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Érase una vez… Juan José Heras

Érase una vez un gran líder chino que decidió cargar sobre sus espaldas la titánica tarea de convertir a su país en una potencia mundial. Para ello, les pidió a sus conciudadanos confianza plena en sus decisiones, que implicaban sacrificios como la aceptación de un mayor control sobre internet, sus viajes, sus compras, sus empresas y en general, sus propias vidas. Pero es que él, y solo el, sabía lo que realmente era bueno para ellos.

Sus súbditos, unos más convencidos que otros, obedecieron, ya que para ellos era más importante mejorar su condiciones de vida que estrenar unas libertades desconocidas y que, según decían algunos, podrían sumir en el caos a un país habituado a la tutela de sus gobernantes.

Entonces, el gran líder habló con los pequeños líderes de los países vecinos para explicarles cómo debían gestionar algunos asuntos que en el pasado habían enfrentado a sus pueblos. Les “convenció” de que lo mejor era que China se encargase de controlar los mares adyacentes y las cadenas de islas cercanas, ya que todo eso había pertenecido desde siempre a su país. Además, les prometió carreteras, puentes y centrales energéticas para desarrollar sus países y poder así comprar los productos chinos. Por último les mostró que ese amigo lejano (EE.UU.), que en otro tiempo les había prometido protección, ya no era de fiar, y que no vendría en su auxilio si, por cualquier motivo incomprensible para la razón humana, desafiaban la autoridad del emperador.

Para “ayudar” a los pueblos bárbaros más alejados del imperio, China puso en marcha la iniciativa de la “nueva ruta de la seda” con la que pretendía conectar Europa y Asia comercialmente. Prestó mucho dinero a estos países a cambio de que lo utilizasen en contratar a las empresas del emperador para construir autopistas, puentes, líneas ferroviarias, centrales energéticas y polos industriales. Pero la mayoría de ellos no pudieron hacer frente a sus préstamos y el imperio tuvo que asumir su tutela política y económica para impulsar el desarrollo en el continente.

Mucho más lejos de la civilización se encontraban los europeos, que en un pasado reciente habían tenido la fortuna de descubrir magias de guerra muy poderosas que les permitieron humillar al Imperio del Medio durante 100 años. El nuevo emperador sabía que todavía  necesitaba hacerse con esa magia para volver a ser el único interlocutor reconocido bajo el cielo. Por eso elaboró un plan para atraer a China a los hechiceros europeos. Primero les ofreció la posibilidad de utilizar la abundante mano de obra barata del imperio para fabricar sus hechizos más baratos. Posteriormente, cuando los súbditos chinos tuvieron dinero para comprarlos, el emperador ofreció a los magos extranjeros acceso a su mercado interno a cambio de la fórmula secreta de algunos de ellos. Pero los europeos todavía guardaron para ellos la magia más vanguardista y poderosa.

Durante décadas, el astuto emperador aguardó agazapado bajo eternas promesas de liberalización del mercado y avances en el respeto de los derechos humanos, dando la impresión de que su imperio se desarrollaría de acuerdo al modelo occidental. Hasta que un día, los frágiles sistemas de gobierno democrático de estos pueblos bárbaros comenzaron a resquebrajarse con independentismos, corrupción no planificada y la reivindicación de libertades utópicas envenenadas por la ignorancia que florece en las sociedades acomodadas. Entonces el emperador, aprovechando las sucesivas crisis económicas que asolaron el viejo continente, consiguió hacerse con esa magia puntera que hasta ese momento marcaba la diferencia entre ellos.

Con el paso del tiempo China fue acumulando influencia política gracias a su capacidad económica, consiguió mejorar la mejor de las magias europeas y multiplicó su potencial bélico, que, construido durante varias décadas, se convirtió en su mejor garantía ante el incumplimiento de las viejas promesas, que ya solo respetaría para aquellos países que demostrasen su condición de buenos vasallos.

Hasta aquí la historia de cómo China recuperó en el siglo XXI el lugar que le correspondía, esto es, el centro del mundo. Y al igual que en su momento parecía imposible que EE.UU. perdiera su hegemonía mundial, ahora es impensable que se derrumbe el imperio asiático.

Sin embargo, en todos los imperios (y en todas las empresas), los peores enemigos están dentro. Y quien sabe si las nuevas generaciones, que ya no tengan necesidad de mejorar sus condiciones de vida, comenzarán a exigir libertades y derechos que, llevados al extremo resucitarán los fantasmas del independentismo, la corrupción no planificada, y la desafección hacia las clases políticas que, en otro tiempo provocaron la caída de la vieja Europa. Eso sí, en este caso, todo será con “características chinas”.

