INTERREGNUM: Eurasia marítima. Fernando Delage

En la era de la geoeconomía, el poder marítimo ha adquirido una nueva relevancia, como demuestran los movimientos de las grandes potencias asiáticas. Poco más de un siglo después de que el almirante Alfred Mahan, uno de los padres fundadores de la geopolítica, escribiera El problema de Asia (1900), tanto China como India siguen sus lecciones y dedican una especial atención a la dimensión naval de su ascenso. No se trata tan sólo de contar con la armada que requieren sus ambiciones de proyección de poder: su comercio e inversiones, la logística y cadenas de distribución de sus empresas, el imperativo del acceso a recursos naturales y la protección de las líneas de comunicación, son elementos indispensables de su seguridad marítima.

Ese esfuerzo de ambas, como de Rusia, es el objeto de un libro de reciente publicación del profesor de la Universidad Nacional de Defensa de Estados Unidos, Geoffrey F. Gresh (To Rule Eurasia’s Waves: The New Great Power Competition at Sea, Yale University Press, 2020). Cada una de estas potencias, escribe Gresh, aspira a lograr un mayor estatus internacional y a expandir su influencia más allá de su periferia marítima. Es una competición que desafía el orden liderado por Estados Unidos desde la segunda postguerra mundial, y que marca el comienzo de la era de las potencias marítimas euroasiáticas.

De manera detallada, el libro examina el aumento de capacidades navales de cada una de estas potencias, así como sus movimientos en sus respectivos mares locales (del Báltico al mar de China Meridional, del Mediterráneo al Índico). Gresh identifica por otra parte las características esenciales de las aguas que rodean Eurasia, incluidos los cuellos de botella estratégicos y las líneas de navegación. Sus fuentes confirman la determinación de estos gobiernos de adquirir un mayor protagonismo global mediante el juego económico que despliegan en el terreno marítimo. El autor identifica el particular el océano Ártico como la próxima frontera de esa competición global. Como consecuencia del deshielo del Ártico, Eurasia ha dejado de ser rehén de la geografía y, aquí, es Rusia quien tiene ventaja.

No obstante, desde una perspectiva más amplia, es China quien parece haber desarrollado la estrategia mejor adaptada a la nueva rivalidad. Mediante la iniciativa de la Ruta de la Seda, Pekín ha utilizado su poder económico y financiero para invertir en puertos e infraestructuras marítimas, desde el Mediterráneo hasta Asia oriental. Rusia—además del Ártico, concentrada en el mar Negro y en el Báltico—es para la República Popular un socio más que un competidor, lo que representa un nuevo bloque que debe afrontar Estados Unidos como ya hizo en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. En cuanto a India, su tardío reconocimiento de la presencia china en el océano Índico le ha obligado a reforzar su estrategia naval y a acercarse tanto a Estados Unidos como a Japón.

La preocupación del autor es que esta competición marítima en torno a Eurasia conduzca a posibles choques accidentales. Frente a la “retirada” relativa de Estados Unidos, Rusia y China se encuentran cada vez mejor situadas para unificar y controlar las líneas marítimas estratégicas que rodean Eurasia. Para evitarlo, recomienda a la administración norteamericana competir con las inversiones chinas en el exterior, desplegar mayores recursos navales en el Indo-Pacífico, prestar mayor atención a la apertura del Ártico y, sobre todo, no desatender a sus aliados, especialmente a Japón, India y Australia. Buena parte de sus sugerencias han sido seguidas tanto por la administración Obama como por la de Trump. Pero en el enfoque de este último se han echado en falta tanto las prioridades económicas como el acercamiento a socios y aliados. Si algo ha enseñado la historia de Eurasia ha sido la imposibilidad de su control por una única potencia. Puede que Rusia y China no mantengan eternamente su actual proximidad, ni resulta plausible que Estados Unidos ceda a medio plazo su estatus de principal actor naval. Pero, por primera vez en la historia del continente, las fuerzas continentales y marítimas coinciden en una misma dinámica de transformación, como resultado de que una misma nación—China—intenta centralizar ese doble orden, continental y marítimo. Washington ya está respondiendo a esta nueva realidad; la Unión Europea aún debe incorporar a sus planes estratégicos la dimensión marítima. (Foto: Flickr, Rojs Rozentâls)

