La criptodivisa mutante de Facebook (y 2) Miguel Ors Villarejo

En nuestra primera entrega analizamos cómo el proyecto Libra de Facebook ha resuelto los dos inconvenientes que lastraban al bitcóin: la lentitud de procesamiento de los pagos y la volatilidad de su cotización. También señalamos otras ventajas, como la bancarización de millones de personas que viven al margen del sistema o la rebaja de comisiones. “A primera vista”, escribe Carlos Roa en The National Interest, “todo esto suena como una ganancia neta para la humanidad”: finanzas al alcance de los pobres, remesas más baratas, competencia disciplinadora para los bancos centrales… Pero “las cosas nunca son tan sencillas”.

Pensemos en el órgano de gobierno de Libra. Lo integran un centenar de multinacionales y de prestigiosas ONG. Es una cantidad de vocales lo bastante amplia como para que nadie mangonee nada, pero no dejan de ser entidades privadas cuyos gestores no responden ante el público general, sino ante sus accionistas. De entrada, las reservas que respaldan la divisa podrían llegar al billón de dólares y, con que esa suma se remunere a un magro 1%, tendríamos un dividendo anual de 100 millones por cabeza. Eso ya estará mal visto por muchos sedicentes progresistas que aún piensan que el préstamo con interés es pecado, pero es que Libra no es una moneda. Es además una plataforma para la que ya se está invitando a las fintech a “desarrollar productos y añadir valor con sus servicios”. Esto multiplicará el tráfico de Facebook y, si decidiera en un momento dado (que lo decidirá) extender sus tentáculos a la banca, dispondrá de una preciosa materia prima: los historiales de pagos de sus usuarios, lo que le permitirá afinar sus ofertas y expulsar del negocio a cualquier competidor.

“¿Puede confiarse semejante tesoro [de datos] a una asociación que se gobierna a sí misma, con una fuerte representación corporativa y sin ningún control externo?”, se pregunta Roa. Es dudoso que los integrantes del actual establishment financiero vayan a permanecer mano sobre mano mientras les arrebatan la clientela bajo sus narices y no tardarán en exigir que Libra se someta a la misma supervisión que soportan ellos.

Las Estados, por su parte, tampoco han acogido el anuncio con simpatía, y por un motivo de peso. El señoreaje, es decir, el beneficio que comporta la fabricación de moneda, es un magnífico negocio. Al Tesoro americano apenas le cuesta unos céntimos imprimir cada billete, que luego coloca por su valor facial: 20, 50, 100 o 1.000 dólares. Esta bicoca no la va a ceder sin presentar batalla y, desde todos los rincones del planeta, ya se han alzado voces.

Bruno Le Maire, ministro de Economía francés: “Está fuera de cuestión que [la libra] vaya a ser una divisa nacional. No puede y no va a suceder”.

Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra: “Tendrá que estar sujeta a los criterios de regulación más estrictos”.

Sherrod Brown, miembro del Comité de Banca del Senado: “Facebook es ya demasiado grande y poderosa y ha empleado ese poder para explotar los datos de sus usuarios vulnerando su intimidad”.

“¿Qué va a pasar a continuación?”, se plantea Roa. “Quizás la presión obligue a Facebook a cancelar el proyecto”, pero su mero anuncio ha reabierto un debate que las limitaciones del bitcóin habían aparcado. Desde que Nakamoto sembró la semilla, las criptodivisas han continuado mutando y Libra quizás no sea la especie definitiva, pero tarde o temprano surgirá y los políticos deberían hacerse a la idea de que su monopolio tiene los días contados.

La criptodivisa mutante de Facebook (1). Miguel Ors Villarejo

La publicación en 2008 de “Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System” supuso un hito innegable. El artículo lo colgó en una lista de correo un tal Satoshi Nakamoto y, como su título indica, describe el protocolo para crear un sistema de pagos entre iguales. Para muchos es “el mayor cambio [en las finanzas] desde los Medici”, como sostiene John Lanchester. “Es banca sin bancos, dinero sin dinero”, cuyo valor no depende de las decisiones de un político o un técnico: lo fija libre y democráticamente la comunidad de usuarios. En 2016 incluso se promovió la candidatura de Nakamoto al Nobel de Economía, aunque su identidad nunca se ha establecido y, como la Real Academia de las Ciencias de Suecia alega, el galardón no se otorga a alguien que es “anónimo o ha fallecido”.

En el tiempo transcurrido desde entonces la criptodivisa ha mostrado, sin embargo, algunas carencias. La primera es la lentitud. Mientras su tecnología apenas permite gestionar entre cuatro y cinco transacciones por segundo, la de Visa alcanza las 24.000. Esto significa que los pocos segundos que tardan en autorizarnos una operación con tarjeta se convierten en una espera de cinco o más minutos.

El segundo inconveniente es la volatilidad. Al automatizar y limitar su emisión (está previsto que el último bitcóin se acuñe en 2140), Nakamoto pretendía impedir su depreciación, pero esta previsibilidad y escasez han dado alas a los especuladores. “Por ejemplo”, se lee en Investopedia, “en noviembre [de 2017] subió del entorno de 5.950 dólares a más de 19.700, para desplomarse a continuación hasta los 6.900 a principios de febrero [de 2018]. Incluso sus intradía son salvajes: es habitual verlo fluctuar un 10% arriba o abajo en el breve lapso de unas horas”. Esto no es saludable. Ningún país puede adoptar como medio de pago una divisa que una semana vale 20 dólares, a la siguiente 10 y a la otra 30. El comercio requiere previsibilidad. “Una de las ventajas del bitcóin es que los Gobiernos no pueden desestabilizarlo”, observa Felix Salmon en Fusion. “Pero resulta un magro consuelo para quienes lo ven saltar como una puntocom en plena fiebre de internet”.

