económica Euroasiática con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda que propone Pekín, de la que no puede permitirse quedar aislado. El presidente ruso sabe bien, sin embargo, que India rechaza el proyecto chino: para Delhi se trata de un instrumento de Pekín para proyectar su influencia en Asia meridional y el océano Índico.

El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) enfrenta en particular a los dos gigantes asiáticos: el gobierno de Narendra Modi teme que Islamabad—cuya adhesión a la OCS reclamó Pekín tras proponer Rusia la de India—quiera aprovechar su incorporación para internacionalizar la cuestión de Cachemira, provincia que atraviesa el corredor. India, por otra parte, intenta desarrollar sus propias alternativas de interconectividad, como el puerto de Chabahar en Irán, o el Corredor Internacional de Transportes Norte-Sur (INSTC), en el que participa junto a Rusia e Irán.

Parece inevitable pues que la integración de India y Pakistán transforme la agenda de la organización. Pekín necesita un entorno de estabilidad en el subcontinente indio para poder implementar la Nueva Ruta de la Seda, y promueve como seña de identidad de la OCS lo que define como “espíritu de Shanghai”: “confianza mutua, beneficio mutuo, igualdad, diálogo, respeto a las diversas civilizaciones y búsqueda del desarrollo compartido”. Se subraya por ello que su pertenencia común a la organización contribuirá a mitigar las diferencias entre India y Pakistán, facilitando su cooperación con el resto de miembros contra el terrorismo transfronterizo y a favor del desarrollo económico. El tiempo dirá, pero a priori no parece que la cohesión interna de la OCS vaya a ser fácil de mantener.

Los objetivos de Moscú y Pekín son incompatibles a largo plazo, al perseguir cada uno de ellos cosas distintas a través de la institución. Aunque China necesita a India para la Nueva Ruta de la Seda, no cuenta con su apoyo sino con una desconfianza en aumento. India y Pakistán disponen de una nueva plataforma multilateral en la que teóricamente poder minimizar sus divergencias, pero no está claro que la OCS pueda servir para ese fin. Los obstáculos son numerosos como se ve. No obstante, la expansión del bloque refleja la formación de un espacio geopolítico con enorme potencial, en el que Asia meridional se suma a Asia central. La mera inclusión de China e India, dos países que suman el 40 por cien de la población mundial, y que serán las dos mayores economías hacia mediados de siglo, da forma institucional a una Eurasia llamada a convertirse—un siglo después de que el británico Halford Mackinder teorizara sobre el mismo—en el centro del orden mundial.