Interregnum: El supercontinente euroasiático. Fernando Delage

Gobiernos y expertos del mundo entero continúan inquietos—y fascinados a un mismo tiempo—por la iniciativa de la Ruta de la Seda china (BRI); un plan con el potencial de acabar con el eje euroatlántico como pilar central de la economía global, y con el liderazgo marítimo de Estados Unidos en Asia oriental. Pero las estrategias de este alcance suelen tener antecedentes: más que responder a un proyecto previamente elaborado, son la suma de una serie de variables que, en un momento determinado, dan coherencia a objetivos dispares. Y aunque es cierto que este proyecto aspira a situar a China en el centro de una Eurasia integrada, la República Popular no es la única causa.

La creciente interdependencia de la mayor masa continental del planeta era, en efecto, un proceso ya en marcha antes de que, en septiembre de 2013, Xi Jinping pronunciara en Kazajstán su ya famoso discurso sobre la revitalización de la Ruta de la Seda. Si las reformas económicas chinas supusieron un primer giro en la transformación de la dinámica euroasiática, la implosión de la Unión Soviética y la ampliación en dirección oriental de la Unión Europea contribuyeron igualmente a superar las barreras políticas que habían obstaculizado las interconexiones en un espacio carente de obstáculos geográficos. La crisis financiera global y el cambio en la relación de Rusia con Occidente tras el conflicto de Ucrania aceleraron ese proceso, que BRI no hace sino maximizar en beneficio de China, por su situación geográfica y por sus imperativos de crecimiento y de seguridad.

Aun así, los elementos geoeconómicos y geopolíticos no sirven para explicar en su totalidad este fenómeno de la reconexión euroasiática. Como analiza en profundidad Kent Calder, profesor de la Johns Hopkins University en Washington, en un libro de reciente publicación (Supercontinent: The logic of Eurasian integration, Stanford University Press, 2019), hay otros tres relevantes factores que también explican este resultado. El primero de ellos es la energía: la cercanía entre grandes productores (Rusia, Asia central y Golfo Pérsico) y grandes consumidores asiáticos (China, India, Corea y Japón) ha desatado una red de relaciones sin precedente. El segundo es la revolución logística: la aplicación de la tecnología digital al transporte y distribución en la era del comercio electrónico ha simplificado de manera extraordinaria los procedimientos, y reducido de manera exponencial los costes, acelerando igualmente las interconexiones. La existencia de nuevas fuentes de capital—a través de instrumentos creados para superar el déficit de infraestructuras, como los bancos multilaterales creados por China—hacen de las finanzas el tercer factor creador de esta Eurasia en formación.

La dinámica de los mercados, y las estrategias de las empresas multinacionales—de China y Europa en especial, cada vez más cerca al moverse en cada una de ellas el centro de gravedad de las cadenas de producción y distribución: en la República Popular hacia sus provincias occidentales, y en Alemania hacia Europa del Este—se solapan así con las prioridades de crecimiento de los gobiernos. Es una dinámica que, a su vez, amplifica los intereses y ambiciones políticas de las potencias emergentes, alterando así el tablero global.

Éste es el gran desafío histórico que afronta Occidente. Estados Unidos, que no está físicamente en Eurasia, rechazó bajo la administración Trump la mejor arma de la que disponía para influir en esta reconfiguración de los equilibrios euroasiáticos: el Trans-Pacific Partnership, o TPP. Intenta ahora inútilmente—porque provocará lo contrario—frenar la autosuficiencia comercial y tecnológica china. El refuerzo de sus capacidades militares en el Pacífico Occidental y en el océano Índico tampoco servirá para contrarrestar su pérdida de liderazgo, pues no es en ese terreno donde se juega la redistribución de poder en curso. Europa, gigante industrial junto a China en Eurasia, se sitúa para aprovecharse de las oportunidades económicas, pero no parece preocupada por su marginalidad estratégica. (Foto: Akshay Upadhayay)

INTERREGNUM: Cumbres paralelas. Fernando Delage

Mientras Estados Unidos se enfrenta simultáneamente a China, México e Irán, el mundo emergente euroasiático vive un periodo de notable actividad diplomática, tanto en el frente bilateral como en el multilateral. En el centro de esos movimientos, como cabía esperar, se encuentra una China proactiva, resuelta a no quedarse de brazos cruzados frente a las presiones de Washington.

