Interregnum: Improvisación vs estrategia

Lejos de acabarse, la Historia se acelera en nuestros días, anticipando un mundo muy diferente del conocido en las últimas décadas. Pero mientras unos demuestran una enorme prisa por desmantelar prácticas e instituciones, y firman órdenes y decretos sin pensar en sus consecuencias, otros continúan construyendo paso a paso un orden a su favor. Tal es la diferencia entre quienes actúan movidos por reacciones impulsivas, y quienes avanzan en la ejecución de una estrategia diseñada a largo plazo; lo que separa, por ejemplo, al presidente de Estados Unidos de los líderes chinos.
Como prometió, Trump ha hecho oficial el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por parte norteamericana, una medida que—pese a su anuncio previo—ha provocado el estupor de sus aliados en Asia. Al mismo tiempo, el secretario de Estado, Rex Tillerson, declaró durante su confirmación ante el Senado que no se permitirá a China el acceso a las islas del mar de China Meridional. Si alguien no daba crédito y pensaba que se trataba de un error—lo dijo sin notas delante y tras cinco horas de comparecencia—, el jefe de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, corrigió las dudas al reiterar el mismo mensaje pocos días después.
La confrontación con China, de manera paralela a un acercamiento a Moscú, se revela como una idea fija del presidente Trump. Pero decisiones y declaraciones de este tipo revelan un profundo desconocimiento de las realidades de la región. Alguien tan poco sospechoso de antiamericanismo—y tan buen conocedor de la dinámica geopolítica en curso—como el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, ya advirtió el año pasado que la renuncia al TPP supondría el fin de la influencia norteamericana en Asia. Después de cinco años de esfuerzos diplomáticos, Washington no sólo renuncia a un instrumento que le hubiera asegurado un papel decisivo en el centro de gravedad económico del planeta, sino que ha dañado la credibilidad de Estados Unidos entre sus socios de manera quizá irreversible. Aun calibrando otras opciones, los Estados asiáticos se verán ahora obligados a orientarse hacia la economía china, facilitando a Pekín la consolidación del espacio que ambiciona como potencia central en el continente.
Impedir a China, por otra parte, las tareas de construcción en las islas Spratly o su acceso a las mismas, es algo que Washington solo puede hacer mediante un bloqueo y el potencial uso de la fuerza. Lo que sería, al tratarse de aguas internacionales, un acto de guerra. La aparente renuncia por parte de la administración Trump a la política de “una sola China”, y la declarada intención de dotar a la armada de Estados Unidos con un total de 350 buques (frente a los 272 actuales), tampoco son medidas orientadas a crear un clima de estabilidad.
¿Es así como espera Trump obtener una posición de fuerza desde la que negociar con Pekín? El nuevo inquilino de la Casa Blanca parece ignorar que hay asuntos sobre los que los líderes chinos jamás cederán, por lo que puede provocar una grave espiral de tensión. No faltarán las interpretaciones sobre un juego sutil por parte de Trump, quien buscaría despistar sobre sus últimas intenciones, pero recordemos que Sun Tzu era chino, no americano. Mientras Trump y sus asesores se verán obligados a adaptar sus pretensiones a la realidad, Pekín seguirá avanzando conforme a su plan. Si en Davos el presidente Xi Jinping asumió el manto del liderazgo de la globalización, abandonado por Estados Unidos, sólo unos días antes—el 11 de enero—hizo público Pekín el primer Libro Blanco sobre su estrategia de seguridad en Asia. Washington interpreta—correctamente—que la transformación del equilibrio económico y geopolítico en la región no le resulta favorable. Pero, más que frenar estas fuerzas, Trump puede ahora acelerarlas.

Nuevo escenario: China se lo piensa

Desde detrás de las bambalinas, China está observando, con no menor perplejidad que Occidente, el impacto del factor Trump y sus iniciativas en todo el planeta. ¿Qué ve? En primer lugar, que al acuerdo de libre comercio para su zona estratégica, que excluía a China porque aunque Pekín defiende el libre comercio hacia el exterior no permite el libre mercado en su interior, está a punto de fallecer. En segundo lugar, que la política de proteccionismo de Estados Unidos le deja un campo más amplio de acción en África y en Iberoamérica, y, en tercer lugar, que las relaciones entre Estados Unidos y Europa se resquebrajan creando oportunidades para las maniobras de Rusia y otros países.
En ese escenario, el gobierno de Pekín está maniobrando para definir una estrategia que le haga aumentar su protagonismo y fortalecer sus intereses nacionales. Así, va a tantear la posibilidad de establecer acuerdos con los países que integraban el tratado que Estados Unidos quiere abandonar, va a presionar para que le reconozcan sus derechos en el Mar de China mientras acelera  el fortalecimiento de su flota armada, y va a cuidar mucho de que no se dañe su recobrada relación con Rusia.
¿Y Europa? De momento está en shock. Es decir, sigue. El factor Trump ha encontrado a la Unión Europea en una parálisis de definición de décadas y en medio de un aumento del populismo en un año de elecciones. En este marco, Rusia aparece como el vecino fuerte que sabe lo que quiere, que está dispuesto a lograrlo y que, además, buenas o malas, tiene una estrategia para las zonas donde el conflicto puede repercutir en la estabilidad europea y mundial.
Las acciones de Putin suben, Trump espera un acuerdo con él para pactar intereses mutuos, Europa sigue reflexionando y China gana protagonismo. En este escenario, por inestable, ganan protagonismo indirectamente los países que en un tiempo Estados Unidos calificó de canallas. Ni Donald Trump, o tal vez especialmente él, sabe qué hay detrás de la puerta que está abriendo.

