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Ucrania: Japón a la expectativa

Japón, que se ha sumado a los aliados en su apoyo a Ucrania, incluso enviando material para las fuerzas armadas ucranianas, observa con atención la situación creada por la agresión rusa y desconfía de los movimientos chinos, los públicos y los secretos, para intentar obtener ganancias de la situación y avanzar en sus planes en el centro de Asia y en el Indo Pacífico. La alarma antre la nueva situación ha coincidido con la ruptura con Rusia en el viejo contencioso sobre las islas Kuriles, al norte del Japón y que Japón denomina Territorios del Norte, parte de las cuales fueron ocupadas por Rusia a finales de la segunda guerra mundial.

Como subrayan los expertos, Japón rompió un precedente de años con su dura respuesta a la invasión rusa a Ucrania, y el conflicto podría modificar la estrategia de defensa de Tokio frente a las ambiciones regionales chinas. Cuando Rusia ocupó la península ucraniana de Crimea en 2014, señalan,la respuesta japonesa fue tibia. Pero esta vez ha estado en sintonía con sus aliados occidentales con las sanciones y la dura retórica contra Moscú, llegando a enviar ayuda militar no letal a Ucrania.

Tokio observa cómo China hace juegos malabares con su discurso y, al recordar la necesidad de llegar a un acuerdo en Europa que salvaguarde la integridad territorial de Ucrania y la seguridad de Rusia, recalca que la propia integridad china esta sin resolver hasta que Pekín domine la isla de Taiwán, territorio sobrenado de facto desde la llegada de los comunistas al poder en Pekín.

Esta resituación internacional de Japón va a profundizar el discurso que ha venido creciendo, lenta pero decididamente, en los círculos políticos japoneses sobre la necesidad de repensar su política exterior, redefinir la defensa nacional, fortalecer sus fuerzas armadas y aumentar el protagonismo regional. Y cada uno de estos asuntos remueve los fantasmas históricos sobre el papel criminal que Japón desempeñó durante el siglo XX, lo cual va a exigir delicadeza y equilibrios extraordinarios a las autoridades niponas.

Y es que todo parece una vuelta al pasado con estética y tecnología distinta: Putin imitando una mezcla de Hitler y Stalin, Zelenski apelando a dudosos ejemplos sobre la historia europea, Biden un poco perdido en su oportunidad de liderazgo y Europa buscando un Churchill con acento continental.

China, Ucrania, Putin y EEUU, un panorama cada vez más complejo. Nieves C. Pérez Rodriguez

El pasar de los días muestra un panorama cada vez más desolador y cruento en Ucrania, una nación que hace menos de un mes era una país productivo y vibrante. Putin sigue dando pasos feroces y sanguinarios en su absurdo deseo de incorporar a Rusia una nación soberana desde 1991.

Ucrania, un país con 43 millones de ciudadanos y el segundo con más extensión territorial de Europa, después de Rusia, se ha convertido de la noche a la mañana en una nación en ruinas y con más de 2.5 millones de refugiados -según Naciones Unidas-, número que no hará más que aumentar con el paso de las horas, debido a los brutales ataques a centros urbanos, edificios de viviendas, hospitales, colegios, etc.

Para muchos, Putin ha perdido la cordura, para otros se ha quitado la careta. Sea cual sea el caso, lo que sí está claro es que la imagen de Putin cambió. Ese retrato de hombre poderoso capaz de posar al lado de un oso gigante o montar a caballo en invierno, medio desnudo, o de asistir a un evento internacional y posar al lado de los presidentes más importantes del planeta, se ha desvanecido. Ahora el Putin que el mundo ve es el de un líder autoritario y cruel, capaz de todo por obtener su objetivo, matar en masa, atacar una maternidad, o un hospital, incluso los corredores humanitarios. Un criminal que hasta hace poco era reconocido por ser un maestro del arte de la estrategia y que era respetado hasta por aquellos que no comulgaban con sus ideas.

El medio inglés “The Times” ha publicado que Putin ha puesto en arresto domiciliario a dos altos cargos de los servicios secretos rusos encargados precisamente de recopilar información de Ucrania. Explica el artículo que, aunque el FSB es oficialmente una agencia de inteligencia doméstica, el Quinto Servicio o Departamento del FSB fue establecido en los años noventa cuando Putin era el director y encargado de las operaciones en los países que fueron parte de la URSS. Y la razón detrás de la represalia es que aparentemente Putin fue informado de que Ucrania no tendría la capacidad de resistir a una invasión.

