INTERREGNUM: Baile de alianzas. Fernando Delage

En su encuentro en Mamallapuram, al sur de India, en octubre de 2019, el presidente chino, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, declararon su intención de elevar las relaciones mutuas a un nuevo nivel en 2020, año en que se conmemoran 70 años de establecimiento de relaciones diplomáticas. Lejos de reforzarse la cooperación entre ambos, las últimas semanas han puesto de relieve, por el contrario, una creciente rivalidad entre China e India. Las tensiones que se han producido en la frontera desde el mes de mayo condujeron al choque del 15 de junio en el valle de Galwan, en el que murieron al menos 20 soldados indios, junto a un número aún desconocido de militares chinos. Aunque cada uno culpa al otro de los hechos, lo relevante es que se acentúa la competición entre los dos Estados vecinos, con innegables implicaciones para la geopolítica regional.

Durante las dos últimas décadas, Pekín y Delhi se han esforzado por estrechar sus relaciones. Los intercambios económicos han crecido de manera notable (China es el segundo mayor socio comercial de India, país en el que ha invertido más de 26.000 millones de dólares), y los dos gobiernos han colaborado en la creación de instituciones multilaterales como los BRICS o el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Nada de ello ha servido, sin embargo, para minimizar las disputas fronterizas, el problema de Tíbet, o la percepción de vulnerabilidad de Delhi, que ha visto en los últimos años cómo Pekín ha profundizado en su relación con Pakistán y aumentado su presencia en otras naciones de Asia meridional. Por su parte, Pekín no ha logrado evitar un mayor acercamiento de India a Estados Unidos, así como a Japón, Australia y distintos países del sureste asiático, en lo que interpreta como una potencial alianza formada para equilibrar a la República Popular.

Los incidentes del 15 de junio pueden suponer por todo ello un punto de inflexión en la relación bilateral, al crear un consenso—tanto entre las autoridades como en la sociedad indias—a favor de una posición más firme con respecto a China. Si por un lado resulta previsible que Delhi opte por una mejora de sus capacidades militares y por el desarrollo de infraestructuras en su frontera septentrional, por otro se alineará con Estados Unidos en mayor grado a como lo ha hecho hasta ahora, y mostrará menos reservas a su participación en el Diálogo Cuatrilateral de Seguridad (Quad), con Tokio y Canberra, además de Washington. Por resumir, Estados Unidos logrará el objetivo perseguido desde la administración Bush en 2005 de hacer de India el socio continental de referencia en Asia frente al ascenso de China. Aunque no llegue a convertirse en una alianza formal, ni desaparezcan del todo las dudas en la comunidad estratégica india al respecto, Washington adquirirá una mayor proyección en una subregión asiática en la que tenía menor peso pero que ha adquirido creciente relevancia como consecuencia de los intereses geopolíticos y geoeconómicos en juego en las líneas marítimas que cruzan el océano Índico.

La paradoja es que si China está causando un resultado contrario a sus objetivos—el fortalecimiento de la asociación estratégica entre Estados Unidos e India—en el subcontinente, en el noreste asiático está logrando—con la ayuda de Pyongyang—lo que persigue desde hace años: el debilitamiento de las alianzas de Washington. No está en riesgo la relación con Japón, pese a la incertidumbre de este último sobre la política de Trump, pero—según parece—sí los vínculos con Corea del Sur.

Es sabido que, en sus intentos de conseguir un acuerdo con el líder norcoreano, Kim Jong-un, Trump ha hecho un considerable daño a las relaciones con Seúl.  Mientras Corea del Norte no sólo no ha renunciado a su programa nuclear y de misiles, sino que lo continúa desarrollando, la alianza con el Sur—uno de los pilares de la estrategia norteamericana en Asia desde la década de los cincuenta—podría desaparecer si Trump ganara las elecciones presidenciales de noviembre. Así parece desprenderse de las revelaciones hechas por el ex asesor de seguridad nacional, John Bolton, en sus recién publicadas memorias sobre su etapa en la Casa Blanca. Según revela Bolton, Trump no cree en esta alianza aun cuando desconoce su historia y las razones de la presencia norteamericana en la península.

No debe sorprender que los surcoreanos se cuestionen el mantenimiento de este pacto, justamente cuando las relaciones con el Norte se acercan a una nueva crisis, después de que Pyongyang destruyera el mes pasado la sede de la oficina de asuntos intercoreanos en Kaesong.  Las provocaciones de Kim van en buena parte dirigidas a que Seúl rompa con Washington y conseguir de esa manera aliviar las sanciones. Aunque lo previsible es que la alianza se mantenga, la confianza se ha roto y, con ella, uno de los elementos tradicionales de la estabilidad asiática.

INTERREGNUM: Doble juego. Fernando Delage

Una doble dinámica—la pérdida de credibilidad de Estados Unidos bajo la administración Trump y la presión de China sobre sus Estados vecinos—está produciendo como efecto un acercamiento entre las democracias asiáticas con el fin de asegurar la sostenibilidad de una estructura regional basada en reglas. Los aliados y socios de Washington no renuncian a su protección—que, de hecho, quieren reforzar—, pero tampoco a las oportunidades económicas que representa la República Popular, a cuyo poder en ascenso no tiene sentido enfrentarse.