La semana pasada se celebró la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Bishkek (Kirguistán), y la cuatrianual de la Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de Confianza (CICA) en Dushanbe (Tajikistán). Ambos foros ilustran la gradual institucionalización de Eurasia como espacio geopolítico, un objetivo perseguido en particular por los dos principales miembros de ambos procesos multilaterales: China y Rusia.

No casualmente, sus líderes mantuvieron una reunión días antes de la doble cumbre, en la que adoptaron dos documentos reveladores de hasta qué punto la política de Trump está reforzando el acercamiento de Pekín y Moscú. Vladimir Putin y Xi Jinping firmaron un comunicado conjunto con el título “Reforzar la estabilidad estratégica global en la era contemporánea”, y otro enfocado al desarrollo de su asociación estratégica bilateral, por los que se comprometen a sumar a otros países en su esfuerzo dirigido a “proteger el orden mundial y el sistema internacional sobre la base de los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”.

En Bishkek, Xi celebró un encuentro paralelo con el primer ministro indio, el primero entre ambos desde la reelección de Narendra Modi. Si sus fronteras septentrionales las tiene Pekín protegidas mediante su entente con Moscú, su proyección hacia Asia meridional ha sido objeto de una sutil corrección en las últimas semanas. Empeñada en evitar la hostilidad de India hacia la iniciativa de la Ruta de la Seda (BRI) y hacia su cuasialianza con Pakistán, desde abril China está lanzando nuevos mensajes a Delhi. Si la República Popular ofrece la transparencia financiera en sus proyectos que reclama India, así como su la neutralidad con respecto a los problemas territoriales indios-paquistaníes, se eliminarían buena parte de las suspicacias indias, facilitando la consolidación de la asociación bilateral que Xi y Modi declararon querer impulsar tras la cumbre que mantuvieron en Wuhan en abril del pasado año. Círculos diplomáticos hablan incluso de la posibilidad de estructurar un diálogo 2+2—es decir, con la participación de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa—, lo que supondría un innegable salto cualitativo en su relación.

El viaje del primer ministro japonés, Shinzo Abe, a Irán—tercer grande continental euroasiático, y próximo a incorporarse como miembro de pleno derecho de la OCS—tampoco fue ajeno a esta semana de iniciativas diplomáticas, todas ellas indicadoras del mundo post-occidental en formación. (Foto: Judit Ruiz)

INTERREGNUM: No es sólo China. Fernando Delage

Parece a veces como si China representara por sí sola la gran transformación asiática. Un crecimiento económico sostenido durante 40 años y la determinación de sus líderes de adaptar el orden internacional a sus preferencias—sumados naturalmente a su población, extensión territorial y posición geográfica—, han ampliado el alcance del ascenso de Asia, iniciado por Japón desde la década de los sesenta. Pero la justificada atención que atrae China no debería ignorar un proceso simultáneo al de su auge: la gradual integración del espacio regional.

De ser una mera denominación geográfica acuñada por los europeos, “Asia” ha pasado a convertirse en un sistema económico y estratégico unificado que sustituye a la mera suma de sus partes. Tras siglos de colonialismo y desaparecidas las barreras políticas de la guerra fría, el desarrollo económico y la interacción estratégica de los Estados de Asia oriental, meridional y central han facilitado un fenómeno de creciente interdependencia—tanto continental como marítima—, que explica la restauración de Eurasia como concepto y la adopción de la idea del “Indo-Pacífico” como nuevo mapa de la región.