Putin, aunque siga decidido en continuar, está enfadado por la cantidad de días que le està costando hacerse con el control de Ucrania. Rusia lleva tres semanas de invasión y, aunque se han hecho con algunos territorios a la fuerza, sigue sin controlar el país y sin haber tomado la capital que era el plan inicial. Por lo que la detención de los altos cargos de inteligencia puede ser una manera de señalar culpables del caos.

Entretanto, el coraje del presidente Zelensky y su gabinete junto con congresistas y políticos de todas las líneas ideológicas de la nación eslava han dado un estoico ejemplo de lo que deberían ser los gobiernos y el servicio público, aun bajo las más aterradoras circunstancias. Ese ejemplo ha servido para mantener a un pueblo con la moral alta para seguir luchando en el frente de batalla o incorporarse a él, aun cuando la destrucción y la muerte se han convertido en parte de la cotidianidad desde que Putin decidió invadir Ucrania.

Mientras tanto, la propaganda sigue controlando la opinión pública en Rusia y en China como ha venido sucediendo desde el comienzo del ataque, intentando desinformar y confundir. Sin embargo, los gestos de protestas, a pesar de la represión, siguen viéndose; ayer mismo, en el canal oficial ruso, se veía en horario estelar nocturno la interrupción de una mujer en pleno noticiero con una pancarta que decía “No a la guerra, Paren la guerra. No crea en propaganda, la propaganda nos engaña”. Una mujer que seguro ya está pagando un altísimo precio por su valentía, así como lo están pagando los que comenzaron a protestar al comienzo de la guerra y que fueron neutralizados y amenazados por el régimen con abrirles un expediente criminal que los perseguiría de por vida si insistían en continuar protestando. La misma razón que hizo que los medios de comunicación occidentales salieran de Rusia por temor a retaliaciones a sus periodistas.

Esta semana comenzaba con un encuentro de siete horas de alto nivel entre China y Estados Unidos en la ciudad de Roma. El asesor de seguridad Nacional de la Casa Blanca – Jake Sullivan- advirtió a China en una entrevista televisada previa al encuentro de los peligros que acarrearía que apoyaran a Rusia. La reunión culminó y la discreción parece haber sido parte del acuerdo, pues ninguno de los países participantes ha dado claves de los acuerdos y si es que los hubo o no avances.

Los líderes chinos son astutos y saben que es un gran momento para convertirse en líderes mediadores, en referentes de la paz internacional.

Los roles de hoy están invertidos comparados con la época soviética. Ahora son los chinos los que controlan, los que tienen recursos y poder y son los rusos los que necesitan de su apoyo. Y no cabe duda de que Beijing está aprovechando las circunstancias, pero también tienen que ser extremadamente cautos para no incurrir en violación de las sanciones si deciden ayudar de alguna forma a Moscú. Mientras tanto, la inquietud por el creciente apoyo de la OTAN no hace más que afianzarse gracias precisamente a esta invasión, cosa que inquieta mucho a China.

El escenario es realmente complejo para todos y lógicamente para Ucrania es irreparable, ya que está pagando con vidas y viendo desmoronarse sus edificaciones y progresos con cada ataque y misil. Pero Para Rusia tampoco está fácil pues Putin ha conseguido el repudio del 75% de los países del planeta, la censura de occidente y el descalabro de su liderazgo hasta a nivel interno, que a pesar de la poca información que sale parece ir en picado entre los ciudadanos. Incluso algunos rusos están buscando escapar del país antes de que las sanciones empiecen a hacer efecto.

Hay fuentes que apuntan a que Moscú no contaba con una resistencia ciudadana de esta envergadura y mucho menos que el presidente Zelensky y otras figuras políticas ucranianas destacadas se encargaran de mantener la moral del pueblo alta día a día a pesar de ver cómo se va desangrando el país.

David Sanger, analista especializado en seguridad nacional, afirmaba en CNN en vivo que la situación se puede complicar para Zelensky si las fuerzas rusas toman control de más territorio durante las negociaciones, sobre todo si pudieran hacerse con el control de la capital porque en ese caso los ucranianos estarían bajo presión de aceptar que Crimea, así como otros territorios ocupados por Rusia -especialmente los del sur este- están controlados por Moscú y por tanto verse presionados a cederlos.

¡El ejemplo de resistencia que están dando los ucranianos pasará a la historia y su presidente servirá de inspiración durante décadas sino siglos, sea cual sea el desenlace de esta absurda guerra!

Ucrania: China y EEUU deciden

La cumbre de Roma entre EEUU y China, en medio de una alerta estadounidense sobre la posibilidad de que China atienda una petición rusa a Pekín de ayuda militar para salir de su atasco en Ucrania, puede tener mucho más interés del que se le está concediendo. Todo parece indicar que ambos países, EEUU y China, tratan de establecer algún acuerdo, aunque sea de mínimos, entre superpotencias para solucionar una crisis mundial provocada por la brutalidad, la frivolidad y la soberbia rusa que está llevando a Purín a un callejón con pocas salidas y todas muy estrechas.