         En los últimos días ha podido observarse de nuevo ese doble juego dirigido a mantener, a un mismo tiempo, la estabilidad política de la región y la prosperidad económica nacional. Pese al desafío que representa China para sus intereses a largo plazo, Japón no ha querido sumarse al comunicado de Washington y Londres contra la ley de seguridad nacional aprobada por Pekín para su aplicación en Hong Kong. Y, de manera aún más simbólica, los primeros ministros de India y Australia, Narendra Modi y Scott Morrison, han acordado elevar el nivel de su asociación estratégica, concluida en 2009.

         El acuerdo entre Sidney y Delhi, que permite a ambas naciones el acceso a sus respectivos puertos y bases navales, refuerza sus vínculos en el terreno de la defensa, con un pacto similar al que ya firmó India con Estados Unidos en 2016. Los dos gobiernos consolidan de este modo el esfuerzo compartido de las grandes democracias marítimas de la región por evitar la modificación unilateral del statu quo por parte de China. Modi y Morrison coinciden en sus fines, en efecto, con su homólogo japonés, Shinzo Abe, “padre” del concepto del Indo-Pacífico. Aunque desde una perspectiva ligeramente distinta, la estrategia regional anunciada por la ASEAN el año pasado también persigue unos objetivos similares.

Pero también la propia China juega en un doble escenario. Junto a puntuales acciones coercitivas, Pekín mantiene vivo su apoyo a los procesos multilaterales. Así quedó de manifiesto la semana pasada cuando el primer ministro, Li Keqiang, indicó el interés de la República Popular por incorporarse al CPTTP, es decir, el antiguo Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) reactivado por Japón para su firma después de que Estados Unidos lo abandonara. Recuérdese que el TPP fue una de las grandes iniciativas del presidente Obama para evitar que las naciones asiáticas pasaran a depender en exceso de la economía china. La ironía de que China quiera incorporarse a un acuerdo que se construyó contra ella es una poderosa ilustración del juego regional en curso.  Se trata en realidad de una mera declaración retórica, pues los requisitos para su adhesión—en materia de derechos laborales o de libertad de circulación de la información, por ejemplo—hacen inviable la participación de la República Popular. No obstante, es una muestra del reconocimiento por parte de los dirigentes chinos de los intereses que comparten con la mayoría de los Estados asiáticos, con independencia de sus diferentes valores políticos y de preocupaciones estratégicas contrapuestas. La intención norteamericana de romper su relación de interdependencia económica con China no hace sino reforzar el interés de Pekín por los acuerdos regionales.

De este modo, para sorpresa de sus propios aliados y socios en la región, mientras China y sus vecinos maximizan sus opciones, Estados Unidos limita las suyas al enrocarse en la denuncia de Pekín sin un concepto de orden regional futuro, y dando argumentos en consecuencia a quienes hablan de una nueva guerra fría. El lamento de sus amigos queda bien expresado por el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, en el próximo número de Foreign Affairs. En una excelente reflexión sobre el estado de cosas en la región, Lee renuncia a las sutilezas diplomáticas para describir de manera rotunda la situación: “Si Washington trata de contener el ascenso de China o Pekín busca construir una esfera de influencia exclusiva en Asia, comenzarán una escalada de confrontación que durará décadas y pondrá en peligro el largamente esperado siglo de Asia”. Las naciones asiáticas no quieren tener que elegir entre una u otra potencia, pero tampoco van a esperar a la resolución de este lance. Como han vuelto a revelar India y Australia hace unos días, intentan dar forma a un orden regional incompatible con la primacía de un solo actor; a un equilibrio multipolar en el que puedan primar las reglas y los valores democráticos.

INTERREGNUM: Trump visita a Modi. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realiza esta semana su primera visita a India. El primer ministro Narendra Modi—con quien se vio hasta cuatro veces el pasado año—le ha organizado una multitudinaria recepción en su estado natal de Gujarat. Pero además de engrasar el ego de un Trump en busca de su reelección, Modi tiene que asegurarse de que no vuelva a Washington con las manos vacías. Ambos países comparten intereses, pero también no pocas diferencias dados los costes internos y externos que representa para el gobierno indio un acercamiento “excesivo” a Estados Unidos.

Como Obama y antes Bush, Trump quiere que India desempeñe un papel más activo en la seguridad asiática y asuma un papel de contra-equilibrio con respecto a China. Al mismo tiempo, pretende conseguir un más fácil acceso al mercado indio de las empresas norteamericanas. Para Delhi, la superioridad de China—cuya economía es cinco veces mayor—justifica el imperativo de una relación estratégica con Estados Unidos para poder recibir la ayuda militar y tecnológica que necesita. El dilema para Modi es cómo beneficiarse del apoyo de Washington sorteando las presiones de este último cuando sus intereses no coinciden. Como mayor comprador de armamento a Rusia, por ejemplo, India es especialmente vulnerable a la política de sanciones de la Casa Blanca. Y tampoco puede permitirse una hostilidad innecesaria con Pekín, cuyas inversiones directas también corteja. El actual enfrentamiento entre Estados Unidos y China, un factor que ha transformado el entorno estratégico en el que India ha definido su política exterior desde el fin de la guerra fría, limita por tanto su margen de maniobra y condiciona en gran medida las opciones de su política asiática.