No son dos términos que aparezcan analizados en detalle en el libro del analista indio Parag Khanna, “The Future is Asian: Commerce, Conflict, and Culture in the 21st Century” (Simon and Schuster, 2019), la más reciente aportación a la literatura sobre el siglo de Asia. La razón es que la dinámica geopolítica detrás de ambos conceptos no es objeto de la atención del autor. Sí parte al menos de la premisa de que se abre una nueva fase histórica en el mundo, al adquirir Asia una cohesión sin precedente, que atribuye a factores económicos, políticos y culturales.

Al enumerar un dato tras otro, en vez de ofrecer un examen sistemático del contexto, Khanna convence a medias al lector. Revela bien cómo el rápido aumento de los intercambios económicos entre los países asiáticos está acabando con su tradicional dependencia de Estados Unidos y de la Unión Europea. Su descripción de la estrategia regional de emprendedores y empresas tecnológicas es especialmente reveladora. Su defensa sin matices de la tecnocracia autoritaria frente a la democracia liberal plantea muchas dudas, sin embargo. La eficiencia como criterio supremo de gobernanza—Singapur, donde reside, es el modelo de referencia—es difícilmente justificable. Tampoco parecen muy sólidos sus argumentos sobre una supuesta convergencia cultural, sin perjuicio de que las clases medias asiáticas compartan, en efecto, series de televisión, música o moda.

Hace un siglo, un japonés—Okakura Kazuko—, un indio—Rabindranath Tagore—y un chino—Liang Qichao—ilustraron un movimiento panasiático definido sobre bases idealistas, y en contraposición al materialismo de europeos y norteamericanos. Más que una renovada confluencia intelectual, es la capacidad de desafiar el poder y las ideas occidentales lo que, por resumir, observamos hoy en Asia: sin apenas darnos cuenta, la modernización ha dejado de ser un monopolio de nuestra parte del mundo. (Foto: Christian Steinborn)

INTERREGNUM: La gira de MBS. Fernando Delage

Al definir el espacio geográfico ocupado por Eurasia, europeos y americanos suelen dejar normalmente fuera a India y a Oriente Próximo. La primera por el obstáculo físico que representa el Himalaya para la interacción con sus vecinos continentales, y la consecuente proyección exterior desde sus costas marítimas a lo largo de la Historia. El segundo, por una dinámica subregional basada en una serie de factores—de la cultura al islam, de las bases no industriales de la economía a la moderna creación de la mayor parte de sus Estados—que han proporcionado reducidas oportunidades de relación con los países de Asia central y oriental.

La geografía puede ser inmutable. Pero las ideas, los avances tecnológicos y los imperativos estratégicos pueden transformar el significado de los condicionantes geográficos. Una variable que lleva años acercando a los países asiáticos con los de Oriente Próximo es, por ejemplo, la energía: los primeros son los mayores importadores de gas y petróleo; los segundos, los mayores productores. Y ambos comparten la misma masa continental, como bien refleja la denominación utilizada por chinos e indios para referirse a lo que los occidentales llamamos Oriente Próximo (o Medio): Asia suroccidental.

Ni el presidente chino ni el primer ministro indio, en efecto, excluyen esta parte del mundo de sus respectivas visiones estratégicas de Eurasia. Lo mismo ocurre desde la otra dirección, como bien pone de relieve la gira asiática que acaba de emprender el heredero de la corona saudí, Mohamed bin Salman, más conocido como MBS. Acompañado por una delegación de más de 1.000 personas, el viaje incluía cinco naciones: Pakistán, China, Malasia, Indonesia e India. Horas antes de su salida se anunció la cancelación de la visita a Indonesia y Malasia, pospuesta a una fecha posterior. Aunque el viaje incluye una motivación personal—MBS busca restaurar su imagen tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi el pasado mes de octubre—, es evidente que Arabia Saudí se reorienta hacia el centro del dinamismo económico y geopolítico mundial.