Como venimos insistiendo, China se está asentando en la parrilla de salida para ocupar puesto de vencedora sea cuál sea el resultado de la guerra en Ucrania y la crisis mundial en marcha. Si Putin es derrotado, China intentará ocupar espacios nuevos de influencia en Asia Central y convertirá a Rusia en una especie de vasallo financiero. Si Putin resulta vencedor, aunque solo sea parcialmente, China se aprovechará el fiasco occidental para mejorar posiciones y ejercer de socio estratégico de los rusos. De momento, a EEUU le vendría bien una mediación china para un alto el fuego en Ucrania y China se ofrece sin condenar la agresión rusa y sin rechazar conversaciones bilaterales sobre Ucrania con Estados Unidos.

La delicada estrategia china es compleja pero parece estar hecha a su medida pues exige paciencia, disimulo, cálculo y mirar a medio y largo plazo, todo esto más en consonancia con la cultura política china que con la impaciencia y el cortoplacismo occidental necesitado de dar explicaciones a sus sociedades para que estás no les castiguen a la hora de las elecciones, proceso que en China no existe.

Y por su parte, Estados Unidos ensaya un nuevo escenario estratégico, coloca a Rusia al margen de los grandes protagonistas de las nuevas relaciones globales y envía a Putin un mensaje de aislamiento profundo. La disposición de las fichas en el tablero de ajedrez se está modificando y los grandes jugadores cada vez pasan menos por Moscú.

¿Y las sanciones, qué? Nieves C. Pérez Rodríguez

A dos semanas de la invasión rusa de Ucrania el mundo ha sido testigo de las bárbaras prácticas del ejército ruso, la destrucción de infraestructuras, colegios, universidades e incluso ataques a plantas nucleares. Todo ello acompañado del destierro de millones de ciudadanos quienes en un acto desesperado por mantener su vida y su dignidad buscan salir de su país que está siendo acabado por órdenes de Putin.

Mientras los rusos elegían la agresión conseguían que el mundo en su mayoría se uniera en su contra en un clamor por la paz. Y en busca de esa paz se ha intentado usar los mecanismos existentes para hacerle llegar armamento, equipos y municiones a los valientes ucranianos que se mantienen en el campo de batalla peleando por defender su derecho soberano de mantener el control de la nación, y en el fondo, tal y como lo decía el presidente Zelensky, “La lucha de Ucrania es la lucha por nuestras libertades pero también por las libertades europeas y occidentales”.

De igual forma y tomando las palabras del propio secretario de Estado estadounidense, “la invasión brutal ha sido respondida por occidente con durísimas sanciones económicas” que ahora también plantean una gran incógnita acerca de cómo afectarán al futuro de Rusia, y a la vez también al resto del mundo sobre todo en el actual momento en el que la inflación mundial sigue subiendo como efecto de la pandemia.

A pesar de que la economía rusa no es de las primeras del mundo, es una economía muy interconectada a través del suministro a otras economías como las europeas, la china, la india e incluso otras mucho más pequeñas como la turca.

Rusia produce el 10% del petróleo mundial, es el tercer exportador de carbón, el quinto exportador de madera y suministra el 40% del gas de Europa. Además, es el mayor exportador de cereales y fertilizantes del mundo. Por lo que su aporte a los intercambios internacionales no es tampoco insignificante, aunque podría ser sustituido (lo que tomaría tiempo).

En cuanto a la relación económica entre Rusia y China, hoy en día China depende de las importaciones de gas y petróleo ruso, pues es el segundo proveedor después de Arabia Saudita. Estas relaciones se intensificaron en 2014, momento en que se impusieron sanciones a Rusia por la toma de Crimea, y desde entonces no han hecho más que crecer y fortalecerse. En efecto, han tenido un aumento del 50% de esos intercambios.

De allí precisamente que la “Teoría de la Desdolarización” toma más fuerza entre algunas analistas que afirman que ante la situación de crisis actual, Beijing buscará sacar el máximo provecho de su cercanía con el Kremlin y afianzar su posición de liderazgo internacional.

En un esfuerzo por reducir la dependencia que existe del dólar, Beijing y Moscú se plantearon el proyecto de desdolarizar sus economías en el 2010 dando comienzo a un sistema “incipiente de mercado” en el que se valoraban los intercambios bien en yuanes si eran productos chinos o en rublos si los productos eran de origen ruso. Y aunque en los primeros años esos intercambios solo representaron el 3% del total entre ambos, a raíz de las sanciones del 2014 estos intercambios tomaron más importancia y tan solo en los primeros seis meses de 2021 llegaron a representar el 28% de los intercambios bilaterales.