Proteccionismo sin fronteras: el oxímoron de Trump

A tenor de los últimos acontecimientos políticos, económicos y militares parecería que se van a producir cambios significativos en el orden mundial. Sin embargo, es frecuente que estas expectativas se queden en modificaciones mediáticas orientadas a legitimar el ascenso de nuevos gobernantes que, posteriormente, recuperan buena parte de las políticas anteriores ante la constatación de una tozuda realidad exterior y las presiones internas.

Este podría ser el caso de D. Trump, cuyas primeras decisiones deberían interpretarse como una suerte de ingenuidad ante el orden internacional establecido y la necesidad de corresponder a las expectativas de sus votantes.  Por ello, es de esperar que tras un primer golpe de mano nacionalista, necesario para conciliar sus acciones con su retórica, se retomen muchas de las iniciativas que ahora se están abandonando.

Aunque no hay que olvidar que el resurgimiento de este populismo, abanderado del discurso proteccionista y aislacionista como remedio para todos los males, tienen en su origen a una China que no juega conforme a las reglas establecidas, defraudando la confianza internacional otorgada en 2001 mediante su entrada en la OMC. La aplicación de unos estándares laborales y medioambientales mucho menos exigentes que los occidentales, la falta de reciprocidad para garantizar las inversiones extranjeras en el país asiático, o el respaldo de las autoridades chinas a las grandes empresas del país, han constituido una competencia desleal con sus contrapartes americanos y europeos. Aunque esto es solo una parte de la historia, porque no hay que olvidar que las empresas estadounidenses se han servido de esta laxitud en los estándares chinos para deslocalizar su producción, aumentando así sus beneficios y su competitividad.

En cualquier caso, pese al empleo de métodos poco ortodoxos desde nuestro prisma occidental, China ha logrado un rápido ascenso económico, una mayor influencia política internacional y una creciente asertividad militar que la han convertido en el enemigo perfecto para el discurso nacionalista de D. Trump, responsabilizándola de la pérdida de puestos de trabajo y capacidad industrial en el país norteamericano.

Sin embargo, ni China es el enemigo a batir, ni el nacionalismo el camino para salvar la hegemonía occidental. Más bien al contrario, puesto que esta estrategia solo propicia que el gigante asiático utilice su musculo financiero y su creciente influencia política para promover la creación de organismos multilaterales en los que, de inicio ya tiene la cuota de representación que se le niega sistemáticamente en las instituciones globales existentes. A la vista de este fenómeno, habría que replantearse si no sería más inteligente otorgarle ese “aumento” de protagonismo dentro de los organismos establecidos para favorecer su integración en los mismos y poder seguir jugando “en casa” y con “nuestras reglas”.

Que el nacionalismo no es el camino a seguir en un mundo global e interdependiente parece bastante obvio desde un punto de vista analítico y reflexivo, aunque es innegable que funciona como herramienta electoral ya que permite simplificar los problemas y proyectarlos en un enemigo común que encarne los males que afligen a los ciudadanos.

La gran paradoja que encontramos en la coyuntura actual es que EEUU y China parecen más complementarios que nunca, y bien podría parecer que están buscando intercambiar sus papeles en el mundo. Mientras que el primero aboga por el proteccionismo, la reducción de su protagonismo internacional y militar, y la ruptura de su compromiso medioambiental, el segundo, defiende el libre comercio “con características chinas”, busca mayor presencia internacional a nivel político y militar, y ha formalizado por primera vez su compromiso para luchar contra el cambio climático.

En este sentido, debemos enfrentar el oxímoron que supone que EEUU trate de recuperar su industria en un momento en el que China pretende justo lo contrario, deslocalizar su producción a los países del sudeste asiático para avanzar en la cadena de valor hacia un modelo de corte occidental, basado en el sector servicios y el consumo interno.

Pero, al contrario que EEUU, Pekín si parece ser consciente que este “ascenso” en el sistema productivo tiene su talón de Aquiles en la pérdida de puestos de trabajo. Por ello, han puesto en marcha una serie de reformas que, entre otras cosas, reduzcan el impacto negativo del desempleo, evitando así una potencial crisis social. En cambio, Trump promulga consignas que evocan mejores tiempos pasados pero que en la realidad implican dar un paso atrás que, en el mejor de los casos, solo servirá para coger impulso y dar luego dos hacia delante.