El primer ministro de Pakistán, Imran Khan, no se sumó al boicot de otros países a MSB tras el asesinato de Khashoggi, y logró de Riad un préstamo de 6.000 millones de dólares para hacer frente a una creciente deuda nacional.  Las relaciones no son fáciles, sin embargo: el Parlamento paquistaní rechazó la petición por parte de MSB de un contingente militar para la guerra de Yemen. Con todo, y aunque el atentado terrorista de la semana pasada en Cachemira ha obligado a reducir la duración de su estancia en Islamabad, se espera la firma de inversiones por valor de 15.000 millones de dólares, incluyendo varios proyectos en el puerto de Gwadar, en el océano Índico, una gigantesca infraestructura que construyen y gestionan empresas chinas.

La República Popular es, por supuesto, uno de los mayores compradores de petróleo saudí. También una de las principales fuentes de inversión en el país, y principal alternativa a unas naciones occidentales cada vez más críticas con Riad. Las relaciones en el terreno de la seguridad son también importantes y debe recordarse que MBS, además de heredero al trono, es ministro de Defensa. China—se sospecha que de manera conjunta con Pakistán—participa en la construcción de una fábrica de misiles de alcance medio.

La visita a India se produce, por otra parte, en plena campaña del primer ministro Modi para su reelección. Arabia Saudí es el cuarto socio comercial de India, con unos intercambios que superaron los 28.000 millones de dólares el pasado año, y unas inversiones en aumento en sectores como las tecnologías de la información, infraestructuras y energía. Casi la mitad de los siete millones de indios residentes en el Golfo viven en Arabia Saudí, un número que se estima aumentará con creces en el marco de los planes de reforma de la economía (“Vision 2030”). La dimensión de seguridad tampoco es menor. MSB intentará establecer una relación de cooperación que acerque a Modi a Riad y le aleje de Teherán, en un contexto de creciente presión norteamericana sobre Irán, mientras que Delhi se esforzará porque Arabia Saudí utilice su influencia sobre Islamabad en contra del terrorismo transfronterizo contra India.

En último término, el viaje es un reflejo de la rápida consolidación de un eje económico y estratégico Oriente Próximo-Asia, revelador a su vez de la rápida pérdida de influencia de Estados Unidos en el mundo arabo-islámico, del vacío de seguridad que está dejando, y del simultáneo incremento de la presencia de China e India para asegurar su estabilidad. Otra nueva variable, por tanto, que deben tener en cuenta los europeos en un momento de necesaria reflexión sobre su papel en el mundo del futuro.

INTERREGNUM: XI en Vladivostok. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de la primera asistencia de un presidente chino al Foro Económico de Vladivostok, Xi Jinping se reunió—por vigésimosexta vez—con su homólogo ruso, Vladimir Putin. El encuentro coincidió con la celebración de las maniobras Vostok, organizadas regularmente por las fuerzas armadas rusas en su región extremo oriental. La edición de 2018 ha sido la mayor hasta la fecha (con 300.000 soldados) y, por primera vez, ha participado China (con 3.200 tropas), el país que—en su origen—fue el objeto de estos ejercicios militares, diseñados como preparación para un hipotético conflicto con la República Popular. ¿Significa esta creciente cooperación militar ruso-china que ambos países podrían transformar su asociación estratégica en una nueva alianza?

Las circunstancias han acercado a dos potencias entre las que no ha existido una gran confianza a lo largo de la Historia. Moscú y Pekín quieren sustituir la primacía norteamericana por un mundo multipolar. Los dos Estados rechazan la democracia y los valores liberales, que perciben como una amenaza a sus sistemas políticos. Las limitadas capacidades rusas y el impacto de las sanciones impuestas por Occidente empujan a Moscú hacia Pekín como principal instrumento de defensa frente a las presiones de Washington. La guerra comercial de Trump reaviva asimismo el interés chino por crear un frente común con Rusia.

