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Kim Jong-un amenaza con volver a la cueva. Nieves C. Pérez Rodríguez.

No todo lo que brilla es oro y no todo lo que se dice se cumple, sobre todo cuando el que lo dice no teme a que su nombre quede en entredicho. Esto se aplica tanto para Trump como Kim Jong-un. A ambos se les ha visto decir que harán o no harán algo y al poco tiempo cambian de opinión, sin dar explicaciones y menos rastro de estupor alguno. Después de que Kim en su primer encuentro con el líder surcoreano -que valga acotar estuvo cargado de gestos amistosos, incluso casi cómplices- asegurara estar dispuesto a sentarse a negociar sin haber puesto condiciones, la semana pasada cancela las conversaciones intercoreanas de alto nivel con el presidente Moon y pone en dudas el encuentro con Trump por “Max Thunder”, unos ejercicios militares rutinarios, que se están llevando a cabo en la península coreana.

Quizá dichas maniobras debieron posponerse, como señal diplomática amistosa, a pesar de que estaba prevista su ejecución entre el 11 al 25 de mayo. Pero objetivamente Corea del Norte no pidió nada a cambio, por lo que todo se mantuvo según calendario. Quizá esto es sólo una excusa de Pyongyang para regresar a la cueva en la que han estado muchos años, muy a pesar del estrago económico que están sufriendo debido a las sanciones internacionales que le han sido impuestas.  Nadie más que ellos están interesados en abrirse, al menos ligeramente, a la entrada de capital foráneo.

El presidente Trump, por su parte, sigue apostando por encontrarse con Kim Jong-un en Singapur el 12 de junio. Ha intentado dar señales de normalidad, muy a pesar de la amenaza de Pyongyang de suspender el encuentro. De hecho, aprovechando la visita a la Casa Blanca del Secretario General de la OTAN, General Jens Stoltenberg, aseguró que Corea del Norte podría beneficiarse de un acuerdo que alcance con los Estados Unidos.  Insistiendo, además en que su Administración sigue en contacto con autoridades norcoreanas afinando detalles logísticos para el gran someto. Como si se tratase de dos realidades paralelas. Pero es que para el inquilino de la oficina oval es mucho lo que se está jugando. Él ha apostado por este encuentro a un precio muy alto. Ha enviado a su Secretario de Estado -Mike Pompeo- a Pyongyang dos veces en menos de dos meses. Y ha sido el propio Trump el que le ha impulsado el protagonismo mediático de Kim Jong-un, con su invitación a encontrarse con él. Indirectamente, Trump también hizo que China organizara una fastuosa visita oficial a Kim, en la que le dejó claro al mundo que ambas naciones son aliadas. Y seguro que Xi Jinping aprovecho el encuentro para recordarle a Kim cuales son las prioridades para China.

El Financial Times ponía el énfasis en las palabras del presidente Trump “El líder norcoreano tendría una protección muy fuerte si estuviera de acuerdo con la desnuclearización” de las que, concluían, es un oferta calculada para tranquilizar los nervios en Pyongyang. En un esfuerzo por asegurarle a Corea del Norte que no se repetirá la historia de Libia, Trump ha aprovechado los medios de comunicación para enviarle ese mensaje a Kim. Sobre todo, después de que su controvertido asesor de seguridad nacional John Bolton, recientemente en un medio citara el caso de Libia, en el que se acordó la renuncia a su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones.

En los centros de pensamiento en Washington se ha dedicado tiempo a analizar la situación. CSIS sostiene que la amenaza de cancelar el encuentro no es más que una vieja estrategia de Corea del Norte usada en negociaciones para conseguir concesiones. Al amenazar con retirarse, ganan influencia y con ello pueden cambiar los términos de la negociación. Es lo mismo que hicieron repetidamente durante las conversaciones de los seis (Six party, por su nombre en inglés) en la era Clinton. El Atlantic Council, por su parte, afirma que es recordatorio de la profunda desconfianza en ambos lados y la fragilidad de la diplomacia. El Cipher Brief cerraba la semana afirmando que en 25 años de negociaciones ha habido fallos de ambos lados, poniendo el énfasis en que Corea del Norte no es de confiar y que siempre recurren al engaño para no seguir adelante con lo acordado.

La mayoría de los análisis coinciden en que Kim quiere garantizarse que sacará una concesión cada vez que los Estados Unidos obtengan algo. Por ahora los norcoreanos consiguieron que el viernes pasado Japón, Corea del Sur y Estados Unidos acordaran cambiar el rumbo de unos bombardeos estadounidense que volarían sobre la península coreana. Trump se la está jugando, ésta última concesión es otra prueba de su interés en que el encuentro se lleve a cabo. Kim acaba de empezar con” el tira y encoje”, que bien aprendida tiene la técnica tanto de su abuelo como de su padre. Y a priori le ha dado resultado, ahora toca ver hasta donde Washington está dispuesto a ceder. El presidente Trump necesita ese encuentro, si de él no sale nada, al menos podrá decir que lo intentó. Si se cancela el precio a pagar para Trump sería mucho mayor, porque serían dos años de gobierno sin haber conseguido nada internacionalmente y de desprestigio, por haber intentado negociar con uno de los dictadores más crueles de la historia reciente. (Foto: Banalities, Flickr)

