INTERREGNUM: Pekín aumenta la presión. Fernando Delage

Aunque falta aún tiempo y perspectiva para valorar las consecuencias geopolíticas del coronavirus, parece innegable que uno de sus resultados está siendo el agravamiento de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Su impacto también resulta visible en el giro producido en el comportamiento de Pekín, que ha acelerado en las últimas semanas la estrategia orientada a expandir su influencia.

La neutralización del estatus semiautónomo de Hong Kong a través de la legislación de seguridad aprobada hace unos días es un ejemplo de dicha política, como lo son asimismo el aumento de la presión sobre Taiwán (y por tanto sobre sus vecinos del noreste asiático, Corea del Sur y Japón); y el anuncio de la realización de ejercicios militares en el mar Amarillo—con los dos portaaviones de que ya dispone su armada—, en unas maniobras que se extenderán en verano al mar de China Meridional. Aunque nada de esto es nuevo, en su conjunto reflejan la voluntad de los líderes chinos de redoblar la presión sobre sus “intereses fundamentales”—es decir, no negociables—y, mediante ellos, avanzar en sus objetivos de cambiar las reglas del juego en Asia. A ello también apunta un nuevo frente: la tensión con India.

Tres años después de la disputa en Doklam, punto de encuentro de las fronteras de ambos gigantes y de Bután, donde la construcción por la República Popular de una carretera provocó dos meses de enfrentamiento, sólo resuelto tras la retirada china, Pekín y Delhi vuelven a colisionar por su conflicto fronterizo, causa de la guerra entre ambos de 1962. Desde finales de abril, las fuerzas armadas chinas habrían movilizado a 5.000 soldados cerca de la “Línea de Control” que delimita el extremo occidental de la frontera entre los dos países, en Ladakh, al norte de Cachemira. India ha respondido mediante un despliegue similar de tropas. Las conversaciones diplomáticas mantenidas entre ambos gobiernos a finales de mayo no han conducido a ningún resultado, ni ninguno de ellos ha aceptado el ofrecimiento de mediación realizado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La pregunta es inevitable: ¿por qué China hace esto? Y ¿por qué en este momento? Como se mencionó, los movimientos chinos en la frontera con su vecino meridional coinciden con sus intentos por consolidar su posición política y estratégica en el continente asiático. Si ha hecho de Hong Kong un nuevo factor de confrontación con Estados Unidos y Japón, a la vez que aumenta las tensiones con Vietnam, Filipinas y Malasia en el sureste asiático, y recibe las críticas de Europa, Australia y de numerosos países africanos, entre otros, por su gestión de la pandemia, complicar las relaciones con India no parece una política muy acertada. Especialmente después de que, en Doklam, Pekín se sorprendiera de la firmeza con que Delhi defendió sus principios. La razón es que India percibió entonces que lo que estaba en juego no era el control de un territorio menor, sino la batalla por el equilibrio regional. Por la misma razón, el gobierno de Narendra Modi tampoco va a retroceder tres años después, por mucho que China pretenda aprovechar la distracción interna creada por el impacto del coronavirus en India.

El activismo estratégico chino revela la confianza de sus dirigentes en su nuevo poder, pero también refleja una impaciencia por modificar el statu quo que puede convertirse en causa de vulnerabilidad. Rodeado por potencias rivales, cada vez más escépticas de las intenciones de la República Popular, Xi Jinping trata de demostrar que ni la pandemia ni sus efectos económicos han debilitado a China. Pero de Hong Kong a Australia, de Europa a Estados Unidos, de Japón a India, se acumulan los obstáculos a la ambición de convertirse en el hegemón regional y, por tanto, a su objetivo de “rejuvenecimiento nacional”. ¿Cuántos frentes puede Pekín gestionar sin contratiempos?

INTERREGNUM: Del “Sueño Chino” a la “Nueva Era”. Fernando Delage

El pasado jueves se inauguró la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional china. Pese a su breve duración—el encuentro se ha reducido a siete días, frente a las habituales dos semanas—, puede marcar el comienzo de una nueva etapa. Si hace tres meses se especulaba sobre cómo el retraso y opacidad en la respuesta al coronavirus podía perjudicar políticamente a los dirigentes chinos, la Asamblea ha sido la ocasión, por el contrario, para declarar la victoria del Partido Comunista sobre la pandemia, como también sobre las voces críticas, tanto internas como externas.