Las circunstancias internas de los dos países no pueden ser más diferentes, sin embargo, ya se trate del contexto demográfico o de las dimensiones y dinamismo de sus respectivas economías. Tampoco coinciden exactamente en sus preferencias con respecto al orden internacional. China aspira como mínimo a un estatus igual al de Estados Unidos, mientras que esa es una posibilidad de la que Rusia no puede estar más alejada. Pekín necesita una economía mundial abierta; Moscú busca aislarse—para protegerse—de la globalización. Las cifras hablan por sí solas: mientras el comercio entre Estados Unidos y China superó los 650.000 millones de dólares en 2016, entre Rusia y Estados Unidos apenas alcanzó los 27.000 millones de dólares (y entre Rusia y China, 84.000 millones de dólares). Pero los datos no pueden ocultar que la entente entre Moscú y Pekín supone una notable causa de inquietud para Washington.

Mantener de manera simultánea una relación de rivalidad con los dos principales actores del continente euroasiático es un escenario que cualquier asesor diplomático aconsejaría a Washington evitar. Irrumpe así la idea, sugerida según algunas fuentes por el propio Henry Kissinger, de que la enormidad del desafío que representa China para la posición internacional de Estados Unidos podría requerir el alineamiento de Estados Unidos con Rusia en una versión inversa del triángulo estratégico al que dieron forma Nixon y Kissinger en la segunda mitad de la Guerra Fría.

Sus posibilidades parecen escasas, no obstante. ¿Pondría Putin en peligro su relación con China para aliarse con Trump? Además del coste que esa política tendría para Moscú, no parecen existir los valores o los intereses compartidos con Washington que justificarían tal paso. Estados Unidos, por su parte, además de levantar las sanciones, tendría que ignorar numerosos asuntos—de Ucrania a los derechos humanos—y reconocerle a Rusia la esfera de influencia que ésta cree le corresponde. Pese a las tensiones bilaterales actuales, China es—por lo demás—, tanto por razones económicas y políticas como por la agenda global, mucho más importante para Estados Unidos que Rusia.

Las sorpresas, es cierto, pueden producirse, pero no parece muy realista pensar que triángulos estratégicos propios de la década de los setenta permiten responder a los imperativos geopolíticos de nuestro tiempo. El reto para la administración Trump—como para Europa—no consiste en formular una simple respuesta al actual acercamiento bilateral entre Rusia y China, sino en articular un concepto innovador frente a la transformación histórica que representa para el sistema internacional la Gran Eurasia que está tomando cuerpo, y que es mucho más que la mera suma de las interacciones entre Moscú y Pekín.

INTERREGNUM: Asia en la Ilustración europea. Fernando Delage

Hacia 1900, la práctica totalidad de Asia estaba sujeta al poder militar, económico y tecnológico de las naciones europeas, pioneras en la carrera por la modernización. A principios del siglo XXI, resulta imposible para Europa recuperar la supremacía global, el control de la economía mundial o sostener sus pretensiones de superioridad cultural. Si el siglo XIX perteneció a Europa y el XX a Estados Unidos, muchos vaticinan que el XXI será el de Asia. El viejo cliché europeo de la decadencia terminal de Asia ha sido sustituido por un debate sobre el declive de Occidente.

El cierre de este ciclo histórico permite en realidad volver sobre lo que fue Eurasia durante siglos: un mismo espacio, interconectado económica y culturalmente. Las consecuencias de este hecho para el futuro atraen hoy la atención de gobiernos, estrategas y expertos en geopolítica. Pero es también la ocasión para recordar que Europa no se desarrolló aislada, sino que evolucionó a través de un intercambio cultural constante con Asia que sólo desapareció en el siglo XIX, una vez que “Europa” y “Asia” emergieron como conceptos antitéticos, separados por una barrera infranqueable. Una nueva generación de historiadores ha redescubierto el alcance de aquellos contactos, cuando Asia—aproximadamente entre 1750 y 1820—, era una presencia diaria y tangible en la vida de los europeos.

El encuentro de misioneros, estudiosos, lingüistas, diplomáticos y comerciantes con las sociedades asiáticas durante la Ilustración es el objeto de un fascinante libro del historiador alemán Jürgen Osterhammel: “Unfabling the East: The Enlightment’s Encounter with Asia”  (Princeton University Press, 2018). Lejos de ver un “otro” exótico, escribe el autor, los escritores de la época examinaron Asia con los mismos estándares racionales que aplicaban a las circunstancias políticas y sociales de Europa. Sólo a partir de mediados del siglo XIX se rompió esta convicción  de igualdad entre ambas partes de Eurasia, cuando el equilibrio geopolítico y económico se inclinó hacia la mitad occidental. Nada simboliza tanto este giro como la afirmación de Hegel en 1822, en sus lecciones sobre filosofía de la Historia universal, que la importancia de las civilizaciones asiáticas remitía al pasado.