INTERREGNUM: Efectos norcoreanos. Fernando Delage

Hoy es sí, mañana es no, al día siguiente es de nuevo sí, y un día más tarde “ya veremos”. La consistencia no parece ser un atributo de la política norcoreana del presidente de Estados Unidos. Es imposible adivinar, por tanto, si habrá finalmente un encuentro entre Trump y Kim Jong-un; y más difícil aún vaticinar su posible resultado. Pese a esas incertidumbres, las cosas han cambiado desde que, en marzo y sin preparación previa, Trump accediera a reunirse con Kim. La apertura diplomática de Pyongyang ha provocado ciertos cambios en el noreste asiático, algunos de los cuales pueden complicar el margen de maniobra de la administración norteamericana al reducir la presión externa sobre Corea del Norte.

Uno primero es el acercamiento sin precedente entre las dos Coreas. Pese a sus riesgos—es una política que ya fracasó en intentos anteriores—, el presidente Moon Jae-in ha optado por una estrategia de conciliación hacia Pyongyang que ha contribuido a mitigar en gran medida la inquietud de la opinión pública surcoreana sobre su Estado vecino. En apenas dos meses, los dos líderes coreanos se han reunido más veces que todos sus antecesores juntos desde la división de la península tras la guerra de 1950-53. Cuanto más se consolide esa relación, más difícil será mantener la solidez de la alianza entre Washington y Seúl.

Los vaivenes diplomáticos de Trump y su política comercial han dañado, por otra parte, la relación con otro de sus principales aliados, Japón. El primer ministro Shinzo Abe, marginado en los movimientos de Estados Unidos con respecto a la cuestión coreana, y frustrado por el unilateralismo proteccionista de la Casa Blanca, se ha visto obligado a reajustar su política hacia Pekín. Abe y el presidente chino, Xi Jinping, han hablado por primera vez por teléfono, y Li Keqiang acaba de realizar la primera visita de un primer ministro chino a Japón en nueve años.

Entre otros acuerdos, durante su visita se ha acordado el establecimiento de una línea de comunicación directa para evitar un choque accidental en relación con el problema de las islas Senkaku. El gobierno japonés también ha abandonado su anterior rechazo de la Ruta de la Seda, y Tokio podría plantearse, incluso—ha dicho Abe—, su adhesión al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Es posible que Xi Jinping visite oficialmente Japón en 2019, lo que confirmaría una nueva etapa de normalización entre ambos Estados.

Las circunstancias también han permitido la primera visita de Moon Jae-in a Tokio desde su nombramiento, y la reanudación del diálogo trilateral China-Japón-Corea del Sur, que había estado interrumpido desde 2015. Tras su encuentro de la semana pasada, resulta evidente el interés compartido de los tres gobiernos por evitar una acción militar norteamericana que pueda conducir a una guerra en la región, y por coordinar sus posiciones para prevenir el daño que pueda causar a sus economías las sanciones arancelarias de Trump. Éste se ha convertido pues en un poderoso incentivo para el acercamiento de los tres grandes del noreste asiático.

China es el gran beneficiario de esta suma de resultados. Seúl está más alineado que nunca con Pekín sobre cómo enfocar la cuestión norcoreana. Japón ha reducido su hostilidad hacia la República Popular. Y, después de años de incómoda coexistencia como aliados, Kim Jong-un ha viajado dos veces a una China que ha visto incrementarse las oportunidades para buscar una solución favorable a sus intereses económicos y estratégicos.

Probablemente nada de esto era lo que esperaba el presidente de Estados Unidos cuando presumía de que obtendría el premio Nobel de la Paz por su gestión del problema. Tampoco Kim Jong-un lo logrará. Pero, haya o no cumbre, ha jugado sus cartas con habilidad: si el proceso diplomático fracasa, él no aparecerá como el único o principal responsable. Desde un principio ha sabido lo que quería. No puede decirse lo mismo de Trump.

La incierta cumbre entre Trump y Kim. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Trump no deja de sorprender ni al público en general ni a su propio equipo. Su impulsiva manera de actuar ha pillado hasta al mismo Kim Jon-un desconcertado. Todo empezó con insultos al hombre cohete y al gordito que terminó en una abierta invitación a un encuentro. Invitación que llega en un oportuno momento de aislamiento y acentuada crisis económica, producto de las duras sanciones que le ha impuesto Washington desde que Trump tomó posesión de la presidencia.

El presidente chino -Xi Jinping- no quiso quedarse fuera, por lo que invitó al líder coreano dos veces a su país, la primera visita muy protocolaria, trasmitida al mundo para enviar un mensaje claro de cercanía entre ambas naciones; y la segunda, mucho más discreta, de la que expertos afirman que se llevó a cabo con el propósito de que Kim sepa y entienda cuáles son las prioridades chinas y que las tenga en cuenta al momento del gran encuentro con Trump.

Después de la ambigua carta que Trump publicó el 24 de mayo, en la que cancelaba el encuentro por temor a que fuera cancelado in situ, y con ello el ridículo de tal desplante, justo ahora todo indica que el acuerdo se llevará a cabo.  Pero, ¿cómo se está organizando? ¿Y que hay detrás de todo?

