El orden o desorden nuclear. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La geopolítica mundial está cambiando. Estamos en una situación nuclear más compleja que en la época de la guerra fría, que no es una afirmación insustancial. El aumento de las armas nucleares y los ensayos son prueba de esto. India ha probado exitosamente su primer misil balístico intercontinental el pasado jueves, y tal y como afirmó su Ministro de Defensa Nirmala Sitharaman, esto es un gran impulso a su fuerza militar y defensiva. De acuerdo con la Federación de Científicos Estadounidenses, India debe poseer entre 120 a 130 armas nucleares. Se cree que Corea del Norte posee capacidad nuclear y que todos los misiles que hemos visto volar y los distintos experimentos son la prueba de la extensa inversión que ha hecho el régimen de Pyongyang, y seguirá haciendo, para poder tener presencia y voz de manera individual en el escenario internacional, sin la sombra de China (que la ha provisto de seguridad).

Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), Corea del Norte posee un sistema de misiles probado que puede alcanzar toda Corea del Sur y gran parte de Japón. Entre ellos los Hwasong, que cubren unos 1000 kilómetros y los Nodong, que cubren unos 1300 kilómetros. Además de las armas químicas como gas mostaza y sarín entre otros agentes nerviosos, así como armas biológicas, lo que suma a la capacidad de perpetrar ciberataques, que se cree hacen en colaboración con China y Rusia. En este punto valga señalar que Estados Unidos ha sido víctima de varios ataques cibernéticos que han revelado gran cantidad de información clasificada que ha expuesto a funcionarios y parte del gobierno federal. Lo que está en total concordancia con la nueva estrategia de seguridad nacional revelada parcialmente el viernes pasado en la que Rusia y China son el mayor desafío que enfrenta el ejército estadounidense, según las propias palabras del secretario de la defensa, James Mattis.

Coincidiendo con el aniversario de la toma de posesión del presidente Trump, recordemos que pidió al Pentágono una revisión del arsenal nuclear de los Estados Unidos a pocos días de su toma de posesión. En los últimos años se ha establecido la costumbre de que los presidentes soliciten este informe; Obama lo pidió en 2010 y Bush unos ocho años antes. El resultado de este sumario preliminar verá la luz en febrero, pero ya se sabe que una de las conclusiones será que Estados Unidos necesita modernizar sus armas nucleares, lo que no sorprende, pues el armamento va quedándose obsoleto con el avance tecnológico y es necesario actualizarlo. Esta recomendación también estuvo presente en la revisión de la época de Obama. Pero, lo que ha despertado inquietud e incluso temor es que se está proponiendo el desarrollo de “mini-armas nucleares”.

La propuesta del Pentágono ha disparado las alarmas, a pesar de la poca información que se ha filtrado. Se sabe que el secretario de Defensa estadounidense quiere desarrollar un nuevo prototipo de arma nuclear de tamaño minúsculo, para ser incorporado a su arsenal doméstico, pero que según los expertos podría relanzar el riesgo de proliferación nuclear y elevar los conflictos nucleares en el mundo. Esta postura además rompe dramáticamente con la de Obama, quien abogó activamente por un mundo seguro, lo que según él consistía en reducir los arsenales de cada potencia nuclear para disminuir los riesgos de usarlos. Aunque, paradójicamente, durante su mandato se invirtieron millones de dólares en modernizar las armas domésticas de la guerra fría.  Sin embargo, la conclusión de la revisión de la era Obama sostenía que Estados Unidos estaba en capacidad de mantener su seguridad eficientemente con el arsenal que poseía y que no era necesario agregar más armamento nuclear.

Es evidente que la Administración Trump percibe los riesgos actuales de manera diferente. Es un hecho que el escenario global no es el mismo que el del 2010. Las armas nucleares tienen una función netamente disuasoria, tal y como quedó demostrado en la Guerra Fría, por lo que cambiar la política nuclear de defensa desde Washington, con la producción de estos “Mini Nuke” (por su nombre en inglés) en vez de gigantescos misiles, se estaría por un lado violando el tratado de no-proliferación nuclear de 1968. Y por otro lado se está incitando a los otros miembros del club nuclear a comenzar su propio laboratorio de minis, abriendo con ello no sólo una mayor probabilidad de ser usados, con sus nefastas consecuencias, sino también aumenta exponencialmente la posibilidad de que caigan en manos equivocadas, como terroristas, que son capaces de morir por su ideología, y a quienes no les temblaría el pulso en usarlas sin ningún escrúpulo. (Foto: Sarath Bala,Flickr)