Abandonando la práctica habitual en la Asamblea, el primer ministro Li Keqiang renunció en su discurso de apertura a ofrecer un objetivo de crecimiento económico para 2020, citando la incertidumbre del actual escenario global. Tras caer el PIB por primera vez desde 1976 el primer trimestre del año, los más recientes datos estadísticos revelan asimismo unas cifras de desempleo mayores de las esperadas. No sólo la ambición del gobierno de duplicar este año el PIB de 2010 resulta ya inalcanzable: China afronta los más graves desafíos económicos y financieros desde la puesta en marcha de la política de reformas a finales de la década de los setenta. Las dificultades del entorno económico propician por tanto que se recurra al nacionalismo como instrumento para fortalecer la legitimidad del régimen; un recurso al que también conduce la comparación en la gestión de la crisis: frente a la caótica respuesta de Estados Unidos y de distintos países europeos, el Partido Comunista Chino se presenta como ejemplo. Los líderes chinos intentan convencer a su opinión pública de la eficiencia de su sistema, al tiempo que evitan la responsabilidad política por lo ocurrido culpando a fuerzas externas.

Este triunfalismo está detrás de la legislación de seguridad que se aplicará a Hong Kong—y que acaba de facto con el estatus autónomo del enclave—, y también explica la posición de firmeza frente a la retórica antichina de Estados Unidos. Aunque el futuro de Hong Kong como centro financiero pueda estar en riesgo y Pekín haya creado otro elemento de confrontación con Washington, la polémica distraerá la atención sobre los orígenes y la falta de reacción en las primeras semanas de la pandemia, al movilizar a una opinión pública china con escasa simpatía por los manifestantes a favor de la democracia en el territorio, y aún menos por un presidente norteamericano que—según perciben—quiere negarle a la República Popular el lugar que le corresponde en el sistema internacional.

El coronavirus, por tanto, ha terminado beneficiando a Xi, si bien creando nuevos problemas al maximizar el control político de la sociedad, y evitar el debate interno para señalar a terceros como culpables. Xi necesita a Trump, como Trump necesita a Xi en su estrategia de evasión de responsabilidades. La diferencia estriba en que, mientras continúa esta guerra de propaganda, la República Popular ha adaptado con rapidez sus objetivos al “nuevo escenario” que afronta el país, según el documento preparado por el Consejo de Estado para la reunión de la Asamblea. Entre las 33 prioridades recogidas por el texto, la Nueva Ruta de la Seda ya no aparece entre las primeras, mientras que se hace hincapié en redoblar los esfuerzos en innovación y alta tecnología, y en el desarrollo de las provincias occidentales, para adquirir un estatus de país avanzado hacia 2035. Pekín sustituye el “Sueño China” por el lema de la “Nueva Era”, un periodo con mayor carga ideológica y nacionalista, mientras el resto del mundo se ajusta a la “nueva normalidad”.

THE ASIAN DOOR: Decoupling a la vista, pero no de quien crees. Águeda Parra

La situación de más de dos años de guerra comercial entre Estados Unidos y China ha desencadenado la posibilidad de promover el decloupling de la primera potencia del mundo del mayor exportador mundial. Una forma de reducir el déficit comercial que existe entre ambas economías pero que, asimismo, implica ciertas consideraciones geopolíticas de gran trascendencia. Hasta la llegada del COVID-19, la idea del decoupling estaba íntimamente ligada con las negociaciones de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Inmersos ahora en una importante crisis sanitaria, la narrativa sobre el decoupling comienza a popularizarse de forma generalizada.

La llegada de la crisis sanitaria ha puesto de manifiesto la dependencia de China que tienen las economías mundiales en muchos productos de primera necesidad. Antes de la pandemia, la producción y abastecimiento estaban garantizados, pero una demanda simultánea en un corto espacio de tiempo en todo el mundo ha hecho aflorar la posibilidad de contemplar una alternativa a China para evitar los casos de descontinuación de la producción que ha sufrido el gigante asiático por efecto de la crisis del COVID-19. Esta situación ha fomentado que se incremente la narrativa sobre el decoupling en Estados Unidos, mientras otros países, como Japón, también se suman a esta iniciativa considerando incentivar a sus empresas para que saquen la producción de China.