Estas dos limitaciones han impedido que las criptodivisas desafíen el monopolio público de la acuñación, como pretendían los cypherpunks, y aquí es donde entra el proyecto Libra que Facebook ha anunciado. Su funcionamiento es más ágil: abrevia las transacciones a 10 segundos. Tampoco es volátil, porque su paridad se ha vinculado a una cesta de activos seguros (oro, divisas fuertes) y está controlada por un consejo de gobierno que interviene al menor signo de especulación. Finalmente, no está respaldada por media docena de friquis, sino por los miles de millones de usuarios de Facebook.

Ahora sí estamos ante un bicho que podría revolucionar los pagos. “Mucha gente no tiene hoy acceso a los servicios financieros más elementales”, explica Facebook. “Casi la mitad de los adultos del mundo carecen de cuenta bancaria”. Y denuncia cómo “los migrantes pierden cada año 25.000 millones de dólares en comisiones por el envío de remesas”. Si las tarifas lograran rebajarse del actual 10% al 3%, liberaríamos miles de millones.

Suena alentador, pero no todos han acogido la noticia con alborozo. “Libra entregará el poder a las personas equivocadas”, alerta Chris Hughes en Financial Times. Hughes fue cofundador de Facebook. La dejó porque, a diferencia de Mark Zuckerberg, quería acabar sus estudios en Harvard y porque le atraía más la política y, en particular, Barack Obama, para cuya elección coordinó una crucial campaña en internet.

Hughes siempre ha mirado con escepticismo las criptodivisas, pero Libra ofrece por primera vez una alternativa capaz de desplazar a los bancos centrales nacionales y le preocupa que su desaparición impida adoptar medidas de estímulo en los momentos de tensión. La crisis del euro ilustra “lo que sucede cuando una economía emergente pierde el control de su divisa”, escribe refiriéndose a Grecia.

No le falta razón. Al renunciar a la posibilidad de devaluar, Grecia (y España y Portugal) se vieron obligadas a recuperar su competitividad mediante una dolorosa combinación de despidos y deflación salarial. Si las decisiones monetarias se centralizan aún más y quedan en manos de una autoridad no ya europea, sino planetaria, el margen de maniobra se estrechará hasta la asfixia.

Pero justamente por eso es muy improbable que ocurra. Las sucesivas tormentas financieras que han azotado el sistema internacional desde finales del siglo XX (crisis asiática de 1997, rusa de 1998, argentina de 2001, europea de 2008…) han evidenciado que fijar irrevocablemente la paridad al dólar o el marco no funciona y que la humanidad jamás compartirá moneda. Siempre coexistirán varias, y esto no es malo. Al contrario. En el caso concreto de la libra de Facebook, si es tan eficiente, estable y líquida como sus promotores afirman, los ciudadanos de regímenes que imprimen los billetes como estampitas de santos podrán transferir sus ahorros al ciberespacio con un simple clic y preservar su capacidad adquisitiva.

¿No hay nada que objetar entonces a Libra?

Lo veremos en la próxima entrega.

El balón de Eolo. Miguel Ors Villarejo

Las sinergias entre defensa e innovación son la primera razón aducida por todos los expertos para explicar cómo ha llegado Israel a ser una potencia tecnológica. La necesidad aguza el ingenio. Como me dijo una autoridad municipal de Tel Aviv cuando visité hace unos años la ciudad: “Si no espabilamos, nos echan al mar”.

Pero se equivoca quien crea que basta con multiplicar la partida de I+D militar para que empiecen a proliferar las startups. “La tecnología y la ciencia por sí solas no garantizan el éxito”, decía Benjamin Netanyahu en un discurso que pronunció en la Bolsa de Londres en noviembre de 2017. “Si fuera así […] la Unión Soviética habría sido uno de los países más prósperos del planeta, porque disponía de científicos excepcionales en matemáticas, en física, en materiales, en cualquier campo imaginable”.

No basta con tener una gran comunidad científica para generar prosperidad. Piensen en los romanos. Conocían la máquina de vapor. En el siglo I de la era cristiana, el matemático Herón de Alejandría diseñó un artilugio que bautizó con el nombre de eolípila, que etimológicamente significa “balón de Eolo”, el dios del viento.

El mecanismo consistía en una esfera montada sobre un eje, para que pudiera dar vueltas como un mapamundi. Debajo se ponía un depósito de agua, que al calentarse y entrar en ebullición, expulsaba el vapor por unos tubos acodados situados en cada polo de la eolípila, imprimiéndole un movimiento giratorio.Es el mismo principio que impulsa las turbinas de las centrales eléctricas, pero para los romanos era una simple curiosidad, un juguete. ¿Por qué nunca lo aplicaron al transporte? Porque los romanos tenían esclavos y la mecanización del trabajo no les reportaba ninguna ventaja.

Lo mismo sucedía en la URSS. Ningún régimen ha destinado una proporción mayor del PIB a investigación y desarrollo y, sin embargo, su economía era un prodigio de ineficiencia. ¿Por qué? Porque no había propiedad privada ni libertad de empresa. La URSS figuraba en todas las estadísticas como el primer productor de tractores y de patatas, pero los tractores se oxidaban en las explanadas de las fábricas y las patatas se pudrían en el campo porque no había empresarios que dijeran: “Vamos a coger los tractores para cosechar las patatas y forrarnos”.