Quizá la pasión de Leibniz y Voltaire por China sea conocida, pero Osterhammel recuerda docenas de figuras sin las cuales no podría entenderse este periodo, como el alemán Engelbert Kaempfer (quien escribió sobre Irán y Japón), el británico William Jones (jurista apasionado de las tradiciones artísticas y literarias indias), el juez italiano Giovanni Francesco Gemelli Careri (autor de la quizá primera “Vuelta al Mundo”, 1699-1700), el diplomático francés Simon de La Loubère (que escribió sobre Siam), por no hablar de los escritos de los jesuitas desde China, India o Vietnam, o de los relatos de tantos otros viajeros.

 Asia no volvería a tener con posterioridad este mismo protagonismo en las percepciones europeas. Es más—y éste es uno de esos innumerables descubrimientos desenterrados por el libro—, fue un geógrafo asesor del zar, Vassily Nikitich Tatischev, quien fijaría los Urales como línea de demarcación entre Europa y Asia. Los horizontes intelectuales europeos comenzaron a estrecharse en consonancia con los prejuicios, la arrogancia, y las preferencias culturales del imperialismo. Dos siglos más tarde—así lo viven los asiáticos, pero no aún los europeos—, esa subordinación propia de un eurocentrismo excluyente se ha visto superada por los hechos, para regresar a una relación de igualdad en cierto modo comparable a la narrada en esta apasionante historia. (Foto: Soren Atmakuri Davidsen, Flickr.com)

INTERREGNUM: Tres cumbres, tres preguntas. Fernando Delage

En menos de una semana, tres distintos encuentros han puesto en evidencia el fin de una era en Asia (y en Europa). La reunión del G-7 en Canadá, la cumbre entre el presidente de Estados Unidos y el líder norcoreano en Singapur, y el foro anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Qingdao (China), revelan la acelerada transición hacia un nuevo orden regional y global.

En Charlevoix, al negarse a firmar el comunicado conjunto con sus socios del G-7, Trump rechazó de manera explícita los pilares básicos del orden internacional de postguerra. Es más, no ha dudado en desafiar a sus socios mediante la imposición de nuevos aranceles comerciales. La pregunta se imponía: ¿se puede seguir hablando de una comunidad política occidental?

El contraste con el trato dado por Trump a Kim Jong-un solo dos días más tarde no pudo ser mayor. “Tenemos por delante una extraordinaria relación”, dijo el presidente norteamericano de Kim, con el que espera establecer pronto relaciones diplomáticas formales. Su declarada intención de abandonar la presencia militar de Estados Unidos en Corea del Sur terminó de agravar la inquietud de sus aliados asiáticos, ya sorprendidos por lo ocurrido en Canadá.

Las palabras de Trump marcan el fin efectivo de una guerra que comenzó hace justamente 68 años—el 25 de junio de 1950, cuando Corea del Norte invadió el Sur—, y que ha sido determinante del equilibrio estratégico asiático. Recuérdese que la guerra de Corea fue el decisivo punto de inflexión en el nacimiento de la Guerra Fría, y—a través del famoso documento NSC68—de la puesta en marcha de la política de contención norteamericana. El apoyo de Pekín y Moscú a Pyongyang hizo del conflicto un frente central contra el comunismo. La implosión de la Unión Soviética varias décadas después resolvió la competencia ideológica, pero las estructuras occidentales diseñadas para competir con las potencias rivales no desaparecieron: la OTAN, lejos de disolverse, se amplió, como también Occidente incrementó sus relaciones económicas con China, facilitando su ascenso.

