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Por qué los chinos sonríen menos. Miguel Ors Villarejo

Los lugareños del pueblo manchego desde el que escribo estas líneas no sonríen a menudo. Es algo chocante. En mi familia somos muy liberales con las sonrisas. Las regalamos con cualquier pretexto: cuando nos cruzamos con alguien, cuando nos ceden el paso, cuando nos dan las vueltas de la compra. Aquí, en cambio, reservan esas expansiones para ocasiones especiales. Es más, si una joven no exhibe en todo momento una expresión adusta, es probable que la acaben mirando mal. “¿Te has fijado? Será desvergonzada…”

Los estadounidenses lo pasarían fatal aquí. Un estudio publicado el año pasado revela que sus políticos y empresarios sonríen mucho más que los de otros países, lo que no solo da lugar a divertidos malentendidos. Poco después de abrir en Alemania, Wal-Mart tuvo que pedir a sus dependientes que no fueran tan simpáticos como en Arkansas, porque muchos clientes lo interpretaban como un intento de flirteo.

Y los alemanes no son los más estirados. El estudio escrutaba las gesticulaciones de líderes de varias nacionalidades y resulta que los que menos sonríen son los chinos. ¿Por qué? No hace tanto, Mao los mataba de hambre y hoy se han convertido en la primera potencia económica. ¿No es un motivo para estar contentos?

El último Informe Mundial de la Felicidad dedica un capítulo a analizar cómo ha evolucionado el ánimo de los chinos en el último cuarto de siglo y concluye que, a pesar del tremendo crecimiento experimentado, no han recuperado los niveles de satisfacción de principios de los 90. Su tesis es que la introducción de las reformas obligó a despedir a dos terceras partes de los empleados públicos, al tiempo que desmantelaba la precaria red de seguridad social. El resultado fue un estado general de ansiedad del que solo ahora empiezan a reponerse.

Pero las malas rachas de la economía no son un buen predictor de felicidad. De lo contrario, no se entendería cómo los latinoamericanos, en general, y los hondureños, en particular, son los ciudadanos más positivos del planeta.

Del mismo modo, tampoco hay que inferir de la apariencia alegre de un sujeto que sea dichoso. Los estadounidenses y los alemanes están prácticamente empatados en el ranking de la felicidad (6.993 y 6.951 puntos, respectivamente) y no pueden ser más distintos a la hora de manifestar sus emociones.

Olga Khazan cree que el factor determinante es la diversidad cultural. “En las naciones con mucha inmigración [como Estados Unidos] se sonríe más porque es un modo de estrechar vínculos. […] Nuestros antepasados suecos querían hacerse amigos de sus vecinos italianos”, pero “no sabían decir buongiorno”, así que forzaban un gesto de cordialidad.

Los chinos son, por contra, una nación más homogénea, igual que los lugareños del pueblo desde el que escribo. No es que les caiga mal. Es un tema cultural. No se lo tenga en cuenta.

Diplomacia china: financiación estatal disfrazada de cooperación internacional. Por Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Chequera en mano se consigue casi todo, incluso  influir en la política o la dirección económica de una nación. Este ha sido el método de penetración que ha venido usando China en los últimos años en gran parte del planeta. Con el crecimiento masivo de la económica china y el exceso de liquidez han puesto en marcha una agresiva política exterior basada en financiar el déficit de países, en los momentos que estos más lo necesitan.

Empezaron mirando a África. Su pobreza y la vulnerabilidad de la mayoría de sus gobiernos presentaba el escenario ideal, acentuado además por la sensación de una recurrente práctica de Occidente de ignorar a este continente. Luego se fijaron en América Latina, con un gran potencial de recursos, que valga acotar China sabe que necesitará para su propia población y para conseguir más influencia, y con muchos países destrozados por caudillos trasnochados. Con teorías políticas obsoletas en marcha, qué mejor momento para ofrecer un respiro económico a cambio de masivas sumas de dinero o envíos de significativos colectivos chinos a estos países receptores. ¿Financiación estatal a cambio de influencia?

Ya lo dijo Xi Jinping en Davos en el Foro Económico Mundial: “La economía mundial es un gran océano del que no podemos escapar”, y tal como lo creen lo practican.