En cuanto a las coincidencias entre ambos gobiernos, los avances en la relación bilateral han sido notables durante los últimos años. Han establecido nuevos mecanismos de diálogo estratégico (como el “2+2”, el “Quad” o el proceso trilateral con Japón); han firmado acuerdos orientados a mejorar la interoperabilidad entre sus fuerzas armadas; y han ampliado el alcance de sus maniobras conjuntas. Se espera que, durante la visita de Trump, se apruebe la compra de helicópteros para la armada india, y se avance en las negociaciones sobre otros equipos que Estados Unidos suministrará a Delhi en el futuro.

Mayores dificultades cabe esperar en el terreno comercial. India exige la exención a los aranceles impuestos por Washington al acero y aluminio, entre otros productos, a la vez que está dispuesta a ofrecer una reducción de tarifas a la importación de lácteos, fruta, o motos Harley-Davidson, de origen norteamericano. La suma de prioridades divergentes, condicionantes políticos internos, y falta de voluntad ha impedido el entendimiento. El problema es que los choques económicos pueden terminar afectando a la esfera estratégica. Además de China y otros intereses geopolíticos compartidos, la estabilidad y el equilibrio de la relación entre Estados Unidos e India depende de estos otros elementos.

También, en último término, de la propia capacidad india de asegurar su cohesión social y un crecimiento económico sostenido. La política hinduista de Modi está provocando grandes divisiones internas que no sólo ponen en riesgo el laicismo de la República y su prosperidad, sino asimismo su ascenso internacional y, por tanto, su utilidad como socio de Washington.

Relaciones India-Sri Lanka en el contexto del Indo-Pacífico. Niranjan Marjani

El primer ministro de Sri Lanka, Mahinda Rajapaksa, visitó la India del 7 al 11 de febrero. Esta fue su primera visita al extranjero desde que se convirtió en primer ministro en noviembre de 2019. Su visita se produce en el momento en que India ha acelerado sus compromisos diplomáticos con Sri Lanka. A principios de noviembre de 2019, el presidente de Sri Lanka, Gotabaya Rajapaksa, visitó la India. Esta fue también su primera visita al extranjero después de ser juramentado como presidente. Las elecciones presidenciales se celebraron en Sri Lanka en noviembre de 2019 en las que ganó Gotabaya Rajapaksa. Después de convertirse en presidente, nombró a su hermano y ex presidente de Sri Lanka, Mahinda Rajapaksa, como su primer ministro.

Las relaciones entre India y Sri Lanka podrían considerarse en fase de reestructuración. Esto se debe a que las relaciones India-Sri Lanka han sido principalmente de naturaleza bilateral. Ambos han formado parte de compromisos multilaterales como SAARC (Asociación del Sur de Asia para la Cooperación Regional) y BIMSTEC (Iniciativa de la Bahía de Bengala para la Cooperación Técnica y Económica Multisectorial). Pero estos compromisos han sido limitados. A pesar de ser vecinos y tener estrechos vínculos culturales e históricos, las relaciones entre India y Sri Lanka han sido complejas. Por lo tanto, es importante considerar las relaciones entre ambos países cuando India está tomando medidas para extender su alcance en el Indo-Pacífico. Sri Lanka como vecino de la India y un país importante en el sur de Asia, así como el Indo-Pacífico, jugaría un papel importante para la India.

Las complejidades en las relaciones India-Sri Lanka

India y Sri Lanka comparten una cultura y patrimonio comunes. El budismo es un fuerte factor vinculante entre los dos. Ambos países fueron colonias de los británicos y ambos se independizaron casi al mismo tiempo, India en 1947 y Sri Lanka en 1948. Sin embargo, el tema de los tamiles en Sri Lanka ha sido un gran irritante entre ambos países. Sri Lanka había estado involucrado en una guerra civil durante tres décadas contra los Tigres de Liberación de Tamil Eelam (LTTE). La guerra civil terminó en 2009 con la derrota de LTTE. El tema tamil en Sri Lanka ha sido importante para la India ya que tiene una relación directa con el estado de Tamil Nadu en la India. La política interna de Tamil Nadu ha moldeado la política de India hacia Sri Lanka por un largo período de tiempo. Incluso después del final de la guerra civil, la rehabilitación de los tamiles en Sri Lanka sigue siendo un tema importante en las relaciones entre India y Sri Lanka. Otra complejidad en la relación entre los dos países ha sido la diferencia de tamaño de ambos. La presencia de India en el vecindario, que es 50 veces más grande que Sri Lanka, se ve con aprensión. Debido a esta aprensión, Sri Lanka buscó desarrollar amistades con países como Estados Unidos y China en diferentes momentos.

