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China y Corea en Nueva York. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Los discursos de los líderes en la Asamblea General de la Naciones Unidas son esperados para poder hacer las previsiones de lo que será la política exterior de las grandes potencias y se siguen con atención los de los dictadores del mundo, que nos dejan ver con sus ataques cuáles serán sus posibles líneas o aliados. Las alianzas entre las naciones democráticas suelen afianzarse, así como las de los países cuyos sistemas opresivos de gobierno se apoyan entre sí creando bloques contra occidente.

Este gran encuentro anual en la ONU se aprovecha también para llevar a cabo reuniones entre líderes, sus ministros de Exteriores, en afianzar acuerdos, presionar a aliados para avanzar alguna negociación. Así lo hizo Mike Pompeo, el secretario de Estado estadounidense, quién se reunió con su homólogo de Corea del Norte, Ri Jong-ho y con quién acordó que viajará a Pyongyang esta semana para avanzar las negociaciones y hacer una presentación formal del nuevo encargado designado por el Departamento de Estado para Corea del Norte. Según el propio Pompeo, seguirán presionando para la desnuclearización de la Península coreana.

La intervención de Trump era esperada, sobre todo después de que el año pasado llamara hombre cohete al tirano norcoreano y amenazara con acabar con él. Esta vez estuvo un poco más comedido, y con una actitud radicalmente opuesta hacia Kim Jon-un, al que se refirió como líder de Corea del Norte, dejó por sentado que después del gran encuentro en Singapur mantiene una relación con él, y que espera poder alcanzar una solución al viejo conflicto.

El presidente Trump, en ésta su segunda oportunidad frente a representantes del mundo afirmó su compromiso de “America First”, que en su interpretación pasa por proteger la soberanía estadounidense sobre la gobernanza global. Así como insistió en que Estados Unidos no le dirá a ninguna nación cómo deben vivir, trabajar o a cuál culto practicar, pero a cambio espera que respeten su soberanía. Remarcó los avances en las relaciones con Corea de Norte, y cómo los misiles y las pruebas nucleares se han parado, algunas de las instalaciones militares han sido desmanteladas, los rehenes estadounidenses han sido devueltos y los restos de los caídos en batalla ahora descansan en su patria.

Reconoció a Kim Jon-un por todos estos gestos mientras le mandaba un mensaje a sus aliados de la importancia de mantener intactas las sanciones hacia Pyongyang hasta que el proceso de desnuclearización finalice.

Y a pesar de su lista de avances, muchos analistas coinciden que Trump está premiando a Kim antes de tiempo, pues el proceso de desnuclearización -que fue lo que se planteó desde el primer momento- no ha tenido lugar, y no hay indicios de que Corea del Norte haya comenzado realmente tal proceso. Sin embargo, se debe reconocer que los pocos o muchos avances han traído a la mesa a un líder totalmente aislado, del que poco se conoce. Las sanciones han cumplido su cometido, pues tienen al régimen de Pyongyang asfixiado por lo que se han visto obligado a sentarse a hablar. Y a día de hoy por lo menos se han agotado las instancias diplomáticas, antes de llegar a un enfrentamiento bélico.

El otro punto clave del discurso del presidente Trump fue el comercio y los intercambios justos y recíprocos. Aquí hizo un ataque directo a China cuando afirmó que ha manipulado su moneda para ganar ventaja sobre los Estados Unidos. Bart Oosterveld (director de negociaciones globales del Atlantic Council) explicaba que las palabras de Trump en este sentido refuerzan el compromiso de esta Administración de interrumpir el curso que han llevado los intercambios comerciales hasta ahora, y la prueba es que han renegociado con Corea del Sur, los miembros, individualmente, de NAFTA y China. Pero a China también la culpó de estar interfiriendo en las próximas elecciones legislativas del 6 de noviembre, a la vez que sostenía que Xi Jinping es su amigo, como quien trata con poco tino de no ser tan directo.  Entre estas contradicciones a las que nos tiene acostumbrado, amenazaba con imponer más aranceles a las importaciones chinas.