De acuerdo a Forbes, este líder tiene más poder que nunca desde que fue elegido líder del Partido Comunista en 2016. Su apariencia amable y conciliadora le ha permitido entrar incluso en la Casa Blanca, a pesar de las severas críticas de su homologo. Los chinos saben que son la segunda económica más fuerte del mundo, así que su influencia la ejercen diferente a los estadounidenses; ellos usan una psicología más retorcida, conversan, coquetean, galantean y finalmente sacan su chequera y ofrecen una suma interesante, que por lo general viene a resolver una situación interna del receptor, como falta de liderazgo del gobierno, impopularidad, crisis económicas o en muchos casos, pago de comisiones extraordinarias que facilitan cualquier tipo de negociación en donde la ética brilla por su ausencia.

A partir del 2010 China ha ido incrementando notablemente su presencia en Latinoamérica con préstamos que llegan a sumar unos 123 mil millones de dólares, de acuerdo a The Dialogue, un think tank cuyo foco es el estudio de las Américas. Monto que representa los créditos otorgados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Cooperación Andina de Comercio (CAF)  y el Banco Mundial juntos, coincidiendo con la recesión económica de la región, en la que las instituciones financieras hasta entonces tradicionales no estaban dispuestas a otorgar créditos como lo hacían antes de la crisis.

La lista de países a los que los tentáculos de la diplomacia china de financiación han llegado es numerosa. Comenzando con Venezuela que bajo el régimen chavista ha obtenido 17 créditos, siendo el país que más préstamos ha recibido en toda la región, llegando a sumar 62.200 millones de dólares. Seguidos por Brasil con 36.800 millones, Ecuador con más de 17.000 millones de dólares, todos ellos cedidos en la era de Correa, y Argentina que, en manos de los Kirchner, sumó 15.000 millones.

China cuenta con tres instituciones financieras, todas creadas por el Estado y al servicio del mismo:  el Banco chino de Desarrollo, cuya misión es financiar infraestructuras, industrias básicas, energía y transporte; el Exim Bank, que puede definirse como la banca diplomática que promueve las políticas de financiación para incentivar las exportaciones, productos y servicios chinos; y Sinasure, la aseguradora de los créditos otorgados por los bancos, para prevenir riesgos políticos y comerciales en los que se puede incurrir, blindando así al sistema de cualquier incumplimiento. Esta trilogía, cuidadosamente creada por el Estado chino, fue concebida como arma de influencia y penetración, siendo un novedoso disfraz que a priori no despierta inquietud. Sin embargo, han ido haciendo un laborioso trabajo que se estima que solo entre el 2005 al 2016 han otorgado 141.000 millones de dólares en Latinoamérica y el Caribe.

Pekín interpreta bien el juego y la dinámica internacional. El vacío dejado por el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la banca norteamericana en financiar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Argentina ha sido gratamente acogido por las instituciones financieras chinas, que han aprovechado el castigo de Occidente hacia sus líderes y sus ideas políticas recalcitrantes. Lo mismo ha sucedido en Brasil, con la inestabilidad política y la recesión económica interna.

China, el país socialista, cuyo único partido es comunista, paradójicamente ha convertido su sistema económico en el capitalismo más salvaje conocido, siendo el primer exportador e importador de bienes y la primera potencial industrial.  Nada de esto es casual, el dragón rojo ha leído bien las señales, las distracciones y los vacíos de Occidente y ha ido ganando influencia y terreno en silencio y con discreción. Pero el día que quieran gritar podrán hacerlo a todo pulmón porque se habrán hecho con la mitad del planeta.

INTERREGNUM: Reinventar el TPP. Por Fernando Delage

En un contexto marcado por el desafío nuclear norcoreano y las tensiones en la periferia marítima china puede resultar comprensible que se preste menos atención al escenario geoeconómico asiático. Sin embargo, también en este frente se reproduce la competencia entre los grandes Estados de la región. Japón, en particular, con un activismo desconocido hasta la llegada de Abe al gobierno, está proponiendo nuevas ideas tras el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por la administración Trump.