Todo lo contrario de lo que sucede con Asia en su conjunto y, especialmente, en el Sudeste Asiático, donde China avanza hacia una mayor integración comercial. En medio de la crisis del COVID-19, el gigante asiático incrementó las exportaciones hacia la región en un 8,5% interanual, desmarcándose de la previsión de los analistas que pronosticaban una reducción del 12%. Si algo ha demostrado la pandemia es la continua integración económica de las economías asiáticas que lejos de la estrategia promovida por Estados Unidos de fomentar el decoupling de China, Asia está consolidando una mayor integración con el gigante asiático, lo que, en definitiva, supondrá un decoupling de Estados Unidos.

El mes de abril ha registrado incrementos de compra de hasta el 50% de productos chinos por parte de Taiwán, Vietnam, Tailandia e Indonesia, justo en medio de la pandemia. A la inversa, la tendencia es la misma, y las importaciones de China desde Asia también se han incrementado. Una tendencia que puede estar provocada por la discontinuidad de la producción en los países occidentales, más afectados en ese momento por la crisis sanitaria. Sin embargo, en una situación post-pandemia, estos mayores flujos comerciales con Asia pueden hacerse permanentes y reforzar la creciente integración económica que ya se aprecia entre las principales economías asiáticas.

El comercio de semiconductores también se ha incrementado, recibiendo China un volumen mayor por parte de Japón del que éste envía a Estados Unidos. La guerra comercial continúa, y Estados Unidos ha extendido un año más la prohibición de que las compañías vendan componentes al proveedor chino de telecomunicaciones Huawei, de ahí que la necesidad de aprovisionamiento del gigante asiático de semiconductores procedentes de otros países haya crecido. En el largo plazo, esta estrategia de Estados Unidos no va a impactar en la capacidad de China para conseguir ser autosuficiente de la tecnología extranjera, pero estas restricciones sí van a perjudicar, sin embargo, la competitividad de las marcas americanas en el mercado chino.

La crisis sanitaria del COVID-19 ha reforzado la narrativa de Estados Unidos de fomentar el decoupling de China, pero las tensiones económicas provocadas por la situación post-pandemia no van a hacer sencillo que ese proceso se produzca, de producirse, en el corto plazo. Sin embargo, en este tiempo China continuará con su ambición de ser independiente de la tecnología extranjera a través del impulso que está aportando la iniciativa Made in China 2025 a su industria. De esta forma, el gigante asiático continuará con su estrategia de fomentar alianzas con otras empresas tecnológicas no estadounidenses. Lo que empezó siendo un decoupling de Estados Unidos de China puede terminar convirtiéndose en un efecto decoupling de Asia de Estados Unidos liderado por China.

INTERREGNUM: La nueva guerra fría se calienta. Fernando Delage

Si la rivalidad entre Estados Unidos y China ya era causa de alarma desde 2018, sus respectivas circunstancias internas están conduciendo a un rápido deterioro de la relación. El presidente norteamericano, Donald Trump, está recurriendo a China como chivo expiatorio de su fracaso de gestión, además de instrumento para su reelección. Su homólogo chino, Xi Jinping, intenta por su parte desviar el descontento social sobre la pandemia enfrentándose a Estados Unidos en clave nacionalista, y haciendo hincapié en la fallida respuesta de Washington en contraposición a la “superioridad” de su sistema político. Esta hostilidad mutua sitúa a la relación bilateral más importante del mundo ante su más grave crisis desde la normalización de relaciones diplomáticas en 1979.

Durante 40 años, Estados Unidos mantuvo una política orientada a facilitar la integración de China en la economía global y proporcionarle un espacio en el sistema internacional. Trump ha optado en cambio por la confrontación, al considerar que esa estrategia ha convertido a China en una amenaza para el estatus internacional de Estados Unidos. Mientras, con la confianza que le proporciona su creciente poder, la República Popular no ve razones por las que tenga que aceptar las reglas escritas por otros, y asumir una posición subordinada a las naciones occidentales. El recurso de culpar al otro para salvar cada uno su reputación no sólo complica la cooperación internacional necesaria para combatir la pandemia: esta retórica de guerra fría entre las dos mayores economías del planeta maximiza el riesgo de un choque militar. La semana pasada se confirmó la escalada de tensión.

