Interregnum: Rusia Euroasiática

En un artículo publicado en octubre de 2011, sólo una semana después de anunciar su candidatura a un tercer mandato presidencial, Vladimir Putin asumió un nuevo discurso político. Abandonando su retórica anterior sobre Rusia como “Estado europeo”, Putin pasó a defender la idea de que Rusia no es exactamente una nación, sino más bien una civilización, heredera del Imperio ruso y de la Unión Soviética (y, por tanto, separada de Europa). Su identidad como potencia “euroasiática” es al mismo tiempo, señaló, la que define su posición en el sistema internacional.

El concepto del euroasianismo ha atraído la atención de quienes quieren explicar el comportamiento ruso desde entonces. Aparece como un elemento de legitimación para restablecer el control sobre su periferia y justificar sus objetivos geopolíticos. La integración de Eurasia, gran proyecto de Putin, sería el instrumento para asegurar a Rusia un centro de poder independiente y evitar que se convierta en un actor periférico de Europa y Asia. Es un discurso vinculado asimismo a un nuevo nacionalismo ruso, surgido de la necesidad de encontrar una alternativa ideológica entre el comunismo y el liberalismo, entre los valores occidentales y el mundo asiático. El misterio es por qué unas ideas que antes nadie tomaba en serio, son de repente asumidas por el Kremlin y han dado forma a un consenso compartido por las elites políticas del país.

Desentrañar los orígenes de estas teorías y su evolución a lo largo del siglo XX hasta hoy es el objeto de un fascinante libro de Charles Clover, excorresponsal del Financial Times en Moscú: Black Wind, White Snow: The rise of Russia’s new nationalism (Yale University Press, 2016). Mediante el retrato intelectual y biográfico de tres figuras principales—un filólogo (Nikolay Trubetskoy), un historiador (Lev Gumilev) y un profesor de geopolítica (Alexander Dugin)—Clover examina cómo nace este supuesto ideal euroasiático—fundado en mitos, más que en hechos científicos—y analiza su interacción con el contexto político ruso desde la Revolución de 1917.

Su cuidadosa reconstrucción de estas ideas demuestra lo confuso del esfuerzo tendente a encontrar en las estepas de Eurasia la personalidad de la civilización rusa. Pero el curso de las relaciones con Estados Unidos con posterioridad al 11/S, y las manifestaciones en Moscú contra Putin en 2011-12, crearon entre otras circunstancias la oportunidad para que el Kremlin encontrara en el euroasianismo la manera de cubrir el vacío ideológico de las dos décadas anteriores y, a la vez, poder definir las bases de su acción exterior. Identificarse como rival de Occidente y buscar la construcción de una Gran Eurasia pueden servir a Putin para mantenerse en el poder. Pero es también una manera de ocultar las limitaciones de Rusia mientras no avance en la institucionalización de su vida política interna y construya la economía que permita su integración global y su desarrollo a largo plazo. Son imperativos que no desaparecerán aunque el nuevo presidente norteamericano decida levantar las sanciones contra Moscú.

Contención no tiene por qué ser apaciguamiento

El clima de tensión entre Estados Unidos y China va subiendo paso a paso. El último ha surgido de la afirmación, desde el equipo de Donald Trump que tomará posesión en las próximas semanas, de que la nueva Administración de Estados Unidos hará cumplir la decisión de la Corte Permanente de Arbitraje en La Haya que dio la razón a Filipinas y negó base legal a los argumentos de Pekín para atribuirse la soberanía del 90% de las aguas del Mar del Sur de la China, y por lo tanto protegerá la libre circulación por este mar.
Obviamente, la Administración china no ha recibido bien esos comentarios y ha respondido en un tono muy duro desde los medios de comunicación cercanos al Partido Comunista Chino que se han despachado con pronósticos de un enfrentamiento militar y la profecía de una humillante derrota de la armada estadounidense, y un tono más mesurado pero igual de firme desde el Gobierno.
Todo parece indicar que, ante la perspectiva de una renegociación económica y un reajuste geopolítico en Asia Pacífico, las dos principales potencias están subiendo las condiciones para un acuerdo estable.
Algo así viene haciendo Corea del Norte desde hace años con unos resultados no muy fructíferos, pero, claro, el régimen norcoreano no juega en la misma división que China y Estados Unidos. El problema está en que está estrategia de negociación, que por otra parte juega tan bien Vladimir Putin, requiere de jugadores pacientes y que sean capaces de gestionar bien las tensiones. Y aquí, la nueva Administración norteamericana es una incógnita llena de incertidumbre por los antecedentes de precipitación y de chabacanería discursiva de Donald Trump.
La derecha mundial se debate ante muchos retos y no es el menos importante el de encontrar un discurso que responda a su base sociológica y ofrezca seguridad y certidumbre al afrontar unos conflictos en los que la izquierda, atrapada en su propia trampa ideológica, no encuentra su sitio. Uno de esos retos sigue siendo la disyuntiva entre la política de apaciguamiento, que tan nefastos resultados ha dado en los últimos cien años, y la de la contención de los conflictos, al menos hasta estar en condiciones de resolverlos con el menor coste posible.
En China, la Administración norteamericana responde a sectores de la opinión pública harta de la tradicional política europea de apaciguamiento, pero debe entender que eso no debe implicar la renuncia a la contención y al realismo político. En ese escenario estamos.