Tampoco parece razonable que pueda sostenerse en el tiempo una política comercial aislacionista en un mundo global e interdependiente donde la tendencia clara es justo la contraria. Así, la salida del TPP recientemente firmada por Trump profundizará en la perdida de liderazgo e influencia que EEUU está sufriendo en Asía Pacífico, donde la mayoría de los países de la región ya se han alineado con China. Además, Pekín aprovechará la ocasión para impulsar su acuerdo de integración comercial (RCEP) ante la necesidad que existe en la zona de mejorar este tipo de intercambios. En este mismo sentido, la anunciada reducción de su presencia militar en la región permitiría a Pekín reforzar su influencia y control sobre sus vecinos, así como mantener la actual asertividad en sus reclamaciones del mar Meridional y del Este de China.

Por tanto, China no es el enemigo a batir, sino la resistencia al cambio del pueblo estadounidense, que se muestra reticente a explorar el nuevo eslabón dentro de la cadena de valor global, y que bien podría fundamentarse en maximizar la innovación y el talento para esgrimirlos como mecanismo de competencia que aumente la brecha tecnológica entre oriente y occidente. Y si se quiere aderezar con una pequeña dosis de proteccionismo con “características estadounidenses”, este debería ser selectivo en la búsqueda de reciprocidad.

Este aparente paso atrás de Donald Trump, que permitirá a Pekin dar dos pasos hacia delante, tendrá sus mayores detractores entre los grupos de poder empresarial y armamentístico estadounidenses, responsables de la deslocalización industrial y principales suministradores del ejercito, y que son especialmente influyentes en el partido republicano.

Por tanto, desde una óptica global, no tiene sentido que EEUU mantenga una política a medio y largo plazo basada en el proteccionismo y la rebaja de la presencia internacional, y es de esperar que, una vez agotado el efecto placebo del nacionalismo, se recuperen tanto los acuerdos de libre comercio que ahora se están rechazando, como la iniciativa para mantener su influencia global, especialmente en Asia Pacífico, que se intuye como la zona de mayor proyección socioeconómica a nivel mundial.

¿Cómo diablos ha acabado China siendo la campeona del libre comercio?

“Perseguir el proteccionismo es como encerrarse en una habitación oscura, donde el viento y la lluvia pueden quedarse fuera, pero también la luz y el aire”, proclamó líricamente el presidente Xi Jinping en la ceremonia inaugural de la cumbre de Davos. Para el enviado del New York Times, Peter Goodman, el discurso estuvo “plagado de tópicos, metáforas retorcidas y referencias literarias”, pero encerraba un “mensaje sorprendente”: Pekín es el nuevo paladín de la libertad de comercio.

No parece que Xi sea la persona más adecuada para defender la libertad de nada. “Bajo su dirección”, observa Goodman, “el Partido Comunista ha reprimido duramente el activismo social, ha multiplicado las trabas en internet y ha encarcelado a docenas de abogados que intentaban […] defender los derechos de sus conciudadanos”. Xi también “ha enviado buques de guerra a las islas en disputa del mar de China Meridional” y, a través de un importante magistrado, acaba de reiterar que la idea de un poder judicial autónomo es “absolutamente rechazable”.

Pero es justamente su carácter autoritario lo que le permite afrontar sin pestañear la globalización, porque esta entraña concesiones que no son siempre bien recibidas por el electorado. Es el ineludible trilema que Dani Rodrik enunció en 2000: “Democracia, soberanía nacional e integración económica no son compatibles. Podemos escoger dos de las tres, pero no todas a la vez”.

El Brexit ha sido fruto de esta tensión. Los ingleses han decidido irse de la Unión porque creen que han cedido demasiado y quieren recuperar el control de sus leyes, que ya “no se harán en Bruselas, sino en Westminster”, como ha explicado Theresa May.

Y en Estados Unidos la deslocalización ha generado una bolsa de ciudadanos indignados lo bastante amplia como para aupar a un furibundo proteccionista como Donald Trump a la Casa Blanca.

No se trata de un fenómeno nuevo. La primera gran globalización, la de la Belle Époque, funcionó porque no había sufragio universal. El patrón oro, que fue el acelerante de aquella explosión comercial, requería retirar periódicamente billetes de la circulación, lo que se traducía en dolorosas crisis, con su secuela de rebajas salariales y paro. Mientras las víctimas de aquellas deflaciones carecieron de voz, los Gobiernos pudieron acometer los ajustes, pero tras la Primera Guerra Mundial el voto se generalizó en Occidente y mantener la paridad con el oro se volvió políticamente insostenible.