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Entrevista Dra. Sue Mi Terry. (II) ¿Nominación de Trump al Nobel de la Paz? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- En esta segunda entrega de la entrevista a la Dra. Sue Mi Terry, experta en asuntos coreanos, quién sirvió en la CIA como analista de asuntos coreanos durante más de 7 años y que formó parte del Consejo de Seguridad Nacional tanto para Bush como Obama, nos centramos en el rol de China en las negociaciones con Corea del Norte.  Le preguntamos sobre las estrategias de Xi Jinping para organizar una espectacular visita de Estado para Kim Jon-un y si China es realmente la gran ganadora de la situación.

Sue Mi Terry comenzó explicando que aún es pronto para decir quién es el ganador en este juego. China está preocupada por lo que está sucediendo, dice, y le inquieta a qué tipo de acuerdo puedan llegar Trump y Kim. Le intranquiliza el hecho de que sus propios intereses estén comprometidos. Terry pronostica que Xi invitará a Kim a un nuevo encuentro antes de la cita entre Kim y Trump. “El presidente Xi tiene la necesidad de explicarle al líder norcoreano sus intereses para que puedan ser respetados en los acuerdos a alcanzar con Trump”.

Afirma que entre Xi Jinping y Kim Jon-un no hay ningún tipo de empatía. “A Xi no le gusta Kim, no hay buena química entre ellos. Desde que Kim tomó posesión no había sido invitado a China, esto lo prueba, pero como todo apuntaba a que Trump se encontraría con el líder norcoreano, debía haber un encuentro público entre ellos, razón por lo que Xi le invita a Beijing”. Sostiene que ha habido varios momentos difíciles en la relación entre el líder chino y el norcoreano. “Un momento clave de los desacuerdos fue la ejecución de Jang Sung-taek (tio de Kim Jon-un) marido de la única hermana de Kim Jon-il (padre del actual líder). Jang era el interlocutor con China. Este asesinato, que fue de los más crueles filtrados a la prensa, indignó a China. Y luego, el envenenamiento del medio hermano del líder coreano en Kuala Lumpur, que contaba con protección china”.

Desde la perspectiva de Corea del Norte, explica, ellos también están disgustados con China. “Las sanciones aprobadas en el otoño pasado han estrangulado la economía norcoreana y, a pesar de estos desacuerdos y disgustos, ambos países tienen intereses mutuos, por lo que al final buscan puntos de acuerdo intermedios para poder seguir lidiando el uno con el otro”.

La imagen de Corea de Norte desde su creación ha sido siempre negativa en el plano internacional. Ha permanecido en una fina línea de pseudo-legalidad.

¿Todos estos encuentros que han tenido lugar recientemente han legitimado al régimen de Pyongyang como sujeto político? La experta afirma enfáticamente que sí. “Todas estas reuniones han maquillado la imagen de férrea dictadura del régimen. Tan sólo el hecho de que el mundo pudiera oírle la voz a Kim, lo ha humanizado. Además de las apariciones pública con su mujer, una chica joven y atractiva, le presentan como un hombre ordinario, en vez de un dictador cruel que mantiene oprimido a su pueblo”.

Las imágenes del encuentro de los dos líderes coreanos en la Zona desmilitarizada, en las que Kim toma de la mano a Moon y lo invita a cruzar “la línea prohibida” con sonrisas y gestos casi de complicidad cambiaron casi por completo la idea que se tenía de Kim, sostiene. En un sondeo de opinión realizado en Corea del Sur, después del histórico encuentro, se determinó que alrededor del 80% de los consultados ahora piensan que se puede confiar en Kim Jon-un y que se puede negociar con él.  Comparado con la matriz de opinión que se manejaba hasta el año pasada en el que se percibía como un hombre misterioso, de corte de pelo extraño, aislado en su propio mundo lanzando cohetes, el cambio es radical. Junto con las instantáneas de los juegos Olímpicos en Corea del Sur, de animadoras norcoreanas y la asistencia de su hermana (Kim Yo-jong), quien con su juventud y buenas formas suavizó la imagen de la dureza que se tenía del régimen de Pyongyang, la cara pública de Corea del Norte ha cambiado.

 Otro elemento positivo que resalta nuestra experta es que Pyongyang esté dispuesta a que se inspeccione una de sus bases, aunque apunta que “esa base está deteriorada por la cantidad de pruebas que ahí se han llevado a cabo, pero no deja de ser un gesto de apertura”.

La Administración Trump está intentando activamente dar resultados y gestos de su nivel de compromiso en este asunto. El segundo viaje a Corea del Norte del secretario de Estado Pompeo lo prueba. La entrega de los tres rehenes es un gesto de compromiso del régimen norcoreano. En ese marco se anunció que el encuentro entre Trump y Kim Jon-un tendrá lugar en Singapur el 12 de junio.