4Asia tuvo acceso a una tertulia en el Centro Estratégico y de Estudios Internaciones (CSIS por sus siglas en inglés) en el que se discutió a fondo la cumbre. El experto que lideró el grupo fue Victor Cha, profesor de Georgetown y director de asuntos asiáticos en el Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca entre 2004 y 2007, además de haber participado en las conversaciones del “Grupo de los Seis”, un grupo establecido para la negociación y resolución del desarrollo nuclear de Corea del Norte, compuesto por las dos Coreas, China, Japón, Rusia y Estados Unidos. Cha, que, valga acortar, se pensó que sería el nombrado por Trump embajador en Seúl, pero quien discrepaba profundamente con el presidente sobre “la política de la nariz sangrante”, que no es más que confrontación que pueda acabar en un conflicto bélico. Discrepancia que destruyó la posibilidad de que Cha fuera enviado a Corea del Sur.

Victor Cha hizo un interesante análisis de la situación general. Primero explicó que la carta con la que Trump cancelaba la cumbre es un excelente ejemplo de cómo se maneja la Administración. Primero le llama “Excelencia” a un dictador, mientras en una demostración de soberbia le deja claro que no quiera Dios que tenga que llegar a usar el gran arsenal estadounidense en su contra. Mientras, le plantea la posibilidad de un encuentro en el futuro. Todas esas ambigüedades expresan que la carta fue redactaba por el mismo Trump, y que no pasó ninguno de los filtros de los asesores del Consejo de Seguridad.

Otro ejemplo de lo inusual de la situación es que la preparación de estos encuentros se realiza durante muchos meses, en un proceso en el que se discuten detalles como los puntos a tratar, lo que es sensible y no se puede conversar, y todo el protocolo normal que encierran las visitas o cumbres de estado. Para este encuentro, sin tiempo suficiente para organizarse, no se han afinado detalles. Y la prueba son muchos de los tweets de Trump que nos informan de detalles que por lo general no se revelan al público. Incluso el lugar, Singapur y el día, 12 de junio fueron anunciados simultáneamente, incluso antes de las predicciones.

Un elemento que fue resaltado en la tertulia es que Trump ha intentado centrar la atención en Corea del Norte, aún más después de haberse salido del acuerdo con Irán; cambiando así la atención a esta Cumbre que de por sí es una excentricidad en sí misma.

 De acuerdo con Cha, el presidente Trump debería ir a la reunión con un par de peticiones claras, la más importante es que Pyongyang renuncie a sus mísiles balísticos que son la peor amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Pero realmente los altos funcionarios de la Administración Trump no se ponen de acuerdo en el momento de abordar el tema. Cada uno dice algo distinto. Cuando la prensa les pregunta, lo que repiten es que quieren la desnuclearización de la Península coreana, pero no saben ni cómo ni cuándo.

Mientras Corea del Norte ha esperado mucho por encontrarse con un presidente estadounidense, su status internacional ha cambiado completamente, pues con este encuentro se le está situando a un nivel de iguales, lo que les beneficia mucho. Les ayuda con su orgullo nacional, que es algo fundamental para este tipo de regímenes. Todo parece indicar que están buscando una salida a la hostilidad en la que han estado tantos años, y parece que este encuentro abre esa opción.

Trump tienen una extraordinaria confianza en su capacidad negociadora para conseguir lo que quiere; a ello está se está dedicando con este encuentro. Ha dicho claramente que Kim tendrá garantizada por completo su seguridad y espera que en una conversación directa con él puedan llegar a un acuerdo que nadie ha sido capaz de alcanzar en tantas décadas.

Pero la situación es realmente compleja, pues si se llegara a acordar una especie de paz, todo cambiaría. Por un lado, Estados Unidos tendría que cambiar el status de guerra en el que está con Corea del Norte. Pyongyang pediría la salida de militares estadounidenses de Corea del Sur y de Japón, lo que es realmente complejo, ya que hay bases militares funcionando y operando 24 horas al día cada día del año. El numero de empleados es astronómico. La cantidad de ciudadanos estadounidenses residentes permanentemente en esta parte del mundo es muy considerable.

Habría que parar los ejercicios militares que regularmente se llevan a cabo; y con ello Estados Unidos perdería casi toda su influencia en esta región. (Foto: Scott Eckert)

Brevísima digresión sobre los indicadores económicos alternativos. Miguel Ors Villarejo

Se estima que en el planeta habrá unos 44 millones de burros y que una cuarta parte están en China. Me imagino que esto no les dirá mucho, pero lo llamativo es que la población de pollinos siguió creciendo en las últimas décadas del siglo XX, pese al espectacular despegue que experimentó en ese mismo periodo el parque de vehículos de tracción mecánica. ¿Qué nos revela esta contradicción?

Tyler Cowen, catedrático de la Universidad George Mason y exitoso bloguero, enunció hace algún tiempo tres leyes económicas. La primera es que todas las teorías tienen algún fallo. La segunda, que se hacen estudios sobre cualquier cosa. Y la tercera, que todas las proposiciones sobre los tipos de interés reales están equivocadas.