Trump y su secretario de Estado, Mike Pompeo, continúan afirmando—sin pruebas—que el coronavirus se creó en un laboratorio de Wuhan. Son declaraciones que, a algunos expertos de la comunidad de inteligencia, hacen recordar las falsas acusaciones de la administración Bush sobre las armas de destrucción masiva que, se decía, tenía Sadam Hussein y sirvieron de justificación para la invasión de Irak. Nada parecido podría hacer Estados Unidos con respecto a la República Popular. Sin embargo, la Casa Blanca piensa que quizá pueda movilizar a la sociedad china contra sus autoridades. Tal es el mensaje implícito del discurso pronunciado por el viceconsejero de seguridad nacional, Matthew Pottinger, el pasado lunes. Pottinger, antiguo corresponsal del Wall Street Journal en Pekín, se dirigió en mandarín a la opinión pública china recordándoles el legado del movimiento del Cuatro de Mayo, el histórico levantamiento de los estudiantes e intelectuales chinos en 1919 contra su gobierno (por su incapacidad para defender los intereses nacionales en la Conferencia de Paz de París), que también sirvió de inspiración a la concentración de Tiananmen en 1989. Sin mencionar al Partido Comunista, el asesor de Trump quiso trasladar a las elites chinas el mensaje de que “necesitan el consenso de la mayoría para gobernar”.

Son unas palabras sin precedente, que no hacen sino confirmar a los dirigentes en Pekín su percepción sobre las intenciones norteamericanas. También la semana pasada, Reuters dio a conocer un informe secreto discutido por los líderes chinos en abril. El informe, elaborado por un think tank del ministerio del Interior, indicaba que nunca desde Tiananmen ha sido más negativa la opinión internacional sobre el país. “Como resultado, señala el documento, Pekín se enfrenta a una oleada de sentimiento contra China liderado por Estados Unidos en el contexto de la pandemia, y necesita prepararse como peor escenario posible para una confrontación armada entre las dos potencias globales”.

Para China, el “periodo de oportunidad estratégica” para construir indirecta y gradualmente su poder puede darse por concluido.  Si esta va a ser la política de Estados Unidos, lo previsible es que Pekín acelere sus planes dirigidos a consolidar su estatus mundial.  La Historia tiene multitud de ejemplos de lo que ocurre cuando se trata a alguien como enemigo. Por eso, antes de utilizar la pandemia para demonizar al otro, no estaría de más que se estudie de nuevo el comportamiento de los líderes europeos entre 1907 y 1914.

Pandemia y seguridad, una lección del COVID-19. Julio Trujillo

La crisis sanitaria que recorre el mundo, como aquel fantasma del comunismo que anunció Marx y que tan catastrófico ha sido para la humanidad, además del riesgo para la salud pública está revelando las vulnerabilidades institucionales ante una epidemia. En realidad, el COVID-19 está planteando un trágico supuesto táctico sobre lo que supondría un ataque con armas biológicas y es de esperar que los servicios especializados estén analizando este escenario y sacando las conclusiones pertinentes.

No hay ninguna evidencia de que el COVID-19 haya sido creado artificialmente, por muchos que las administraciones china y estadunidense se empeñen en extender sospechas cada una sobre la otra. Pero el resultado sería el mismo y hay que estudiar la situación como si de una agresión voluntaria se tratara para tomar las medidas preventivas necesarias.

A finales de los años 70 se supo que Estados Unidos había desarrollado una bomba de neutrones (bomba N) derivada de las bombas A y H, que implicaba la destrucción biológica masiva pero la salvaguarda de infraestructuras, armas y sistemas de producción. Es decir, la miseria ética y moral absoluta y la situación ideal para la destrucción de un enemigo y el final de una conflagración. Pues esos mismos resultados, con menos inversión probablemente, los pueden obtener las armas biológicas y esa preocupación ha llevado desde hace mucho tiempo a la creación de unidades militares que integran los riesgos de armas biológicos juntos a los nucleares y químicas (las unidades llamadas NBQ).

Todos los países, y especialmente las grandes potencias dedicas muchos recursos a las investigaciones y al espionaje)  en este campo y China es particularmente agresiva.

El descubrimiento por parte de los servicios de inteligencia belgas de que agentes chinos han espiado en los últimos años a los expertos belgas en guerra biológica y vacunas en las instalaciones que tiene en Bélgica la multinacional farmacéutica británica GlaxoSmithKline (GSK) y en otras empresas y laboratorios de alta tecnología como el Departamento de Biología de la Universidad Católica de Lovaina pone de relieve la actualidad y la necesidad de actualizar continuamente los mecanismos de defensa. Este es otro de de los efectos secundarios y una de las lecciones de la actual crisis sanitaria.