La personificación del sueño americano, catalizador de nuevas alianzas

Washington.- Según nos acercamos a la toma de posesión del Presidente electo Donald J. Trump, y el tan esperado nombramiento del Secretario de Estado Rex Tillerson, la política exterior de la nueva administración parece ir tomando forma. A pesar de que el nuevo gabinete carece de experiencia política, cuenta con un amplio conocimiento en materia de negocios y expansión de bienes y fortunas, que podría ser la brújula que dirija su política exterior y que como resultado podría arrastrar a la ruina relaciones históricas como las de Japón con los Estados Unidos.

El nuevo secretario de Estado tiene una trayectoria conocida en el mundo petrolero, desde las distintas posiciones que ocupó en Exxon Mobil, y cómo, desde allí, sus relaciones con Rusia han sido muy estrechas. Según el Wall Street Journal, Tillerson lideró la expansión de Exxon en Rusia durante la presidencia de Boris Yeltsin, lo que marcó el despegue de su carrera.

En los años más recientes ha habido manifestaciones públicas de la estrecha relación entre el presidente Putin y Tillerson, no sólo con las exploraciones multibillonarias que Exxon ha hecho en Rusia y el convenio firmado en 2011 con la compañía estatal Rosneft, sino, incluso, con el premio, “a la Orden de la Amistad”, que el mismo presidente ruso, otorgó al señor Tillerson, uno de los mayores honores que pueden recibirse en Rusia. Además de apariciones públicas y fotos donde se aprecia la complicidad, o al menos cercanía entre ambos. O, como el Washington Post califica esta relación, “el largo romance de Tillerson con Rusia”.

El constante coqueteo de Mister Trump, desde su cuenta de Twitter, con Putin no pasa a nadie inadvertido, sobre todo tras la decisión en la que la Administración Obama expulsa 35 diplomáticos rusos e impone sanciones económicas contra organismos de espionaje. A lo que Putin expresó que no respondería con reciprocidad a la expulsión. Por lo que el Presidente Trump comenta: ” …Siempre supe que Putin era un hombre inteligente…”

Estas cercanías despiertan incertidumbre y revuelo internacional, pues desvela el comienzo de un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, distinto a lo que estamos acostumbrados en la post guerra fría. Japón ha sido uno de los países en mostrar más inquietud, en respuesta a los comentarios del entonces candidato presidencial, a principios del 2016, de que Corea del Sur y Japón deberían desarrollar sus propias armas nucleares para contrarrestar las amenazas de Corea del Norte. O que Japón necesita pagar más, para mantener tropas estadounidenses en su suelo.

El estado nipón está apostando públicamente por un mantenimiento de relaciones con Estados Unidos; así lo confirma la visita de Abe hecha en días pasados a Pearl Harbor, y las reiteradas declaraciones en los que manifiestan su compromiso con América. Paralelo a esta situación, Japón, ha venido experimentando un crecimiento de su nacionalismo. El Primer Ministro Abe consiguió en septiembre pasar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa, en la que se permite la autodefensa colectiva, un significativo cambio de la mentalidad de la post segunda guerra mundial. También ha venido robusteciendo su capacidad militar en los últimos años. Ha desarrollado una flota naval muy poderosa en respuesta a la política expansionista china. Además del incremento, en agosto pasado, del presupuesto de defensa, hecho por el Ministro de Defensa japonés Tomomi Inada, un nacionalista de línea dura.