Preocupaciones estratégicas de la India

En los últimos años, la Iniciativa Belt and Road de China ha sido motivo de preocupación para la India, ya que plantea un desafío estratégico para la India. El proyecto de China también incluye países en el vecindario de India, como Pakistán, Bangladesh, Sri Lanka y Myanmar. El aspecto estratégico en las relaciones India-Sri Lanka se destacó cuando en 2014 el entonces presidente de Sri Lanka, Mahinda Rajapaksa, permitió a China atracar su submarino en el puerto de Colombo. Después de que Maithripala Sirisena se convirtiera en presidente de Sri Lanka en 2015, adoptó una política favorable a la India. En 2017, cuando China nuevamente solicitó permiso para atracar su submarino en el puerto de Colombo, Sirisena rechazó la solicitud debido a las preocupaciones de la India. India estaba preocupada cuando recientemente Gotabaya Rajapaksa, hermano de Mahinda, se convirtió en presidente porque los Rajapaksas han sido considerados favorables para China. Para contrarrestar a China, India ha acelerado su alcance diplomático a Sri Lanka. Inmediatamente después de que Gotabaya ganó, el Ministro de Relaciones Exteriores de la India, S. Jaishankar, visitó Sri Lanka en noviembre de 2019 para reunirse con el primero. Jaishankar fue el primer visitante extranjero en conocer a Gotabaya Rajapaksa. De manera similar, en enero de 2020, el asesor de seguridad nacional de India, Ajit Doval, visitó Sri Lanka y se reunió con el nuevo presidente.

Las relaciones entre India y Sri Lanka aún no se han desarrollado en el área estratégica. Sri Lanka se encuentra a solo 18 millas náuticas de la India. India necesita involucrar más a Sri Lanka mientras formula la política del Indo-Pacífico. En el último año, India ha realizado grandes esfuerzos para desarrollar relaciones cercanas con Maldivas, un vecino de India y Sri Lanka. Del mismo modo, India debe centrarse en la cooperación estratégica con Sri Lanka. Si la India tiene que desafiar su propio cerco estratégico de China, Sri Lanka tendría un papel importante en la política del Indo-Pacífico de la India. Las relaciones entre India y Sri Lanka no han sido cordiales todo el tiempo en el pasado. Sin embargo, ambos países deben centrarse en nuevas áreas de cooperación. La estrategia del Indo-Pacífico podría ofrecer a India la oportunidad de fortalecer sus relaciones con Sri Lanka.

(Niranjan Marjani es periodista independiente de Vadodara, India)

Twitter – @NiranjanMarjani

La necesidad de mejorar la cooperación estratégica entre India e Indonesia. Niranjan Marjani

Recientemente, el ministro de comercio de Indonesia, Agus Suparmanto Subagio, se reunió con el ministro de comercio e industria de la India, Piyush Goyal, en Davos, Suiza. Esta reunión tuvo lugar al margen del Foro Económico Mundial. También se espera que el ministro de comercio de Indonesia visite India el próximo mes, y que ambos países mejoren su cooperación en el área comercial.

Se espera que Indonesia alivie las restricciones a la importación de automóviles y equipos solares de la India. A cambio, Indonesia suministrará una mayor cantidad de aceite de palma a la India. Este movimiento de ambos países se ve a la luz de la India que impone restricciones a la importación de aceite de palma de Malasia. El primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, había criticado la decisión de la India de poner fin al estatus especial de Cachemira al abrogar el artículo 370. En respuesta a los comentarios de Mahathir Mohamad que se consideran una interferencia en el asunto interno de la India, la India ha impuesto restricciones a la importación de aceite de palma de Malasia.

El comercio de aceite de palma entre India e Indonesia no solo tiene importancia económica. Es una indicación de la necesidad de fortalecer no solo la cooperación económica sino también la cooperación estratégica en vista de los recientes desarrollos en el sudeste asiático. En este sentido, dos factores son importantes para las relaciones India-Indonesia. Uno es Malasia tratando de crear una alternativa a la Organización de la Conferencia Islámica que trae una narrativa religiosa y radicalizada en el paisaje estratégico del sudeste asiático. En segundo lugar, la cooperación India-Indonesia se vuelve importante también desde el punto de vista de contrarrestar a China en el Mar Meridional de China.

En diciembre de 2019, Malasia organizó una cumbre islámica en Kuala Lumpur junto con Turquía, Irán y Qatar. Esta cumbre se celebró con la intención de desafiar a la Organización de la Conferencia Islámica dirigida por Arabia Saudí. Pakistán e Indonesia también fueron invitados a asistir a esta cumbre. Pero los dos países no asistieron. Cualquier intento de lograr un ángulo religioso en una región multiétnica, multirreligiosa y multicultural como el sudeste asiático es un precedente peligroso, ya que aumentaría las divisiones dentro de la región. Que Indonesia no asistiera a la cumbre fue importante porque es el país islámico más grande del mundo. Cualquier alianza religiosa en el sudeste asiático crearía más complicaciones geopolíticas. Desde este punto de vista, es importante que India e Indonesia cooperen entre sí para evitar la radicalización y las divisiones en las líneas religiosas.