INTERREGNUM: Trump visita a Modi. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realiza esta semana su primera visita a India. El primer ministro Narendra Modi—con quien se vio hasta cuatro veces el pasado año—le ha organizado una multitudinaria recepción en su estado natal de Gujarat. Pero además de engrasar el ego de un Trump en busca de su reelección, Modi tiene que asegurarse de que no vuelva a Washington con las manos vacías. Ambos países comparten intereses, pero también no pocas diferencias dados los costes internos y externos que representa para el gobierno indio un acercamiento “excesivo” a Estados Unidos.

Como Obama y antes Bush, Trump quiere que India desempeñe un papel más activo en la seguridad asiática y asuma un papel de contra-equilibrio con respecto a China. Al mismo tiempo, pretende conseguir un más fácil acceso al mercado indio de las empresas norteamericanas. Para Delhi, la superioridad de China—cuya economía es cinco veces mayor—justifica el imperativo de una relación estratégica con Estados Unidos para poder recibir la ayuda militar y tecnológica que necesita. El dilema para Modi es cómo beneficiarse del apoyo de Washington sorteando las presiones de este último cuando sus intereses no coinciden. Como mayor comprador de armamento a Rusia, por ejemplo, India es especialmente vulnerable a la política de sanciones de la Casa Blanca. Y tampoco puede permitirse una hostilidad innecesaria con Pekín, cuyas inversiones directas también corteja. El actual enfrentamiento entre Estados Unidos y China, un factor que ha transformado el entorno estratégico en el que India ha definido su política exterior desde el fin de la guerra fría, limita por tanto su margen de maniobra y condiciona en gran medida las opciones de su política asiática.

En cuanto a las coincidencias entre ambos gobiernos, los avances en la relación bilateral han sido notables durante los últimos años. Han establecido nuevos mecanismos de diálogo estratégico (como el “2+2”, el “Quad” o el proceso trilateral con Japón); han firmado acuerdos orientados a mejorar la interoperabilidad entre sus fuerzas armadas; y han ampliado el alcance de sus maniobras conjuntas. Se espera que, durante la visita de Trump, se apruebe la compra de helicópteros para la armada india, y se avance en las negociaciones sobre otros equipos que Estados Unidos suministrará a Delhi en el futuro.

Mayores dificultades cabe esperar en el terreno comercial. India exige la exención a los aranceles impuestos por Washington al acero y aluminio, entre otros productos, a la vez que está dispuesta a ofrecer una reducción de tarifas a la importación de lácteos, fruta, o motos Harley-Davidson, de origen norteamericano. La suma de prioridades divergentes, condicionantes políticos internos, y falta de voluntad ha impedido el entendimiento. El problema es que los choques económicos pueden terminar afectando a la esfera estratégica. Además de China y otros intereses geopolíticos compartidos, la estabilidad y el equilibrio de la relación entre Estados Unidos e India depende de estos otros elementos.

También, en último término, de la propia capacidad india de asegurar su cohesión social y un crecimiento económico sostenido. La política hinduista de Modi está provocando grandes divisiones internas que no sólo ponen en riesgo el laicismo de la República y su prosperidad, sino asimismo su ascenso internacional y, por tanto, su utilidad como socio de Washington.

INTERREGNUM: Alianza en peligro. Fernando Delage

La semana pasada el gobierno de Rodrigo Duterte notificó a Washington su intención de dar por concluido el acuerdo de 1998 sobre cooperación militar (“Visiting Forces Agreement”, VFA) que ha permitido desde entonces la presencia de tropas norteamericanas en Filipinas, con el fin de adiestrar a las fuerzas locales en la lucha antiterrorista y contra el tráfico de drogas. El acuerdo, negociado después de que la Constitución filipina prohibiera el establecimiento de bases militares extranjeras—Estados Unidos tuvo que abandonar las dos que poseía en el archipiélago—, ha sido uno de los elementos básicos de la alianza entre ambos países junto al tratado de defensa mutua de 1951, y el instrumento que actualizó y amplió este último en 2014.