INTERREGNUM: ¿Deshielo en la península? Fernando Delage

(Foto: Maisie Gibb, Flickr) El año ha comenzado con la buena noticia de la celebración, el 9 de enero, del primer encuentro oficial entre las dos Coreas desde 2015. El deporte—en forma de los próximos juegos de invierno en Pyeongchang—ha ofrecido una oportunidad a Kim Jong-un para reducir la escalada de tensión de los últimos meses en la península.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha manifestado su apoyo a las conversaciones, aunque no son pocos los analistas que consideran que la reanudación del diálogo entre Seúl y Pyongyang puede complicar los esfuerzos norteamericanos a favor de la desnuclearización. La oferta surcoreana de levantamiento de sanciones puede reducir la presión sobre el Estado vecino y, a un mismo tiempo, la cohesión de la alianza Washington-Seúl.

Pero quizá sea ésta una conclusión precipitada. Primero porque resulta difícil pensar que Corea del Norte vaya a renunciar a su capacidad nuclear. En segundo lugar, porque el razonamiento más plausible puede ser el inverso: que ha sido la última ronda de sanciones—impuestas en diciembre tras el lanzamiento de un misil intercontinental con capacidad de alcanzar Estados Unidos, el 29 de noviembre—el factor que ha conducido a Kim a reconsiderar sus opciones y buscar un “enfriamiento” de la tensión. Tampoco debe perderse de vista que el instrumento nuclear es para Pyongyang, además de un elemento disuasorio frente a las amenazas externas y de legitimación del régimen político, un medio para mantener vivo el objetivo de la reunificación.

No es casual, por lo demás, que el “giro” del líder norcoreano se haya producido mientras se reitera desde Washington la posibilidad de una acción preventiva. No sólo se ha hecho público que el Pentágono está actualizando sus planes de contingencias, sino que el asesor de seguridad nacional—un general con experiencia de combate y doctorado en relaciones internacionales, respetado por los expertos—lleva meses declarando que las posibilidades de guerra “aumentan cada día”. (Léase el artículo publicado por The Atlantic la semana pasada: “The world according to H.R. McMaster”).

Otro elemento significativo tiene que ver con las maniobras de China. Pese a a la extendida idea de que el viaje a Pyongyang de un enviado especial del presidente Xi Jinping en noviembre fue un fracaso, quizá esa no es toda la verdad. El emisario, Song Tao, no logró reunirse con Kim Jong-un, pero sí lo hizo con otros altos cargos, incluyendo el número dos del Partido y el ministro de Asuntos Exteriores. La presión china puede haber sido por ello otro motivo que ha facilitado el encuentro en Panmunjom y, quizá, la posibilidad de una próxima reunión entre los líderes de ambas Coreas.

Queda claro, en cualquier caso, el limitado margen de maniobra de Seúl frente al juego geopolítico mayor de Pekín y Washington. La competencia entre estos dos últimos y la incertidumbre sobre Trump entre sus aliados agrava, no obstante, un escenario ya de por sí complejo con la posibilidad—preocupante para el equilibrio regional, pero con un apoyo creciente entre los surcoreanos—de que el país se incline a favor de su propia opción nuclear.

Duelo a muerte en OK Pyongyang. David Montero.

La cosa va de disparar. De quién dispara primero, concretamente.

A un lado del saloon, el joven forajido coreano. Al otro, el sheriff, la ley de su lado, el pueblo de su lado, acariciando su gatillo. Deseando un gesto del otro, esperando. Se ha hecho el silencio y en cada mirada ronda el peligro. El sheriff parece llevar las de ganar: tiene un hombre en las escaleras, otro en la barra, otro en la puerta de atrás y probablemente, el pianista sea un infiltrado.

Todo parece perdido para el coreano, que ha llegado hasta aquí en un caballo pequeño y famélico, renqueante y prácticamente solo. Baja a baja, su banda ha sido liquidada, y no parece que ninguno de los que aún podría llamar sus amigos esté dispuesto a dejarse matar por él.

Pero el sheriff duda. Sabe que su rival ha aprendido a vagar sin agua, sin comida, sin esperanza, y por eso, sin miedo. Que solo necesita un disparo para ganar. No se fía, y si ha llegado a sheriff es precisamente por no fiarse de nadie, por no dejarse meter una bala en la espalda, por disparar primero y preguntar después.