El giro norteamericano ha elevado el protagonismo del Acuerdo Económico Regional Integral (RCEP) como principal iniciativa global a favor del libre comercio en la actualidad. Al incluir a 16 Estados que representan la mitad de la población mundial, más de la cuarta parte de las exportaciones y casi el 30 por cien del PIB del planeta, su potencial es considerable. Integra, además, a varias de las economías de mayor crecimiento de los últimos años. Pero, al contrario de lo que con frecuencia suele mantenerse, no se trata de una iniciativa “de China” articulada frente al TPP que lideraba Washington. Estados Unidos, es cierto, no participa, pero su origen—en 2011—, partió de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), con el objetivo de consolidar en un único marco los cinco acuerdos de libre comercio mantenidos por la organización con sus socios externos (China, Japón, India, Corea del Sur y Australia-Nueva Zelanda).

Es obvio que ni Japón ni India van a aceptar sin más las demandas chinas en un proceso de carácter multilateral. Pekín quiere acelerarlo para concluir el acuerdo antes de finales de año, con una agenda mínima de liberalización comercial. Japón—ésta es su primera propuesta—quiere, por el contrario, mantener abiertas las negociaciones para ampliar su contenido y dar forma a un pacto de “alta calidad” que incluya algunas de las cuestiones que incluía el TPP, como propiedad intelectual, contratación pública o normas medioambientales. El RCEP revela así la competencia entre dos modelos opuestos—el de China y el de Japón—sobre la estructura económica regional.

Japón acaba de sugerir una segunda propuesta: relanzar el TPP sin Estados Unidos. Fue el propio primer ministro, Shinzo Abe, quien aseguró hace unos meses que, sin Washington, el acuerdo carecía de sentido. No obstante, considera ahora que, dados sus potenciales beneficios, puede merecer la pena intentar rehacerlo. Tokio puede reforzar sus relaciones con distintos socios asiáticos, de Australia a Vietnam; mantener vivo un discurso a favor de la adopción de normas más ambiciosas en la región y, así, aumentar la presión para elevar los estándares contemplados originalmente por el RCPE; o, incluso, intentar atraer a Estados Unidos a un esquema multilateral.

Quizá este último objetivo no sea tan ilusorio, aunque resulte dudosa la viabilidad de recuperar el TPP. El interés compartido de las economías asiáticas por el libre comercio y por un marco regional puede neutralizar la intención del presidente Trump de defender los intereses de su país mediante acuerdos bilaterales. Mientras exista una alternativa regional, sus pretensiones no parecen tener mucho sentido. Quizá Abe se haya adelantado al intuir que, tarde o temprano, Estados Unidos dará marcha atrás para no quedarse al margen de la reconfiguración económica de Asia. ¿Se incorporará Washington un día al RCEP? ¿Decidirá reinventar el TPP bajo otro nombre? Seguiremos atentos a los acontecimientos.

China y Francia. Por Julio Trujillo.

La felicitación del presidente y el Gobierno chino a Enmanuel Macron por su victoria electoral responde a algo más que a un acto protocolario. China, sobre cuyo pragmatismo caben pocas dudas, ha comprendido que la visualización de Macron como salvador del sistema frente a la extrema derecha le va a dar una oportunidad de oro en el escenario europeo, y más cuando la salida de Gran Bretaña otorga a Francia la posibilidad de fortalecer su papel. En una Europa deprimida, la victoria de Macron y sus anuncios de que va a ponerse a la tarea de reformar y fortalecer la Unión Europea es una inyección de optimismo que no se puede desdeñar.
En ese contexto, y con un presidente en Estados Unidos que ha planteado dudas sobre el proyecto europeo y que amenaza con replegar sobre sí misma a la economía norteamericana, el discurso europeísta, con tintes liberales y promesas sociales y críticas a Estados Unidos está servido. Es verdad que a Macron le encantaría estrechar lazos con Estados Unidos y representa al sector más atlantista de Francia, pero Trump por un lado y  la necesidad de guiños nacionalistas a derecha e izquierda no se lo van a poner fácil.
En ese contexto, China va a encontrar un escenario favorable para sus disputas con Estados Unidos (menos graves de lo que parecen) y su búsqueda de un protagonismo internacional cada vez mayor.