Para que la innovación se traduzca en riqueza hace falta un marco institucional adecuado. Allí donde se da, el ingenio germina imparable. “Si hubieran cogido a uno cualquiera de los científicos [soviéticos] y lo hubieran trasladado […] a Palo Alto”, señalaba Netanyahu en la Bolsa de Londres, “habría generado riqueza en dos semanas. Una riqueza ingente”.

Eso es lo que hizo Israel. Bueno, más o menos. No los trasladó a Palo Alto, sino a Tel Aviv. Y no lo hizo de forma deliberada, sino como consecuencia de una de esas carambolas que se dan a veces en la historia. Netanyahu va hoy por el mundo alardeando de economía liberal, pero en los años 90 Israel seguía preso de los peores prejuicios anticapitalistas. David Ben Gurion, uno de los padres fundadores de Israel, admiraba la Revolución rusa y organizó la agricultura en granjas colectivas (los kibutzim) que renegaban de la propiedad privada. Tampoco tuvo inconveniente en embarcar al Gobierno en todo tipo de aventuras empresariales, como la industria aeronáutica.

Este dirigismo funcionó bastante bien al principio. Dar tractores a los colonos o emplear a los parados en fábricas estatales impulsa la riqueza nacional, porque los hace más productivos. Esa movilización de recursos fue la razón por la que la URSS crecía a principios de los 50 a un ritmo frenético, hasta el punto de que muchos intelectuales se convencieron de que la planificación central era superior al mercado. La demostración definitiva fue la puesta en órbita en 1957 del primer satélite artificial. Kruschev vio en el Sputnik una prueba tan obvia de la superioridad de su sistema, que renunció a la beligerancia estalinista contra Occidente e inauguró una era de “coexistencia pacífica”, convencido de que el marxismo no necesitaba dar ni un tiro para ganar la Guerra Fría. El capitalismo caería como una fruta madura, arrastrado por su propia ineficiencia.

Era un espejismo, claro. Como Robert Solow expondría en un artículo publicado aquel mismo año de 1957, la movilización de recursos es una modalidad de desarrollo insostenible. Llega un momento en que ya no quedan colonos a los que dar tractores ni parados que emplear y, si quieres seguir creciendo, debes producir más con los mismos factores, es decir, debes aumentar tu productividad, lo que solo se logra incorporando tecnología. Y la tecnología se incorpora cuando se dan los incentivos para ello. Como me contaba una vez el experto en teoría de juegos Robert Myerson, durante la Guerra Fría “todos y cada uno de los avances militares se originaron en Estados Unidos. Tanto Washington como Moscú recibían cada día a legiones de expertos que les prometían armas maravillosas, y no había modo de saber si eran o no unos farsantes. Pero los estadounidenses tenían una razón de peso para ser sinceros: eran empresarios que se jugaban su dinero”.

Lo mismo sucedía en el ámbito civil. El gerente de una fábrica soviética sabía que su vida no iba a cambiar sustancialmente hiciera lo que hiciera. Piensen en Mijaíl Kaláshnikov. Se calcula que del fusil de asalto que lleva su nombre se han vendido unos 100 millones de unidades, pero Kaláshnikov no gano mucho dinero. Todo lo que le dieron (y una vez disuelta la URSS) fue la medalla de Héroe de la Federación Rusa.

Si hubiera vivido en cualquier país occidental, habría podido comprarse un equipo de fútbol. El capitalismo es muy generoso con los aciertos. Esa es la principal razón por la que la gente innova: porque te haces rico. La segunda razón es porque el mercado es implacable con los errores o, simplemente, con los que se quedan rezagados. No te puedes dormir en los laureles.

Esta competencia implacable es la que explica por qué el capitalismo resulta tan eficiente en la asignación de recursos y, como muy bien vio Friedrich Hayek, “es ingenuo pretender que pueda haber plena competencia cuando los responsables de las decisiones no pagan por sus errores”. Stalin intentó suplir la irresponsabilidad económica de los gerentes soviéticos con severas penas por “sabotaje”, pero acabó devorado por su propia espiral del terror.

INTERREGNUM: Civilizaciones: ¿choque o coexistencia? Fernando Delage

El ascenso de China no sólo está transformando el equilibrio global de poder. Es también un desafío a los valores liberales que sirvieron de base al orden internacional aún vigente, creado tras la segunda guerra mundial. China es una gran defensora de la Carta de las Naciones Unidas y del principio de soberanía absoluta del Estado-nación—lo que en su opinión es incompatible con los esfuerzos occidentales por promover sus esquemas políticos en el resto del planeta—, pero al mismo tiempo se define, más que como nación o territorio, como una civilización excepcional que puede ofrecer un modelo alternativo a la democracia liberal.

El nuevo autoritarismo tiene, en efecto, unos pilares más culturales que ideológicos. El capitalismo también impera en China (o en Rusia), si bien bajo la supervisión directa del Estado: el intervencionismo económico es un elemento central de su definición de la “soberanía”, y de la batalla contra el pluralismo occidental. Es la diferenciación cultural la que también justifica el rechazo de la universalidad de los derechos humanos, del Estado de Derecho o de la libertad de prensa.

La irrupción de la falla entre civilizaciones como factor estructural de la dinámica geopolítica mundial—además de la economía y la seguridad—fue un célebre argumento avanzado por el profesor de la universidad de Harvard Samuel Huntington hace 25 años. Pero la manera en que Estados como China o Rusia (también Turquía o el propio Daesh) recurren a criterios de civilización para expresar su identidad en el sistema internacional es un fenómeno al que no se ha prestado suficiente atención. Es un déficit que intentan corregir algunos expertos, como el profesor de la London School of Economics Christopher Coker en su reciente libro “The rise of the civilizational state” (Polity Press, 2019).