En la calle hace calor y el viento se arremolina, pasa una de esas bolas de vegetación truncada, los vecinos han corrido a sus casas, se han llevado a los niños, han cerrado las ventanas. Una silla cruje. El sheriff medita si, justo cuando entraba, el comerciante chino le ha pasado algo al coreano. Una escopeta, un cuchillo, un puñado de balas. Nadie se fía de los chinos en el pueblo, y como ya hemos dicho, menos que nadie este sheriff.

Así que los dos se sostienen la mirada, calibrando las posibilidades del otro, las vías de escape del otro, la siguiente reacción. Sabiendo que a veces no hace falta disparar dos veces, no hace falta dejarlo todo perdido de balas y de muertos. Que a veces ya has ganado si el otro cree que puedes ganar.

Clint Eastwood le decía a Eli Wallach al final de El Bueno, el Feo y el Malo: “El mundo se divide en dos categorías. Los que tienen una pistola y los que cavan”.

Llegados a este punto, al sheriff solo le quedan dos salidas: asumir que el coreano no está dispuesto a seguir cavando, o convertir el pueblo en un catálogo de féretros.

Los dedos siguen sobre el gatillo, nerviosos.

¿Pueden los juegos olímpicos encauzar la crisis internacional de Pyongyang? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El año comenzó con las chulerías de los dos líderes más polémicos del momento. Desde Pyongyang, Kim Jon-un le advertía al mundo de que tiene el botón nuclear en su escritorio listo para ser activado. A lo que, desde Washington, Donald Trump respondió en un tono presuntuoso de que su botón es más grande y más poderoso. Como si se tratara de un juego de niños o, más bien, de una demostración de machismo donde cada uno hace alusión al tamaño de sus atributos de poder. Lo cierto es que, a priori, dió la sensación de que la ya intricada situación iba a tornarse más tensa. Pero, en contra de todos los pronósticos, un factor externo, los Juegos Olímpicos de Pyeongchang, ha suavizado la explosiva tendencia del “gordito norcoreano” y al menos de momento, parece que ha entrado en una etapa más racional, que podría ayudar a Pyongyang a que se siente en la mesa de negociación.

Como dijo el secretario de Estado estadounidense, se podría empezar negociando que tipo de mesa, si redonda o más bien cuadrada; lo importante es comenzar por sentarse, lo que abriría una nueva fase más positiva en la estabilidad del mundo.

La invitación desde Seúl del presidente Moon a Corea del Norte a participar en los juegos olímpicos parece estar funcionando diplomáticamente, después de que tantas otras maniobras hayan fallado. Todo de acuerdo con lo que prometió en su discurso inaugural el pasado mayo, cuando dijo que trabajaría por la paz en la península coreana y afirmó que, de darse las circunstancias, visitaría Pyongyang.

Han sido estas acciones las que ha llevado a analistas a pensar que Moon está intentando retomar “la política del rayo de sol”, que estuvo vigente entre 1998 y 2008 con los gobiernos liberales, de los que, valga mencionarlo, él formó parte como asesor, y hay que reconocer que mantuvieron relaciones relativamente cordiales entre ambas Coreas.

El restablecimiento de las conversaciones de alto nivel en Panmunjom, población limítrofe, también está sobre el tapete en este momento. Suspendidas en diciembre de 2015, en julio pasado el ministro de la Defensa de Corea del Sur instó a retomarlas con el propósito de mantener la calma en la zona fronteriza altamente militarizada. Y todo esto mientras las pruebas y los misiles vuelan por los aires. Lo que es la mejor demostración de la disposición de Seúl a negociar y mantener la estabilidad en la península.

Y además se suma la suspensión de los ejercicios militares entre Estados Unidos y Corea del Sur. Foal Eagle, por su nombre en inglés, las maniobras son una combinación de fuerzas terrestres, aéreas, navales y fuerzas especiales que se llevan a cabo una vez al año, y que tan sólo en el 2017 han contado con la participación de más de 12.000 militares estadounidense y unos 10.000 coreanos del sur. En las ocho semanas de duración de los ejercicios se ponen a prueba los equipos y la capacidad de respuesta conjunta frente a una posible agresión proveniente del Norte. Por lo que su suspensión (al menos temporal) demuestra una disposición a bajar ligeramente la presión por parte de Estados Unidos, lo que podría ser una gran ayuda para conseguir persuadir a Kim Jon-un a negociar, o al menos considerarlo. Y como ha dicho el mismo Trump el día de Reyes, está abierto a hablar con líder norcoreano, a la vez que afirmaba que sería muy bueno para la humanidad encontrar una solución pacífica al conflicto.