¿Solicitar la desnuclearización de la Península coreana es mucho pedir?

Washington.- A Kim Jong-un le gusta jugar con fuego, y nunca mejor dicho, pero sus ensayos balísticos cada vez más frecuentes, aunque muchos fallidos, son una fuente constante de preocupación para el mundo. Parece que la presión internacional estimula a éste provocador sus ambiciones militares. Mientras más foros hablan del peligro que representa Corea del Norte, más lanzamientos de misiles vemos.

La Administración Trump ha sido muy directa en expresar su absoluto rechazo y disposición a responder a gran escala de ser necesario. Lo que a Pyongyang parece exacerbarle su deseo de responder con otro proyectil. En el fondo ha sido este pulso lo que ha puesto en los titulares de toda la prensa internacional a un país destrozado, que con lo único que cuenta es con armamento nuclear capaz de desestabilizar el planeta, que no es poco, razón por la que no frenarán su carrera armamentística, pues es su única arma de protagonismo internacional. Por lo tanto, ¿es descabellado pedir la desnuclearización de la Península coreana?

Tan solo unas horas previas al lanzamiento del misil del viernes pasado, Tillerson afirmaba que el objetivo final que tiene Estados Unidos es la desnuclearización de la península de Corea. Así mismo tachaba de extraordinariamente importantes las relaciones entre China y Estados Unidos, pues “nosotros necesitamos su ayuda para conseguir la desnuclearización”. Afirmaba también que Estados Unidos no va a volver a la mesa de negoción con Pyongyang, porque sería como premiarlos por estar violando las resoluciones de Naciones Unidas. Por su parte, China, en su tónica acostumbrada, llamaba a la calma y a una salida pacífica. Lo que, al menos por ahora, es difícil de imaginar.

Estados Unidos quiere jugar teniendo en su equipo a China. Sería la manera más sensata de resolver o parar esta grave amenaza. Ninguna de las partes desea un conflicto armado. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmó la pasada semana que, por primera vez, China está siendo realmente un gran aliado para enfrentar la grave situación en Corea. Insistió en que Estados Unidos debe continuar la presión que está ejerciendo; sin embargo, dijo, “ni la comunidad internacional ni EEUU tenemos como objetivo comenzar una guerra, pero si nos dan razones habrá una respuesta militar”.

En el marco de estas graves tensiones, Donald Trump informa a Corea del Sur, (en una entrevista concedida a Reuters), que sería apropiado pagar el billón de dólares que cuesta el escudo antimisiles (THADD por sus siglas en inglés). Ciertamente, el lado comercial del presidente es muy dominante y sale a relucir en cualquier maniobra, incluso en las diplomáticas. Y, a su vez, manda un doble mensaje por su cuenta de twitter, diciendo que Corea del Norte no ha respetado los deseos de China y del presidente con el lanzamiento del último misil. Recordándole a los norcoreanos que China está del lado de Estados Unidos en la lucha por acabar con la proliferación armamentística de Pyongyang mientras que aprovecha para coquetear con Xi Jinping.

Estamos en medio de una novedosa situación donde Estados Unidos necesita a China y no está teniendo ningún reparo en admitirlo. A China le gusta sentirse necesitada, pero no quiere renunciar a su juego táctico de seguir siendo el proveedor de Pyongyang, pero con prudencia, porque hasta ellos saben que Kim Jong-Un es peligroso y despiadado. Los chinos están disfrutando el protagonismo indirecto que le está trayendo la cercanía con Washington y sin duda, le sacaran provecho en otras negociaciones donde necesitan del apoyo estadounidense.

China quiere evitar un enfrentamiento militar a toda costa, pues desestabilizaría la zona y podría generar una estampida de norcoreanos buscando refugio en su territorio. Y además les pone en una situación vulnerable, pues en un escenario de confrontación bélica podrían salir agredidos por error. Y son conscientes de que Estados Unidos podría comenzar un ataque directo en la parte norte de la península coreana. A su vez, contar con un régimen como el de Pyongyang les ayuda a mantener el liderazgo en la región, ya que los convierte en los interlocutores de unos y otros. Pero, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar la comunidad internacional frente a un peligro potencial como éste?