Dejando a un lado la tercera ley, que es demasiado específica para los propósitos de este artículo, queda claro que el asunto de los burros cumple la segunda: hay estudios sobre cualquier cosa, aunque debo decirles que censar burros no es lo más excéntrico que he leído. “Cuando se trata de averiguar qué va a pasar con la economía”, dice Brad Hoppman, “no faltan métricas […] no tradicionales”. El motivo es que las tradicionales son lentas. El prestigioso National Bureau of Economic Research, que es el organismo encargado de certificar los cambios de ciclo en Estados Unidos, comunica el comienzo y el final de las recesiones con “varios meses” de retraso, lo que le resta utilidad. Igual sucede aquí con el Instituto Nacional de Estadística: para cuando anunció que España estaba en crisis no quedaba nadie que no se hubiera enterado.

Los inversores buscan, por ello, indicadores alternativos. Algunos son técnicos, como las licencias de obras, las horas trabajadas o los pedidos de los gestores de compra de las empresas. Pero hay otros más imaginativos. Trevor Davis observó que los zapatos de suela plana de los 90 dieron paso a los stilettos imposibles de Sexo en Nueva York a raíz del estallido de las puntocom, y teorizó que la longitud del tacón es inversamente proporcional a la actividad. Algo similar ocurre con las faldas: se acortan cuando las cosas van mal y se alargan cuando se recuperan. Tiene toda la lógica: la gente intenta compensar en el vestuario la alegría que falta en la economía.

El problema es que no son indicadores adelantados, igual que otras actividades que se generalizan con las vacas flacas, como ir al cine, un pasatiempo muy asequible; comprar la cerveza en el supermercado y beberla en casa en lugar de ir al bar, o no reclamar a la morgue los familiares muertos, para ahorrarse el entierro.

Mucho más práctico resulta fijarse en la altura de los edificios. La crónica de los pánicos financieros está jalonada de rascacielos: el Empire State Building (Crac del 29), las Petronas (Crisis Asiática), las torres de Florentino (Gran Recesión)… La razón es que el precio del suelo se dispara durante las burbujas y obliga a construir en altura. Es un indicador adelantado y fiable, pero tampoco funciona del todo porque las burbujas son muy divertidas, nadie quiere que acaben y, a los pocos que piden moderación, les tapan la boca y los llaman aguafiestas.

¿Y qué nos enseña la población de burros? Malcolm y Paul Starkey creen que en Europa la mejora del bienestar ha permitido a los agricultores comprarse coches, lo que ha sido letal para los medios de tracción animal. Pero en China los campesinos los siguen usando para desplazarse porque los beneficios del crecimiento todavía no les han alcanzado. La evolución de los pollinos revela un problema de desigualdad.

Dicho lo cual, no olvidemos la primera ley de Cowen: todas las teorías tienen algún fallo.

Por qué los chinos se nos van a comer con puerros. Miguel Ors Villarejo

Hace poco se coló una serpiente en una residencia de estudiantes de ingeniería industrial de Chongqing. La noticia no menciona de qué especie se trataba ni si era o no venenosa, pero el animalito superaba el metro de largo. No me puedo ni imaginar mi reacción si, durante mi efímera estancia en la Maison de l’Asie du Sud-Est de París, se hubiera metido una inofensiva culebra en la habitación que compartía con mis amigos Jesús y Fernando. Es verdad que habría sido difícil advertir su presencia. Éramos lo que Peter O’Rourke llama “auténticos solteros”, o sea, “un grupo selecto, sin obligaciones personales ni ataduras sociales ni dos calcetines iguales”. Como O’Rourke, creíamos firmemente que una casa se limpiaba “como regla general una vez por novia”, de modo que nos movíamos sobre un grueso sedimento de camisetas arrugadas, restos de comida, cholas desparejadas, folletos turísticos y perchas de alambre. Debajo de aquel caos no es descartable que hubiera animales vivos (o muertos), pero la mayor parte del tiempo estábamos demasiado ocupados discutiendo y bebiendo para prestar atención.

Ahora bien, si hubiéramos reparado en que algo sospechoso se arrastraba por el suelo, dudo que ninguno se hubiera quedado lo suficiente como para averiguar si era un reptil, un mamífero o un marsupial. Los españoles tenemos otras virtudes, pero no nos caracterizamos por una intensa curiosidad científica, como pone de manifiesto nuestro escueto palmarés de premios Nobel.