La denuncia del pacto se debe, según Manila, a “la falta de respeto a la soberanía filipina”. Pero el detonante parece haber sido la negativa de Washington a conceder un visado a uno de los más estrechos aliados de Duterte, el senador Ronald “Bato” de la Rosa, antiguo responsable de la policía nacional, a quien se acusa de violación de derechos humanos. Debe recordarse, no obstante, que—desde su elección en 2016—el presidente filipino ya puso en duda la continuidad de la alianza bilateral. Duterte imprimió un nuevo giro diplomático hacia China, abandonando de este modo la posición de su antecesor, Benigno “Noy” Aquino III, quien llegó a demandar a Pekín ante el Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya por las acciones de la República Popular en el mar de China Meridional.

Sin el VFA, las capacidades militares filipinas se verán gravemente limitadas. Se ponen en riesgo los ejercicios conjuntos anuales, así como el elemento disuasorio frente a posibles acciones hostiles que representa la presencia naval norteamericana en el mar de China Meridional. Por no mencionar la aportación financiera de Estados Unidos: entre 2016 y 2019, Washington ha proporcionado a Manila más de 550 millones de dólares en ayuda a su defensa.

Duterte ha prohibido a los miembros de su gabinete viajar a Estados Unidos, y ha rechazado la invitación del presidente Trump a participar en la próxima cumbre Estados Unidos-ASEAN que se celebrará en marzo en Las Vegas. El Departamento de Estado norteamericano ya ha indicado que la decisión tendrá graves consecuencias para la relación bilateral, aunque Trump se ha limitado a manifestar su alegría por el “ahorro” que supondrá para las arcas norteamericanas.

La terminación de este acuerdo no implica por sí misma el fin de la alianza: el tratado de defensa mutua siga en pie. Pero las implicaciones de la decisión de Duterte van mucho más allá de sus relaciones con Washington. Si bien este último no ha señalado a China como una de las variables detrás de la renuncia, hay que presumir que lo es. Debilitar las alianzas bilaterales de Estados Unidos es uno de los objetivos estratégicos fundamentales de la República Popular, cuya influencia parece así cada vez mayor en la región. La incertidumbre sobre el futuro de la alianza con Filipinas supone por tanto un duro golpe para la credibilidad de la arquitectura de seguridad construida por Estados Unidos en Asia hace setenta años.

Europa frente a la rivalidad EEUU-China. Isabel Gacho Carmona.

La situación de competencia estructural entre la potencia vieja y la nueva pone a los Estados miembros de la UE en una posición difícil. Nos estamos viendo obligados a tomar decisiones incómodas, con la petición de Trump de vetar a Huawei como punta de lanza. Nos pusimos de acuerdo el pasado febrero cuando Comisión publicó el famoso documento UE-China: Una Perspectiva Estratégica, en el que se definía a China como “un competidor económico que persigue el liderazgo tecnológico” y “un rival sistémico”. Hasta Grecia y Hungría, que tienen relaciones más estrechas con Pekín, dieron luz verde a este cambio de narrativa.

Pero no es ningún secreto que, mientras con Estados Unidos nos une una alianza estratégica y dependencia en materia de defensa, con China hemos ido estrechando vínculos económicos y financieros hasta el punto de ser también dependientes de Pekín. Ahora bien, pese a las declaraciones de intenciones conjuntas desde Bruselas, el papel de cada Estado es diferente. Las inversiones en sectores estratégicos, los foros subregionales como el 17+1, la relación comercial asimétrica… son instrumentalizadas por China de manera bilateral. Muchas veces dejando a las capitales europeas en una posición muy susceptible al vasallaje, lo que se traduce, inevitablemente, en la dificultad de llegar a posiciones comunes. El bloqueo de Grecia a una declaración conjunta de la UE condenatoria a China en el Consejo de Derechos Humanos en 2017 es de los ejemplos más famosos en este sentido.

Mientras tanto, analistas y académicos llevan tiempo analizando esta situación desde diferentes puntos de Europa. En 2014, el Real Instituto Elcano e Ifri, con idea de aunar ideas e investigaciones, crearon el European Think-tank Network on China (ETNC). Una red que cuenta con expertos en la materia de una gran selección de centros de investigación europeos.

El último de sus informes, Europe in the Face  of US-China Rivalry, editado por los analistas de Elcano Miguel Otero-Iglesias y Mario Esteban, se analiza caso por caso un total de 18 Estados miembros. Como la petición del veto a las redes 5G de Huawei ha puesto de manifiesto, los diferentes Estados miembros -soberanos, no nos olvidemos-, han calibrado sus opciones, en general, por separado. Cada uno haciendo balance entre sus relaciones con Washington, sus relaciones con Pekín, y la defensa de sus propios intereses. Es por esto que conocer de cerca las relaciones que tienen los diferentes miembros con ambas potencias es crucial para entender la situación y poder buscar posiciones comunes. Así, el informe analiza las situaciones concretas desde Grecia a Finlandia, pasado por Eslovaquia o el ya exmiembro Reino Unido.