Japón ha intensificado su relación con la OTAN, específicamente en promoción de la paz global. Organizó la Conferencia de Tokio en 2012 y aporto 5 billones de dólares entre 2009 al 2013 al programa de asistencia y seguridad de la OTAN en Afganistán; ha ayudado a las fuerzas armadas afganas, y a la reintegración de excombatientes a la sociedad. Así como en los años 90 contribuyó a la reconstrucción de Los Balcanes y la reintegración a Europa.

Los 70 años de estrecha relación entre Japón y Estados Unidos, pueden estar llegando o bien a su fin, o al menos a una nueva dimensión. Da la impresión que la nueva administración estadounidense apuesta por dejar desatendidos a quienes han sido sus aliados históricos, obligándolos a tomar control de su propia seguridad, y gestionar sus propios presupuestos de defensa, lo que propiciaría un reacomodo de fuerzas. China y Rusia operan bajo las mismas líneas, siempre que sea conveniente a sus intereses.

Japón y Corea del Sur coinciden en su temor a Corea del Norte, y su capacidad armamentística. Rusia se entiende con el dictador Kim Jong-un. Mientras que Japón mantiene una tensa relación con Rusia desde 1945 debido a los territorios del Norte o las Islas Kuriles, que fueron ocupadas por los soviéticos.  A pesar de la reciente visita de Putin a Japón, las relaciones entre ambos podrán mejorar en el plano económico, pero seguirán tensas hasta que no se establezca un acuerdo sobre las Islas.

Estados Unidos ha mantenido y liderado hasta ahora relaciones estratégicas con Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Australia, y Taiwán. Pero estos países entre si no tienen ningún tipo de plan militar conjunto, de reacción en contra del expansionismo chino en la región. O de otros potenciales peligros, como el terrorismo internacional. Este escenario podría ser aprovechado por Japón, para ganar espacio, que, hasta ahora, han sido exclusivamente de Estados Unidos, y ejercer mayor influencia regional. Incluso global, financiando programas humanitarios o de defensa, consiguiendo un mayor protagonismo debido al espacio que deja la personificación del sueño americano, tal y como Mister Trump define la carrera de Tillerson, que más que perpetuar su influencia mundial, parece apuntar a generar negocios que traigan fortuna y riqueza a la sociedad estadunidense.

Interregnum: Regionalismo en Asia y Europa

De manera un tanto paradójica, mientras se avanza hacia una creciente regionalización del sistema internacional, los dos procesos regionalistas de referencia—la Unión Europea y la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN)—viven un incierto momento de transición. En un año de conmemoración, ambas organizaciones deben demostrar su cohesión frente a los múltiples desafíos internos que afrontan, y redefinir su papel como actores internacionales en un entorno transformado por la irrupción de un nuevo equilibrio entre las grandes potencias.

            No resulta necesario insistir en las crisis simultáneas que atraviesa la Unión Europea. Del euro a los refugiados, del populismo al resurgir nacionalista, por primera vez en su historia el proyecto europeo se encuentra frente al riesgo de su fragmentación (ya anticipado por el Brexit). Al cumplirse en 2017 los 60 años del tratado de Roma, se esperan con interés las propuestas sobre la Unión del futuro que presentará el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, en marzo. Pero la viabilidad de esas ideas, y el consenso que requerirá su ejecución, dependerán de que los resultados de las elecciones en Francia y Alemania permitan redinamizar la integración. Una buena noticia es que el Brexit ha revelado a muchos el coste de quedarse fuera de Europa, y los sondeos de opinión indican un aumento del sentimiento a favor de la UE en numerosos Estados miembros desde el pasado mes de junio. Con todo, el escenario internacional complica los desafíos de la Unión. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y su aparente intención de reconciliarse con Vladimir Putin, crean un dilema estratégico para Europa, que puede ser también, no obstante, una oportunidad. Además de la necesidad de plantearse en serio la Europa de la defensa, el desplazamiento del poder mundial hacia Asia requieren un mayor activismo con respecto a China—la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda de Pekín es, después de todo, un instrumento para integrarse con el mercado europeo—, así como con su interlocutor natural en Asia: la ASEAN.