Desde 2020 la moneda que ahora están utilizando es el yuan, año en el que el acuerdo se renovó por otros tres años más por unos 150.000 millones de yuanes.

En una situación como la actual, momento en que se están estudiando todas las opciones para poder evadir las sanciones, es más que probable que se recurra a este sistema para mantener activos los intercambios entre Beijing y Moscú. Y como consecuencia, entonces las sanciones podrían ser las incitadoras de la aceleración a mayor escala de este sistema. Aunque, ciertamente, China corre un gran riesgo en quedar atrapado en medio de alguna de las sanciones debido a que será complicado mantener un sistema de segregación de transacciones escrupuloso.

Objetivamente, hay que aceptar que mientras el dólar siga siendo una moneda fuerte y estable, los países seguirán manteniendo sus reservas en dólares para poder comprar o vender bienes internacionales. Así como las bolsas internacionales seguirán haciendo sus cálculos basados en la principal moneda y las transacciones internacionales continuarán efectuándose en dólares. Pero no es descabellado plantear que, con el peso de China en la economía mundial, junto con su deseo de continuar su crecimiento y expansión y de su plan maestro de continuar conectando al mundo a través del BRI o la antiguamente llamada Ruta de la Seda, tener un sistema financiero alternativo en el que su propia moneda sea el medidor del valor de la transacción y, eventualmente, incluso los bancos chinos sean las plataformas utilizadas para los pagos, podría ser una opción a medio plazo.

Beijing podría estar viendo más beneficios que problemas en esta terrible crisis. Aunque China ha sido frontal desde el comienzo de la guerra y aunque ha llamado al dialogo, no ha condenado la invasión, pero si ha insistido en que las sanciones son ilegales. Paralelo a esto, el ministro de exteriores chino, Wang Yi, manifestaba el lunes de esta semana  “la disposición de China de ser un país mediador o asumir un papel en la crisis”.

Consecuentemente, podría estar intentado jugar su carta de mediador y por tanto líder internacional. Si los chinos consiguieran parar la guerra de alguna forma, se apuntarían un éxito como actor internacional y su reputación también mejoraría considerablemente. Y a pesar del inestable panorama, Beijing acaba de anunciar que prevé que su economía crezca el 5,5% en 2022, a pesar de los efectos de la pandemia y del impacto indirecto de estas sanciones.

A medida que las tensiones geopolíticas aumentan y Estados Unidos sigue recurriendo a las sanciones como forma de castigo aumenta las ganas y la necesidad de buscar sistemas paralelos, sobre todo en los países no alineados a los valores de occidente.  Y esta podría ser una desgraciada situación que los chinos conviertan en favorable para ellos.

China y la mediación en Ucrania

China observa el conflicto en Europa central como un depredador mira a su presa. Espera y juega calculando la evolución de la agresión rusa a Ucrania a sabiendas de que sea cual sea el desenlace, Pekín está en situación de obtener ventajas, tanto económicas como geopolíticas.

En estos momentos China está intentando una mediación, entre el deseo europeo y la ansiedad de EEUU, tras afirmar Pekín, sin condenar la criminal invasión rusa directamente, que China está comprometida con la soberanía y la integridad territorial de las naciones y añadido que ha hecho una petición a Vladimir Putin de proceder a un alto el fuego que permita una negociación que permita callar las armas.

Entre todos los aspirantes a mediar para un acuerdo de fin de la guerra (India, Turquía, Israel y la propia China) es China la que tiene mayores capacidad de mediación, valga decir presión, sobre una Rusia, en medio de las sanciones occidentales, tiene en el régimen chino un canal financiero, una vía de alivio y un cierto, aunque limitado, apoyo logístico. China puede presionar a ambas partes porque, bajo la premisa de que hay algo que darle a Putin para incentivar un alto el fuego, va a plantear, precisamente, el programa “mínimo” de Putin, es decir, la renuncia ucraniana a la soberanía de Crimea y las regiones separatistas que lindan con Rusia y la aceptación de un estatus de neutralidad y desarme.

En cualquier caso, China saldría de un proceso así como una potencia influyente, con protagonismo internacional y estrategia propia, reforzaría sus apoyos y reforzaría sus negocios. Chinas no parece buscar un cambio revolucionario de los equilibrios mundiales sino convertirse en líder y árbitro planetario, y la criminal intrusión rusa en Ucrania ha precipitado una tormenta que afecta a los planes chinos de extender, lenta y metódicamente, influencias y negocios.