Concluye que pese a las diferencias, hay un punto común claro entre los Estados miembros: Todos consideran a EEUU como su aliado preferente y dependen de su protección militar, pero quieren sacar el mayor provecho posible a los beneficios económicos que hacer negocios con China supone. Ahora bien, también concluye que el unilateralismo norteamericano y la asertividad china nos hacen tener que repensar nuestra autonomía estratégica. Y es aquí donde hay discrepancias. En general hay consenso respecto al término, pero no tanto acerca de su contenido. En este sentido entran en juego varios factores -diferencias económicas entre miembros, gobiernos populistas contrarios a Bruselas…-, pero entre ellos hay uno crucial, las diferencias en las relaciones con Washington y Pekín. Y este informe de ETCN arroja mucha luz sobre el tema.

Es el momento para un acuerdo comercial entre USA y Taiwán. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Administración Trump ha sido clara en expresar su posición en contra de las irregulares prácticas chinas. La guerra comercial ha sido la médula del conflicto entre Beijing y Washington, en el intento desesperado de este último de equiparar o al menos reducir considerablemente el déficit comercial con China.

Esta pugna ha servido también para abrir nuevos espacios a terceros actores, como es el caso de Taiwán, que se encuentra en este momento en una situación privilegiada para negociar un acuerdo de libre comercio con Washington.

La Administración Trump ha sabido manejar su relación con Taiwán sin generar muchas provocaciones, mientras han propiciado más acercamientos. Las declaraciones del Departamento de Estado en relación con Taiwán han sido más fuertes y contundentes que nunca. Mientras que desde Taiwán se ha podido observar que los altos funcionarios han fijado como prioridad intentar un acuerdo comercial con Washington aprovechando la favorable coyuntura internacional.

No ha habido un momento tan oportuno para un acuerdo comercial de libre comercio entre Estados Unidos y Taiwán como el de ahora. Con la situación de Hong Kong aún en ebullición, el reciente informe sobre la situación de los derechos humanos en China emitido por el Congreso de los Estados Unidos y la sensibilidad que parece haberse despertado en los legisladores estadunidenses sobre las prácticas chinas en su territorio (eliminación de las creencias religiosas y culturales, exacerbación del nacionalismo chino) sería muy pertinente plantear un proyecto de ley en el Congreso estadounidense que abra una nueva fase de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Taiwán.  

4Asia asistió a un foro en el que se debatieron las perspectivas económicas en las relaciones bilaterales de ambos, en el Instituto Global taiwanés, la semana pasada, y en el que todos los expertos coincidieron en que es un momento ideal para impulsar las ya existentes relaciones y llevarlas a un plano más complejo.

Reiley Walters (experto en economías del noroeste asiático, con foco en inversiones extranjeras y ciberseguridad y analista de la the Heritage Foundation) insistió en que el acuerdo debió haberse materializado hace unos 30 años o incluso antes. Mientras que Beijing intenta apagar a Taiwán en el plano internacional un tratado de esta naturaleza podría ser un mecanismo para mantenerlo a flote. 

Walters se mostró convencido de que el 2020 será el año de los acuerdos económicos entre Taipéi y Washington. Este año deberían comenzarse las discusiones para que se pueda firmar el año próximo. Así mismo cree que estas relaciones bilaterales deberían diversificarse y es momento de hacerlas más complejas. Así como en el aspecto militar Trump está haciendo un gran trabajo en Taiwán, deberían reimpulsarse otros aspectos de estas cómo en el plano diplomático.

Por otra parte, Derek Scissors, (experto en economía y legislación comercial internacional, con especial foco en China e India) insistió en que Taiwán necesita diversificarse más y dejar la dependencia de China. Y pronostica que cuanto más se separe la economía de Estados Unidos de la China a Taiwán le tocará decidir entre una u otra.

4Asia le preguntó a Scissors su opinión acerca de ¿qué tan cerca nos encontramos de un acuerdo bilateral entre ambos?