La República Popular de Xi Jinping defiende, como es sabido, un modelo de “socialismo con características chinas” que combina un Estado leninista con una cultura neoconfuciana. Recurriendo a la continuidad histórica de su civilización, el discurso nacionalista de Pekín persigue la promoción de su estatus como gran potencia con la denuncia del universalismo liberal. El desafío es en consecuencia cómo articular la coexistencia entre civilizaciones muy diversas, incluyendo a aquellas que se han situado en el centro del poder mundial y no seguirán aceptando una posición subordinada a Occidente.

También aquí China parece llevar la iniciativa. La semana pasada, en la inauguración en Pekín de una conferencia sobre el diálogo entre civilizaciones asiáticas, el presidente Xi se pronunció sobre el grave error de considerar una raza y civilización como superior a las demás, y el desastre que supondría intentar desde fuera rehacerla como la propia. “Las distintas civilizaciones no están destinadas a enfrentarse”, dijo Xi. “Los crecientes desafíos globales que afronta la humanidad, añadió, requiere esfuerzos conjuntos”, en los que la cultura desempeñará un papel fundamental.

Desconocemos si se trata de una coincidencia, pero unos días antes la responsable de la oficina de planificación del departamento de Estado de Estados Unidos declaró en Washington que, por primera vez, Estados Unidos afronta “un competidor que no es caucásico”. Las actuales tensiones comerciales se desarrollan en un contexto en el que se libra una “batalla con una civilización realmente diferente”. La polémica estaba servida, en una nueva demostración de que las presiones sobre el orden liberal no sólo proceden de China o Rusia, sino—de manera quizá más preocupante—desde dentro, impulsadas por ese fenómeno de los populismos identitarios, y por una administración norteamericana que parece haber olvidado el secreto de su liderazgo durante siete décadas. Demonizar a potencias terceras cuando Occidente se está erosionando en su propio seno de nada servirá para restaurar la fortaleza de los principios que crearon el mundo moderno. Puede perder, incluso, la capacidad para definir los términos del debate que dará forma a la Historia de las próximas décadas.

Trump y su juego arancelario con China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Una vez más, el debate en Washington se centra en la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Cuando parecía que había acuerdos más o menos aceptados por ambas partes, desde la cuenta de Twitter de Trump nos llegaban otras noticias. Y el viernes 3 de mayo amaneció con tarifas del 25%, y, como corresponde, los mercados sufrieron el impacto de la noticia respondiendo con volatilidad, y los ánimos se han caldeado nuevamente.

Parece que deberíamos habernos acostumbrado a que Trump cambie de opinión, o más bien a que haga uso del factor sorpresa debido a su convicción de que esa es la mejor manera de hacer negocios. Aunque eso quedó objetado en un artículo publicado por el New York Times -la semana pasada-, que sostiene que el inquilino de la Casa Blanca es un mal hombre de negocios, que su éxito ha sido la pérdida de millones de dólares de la fortuna que le dejó su padre y por ello ha podido evadir impuestos durante décadas. Seguramente esa es la razón por lo que se ha cuidado tanto de que sus declaraciones de la renta no se hicieran públicas ni durante la campaña electoral ni como presidente. Pues la razón que lo catapultó en las urnas fue precisamente su aparente éxito económico, y que esa experiencia fuera aplicada al Estado y pudiera ser copiada por los ciudadanos.

El año pasado alrededor de esta misma época estábamos analizando el impacto de las tarifas y los efectos de esa supuesta guerra comercial que tanto invoca Trump, pero en 2018 el centro estuvo en las tarifas arancelarias del aluminio, paneles solares y acero. Y, de acuerdo a los expertos, los estadounidenses ya están pagando impuestos por esos materiales en su día a día. Pero no es un desembolso obvio que tenga un impacto directo en sus presupuestos.

Un año más tarde la discusión se centra en productos elaborados en China, como teléfonos móviles, tabletas, dispositivos inteligentes o pulseras de deporte, ordenadores, televisores, juguetes, zapatillas deportivas de primera línea -como Nike-, prendas de ropa, entre muchos otros artículos que se consumen masivamente a diario. Y, de acuerdo con la CNN, si estos aranceles entran en vigor el impacto para una familia media de cuatro personas en los Estados Unidos podría representar cerca de 800 dólares más de gasto al año.

Los delegados de Beijing se despidieron con apretones de manos típicos de los representantes de Trump y se retiraron de Washington sin ningún acuerdo. 4Asia consultó la opinión de Eric Johnson, periodista especializado en intercambios comerciales, tecnología y logística, quien acumula muchos años de experiencia en el sector privado de intercambios internacionales. “La política comercial de Trump está causando estragos entre los importadores que gestionan las cadenas de suministro globales porque no pueden cambiar los centros de producción baratos. Cuando existen amenazas en imposición de tarifas, se obliga al sector a crear planes de contingencia, que incluyen transporte de carga, lugares de producción, adquisición de materias primas en esos sitios donde se produce”.

Johnson no cree que el presidente o la mayoría de los estadounidenses comprendan lo bien sintonizadas que están realmente estas cadenas de suministro en la práctica y cuán vulnerables son a los cambios, y más cuando se agregan tantos aranceles al producto final.

El experto afirma que los importadores están acostumbrado a cierto nivel de caos, ya sea una huelga en un puerto, un fenómeno natural, o la desaceleración de la demanda mundial de bienes. Pero, sostiene, la mayoría percibe estas tarifas como punitivas para ellos y sus consumidores, y, peor aún, no creen que lograrán el objetivo declarado por la Administración Trump de reconstruir la base de fabricación en los Estados Unidos.