            Esta última celebra en 2017 sus 50 años de vida. Pese a sus innegables avances—entre ellos el lanzamiento formal, en diciembre de 2015, de la Comunidad de la ASEAN—, las dificultades se multiplican. Planes no faltan, pero la cuestión es cómo hacer realidad su estrategia Vision 2025 ante la falta de ambición compartida de sus miembros y la divergencia de sus economías (el grupo incluye a algunos de los países más ricos—Singapur, Brunei—y más pobres—Camboya, Laos—del planeta). El desinterés de Indonesia como gigante de la subregión por liderar el bloque, al estar volcada en su agenda interna, tampoco facilita el impulso del proyecto. Pero son también los factores internacionales los que determinarán en gran medida la evolución de la ASEAN en este año de aniversarios. El giro producido en los últimos meses hacia Pekín por parte de Tailandia, Malasia y Filipinas, que se suman así a Laos y Camboya, supone un duro golpe a la coherencia de una organización que se convirtió en elemento central de la estrategia hacia Asia de la administración Obama. La política de Trump puede acelerar la dependencia del sureste asiático de China, poniendo en duda la autonomía, y por tanto la misión, de la ASEAN.

La UE y la ASEAN comparten pues un año decisivo para su futuro. La  supervivencia de ambas parece asegurada, aunque tendrán que ajustarse a un nuevo entorno y reconsiderar su futuro. Las dos organizaciones deberán reforzar las bases de su legitimidad interna, y establecer al mismo tiempo unos nuevos principios en sus relaciones con Estados Unidos, China y Rusia. Si, como parece posible, Washington abandona su tradicional presencia en Asia, surge también una oportunidad para que las dos principales iniciativas regionalistas del mundo incrementen su cooperación.

Los rumores sobre la muerte del trabajo son exagerados

La aseguradora japonesa Fukoku Mutual Life ha empezado a automatizar su servicio de reclamaciones. Watson, el superordenador de IBM, se encargará a partir de ahora de examinar los partes hospitalarios y determinar qué indemnización corresponde a cada cliente. La firma calcula que la implantación del sistema le costará 1,7 millones de dólares. Además, deberá pagar otros 128.000 al año por el mantenimiento, pero se ahorrará cada ejercicio 1,1 millones en nóminas e impulsará el 30% su productividad.

Esta y otras noticias similares han reavivado los anuncios de un apocalipsis laboral. “Cada día vemos cómo diferentes máquinas sustituyen a asalariados que hasta hace poco se sentían muy seguros, de modo que la inquietud […] hiela las espaldas de la gente más preparada”, editorializa El País. Y concluye que “está claro” que no va a haber empleo para todos.

No digo que no vaya a ser así en el futuro, pero hasta ahora los rumores sobre la muerte del trabajo han resultado exagerados. La población ocupada no ha dejado de crecer en lo que llevamos de siglo, ni parece que vaya a dejar de hacerlo en un plazo inmediato, como reflejan estas barritas del Banco Mundial.

Podrá objetarse que este gráfico es un cajón de sastre en el que se han metido todo tipo de naciones, incluidas las mucho más intensivas en mano de obra del Tercer Mundo, pero Maximilliano A. Dvorkin y Hannah Shell llegan a la misma conclusión cuando comparan la marcha del empleo en ocho economías avanzadas.

Aunque las curvas sufren sus altibajos, en ningún caso abonan la tesis de un declive que “hiela las espaldas”. A pesar del aumento de la población activa (impulsada por la incorporación de la mujer al mercado), la proporción de personas que trabajan se mantiene por encima de los niveles de los años 70 en todos los países, y en algunos incluso ha experimentado un progreso notable, como Japón, Alemania y, sobre todo, España. ¿Cómo es posible? ¿No realizan los robots muchas tareas de las que antes nos encargábamos los humanos? Esto es especialmente cierto en la agricultura o la industria textil. Si resucitáramos a un economista del siglo XIX y le explicáramos que el 2% de los estadounidenses producía hoy todos los alimentos y el 1% toda la ropa, se llevaría las manos a la cabeza. “¿Y qué hace la gente?”, diría.