Como afirmaban la semana pasada Robert Einhorn y Michael O´Hanlon en una publicación de Brooking, “pretender que Corea del Norte acepte una desnuclearización es irreal. Sin embargo, necesitamos un objetivo provisional manejable”, algo como un compromiso verificable de Pyongyang de congelar sus armas nucleares, que incluyan misiles de largo alcance y los materiales nucleares visibles a cambio de una concesión modesta pero real por el resto del mundo.

Obviamente no habrá conversaciones mientras los misiles sigan sobrevolando los mares y las naciones vecinas. De andarse este camino, una vez terminados los juegos olímpicos se podría tener el terreno arado y listo para sembrar una posible fructífera negociación.

INTERREGNUM: Opciones estratégicas en Asia. Fernando Delage

La estrategia exterior de un país no está predeterminada. Sus ambiciones diplomáticas no son sólo resultado del aumento de sus capacidades económicas y militares, como a veces se piensa. Existen otros condicionantes de gran peso, entre los que se encuentran la geografía, la demografía, la necesidad—o no—del acceso a recursos y materias primas, o el entorno estratégico regional. Pero tampoco son elementos menores el legado de la Historia, la ideología del régimen político o la percepción que se mantenga en un determinado momento de las potenciales amenazas a la seguridad nacional. Existe por tanto un margen de apreciación subjetiva por los líderes de turno y, en consecuencia, la posibilidad de elegir entre distintas opciones estratégicas.

China, Japón, India, Rusia y Estados Unidos (también Corea del Sur y Australia, entre otros) están inmersos en este debate. Todos ellos intentan valorar cómo su soberanía, intereses económicos e imperativos de seguridad se ven afectados por la redistribución de poder en curso en Asia. Sus cálculos estratégicos requieren una actualización, a la que sus líderes responden siendo “rehenes” en cierto modo de inercias que han guiado el comportamiento exterior de sus naciones a lo largo del tiempo. Factores materiales se combinan así con ideas, intereses e idelogías en un debate interno que marca las posibilidades de acción de los gobiernos.

Para aproximarnos a esta complejidad, a esta red de múltiples variables que interaccionan entre sí, pocas aproximaciones son más útiles que la ofrecida por el National Bureau of Asian Research de Estados Unidos en la reciente edición de su publicación anual, “Strategic Asia”. En “Power, ideas, and military strategy in the Asia-Pacific” (Seattle, 2017), autores de primer nivel sintetizan de manera magistral esos debates nacionales y el camino seguido por las principales grandes potencias en los últimos años. El volumen cierra un esfuerzo de investigación de tres años, del que ya dieron cuenta la edición de 2015, que analizaba en detalle las capacidades económicas, políticas y militares de estas grandes potencias y su previsible evolución; y la de 2016, que examinaba la cultura estratégica de estas mismas naciones y su influencia sobre las decisiones de sus líderes. Se completa de este modo una obra de referencia, tanto para expertos como para lectores interesados, indispensable para entender Asia en 2018.

Cerrando el primer año de Trump en la Casa Blanca. Nieves C. Pérez Rodríguez

Tillerson nombra una nueva vice secretaria para Asia antes de las campanadas del fin de año

Es oportuno cerrar el año haciendo una revisión de lo que ha sido la política exterior de la nueva Administración estadounidense a casi un año de haberse estrenado en el poder. No cabe duda de que muchas de las afirmaciones hechas en campaña electoral por el entonces candidato Trump se han mantenido y han moldeado las líneas principales del tambaleante Departamento de Estado, que ha sido la gran víctima del conservadurismo del presidente y de la marca de Rex Tillerson, con su novedosa (aunque no tan positiva) reestructuración de la institución.

Sin embargo, ha sorprendido favorablemente el reciente nombramiento de Susan Thornton como vicesecretaria de la oficina para los asuntos de Asia – Pacifico. Se trata de una funcionaria de carrera del Departamento de Estado desde 1991, y con una extensa experiencia de más de veinte años trabajando en temas soviéticos y asiáticos. Abre la esperanza a una relativa línea de continuidad en la institución, más del estilo al que estábamos acostumbrados.