Los chinos son diferentes. Cuando Ipsos les preguntó el año pasado si se sentían muy presionados para triunfar en la vida, casi siete de cada 10 reconocieron que sí. A esa misma cuestión respondieron afirmativamente apenas cuatro de cada 10 españoles y tres de cada 10 italianos. La principal causa de muerte entre los jóvenes europeos son los accidentes de tráfico, generalmente como consecuencia de una noche de juerga. En China es el suicidio, generalmente como consecuencia de la alta exigencia académica. Tras analizar 79 casos de escolares que se habían quitado la vida, un informe concluyó hace unos años que el desencadenante de casi todos los episodios (el 92%) había sido el estrés asociado con los estudios. “En Mongolia Interior”, escribe el Wall Street Journal, “un alumno se tiró por la ventana tras enterarse de que sus notas habían empeorado; otro chico de 13 años de la provincia de Nankín se colgó porque no pudo acabar las tareas, y una niña de Sichuan se cortó las venas e ingirió veneno después de que le comunicaran el resultado de las pruebas de acceso a la universidad”.

El ambiente en las residencias chinas de estudiantes tiene, por todo ello, poco que ver con el de nuestra habitación de la Maison de l’Asie du Sud-Est, pero, claro, la serpiente de Chongqing no podía saberlo. Los cachorros de ingeniero se abalanzaron sobre ella, la despellejaron, la trocearon y la cocinaron en un wok con puerros, dátiles rojos, ginseng y peladura de naranja. (Foto: Jo Heirman, Flickr)

Estrategia económica de Trump: el más fuerte gana. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Trump candidato prometió prosperidad económica, y el Trump presidente ha mantenido esa promesa. Desde el principio manifestó que China era parte del problema y que se impondría para hacerles seguir las reglas económicas internacionales. Y aunque ha sido la promesa más repetida, en el fondo no es más que “hacer América grande de nuevo”. A pesar de tanto alarde, no fue hasta la semana pasada que se ha desvelado la estrategia económica de la Administración Trump, y su receta para ejecutarla.

Si se recapitula un poco, uno de sus primeros movimientos fue resucitar el sector minero del carbón, con la justificación de que con ello se crearían muchos empleos. Muy a pesar del coste ecológico, y de que el carbón es una industria en caída en el resto del planeta. Luego fue castigar a las empresas que estaban saliendo de territorio estadounidense a países como México en busca de bajar los costes de mano de obra y por tanto de producción. Seguido por los aranceles al aluminio y acero, que decantó las discusiones a todos los niveles sobre una posible guerra económica. Y mientras todo esto sucedía, Washington no ha parado de enviar recordatorios a Beijing de que deben respetar las reglas del juego, y para obligarlos a ello están amenazándoles con tasarles con la módica suma de 150 billones de dólares.

A principios de la semana pasada, Trump dijo explícitamente que se mantendría la presión para que China entre por el carril; de lo contrario, Estados Unidos seguirá imponiendo tarifas masivas como medida coercitiva. La estrategia consiste en una mezcla entre la amenaza y la acción. Una fuente que pidió no ser identificada citaba a una de las oficiales más altas en el Departamento de Comercio, quién admitió en una conversación privada, que están ejecutando una política de fuerte presión hacia China con el propósito de que Beijing permita la entrada de productos estadounidense a territorio chino, sin tantas restricciones.

China y su peculiar sistema comunista, cuya ambigüedad emite señales de un capitalismo mucho más feroz que el de las economías occidentales, y a pesar del dantesco crecimiento que han experimentado en los últimos 20 años y de la aparente apertura que se percibe desde el exterior, siguen manteniendo estrictas restricciones en la penetración de su mercado interno (es el caso de los productos importados). Y esto incluye a productos estadounidenses, por lo que la Administración Trump está enfocada a cambiar esta realidad. Y con ello reducir o idealmente acabar con el déficit de intercambios entre ambas naciones, cosa que ha repetido el presidente en múltiples ocasiones.

Un caso curioso es el de ZTE, la compañía de teléfonos móviles china, a la que la Administración Trump le impuso sanciones muy severas en abril de este año, por haber vendido equipos a Irán. Dichas sanciones hubieran podido acabar con la compañía china, por lo que Xi Jinping personalmente le pidió a Trump que se levantaran. Lo que llevó al presidente estadounidense a abrir una investigación en la que se concluyó que ZTE adquiría, de compañías estadounidenses, materiales para la fabricación de sus equipos. Finalmente, Trump decidió levantar las sanciones para evitar que se hundira. Otro ejemplo que prueba la estrategia de fuerte presión para obligarles a cambiar su comportamiento.

Otro caso es el NAFTA, un acuerdo agonizante muy a pesar de que la mayoría de los expertos lo consideran positivo para la economía estadunidense y la estabilidad regional. Sin embargo, la Casa Blanca considera que no deben seguir adelante las conversaciones para revitalizarlo. Políticamente hablando, no creen que este sea el momento para avanzar, debido a que habrá elecciones en los tres países miembros, en los meses siguientes. Por su parte, tanto México como Canadá están intentando diversificar sus socios comerciales, de acuerdo al Council on Foreign Relations.