Una segunda pregunta resulta por tanto inevitable: ¿qué será del orden de la Guerra Fría en Asia cuando su último vestigio—la guerra de Corea—pasa definitivamente a la Historia? Cuando el presidente de Estados Unidos parece sentirse más cómodo con el dictador norcoreano que con sus aliados europeos, ¿pueden sus socios asiáticos seguir creyendo en la garantía de seguridad que les ha ofrecido Washington desde el fin de la segunda guerra mundial?

China y Rusia asisten sin disimulada satisfacción a esta rápida desintegración del orden liberal. Mientras Occidente pierde fuerza como bloque, Eurasia se consolida como espacio estratégico. Así lo ha puesto de manifiesto la primera cumbre de la OCS en la que han participado India y Pakistán como nuevos socios, y a la que fue invitado Irán como próximo candidato a la adhesión. No debe sobrevalorarse la cohesión del grupo, pero el contraste es significativo, especialmente cuando China sustituye a Estados Unidos como principal defensor de un sistema multilateral. Ensimismado en sus preferencias unilateralistas, Washington no propone un orden alternativo al desmantelamiento del orden de postguerra, pero ¿y Europa? Ésta es la tercera pregunta provocada por los hechos de la semana: ¿qué hara la Unión Europea cuando la relación transatlántica pierde fuelle y sus intereses se ven afectados de manera directa por la reconfiguración geopolítica de la Eurasia de la que forma parte? (Foto: Equinox27, Flickr)

INTERREGNUM: El sueño asiático de China

Desde hace ya unos años, sinólogos del mundo entero dedican buena parte de su atención a intentar desentrañar las intenciones de Pekín tras el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, anunciado por el presidente Xi Jinping en el otoño de 2013. Mientras para unos la “Belt and Road Initiative” (BRI en sus siglas en inglés) responde a las necesidades de la economía china, para otros se trata de un plan orientado a consolidar a la República Popular como potencia central en el continente asiático. Los primeros apuntan al imperativo de buscar un nuevo motor de crecimiento y dar salida al exceso de capacidad industrial y financiera. Los segundos hacen hincapié en la voluntad china de reconfigurar la dinámica geopolítica de la región y minimizar la posición ocupada por Estados Unidos desde el fin de la segunda guerra mundial.

Las implicaciones estratégicas de la iniciativa son negadas por Pekín, aunque serían una consecuencia inevitable de su realización. Pero con independencia de sus propósitos iniciales, BRI aparece básicamente como un concepto en el que coinciden a un mismo tiempo la diplomacia económica china y sus intereses de seguridad. La ambición y sofisticación de la propuesta tiende, no obstante, a ocultar los considerables riesgos y obstáculos a su ejecución.

El tipo de problemas a los que Pekín comienza a encontrarse aparecen bien descritos en el fascinante libro del periodista y analista económico Tom Miller, “China’s Asian Dream: Empire Building along the New Silk Road” (Zed Books, 2017). Resultado de su investigación sobre el terreno a lo largo de varios años, su libro combina su talento como reportero, con docenas de entrevistas y un análisis sistemático, país por país, de las acciones chinas y de la reacción que están provocando sus inversiones.

En Asia central, en el Océano Índico y en el sureste asiático, un mismo patrón se repite: países en desarrollo que quieren—y necesitan—el capital chino para corregir un déficit en infraestructuras que limita sus oportunidades de crecimiento, temen a la vez las consecuencias de una excesiva dependencia de Pekín. La preferencia china por sus empresas públicas y trabajadores, su desinterés por las cuestiones medioambientales, y el grado de control que exige sobre sus proyectos, se han convertido en una variable de la dinámica política local. De Kazajstán a Laos, de Camboya a Bangladesh, pasando por Sri Lanka y Myanmar, India, Pakistán y Vietnam, Miller nos acerca a una región en plena transformación con un extraordinario nivel de detalle, confirmando algunas conclusiones a las que sería díficil llegar mediante el examen de un único país. Aunque centrado en la Ruta de la Seda, Miller ha escrito un estupendo retrato del Asia de nuestro tiempo, y un poderoso correctivo a la frecuente sobrevaloración de las capacidades chinas.