Como los monarcas de la Europa victoriana, Xi puede ignorar a buena parte de su ciudadanía y muchos en Davos lo consideran una bendición, porque la globalización podrá seguir en marcha. Pero la sustitución de Washington por Pekín no es irrelevante. Por irritante que nos pueda resultar la hegemonía de Estados Unidos, se ha verificado con arreglo a normas objetivas. China, por el contrario, no suele anteponer el derecho a sus intereses. “A menudo ha mostrado su disposición a emplear el comercio como un bastón”, recuerda la agencia AFP. La exportación de salmón noruego se hundió a raíz de que el Instituto Nobel concediera el Premio de la Paz al disidente Liu Xiaobo y las estrellas coreanas del pop han visto cómo sus actuaciones se cancelaban después de que Seúl anunciara el despliegue de un sistema de defensa de misiles.

El proteccionismo es seguramente una habitación oscura, como sostiene Xi, pero la alternativa que nos ofrece tampoco tiene pinta de ir a ser muy soleada.

Interregnum: De Davos a Washington

En una misma semana, los dos principales líderes políticos del planeta se han dirigido al mundo, exponiendo filosofías radicalmente opuestas. En Washington, el 20 de enero, Donald J. Trump tomó posesión de su cargo como presidente de Estados Unidos, aunque parecía más bien un candidato todavía en campaña. Su discurso, plano y simplista, reflejó cuando menos la coherencia de sus conceptos (¿impulsos?) políticos. Sus objetivos económicos y diplomáticos parecen claros: para recuperar su grandeza—en su opinión, perdida—, Estados Unidos debe abandonar los principios que han guiado su política exterior durante los últimos 70 años.

El nuevo líder del país que creó la globalización defiende el regreso al proteccionismo como solución frente a las imparables interdependencia global y revolución tecnológica. El presidente de la nación que—después de dos guerras mundiales—, dio forma a un sistema multilateral y a una red de alianzas que previnieran nuevos conflictos, califica a ese orden como “obsoleto” y sitúa a algunos de sus principales aliados en la misma categoría que ese genuino enemigo de la estabilidad llamado Vladimir Putin. El líder del mundo libre, por último, no tiene interés alguno en defender principios y valores democráticos; prefiere entenderse con esos líderes “fuertes”—si son autoritarios no importa—a los que dice admirar.

Quizá no lo sepa aún, pero Trump puede llevarse una gran decepción: es probable que las realidades cambien al presidente norteamericano, más que éste al mundo. No obstante, cuando se dé cuenta, sus decisiones podrán haber contribuido a dar forma a un sistema internacional ya irreversible, en el que la posición de Estados Unidos podrá ser la contraria de la que él pretende recuperar. Quien le suceda en la Casa Blanca tendrá una tarea aún mayor de la que heredó Barack Obama para deshacer los graves errores de su antecesor.

Nada ilustra mejor este contexto que la intervención en Davos, tres días antes de la toma de posesión de Trump, del presidente chino, Xi Jinping. Fue el líder de un régimen comunista quien, ante la elite empresarial y financiera global, defendió la libertad y apertura económicas, y quien se comprometió a liderar la lucha contra el cambio climático. China aparece como defensora de la globalización y del sistema internacional cuando Trump amenaza con desmantelarlos.

¿Es el mundo al revés? ¿O es una nueva confirmación del desplazamiento del poder mundial hacia Asia? La China comunista ya contribuyó a salvar al capitalismo de la crisis financiera global de 2007-08. ¿Será de nuevo la República Popular, esa gran potencia en ascenso—y por definición revisionista—, la que asegure la estabilidad frente a la incertidumbre provocada por Trump? Xi actúa en función de las necesidades internas chinas, y su comportamiento tampoco está libre de contradicciones. Xi es responsable de una campaña de control ideológico y de represión no conocida desde Tiananmen y, pese al imperativo de las reformas de mercado para asegurar el crecimiento en el futuro, el Estado continúa siendo el actor predominante. Pragmáticos ante todo, los líderes chinos han visto, sin embargo, una oportunidad única para ampliar su libertad de maniobra.

Trump tiene una “visión” instintiva del mundo derivada de su experiencia como empresario, pero no un marco estratégico de referencia en el mundo de las relaciones internacionales. China, por el contrario, tiene un gran olfato para calibrar el equilibrio de fuerzas y, por primera vez, las capacidades para intentar hacer realidad sus ambiciones. Trump quiere cambiar las reglas del juego y acabar con el tablero mismo. A Xi le basta con mover las piezas del juego a su favor. De momento, demuestra saber hacerlo.

¿Podría Asia ser la clave del Presidente Trump?