El segundo aspecto de las relaciones estratégicas India-Indonesia es contrarrestar las actividades asertivas de China en el Indo-Pacífico en general y el Mar Meridional de China en particular. Dos incidentes recientes resaltan la necesidad de acelerar la cooperación estratégica entre ambos países.

Recientemente, un barco de investigación chino había entrado en las aguas territoriales de la India cerca de las islas Andaman y Nicobar sin permiso. Fue expulsado por la Armada india. Del mismo modo, la embarcación de guardacostas de China había ingresado a las aguas territoriales de Indonesia cerca de las islas Natuna a fines de diciembre. China había reclamado soberanía sobre el área, un reclamo que Indonesia rechaza.

La proximidad entre las islas Andaman y Nicobar e Indonesia es un fuerte argumento para la cooperación marítima entre ambos países. La distancia entre las islas Andaman y Nicobar e Indonesia es de 215 km. India ya ha tomado la iniciativa a este respecto, y está desarrollando el puerto de Sabang en Indonesia, que se encuentra cerca de las islas Andaman y Nicobar.

India es considerada como una potencia importante en el sudeste asiático. Los países del sudeste asiático como Indonesia, Vietnam y Singapur esperan que India participe en la arquitectura de seguridad del sudeste asiático. Es necesario acelerar el desarrollo del puerto de Sabang, así como construir un mecanismo en el que las armadas de la India e Indonesia trabajen en estrecha cooperación en diferentes áreas, como patrullar y compartir información. Si India tiene que ser parte de la geopolítica del sudeste asiático, entonces las relaciones estratégicas India-Indonesia jugarán un papel importante en la región.

(Niranjan Marjani es periodista independiente de Vadodara, India)

Twitter – @NiranjanMarjani

INTERREGNUM: Regresión democrática. Fernando Delage

La democracia no parece gozar de buena salud en nuestros días. Más de un tercio de la población mundial vive bajo regímenes autoritarios. Y aunque China por sí sola representa la mayor parte de ese porcentaje, todos los expertos en la materia observan una “recesión democrática” desde al menos 2006. Así lo confirman también los principales informes de referencia, como los estudios anuales de Freedom House o el “Democracy Index” de Economist Intelligence Unit. La última edición de este último, recién publicada, confirma el mantenimiento de esta tendencia general en 2019 pero también examina la evolución política región por región, con algunos hechos significativos en el caso de Asia.

El informe eleva nada menos que 38 puestos a Tailandia en el ranking global, al pasar de la categoría de “régimen híbrido” a la de “democracia defectuosa” como consecuencia de las elecciones generales de marzo del pasado año, la primera desde el golpe de Estado de 2014. La vuelta del multipartidismo permitió recuperar la confianza de los votantes en el proceso electoral. No obstante, pese a obtener los partidos de oposición la mayoría en la cámara baja, el control del Senado por los militares se tradujo en el nombramiento como primer ministro de Prayuth Chan-ocha, el líder del golpe de 2014.

La recuperación democrática, con matices, de Tailandia, contrasta con la evolución de India, la mayor democracia del planeta. El país ha caído diez puestos en el ranking, al 51, por la erosión de las libertades civiles. La supresión de la autonomía de Cachemira—virtualmente en estado de sitio desde agosto—y la legislación dirigida a la privación de nacionalidad a los musulmanes impulsada por el gobierno hinduista de Narendra Modi—quien revalidó su mayoría absoluta en mayo—pone en riesgo la naturaleza secular y pluralista de la república india, lo que está provocando a su vez un aumento de la violencia política.

El pasado año, en abril, también se celebraron elecciones en Indonesia, cuarto país más poblado del mundo, donde Joko Widodo (más conocido como Jokowi) fue reelegido para un segundo mandato. La continuidad institucional coincide sin embargo con un aumento de la intolerancia interétnica y religiosa, así como con la intención de las elites de abolir la elección directa del presidente, gobernadores provinciales y las grandes alcaldías. El nombramiento de estos cargos sería competencia del Parlamento y de las asambleas regionales. De realizarse tales cambios, se debilitará de manera notable el competitivo sistema electoral del país—que registra una alta participación ciudadana—por procedimientos más opacos, sujetos a la influencia del ejército y de las cúpulas locales de los movimientos musulmanes.

Las elecciones de este año en Singapur y Birmania no alterarán previsiblemente las conclusiones generales del informe. El primero ha reforzado su sistema “paternalista” con las nuevas normas contra la desinformación—que restringen aún en mayor grado la libertad de expresión—mientras que el segundo, un sistema “híbrido” en el que las fuerzas armadas controlan los resortes del poder, mantendrá las formas electorales. El partido de Aung San Suu Kyi logrará buenos resultados, pero seguirá sin atender las críticas de la comunidad internacional al drama de los rohingyas.