Terry prevé que el encuentro será positivo, afirma que a ambos les conviene que la reunión sea exitosa. “Kim ha puesto todo sobre la mesa, no se puede permitir fallar. Mientras que Trump está asegurándose salir como el gran líder, el único que pudo hacer ese encuentro posible y que ninguno de sus antecesores hizo. “Incluso podría traducirse hasta en una nominación al Nobel de la Paz por haber conseguido negociar el gran problema irresuelto de la época de oro de Estados Unidos”. La Dra. Terry asegura que al menos en la primera etapa ambos líderes darán la impresión de que fue un éxito, pero, por supuesto, el reto estará en la puesta en marcha del acuerdo, sea el que sea.

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Entrevista a Sue Mi Terry: Trump es la razón de que Corea del Norte esté negociando. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Mientras muchos seguíamos cautivados las imágenes del gran encuentro entre los líderes de las dos Coreas, en Washington Trump visitaba por primera el Departamento de Estado desde que tomara posesión de la presidencia para acompañar a Mike Pompeo a asumir formalmente el rol de Secretario de Estado. Pompeo, en su primera alocución después de haber jurado su cargo afirmó “haremos uso de una diplomacia dura”, lo que ha despertado temor entre los analistas de que su concepción de diplomacia sea más bien de uso de la de fuerza en contra de una herramienta más sofisticada para ganar espacios, confianza y credibilidad. También aludió al intrincado conflicto con Corea del Norte y enfatizó que esta Administración, “a diferencias de otras”, buscará resolverlo.

A este respecto 4Asia conversó con la Dr. Sue Mi Terry, considerada la experta número uno en asuntos coreanos. Nacida en Seúl, educada en Estados Unidos, sirvió en la CIA como analista de asuntos coreanos durante más de 7 años, evaluando y produciendo documentos de inteligencia presentados con frecuencia al presidente en sus informes diarios. Formó parte del Consejo de Seguridad Nacional tanto para Bush como Obama y ahora mantiene una actividad académica intensa y publica en los medios más respetados de los Estados Unidos.

¿Cómo se pudo estar al borde de una guerra y ahora en medio de encuentros amistosos colmados de sonrisas y galanterías y que si esto se debía al carácter impredecible de Trump?  Según la experta, “se trata de una combinación de factores; las sanciones que ha reforzado la Administración Trump han jugado un rol importante, ciertamente, así como la dureza y presión máxima que les ha impuesto Trump”. Pero, en su opinión, “Kim Jon-un ha terminado su programa nuclear, que está entre un 90 y un 95% terminado”. Los últimos ensayos, dice, lo han demostrado. “Los 3 misiles intercontinentales lo han probado; y el último de noviembre del pasado año, además, han demostrado que tienen capacidad de llegar a territorio estadounidense. Por lo tanto, Kim Jon-un sabe que este es un buen momento para sentarse a negociar con Trump”.

Asimismo, explica que el hecho de que el presidente de Corea del Sur invitara a Corea del Norte a participar en los Juegos Olímpicos ayudó a cambiar el rumbo de las cosas, pero, insiste, “Kim Jon-un calculó su tiempo; entre la fuerte presión internacional y las duras sanciones que asfixian su rudimentaria economía, él sabía que era el momento de sentarse a negociar. Por su parte el presidente Moon cree profundamente en que la vía de solución al conflicto pasa por la negociación. Ha trabajado mucho y muchos años por esa idea”. Con una larga trayectoria política, señala, activista de derechos humanos, Jefe de Gabinete del expresidente surcoreano Roh Moo-hyun (2003-2008), el presidente ha sido siempre un profundo convencido que las relaciones entre ambas Coreas tienen que normalizarse “y para ello hay que generar un diálogo respetuoso”, explica Terry.

Hemos pasado de no haber visto nunca salir fuera de territorio de Corea del Norte a Kim Jon-un, desde que tomó control del país en 2011, a una visita oficial a China, y luego recibir a Pompeo (cuando aún no había sido oficialmente ratificado) y el encuentro entre las dos Coreas, mientras se habla del encuentro entre Trump y Kim.

¿Cómo es posible que todo esto esté sucediendo tan rápido, sabiendo que en diplomacia todo necesita tiempo, meses de planificación para poder llegar a algún acuerdo?. “Todo se debe a Trump” señala Terry enfáticamente. “Tenemos un presidente muy diferente a lo que estamos acostumbrados en Estados Unidos. Si hubiéramos tenido cualquier otro presidente, republicano o demócrata, no se hubieran sentado a negociar con Kim Jon-un después de un año cargado de tantas provocaciones. A George Bush le fue solicitado varias veces reunirse con Kim Jong-il (el padre de Kim) y no lo hizo.  Pero Trump es un hombre del mundo del espectáculo y los reality shows, le gusta figurar y la cobertura mediática y esta historia le dará exactamente todo eso”. Desde el punto de vista de Corea del Sur, su incentivo es “salir de la situación de amenaza de ataque preventivo” (planteada por Trump).