La comunidad internacional tiene el deber de exigirle más a China. El juego diplomático y el coqueteo al que está jugando Estados Unidos es válido, y probablemente inteligente. Sin embargo, si China quiere el reconocimiento de súper potencia debe comportarse como tal y presionar de verdad a Pyongyang con recortes de exportaciones, a ver si finalmente en un momento de sensatez el gobierno chino logra que el norcoreano rectifique y dejen el juego nuclear que trae a todos de cabeza.

INTERREGNUM: ¿Regreso al futuro?

¿Qué tipo de gran potencia será China? ¿Para qué fines utilizará su poder? Esta es la gran pregunta con respecto al futuro del sistema global, y no puede responderse de una única manera.

Desde hace años, Pekín mantiene un discurso de responsabilidad internacional, que refleja en los hechos mediante su contribución a las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas o su compromiso con la lucha contra el cambio climático, por poner dos ejemplos. Las tentaciones nacionalistas y proteccionistas del presidente Trump facilitan a China un espacio para aparecer como campeón de la globalización y de la cooperación internacional, como hizo Xi Jinping en el último foro de Davos. Al mismo tiempo puede observarse, sin embargo, cómo la República Popular incrementa su presión con respecto a las reclamaciones territoriales en su periferia marítima, desafiando las normas internacionales.

¿Por qué actúa China de manera diferente en la escena global y en su entorno exterior más próximo? Los factores que explican su comportamiento son múltiples, e incluyen variables económicas, diplomáticas y de seguridad. Pero algunas claves pueden encontrarse también en la Historia. Durante siglos, China definió la estructura internacional de Asia mediante la concepción jerárquica propia de sus esquemas culturales, aunque incompatibles con el principio de igualdad entre los Estados. Pekín sólo sería consciente de la idea de soberanía mantenida por los países occidentales tras la irrupción de estos últimos en su región a partir de mediados del siglo XIX con las guerras del Opio.

El choque de estos dos conceptos opuestos de universalidad no benefició a un imperio chino en decadencia, pero convencido de su superioridad moral. Casi dos siglos más tarde, cuando va camino de recuperar su posición como mayor economía del planeta, ¿puede Pekín restablecer un orden sinocéntrico?

Resulta arriesgado concluir que la Historia predetermina acciones y resultados. Pero Howard French, excorresponsal del New York Times en Pekín y en Tokio, ha intentado explicar las actuales tensiones en Asia recurriendo a este tipo de argumentos en su fascinante libro de reciente publicación, “Everything Under the Heavens: How the Past Helps Shape China’s Push for Global Power” (Knopf, 2017). De Japón a Vietnam, de Malasia a Filipinas (Corea se echa en falta), French analiza en detalle los problemas que enfrentan a Pekín con sus vecinos, intentando demostrar que responden a su tradicional ambición de control. El resultado es una brillante exploración de cómo la manera en que China define su identidad ha configurado la evolución de sus relaciones exteriores a lo largo de los siglos y está presente, aún hoy, en las acciones de su gobierno.

El análisis de French permite comprender mejor esas aparentes contradicciones de la diplomacia china. Aun descontando parcialmente sus conclusiones—el pasado no basta por sí solo para explicar la dinámica contemporánea—, los hechos parecen confirmar la tesis de que Pekín avanza año tras año en la recuperación de su estatus sin encontrar grandes resistencias (hasta el momento). Aunque apenas queda apuntado en el libro, es un objetivo que, no obstante, también puede deberse a una motivación más relacionada con la actualidad y el futuro que con la Historia: el orgullo nacional como sustituto del déficit de modernización de las instituciones políticas.

El ajedrez asiático

Donald Trump ha afirmado que la situación creada por Corea del Norte y sus repercusiones en el área estratégica de Asia Pacífico es como una partida de ajedrez en la que no hay que adelantar públicamente las jugadas de cada uno. Y lo dijo tras afirmar que no había que descartar una acción militar directa de EEUU contra Corea del Norte y antes de sugerir que no se negaría a encontrarse con el presidente norcoreano si se dan las condiciones necesarias para ello. Todos estos comentarios, que parecen haber sorprendido a algunos analistas y desatado una nueva ola de comentarios de suficiencia respecto a Trump, no parecen indicar otra cosa que lo que desde hace meses parece evidente: Estados Unidos está volviendo al realismo político que durante décadas fue la estrategia de los republicanos y combinando está vuelta a los clásicos con un renovado protagonismo de la Casa Blanca en la puesta en marcha de la política exterior de Estados Unidos.