La respuesta son nuevos artículos y servicios. De las 10 mayores fortunas del planeta, cinco se han labrado en actividades que no existían hace 40 años. Usted igual no nota el ahorro que comporta disponer de teléfonos, viajes o coches más baratos, pero la renta liberada por esa ganancia de productividad se acumula en el sistema financiero y acaba invertida en los proyectos de millones de emprendedores que se afanan por ser los próximos Steve Jobs y Elon Musk.

¿Y no llegará un momento en que este proceso se agote y no queden más cosas que fabricar y comprar? Una vez más, no digo que no vaya a ser así en el futuro, pero la experiencia revela que, por mucho dinero que tengamos, de momento siempre nos las hemos arreglado para encontrar algo en qué gastarlo: una piscina, un yate, un avión…

Putin-Trump, los riesgos de un eje emergente

Las últimas decisiones de la Administración Obama expulsando a oficiales de Inteligencia y diplomáticos rusos acusados de interferir en las elecciones presidenciales recientes, y las reacciones respectivas de Putin y de Trump, parecen visualizar lo que Trump ha venido anunciando de reformular las relaciones con Rusia en un escenario que ambos presidentes parecen ver de un modo similar, además de abrir una crisis con pocos precedentes entre el inminente inquilino de la Casa Blanca y los servicios de Inteligencia de los Estados Unidos.

 

No se trata en realidad de que Trump y Putin vayan a aliarse más allá de ponerse de acuerdo en el desacuerdo. Ambos ven el mundo como un campo donde defender los intereses nacionales de sus países tal como ellos los entienden y, a la vez, ambos responden a impulsos nacionalistas sobre los que han asentado su popularidad. Pero ese acuerdo sobre el desacuerdo, que puede llevar a un nuevo reparto de esferas de influencia, puede ser una mala noticia para Europa, para una Europa que lleva décadas renunciando a jugar colectivamente en una esfera de influencia limitándose algunos de los países con más tradición imperial a jugar a su modo en la más vieja tradición.

 

Putin ha aprovechado de manera magistral, despiadada y sin complejos las oportunidades que le ha brindado una Europa paralizada y una administración Obama contradictoria y renuente. Y con esa ventaja adquirida va a fijar sus relaciones con un Trump que quiere unos EEUU más individualistas, más proteccionistas y más unilaterales. Es decir, lo que a Putin le viene mejor. Ese es el riesgo.

Asia y el aumento de la desigualdad

Durante largos años, los investigadores Branko Milanovic y Christoph Lakner recopilaron pacientemente las encuestas de presupuestos familiares de un centenar largo de servicios nacionales de estadística y resumieron la información en un gráfico. En el eje horizontal dispusieron a la población mundial ordenada por renta y, en el vertical, lo que había variado la riqueza de cada percentil. El resultado es una curva con forma de elefante que muchos activistas han enarbolado como prueba de que la globalización ha abierto una brecha insalvable en Occidente.

Efectivamente, mientras entre 1988 y 2008 el 1% más rico (la trompa) aumentó un 60% sus ingresos, en los percentiles 75 a 90 (que en teoría corresponden a las clases medias europea y estadounidense) apenas hubo variación. Este dispar comportamiento explicaría muchas de las cosas que estamos viendo. “Piense en Donald Trump”, se lee en el último libro de Milanovic. “Piense en el nacionalismo. Piense en el brexit”.

El problema de este razonamiento es que se apoya en una ficción estadística. Como explica el economista de la Resolution Foundation Adam Corlett en Examining an elephant, el gráfico compara cómo se reparte la renta entre los hogares del planeta en dos momentos dados, no cómo les ha ido a esos hogares concretos. Quienes ocupan los distintos percentiles en 2008 no son los mismos que los ocupaban en 1988. Ni siquiera comparten nacionalidad.

De hecho, como no tenían datos de todo el mundo, Milanovic y Lakner usaron listas de países distintas en cada año. Cuando el cotejo se ciñe a aquellos de los que había información para 1988 y para 2008, se obtiene un elefante levemente distinto, con una trompa más corta, es decir, con ricos menos ricos.