Habrá que estar atento a los próximos pasos y ver si crecen los movimientos que, con la coartada de que armar a Ucrania es echar gasolina al fuego, son el brazo pacifista pro Putin, y con la otra coartada de que dar prioridad a la diplomacia frente a los “partidos de la guerra” es la solución, están dando argumentos a la mediación china para que Putin gane. Tal vez el hecho de que uno de los líderes de ese planteamiento, el ex presidente español Rodríguez  Zapatero, haga lobby para la empresa china Huawei sea solo una casualidad en medio de este escenario.

INTERREGNUM: China y el error de Putin. Fernando Delage  

La invasión rusa de Ucrania deja definitivamente atrás la postguerra fría, para abrir una nueva etapa, incierta y llena de peligros, con ramificaciones que dejarán sentirse durante años, si no décadas. Europa vuelve al centro de la dinámica internacional, aunque—al contrario  que en el siglo XX—esta vez China es una variable central en cualquiera de los escenarios que puedan surgir del error criminal de Putin.

A principios de febrero, el presidente ruso y su homólogo chino, Xi Jinping, adoptaron un comunicado en el que declaraban su cooperación “sin límites”. Aunque se desconoce si Putin informó a Xi de sus intenciones, le ha creado en cualquier caso un desafío difícil de gestionar. Por una parte, la agresión de Moscú viola principios fundamentales para China como son el respeto a la soberanía y la integridad territorial. Sería impensable para la República Popular que potencias nucleares reconocieran la independencia de Tibet o Xinjiang. Por otro lado, el impacto geopolítico que va a provocar la guerra trastoca en gran medida los objetivos de Pekín. Su abstención en el Consejo de Seguridad es reveladora de sus reticencias, aunque mantenga una retórica de apoyo a Moscú y la prensa oficial continúe culpando a Washington de los acontecimientos.

De manera que no había calculado, Putin ha resucitado el liderazgo de Estados Unidos, reforzado las relaciones transatlánticas y la OTAN, y propiciado una cohesión sin precedente de la Unión Europea, dándole además el motivo que necesitaba para avanzar en su transformación en actor geopolítico. También ha perdido a Ucrania para siempre. Son consecuencias que pueden torcerse si una escalada aún mayor por parte del presidente ruso conduce a derroteros inimaginables. Pero Occidente ha entendido que no puede permitirse más titubeos: no hay alternativa a la derrota completa e inequívoca de Putin. Demostrada la unidad y voluntad de las democracias—el aumento del presupuesto de defensa alemán es uno de los datos más significativos—, China se encuentra ante un dilema imposible: cómo equilibrar su interés compartido con Moscú por debilitar a Estados Unidos con el imperativo de su integración en la economía global, un requisito para su ascenso internacional y para la estabilidad interna que necesita el Partido Comunista.

Ante el cambio de ciclo en el escenario internacional, europeos y norteamericanos tienen que volver a la pizarra para dar forma, en una primera fase, a la estrategia que va a exigir un periodo prolongado de enfrentamiento diplomático y de guerra económica con Moscú. Pero no deben hacerlo sin considerar, a la vez, qué tipo de estructura deberá integrar a medio y largo plazo la relación con una Rusia post-Putin. El triunfalismo posterior a la caída del Muro de Berlín fue uno de los factores que nos han traído a esta situación. La nueva arquitectura de seguridad a construir será una u otra según el grado de acercamiento de China a Rusia, pues sus bases requieren una visión global: la interacción entre el escenario estratégico europeo y el asiático es innegable.

También Pekín se verá obligado a reajustar su posición. La guerra en Europa daña su ambición de situarse en el centro de una Eurasia integrada económicamente, a la vez que el nuevo despertar político de Occidente y el efecto indirecto de las sanciones a Rusia condicionan su margen de maniobra, rompiendo sus previsiones. Putin arrastra a China a un coste que ésta no puede permitirse. Sin que pueda pensarse en nada parecido a un alineamiento contra Moscú como el formulado por Nixon y Mao hace justamente 50 años—China permanece como principal rival geopolítico de Estados Unidos—, lo cierto es que se abre una ventana de oportunidad para explorar a qué pueden conducir unas circunstancias que no existían antes del 24 de febrero. Si la implosión de la Unión Soviética ha guiado la acción de los dirigentes chinos sobre lo que no se debe hacer internamente, la acción de Putin muestra a Pekín los límites de una política exterior revisionista.

 

China y la invasión de Ucrania. Nieves C. Pérez Rodríguez

La decisión de Putin de invadir Ucrania ha cambiado la historia del mundo. Lo inimaginable ha sucedido y Europa está en guerra, y esta guerra es la guerra entre el autoritarismo y la democracia. Y la prueba de la gravedad de la situación son las duras sanciones económicas que se han venido anunciados desde que los rusos entraron en territorio de soberanía ucraniana.

