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La antigüedad de Trump y la paciencia china

Trump es un hombre antiguo. En muchos sentidos, pero fundamentalmente es políticamente antiguo. Carece de una cultura básica de historia de EEUU, de sus instituciones, sus tradiciones y sus experiencias. En su vanidad, está convencido de que la historia que se ha construido de sí mismo, de unos éxitos empresariales cada vez más en sombras, avalan su currículum para dirigir el país más influyente y poderoso del planeta.

Así, negocia como un comerciante antiguo que, instalado en la soberbia y en la superioridad, cree que con un aparato estatal detrás puede ganarlo todo. Sin la menor sofisticación, despreciando a la diplomacia tradicional y a base de mensajes en las redes sociales combina amenazas e insultos zafios con halagos igual de artificiosos y vulgares, lo que consigue poco de sus adversarios y confunde con frecuencia a sus aliados.

Así, pasar del despliegue de una flota considerable frente a Corea del Norte con insultos personales al presidente norcoreano a halagos y guiños de vendedor de biblias del siglo pasado apenas ha conseguido avances, pero ha sembrado de dudas a los aliados tradicionales de Estados Unidos en el Pacífico. Y, a la vez, su personalismo, sus malos modos, sus maneras y sus comportamientos convierten los puestos a su alrededor en trabajos de alto riesgo y de gran rotación porque pocos resisten el tiempo suficiente para desempeñar un trabajo apreciable.

Pero el enfrentamiento principal de este momento es con China y aliados, que tienen una cultura psicológica, emocional y de prioridades completamente distinta y, lo más importante, con un concepto de los tiempos que nada tiene que ver con el occidental.

Al margen de las razones, China actúa en función de lo que cree para sus intereses nacionales, la dirige un gobierno que no tiene que rendir cuentas a su sociedad y sin contrapesos de poderes y actúa como si dispusiera todo el tiempo del mundo. A ese escenario se enfrenta Trump con precipitación y prepotencia, improvisando como un tahúr y en unas maniobras que parecen poder en riesgo algunos intereses occidentales legítimos.

INTERREGNUM. Kim maniobra. Fernando Delage

Casi un año después de su primera cumbre con el presidente norteamericano, el líder norcoreano, Kim Jong-un, lanzó el pasado sábado sus primeros misiles de corto alcance desde noviembre de 2017. Los analistas coinciden en que la prueba supone un intento de aumentar la presión sobre el presidente Trump para reanudar las negociaciones, después del fallido segundo encuentro entre ambos, en Hanoi en febrero.

La reunión en Vietnam concluyó de manera abrupta al rechazar Trump la propuesta de Kim de eliminar las sanciones económicas impuestas a Corea del Norte a cambio del desmantelamiento sólo parcial de su programa nuclear. Kim anunció con posterioridad que esperaba una nueva propuesta de Washington antes de terminar el año. Sin incumplir su renuncia a los ensayos de armas nucleares y misiles intercontinentales—que Trump anunció en su día como un gran triunfo para Estados Unidos—, este lanzamiento de cohetes de corto alcance podría ser el preludio del fin de dicha suspensión. Kim desafía así al presidente norteamericano cuando éste encara en pocos meses el comienzo de la carrera para su reelección en 2020.

Con este último ensayo, el líder norcoreano revela su frustración con la ausencia de avances en las conversaciones. Pero es también revelador que la prueba se haya producido sólo días después de su primer viaje a Rusia. El “productivo” encuentro mantenido con el presidente Vladimir Putin en Vladivostok, lanza una señal a Washington de que cuenta con otros socios internacionales—desmintiendo de este modo el supuesto aislamiento diplomático de Pyongyang—, mientras que permite a Moscú asegurarse un papel en el complejo tablero diplomático intercoreano.