Explica que los surcoreanos estaban especialmente preocupados de que Estados Unidos realizara un ataque preventivo al Norte del que se estuvo hablando entre noviembre del 2017 y enero de este año, razón por la que estaban dispuestos a acelerar el proceso, y con él, los encuentros.

“Ciertamente, Donald Trump, como candidato y como presidente ha sido diferente. Ha roto hasta con el conservadurismo de familia modelo. No acumula trayectoria política, ni méritos puntuales más allá del de su propio apellido y creación de su fortuna. Acostumbrado a mandar en sus negocios, pone en práctica el mismo modelo de gestión en la Administración pública y en la diplomacia, si es que se puede seguir usando ese mismo concepto”

Pero en esta ocasión, dice, hay que reconocer que esa extravagante forma podría llevarnos por un largo camino que acabe donde mismo hemos pasado ya muchas décadas, con falsas expectativas alimentadas desde Pyongyang mientras gana tiempo y consigue un programa nuclear casi terminado. “La relación ya no es de inferioridad, por el contrario, se pasaría a negociar entre iguales, lo que sube el status de Corea del Norte considerablemente; en pocas palabras, Corea del Norte saldría legitimada”.

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INTERREGNUM. Doble cumbre, doble triunfo para Pekín. Fernando Delage

El pasado viernes, por primera vez desde la división de la península, un líder norcoreano pisó el suelo de Corea del Sur. Aunque sin salir de la irónicamente denominada Zona Desmilitarizada, Kim Jong-un reiteró ante el presidente surcoreano, Moon Jae-in, su objetivo de desnuclearización, sin exigir—según se ha dicho— la retirada de las tropas norteamericanas del Sur. La firma de un tratado de paz que sustituya al mero armisticio de 1953 también está encima de la mesa.

Como es lógico, el encuentro intercoreano ha creado grandes expectativas. Pero convendría mantener cierto escepticismo. Propuestas similares ya fueron objeto de dos cumbres anteriores (en 2000 y 2007), cuyos nulos resultados parecen haberse olvidado. Además de las dificultades de verificación de todo acuerdo de desarme—cuestión sobre la que no se ha acordado nada específico—, son bien conocidas las tácticas norcoreanas destinadas a ganar tiempo mientras consolida sus capacidades. En el fondo, seguimos desconociendo las intenciones que persigue Pyongyang con su apertura diplomática. Puede ser un señuelo para lograr la ayuda económica que necesita, pero también resulta plausible pensar—en un objetivo compartido con Pekín—que intenta debilitar la alianza de Seúl con Washington.

En uno de esos llamativos guiños de la historia, mientras Kim y Moon se veían en Panmunjom, el presidente chino, Xi Jinping, recibía al primer ministro indio, Narendra Modi, en Wuhan. Todo ha sido inusual con respecto a su encuentro: que se haya celebrado fuera de Pekín, que Modi viaje dos veces a China con pocas semanas de diferencia (asistirá a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai en Qingdao en junio), y su singular formato: los dos líderes se han visto a solas, sin asesores, sin agenda previa, y sin declaración final.

No resulta difícil identificar algunos de los posibles objetivos de ambas partes. De cara a su reelección en las elecciones del próximo año, Modi no puede permitirse un estado de tensión con Pekín como el del verano pasado en Doklam. Delhi necesita atraer capital extranjero y conocer de primera mano las prioridades chinas en Pakistán. Quizá Modi haya concluido que la hostilidad de su gobierno hacia la República Popular no ha producido los resultados esperados. O mantiene crecientes dudas sobre la administración Trump, que—sospecha—puede hacer de India un próximo objetivo de su política comercial proteccionista. China tiene por su parte un mismo interés en minimizar las diferencias con Delhi. India es una variable fundamental para el éxito de la Nueva Ruta de la Seda, y evitar que se comprometa con el Cuarteto (la potencial alianza antichina con Estados Unidos, Japón y Australia que Trump quiere impulsar) es un claro propósito de Pekín.

Las dos cumbres celebradas los mismos días en distintos puntos de Asia tienen así curiosos puntos de coincidencia. Ambas pueden beneficiar de manera directa a China. Y reducir el peso de otro actor, ausente físicamente en los dos encuentros, pero factor central en las intenciones de unos y otros: Estados Unidos. No hace mucho era Washington quien movía las piezas del tablero asiático. Ahora es su presidente quien se verá obligado a reaccionar a estos movimientos de quienes han dejado de ser peones para definir los términos del juego mayor. (Foto: Flickr, Don)

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Macron, Merkel, dos nombramientos y mucho teléfono. Nieves C. Pérez Rodríguez

Cuantiosas sonrisas, muchos abrazos, numerosos gestos de complicidad, incluidos intercambios de besos —algo que no se estila en la cultura estadounidense, en general, pero sobre todo inusual entre hombres— así como un despliegue de glamour, fueron los detalles formales más sobresalientes de la visita de Enmanuel Macron y su mujer a Washington. Trump no escatimó halagos, así como Melania Trump no ahorró detalles para dejar una imagen impecable de la visita, con cenas exquisitas que rompen con la tradición extendida en la Casa Blanca de sencillez y austeridad, más típica de la auténtica cultura estadounidense. Una suntuosa ceremonia de bienvenida, al más al puro estilo europeo, hicieron brillar a Macron con esplendor en la capital de Estados Unidos.