En Birmania, como en otras naciones del sureste asiático, la sombra de China no es un factor menor. El cambio en la distribución del poder económico global también se traduce en poder político. Occidente ha dejado de dar la batalla a favor de la democracia, mientras China extiende su influencia. Sin embargo, también está relacionado con la República Popular el hecho más relevante en relación con la democracia en Asia en 2019: las protestas en Hong Kong. Cuando los analistas tratan de identificar los obstáculos históricos, culturales o sociales a la democracia en esta parte del mundo, olvidan que también los sistemas autoritarios afrontan graves debilidades estructurales. ¿O es que no son muchas de las decisiones de líderes autoritarios un reflejo de su percepción de vulnerabilidad?

INTERREGNUM: India da un paso atrás. Fernando Delage

La semana pasada, en Bangkok, saltó la noticia: al anunciarse—después de siete largos años de negociaciones—el acuerdo de conclusión de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), India hizo pública su retirada. El abandono de Delhi no resta importancia al que será mayor bloque económico del planeta: los 15 Estados que firmarán el pacto en Vietnam en 2020—los 10 miembros de la ASEAN y cinco de sus principales socios económicos (China, Japón y Corea entre ellos)—suman el 45 por cien de la población mundial y un tercio del PIB global. ¿Por qué ha querido India apartarse de este espacio que se convertirá en un igual de la Unión Europea y de NAFTA?

Aunque es conocida la inclinación india hacia el proteccionismo—una filosofía que sigue guiando a sus autoridades desde la independencia—, el temor a que su participación en RCEP condujera a un rápido incremento de su ya notable déficit bilateral con China ha sido el principal argumento esgrimido por Delhi. Sin embargo, era el mismo gobierno indio el que hace solo unas semanas advertía del riesgo de aislamiento que supondría quedar fuera del acuerdo. Recurrir ahora, como se ha hecho, a la defensa de los intereses nacionales como justificación en contra de la adhesión sólo sirve para hacer evidente el peso político de la agricultura y otros sectores protegidos. El primer ministro, Narendra Modi, ha preferido mantener la popularidad de su liderazgo—en mayo revalidó su mayoría absoluta—, en vez de sumarse a un marco institucional y normativo que hubiera facilitado la realización de las reformas estructurales que India necesita.

Pese al comprensible temor al aluvión de importaciones chinas, India ha demostrado que no está preparada para firmar un acuerdo multilateral con otras grandes economías. Más graves son, con todo, las implicaciones de la decisión para el desarrollo económico y la proyección diplomática del país. Modi ganó sus primeras elecciones nacionales en 2014 con el compromiso de reactivar el crecimiento mediante el impulso de la industria, un imperativo clave para la creación de empleo para cientos de millones de jóvenes indios. En una era en la que las manufacturas no pueden prosperar al margen de las redes transnacionales de producción y distribución, redes que a partir de ahora estarán dominadas en Asia por el RCEP, no resulta claro cómo podrá India transformar la estructura de su economía.

Con su decisión, India ha renunciado a una gran oportunidad para convertirse en un mercado competitivo. En vez de involucrarse con sus Estados vecinos, sus políticos se han dejado secuestrar por intereses sectoriales locales. El mensaje de que no hay voluntad política para avanzar en las reformas no ayudará a la atracción de inversión extranjera. Por otra parte, también cabe dudar de las ambiciones indias de aumentar su influencia política en la región: la “Act East policy” de Modi parece haber quedado sepultada por su rechazo del RCEP. Asia ha dado un nuevo salto adelante en su integración, del que India se ha autoexcluido.

La ironía es que China vuelve a ganar, al quedar en solitario como economía central del nuevo bloque. La no participación de Delhi en el RCEP se suma al anterior abandono del TPP por Estados Unidos tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, facilitando la ocupación por Pekín de un espacio geoeconómico cada vez mayor. ¿Recapacitará Modi para no perder este tren? Sus socios le han dejado la puerta abierta.

INTERREGNUM: Xi en Chennai. Fernando Delage

Casi año y medio después de su primera “cumbre informal” en la ciudad china de Wuhan, el presidente de la República Popular, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, mantuvieron la semana pasada su segundo encuentro de estas características en Mamallapuram, cerca de Chennai. Aunque ambos líderes coincidieron en junio en la reunión anual de la Organización de Cooperación de Shanghai,  se ven de nuevo a solas después de que Modi renovara en las elecciones de mayo su mayoría absoluta y de que, el 5 de agosto, suspendiera la autonomía de la provincia de Jammu y Cachemira; una decisión que ha enfurecido a ese “cuasi-aliado” chino llamado Pakistán, y que provocó la convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU por Pekín para discutir a puerta cerrada sobre el asunto.

El primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó no casualmente Pekín 48 horas antes de que Xi viajara a India. Aunque China ha mostrado su insatisfacción con el cambio de estatus administrativo de Cachemira, Modi transmitió a su invitado su preocupación por el terrorismo transfronterizo que alimenta Islamabad y sus efectos sobre la seguridad regional, en Afganistán en particular. Las interminables negociaciones sobre la frontera chino-india—cuestión no resuelta desde la guerra de 1962—también formaron parte de las conversaciones, aunque no consta que se produjera avance alguno.