Sun Tzu, general, estratega militar y filósofo de la China del siglo VIII, citado hasta la saciedad (aunque mucho menos leído) como fuente de la estrategia militar, política y empresarial, dijo que “el bando que sabe cuándo combatir y cuándo no hacerlo se alzará con  la victoria. Existen caminos que no hay que transitar, ejércitos a los que no hay que atacar, hay ciudades amuralladas que no hay que asaltar”.

Este método de prudencia y cálculo a la hora de emprender acciones militares seguramente es bien conocido por los asesores de Trump y, desde luego, parece una definición anticipada de la posición estratégica china desde hace muchos años. En el fondo se trata de la doctrina de acumulación de fuerzas y razones y la aproximación indirecta a un objetivo antes de emprender una acción que una vez puesta en marcha debe ser decisiva.

No darle importancia y presentar estas posiciones como un comentario más de Trump es un error que incide en los que ya comete Europa, que sigue perdiendo oportunidades de estar presente en la esfera internacional dejando todo el protagonismo a terceros. La cada vez más intensa agenda de Putin (conversaciones con Merkel y Trump con pocas horas de diferencia) sin que exista aparentemente una posición común de la UE al menos respecto a dos problemas fundamentales, Corea del Norte y la presión rusa en el Báltico, definen bien quienes están a cada lado del tablero, aunque tal vez sea uno de esos en los que pueden jugar más de dos.

INTERREGNUM: Cacofonía norcoreana

Mientras Kim Jong Un aprovechaba el 105 aniversario del nacimiento de su abuelo—el “presidente eterno” de Corea del Norte, Kim Il Sung—para mostrar al mundo sus capacidades militares y amenazar a Estados Unidos, Trump siguió desconcertando a los observadores. Responder a las bravuconadas de Kim mediante el envío de un portaaviones que en realidad iba camino de Australia no contribuye a su credibilidad. Pero más llamativas resultan sus declaraciones sobre el juego diplomático que dice haber puesto en marcha con Pekín.

Trump aseguró que si China no presionaba a Pyongyang, actuaría por su cuenta. Es posible, sin embargo, que, durante su encuentro en Florida a principios de este mes, el presidente Xi Jinping le convenciera de lo inviable de toda solución unilateral. Afirmar que “todas las opciones están encima de la mesa” carece pues de valor cuando Trump sólo puede gestionar—que no resolver—la crisis norcoreana con la ayuda de Pekín. Su tweet indicando, por otra parte, que no acusará a China de manipular su moneda por la colaboración que ésta va a prestar con respecto a Corea del Norte, como si tal quid pro quo fuera posible, refleja un notable desconocimiento de los intereses estratégicos chinos.

Pekín comparte el objetivo de una península desnuclearizada y la urgencia de mitigar la escalada de tensión. Pero Corea del Norte representa un útil instrumento de negociación en su relación con Estados Unidos al que no va a renunciar (especialmente si aspira a conseguir el visto bueno de Washington a su creciente control del mar de China Meridional). Por lo demás, según contó Trump en otro tweet, Xi le explicó que Corea perteneció a China en otros tiempos: una revelación que—pese a la indignación que ha provocado en Seúl—confirmaría la ambición de Pekín de rehacer un orden sinocéntrico en Asia, como el que existió hasta la irrupción de Occidente a mediados del siglo XIX. La contradicción que esto supone con su tweet anterior quizá se le haya escapado al presidente. Lo relevante, en cualquier caso, es que—en la actual dinámica de redistribución de poder—las amenazas vacías de Washington debilitan la confianza de sus aliados, y facilitan de ese modo la reconfiguración de la estructura regional de seguridad deseada por Pekín.