Faysal Itani, experto del Atlantic Council analizó la visita y remarcó la buena relación entre ambos líderes como un elemento clave. El hecho de que Trump sienta gran empatía y admiración por Macron podría resultar en un mayor compromiso de Washington en Medio Oriente, contra lo que la Administración Trump parece estar planeando. Macron podría conseguir que Estados Unidos se comprometa a mantener una presencia militar a largo plazo en la Siria post ISIS para evitar que Irán llene el vacío. Sin embargo, no hay que perder de vista que Mike Pompeo (nuevo Secretario de Estado, recientemente ratificado por el Congreso) y John Bolton (consejero en Seguridad Nacional) son beligerantes contra esa idea. No obstante, hay analistas que piensan que el pragmatismo de Pompeo le hará ver lo estratégico que es para Estados Unidos mantener su presencia en esa región.

Por su parte, Margaret Brennan, corresponsal para CBS News en una tertulia la semana pasada, que tuvo lugar en el Centro Estratégico de Estudios Internacionales, planteaba que para tener más claridad sobre la línea internacional que seguirá Pompeo, hay que esperar a que nombre a su equipo. Una vez que sepamos los nombres podremos hacer una mejor predicción del rumbo que realmente tomará la política exterior estadounidense, sobre todo en el Medio Oriente.

En este foro también se planteó la importancia de que se respete el acuerdo con Irán, sin descartar que podría hacerse ajustes, tal y como apuntó Macron, para dar una imagen de confianza a Corea del Norte, y que los grandes encuentros históricos que están teniendo lugar, como fue el del presidente Moon —Corea del Sur— y Kim Jon-un —líder de Corea del Norte—, y el que se llevará a cabo pronto entre esté último y Trump, lleguen a dar frutos, basados en la confianza y el respeto de lo que allí se acuerde.

La Canciller alemana, Angela Merkel, también pasó brevemente por la Casa Blanca, y, según Christoph Von Marschall, miembro del “German Marshall Fund of the United States”, este encuentro fue mucho mejor que el anterior entre ambos dirigentes. Ella no es una persona con la se puede tener una relación kinestésica, pero el lenguaje corporal de ambos fue más amigable, afirmó.  A pesar de que no existe empatía entre ellos, al menos esta vez Trump actuó más como un jefe de Estado, defendió sus puntos, entre los cuales remarcó que los países europeos deben pagar más por la OTAN e insistió en la  disparidad comercial “desleal” entre Estados Unidos y Alemania, dando una cifra de 50 millones de dólares de déficit en componentes de automóviles, a la que Merkel replicó diplomáticamente que las marcas alemanas también producen vehículos en los Estados Unidos, que son exportados a otras partes, y que ello contribuye a crear empleo doméstico. Al menos, Trump le elogió su apoyo y presión a Corea del Norte para sentarse en la mesa de negociación sobre el desmantelamiento nuclear.

El gran ganador de Washington la pasada semana fue sin lugar a dudas Macron, quién reforzó su imagen de líder internacional que traspasa las fronteras europeas, capaz de fascinar hasta a uno de los líderes más controvertidos del momento, como es Trump. Incluso se presentó en el Congreso estadounidense con un discurso que responde a los deseos de la mitad de los ciudadanos de este país, sobre la necesidad de un mayor compromiso internacional y de la importancia de mantener el liderazgo en el mundo hasta en el área ambiental, refiriéndose a la abrupta salida de Trump del Acuerdo de París.  En contraste con la visita de la Canciller alemana en la que la frialdad y cero empatías no se disimularon ni siquiera durante la rueda de prensa que tuvo lugar en la Casa Blanca.

Todo esto mientras Trump libera una batalla doméstica para que le aprueben su secretario de Estado (que consiguió) y el de los Veteranos, que abrió otro debate paralelo sobre el alto precio que están pagando muchos de los personajes que han trabajo para él o que activamente siguen estando en su círculo.

En Washington se cerró la compleja semana con llamadas telefónicas del presidente surcoreano Moon a Trump, dando el parte del encuentro que tuvo lugar en la península coreana, mientras se concretó el lugar y el día del encuentro entre Kim y Trump (de acuerdo a un tweet del propio Trump inexplícito), y otra llamada de Trump al primer ministro japonés, en el que le informó sobre dichos avances.

Esperemos que todos éstos avances continúen inspirados genuinamente en la paz y el bienestar de los implicados y no en un juego político del líder norcoreano para ganar tiempo y que se le disminuyan las duras sanciones. (Foto: Flickr, Leo Reynolds)

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La prudencia sigue siendo un activo

Una de las características de la opinión pública occidental es que puede pasar de un sentimiento catastrofista, casi apocalíptico, a una euforia ingenua y crédula sin apenas transición y con pocos argumentos. Así pasó, fuera de toda lógica, con las apresuradamente denominadas primaveras árabes y así puede estar pasando con la rápida evolución de la situación en la disputada península coreana.