El efecto secundario de acorralar a China con tantos aranceles, y peor aún hacer alarde de ello en un foro internacional, podría ser una respuesta no deseada a la situación de Corea del Norte. Hasta ahora Beijing ha mantenido las formas diplomáticas de cara a la galería, y en el último año ha jugado al rol de seudo- apoyo a Estados Unidos con las medidas y sanciones a Corea del Norte. Desde el inicio de las mejoras de las relaciones entre Washington y Pyongyang, Xi ha disminuido la presión y no está cumpliendo con las sanciones, pero desde la discreción. Si esta lucha entre Washington y Beijing se recrudece, la respuesta inmediata de China sería apoyar a Corea del Norte en desacatar las medidas internacionales y mucho de lo que se ha avanzado podría retroceder. Y todo con el florecimiento de China como potencia que ocupará el lugar de Estados Unidos.

Coreas

El presidente surcoreano gana protagonismo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Analizando los hechos de la tercera cumbre entre los líderes coreanos, hay que subrayar que el presidente Moon Jae-in llegó acompañado con una delegación sustanciosa de 110 miembros, entre los que se encontraron la primera dama, 14 miembros del gobierno de alto nivel -la ministra de Exteriores, el titular de Defensa y el de la Unificación- y representantes empresariales surcoreanos, lo que es una indicación de cómo Moon visualiza las relaciones bilaterales.

Unas relaciones que trascienden lo estrictamente diplomático a una potencial cooperación económica que valga señalar entra en conflicto con las sanciones impuestas al régimen de Pyongyang. Pero todos estos esfuerzos parecen justificados en la imperiosa necesidad de que Kim Jon-un acepte desnuclearizarse.

La visita histórica que ha tenido lugar en Pyongyang es la prueba de que nos encontramos en otro momento de las relaciones coreanas.  El dictador que apenas se dejaba ver ha cambiado radicalmente su estrategia, con una aparente apertura que no deja de ser escrupulosamente medida y valorada, a cambio de conseguir más concesiones.

Moon por su parte sigue intensamente centrado en ser el mediador de la paz en la Península, por lo que entiende que su rol es el de servir de punto de equilibrio entre Pyongyang y Washington. De momento lo ha ido consiguiendo al menos en el plano diplomático. Y Trump ha expresado su confianza en él, lo que lo legitima frente a Kim y el mundo.

En palabras del propio presidente surcoreano, “encontrar un punto de coincidencia entre las exigencias de la Administración Trump sobre la desnuclearización y la exigencia de Kim que demanda una declaración de Paz, que a su vez garantice su seguridad y ponga fin a la hostil relación” es de lo que se trata.

Pero la dificultad está en que Pyongyang quiere la declaración de paz antes de llevar a cabo el proceso de desnuclearización. Y es ahí donde los surcoreanos están haciendo juegos malabares para equilibrar el deseo de Kim contra la necesidad de un avance objetiva, en la que ambas acciones se den simultáneamente.

Desde Washington se valora positivamente el encuentro. El departamento de Estado declaró que todo lo que avance la desnuclearización de Corea del Norte es positivo. Mientras, reconocían el trabajo del presidente Moon. El mismo Trump twitteó al respecto que, “Kim Jon-un acordó permitir inspectores nucleares, así como el desmantelamiento definitivo de un sitio de pruebas y lanzamientos de misiles en presencia de expertos internacionales. Y mientras todo eso sucede no habrá cohetes volando ni ensayos”. Expresó su complacencia con los resultados del tercer encuentro entre líderes coreanos, mientras enfatizaba también (en otro tweet) el hecho de que las Coreas acordaron presentarse juntas para ser sede de las Olimpiadas de 2032.

Moon Jae-in también avanzó la idea de un segundo encuentro entre Trump y Kim. Y a pesar de que no ha habido declaraciones expresas sobre ello desde Washington, sabemos que Trump aceptaría a cambio del protagonismo mediático y la posibilidad de que sea él quién se quede con los méritos de la renuncia al programa nuclear norcoreano y la estabilidad en la región.

No hay duda que la lectura hecha desde Estados Unidos es muy positiva, pues el secretario de Estado, por su parte, publicó una felicitación a ambos líderes coreanos por el exitoso encuentro, mientras que informaba de que había extendido una invitación a su homólogo norcoreano -Ri Jong Ho- para un encuentro en New York esta semana, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas.

A pesar del escepticismo de algunos expertos, quienes citan las ocasiones en las que el abuelo o el padre de Kim no respetaron los acuerdos, reconocen que está vez al menos, los hechos parecen estar tomando una dirección distinta, lo que responde a un cambio de estrategia del régimen de Kim.