 “No creo que estemos cerca de un acuerdo comercial entre Taiwán y los EE. UU. Porque Taiwán, una vez más, no está siendo agresivo para impulsar este acuerdo. Si Taiwán hiciera una oferta detallada a los Estados Unidos, podríamos avanzar muy rápidamente. Pero no lo han hecho, solo hablan de eso sin cesar”.

No cabe duda de que un acuerdo de libre comercio entre Washington y Taipéi podría generar beneficios económicos para Taiwán, pero para Estados Unidos podría ser una gran estrategia de reposicionamiento en la región asiática y en el Pacífico.

Si Washington aprovechara la coyuntura actual, su tensión económica con China y la cercanía con Taiwán, este posible acuerdo podría revivir la figura de Estados Unidos en la región, que podría canjearse por beneficios más allá de los económicos, como influencia, y de esta manera equilibrar el peso de Beijing en los países con economías más pequeñas, y por lo tanto en la región.

INTERREGNUM: Xi en Birmania. Fernando Delage

Después de dos años de guerra comercial, Estados Unidos y China acordaron una tregua la semana pasada. Ambas partes la necesitaban: Trump aspira a su reelección, mientras que la economía china ha registrado el menor crecimiento en casi 30 años, un resultado en parte consecuencia de las sanciones norteamericanas. El acuerdo es parcial (no incluye por ejemplo los subsidios a las empresas estatales chinas, una de las principales exigencias de Washington), y no servirá para superar las causas estructurales de la rivalidad entre las dos potencias. Pero se abre un periodo de (relativa) calma en las relaciones bilaterales y, por tanto, una oportunidad para ajustar, o consolidar, posiciones.

En el caso de Estados Unidos, la retórica de hostilidad hacia Pekín oculta una indefinición de objetivos a largo plazo, pues frenar el ascenso de la República Popular es del todo irrealista. Por su parte China, que no quiere un conflicto con Washington, lo desafía de manera inevitable al ambicionar un papel como potencia central en Asia. El viaje del presidente Xi Jinping a Birmania el 17 y 18 de enero es la más reciente demostración de cómo continúa avanzando en su estrategia dirigida a reconfigurar los equilibrios estratégicos de la región.

La primera visita de Estado de un presidente chino a este país en 19 años, motivado por la conmemoración de siete décadas de relaciones diplomáticas, tiene por objeto impulsar el Corredor Económico China-Myanmar (CECM), acordado por ambos gobiernos en septiembre de 2018. La visita se produce cuando el corredor paralelo que junto a este último enlazan los dos ejes—continental y marítimo—de la Ruta de la Seda, el Corredor China-Pakistán, ha sido por primera vez denunciado de manera expresa por Estados Unidos, situando a Islamabad ante un complejo dilema de equilibrios políticos entre Washington y Pekín. Tal problema no existe en Birmania, Estado con el que la República Popular comparte una frontera de 2.200 kilómetros—la tercera más extensa después de la que le separa de Rusia y Mongolia—, y donde es el mayor inversor extranjero y representa un tercio de su comercio exterior. China cuenta con proyectos en marcha por valor de más de 20.000 millones de dólares (la mayor parte en el sector energético), y en los primeros nueve meses de 2019 el comercio bilateral aumentó cerca de un 20 por cien, hasta 13.540 millones de dólares.

El asunto central durante la visita de Xi ha sido el desarrollo del puerto de Kyaukphyu, punto de conexión de infraestructuras de transporte, gaseoductos y oleoductos con Kunming, en la provincia suroccidental china de Yunnan. Se trata de un proyecto de 1.500 millones de dólares, en el que junto a las instalaciones portuarias se construirá un gigantesco parque industrial. Una vez completado, Pekín contará con un acceso directo al océano Índico desde la bahía de Bengala, y un sistema de distribución de recursos energéticos que evita la vulnerabilidad de un posible bloqueo marítimo por Estados Unidos en el mar de China Meridional. Kyaukphyu forma así parte central de los planes de Pekín dirigidos a expandir su presencia en Asia meridional y en el Índico y es, en tal sentido, uno de los ramales clave de la Ruta de la Seda.

Pekín quiere asegurarse el apoyo del gobierno birmano, y de la consejera de Estado Aung San Suu Kyi en particular, antes de las elecciones parlamentarias de noviembre. Con sus acciones, hace ver al mismo tiempo a Washington el creciente margen de maniobra del que dispone en este espacio geopolítico en el que se solapan sureste asiático y Asia meridional.