Es evidente que el encuentro entre los dos líderes coreanos es impactante, novedoso, sorprendente por su rápida organización y lleno de expectativas, pero convendría mantener la calma y el escepticismo ante las verdades proclamadas sobre el que se fundó las modernas sociedades occidentales.

En Asia se estila otro sentido del tiempo, basado en la paciencia, el cálculo a medio y largo plazo y las grandes maniobras con efectos en diversos frentes.

Y hay que ser cautos también al analizar los antecedentes y los beneficiarios de los acontecimientos, es decir, a la hora de repartir medallas y puestos en el pódium.

Hay bastante consenso en que China es el país que está en mejores condiciones para beneficiarse una bajada de la tensión que, además, aparte de una consolidación del estatus norcoreano, una mayor estabilidad en ese Estado tapón frente a Estados Unidos y una neutralización de sus provocaciones, visualiza a Pekín como un aliado de la paz como si ese proceso no tuviera nada que ver con sus intereses nacionales no precisamente estabilizadores a medio plazo.

Pero no hay que olvidar que la mano firme de la Administración Trump, al margen de las improvisaciones del atolondrado y maleducado presidente, ha enseñado al dictador norcoreano una cara nueva y un camino claro: o negociar la distensión o guerra. Y Corea de Norte nunca iba a ganar la guerra. Con la amenaza clara y las ofertas de conversaciones planteadas, Corea del Norte, China y los aliados entendieron el mensaje: o ganar algo o perderlo todo.

No importa que el centro nuclear que Corea del Norte quiere clausurar en público sea ya inservible por el último ensayo (lo sugiere China), lo que importa es el gesto, y sin plantear, al menos de momento, la retirada de Estados Unidos de sus bases surcoreanas. Pero también es verdad que Corea del Norte consigue una plaza en el escenario internacional sin el estigma de Estado pirata e ilegal que realmente es. (Foto: Flickr, RoK)

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En vísperas

Las piezas van encajando. Mientras el primer ministro japonés ultimaba sus preparativos para un nuevo encuentro con Donald Trump en Florida, Corea del Norte anunciaba la suspensión formal de su programa de desarrollo de armamento nuclear y el cierre de su principal instalación de investigación en este campo.

En pocos días, el dictador norcoreano se entrevistará con el primer ministro de Corea del Sur y, unas semanas más tarde, si no hay cambios de última hora, se encontrará con Trump para iniciar una nueva etapa en las relaciones de Estados Unidos, China y las dos Coreas.

Kim Jong-un, el líder norcoreano, está demostrando tener un plan, unos objetivos y un camino para conseguirlos y lo está siguiendo metódicamente con el inestimable aliento, y aparentemente el control, del gobierno chino. Y sus vecinos, coreanos del sur y japoneses en primer plano, pero también las otras naciones asiáticas con intereses en el Pacífico y en el Índico siguen pendientes de como gestiona Estados Unidos la situación, con qué propuestas acude a su cita con Corea del Norte y dónde pone las líneas rojas y de fuerza.

Este escenario, con Europa de convidado de piedra, será nuevo, abrirá nuevas perspectivas, cambiará de perfil los conflictos ya existentes y emergerán otros nuevos con nuevos actores o los viejos actuando en otros campos. Y, lo más importante, China verá reforzada y consolidada su presencia en todos los frentes.

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INTERREGNUM. Abe vuelve a Florida. Fernando Delage

Catorce meses después de su primer encuentro en Mar-a-Lago, el club de golf de Trump en Florida, el presidente norteamericano volvió a recibir la semana pasada, en el mismo lugar, al primer ministro de Japón, Shinzo Abe. La supuesta sintonía personal entre ambos líderes, que también se vieron en Tokio en noviembre, no se ha traducido sin embargo en resultados positivos para Abe. Quizá Trump no ha abandonado su hostilidad antijaponesa de los años ochenta; quizá no entienda la importancia de Tokio como aliado.

La próxima reunión de Trump con Kim Jong-un y su política comercial han complicado en gran manera la agenda bilateral. En ambos temas, Abe parece volver con las manos vacías. El anuncio de un encuentro con Kim sorprendió al gobierno japonés: no sólo no se le consultó con carácter previo, sino que la naturaleza impredecible del presidente norteamericano crea la lógica inquietud sobre los términos de la negociación. A petición de Abe, Trump se comprometió a tratar con Kim la cuestión de los nacionales japoneses secuestrados por los servicios de inteligencia norcoreanos. Pero las dudas permanecen sobre las cuestiones de fondo: a Washington le preocupan los misiles intercontinentales de Pyongyang; no los de corto y medio alcance, es decir, los que amenazan de manera directa a Japón. Aceptar con condiciones el estatus nuclear de Corea del Norte—la suspensión de pruebas no es sinónimo de desnuclearización—, podrá empujar a Tokio a considerar su propia opción nuclear. Cualquiera de estos escenarios causará un importante daño a la alianza, obligando a Japón a seguir un camino de mayor independencia estratégica.