Washington.- “…No hay región en el mundo que pueda cambiar la prosperidad económica y la seguridad de los Estados Unidos como Asia-Pacífico… “. Con esa afirmación comienza el trabajo del Think Tank CSIS, en el que se proponen recomendaciones a la nueva administración Trump. Este espacio de reflexión está considerado el centro de pensamiento más influyente del momento, situado en Washington y con cincuenta años de trayectoria analizando los retos políticos del mundo.
Está encabezado por figuras de primera línea, como la embajadora Charlene Barshefsky, título que recibe por haberse desempeñado como la representante de intercambio comercial de los Estados Unidos entre 1997 y 2001; conocida en el plano internacional como la arquitecta y jefe de las negociaciones con China para entrar en la Organización Mundial de Comercio. Y es actor importante John Hustman Jr., republicano, con una larga trayectoria laboral en cinco administraciones diferentes y ex embajador de Estados Unidos en Singapur y en China.
Este exclusivo grupo de intelectuales ha preparado una lista de recomendaciones de las estrategias económicas que el gobierno de los Estados Unidos debería seguir en la región de Asia-Pacífico, basadas en que Asia será hacia el 2030 el hogar de la mitad de la clase media consumidora del mundo. La demanda de productos, señalan, será mayor que la actual en todo Estados Unidos. El estudio está basado también en la fuerte alianza comercial que América a día de hoy tiene con la región y plantea que el nuevo gobierno estadounidense debería aprovechar esa influencia y perpetuarla pues, de lo contrario, se dejaría abierta la opción a otra potencia que lideraría ese mercado que apunta a convertirse en una de los más apetecibles del mundo. O incluso, dejarle el camino abierto a China para cambiar el liderazgo regional y convertirlo en propio.
El aumento del nacionalismo en algunos países asiáticos, como Japón, es otro reto que de no ser frenado, podría acabar en radicalismos nada deseados. El crecimiento acelerado de la economía china, presenta muchas oportunidades para inversionistas y exportadores, si se aprovecharan las circunstancias, y si el nuevo gobierno de Trump utiliza su influencia, sostienen.
Las recomendaciones que le proponen a la Administración que recién se estrena en el poder, se concretan en ocho. Comenzando por lo que debió ser uno de los planteamientos en el discurso inaugural del Presidente Trump, remarcar la influencia de América en el Pacífico, y la necesidad de robustecer esa presencia y los intercambios con esa región. Así como ratificar el Tratado de libre comercio (TPP), haciendo los ajustes que sean necesarios para su éxito. Explican que la relación entre China y Estados Unidos está desequilibrada, por lo que habría que trabajar en esta debilidad, que daría como resultado una relación de beneficio mutuo. A su vez, responder con fuerza a las prácticas chinas perjudiciales para los intereses estadounidenses.
Para garantizar la prosperidad y la seguridad de Estados Unidos, defienden, hay que seguir siendo el líder tecnológico, por lo que la nueva administración debe trabajar para la internacionalización tecnológica y proteger la propiedad intelectual americana. Por otra parte reconocen que Washington necesita más coherencia en las estrategias y políticas de expansión de la economía, lo que implica mayor transparencia en los acuerdos y las regulaciones.
Hacen énfasis en la necesidad de fortalecer, actualizar y mantener los lazos con los países aliados en Asia y las instituciones que regulan esas relaciones como el Banco de Desarrollo de Asia (ADB) o el Foro de Cooperación Económica del Pacífico (APEC). Paralelamente, el equipo de Trump, subrayan, debería trabajar con el Congreso para reconstruir el apalancamiento y reorganizar las prioridades económicas que serán destinadas a la región de Asia Pacífico, lo que implica revisar las políticas públicas injustas y ajustarlas. Y por último proponen la creación de un equipo efectivo que supervise las agencias involucradas en Asia Pacífico. Para garantizar una cooperación a lo largo del complejo sistema del gobierno americano.
Washington debe trabajar con Beijing en una relación transparente, señalan, donde ambos países vean los frutos de su cooperación. Pero a la vez, señalar dónde Washington pueda exigir y responsabilizar a Beijing, en dónde China socava las normas como la violación de los derechos humanos de los empleados que forman parte activa de esta relación, o la violación de los tratados ambientales. Míster Trump debería entender que una estrategia que demande escoger entre una región u otra fracasaría, dicen. El éxito estaría en revitalizar una estrategia económica y no en eliminarla.
La influencia que Estados Unidos tiene en Asia es crucial para el liderazgo americano en el mundo. El hacer una política exterior de “Primero América” no haría más que cerrar las puertas a la presencia que ha gozado este país, y que le permite influir en otros foros internacionales, a lo largo y ancho del planeta.
Priorizar los intereses de América no tendría por qué implicar sacrificar su presencia internacional. Por el contrario, si el fin último de este nuevo gobierno, que a pocas  horas de tomar posesión parece poner los ideales americanos como su brújula, el timón del barco deberá navegar aguas profundas de muchos mares, pero sin dudas, las aguas de Asia por muy movidas que estén, son económicamente muy atractivas.
Solo en el 2015 las exportaciones de bienes y servicios estadounidenses a Asia fueron de más de 750 billones de dólares, lo que ayudó a mantener unos 3 millones de empleos locales según el estudio.
EEUU podría convertirse en el mayor proveedor de Asia, generando empleos que ayuden a la bonanza económica de esta tierra. América primero debería mantener su posición estratégica de líder en el mundo, para ser verdaderamente Primero América, tal y como el presidente Trump enfatizó en su primer discurso.