La supervivencia del más fuerte sigue dando sus frutos. El presidente Trump tiene una amplia experiencia en el uso de esta estrategia en el sector privado, y la está poniéndola en práctica desde el estado en el competitivo juego del comercial internacional. Economías más pequeñas, como la mexicana, se quejan, hacen un poco de ruido, pero su margen de maniobra es muy limitado. Mientras que una economía como la china, siendo la segunda del mundo, no sólo puede sacarle pecho a Estados Unidos, sino que puede conseguir cambios de postura, como el levantamiento de sanciones. En pocas palabras la estrategia económica de Trump es un juego de fuerte presión cargada de muchas amenazas, y acciones que básicamente consisten en sanciones económicas individuales o estatales. (Foto: Lauren Mitchell, Flickr)

Un debate rico, oportuno y necesario.

China es una pieza cada vez más destacada en el tablero de la política internacional. El hecho de que este protagonismo creciente esté apoyado en una cultura vista desde Occidente con tópicos, mitos e ideas de superioridad difícilmente demostrables, y en un pueblo sobre que se han vertido calificativos humillantes, hace que los análisis sobre la situación, las perspectivas y las consecuencias de este protagonismo queden desdibujados.

¿Es China la próxima potencia que va a dominar el planeta?, ¿es una amenaza contra la forma de vida occidental? ¿está demostrando China que la democracia, con su separación de poderes, su orden jurídico y sus garantías individuales non son imprescindibles o, incluso, ni siquiera un estímulo para el crecimiento económico?

Todas estas cuestiones estuvieron sobre la mesa en el debate sobre China que 4Asia organizó el 25 de mayo. Colaboradores, expertos y público intervinieron para plantear dudas e hipótesis. Y, entre otras conclusiones, quedó claro que, desde las sociedades occidentales, debemos tener en cuenta que otras culturas conforman un sentido del tiempo y los ritmos, una concepción de la vida, la muerte, Dios o los dioses, y de su propia felicidad que están en la base de la toma de decisiones políticas y de la percepción de las mismas y sin tenerlas en cuenta poco se entiende. Eso no quiere decir que todos los valores valgan lo mismo por el hecho de existir ni que los avances de las libertades individuales no deban ser para todos.

China está haciendo una apuesta decidida e inteligente para defender sus intereses nacionales (como cualquier país) y conseguir la hegemonía, recuperarla más bien, en su zona geoestratégica; participar de igual a igual con las otras grandes potencias en el resto del mundo y gestionar sus propias contradicciones internas como las desigualdades sociales y políticas, donde un sistema autoritario impulsa leyes de capitalismo salvaje interior, sin garantías, y con éxito en los números.

En este contexto Occidente tiene que tomar sus decisiones teniendo en cuenta que EEUU parece perdido entre el proteccionismo y la improvisación y Europa no parece saber qué hacer. No es poca cosa. (Foto: Lucien Schilling, Flickr)

INTERREGNUM: Antecedentes históricos y crecimiento. Fernando Delage

El rápido ascenso económico y estratégico de Asia es un proceso inseparable de la redefinición del orden regional. Reorientar a su favor la estructura comercial y financiera del continente y crear una arquitectura de seguridad más alineada con sus intereses, son dos objetivos estratégicos de China que podrían conducir a un sistema muy distinto del establecido tras la segunda guerra mundial bajo el liderazgo de una potencia externa, Estados Unidos.

Al prestar atención a la dinámica actual, se pierde de vista el papel que en otros tiempos desempeñaron India y el sureste asiático en la construcción regional. Ahora que confía en su propio ascenso como actor global, quizá convenga recordar que el primer concepto de una Asia integrada después de 1945 procedió de India, y—más concretamente—de su primer ministro, Jawaharlal Nehru. Y que fueron los países del sureste asiático, a través del grupo de Colombo y la iniciativa de Indonesia, los que facilitaron la celebración de la conferencia de Bandung en 1955. El contexto de la guerra fría y la guerra China-India de 1962 harían inviable muchas de las propuestas entonces discutidas, pero los Estados no comunistas del sureste asiático crearon la ASEAN en 1967. Cincuenta años más tarde, la organización no sólo ha asegurado la paz y la estabilidad de la subregión, sino que se ha situado en el centro de todos los procesos multilaterales asiáticos.

Pese al reducido tamaño de sus Estados miembros—en comparación con los gigantes de la zona—éste es el espacio que enlaza el Pacífico con el Índico, el terreno en el que se entrecruzan China e India. La historia de esa interacción entre ambos es el objeto de un reciente libro de Amitav Acharya, “East of India, South of China: Sino-Indian Encounters in Southeast Asia” (Oxford University Press, 2017). Acharya, uno de los más respetados expertos asiáticos en relaciones internacionales, ofrece un detallado análisis de las influencias culturales, comerciales y políticas de China e India en estas naciones, de notable interés para los historiadores. Al mismo tiempo, su examen de distintos hechos y líderes ayuda a comprender el origen de ciertas percepciones y comportamientos en nuestros días.