Abe esperaba conseguir, por otro lado, una exención a las tarifas al aluminio impuestas por Trump, al igual que otros aliados de Estados Unidos (Canadá, México y Corea del Sur). No lo ha logrado. Según algunas interpretaciones, Washington querría así presionar a Tokio para avanzar en un acuerdo comercial bilateral. Pero no parece que Japón vaya a ceder: su preferencia es un régimen multilateral, como el que ha reconfigurado bajo su liderazgo en forma del Acuerdo Trans-Pacífico a 11. Sólo días antes de su encuentro con Abe, Trump declaró estar dispuesto a considerar su regreso al TPP, pero, minutos después de su primera conversación con el primer ministro japonés en Florida, rechazó por tuit tal posibilidad. Sus formas no ayudarán a obtener la complicidad de su aliado japonés.

Ambas cuestiones, Corea del Norte y comercio, conducen por lo demás a China. La República Popular es el verdadero objetivo de la política comercial de Trump, como es también la clave del equilibrio estratégico del noreste asiático. Que, delante de Abe, el presidente de Estados Unidos elogiara a su homólogo chino, Xi Jinping, fue otro gesto probablemente innecesario. Se desconoce si Trump ha medido las consecuencias de sus actos, pero el abandono de lo que han sido líneas maestras de la política exterior norteamericana durante décadas abre un terreno desconocido: si pierde la confianza de un socio tan estrecho como Japón, los intereses norteamericanos—y no sólo la estabilidad asiática—se verán gravemente perjudicados. (Foto: Stéphane Neckebrock, Flickr)

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Los impulsos de Trump, guía de la política exterior estadounidense. Nieves C. Pérez Rodríguez

Se pueden tener muchas incertidumbres acerca de la política exterior del presidente Trump, pero su posición sobre Corea del Norte ha sido clara y consistente desde el principio y enfáticamente ha dejado claro que hará lo que esté en sus manos por acabar con esa amenaza. A pesar de que no se conocen todas las claves sobre cómo se está abordando internamente el tema, dado a los constantes cambios de rumbo, más bien parece que la improvisación es la línea que se sigue.

Como sucedió con el envío del futuro secretario de Estado Mike Pompeo a una reunión secreta con el líder norcoreano, antes de su formal ratificación, hecho que deja muy clara la prioridad que este asunto ocupa en la agenda de esta Administración, pero también lo impulsivo de las decisiones del presidente que, en un acto precipitado, decide enviar a su hombre de confianza justo después de que los surcoreanos le abrieran el canal de comunicaciones con el régimen de Pyongyang.

Oportunamente, Pyongyang ha dejado de pedir que las tropas americanas salgan de Corea del Sur como condicionante para dejar su programa nuclear. Durante mucho tiempo ha sido precisamente la presencia de 28.500 soldados estadounidense en el sur de la península el argumento usado por el Norte para justificar su necesidad de desarrollar armas nucleares. De hecho, en el encuentro que tuvo lugar en Corea del Norte, entre un enviado especial del gobierno de Moon Jae-in con Kim Jon-Un el mes pasado, Kim expresó que su país no necesitará de armas nucleares si no se sienten amenazados militarmente y se les dan garantías de seguridad. Seguramente esta fue una de las razones que motivó a Trump a decidir que hay que actuar rápidamente.  Ahora la pregunta que se plantea es: ¿era realmente necesario enviar al futuro secretario de Estado con esa premura? ¿Estará Trump más bien enviando señales de desesperación a Kim?

Jung H. Pak, experta del instituto Brookings, publicó un artículo a finales de la semana pasada en el que concluye básicamente que Corea del Norte necesita un ambiente hostil para poder legitimarse. Afirma que todos los avances hechos en los últimos meses están enfocados en encontrar esa legitimidad que necesitan, mientras juegan a presentarse como los que desean paz. Explica que es todo parte de una estrategia destinada a mantener y avanzar su programa de armas nucleares, eliminar Estados Unidos de la península coreana, mantener la relevancia estratégica en la región y potencialmente tratar de crear condiciones para la unificación en sus términos. Mientras Kim Jon-Un ha ganado en todo este juego de tira y afloja, su reputación ha cambiado ligeramente de ser el personaje desalmado que oprime y mata de hambre a su población, a convertirse en un dictador abierto a dialogar y encontrar una solución pacífica que beneficie a todas las partes.

¿Y qué ha ganado Trump? A pesar de que los portavoces de su Administración han sido extremadamente prudentes acerca de la conversación entre Pompeo y Kim, pues objetivamente lo único que se sabe es que tuvo lugar en Corea del Norte el fin de semana de Semana Santa, y, de acuerdo con el New York Times, Pompeo abogó por tres presos estadounidenses detenidos en Corea del Norte, y que se está trabajando para liberarlos, a la vez que intentaba acordar detalles sobre el futuro encuentro entre Trump y el líder norcoreano.