El huracán contra Trump y el mito de Obama

Como era previsible, la toma de posesión de Donald Trump se convirtió en un huracán mediático contrario al inefable personaje y una ola de protestas más sonoras en los medios que en las calles, aunque han sido importantes. Dígase, de paso, que entre los manifestantes estaban entusiastas de Fidel Castro, comprensivos con Irán, justificadores de Hizbullah y otros personajes. En todo caso, el desbocado, directo y políticamente incorrecto Trump ha situado en el centro de la escena el simplismo argumental, la apelación a las emociones y las verdades a medias como hoja de ruta, y eso es lo preocupante.

Sin embargo, tal vez sería bueno afirmar que esto no puede ser una excusa para justificar la gestión de un Obama soberbio, con mucha más propaganda que realidad, titubeante ante los grandes problemas, de hermosas palabras pero pocas realidades. Ha sido esta retirada cauta de la escena internacional la que ha dejado el terreno libre al audaz Putin para devolver la política exterior rusa al primer plano y, lo que puede ser más grave para Europa, para explicarla como algo necesario para la estabilidad mundial, más incluso que para los intereses nacionales rusos  encontrando no pocos simpatizantes a la moda de la vieja propaganda soviética que Putin conoce muy bien. Sobre esta base está marchando su estrategia de influir cada vez más en Europa contra los propios intereses de la Unión Europea, si entendemos por estos la defensa de la libertad económica, política y del imperio de la legalidad por encima de los gobiernos.

El proteccionismo económico toma la Casa Blanca

Washington.- Desde el principio de su candidatura, Donald Trump ha sido claro y preciso con la idea de apostar por un proteccionismo económico que devuelva la riqueza a los ciudadanos estadounidenses al precio que sea. Todo apunta a que el centro de atención estaría en una ruptura de relaciones comerciales con China. Ha acusado al gobierno chino una y otra vez de manipular su moneda, de invadir el mercado estadounidense con productos cuyo valor no se corresponde con el real. Incluso ha amenazado con denunciarles frente a la Organización Mundial de Comercio por irregularidades.

En los ya escasos días de presidencia de Obama, mientras la nostalgia embarga a los demócratas por su partida, el presidente electo finiquita la lista de elegidos para formar gobierno.

Uno de los últimos es Robert Lighthizer que se convertirá en el Representante Comercial de América (US Trade Representative). Con una trayectoria política conocida, trabajó para la presidencia de Ronald Reagan y es uno de los mayores opositores al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Además de que se le conoce como el enemigo a acuerdos comerciales donde se vean comprometidos los intereses estadounidenses. Un conservador que, en su momento, cuestionó la adhesión de John McCain a las políticas de libre comercio.

En palabras del mismo Trump, “Lighthizer tiene amplia experiencia en lograr acuerdos que protegen algunos de los sectores más importantes de nuestra economía y ha luchado reiteradamente desde el sector privado para impedir que los malos acuerdos perjudiquen a los estadounidenses…”

Un mes antes fue nombrado Peter Navarro como Director Comercial e Industrial, (Director of the National Trade Council) y que, según el New York Times, es el único economista con credenciales del círculo cercano a Trump. Es profesor de Economía y Política Públicas de la Universidad de California y escritor de dos libros que alertan del peligro de China. Uno de ellos, Muerte por China (Death by China), se convirtió en un documental que cuenta con un extenso número de entrevistas a políticos de diversas tendencias, economistas, ambientalistas, hombres de negocios, e incluso empleados de manufacturas que se han trasladado a China. En el filme se busca alertar del masivo riesgo que China representa para la economía americana, con datos como que 25 millones de estadounidenses no pueden encontrar trabajos decentes, 50.000 industrias han desaparecido, o la deuda nada insignificante que tiene el Estado Americano con Pekín de 3 trillones de dólares. La BBC denomina a Navarro “el feroz crítico de China”.

Muchos de los argumentos contra China usados por Navarro a lo largo de su carrera son los mismos que ha venido repitiendo el ahora elegido presidente. No en vano lo ha acompañado como asesor de la campaña. Seguramente fue esta influencia, la que llevó al nuevo presidente a decidir crear una oficina dentro de la Casa Blanca que unirá la conducción de las estrategias de intercambio comercial, la evaluación de las manufacturas domésticas y la identificación de nuevas oportunidades para generar empleo en este sector, de acuerdo con el Washington Times.

Y para cerrar la triunvirato, el nombramiento de Wilbur Ross, el pasado noviembre tampoco dejó a nadie inadvertido. Multimillonario, conocido por adquirir negocios quebrados y transformarlos en prósperos, se trata de un acérrimo proteccionista de la economía estadounidense. Duro crítico de la caída de empleos de manufactura y denominado Míster Proteccionista por la revista “The Economist”, su gran maniobra fue salvar, entre 2002 y 2003, una fábrica textilera en Carolina del Norte, que había declarado bancarrota, justo después de la entrada de China a la OMC. La situación y la audacia de Ross le llevó al DC a hacer lobby para mantener los aranceles de los textiles con el objeto de proteger a la muy golpeada industria.