Trump asumió el poder poniendo el énfasis en hacer América grande de nuevo, y parece que todos los esfuerzos de su Administración se han enfocado en ese punto. Siendo la política exterior la gran olvidada y sobre todo dejando la influencia estadounidense en el mundo relegada. Incluso por momentos, nos da la sensación que se le ha puesto la alfombra roja a líderes como Xi Jinping para que el rol de líder global. Probablemente las constantes críticas de los medios hacia la inexplicable reforma del Departamento de Estado, los inapropiados tweets del presidente en temas internacionales y las afirmaciones de que Tillerson ya ha firmado la carta de renuncia, y que marchará a principios de próximo año, fueron lo que motivaron al secretario de Estado a publicar una carta a mediados de la semana en el New York Times titulada “Estoy orgulloso de nuestra diplomacia”.

El todavía secretario, en este documento, hace un balance de los grandes retos que ha enfrentado Estados Unidos en materia exterior durante el 2017, en los que nombra a Corea del Norte, China y Rusia y los esfuerzos por acabar con el terrorismo internacional.

Se extiende en el caso de Corea del Norte, explicando que Trump abandonó “la fallida política de paciencia” cambiándola por una de presión internacional que ha incluido sanciones económicas severas, impuestas a través de Naciones Unidas, consiguiendo neutralizar alrededor del 90% de los beneficios de las exportaciones del régimen de Pyongyang, con el que financian su ilegal desarrollo armamentístico, cuyo objetivo final es presionarlos para que abandonen el programa nuclear y de misiles. Esta estrategia ha estado centrada en persuadir a China de ejercer su influencia sobre el régimen de Kim Jong-un para que abandonen su carrera armamentística. A la vez, explica que el violento desarrollo económico y militar chino requiere poner atención en el tipo de relación que Washington establecerá con Beijing en los próximo 50 años.

Todas estas afirmaciones están en total congruencia con la Estrategia de Seguridad Nacional que ha sido desvelada por Trump hace unos días y que fue moldeada por los más altos asesores que componen su gabinete (National Security Council / NSC). Lo que nos lleva a la conclusión de que  Tillerson está haciendo un gran esfuerzo por dejarnos una buena imagen de su gestión como secretario de Estado y de su relación personal con el presidente Trump (que en esta misma columna, ya hemos afirmado que no es distendida o cercana, a razón de un par de altercado personales).

De ser sustituido Tillerson por Mike Pompeo, como adelantó 4Asia que ocurrirá, el número de militares en posiciones claves en esta administración seguiría en aumento, lo que debilitaría o alejaría, según algunos expertos, las posibles soluciones diplomáticas en los conflictos globales en los que intervenga Estados Unidos. Pues incluso el secretario de Defensa, es un militar, hecho que rompe con la regla. Y si a James Mattis se le une un Mike Pompeo en una reunión en la oficina oval asesorando al presidente, es poco probable que la valoración de las opciones no pase preferentemente por las respuestas militares, sólo por deformación profesional.

Ahora, la esperanza de muchos, se centra en figuras como Susan Thornton, quien puede desde su posición, (una vez ratificada por el Senado) aportar su experiencia a mejorar o al menos apostar por las vías diplomáticas a los complejos conflictos en Asia, sobre todo en conseguir algún tipo de acuerdo con Pyongyang, que nos aleje en todo lo posible de un desafortunado ataque.

Fotografía: Thomas Hawk

INTERREGNUM: Asia en 2018. Fernando Delage

El final de un año y comienzo de otro es momento de recapitulación, pero también de pronósticos sobre el futuro inmediato. Mirando hacia atrás, cinco grandes asuntos han sido objeto de esta columna a lo largo de 2017, y continuarán atrayendo la atención durante el nuevo año.

Corea del Norte es, en primer lugar, la más inmediata amenaza a la estabilidad regional y, por ende, del planeta. La tensión en la península ha ido en aumento como consecuencia de las ambiciones nucleares de Pyongyang, a las que no cabe esperar renuncie. La necesidad de legitimidad interna del régimen —una dinastía comunista en un Estado cuasifallido—, y la transformación del equilibrio entre las grandes potencias crean un escenario de enorme complejidad en el que se multiplican los riesgos de conflicto.

La retórica hostil del presidente de Estados Unidos no ha contribuido a una solución diplomática, como tampoco parecen haber funcionado las esperanzas puestas por Trump en la ayuda de Pekín para encauzar el problema. China, como es lógico, juega sus propias cartas en defensa de sus intereses. Al no sentirse amenazada por Corea del Norte, avanza en su estrategia de ascenso dirigida a reconfigurar a su favor el orden regional. Es una cuestión que no puede entenderse por tanto al margen de su iniciativa de la Ruta de la Seda, segundo gran tema del año.