Para China, India es un gigantesco mercado que ha cobrado una renovada relevancia en el contexto de la rivalidad comercial y tecnológica con Estados Unidos. Para Xi es vital, en este sentido, que Delhi no prohíba contratar a Huawei para la puesta en marcha de las redes de telefonía de quinta generación. El presidente chino, además de mostrar la mejor disposición para corregir el desequilibrio comercial bilateral (el déficit indio asciende a 57.000 millones de dólares), evitó las diferencias territoriales para reconducir el diálogo hacia aquellos asuntos en los que existe una genuina cooperación entre los dos vecinos, como el cambio climático o la reforma del sistema multilateral a fin de que se reconozca un mayor espacio a las economías emergentes en el Banco Mundial y en el FMI.

Pese a la oposición de Delhi a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, los dos países comparten, por otra parte, un mismo interés en el desarrollo de infraestructuras y la promoción de la interconectividad. Así lo reflejó el apoyo indio en su día a la creación del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, o el esfuerzo conjunto de ambos gobiernos en el establecimiento del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS. India rechaza un proyecto que, en su opinión, es poco transparente y que—al atravesar Cachemira—pone en duda su soberanía sobre la provincia. No obstante, está abierta a otras alternativas, como por ejemplo el corredor BCIM (Bangladesh-China-India-Myanmar), en discusión desde hace más de una década.

Los impulsos nacionalistas de la administración Trump plantean por lo demás numerosos interrogantes sobre el futuro del orden multilateral, al que no pueden permanecer ajenos estos dos gigantes. El interés de cada uno de ellos en la sostenibilidad de su crecimiento económico y en la estabilidad de Asia propicia la formulación de un nuevo equilibrio entre cooperación y competencia, que también puede ofrecer nuevas oportunidades a la Unión Europea. Cuando va a cumplirse un año de la adopción por Bruselas de su estrategia hacia India, la cumbre de Chennai confirma la necesidad expresada por dicho documento de considerar a Delhi como un socio no sólo económico sino también geopolítico, con el que conviene estrechar las relaciones y completar así el camino ya recorrido con la otra gran democracia asiática, Japón.

Foto: Subbiah Rathianagiri, Flickr.

INTERREGNUM: Modi renueva. Fernando Delage

Después de tres décadas de fragmentación política, expresada en sucesivos gobiernos de coalición integrados por un número cada vez mayor de partidos locales y regionales, el Bharatiya Janata Party (BJP) obtuvo una rotunda mayoría en las elecciones indias de 2014. Su candidato, Narendra Modi, prometió a los votantes la recuperación de un alto ritmo de crecimiento económico, la erradicación de la corrupción y un salto cualitativo en el estatus internacional del país. El proceso electoral que comenzó en abril, y cuyos resultados finales se dieron a conocer el 24 de mayo, constituyó por tanto un referéndum sobre Modi y sus compromisos. Pero también sobre un determinado modelo de nación.

La amplia renovación de su mayoría revela que su victoria en 2014 no fue sino el anticipo de una reconfiguración de la escena política nacional. El BJP, brazo político del nacionalismo hindú, ha sustituido al Partido del Congreso—la organización que lideró la lucha anticolonialista y mantuvo la hegemonía parlamentaria durante décadas tras la independencia—, como principal fuerza dominante. Las elecciones también implican por tanto el ascenso de la identidad hinduista frente al secularismo y multiculturalismo que impregnó la filosofía política de Gandhi y de Jawaharlal Nehru, así como de los descendientes de este último al frente del Congreso.

La primera cuestión que se plantea tras su reelección es cómo utilizará Modi su reforzado mandato para avanzar en su promesa original de creación de empleo y oportunidades económicas. India afronta graves desafíos, como un persistente déficit fiscal, una modesta inversión privada o la debilidad estructural del sistema financiero. En sus primeros cinco años, Modi ha evitado las grandes reformas: no ha privatizado las empresas estatales deficitarias, ni modernizado la restrictiva legislación laboral, como tampoco ha reformado el mercado del suelo o el sistema bancario, aún dominado por el Estado.

Otra serie de asuntos tienen que ver con la política exterior. Modi ha desplegado un activismo internacional sin precedente desde que fue elegido en 2014. El primer ministro es consciente de que el imperativo interno del desarrollo social y económico es inseparable de un mayor papel de India en el sistema internacional. Pero ¿qué consecuencias tendrá este auge nacionalista para las relaciones de India con sus vecinos y Asia en su conjunto?

La escalada de tensión con Pakistán tras los atentados de febrero en Cachemira, y la firmeza mostrada por Modi, han sido sin duda uno de los motivos por el que los indios le han renovado la mayoría. Cabe esperar que el primer ministro reanude tras las elecciones el interrumpido diálogo diplomático con Islamabad, aunque también puede dudarse de que éste vaya a conducir a la estabilidad en el subcontinente. La presencia de Modi en la próxima cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) el 13-14 de junio, donde se encontrará con su homólogo paquistaní, Imran Khan, dará no obstante algunas pistas.