La visita de un líder surcoreano a Pyongyang es un gran cambio a priori, sumado a que desfiló junto al supremo líder de Corea del Norte por las calles de Pyongyang. Así como el encuentro entre las primeras damas -otro hecho llamativo- pues el régimen norcoreano no la deja figurar apenas en público, y casi todos los aspectos de su vida son desconocidos, incluido su edad, o número de hijos.

La firma del acuerdo entre Moon y Kim, que consta de la paralización de ejercicios militares a lo largo de la línea de demarcación de las Coreas, la creación de enlaces ferroviarios entre el norte y el sur, junto con el acuerdo de 17 páginas firmado por los titulares de Defensa de ambas naciones y que busca “el cese de todos los actos hostiles entre sí”, son otra prueba de ese cambio de estrategia.

“El mundo verá como esta nación dividida va a generar un nuevo futuro para sí misma” fueron las palabras de Kim Jon-un durante la cumbre y en las que se deposita esperanza, pues está comprobado que la diplomacia es siempre la mejor fórmula.

eSCALERAS

Corea: paso a paso, susto a susto

Nuevo acto en la escena coreana. La última cumbre entre los dos países nacidos de la violación de las resoluciones de la ONU por los comunistas del norte y la dura guerra posterior parece haber desbloqueado la última crisis entre Corea del Norte y EEUU, con la guerra comercial con China y las sanciones como telón de fondo.

En realidad, se trata de una compleja partida de ajedrez en la que en cada lado del tablero hay varios jugadores con estrategias cercanas, pero no exactamente iguales.

Corea del Norte, que ya obtuvo réditos importantes de sus últimas amenazas consiguiendo un estatus mejorado en el panorama internacional, quiere ahora que su prometida desnuclearización vaya pareja a una reducción de fuerzas en el Sur y a unas concesiones en el terreno económico que han comenzado a aceptarse. Se abrirán conexiones ferroviarias norte-sur y se aliviará ligeramente la presión junto al reencuentro de algunas familias y la posibilidad de competir como un solo equipo coreano en acontecimientos deportivos mundiales.

Desde el Sur, se insiste en que la amenaza proviene del Norte y que ellos son los que deben dar el primer paso para fortalecer la confianza. Es la misma posición de EEUU, pero planteada con más suavidad y menos presión en los plazos, al margen de acuerdos secretos que se intuyen, pero no se conocen.

Mientras tanto, China, que tutela el proceso a distancia y ya se ha asegurado la permanencia del Norte como Estado tapón, va regulando avances y retrocesos como un arma complementaria en su guerra comercial con EEUU. (Foto: Dominik Gradischnik)

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Washington lo sigue intentando con Pyongyang. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El último informe del Organismo Internacional para la Energía Atómica, con fecha del pasado 20 de agosto, sostiene que el continuo desarrollo del programa nuclear norcoreano es muy preocupante. Una vez más, Kim Jong-un ha puesto en práctica la táctica de adulterar la realidad. Las esperanzas crecieron significativamente a raíz de ese emblemático momento en Singapur, en el que Trump lo legitimó como jefe de Estado, dejando a un lado -al menos un por un tiempo- las sanciones, los ejercicios militares en la península e incluso parte del aislamiento, al que el mismo régimen norcoreano se somete. Todo como un acto de fe o quizá de ingenuidad en el que parecía se comenzaba a escribir un nuevo capítulo en la historia de las relaciones entre Pyongyang y occidente.

Lo cierto es que lo que cautivó la atención del mundo rápidamente comenzó a dar señales dudosas, y la Administración Trump lo sabe, aunque nunca lo reconocerá abiertamente.

El secretario de Estado, Mike Pompeo, cerró el mes de agosto con el gran anuncio de que Steve Biegun se convertía en el representante especial para Corea del Norte. Una buena noticia considerando que el anterior en esa posición -Joe Yun- fue nombrado por Obama y se retiró de sus funciones el pasado febrero. Seis meses vacante, en plena crisis interna de cambio de secretario, y sin embajador en Seúl, lo que es una muestra de la prioridad que ocupa Corea del Norte para la Casa Blanca.