Putin, en contra de sus propios cálculos, ha conseguido unificar, en muy pocos días, al mundo libre, que condena sus criminales acciones que reviven momentos de la historia que creíamos pasados. Mientras tanto, China ha estado jugando al bajo perfil, aun cuando hasta la misma Suiza ha decidido que no se puede ser neutral en una catástrofe de este calibre que ha sido intencional y organizada por Moscú.

En las primeras horas China se abstenía de votar en el Consejo de Seguridad Nacional de Naciones Unidas, en un intento por mantenerse neutral pero también dejando ver que no apoyan del todo a Moscú,  muy probablemente también pensando en su futuro, en el caso de que decidieran seguir el mismo modelo en Taiwán.

Mientras tanto, en China, los medios oficiales han estado alimentando las mismas teorías de Putin y repitiendo que todo es culpa de occidente. Manteniendo un control exquisito del lenguaje, pues no han dejado usar los términos invasión o guerra durante los reportes. Lo mismo que ha sucedido en Rusia, donde los medios han sido amenazados con ser cerrados si usan algunos de esa terminología, por lo que se han visto obligados a recurrir a términos como “crisis” para evitar represalias.

Li Yuan, periodista del New York Times, publicaba una columna titulada ¿Por qué el internet chino está animando la invasión rusa? en la que explicaba cómo las plataformas chinas han sido el lugar donde millones de chinos buscan información y siguen minuto a minuto lo que está sucediendo.

Weibo ha sido un gran medidor de sentimientos chinos sobre la invasión rusa a Ucrania. Desde las primeras horas de la invasión, mientras el mundo occidental intentaba salir del asombro y se empezaba a condenar las bárbaras acciones rusas de pretender hacerse con un país soberano, el internet chino se llenaba de apoyos, hacia Rusia y Vladimir Putin quien ha sido descrito como “Putin el grande”, “el mejor legado de la antigua Unión soviética” y “el mayor estratega de este siglo”. Mientras tanto, los chinos incriminaban a los valientes manifestantes rusos que han protestado en las calles en contra de la guerra, diciendo que los Estados Unidos les han lavado el cerebro.

Los discursos de Putin han sido vistos 1.100 millones de veces en Weibo, que es la equivalente a Twitter en occidente. Así sucedió también con algunos catedráticos chinos que son “influencer” que cuentan con millones de seguidores en sus redes que afirmaron (previo al comienzo de la guerra) que la inteligencia estadounidense estaba equivocada anunciando la invasión, y que no tuvieron más remedio que retractarse admitiendo haberse equivocado, una vez que comenzó.

En contraposición, la comunidad china en Ucrania ha tomado las redes para explicar a sus conciudadanos quienes apoyan la invasión en que es una guerra ilógica. Simon McCarthy, corresponsal de CNN en Beijing, afirmaba que los ciudadanos chinos en Ucrania se encuentran en una dura situación desde el comienzo de los ataques rusos. De acuerdo con McCarthy, los chinos parecían no conocer los planes de Putin por lo que no tomaron medidas más drásticas como planificar la evacuación de sus ciudadanos en Ucrania. Los medios oficiales calculan que hay unos 6.000 chinos en territorio ucraniano y algunos de ellos han manifestado en redes sociales estar preocupados por su seguridad, mientras que un alto funcionario de la embajada china en Ucrania explicaba en un video el sábado por la noche a la comunidad china que los planes de evacuación se habían tenido que posponer debido a que no se puede tener un vuelo chárter saliendo de la capital mientras hay misiles volando y explosiones por todos lados y armas sobre el terreno.

Las relaciones chino rusas son profundas y complejas. Durante la era soviética, durante la etapa de Stalin, fueron muy cercanas por conveniencia mutua u luego se enfriaron y con la caída de la URSS sufrieron un mayor alejamiento. El Partido Comunista chino en su tónica pragmática entendió que debía abrirse para conseguir más de occidente, tal y como sucedió.

Más recientemente, las relaciones comerciales entre Rusia y China se profundizaron en 2014, momento en que se impusieron sanciones por la invasión de Crimea. Hoy, China es el país que compra más petróleo ruso. Por tanto, es el mayor socio comercial de los rusos tanto en exportaciones como importaciones, pues en 2020 no sólo compraron un tercio del total de crudo ruso, sino que China les vendió productos manufacturados, como teléfonos móviles, ordenadores, juguetes y prendas de vestir, según Reuters. Y aunque estos intercambios se hacen en parte con el yuan chino, que podría quedar excepto del sistema financiero internacional, al momento de hacer las transacciones los bancos chinos están conectados con el sistema global y es muy probable que la razón prevalezca y China decida seguir las vías ordinarias de pagos.