Pero el juego mayor consiste en seguir maximizando su posición de equilibrio entre China y Estados Unidos. La manera positiva en que Pekín ha saludado la reelección de Modi, y la menor hostilidad pública de este último hacia la iniciativa de la Ruta de la Seda, permite pensar en una etapa de cierto acercamiento diplomático y económico pese a sus intereses estructurales en conflicto. La incertidumbre que crea Trump para ambos es un poderoso motivo de conciliación.

Con todo, el mayor desafío de Modi es el proporcionar los medios para poder hacer realidad sus ambiciones de convertirse en un elemento central del equilibrio de poder en Asia. Su “Act East policy”, con la que trataba de insuflar nueva fuerza a la más modestamente denominada “Look East” de sus antecesores, no se ha traducido en iniciativas concretas o en la aportación de la financiación necesaria. Antes de que termine su segundo mandato, India será el país más poblado del planeta e irá camino de convertirse en la tercera mayor economía en PIB nominal. Los condicionantes internos seguirán frenando, sin embargo, su papel como gran potencia.

INTERREGNUM: Ruta de la Seda 2.0. Fernando Delage

Se celebra esta semana en Pekín la segunda cumbre de la Ruta de la Seda (BRI en sus siglas en inglés). Dos años después del primer encuentro, cuatro después de la presentación del Plan de Acción de la iniciativa, y casi seis después de su anuncio por el presidente chino, el proyecto avanza en su desarrollo, desafiando a los escépticos. Las críticas sobre la falta de transparencia del programa, los riesgos medioambientales y laborales que está ocasionando, o la sostenibilidad de la deuda en que incurren los países participantes son probablemente acertadas, pero es innegable que China ha aprendido en este tiempo de sus errores.

En su intervención ante una cumbre que marcará una nueva etapa en la iniciativa, Xi Jinping intentará despejar los temores de quienes se oponen a la misma y anunciará posibles reajustes en una idea que si se caracteriza por algo es por su flexibilidad. La mejor manera de valorar BRI consiste por tanto en analizar cada proyecto concreto sobre la base de sus propios méritos. Algunos responden a claras motivaciones estratégicas y carecen de toda lógica económica; en otros prevalece en cambio la búsqueda de rentabilidad comercial e inversora a medio-largo plazo. Pero en todos ellos Pekín cuenta con el margen de maniobra que le proporciona su método de funcionamiento: pese a la retórica multilateral que le acompaña, BRI es en realidad una red de acuerdos bilaterales.

Lo que guía a los dirigentes chinos es el imperativo del crecimiento económico que asegure la estabilidad social y política interna. Tras 40 años de rápido desarrollo, su mantenimiento es un objetivo que requiere reorganizar Asia—mediante la integración del espacio euroasiático—e, incluso, la economía global. De ahí la preocupación de las grandes potencias por las implicaciones estratégicas de BRI, como ha vuelto a ponerse de relieve con ocasión de la segunda cumbre.

Estados Unidos, India, Japón y Australia han intentado dar forma a una estrategia “Indo-Pacífico” como modelo alternativo a la Ruta de la Seda y al acercamiento entre Moscú y Pekín, pero la divergencia de enfoques entre sus miembros complica su realización. Washington, que no enviará a ningún alto cargo a Pekín, ha impulsado nuevos instrumentos—como la BUILD Act y un nuevo fondo de financiación de infraestructuras dotado con 60.000 millones de dólares—cuya operatividad es aún discutible. Su aproximación unilateral no conduce por lo demás sino a profundizar en su aislamiento diplomático. India no asistió a la primera cumbre y tampoco lo hará a ésta, reiterando así su oposición a una iniciativa que en buena medida depende de ella. Por su tamaño y ubicación—India es el elemento fundamental que une los dos ejes de BRI, el continental y el marítimo—Pekín es consciente de que la hostilidad de Delhi puede hacer inviable el proyecto.

Sin sumarse tampoco a la Ruta de la Seda de manera oficial, pero permitiendo la participación de su sector privado, Japón es quizá quien ha articulado la estrategia más eficaz. En cuantos foros multilaterales participa—G7, G20, APEC o la Cumbre de Asia Oriental—Tokio está promoviendo el concepto de “infraestructuras de calidad”, con el fin de establecer unos principios comunes—transparencia, límites al volumen de deuda, impacto social y medioambiental, y coherencia con la estrategia de desarrollo de los países receptores, entre otros—que ponen en evidencia la debilidad de las prácticas chinas. Al mismo tiempo, Japón se está asociando con otros países, China incluida, para promover la financiación de infraestructuras en el mundo en desarrollo. Su no participación en BRI, no significa que Tokio no quiera dialogar con Pekín al respecto.

Sin abandonar su inquietud por el ascenso de China, los movimientos de Japón suponen un reconocimiento del sinsentido de pretender quitarle a un gigante como la República Popular su espacio, en unas circunstancias en que aumentan además las dudas sobre la posición de Estados Unidos en la región. A ningún país asiático beneficia un continente dividido en dos, ni en Eurasia ni en el Indo-Pacífico. Tampoco a ese tercero—la Unión Europea—cuyo futuro está también sujeto a la evolución del tablero económico y geopolítico asiático. (Foto: Kostas Mylonas)