Las palabras de Pompeo fueron muy claras: “Biegun liderará los esfuerzos de la Administración Trump para presionar a Corea del Norte hacia la desnuclearización de la península”. Mientras, aseguró que le acompañaría en el viaje que estaba previsto a Pyongyang, seguramente para hacer una presentación y entrega formal de la responsabilidad, siguiendo los protocolos coreanos.

No hay duda que este nombramiento es muy positivo, pues Steve Biegun acumula una larga experiencia laboral. Ha pasado los últimos 14 años en el sector privado como vicepresidente de las relaciones internacionales de Ford Motor. Pero, previamente a esto, sirvió en el sector público mucho tiempo. Fue el asesor internacional de Sarah Palin durante la campaña presidencial de John McCain, formó parte del Consejo de Seguridad Nacional durante la presidencia de George W. Bush, e informaba directamente a Condoleezza Rice. Previamente, además, fue asesor de política exterior en el Congreso. Sin duda una trayectoria que tiene mucho valor, considerando a muchos de los otros personajes nombrados por la Administración Trump.

Pero a tan solo horas de haberse hecho público este nombramiento, Trump twitteó que el viaje del secretario de Estado a Corea del Norte quedaba suspendido, en su muy habitual manera de informar a través de su cuenta de Twitter. Un hecho que desautoriza públicamente a Pompeo, por lo que no es de extrañar que en el viaje previo que hizo en julio el secretario de Estado a Pyongyang, no fuera recibido por Kim Jong-un, muy a pesar de que era parte del plan. Sin embargo, se reunió con Kim Yong-chol, exespía e importante figura en el partido norcoreano.

A día de hoy, la Administración Trump no descarta otro encuentro entre Kim y Trump a finales del año, mientras Pyongyang sigue avanzando en sus negociaciones con Seúl; se sabe que habrá un tercer encuentro entre los líderes coreanos cuyo objetivo será discutir las medidas prácticas para la desnuclearización.

Junto a la suspensión del viaje de Pompeo y Biegun, la Casa Blanca informa que Trump tampoco asistirá a la cumbre de la ASEAN que tendrá lugar en Singapur en noviembre, ni a la de la APEP, pero que en su lugar enviará al vicepresidente, Mike Pence. Este es otro ejemplo de lo mal que la Administración gestiona su influencia internacional. Pero es sabido que a Trump no le gusta viajar fuera de los Estados Unidos.

Dejar tantos espacios vacíos le abre el camino a China para ganar más dominio y posicionarse mejor en la región, y a Xi Jinping para asumir el liderazgo que el presidente estadounidense no tiene ningún interés en ejercer, ni tan siquiera entender su importancia.

Por otra parte, los aliados se quedan en una situación de mayor vulnerabilidad ante la agresiva expansión china en Asia, la incertidumbre que plantea Corea del Norte, y la gran desconexión que parece existir entre la Casa Blanca de Trump y la importancia estratégica para Estados Unidos de mantener la hegemonía en el Pacífico.

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Corea, señales confusas

El proceso de normalización de relaciones con Corea del Norte está interrumpido, aunque se mantienen contactos para intentar salir del atasco. Corea del Norte, con una Administración maestra en intrigas y secretos no da información y Estados Unidos no va mucho más allá de reconocer la crisis, suspender el último viaje del secretario de Estado, Mike Pompeo y acusar a China de poner obstáculos.

Probablemente, Trump fue demasiado optimista al suponer que Corea del Norte entraría en un rápido proceso de desarme nuclear y de misiles que él pudiera ofrecer a su electorado en un momento de acoso de la oposición y de los medios de comunicación. Además, Pyongyang exige un desarme paralelo de Corea del Sur y retirada de las fuerzas norteamericanas, lo que es difícilmente aceptable para Seúl y Tokio, que quedarían más a merced de China.

Trump explica el actual conflicto comercial con China como el origen del apoyo chino a Corea del Norte para ralentizar los avances. Es posible que este conflicto sea un factor, pero no sería el único. China se está dando cuenta de las debilidades de la Administración americana y quiere reforzar su papel de influencia regional más de lo que lo viene haciendo.

Su presión discreta, la de China, es tal, que Corea del Sur y Japón están pidiendo a EEUU que no se rompan las negociaciones y que se insista en los contactos. Saben que China es la gran amenaza. Habrá que estar atentos las próximas semanas.