En opinión de Jonhson, el aumento de los aranceles del viernes 3 es una señal de que las negociaciones fueron un pretexto para los aranceles, en lugar de que los aranceles sean una amenaza para obligar a China a sentarse en la mesa de negociación. Sin embargo, insiste, esto no debería absolver a China de su responsabilidad en este caos. Beijing ha actuado como una economía desarrollada durante una década, pero usando el disfraz de subdesarrollada, mientras ha subsidiado injustamente a sus propios sectores en detrimento de otros mercados.

Johnson afirma que Trump abandonó lo que habría sido un baluarte eficaz contra el desprecio de China por las prácticas de comercio justo cuando sacó a los Estados Unidos del TPP, a principios de su mandato. Desde entonces, ha alienado sistemáticamente a nuestros socios comerciales y aliados económicos.

Concluye: “Apostaría a que la mayoría de nuestros aliados están esperando los resultados de noviembre de 2020, para ver si tendrán que lidiar con Trump durante cuatro años más, o si por el contrario podrán tener una contraparte más razonable para negociar en la mesa”. (Foto: Stefan Schinning)

INTERREGNUM: Amenaza cuando puedas. Fernando Delage

El pasado viernes, como había amenazado con hacer sólo unos días antes, el presidente de Estados Unidos optó por una nueva escalada en la guerra comercial con China, al aumentar del 10 por cien al 25 por cien los aranceles sobre la importación de productos de la República Popular hasta un total de 200.000 millones de dólares. Su decisión se produjo en vísperas de la conclusión de la 11 ronda de negociaciones con Pekín, cuando parecía que un acuerdo estaba al alcance de la mano.

La Casa Blanca atribuye la medida a la marcha atrás china con respecto a algunos de sus compromisos, aunque no ha dado detalles al respecto (y las autoridades chinas lo niegan). En uno de sus tuits de la semana, Trump señaló como razón la “ESPERANZA” china—escribió la palabra en mayúsculas—de renegociar con Biden o con uno de los “muy débiles demócratas”. Sin el menor riesgo de que se le confunda con uno de estos últimos, el presidente ha advertido de la posibilidad de extender las tarifas ya impuestas al resto de las exportaciones chinas a Estados Unidos (es decir, a productos por valor de otros 325.000 millones de dólares).

El temor de que no se llegue a un pacto ha provocado el nerviosismo de los mercados occidentales, en un marcado contraste con la calma que se respira en China, cuyo gobierno no ha dudado en declarar que responderá debidamente a las sanciones de Washington. Trump ha debido tomarse en serio esas palabras, pues de manera inmediata ha prometido un paquete de compensación a los agricultores norteamericanos que exportan a China, muchos de ellos votantes suyos y al mismo tiempo los más perjudicados por la crisis bilateral: Pekín los ha sustituido desde hace meses por los productores de otros países.

¿Constituyen las bravuconadas de Trump una táctica negociadora, o una operación de distracción cuando se le acumulan los problemas internos? Su hostilidad hacia China atrae la atención de los medios, pero también complica la conclusión de las negociaciones. No faltan por ello los observadores que creen que la verdadera intención de Trump es crear una crisis económica y política en la República Popular. Es probable, sin embargo, que la administración tenga razón al concluir que de nada sirve pactar ciertos compromisos si luego la burocracia china hace inviable su implementación interna. El problema es que una vez más vuelven a ponerse de relieve las limitaciones derivadas de la presión unilateral. Bajo presidentes anteriores, Washington siguió un enfoque multilateral que le permitió crear los incentivos para que China ajustara sus prácticas internas si no quería verse aislada. Trump, en cambio, abandonó el TPP—diseñado para lograr de Pekín los mismos objetivos que él pretende—; no ha dejado de criticar a la OMC—cuyas normas violan las sanciones que acaba de adoptar—; y amenaza con nuevas tarifas a sus propios aliados también. Aun cuando muchos compartan la necesidad de disciplinar a China, quien se está viendo aislado en la esfera internacional por los métodos empleados es Estados Unidos (y sus consumidores los más afectados).

Es posible que este tipo de estrategia esté llegando a su fin. Pekín ha declarado que no negociará un acuerdo comercial con Washington “con un cuchillo en el cuello”. Las amenazas norteamericanas le preocupan sin duda, pero China ve en ellas la nada oculta intención de obligarle a cambiar su sistema económico e industrial y, de manera más general, frenar su ascenso como potencia global. Aunque ambas partes necesitan un entendimiento, sus diferencias estructurales impedirán la restauración de un equilibrio en la relación bilateral. Incluso si llegan finalmente a un acuerdo comercial, la rivalidad tecnológica y geopolítica entre los dos gigantes seguirá marcando el mundo de las próximas décadas. (Foto: Lance Leong)

La Gran Muralla, Notre-Dame y Oscar Wilde. Miguel Ors Villarejo

Notre-Dame tardó más de dos siglos en culminarse, pero Emmanuel Macron ha prometido reconstruirla en cinco años. No es lo mismo levantar una catedral desde cero que reconstruirla, pero se trata en todo caso de una diferencia de tiempo enorme, que da idea de lo mucho que ha avanzado la civilización. Nos han educado en la veneración de las Siete Maravillas del Mundo que nos legó el helenismo. El Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría o las pirámides de Guiza se erguían imponentes en las láminas de nuestros manuales de historia, pero cualquier país mediano podría hoy replicarlas sin incurrir en un esfuerzo excesivo. La Estatua de la Libertad es más alta que el Coloso, Torrespaña le saca más de 100 metros al Faro y con lo que nos hemos gastado en el AVE a Barcelona podríamos montarnos un juego de 11 pirámides como la de Keops. En Las Vegas ya se les ha ocurrido: el hotel Luxor replica el mausoleo egipcio y, aunque no lo iguala en tamaño por 30 metros, es mucho más acogedor.