Un escenario bélico parece descartable por sus consecuencias, pero el tiempo juega a favor del desarrollo del arsenal nuclear norcoreano; una perspectiva que también inquieta a China aunque la garantía de seguridad que quiere Pyongyang sólo se la puede dar Estados Unidos. Ante la innegable gravedad del problema se requiere mayor creatividad, una mejor comprensión de los objetivos chinos a largo plazo y, quizá, mayor discreción. Silenciar la cuenta de tuiter del presidente no perjudicará a la diplomacia norteamericana.

Semana de pasión en la Casa Blanca

Ha sido una semana muy movida, con muchos frentes abiertos para la Administración Trump. Desde que Washington bombardeó la base aérea en Siria parece que el orden global al que estábamos acostumbrados revive de entre las cenizas. El secretario de Estado Tillerson, en su visita a Moscú, dejó claro que las relaciones entre Rusia y Estados Unidos están muy tensas con la frase “las dos potencias nucleares más fuertes del mundo no pueden tener esta relación”; por un lado reconociendo abiertamente la crisis, pero por otro dejando espacio a una negociación que pasaría por eliminar del mapa político al dictador Bachar al-Ásad. Mientras tanto, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, diez miembros votaban a favor de una resolución de condena al ataque con gas químico que perpetuo el régimen sirio, como era de esperar, Rusia vetaba la resolución.

Días antes, Trump se acerca al presidente Xi Jinping con un cambio radical de actitud que dejan en el pasado sus áridas afirmaciones de la campaña electoral, e incluso de los primeros días de gobierno. Después de la visita del mandatorio asiático Trump afirmaba que había habido una buena química entre los dos y después su acostumbrado comentario desde su cuenta de twitter, nos informó de cómo, por ejemplo, le explicó a su homólogo chino que un acuerdo económico con los Estados Unidos sería mucho más provechoso para China, si Beijing soluciona el conflicto con los coreanos del norte. En otro twitter dio por sentado su gran nivel de confianza en que Beijing negociará con Pyongyang para hacerle desistir de continuar con su carrera nuclear y armamentística.

China, en su tónica habitual, trata de conciliar posiciones con un discurso disuasivo, mientras que suspende los vuelos de Air China entre Beijing y Pyongyang, como queriendo demostrarle a Trump su disposición a trabajar por una solución pacífica, a la que Trump responde enviando el portaviones Carl Vinson, mientras que Pyongyang se prepara para la celebración del nacimiento de Kim II Sung, creador de la Corea del Norte que conocemos. Varios expertos coinciden, e incluso imágenes de satélite lo indicarían, en que podrían estar preparando otro lanzamiento de un misil, e incluso que podría ser una prueba nuclear para retar a Trump, que ha amenazado con una respuesta a gran escala. Mientras, el Pentágono demuestra su disposición de respuesta con el lanzamiento la bomba “GBU-43”, o explosivo aéreo de acción masiva, en Afganistán contra el ISIS. Y, como si todo esto no fuera suficiente, para cerrar la semana de tensión, el portavoz del ejército de Corea del Norte declaró que están preparados para frustrar cualquier movimiento militar, económico o político hostil y “provocador” del gobierno de Trump de una forma despiadada que no les permitirán a los agresores sobrevivir.

Otra variante de la política exterior estadounidense es su nuevo tono en la relación a la OTAN, con la visita del secretario general Jens Stoltenberg. El presidente Trump le quitó el apelativo de  obsoleta a la OTAN, además de definirla como un baluarte de paz y seguridad, a la vez que se comprometió en mantener su relación y compromiso con la misma. Sin embargo, aprovechó la ocasión, una vez más, para recordarles a los países miembros que deben asumir una mayor responsabilidad económica aumentando sus gastos en defensa.

La situación interna en la Casa Blanca es descrita por algunos como una especie de batalla campal en la que los asesores del presidente presionan para que sus líneas de pensamiento sean tomadas en cuenta por Trump y puestas en práctica. Puede ser esta la razón por la que Ivanka, la primogénita y más cercana al líder, decidiera hacerse con un despacho al lado de la oficina oval, aumentando su grado de influencia. A la vez, su marido, Jared Kushner, se ha posicionado en su rol más internacional. Parece que las cosas vuelven al cauce tradicional en los primeros días de este gobierno, coincidiendo con la salida de Steve Bannon, conocido por sus posiciones radicales, su exacerbación del patriotismo e impulsor de la islamofobia, del Consejo de Seguridad Nacional. Batalla que gana el segundo consejero de seguridad de Trump, el teniente general Herbert Raymond McMaster, que sustituyó al General Flynn removido por sus implicaciones con Rusia.