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Pasos adelante

La nueva cita entre responsables políticos y militares de las dos Coreas en la zona fronteriza de Panmunjom está lejos de ser anecdótico. En medio del renacido griterío y de las acciones de propaganda, que los dos países mantengan su agenda y avancen en asuntos bilaterales, si bien tutelados de cerca por China y Estados Unidos, es una buena noticia. Y no hay que olvidar que esta tutela no es nunca absoluta y que cada país tiene un margen de autonomía que, a su vez, condiciona las estrategias de sus padrinos.

La relación bilateral actual, impensable hace unos meses, probablemente ha abierto unos procesos irreversibles, aunque no exentos de riesgos y sobresaltos. En este caso es Corea del Sur quien asume una mayor responsabilidad. Tiene que dar respuestas y explicaciones a sus ciudadanos como en todo país democrático, tiene que mantener serenidad y firmeza con un presidente de Estados Unidos errático del que se pueden ni deben distanciarse mucho y, a la vez, construir mejores alianzas regionales.

 No se conoce con exactitud el orden del día pero, sin duda, estarán sobre la mesa la desnuclearización, la apertura de nuevos procesos de intercambio comercial, el estudio del problema de las familias separadas y nuevos gestos para visualizar que hay un proyecto creíble en marcha. Estos avances bilaterales no van a resolver el problema. pero sí pueden hacer de ancla para que el gran proceso se consolide. (Foto: Dominique Weis, Flickr.com)

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Detrás del escenario

La mayoría de las grandes decisiones políticas se cocinan, se preparan, se organizan y se comienzan a poner en ejecución detrás de los escenarios mientras en esto se presentan, se embellecen, se encubren y se justifican. Y así está pasando en todo el escenario del Pacífico para desplegar todo lo que implicó la cumbre de Singapur.

Una vez alcanzado el compromiso, ambiguo pero importante, de avanzar hacia la desnuclearización de la península coreana hay que dar pasos, y esto es mucho más difícil. Por una parte, Corea del Norte, que ha alcanzado su estatus actual sobre la base de sus amenazas y su despliegue de misiles no puede ir tan rápido como quiere EEUU por problemas técnicos y por la necesidad política de no parecer la parte derrotada en la negociación y endurece las condiciones de medidas recíprocas. Y, por otra, Estados Unidos no puede ceder en esas medidas para no dejar a Corea del Sur con una sensación de inseguridad y a Japón con mayores incertidumbres. De ahí los viajes de Pompeu y las polémicas y el rumor de que los norcoreanos estarían modernizando una instalación de misiles.

Pero mientras tanto, los otros actores de este drama también se mueven tras el escenario. China, el gran padrino, mueve piezas en Latinoamérica y no sólo económicas, una vez relajado algo el panorama frente a sus costas. Ha anunciado la apertura de una gran base de observación espacial y del radio espacio, es decir, con capacidad de intercepción y conocimiento de comunicaciones, en Argentina; y se ha filtrado información sobre una avanzada negociación con El Salvador para establecer una base de operaciones navales, sin excluir la presencia de barcos de la Armada china, en el Golfo de Fonseca.

Ambas noticias, que indican la profundidad de los cambios que están ocurriendo y, a la vez, la escasa atención que, aparentemente, dedica a Administración Trump al sur de sus fronteras, no deja de aumentar la incertidumbre. EEUU y Europa enredados en una disputa comercial repleta de hipocresía; Rusia fortaleciendo su posición y su influencia en Oriente Medio y el mundo navegado en claves populista sin ingredientes que pueden estropear cualquier digestión. (Foto: Georgi Gavrilenko, Flicker.com)

Flickr Ruperto Miller

Trump en Europa. Nieves C. Pérez Rodríguez

 “Los países europeos tienen que pagar más por su defensa”, es lo que ha afirmado Trump desde el principio de su legislatura. Y aunque esta afirmación es sensata, lo que debería discutirse es sobre las maneras en que se han dicho las cosas. En diplomacia las formas, los gestos y las palabras tienen mucho peso. Y de eso poco parece conocer Trump, quien no quiso esperar ni tan siquiera a un segundo encuentro para reclamarle a sus socios de la OTAN el aumento de sus cuotas. De acuerdo con Robert E. Litan y Roger Noll (expertos del Brookings Institute) Alemania, Canadá, Italia y España tendrían que aumentar su aportación en unos 10 mil millones de dólares. Pero incluso aumentando esas cuotas, Washington ahorraría tan sólo 16,6% de su presupuesto actual de defensa. Lo que lo situaría en el 3% de su PIB, por lo que continuaría siendo el mayor socio de la alianza Atlántica.