Es de especial interés, por ejemplo, la desmitificación hecha por Acharya de las interpretaciones convencionales de Bandung. El acceso directo a archivos, y sus entrevistas con algunos de los asistentes, permite al autor reconsiderar la actuación de Nehru y de Zhou En-lai, la mano derecha de Mao, en la conferencia indonesia. Fue la primera vez que el nuevo régimen maoísta acudía a una convocatoria exterior, pero Nehru no consiguió el apoyo de China que pretendía para sus planes regionales, a los que había comenzado a dar forma en la Conferencia de Relaciones Asiáticas en 1947 y 1949. Los intercambios entre ambos líderes, y la comprensión de sus respectivos impulsos y motivaciones, ofrece importantes lecciones cuando, 60 años más tarde, la rivalidad entre India y la República Popular, y entre sus distintos conceptos de “Asia” por tanto, será un factor determinante del futuro orden regional.

INTERREGNUM: La sorpresa malasia. Fernando Delage

El pasado 9 de mayo, la coalición gobernante en Malasia desde la independencia en 1957, Barisan Nasional (BN), sufrió una contundente derrota. Se trata de un giro histórico, que además de revelar el rechazo de una manera de gobernar, puede tener significativas implicaciones para el sureste asiático en su conjunto y complicar la influencia de China en la subregión.

La discriminación de la oposición, unos distritos electorales diseñados para favorecerla, y el control de los medios de comunicación no han servido a BN para mantener el poder. Lo que da idea de la frustración de los votantes con los escándalos de corrupción que rodean al hasta ahora primer ministro, Najib Razak, quien se habría apropiado de hasta 700 millones de dólares del fondo soberano del país (1MDB). No ha sido el único motivo, sin embargo. Las promesas de mejora del nivel de vida y de reducción de impuestos hechas por Najib en las elecciones anteriores no se han cumplido. Pero si algo reflejan los resultados es, sobre todo, la existencia de una joven y dinámica sociedad civil—hasta ahora mayoría silenciosa—que ha decidido enfrentarse a la manipulación electoral, la censura y la supresión de las libertades civiles que han caracterizado al gobierno malasio de manera creciente.

Más revelador aún es que se haya dado la victoria a una candidatura multirracial, Pakatan Harapan (Alianza de la Esperanza), apoyada por las minorías china e india, que defiende un nuevo nacionalismo inclusivo, frente a un BN que ha articulado la política nacional sobre la base de una discriminación positiva a favor de la población malaya. ¿Dejarán de ser la raza y la religión los factores decisivos de la dinámica partidista?

Hay razones para el escepticismo. La segunda sorpresa es que el líder de la coalición ganadora es nada menos que Mahathir Mohamed, durante 22 años (1981-2003) primer ministro al frente de BN. ¿Es creíble que Mahathir vaya a desmontar el sistema que él mismo creó? Asegura, además, que en un año o dos dejará el puesto a Anwar Ibrahim, su antiguo delfín, al que destituyó en 1998 y que terminó en prisión bajo falsas acusaciones de sodomía, y cuya mujer, Wan Azizah es la actual viceprimera ministra. La pregunta se impone: ¿hablamos de un mandato popular para hacer de Malasia un país gobernado por leyes e instituciones imparciales, o se trata de una batalla entre elites tradicionales? Habrá que esperar unos meses para poder responder. Pero que Mahathir, representante por excelencia del nacionalismo malasio, encabezara la oposición, eliminó cuando menos el temor de los votantes a los riesgos de inestabilidad.

Las elecciones marcan por lo demás una corrección de la regresión democrática que ha experimentado el sureste asiático en la última década. Quizá los tailandeses reclamen a la junta militar la convocatoria de los comicios que prometió tras el último golpe de Estado. Es posible que los filipinos terminen reaccionando a las arbitrariedades de Duterte, quien la semana pasada destituyó a la presidenta del Tribunal Supremo. Al gobierno camboyano le resultará más difícil mantener su política de persecución de los opositores. Los obstáculos estructurales al liberalismo no van a desaparecer de un día para otro, pero nadie esperaba lo ocurrido en Malasia. Los líderes autoritarios de la región han recibido un serio aviso.

También China. Najib hizo de las oportunidades económicas derivadas de su estrecha relación con Pekín una de las claves de su gobierno. Mahathir no ha dudado en manifestar sus reservas sobre las inversiones chinas en sectores estratégicos de la nación, y en pronunciarse en contra de sus acciones coercitivas en el mar de China Meridional. Como uno de los líderes centrales de la ASEAN durante dos décadas, Mahathir puede fortalecer la cohesión de la organización, y propiciar la formulación de una estrategia más firme y coherente con respecto a la República Popular. (Foto: Mr_Tariq, Flickr)

Kim Jong-un amenaza con volver a la cueva. Nieves C. Pérez Rodríguez.