La presencia en Pekín, en mayo, de representantes de más de 130 países, incluyendo 30 jefes de Estado, en el primer foro sobre la Ruta de la Seda, confirmó el atractivo global de los incentivos económicos chinos, en una muestra de liderazgo internacional que contrastaba con el creciente aislamiento de Estados Unidos, puesto de manifiesto por el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP), firmado por la administración anterior. Los discursos del presidente chino, Xi Jinping, en Davos en enero, y en Pekín, en octubre, con ocasión del XIX Congreso del Partido Comunista Chino, lanzaron el mensaje de una “nueva era” en la relación de la República Popular con el mundo exterior.

La atracción que despierta China no debe ocultar, sin embargo, un tercer asunto—el ascenso de India—del que también se ha dado cuenta en esta columna. La transformación del contexto regional sitúa a la mayor democracia asiática ante el reto de un profundo reajuste estratégico, coincidente con un primer ministro —Narendra Modi— dispuesto a corregir viejas inercias y situar a su país entre los grandes, vinculando su estrategia geoeconómica a los imperativos de la seguridad nacional.

India corrige, por otro lado, la percepción de la debilidad de la democracia en Asia. En el noreste asiático, Shinzo Abe volvió a revalidar su mayoría en unas nuevas elecciones anticipadas, mientras en Corea del Sur la destitución por corrupción de la presidenta Park Geun-hye y el posterior proceso electoral sirvieron para reforzar las instituciones. Es en el sureste asiático, no obstante, donde se está produciendo una preocupante regresión del pluralismo político, cuarto de los temas en que se ha hecho hincapié a lo largo del año. Al mantenimiento de un régimen militar en Tailandia, la constante persecución de sus opositores por el gobierno camboyano, y el escepticismo sobre la apertura de Myanmar—agravado por el drama de los rohingya—, se suman el peculiar estilo de gobierno de Rodrigo Duterte en Filipinas y los riesgos de islamización en Indonesia. Las elecciones en Malasia el próximo verano reafirmarán este fenómeno de líderes electos pero autoritarios.

Una consecuencia de este escenario es que el sureste asiático —aliados y socios de Estados Unidos incluidos— ha girado de manera creciente hacia China. La subregión es indicación pues de cómo en 2017 comenzó a percibirse —último asunto, aunque afecta a todos los demás— un cambio en la jerarquía del poder asiático. La resurrección del Diálogo de Seguridad Cuatrilateral (“Quad”) entre Estados Unidos, Japón, India y Australia a finales de año es una primera respuesta formal al ascenso de China, cuestión que seguirá definiendo por excelencia la evolución del panorama regional en 2018.

Fotografía: Kevin Farrell

Washington: Navidad en las decoraciones; el espíritu está ausente. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- A mediados de la semana pasada veíamos un Secretario de Estado que finalmente asumía su rol y expresaba con la fuerza que le da su posición que “Estados Unidos estaría dispuesto a dialogar con Corea del Norte”. La prensa por un momento se sintió en los EEUU de siempre, donde la cabeza del Departamento de Estado tenía voz y la usaba, hablaba y se le oía y, por si fuera poco, decía algo concreto sobre la situación más compleja que enfrenta la Administración Trump.

¡Reunámonos! Fue la invitación directa que hizo, “podemos hablar de establecer plazos, e incluso de que tipo de mesa usar”, en un tono más jocoso, “si negociamos en una mesa redonda o una cuadrada, o tal vez sobre el estado del tiempo, si eso es lo que ellos prefieren. Pero al menos deberíamos sentarnos y vernos las caras los unos a los otros”. Y fue aún más allá afirmando que realísticamente entiende que Pyongyang no va a parar su programa nuclear, después de los avances que han hecho y lo que han invertido. Lo que a su vez lo lleva a explicar que, de llegar a una especie de mesa de dialogo, Kim Jung-un entenderá que habrá que parar los ejercicios y las pruebas de misiles. Esta apertura en negociar con Pyongyang, marca un antes y un después en la política exterior de Trump.

De acuerdo con el embajador Joseph Detroni, comisionado para el grupo de conversaciones de Seis Partes (The Six Party Talks, por su nombre en inglés) que fue creado en el 2003, por Estados Unidos, China, Corea del Norte, Corea del Sur, Japón y Rusia; las palabras de Tillerson son, en su opinión, la única salida posible a la bloqueada situación. Detroni valora muy positivamente la posición del secretario de Estado, porque podría abrir una salida real, y con la condición lógica de que mientras se conversa no puede haber intimidaciones a través de lanzamientos ni pruebas nucleares, como una prueba de fe y confianza entre las partes. Y si Pyongyang se sentara en esa supuesta mesa, ese tiempo de no recurso a los lanzamientos podría llevar a negociaciones formales mientras Corea del Norte se podría beneficiar con parte de levantamiento de las sanciones.