Parece que entramos en una etapa de mayor coherencia de la política exterior de Trump con previas administraciones. Sin embargo, siguen existiendo muchos frentes inciertos. El Departamento de Estado, uno de los grandes olvidados de la nueva Administración, tiene pendiente la asignación de más de cuatrocientos puestos, entre cargos de carrera y de asignación política. Muchos de los diplomáticos en ejercicio se debaten entre dejar el servicio exterior o darse un tiempo que les ayude a ver hacia dónde va la nueva política exterior. Y esto, en medio de una dramática reducción del presupuesto del Departamento de Estado y las agencias de ayuda humanitaria en un tercio, a la vez que se incrementa en 54.000 millones el presupuesto para defensa. Aumento que cada vez tiene más sentido en el viraje militar – defensivo que está tomando la política exterior del gobierno de Trump.

Próxima estación: Corea

Uno de los peores vicios de un analista de la realidad consiste en hacerse un esquema, a menudo ideológico, de ella y, cuando aparecen datos que desmienten el esquema, en lugar de cambiar este, modifican la descripción de la realidad para salvar el esquema.

Algo de esto está pasando con el presidente Trump, como ya pasó con Ronald Reagan. El botarate presidente de los Estados Unidos que hizo una campaña electoral a lomos del impulso y de un aliento de los sentimientos más primitivos y viscerales del sector de la sociedad al que pedía el voto, ha comenzado a girar el rumbo, no sin contradicciones y errores, nada más entrar en la Casa Blanca. Pero los analistas, que ya habían decidido que Trump no tenía estrategia sino improvisación brutal, no cambian esta opinión sino los hechos mismos. A este se suma una vieja manía de muchos intelectuales europeos empeñados en ver que los peligros para la humanidad llegan desde Estados Unidos, incluso cuando reaccionan, con sus lógicos intereses nacionales, frente a crímenes horribles.

En estas estamos. El presidente Trump aprovechó la ventana de oportunidad que le brindaron desde Siria y comenzó a reocupar un espacio que Obama había abandonado en manos de la Rusia de Vladimir Putin. Tras la intervención en Siria, que ha obligado a Moscú a reconsiderar la necesidad de contar más con Estados Unidos a la hora de buscar soluciones para Siria, Trump descargó sobre Afganistán una bomba de gran potencia, de la que disponen muchos países europeos que, cumpliendo un objetivo militar en la frontera con Pakistán, hizo sentir sus consecuencias en Corea del Norte. Entretanto, el Pentágono había movido hacia las costas coreanas un poderoso grupo de combate aeronaval con el portaaviones Carl Vinson.

Estados Unidos está volviendo a una política exterior clásica, en términos de defensa, y tratando de ganar el protagonismo perdido los últimos ocho años, y con una serie de gestos y acciones puntuales está imponiendo su presencia en los escenarios más potencialmente desestabilizadores. Y la apariencia de nueva guerra fría es parte del discurso ruso que ha visto alterada su estrategia.

Pero en Corea hay que estar atentos. El presidente norcoreano es inestable, lleva años tratando de conseguir concesiones a base amenazas y ha puesto en marcha una ola que tal vez no pueda dominar. Ahí está uno de los peligros y en eso se basa la estrategia de Trump: por una parte, le recuerda que Estados Unidos no va a retroceder ni negociar como lo hacía Clinton y envía sus barcos; y, por otra, aprovecha la situación para tratar de comprometer a China en una labor de contención que le asocie a cierta estrategia de seguridad en el Pacífico. Podrá gustar o no, pero afirmar que no hay estrategia es una majadería.

La posibilidad de que la crisis genere un problema grave está en manos de Corea del Sur y de China más que de Estados Unidos. Y, por cierto, tampoco en este escenario olvidemos a Rusia, con frontera, barcos y doctrina presentes en la región.