La solicitud de Washington de que cada miembro de la OTAN aporte un 2% de su PIB no es descabezada -es más, ya había sido acordada previamente-, así como no lo es tampoco el planteamiento del término, pues entraría en vigor en el 2024, con lo cual, los países tendrían tiempo para recalibrar sus presupuestos y afinar cuentas.

Pero las torpezas de Trump y sus burdas formas pueden pasarle factura. Como el grave error que cometió al atacar las políticas de Theresa May, quien lidera el país más cercano y gran aliado de Estados Unidos en Europa y en el mundo.

Que Trump tenga su opinión acerca de las políticas domésticas inglesas no es de extrañar, pero que exprese públicamente sus opiniones en forma de críticas en una visita oficial a ese país puede ser considerado una injerencia en los asuntos domésticos, además de un gran desatino diplomático.

La OTAN es la organización militar más poderosa del mundo. Se creó en un momento histórico en el que Europa necesitaba a gritos de intervención extranjera para equilibrar dictadores y movimientos políticos hiper radicales que se había cobrado la vida de muchos millones de ciudadanos.  Claramente, las circunstancias de hoy no son las de hace 70 años, pero su compromiso sigue intacto en garantizar la paz y la libertad a través de la resolución pacífica. Esta alianza, a través de los años, se ha convertido en garante de la seguridad del mundo, traspasando las fronteras de sus miembros. Y Asia no escapa de este compromiso. Así lo ha afirmado el emisario especial de la OTAN el mes pasado, James Appathurai, asegurando que Asia Central fue catalogada como una región estratégica, incluso antes de la guerra de Afganistán.

Estados Unidos ya ha intentado en varias ocasiones incorporar socios asiáticos a la Alianza, como los países miembros de la ASEAN. Con los ojos puestos en el titánico crecimiento de China y su desarrollo militar, junto con sus pretensiones expansionistas, que la OTAN tuviera más presencia en el Pacífico ayudaría a equilibrar fuerzas en la región y frenaría un poco a Beijing. Además de neutralizar el gran dolor de cabeza, Corea del Norte, que ha mantenido la región y más recientemente una amenaza para el propio territorio estadounidense, una vez que Pyongyang demostró el otoño pasado que tiene capacidad de lanzar misiles de largo alcance.

Sobre todo, después del encuentro en Singapur, y del desastroso viaje de Mike Pompeo a Pyongyang la semana pasada, Trump debería estar aglutinando aliados que lo apoyen en la resolución del conflicto que su administración considera el mayor problema a resolver, con el que se enfrentan.

Algo tan frágil como la seguridad europea debería estar en manos de sus propios miembros. El hecho de que Estados Unidos haya sido el mayor financiero de la OTAN obedeció a un momento histórico que ha cambiado. Los líderes europeos deberían entender que la seguridad es clave para proteger sus territorios, sus valores y a sus ciudadanos de cualquier amenaza, aunque no dé votos en las urnas electorales como las políticas de izquierdas (beneficios, pensiones, seguridad social, etc.). La petición de Trump no es equívoca, pedir más compromiso económico es legítimo, el problema es cómo lo ha pedido. La falta de tacto político está poniendo a Trump en una situación de aislacionismo, en vez de cultivar aliados va por ahí diciendo sandeces en foros de cooperación y entendimiento. Al final, el problema no sólo es lo que dice sino cómo lo dice. (Foto: Flickr, Ruperto Miller)

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INTERREGNUM: De Bruselas a Helsinki. Fernando Delage

Sin poder atisbar aún la lógica interna de los movimientos diplomáticos de Trump—si es que tal coherencia existe, más allá de un mero impulso unilateralista—el presidente norteamericano pondrá nuevas cartas sobre la mesa esta misma semana. La cumbre de la OTAN en Bruselas (11-12 julio), seguida por su encuentro con Putin en Helsinki (16 julio), pondrán a prueba la cohesión de las relaciones transatlánticas, dando paso quizá a una transformada arquitectura de seguridad europea. Pero los efectos sobre los aliados asiáticos de Estados Unidos, Japón y Australia en particular, tampoco serán menores.

