INTERREGNUM: El momento de Eurasia. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de su cumbre anual—celebrada en la capital de Kazajstán, Astana—, se formalizó la adhesión de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Tras su ampliación, la OCS suma casi 3.500 millones de habitantes—la mitad de la población mundial—, y más del 25 por cien del PIB global (en términos de paridad de poder adquisitivo, la cifra sería mucho mayor). La organización aparece así como pilar central de la arquitectura euroasiática, aunque su expansión no resuelve la debilidad de sus estructuras ni la competencia entre sus miembros.

Sucesora del “Shanghai Five”, grupo que nació para delimitar y desmilitarizar las fronteras de Asia Central tras el fin de la guerra fría, la OCS fue puesta en marcha por China y Rusia en 2001—junto a Kazajstán, Kirguistán, Tajikistán y Uzbekistán—para afrontar el desafío representado por lo que Pekín denomina como “los tres males”: el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Pese a este origen vinculado a las cuestiones de seguridad, China se ha esforzado por dinamizar la agenda económica de la organización y dejar en manos de Moscú los asuntos de defensa. Pekín trataba de mitigar el temor ruso a su creciente influencia en la región, pero el rápido ascenso de la República Popular durante la última década no ha hecho sino exacerbar la inquietud del Kremlin. Moscú no ha dudado en bloquear iniciativas chinas, como la creación de un banco de desarrollo o el establecimiento de un área de libre comercio entre los miembros de la OCS.

También Rusia ha sido el gran impulsor de la incorporación de India. La estrecha relación que han mantenido desde los años sesenta Moscú y Delhi podría ser, para Putin, un elemento de equilibrio con respecto a China. Aunque las economías de Rusia e India suman juntas menos de un tercio del PIB chino, su peso militar conjunto sí puede servir de contrapeso de Pekín. En el contexto de las sanciones occidentales a Rusia, Moscú se ha visto obligado a seguir una política de acercamiento a China, y Putin ha hecho hincapié en vincular su proyecto de Unión Económica Euroasiática con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda que propone Pekín, de la que no puede permitirse quedar aislado. El presidente ruso sabe bien, sin embargo, que India rechaza el proyecto chino: para Delhi se trata de un instrumento de Pekín para proyectar su influencia en Asia meridional y el océano Índico.

El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) enfrenta en particular a los dos gigantes asiáticos: el gobierno de Narendra Modi teme que Islamabad—cuya adhesión a la OCS reclamó Pekín tras proponer Rusia la de India—quiera aprovechar su incorporación para internacionalizar la cuestión de Cachemira, provincia que atraviesa el corredor. India, por otra parte, intenta desarrollar sus propias alternativas de interconectividad, como el puerto de Chabahar en Irán, o el Corredor Internacional de Transportes Norte-Sur (INSTC), en el que participa junto a Rusia e Irán.

Parece inevitable pues que la integración de India y Pakistán transforme la agenda de la organización. Pekín necesita un entorno de estabilidad en el subcontinente indio para poder implementar la Nueva Ruta de la Seda, y promueve como seña de identidad de la OCS lo que define como “espíritu de Shanghai”: “confianza mutua, beneficio mutuo, igualdad, diálogo, respeto a las diversas civilizaciones y búsqueda del desarrollo compartido”. Se subraya por ello que su pertenencia común a la organización contribuirá a mitigar las diferencias entre India y Pakistán, facilitando su cooperación con el resto de miembros contra el terrorismo transfronterizo y a favor del desarrollo económico. El tiempo dirá, pero a priori no parece que la cohesión interna de la OCS vaya a ser fácil de mantener.

Los objetivos de Moscú y Pekín son incompatibles a largo plazo, al perseguir cada uno de ellos cosas distintas a través de la institución. Aunque China necesita a India para la Nueva Ruta de la Seda, no cuenta con su apoyo sino con una desconfianza en aumento. India y Pakistán disponen de una nueva plataforma multilateral en la que teóricamente poder minimizar sus divergencias, pero no está claro que la OCS pueda servir para ese fin. Los obstáculos son numerosos como se ve. No obstante, la expansión del bloque refleja la formación de un espacio geopolítico con enorme potencial, en el que Asia meridional se suma a Asia central. La mera inclusión de China e India, dos países que suman el 40 por cien de la población mundial, y que serán las dos mayores economías hacia mediados de siglo, da forma institucional a una Eurasia llamada a convertirse—un siglo después de que el británico Halford Mackinder teorizara sobre el mismo—en el centro del orden mundial.

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