Durante siglos la obra más cara de la humanidad fue la Gran Muralla. La firma británica de material de construcción Travis Perkins calculó hace unos años lo que supondría erigir las llamadas Nuevas Siete Maravillas, de las que la fortificación china forma parte, y concluyó que podría entregar sus 21.000 kilómetros en 18 meses, y no a lo largo de 2.000 años y varias dinastías. Eso sí, el presupuesto se iría hasta los 62.000 millones de euros. Es un dinero, sin duda, pero la Gran Mezquita de la Meca la gana por 40.000 millones.

El Coliseo de Roma, otra de las Nuevas Siete Maravillas, saldría por 461 millones de euros, con lo que ni siquiera estaría entre los 20 edificios más caros. En cuanto al Taj Mahal, símbolo del lujo oriental durante tanto tiempo, Travis Perkins te lo podría dejar en 80 millones, una miseria comparado con lo que los superricos del siglo XXI pagan por sus mansiones.

La propia Notre-Dame no costó más de 250 millones, según estima la tesis de la investigadora Amy Denning. Esta suma no es ni la mitad de los 700 millones que, dos días después de que la catedral ardiera, se llevaban recaudados en donaciones privadas. Esta espectacular reacción de solidaridad revela que la impresión que dejan en nuestro ánimo estos monumentos supera claramente su importe económico (que, por otra parte, resulta sorprendentemente bajo).

Quizás Oscar Wilde estaba después de todo equivocado cuando apuntó que “el hombre moderno conoce el precio de todo y el valor de nada”. (Foto: Sebastien Poncelet)

THE ASIAN DOOR: La promesa del Made in China 2025. Águeda Parra

El objetivo de Xi Jinping de convertir a China en una economía que consolide su influencia como poder global en 2049 pasa, en gran medida, por abordar ciertas reformas dirigidas a modernizar su economía. La China que hace unas décadas estaba considerada como “la fábrica del mundo” hace tiempo que persigue convertirse en referente tecnológico mundial cambiando el Made in China por el Designed in China.

En estos últimos años, China no ha escatimado gastos en innovación científica. El gigante asiático ha conseguido que el importe destinado a la inversión y desarrollo (I+D) de los últimos cuatro años supere el 2% del PIB, alcanzado en 2018 el 2,18% e incrementándose la inversión en un 11,6% respecto al año anterior, hasta los 293.600 millones de dólares. Aunque China no es la potencia que mayor gasto dedica a la I+D, sí forma parte del Top 5 de grandes economías mundiales ocupando el cuarto lugar, junto a Japón, Alemania y Estados Unidos, que lideran la clasificación, quedando por delante de la inversión que destina el conjunto de la Unión Europea que ocupa la última posición de esta clasificación, según el Banco Mundial. De ahí las reticencias que han llevado a Estados Unidos a iniciar una guerra comercial con China, donde lo que menos importancia tiene son los aranceles a los productos chinos cuando lo que está en juego es mantener la supremacía como referente tecnológico mundial.

Se podría decir que la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda es al estrecho de Malaca, lo que el Made in China 2025 (MIC2025) es para la industria de los semiconductores. Se trata de dos grandes proyectos del gobierno chino concebidos para reducir lo que posiblemente son las dos amenazas más importantes que enfrenta China en clave geopolítica con el resto de grandes potencias. En el primer caso, se trata de construir un conjunto de rutas alternativas al estrecho de Malaca para evitar el aislamiento energético de China ante un posible bloqueo del paso marítimo en el caso de conflicto con otras potencias extranjeras. En el segundo caso, la iniciativa Made in China 2025 es el plan gubernamental con el que el país aspira a convertirse en un gigante de los semiconductores, pieza esencial para conseguir el máximo nivel de modernización de la industria china.

China perdió su posición de gran potencia, económica e innovadora, en el momento en el que la Revolución Industrial impulsó el ritmo de desarrollo económico de los países occidentales hasta convertirlos en grandes potencias mundiales. Ante el reto de recuperar de nuevo esta ansiada posición, China pretende conseguir una producción de contenido nacional de componentes y materiales básicos del 40% en 2020, que alcanzará el 70% en 2025, y que supondría el salto tecnológico necesario para no tener que depender de las potencias extranjeras en su propio proceso innovador. En la hoja de ruta, China ha considerado hasta 10 industrias de vanguardia con las que espera conseguir el dominio tecnológico mundial, y que van desde la industria aeroespacial, los vehículos de energías alternativas, la nueva generación de tecnologías de la información y la robótica.

La industria de los semiconductores está considerada como la piedra angular en la carrera por el liderazgo tecnológico mundial. Aquel país que tenga los mejores chips, no sólo estará en posesión de la mejor tecnología, sino que será el que establezca los protocolos de comunicación a nivel mundial, escenario de fondo de la lucha entre Washington y Beijing por liderar el desarrollo de la tecnología 5G. Incluso con una guerra comercial de por medio, algunos consideran que Made in China 2025 será un éxito, a pesar de Trump, sencillamente porque es un objetivo al que el gigante asiático no puede renunciar si no quiere volver a perder el segundo tren de la revolución económica mundial.