Las quejas de Washington sobre la limitada aportación financiera de los europeos a la defensa del Viejo Continente no es nueva ni incorrecta. Pero Trump es el primer presidente en pasar de las críticas a los hechos. Su determinación obliga a preguntarse por el futuro de la OTAN, pero sobre todo agrava la incertidumbre de unos socios europeos ya sorprendidos por las sanciones comerciales impuestas por Estados Unidos, y por el comportamiento hostil de Trump en la reciente cumbre del G-7 en Canadá. Su defensa durante la cumbre del reingreso de Rusia en el grupo, cobra sentido al confirmarse el encuentro bilateral con Putin. ¿Intentará Trump llegar a un acuerdo con el presidente ruso a costa de los intereses de seguridad de la Alianza Atlántica?

No faltarán asuntos en la agenda de Helsinki: la guerra civil siria, la situación en Ucrania, Irán y Corea del Norte, sin olvidar la interferencia rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016. Y, sobre todo—cuestión prioritaria para Moscú—, el levantamiento o mitigación de las sanciones económicas. Son asuntos todos ellos relevantes para la estabilidad internacional, si bien los imperativos internos son probablemente los prioritarios para ambos líderes: ni Trump ni Putin pueden permitirse ningún movimiento que se interprete como cesión por sus respectivas opiniones públicas.

Los rehenes de sus decisiones son los aliados de Estados Unidos en ambos extremos de Eurasia. Ha llegado probablemente la hora de que la Unión Europea avance en su autonomía estratégica, pero la ausencia de consenso entre los Estados miembros sobre la política a seguir con respecto a Rusia es justamente la demostración de debilidad preferida por Moscú. El escenario no es menos incierto para los socios asiáticos de Washington, con la ventaja de que al menos éstos pueden actuar con mayor margen de maniobra individual. La reunión de Trump con Kim Jong-un en Singapur el pasado 12 de junio ya fue demostración del fin de una era. Se avance o no la desnuclearización de la península coreana, se extiende la percepción de que los compromisos de seguridad de Estados Unidos en la región han dejado de tener la solidez de décadas anteriores: un reajuste de los cálculos estratégicos resulta inevitable. La intuición de que todos estos movimientos forman parte de un mismo proceso—que Washington ha puesto en marcha sin preocuparse por sus consecuencias—explica que las capitales asiáticas seguirán lo que ocurra en Bruselas y Helsinki como si sus intereses más directos estuvieran también en juego.

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Japón necesita garantías

Una vez sentadas las bases, en Singapur, de un acuerdo entre Corea del Norte y Estados Unidos, la potencia occidental está obligada a dar certidumbre y seguridad a sus aliados desde el fin de la II Guerra Mundial en un escenario en el que sus tradicionales enemigos, China y Corea del Norte, han robustecido su posición política.

El más expuesto de estos aliados de Occidente es Corea del Sur, que se ha apresurado a desarrollar su propia agenda con China y sus vecinos del norte, pero que, a la vez, está protegido por la dinámica misma pactada en Singapur, aunque obviamente, en medio de riesgos extraordinarios.

Otro caso es Japón, por razones históricas, estratégicas y culturales. Japón es una potencia económica, tiene una razonable fuerza militar de defensa, mantiene disputas marítimas y territoriales con China, alberga bases estratégicas de Estados Unidos y mantiene tanto compromiso como reservas respecto al nuevo escenario en el Pacífico.

Tras el acuerdo con Singapur, Tokio ha multiplicado sus guiños diplomáticos, no sólo con Estados Unidos y Corea del Sur, sino también con China y Rusia. A pesar de esto, Corea del Norte ha aumentado su presión sobre Japón advirtiendo a este país que si siguen sus dudas quedará al margen del gran acuerdo en desarrollo y Estados Unidos ha tenido que señalar que ningún acuerdo con Corea del Norte debilitará la amistad con Japón.

Son gestos para visualizar la continuidad y la estabilidad a pesar de los cambios y los riesgos, pero dan cuenta de la profundidad de los primeros y de los esfuerzos para no agrandar  los segundos.