Todo esto nos hace plantearnos una pregunta ¿Ha habido un cambio real en la política exterior de Estados Unidos hacia Corea del Norte? Según la Casa Blanca, que replicó casi inmediatamente, ¡No! Lo que nos lleva a considerar que la estrategia de Rex Tillerson se basa simplemente en usar la diplomacia, como una herramienta (finalmente) o bien, que está intentando desesperadamente mejorar su golpeada imagen de “líder sin liderazgo”, que ha permanecido bajo la sombra en la segunda posición más importante en este país, y de las primeras posiciones en el contexto internacional.

Mientras tanto, el Financial Time afirma que esta semana Trump acusará a China de “agresión económica” en el momento en el que revele su estrategia de seguridad nacional, como una estrategia que defina a China como un competidor en todos los ámbitos, lo que lo convierte en un inminente riesgo. Sigue así con la línea de la campaña electoral que quedó neutralizada con la visita de Xi Jinping a Estados Unidos y por los intentos de Trump de conseguir el apoyo de Beijing con Corea del Norte.

De establecerse oficialmente la postura anti China, los avances conseguidos en la grave situación de Corea del Norte quedarían en un despeñadero. En él, las palabras de Tillerson podrían ser la única solución posible en la que en la mesa de diálogo se juegue a conversar, y en esa tónica diplomática el mundo gane un poco de tranquilidad, porque los misiles no estarán volando por encima de las cabezas de los japoneses, lo que a la vez detiene (al menos mientras dure la negociación) los ejercicios nucleares y evita más pruebas de ensayo y error.

La enigmática imperturbabilidad del índice del miedo. Miguel Ors Villarejo

(Foto: Dryhead, Flickr) Tras la caída del Muro de Berlín, los inversores dejaron de prestar atención a los debates electorales en los países ricos. Ese análisis se reservaba para el Tercer Mundo, donde sí te podía llegar al poder un partido que no reconocía los compromisos con el Fondo Monetario Internacional y sus lacayos imperialistas, y que te decretaba una moratoria unilateral o te nacionalizaba la banca de un día para otro.

En Occidente ese estadio parecía superado. Gobernara quien gobernara, se daba por supuesto que la gestión económica sería ortodoxa. Ahora no está claro. La Gran Recesión ha hecho verosímiles escenarios impensables. Si alguien le hubiera dicho hace solo un año que el Reino Unido iba a salirse de la Unión Europea o que el Parlamento catalán declararía la independencia, lo más probable es que se hubiera sonreído.

Pues ya ve.

Algunos bancos como Citigroup han incorporado a sus servicios de estudios a expertos en ciencias sociales para que les ayuden a prever estos cambios, pero no es fácil. Una de las herramientas de que disponen son los indicadores de riesgo geopolítico (GPR, por sus siglas en inglés), que rastrean los medios de comunicación en busca de informaciones sobre guerras, atentados, ensayos nucleares, etcétera. En principio, la abundancia de malas noticias encarece el coste del capital (los ahorradores exigen una rentabilidad superior cuando el peligro aumenta) y, por tanto, anticipa una ralentización del crecimiento. Por ello, la evolución de los GPR y la volatilidad suelen ir de la mano.

Esta correlación se ha roto, sin embargo, desde principios de 2017, lo que ha sumido “en la perplejidad a los observadores”, escriben en Vox los investigadores Lubos Pastor y Pietro Veronesi. Por una parte, el índice de Baker, Bloom y Davis “se halla muy por encima de su media de largo plazo. Esto no supone ninguna sorpresa, dada la incertidumbre que se cierne sobre las medidas de la Administración estadounidense. Pero, por otra parte, el […] índice VIX de volatilidad está en mínimos”.

Al VIX también se le conoce como “índice del miedo”, porque suele dispararse cuando la bolsa cae a plomo. Por ejemplo, el día siguiente al brexit el Ibex registró una pérdida del 12,5% y el VIX ganó un 49%. ¿No debería estar subiendo ahora, con media Europa en alerta terrorista, Kim Jong-un lanzando cohetes y Washington retirándose de tratados diplomáticos y comerciales? ¿Por qué no están nerviosos los inversores?