En el fondo, la inestabilidad que está provocando Rusia es un problema para China y sus planes económicos. En medio de una crisis económica producida por la pandemia, generar otra crisis incitada por pretensiones expansionistas rusas es un escenario nocivo para la economía mundial y perjudicial para los planes de crecimiento internacional chino.

Putin, sin querer, ha conseguido unificar el modelo económico de cooperación más avanzado nunca antes conseguido en el mundo, la Unión Europea, pues todos los países se han alineado en este momento y han cerrado filas en contra de Rusia. De la misma forma ha conseguido revivir la razón que inspiró la creación de la OTAN, que vuelve a ganar importancia frente al miedo de una guerra que destruya a Europa, y muy probablemente también conseguirá que el financiamiento de la organización se replantee y que los países miembros asuman más responsablemente sus cuotas. Igualmente ha acercado a occidente más que nunca en los últimos años, frente a la posibilidad de perder sus libertades y se han unido en denunciar y apoyar todo tipo de sanciones. Defender a Ucrania es defender al sistema internacional que tanto bienestar ha dado y que cambió el mundo en 1945.

 

Paisaje ucraniano con China al fondo

China observa el conflicto en Centroeuropa con incertidumbre y  paciencia. Incertidumbre, pues ha sido sorprendida por la agresión rusa y ésta ha desencadenado una inestabilidad que no le conviene ni a sus negocios ni a sus planes, además de poner un punto de duda sobre sus negocios en Europa. Y, a la vez, se está instalando en su paciencia tradicional comprendiendo que cualquier salida del conflicto le va a ofrecer al régimen de Pekín oportunidades de obtener ventaja. Si Putin acaba imponiendo sus condiciones, además de robustecer los planes chinos sobre Taiwán, China aprovechará el fiasco occidental para mejorar sus posiciones. Si, por el contrario, Putin fracasa o se queda a medias, China encontrará oportunidades de aumentar su influencia en Asia Central y puede convertir a Rusia en un vasallo económico. Da la sensación, a estas horas de la película, de que China está en una posición de ganar en cualquier caso.

Pero no debe olvidarse que China tiene graves problemas estructurales, demográficos con el galopante envejecimiento de su población, de fracturas sociales entre la costa superpoblada y el interior aún muy pobre, un sistema financiero menor robusto de lo que se piensa y un retraso, todavía, en desarrollo tecnológico respecto a EEUU. A lo que hay que sumar, al menos hasta ahora, su inferioridad militar en los terrenos navales y aéreos, respecto a EEUU y aiados en el Pacífico. Todo eso constituye palor en la rueda china que podría aspirar a aprovechar la crisis ruso-ucraniana para fortalecer su poder. No va a ser tan fácil aunque esté en su agenda.

Europa, en busca de un camino a China

Mientras Europa permanece alerta ante las noticias de la frontera ruso-ucraniana, la Unión Europea y la OTAN han venido manteniendo conversaciones con China para lograr un acuerdo estratégico que fije unas relaciones claras y en las que, pretende Bruselas, China actúe de acuerdo con las normas internacionales y con respeto a la libertad e comercio y la libre competencia. De momento, Europa sigue el camino dibujado por Ángela Merkel  basado en el diagnóstico de que China es un reto lleno de riesgos, incluso en el campo de la seguridad, pero no una amenaza como sí lo es Rusia. Para ello un grupo de políticos, diplomáticos, militares y expertos tanto de la OTAN como de China han venido encontrándose  para buscar un nuevo marco de relaciones.

Según la experta Stefanie Babst, “a lo largo de 15 meses, el grupo discutió una amplia gama de cuestiones de seguridad internacional, desde la evolución de la región de Asia-Pacífico hasta los posibles escenarios de las futuras relaciones entre Estados Unidos y China. Sin embargo, las conversaciones confidenciales se centraron en gran medida en la futura relación de la OTAN con China. ¿Cómo ven y analizan ambas partes las tendencias globales y regionales más importantes y los retos de seguridad? ¿Dónde hay diferencias fundamentales de intereses y en qué áreas existen posibles puntos de partida para el diálogo y la cooperación?  ¿Qué lecciones pueden extraer la OTAN y China de sus anteriores encuentros y formas iniciales de cooperación práctica?”. Porque las conversaciones han ido tomando un carácter más de encuentros OTAN-China que Unión Europea China.

En las conversaciones se ha tratado prácticamente toda la agenda internacional: cuestiones económicas, cambio climático, cooperación en la lucha contraterrorista, orden geoestratégico y normas posibles de cooperación para evitar riesgos de desestabilización general.