Mientras tanto Seúl apuesta por confiar que la disposición de Pyongyang en desnuclearizarse se llevará a cabo a cambio de que se reestablezcan los lazos entre Estados Unidos y Corea del Norte, envío de ayuda para reconstruir su economía y un tratado de paz que formalice el fin de la guerra coreana. Mientras que el presidente Moon afirma que todo eso es posible, admite que el reto está en desarrollar un mapa de ruta adecuado que permita llegar a esos acuerdos.

El primer ministro japonés, Shinzo Abe, en visita oficial a Estados Unidos la semana pasada, sostuvo el sexto encuentro oficial y la tercera cumbre con Trump en la que ambos afirmaron su fuerte compromiso y determinación de aumentar la alianza entre ambas naciones para enfrentar las amenazas emergentes en contra de la paz y el mantenimiento del orden en la región de Indo-Pacífico. Ambos líderes expresaron la necesidad de que Corea del Norte se desnuclearice y abandone todas las armas de destrucción masiva y programas de misiles balísticos.

Tal y como afirmó Jung H. Pak, “si bien debemos apoyar el estado de ánimo actual de la diplomacia y el compromiso, no debemos dejarnos seducir fácilmente por los dulces susurros de paz de Kim, sin acciones creíbles que acompañan”. Junto con los impulsos intempestivos de Trump por resolver violentamente el conflicto que lleva 68 años incrustado, la Historia ha demostrado que no tiene una salida fácil… (Foto: Gage Skidmore, Flickr)

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INTERREGNUM: Kim en la Ciudad Prohibida. Fernando Delage

La visita sorpresa del líder norcoreano, Kim Jong-un, a Pekín la semana pasada ha revelado con toda claridad las reglas del juego geopolítico en el noreste asiático y, en consecuencia, las limitaciones que encontrará el presidente norteamericano, Donald Trump, en su intención de llegar a un acuerdo directo con Pyongyang.

Pocos detalles se conocen de este primer viaje al exterior de Kim desde su llegada al poder en 2011. Se ha producido, no obstante, en un contexto de notable deterioro de las relaciones entre Corea del Norte y China. Las tensiones acumuladas desde la muerte de su padre, Kim Jong-il—en buena medida como consecuencia de los ensayos nucleares y pruebas de misiles—, agravaron la desconfianza mutua entre ambos aliados. Pyongyang nunca perdonó a Pekín el reconocimiento diplomático de Corea del Sur en 1992, que calificó como una “traición”, ni que, más recientemente, se sumara a Estados Unidos en la adopción de las sanciones acordadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La espiral de tensión creada por la crisis nuclear, la retórica norteamericana sobre una intervención preventiva, y la propuesta norcoreana de un encuentro con Trump, aceptada de manera inmediata por este último, han precipitado sin embargo los acontecimientos.

Numerosos analistas indican como motivo de la presencia de Kim en Pekín el hecho de que China no podía permitirse quedar al margen de este proceso diplomático. Pero ese es un riesgo que en realidad nunca existió. Si algo confirma la visita de Kim es el extraordinario grado de influencia que posee China sobre cualquier factor que pueda alterar el equilibrio regional. El líder norcoreano no podía verse con Trump en mayo, ni con el presidente surcoreano, Moon Jae-in, a finales de abril, sin hacerlo primero con Xi Jinping y obtener el apoyo de este último. Kim ha optado por una arriesgada apertura a Washington que podría agravar aún más su aislamiento—estratégico y económico—de no cubrirse antes las espaldas mediante una “reconciliación” con los líderes chinos.

Los imperativos que condicionan el margen de maniobra de Kim se convierten de este modo en un nuevo triunfo para Pekín. Por una parte, China recupera el liderazgo de todo proceso relacionado con el futuro de la península coreana, cuestión inseparable del problema nuclear, y que ya mantuvo entre 2003 y 2007. De manera más inmediata, Pekín respira con alivio al desaparecer de momento la posibilidad de un ataque militar de Estados Unidos. También verá reducirse la presión de Washington a favor de nuevas sanciones a Corea del Norte. China gana incluso la capacidad de presionar a Trump para que abandone las medidas de política comercial dirigidas contra ella. Y, para rematar sus logros, el escenario creado hace inviable cualquier propuesta radical que pudiera tener en la cabeza el recién nombrado asesor de seguridad nacional, John Bolton. El presidente que lo nombró no puede ahora seguirle por ese camino.

El viaje de Kim a Pekín da a entender, por concluir, que la cumbre con Trump casi con toda seguridad se celebrará, pero no en los términos que esperaba el presidente norteamericano. Si éste albergaba la intención de negociar una solución sin contar con China, Pekín ha abortado su jugada. Mientras Corea del Norte y Estados Unidos tratarán de imponer su respectivo punto de vista, el principal ganador será la República Popular. De los tres, China es la mejor situada para orientar los hechos a su favor: mientras  garantiza que no habrá una guerra en sus fronteras—la estabilidad es su absoluta prioridad—, mantendrá a Washington “atrapado” en un problema que le facilita la consolidación de su ascenso como potencia central en Asia.