El portavoz del equipo de transición de Míster Trump ha dicho que, de ser confirmado Ross, él podría empujar y expandir las exportaciones y reducir las importaciones. Con experiencia en el sector de Acero y Textil, podría jugar un rol completamente opuesto al que han tenido los anteriores secretarios de comercio.

Con estos personajes dirigiendo las políticas comerciales y de intercambio de los Estados Unidos, habrá un cambio de rumbo que puede desembocar en un proteccionismo extremo, en donde las exigencias por parte del gobierno a las Industrias estadounidenses se vean coaccionadas a tomar decisiones de retornar o de lo contrario recibir sanciones. Esta situación se aleja mucho al libre comercio que ha caracterizado esta nación.

China por su parte, presionará posiblemente con el monto astronómico que le adeuda este gobierno para impedir la movilización de empresas, y entrar en un juego de poder.

Como dijo Dan Ikenson (The Cato Institute Think Tank), esos 3 chicos juntos pueden crear muchas travesuras. ¿Serán estas travesuras las que darán nombre a las nuevas políticas de Comercio e intercambio comercial e industrial del gobierno de Trump?

Interregnum: Rusia Euroasiática

En un artículo publicado en octubre de 2011, sólo una semana después de anunciar su candidatura a un tercer mandato presidencial, Vladimir Putin asumió un nuevo discurso político. Abandonando su retórica anterior sobre Rusia como “Estado europeo”, Putin pasó a defender la idea de que Rusia no es exactamente una nación, sino más bien una civilización, heredera del Imperio ruso y de la Unión Soviética (y, por tanto, separada de Europa). Su identidad como potencia “euroasiática” es al mismo tiempo, señaló, la que define su posición en el sistema internacional.

El concepto del euroasianismo ha atraído la atención de quienes quieren explicar el comportamiento ruso desde entonces. Aparece como un elemento de legitimación para restablecer el control sobre su periferia y justificar sus objetivos geopolíticos. La integración de Eurasia, gran proyecto de Putin, sería el instrumento para asegurar a Rusia un centro de poder independiente y evitar que se convierta en un actor periférico de Europa y Asia. Es un discurso vinculado asimismo a un nuevo nacionalismo ruso, surgido de la necesidad de encontrar una alternativa ideológica entre el comunismo y el liberalismo, entre los valores occidentales y el mundo asiático. El misterio es por qué unas ideas que antes nadie tomaba en serio, son de repente asumidas por el Kremlin y han dado forma a un consenso compartido por las elites políticas del país.

Desentrañar los orígenes de estas teorías y su evolución a lo largo del siglo XX hasta hoy es el objeto de un fascinante libro de Charles Clover, excorresponsal del Financial Times en Moscú: Black Wind, White Snow: The rise of Russia’s new nationalism (Yale University Press, 2016). Mediante el retrato intelectual y biográfico de tres figuras principales—un filólogo (Nikolay Trubetskoy), un historiador (Lev Gumilev) y un profesor de geopolítica (Alexander Dugin)—Clover examina cómo nace este supuesto ideal euroasiático—fundado en mitos, más que en hechos científicos—y analiza su interacción con el contexto político ruso desde la Revolución de 1917.

Su cuidadosa reconstrucción de estas ideas demuestra lo confuso del esfuerzo tendente a encontrar en las estepas de Eurasia la personalidad de la civilización rusa. Pero el curso de las relaciones con Estados Unidos con posterioridad al 11/S, y las manifestaciones en Moscú contra Putin en 2011-12, crearon entre otras circunstancias la oportunidad para que el Kremlin encontrara en el euroasianismo la manera de cubrir el vacío ideológico de las dos décadas anteriores y, a la vez, poder definir las bases de su acción exterior. Identificarse como rival de Occidente y buscar la construcción de una Gran Eurasia pueden servir a Putin para mantenerse en el poder. Pero es también una manera de ocultar las limitaciones de Rusia mientras no avance en la institucionalización de su vida política interna y construya la economía que permita su integración global y su desarrollo a largo plazo. Son imperativos que no desaparecerán aunque el nuevo presidente norteamericano decida levantar las sanciones contra Moscú.

La personificación del sueño americano, catalizador de nuevas alianzas

Washington.- Según nos acercamos a la toma de posesión del Presidente electo Donald J. Trump, y el tan esperado nombramiento del Secretario de Estado Rex Tillerson, la política exterior de la nueva administración parece ir tomando forma. A pesar de que el nuevo gabinete carece de experiencia política, cuenta con un amplio conocimiento en materia de negocios y expansión de bienes y fortunas, que podría ser la brújula que dirija su política exterior y que como resultado podría arrastrar a la ruina relaciones históricas como las de Japón con los Estados Unidos.

