INTERREGNUM: Infraestructuras alternativas. Fernando Delage

Hace un par de semanas, un anónimo alto funcionario norteamericano declaró a la Australian Financial Review que Estados Unidos, junto a Japón, India y Australia, estaba dando forma a un plan conjunto de inversiones en infraestructuras como alternativa a la Ruta de la Seda china. No se mencionaba ningún plazo: sólo que estaba en estudio, pero no suficientemente elaborado como para que el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, pudiera tratarlo con el presidente Trump en su reciente visita a Washington.

La cooperación entre los cuatro países mencionados ha adquirido un nuevo impulso, como se sabe. En noviembre, sus ministros de Asuntos Exteriores se reunieron en Manila para resucitar el “Quad”, el Diálogo de Seguridad Cuatrilateral propuesto originalmente por el primer ministro japonés, Shinzo Abe, en 2007. Era cuestión de tiempo que, frente a una China más ambiciosa y con mayores capacidades, las grandes democracias de la región combinaran sus esfuerzos a favor del mantenimiento del statu quo. La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, hecha pública en diciembre, y la posterior Estrategia de Defensa del Pentágono, denominan de manera explícita a la República Popular como una “potencia revisionista” que recurre a la Ruta de la Seda como instrumento preferente para conseguir sus objetivos de reconfiguración del orden regional. También describen oficialmente la región como “Indo-Pacífico”, haciendo así hincapié en la interconexión entre ambos océanos y en el creciente papel de India.

No había constancia, sin embargo, de que el diálogo entre los cuatro gobiernos en materia de seguridad estuviera acompañado por una discusión similar en el terreno de las infraestructuras. En mayo de 2015, Japón ya anunció la puesta en marcha de una “Partnership for Quality Infrastructure”; un programa dotado con 110.000 millones de dólares para apoyar la financiación de proyectos en función de su rentabilidad a largo plazo, creación de empleo y sostenibilidad medioambiental. Dos años más tarde, en una iniciativa conjunta con India, Tokio presentó el “Corredor de Crecimiento Asia-África”, dotado con otros 200.000 millones de dólares. Pero que Australia y, sobre todo, Estados Unidos, reconozcan la prioridad de jugar las mismas cartas que Pekín con respecto a las redes de infraestructuras de Eurasia es toda una novedad.

Como cabía esperar, Pekín ha denunciado la iniciativa, al interpretarla—acertadamente—como dirigida a contrarrestar su creciente influencia en la región. Analistas y expertos chinos son escépticos, sin embargo, sobre la viabilidad de estos planes. La dinámica política interna en Japón, India y Australia limita las posibilidades de una estrategia de confrontación con China, mientras que se duda de que Estados Unidos esté dispuesto a dedicar al proyecto los recursos financieros que requiere. En cualquier caso, aunque aún faltan muchos detalles por conocer, una respuesta multilateral a la Ruta de la Seda china comienza a tomar forma. La ironía es que la integración económica del espacio euroasiático puede ser un interés perfectamente compartido por todas las partes.

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