Aunque apenas queda un año para el primer hito del proyecto que se cumplirá en 2020, el camino será largo hasta conseguir completar los ambiciosos objetivos que plantea Made in China 2025. De los chips que utiliza China, solamente un 16% son de producción nacional, siendo necesario destinar a la importación de semiconductores 260.000 millones de dólares en 2017, un importe bastante superior a los 162.000 millones de dólares necesarios para asegurar el abastecimiento de petróleo del país. Ante la vulnerabilidad estratégica que supone para China la dependencia del suministro de componentes extranjeros, el primer paso será desarrollar una industria de semiconductores que le permita competir con Corea del Sur y Taiwán, para finalmente pasar a la liga en la que se mueve Estados Unidos, el actual líder mundial. Es decir, que Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC), la empresa china mejor posicionada en esta industria, compita en igualdad con la élite que representan el gigante estadounidense Intel, o el líder mundial surcoreano Samsung Electronic.

La más reciente incorporación a esta carrera por la fabricación nacional de chips procede de uno de los grandes titanes tecnológicos chino, Alibaba, que ha creado una nueva filial, denominada Píngtóuge (平头哥), dedicada exclusivamente a este fin. La inversión en nuevas tecnologías está marcando las decisiones empresariales del líder mundial del e-commerce, manejando plazos muy competitivos. Este próximo mes de abril pretende tener disponible su propio chip de red neural, el Ali-NPU, que se utilizará en aplicaciones de inteligencia artificial como análisis de imágenes de vídeo y machine learning. Con esta nueva incorporación de los titanes chinos, la carrera por convertirse en el gigante de los semiconductores entra en una nueva dimensión, nuevos jugadores, más competencia, mayor rivalidad entre potencias, a lo que habría que sumar la proyección de Made in China 2025 como símbolo del creciente nacionalismo dentro del país.

La ceguera maltusiana. Miguel Ors Villarejo

Desde que Thomas Malthus argumentara en su Ensayo sobre el principio de la población (1798) que nunca erradicaríamos el hambre, porque la humanidad crecía más deprisa que los alimentos, la natalidad no ha gozado de buena fama. Todavía en 1968 el entomólogo Paul Ehrlich sacudía la opinión pública con La explosión demográfica, un bestseller en el que auguraba la inminente muerte por inanición de millones de personas si no se adoptaban medidas inmediatas y, en 1979, Pekín decretaba la política del hijo único en medio de la aprobación general: dado que el comunismo no lograba mejorar la renta, Mao reducía el per cápita y así le salía una ratio más presentable en las estadísticas.

Las tesis antinatalistas se veían reforzadas por las imágenes de aglomeraciones que nos llegaban de Asia. Al ver los trenes masificados de la India y las riadas de ciclistas chinos pensábamos: ¿cómo van a salir nunca de la miseria si no dejan de reproducirse como conejos? En nuestras cabezas, la realidad estaba compuesta, de una parte, por un planeta de recursos menguantes y, de otra, por una especie de necesidades crecientes. El resultado solo podía ser la explosión de la que hablaba Ehrlich.

Sin embargo, las investigaciones más recientes y, en particular, las del último Nobel Paul Romer ven las cosas de un modo diferente. La realidad no está formada por recursos y necesidades, sino por objetos e ideas. Los recursos surgen de combinar las ideas con los objetos y, aunque estos son limitados, las ideas no lo son y, por tanto, los recursos tampoco. Podemos quedarnos sin carbón (el objeto), pero no sin carburante (el recurso), porque sustituimos las máquinas de vapor por motores de explosión (la idea) que funcionan con gasolina.

Kenneth Boulding publicó en 1966 un ensayo en el que hablaba de “la nave espacial Tierra”, para enfatizar los límites del planeta en el que viajamos, pero estos son más elásticos de lo que su metáfora sugiere, como puso de manifiesto la apuesta que planteó Julian Simon a Ehrlich. “Si son ciertos sus negros augurios”, le vino a decir al autor de La explosión demográfica, “los precios de las materias primas no dejarán de subir. ¿Por qué no coge usted las cinco que quiera y vemos qué ha pasado con su cotización dentro de 10 años?” Dicho y hecho. Asesorado por John Paul Holdren (físico, profesor de Harvard y futuro consejero científico de Barack Obama), Ehrlich eligió el cobre, el cromo, el níquel, el estaño y el tungsteno y, en 1980, suscribió un contrato con Simon.

A lo largo de la siguiente década, la población siguió aumentando y las reservas de metales se mantuvieron estables. “Ehrlich se frotaba las manos”, cuenta en su blog David Ruyet. Pero llegó octubre de 1990 y “para espanto de uno y carcajadas del otro”, se comprobó que las cinco commodities se habían abaratado. El descubrimiento de nuevos yacimientos, la finalización del monopolio del níquel canadiense, las mejoras en la extracción del cromo, la aparición de sustitutivos como cerámicas y plásticos y, en suma, el ingenio del hombre habían conjurado el apocalipsis de Ehrlich.

Esto no significa que vaya a ser siempre así. De hecho, desde comienzos de siglo la tendencia de las materias primas se ha invertido. “No hay ninguna ley de la naturaleza”, observa Ruyet, “por la que los precios de los productos básicos deban bajar inexorablemente”. Pero en cuanto se encarecen más de la cuenta, la gente se busca la vida, lo que reduce la presión alcista. Como comentó en cierta ocasión Don Huberts, un directivo de Royal Dutch/Shell, “la edad de piedra no se acabó porque nos quedáramos sin piedras”. El desarrollo tecnológico nos ha permitido sortear las escaseces antes incluso de que se materializaran.