No todo lo que brilla es oro y no todo lo que se dice se cumple, sobre todo cuando el que lo dice no teme a que su nombre quede en entredicho. Esto se aplica tanto para Trump como Kim Jong-un. A ambos se les ha visto decir que harán o no harán algo y al poco tiempo cambian de opinión, sin dar explicaciones y menos rastro de estupor alguno. Después de que Kim en su primer encuentro con el líder surcoreano -que valga acotar estuvo cargado de gestos amistosos, incluso casi cómplices- asegurara estar dispuesto a sentarse a negociar sin haber puesto condiciones, la semana pasada cancela las conversaciones intercoreanas de alto nivel con el presidente Moon y pone en dudas el encuentro con Trump por “Max Thunder”, unos ejercicios militares rutinarios, que se están llevando a cabo en la península coreana.

Quizá dichas maniobras debieron posponerse, como señal diplomática amistosa, a pesar de que estaba prevista su ejecución entre el 11 al 25 de mayo. Pero objetivamente Corea del Norte no pidió nada a cambio, por lo que todo se mantuvo según calendario. Quizá esto es sólo una excusa de Pyongyang para regresar a la cueva en la que han estado muchos años, muy a pesar del estrago económico que están sufriendo debido a las sanciones internacionales que le han sido impuestas.  Nadie más que ellos están interesados en abrirse, al menos ligeramente, a la entrada de capital foráneo.

El presidente Trump, por su parte, sigue apostando por encontrarse con Kim Jong-un en Singapur el 12 de junio. Ha intentado dar señales de normalidad, muy a pesar de la amenaza de Pyongyang de suspender el encuentro. De hecho, aprovechando la visita a la Casa Blanca del Secretario General de la OTAN, General Jens Stoltenberg, aseguró que Corea del Norte podría beneficiarse de un acuerdo que alcance con los Estados Unidos.  Insistiendo, además en que su Administración sigue en contacto con autoridades norcoreanas afinando detalles logísticos para el gran someto. Como si se tratase de dos realidades paralelas. Pero es que para el inquilino de la oficina oval es mucho lo que se está jugando. Él ha apostado por este encuentro a un precio muy alto. Ha enviado a su Secretario de Estado -Mike Pompeo- a Pyongyang dos veces en menos de dos meses. Y ha sido el propio Trump el que le ha impulsado el protagonismo mediático de Kim Jong-un, con su invitación a encontrarse con él. Indirectamente, Trump también hizo que China organizara una fastuosa visita oficial a Kim, en la que le dejó claro al mundo que ambas naciones son aliadas. Y seguro que Xi Jinping aprovecho el encuentro para recordarle a Kim cuales son las prioridades para China.

El Financial Times ponía el énfasis en las palabras del presidente Trump “El líder norcoreano tendría una protección muy fuerte si estuviera de acuerdo con la desnuclearización” de las que, concluían, es un oferta calculada para tranquilizar los nervios en Pyongyang. En un esfuerzo por asegurarle a Corea del Norte que no se repetirá la historia de Libia, Trump ha aprovechado los medios de comunicación para enviarle ese mensaje a Kim. Sobre todo, después de que su controvertido asesor de seguridad nacional John Bolton, recientemente en un medio citara el caso de Libia, en el que se acordó la renuncia a su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones.

En los centros de pensamiento en Washington se ha dedicado tiempo a analizar la situación. CSIS sostiene que la amenaza de cancelar el encuentro no es más que una vieja estrategia de Corea del Norte usada en negociaciones para conseguir concesiones. Al amenazar con retirarse, ganan influencia y con ello pueden cambiar los términos de la negociación. Es lo mismo que hicieron repetidamente durante las conversaciones de los seis (Six party, por su nombre en inglés) en la era Clinton. El Atlantic Council, por su parte, afirma que es recordatorio de la profunda desconfianza en ambos lados y la fragilidad de la diplomacia. El Cipher Brief cerraba la semana afirmando que en 25 años de negociaciones ha habido fallos de ambos lados, poniendo el énfasis en que Corea del Norte no es de confiar y que siempre recurren al engaño para no seguir adelante con lo acordado.

La mayoría de los análisis coinciden en que Kim quiere garantizarse que sacará una concesión cada vez que los Estados Unidos obtengan algo. Por ahora los norcoreanos consiguieron que el viernes pasado Japón, Corea del Sur y Estados Unidos acordaran cambiar el rumbo de unos bombardeos estadounidense que volarían sobre la península coreana. Trump se la está jugando, ésta última concesión es otra prueba de su interés en que el encuentro se lleve a cabo. Kim acaba de empezar con” el tira y encoje”, que bien aprendida tiene la técnica tanto de su abuelo como de su padre. Y a priori le ha dado resultado, ahora toca ver hasta donde Washington está dispuesto a ceder. El presidente Trump necesita ese encuentro, si de él no sale nada, al menos podrá decir que lo intentó. Si se cancela el precio a pagar para Trump sería mucho mayor, porque serían dos años de gobierno sin haber conseguido nada internacionalmente y de desprestigio, por haber intentado negociar con uno de los dictadores más crueles de la historia reciente. (Foto: Banalities, Flickr)