Pastor y Veronesi creen que no se fían de lo que leen. “Las señales que llegan de la nueva Administración [estadounidense] son difíciles de valorar. […] Un día la OTAN es obsoleta y al otro no. Un día Pekín se dedica a manipular las divisas y al otro no. Un día Donald Trump se lleva bien con Vladimir Putin y al otro no”.

El desconcierto ante estas idas y venidas se ha visto potenciado por los burdos intentos de manipulación, el más famoso de los cuales fue el empeño del presidente en que su toma de posesión había sido más multitudinaria que la de Barack Obama, cuando las fotografías de los dos actos mostraban claramente lo contrario. Como dice en Sopa de ganso Groucho Marx: “¿A quién va usted a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?” Solo en los primeros 100 días, el Washington Post cogió a Trump en 492 tergiversaciones o mentiras. Ahora ya supera las 1.600.

La autoridad de un presidente de Estados Unidos no radica únicamente en las presiones que ejerce como general del mayor ejército del planeta o responsable de una gigantesca economía. Una declaración suya, incluso un gesto bastan a veces para mover voluntades en un sentido u otro. Este poder blando debe, sin embargo, emplearse con cautela, porque, como una moneda, se devalúa rápidamente si la emisión es excesiva.

Trump ha provocado una inflación de promesas y bravatas que se han revelado falsas o irrealizables y, ante la imposibilidad de interpretar sus señales, los inversores han dejado de tenerlas en cuenta. Por eso el VIX está plano. No es que todo vaya bien y no se vea ninguna amenaza por delante. Es que no se sabe lo que puede haber.

INTERREGNUM: Moon en Pekín. Fernando Delage

Tras varios meses de tensiones bilaterales, el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, realizó una visita oficial a China la semana pasada. La razón principal de las tiranteces entre ambos países ha sido el despliegue de un sistema de defensa antimisiles por Seúl (realizado bajo la administración de la presidenta Park Geun-hye, destituida en marzo), y las duras sanciones económicas impuestas por Pekín como respuesta.

Aunque fue una medida que tenía como objeto reforzar las defensas surcoreanas con respecto a la amenaza que representa Pyongyang, Pekín la interpreta como parte de la estrategia de Estados Unidos dirigida a debilitar sus capacidades estratégicas. Ambas partes parecían haber llegado en octubre a un acuerdo para dejar de lado sus discrepancias. Seúl se comprometió a no ampliar el número de plataformas desplegadas, y declaró que ni participará con Washington en una red regional de defensa antimisiles, ni se sumaría a ningún tipo de alianza trilateral con Japón y Estados Unidos en la región. A cambio, Pekín reduciría las sanciones a las empresas surcoreanas. No obstante, durante la visita de Moon, el presidente Xi Jinping reiteró la posición de su país sobre dicho sistema defensivo, que—según indicó—espera Corea del Sur “continúe respetando y considerando desde la perspectiva adecuada”.

No debe sorprender que tanto la prensa como la oposición política surcoreana hayan calificado la visita como un fiasco. Si a ello se suman la gestión del protocolo—a Moon lo recibió a su llegada un mero viceministro y no se le ofreció el almuerzo de rigor con el primer ministro chino—, y el acoso de la seguridad china a periodistas surcoreanos que acompañaban a su presidente, su viaje puso de relieve cómo actúa una República Popular más poderosa con quien no sigue sus preferencias políticas.

Sin embargo, como corresponde a un presidente surcoreano de centroizquierda, su perspectiva sobre Corea del Norte sigue más próxima de la de Pekín que la de Washington. Tema central en su agenda bilateral, Moon y Xi acordaron cuatro principios con respecto a la cuestión: no aceptarán una guerra en la península; están firmemente comprometidos con la desnuclearización; ésta debe perseguirse mediante negociación; y la mejora de las relaciones intercoreanas es decisiva para la resolución de la crisis. Pese a la obviedad de dichos principios, resulta llamativo que no hubo ni comunicado final ni comparecencia de prensa conjunta. Adversarios en la guerra de Corea (1950-53), China y Corea del Sur celebran este año el 25 aniversario del restablecimiento de relaciones diplomáticas. En este periodo, la República Popular se ha convertido en el primer destino de las exportaciones y de las inversiones directas surcoreanas. Al igual que otras naciones asiáticas, Seúl afronta ese complicado dilema de cómo equilibrar las relaciones entre su principal socio económico—China—y su aliado estratégico, Estados Unidos. Con la complicación añadida, compartida con Pekín, de una animosidad con Tokio derivada de la historia.