Europa llega tarde y lenta pero la realidad le ha impuesto una agenda inevitable y llena de incertidumbre porque no parece haber una idea clara de qué amenaza es la de China y qué medidas tomar que, además, se analizan en medio de la convulsión ucraniana en la que Putin mueve piezas sin complejo y parece ir ganando la partida e imponiendo sus intereses y su concepción sobre cuál debe ser el espacio estratégico europeo y quienes sus protagonistas imprescindibles.

INTERREGNUM: Myanmar: un año después del golpe. Fernando Delage

La semana pasada se cumplió un año del golpe de Estado en Myanmar. Horas antes de inaugurarse el Parlamento resultante de las elecciones de noviembre, en las que la Liga Nacional para la Democracia (LND) logró una aplastante mayoría, los militares se hicieron con el poder en el cuarto golpe de Estado desde la independencia en 1948, poniendo fin a una década de gradual pluralismo político y de sostenido crecimiento económico. La Consejera de Estado Aung San Suu Kyi y el presidente Win Myint, junto a otros dirigentes de la LND, fueron arrestados y acusados de distintos cargos, y se encuentran desde entonces en prisión. Las fuerzas armadas prometieron un regreso a la democracia tras un año de gobierno interino, que luego extendieron a dos años.

La actual atmósfera de tensión entre las grandes potencias ha alejado a Myanmar de los focos informativos, pese a la dramática situación que atraviesa el país. La violencia se ha desatado de manera extrema, el hundimiento de la economía es completo, y la incertidumbre se agrava sobre el futuro de una de las naciones más pobres y de mayor complejidad interétnica de Asia.

La resistencia contra el golpe fue inicialmente pacífica, limitada a manifestaciones masivas y movimientos de desobediencia ciudadana, pero la oleada de represión puesta en marcha por el ejército—que se ha cobrado la muerte de al menos 1.500 civiles, y causado el desplazamiento de centenares de miles de personas—condujo pronto a una brutal escalada. El Gobierno de Unidad Nacional, en el exilio, declaró en septiembre el estado de guerra contra las fuerzas armadas, mientras que estas han designado al primero como una organización terrorista. Los enfrentamientos se han extendido particularmente en los estados fronterizos con India y con Tailandia. El PIB, por otra parte, ha caído un 30 por cien, lo que ha hecho triplicarse los índices de pobreza extrema, condición que ya incluye casi a la mitad de la población. Tras conocer una década de semidemocracia, los más jóvenes no cederán en la resistencia al ejército, una presión que puede crear a su vez divisiones entre los militares, acentuando el caos y el desorden nacional.

Ante estas trágicas circunstancias, la respuesta exterior debía haber sido decisiva; sin embargo, la acción de la comunidad internacional ha consistido básicamente en la adopción de declaraciones de condena, más que en la formulación de medidas concretas para restablecer la estabilidad política. La ONU ha preferido apoyarse en la ASEAN y su plan de cinco puntos para poner fin a la violencia, promover un diálogo constructivo y designar un enviado especial para la crisis. Pese a haberse comprometerse con dicho plan, acordado en el mes de abril, la junta militar no ha dado un solo paso para ejecutarlo, una inacción para la que se apoya, en parte, en la propia falta de unidad de la organización. La visita a Myanmar hace unas semanas del primer ministro de Camboya, Hun Sen, en su calidad de presidente rotatorio de la organización, es un claro ejemplo de esas divisiones. Aunque realizó su viaje sin consultar previamente a los Estados miembros, su gesto ha sido interpretado como un intento por forzar el reconocimiento de la legitimidad del gobierno birmano.

Las sanciones de los países occidentales, que han consistido básicamente en la congelación de cuentas bancarias o la restricción de visados a miembros de la junta, poco efecto pueden tener para un cambio de rumbo, pues los generales han sabido estrechar su cooperación con China y Rusia, potencias ambas interesadas en mitigar las presiones de Occidente. Pekín observa con preocupación el escenario de desorden que se ha abierto (y que puede afectar tanto a los movimientos insurgentes en la frontera que comparten ambos países, como a los gaseoductos que unen la provincia de Yunnan con el Índico), pero también con cierto distanciamiento. La presencia de Moscú, en cambio, ha adquirido un nivel desconocido hasta la fecha, con un notable apoyo directo, tanto en el terreno diplomático como a través del suministro de armas.

La ausencia de avances significativos durante un año no permite ser muy optimista con respecto al desarrollo de los acontecimientos a medio plazo. El margen de influencia occidental es reducido, la ASEAN arriesga su credibilidad, y las partes en el conflicto apuestan por imponerse sobre el otro más que en buscar una solución negociada.