En esa capacidad para combinar objetos e ideas radica el origen de la riqueza de las naciones y, en principio, más gente debería significar más ideas. ¿Por qué se da la paradoja de que naciones densamente pobladas como China y la India sean más pobres? Se trata de “una anomalía”, dice Alex Tabarrok. “Ni China ni la India fueron pobres en el pasado y tampoco lo serán en el futuro”. Su atraso relativo ha sido consecuencia de su tardía adopción de las instituciones que hicieron posible el despegue de Occidente.

Pero una vez asimiladas las reglas del capitalismo, los investigadores Klaus Desmet, David Krisztian y Esteban Rossi-Hansberg creen que no tardarán en recuperar el liderazgo mundial. “Dos fuerzas impulsan este proceso”, escriben en un artículo ganador del Premio Robert Lucas. “Primero, la gente se muda a las áreas más productivas y, segundo, las concentraciones más densas se vuelven más productivas con el tiempo, porque resulta más rentable invertir allí [donde hay más clientes]”.

El único modo de que Europa y Estados Unidos eviten verse desbancados es liberalizar la inmigración, pero seguimos presos de viejos prejuicios maltusianos que consideran a cada recién llegado otro estómago que alimentar, en lugar de la mente que alumbrará las futuras soluciones.

THE ASIAN DOOR: Ha nacido un país de unicornios. Águeda Parra

Que a los unicornios les gusta China es una afirmación que hoy en día ya muy pocos cuestionan. No se trata de que Estados Unidos haya dejado de competir con el gigante asiático en la creación de este tipo de empresas, valoradas en más de un 1.000 millones de dólares. Más bien es que China ha entrado en una dinámica de revolución tecnológica que alcanza a todos los ámbitos de su economía y que le está impulsando a liderar la creación de grandes centros de innovación al estilo de Silicon Valley.

Existe todo un ecosistema que propicia este ritmo de generación de nuevas startups en China. Las reformas económicas introducidas por el gigante asiático hace 40 años han conseguido generar una sociedad que ha incrementado su nivel de ingresos significativamente, lo que conlleva un mayor nivel de consumo y una capacidad de compra que ha crecido rápidamente. De este modo, se ha llegado a abordar una revolución digital que tiene a más de la mitad de su población conectada a Internet, superando los 700 millones de personas, usuarios todos ellos de un complejo entramado de plataformas tecnológicas que conforman el ecosistema digital de China. Esta trepidante dinámica de digitalización de la sociedad ha llevado a que China cree un unicornio cada 3,8 días en 2018, según un estudio de Hurun Report, posicionando la tecnología Made in China en la vanguardia mundial.

China, un país de unicornios, acoge a 186 de estas empresas, generando un crecimiento del 50% respecto a los 120 con los que contaba en 2017. No solamente el crecimiento es significativo en el número de nuevas empresas, sino que los 181 unicornios tienen un valor agregado de más de 736.000 millones de dólares, casi el doble de la valoración de los 120 unicornios de 2017 que alcanzaban los 433.000 millones de dólares. En la creación de este tipo de empresas juegan un papel destacado los grandes titanes tecnológicos en su papel de incubadoras o aceleradoras, contando hasta 11 unicornios con el apoyo de Alibaba, mientras que Tencent ha confiado su inversión en 28 de estas empresas.

A medida que existen ciertos sectores que con el tiempo empiezan a considerarse ya maduros en el mercado chino, como el e-commerce, comienzan a estar en alza otros nuevos intentando satisfacer rápidamente la demanda de los usuarios. Por sectores, lideran la clasificación los unicornios relacionados con los servicios de Internet, seguidos del e-commerce y las FinTech. Precisamente es en el sector de los servicios financieros online donde se encuentra el unicornio con mayor valoración de mercado, Ant Financial, compañía de la que Alibaba posee un 33% y que está valorada en 148.400 millones de dólares. Por ubicación, Beijing sigue siendo la ciudad elegida para desarrollar el mayor número de unicornios que genera China, tanto por los ya existentes como por los nuevos creados durante el último año. Las ciudades de Shanghai y Hangzhou, ciudad natal de Jack Ma, ocupan el Top 3 de los grandes hub de innovación que está desarrollando China, aunque en el último año Nanjing ha conseguido posicionarse como uno de los centros con más atractivo para atraer la innovación, principalmente por la vocación de la ciudad por desarrollar la tecnología del automóvil del futuro.

De los 97 nuevos unicornios creados en 2018, 23 de ellos están relacionados con el sector servicios, principalmente relacionados con la demanda de las bicicletas y coches compartidos. El siguiente grupo que mayor número de unicornios agrupa es el de salud y medicina, seguido del de educación, Big Data y Cloud Computing, que muestran el creciente interés de la sociedad china por estas nuevas tecnologías y los servicios asociados a las mismas. Por el contrario, la madurez del mercado del e-commerce en China, donde los consumidores cubren plenamente sus demandas con los servicios que ofrecen los titanes tecnológicos chinos como Alibaba y JD.com, supone que apenas sean dos los nuevos unicornios creados en este ámbito.

Ahora que la economía china está sufriendo una importante desaceleración motivada por la guerra comercial con Estados Unidos, la aportación de los unicornios a la nueva economía digital resulta fundamental para mantener los ritmos de crecimiento económico de China. El escenario de inestabilidad que está provocando a nivel mundial el conflicto internacional ha lastrado las exportaciones chinas en enero hasta un 21% respecto al año anterior, un impacto mayor de lo que habían pronosticado los analistas, lo que está provocando retrocesos en el resto de economías mundiales. De ahí que China siga confiando en sus unicornios para intentar mantener el ritmo de desarrollo económico ante una situación que ya ha sobrepasado la tregua de tres meses establecida y cuyas consecuencias en el medio plazo todavía son inciertas. (Foto: Andrew Morrell)