Este fenómeno se agudiza si se tiene en cuenta además que la población global no evolucionó uniformemente en esas dos décadas. Creció más en Asia, donde hay más pobres, lo que redujo la renta media del planeta y mejoró por tanto la situación relativa de los ricos. Ocurrió algo parecido con la ampliación al este. El 30 de abril de 2004, en vísperas de que ingresaran en la UE Chipre, Malta y otros ocho miembros del antiguo bloque soviético, el PIB per cápita español suponía el 90% del europeo. Un día después había saltado al 99%. ¿Éramos de verdad nueve puntos más ricos? No. Se trataba de una ilusión contable. Es como cuando en el ejército pedían un voluntario, los veteranos se echaban atrás como un solo hombre y el pobre novato que no se había movido del sitio parecía que había dado un paso al frente.

Parte del avance de los ricos del mundo desde 1988 es consecuencia también de esta distorsión y, para neutralizarla, Corlett compara poblaciones constantes. El resultado es un elefante con mucho más lomo y bastante menos trompa.

Pero aún queda un último ajuste. La distribución de la riqueza está muy afectada por el colapso comunista. China y la URSS eran uniformemente pobres antes y ahora se han sumado al próspero, pero más desigual, universo capitalista. ¿Qué proporción de las diferencias mundiales es atribuible a esta transición? Parece que bastante. Cuando se excluye del cálculo a estas dos regiones (y a Japón, cuyos datos no son fiables, según Corlett), la curva de Milanovic y Lakner se vuelve prácticamente plana. La insalvable brecha que se ha abierto en Occidente no lo parece ya tanto.

“Empleando los mismos datos que hay detrás del elefante”, escribe Corlett, “sería incorrecto sostener que los ingresos de las clases baja y media del Primer Mundo se han estancado”. Y concluye: “Como siempre en economía, la historia es mucho más complicada”.

Interregnum: India, más allá del statu quo

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha creado la expectativa de un cambio en las relaciones de Estados Unidos con Rusia y con China. Mayor estabilidad cabe esperar en la asociación estratégica con India, puesta en marcha durante la administración de George W. Bush y reforzada por Barack Obama. Como mayor democracia del mundo, el ascenso de India no plantea el tipo de desafíos geopolíticos que representan Pekín o Moscú. Su papel como elemento del equilibrio global será por ello cada vez más importante.

Pese a la imagen de una diplomacia pasiva y de bajo perfil, lo cierto es que Delhi ha asumido un creciente proactivismo en los últimos años. A la lógica ambición derivada de su peso demográfico y económico se ha sumado, desde 2014, un primer ministro que ha hecho de la política exterior una de sus grandes prioridades. Narendra Modi ha entendido que el principal imperativo indio—su transformación económica y social—es inseparable de su integración en la economía global. Las bases de esta mayor proyección de India ya fueron establecidas, sin embargo, por sus antecesores, Manmohan Singh y Atal Bihari Vajpayee, quienes realizaron cambios significativos en la agenda diplomática del país.

Cuáles fueron esos cambios y sus motivaciones lo explica Shivshankar Menon en su reciente libro, titulado Choices: Inside the making of India’s foreign policy (Brookings Institution Press, 2016). Diplomático de carrera, Menon fue sucesivamente embajador en China, ministro de Asuntos Exteriores y Asesor de Seguridad Nacional durante aquellos gobiernos que, decididos a superar las limitaciones del legado nehruviano que había caracterizado la política exterior india desde la independencia, comenzaron a dar forma a un nuevo equilibrio en su entorno exterior. En su detallado análisis de cinco cuestiones en las que intervino de manera directa—el acuerdo nuclear con Estados Unidos, las negociaciones fronterizas con China, Pakistán y el desafío terrorista, la intervención en Sri Lanka, y la doctrina nuclear india—Menon no sólo ofrece una brillante explicación sobre los intereses y objetivos estratégicos indios. Su libro proporciona, al mismo tiempo, una útil reflexión sobre cómo negocian las grandes potencias en el mundo contemporáneo, y sobre las claves del éxito de una posición diplomática cuando las opciones se despliegan en un mundo de grises, más que de blancos y negros. Dos destacan entre ellas: el liderazgo de los primeros ministros, y la construcción de un consenso interno. Una más que recomendable guía, en suma, para entender una de las grandes potencias del futuro, así como algunas de las variables que continuarán definiendo el escenario internacional a lo largo de 2017.