El nuevo secretario de Estado tiene una trayectoria conocida en el mundo petrolero, desde las distintas posiciones que ocupó en Exxon Mobil, y cómo, desde allí, sus relaciones con Rusia han sido muy estrechas. Según el Wall Street Journal, Tillerson lideró la expansión de Exxon en Rusia durante la presidencia de Boris Yeltsin, lo que marcó el despegue de su carrera.

En los años más recientes ha habido manifestaciones públicas de la estrecha relación entre el presidente Putin y Tillerson, no sólo con las exploraciones multibillonarias que Exxon ha hecho en Rusia y el convenio firmado en 2011 con la compañía estatal Rosneft, sino, incluso, con el premio, “a la Orden de la Amistad”, que el mismo presidente ruso, otorgó al señor Tillerson, uno de los mayores honores que pueden recibirse en Rusia. Además de apariciones públicas y fotos donde se aprecia la complicidad, o al menos cercanía entre ambos. O, como el Washington Post califica esta relación, “el largo romance de Tillerson con Rusia”.

El constante coqueteo de Mister Trump, desde su cuenta de Twitter, con Putin no pasa a nadie inadvertido, sobre todo tras la decisión en la que la Administración Obama expulsa 35 diplomáticos rusos e impone sanciones económicas contra organismos de espionaje. A lo que Putin expresó que no respondería con reciprocidad a la expulsión. Por lo que el Presidente Trump comenta: ” …Siempre supe que Putin era un hombre inteligente…”

Estas cercanías despiertan incertidumbre y revuelo internacional, pues desvela el comienzo de un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, distinto a lo que estamos acostumbrados en la post guerra fría. Japón ha sido uno de los países en mostrar más inquietud, en respuesta a los comentarios del entonces candidato presidencial, a principios del 2016, de que Corea del Sur y Japón deberían desarrollar sus propias armas nucleares para contrarrestar las amenazas de Corea del Norte. O que Japón necesita pagar más, para mantener tropas estadounidenses en su suelo.

El estado nipón está apostando públicamente por un mantenimiento de relaciones con Estados Unidos; así lo confirma la visita de Abe hecha en días pasados a Pearl Harbor, y las reiteradas declaraciones en los que manifiestan su compromiso con América. Paralelo a esta situación, Japón, ha venido experimentando un crecimiento de su nacionalismo. El Primer Ministro Abe consiguió en septiembre pasar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa, en la que se permite la autodefensa colectiva, un significativo cambio de la mentalidad de la post segunda guerra mundial. También ha venido robusteciendo su capacidad militar en los últimos años. Ha desarrollado una flota naval muy poderosa en respuesta a la política expansionista china. Además del incremento, en agosto pasado, del presupuesto de defensa, hecho por el Ministro de Defensa japonés Tomomi Inada, un nacionalista de línea dura.

Japón ha intensificado su relación con la OTAN, específicamente en promoción de la paz global. Organizó la Conferencia de Tokio en 2012 y aporto 5 billones de dólares entre 2009 al 2013 al programa de asistencia y seguridad de la OTAN en Afganistán; ha ayudado a las fuerzas armadas afganas, y a la reintegración de excombatientes a la sociedad. Así como en los años 90 contribuyó a la reconstrucción de Los Balcanes y la reintegración a Europa.

Los 70 años de estrecha relación entre Japón y Estados Unidos, pueden estar llegando o bien a su fin, o al menos a una nueva dimensión. Da la impresión que la nueva administración estadounidense apuesta por dejar desatendidos a quienes han sido sus aliados históricos, obligándolos a tomar control de su propia seguridad, y gestionar sus propios presupuestos de defensa, lo que propiciaría un reacomodo de fuerzas. China y Rusia operan bajo las mismas líneas, siempre que sea conveniente a sus intereses.

Japón y Corea del Sur coinciden en su temor a Corea del Norte, y su capacidad armamentística. Rusia se entiende con el dictador Kim Jong-un. Mientras que Japón mantiene una tensa relación con Rusia desde 1945 debido a los territorios del Norte o las Islas Kuriles, que fueron ocupadas por los soviéticos.  A pesar de la reciente visita de Putin a Japón, las relaciones entre ambos podrán mejorar en el plano económico, pero seguirán tensas hasta que no se establezca un acuerdo sobre las Islas.

Estados Unidos ha mantenido y liderado hasta ahora relaciones estratégicas con Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Australia, y Taiwán. Pero estos países entre si no tienen ningún tipo de plan militar conjunto, de reacción en contra del expansionismo chino en la región. O de otros potenciales peligros, como el terrorismo internacional. Este escenario podría ser aprovechado por Japón, para ganar espacio, que, hasta ahora, han sido exclusivamente de Estados Unidos, y ejercer mayor influencia regional. Incluso global, financiando programas humanitarios o de defensa, consiguiendo un mayor protagonismo debido al espacio que deja la personificación del sueño americano, tal y como Mister Trump define la carrera de Tillerson, que más que perpetuar su influencia mundial, parece apuntar a generar negocios que traigan fortuna y riqueza a la sociedad estadunidense.