Los instrumentos a disposición de Rusia son limitados en comparación con los de Estados Unidos o China. Pero si se llega a una solución sobre la desnuclearización de la península, sobre la que tendrá que pronunciarse el Consejo de Seguridad de la ONU, será necesario contar con el apoyo de Moscú, por lo que deberán tenerse en cuenta por tanto los intereses del Kremlin. Más relevante es, con todo, la evolución del contexto estratégico de la crisis norcoreana: la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China y el abandono por Washington del tratado de armas nucleares de alcance medio (INF) requiere evitar un agravamiento de los problemas de seguridad en la región mediante una nueva carrera de armamentos, otro objetivo que resulta imposible sin Moscú. De manera más general, sin una conversación entre las potencias—entre las que hay que incluir a Japón y Corea del Sur—sobre la estructura de seguridad del noreste asiático, una solución al problema norcoreano resulta poco probable, si no imposible. Entretanto, Pyongyang demuestra su habilidad al repartir las cartas de la baraja, enfrentando a sus socios y enemigos mientras continúa ganando tiempo y reforzando sus intereses.

Rusia recuerda su presencia asiática

El encuentro entre el líder norcoreano, Kim Jong-un, y el presidente ruso, Vladímir Putin, revela que Corea del Norte está hace tiempo cambiando sus tradiciones y dándole a las relaciones exteriores y las maniobras diplomáticas una importancia que hasta hace poco despreciaba. Para el lider norcoreano, seguir rompiendo el cerco en el que él mismo se encerró es importante en una época de presión a través de sanciones económica y para el presidente ruso es fundamental enviar el mensaje de que su país no es una potencia ajena a la zona y, además, cuenta con la influencia y la potencia suficiente como para tener protagonismo.

Sin duda este encuentro no opaca el papel esencial de China y, además, aparentemente en mensaje de Putin a su colega norcoreano es mantener una vía de diálogo con Estados Unidos y Corea del Sur y aceptar el principio de desnucleraización al que sigue poniendo reparos. Probablemente por eso, el propio presidente Trump ha agradecido públicamente a Putin sus esfuerzos. Sin embargo, el presidente norteamericano no debería caer en la ingenuidad, y es difícil que sea así, de considerar el gesto ruso como una iniciativa sin profundidad. Rusia quiere tener la fiesta en paz con China mientras refuerza su presencia en las repúblicas centro asiáticas ex soviéticas, por donde discurre la nueva ruta de la seda terrestre, y el estrechamiento de lazos con ambas Coreas es una maniobra estratégica de envergadura.

La cubre Kim-Putin, pues, debe ser observada con atención y ver los próximos pasos, aunque, probablemente, Rusia será un acicate más a la firma de un acuerdo con Estados Unidos. Moscú no quiere una elevación de la tensión en la zona, entre otras cosas porque en estos momentos no está en situación de aprovecharla.

Cómo la obsesión de Trump por ganar el Nobel lo aleja de la paz. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de que el éxito de El arte de la negociación (1987) lo convirtiera en un supuesto experto en acuerdos”, escribe la investigadora del Fondo Carnegie para la Paz Internacional Jessica T. Mathews, “Donald Trump presionó a la Administración de George Bush [padre] para que le encomendara el diálogo con la Unión Soviética para la reducción del arsenal nuclear. Al final, el cargo recayó en Richard Burt, un veterano diplomático especializado en control de armamento. Cuando ambos coincidieron en un evento social en Nueva York, Trump cogió a Burt en un aparte y lo aleccionó sobre lo que él habría hecho (y Burt debería haber hecho) para arrancar la conversación. Recibe a los soviéticos afectuosamente, le dijo. Deja que las delegaciones tomen asiento y desplieguen sus papeles. En ese momento, levántate, apoya los nudillos en la mesa, echa el cuerpo adelante, diles: ‘¡Jodeos!’ y sal de la habitación”.

“Trump”, sostiene Mathews, “piensa que [en una negociación] lo que funciona es lo inesperado. Desconcertar al interlocutor es lo que, en su opinión, permite que acabes saliéndote con la tuya”.

No he leído El arte de la negociación, pero sí Nunca tires la toalla y varias de las operaciones inmobiliarias que Trump describe confirman la impresión de Mathews. El presidente es un hombre de acción. Ha venido al mundo a hacer grandes cosas, como la Torre Trump de Chicago o el Trump Soho Hotel, y trabaja frenéticamente desde las cinco de la mañana. Pero aquí y allá tropieza con hombrecillos que le oponen resistencia por ignorancia o por pura maldad. Su estrategia consiste en diferenciar cuáles de ellos son sensibles al halago y cuáles a la intimidación, y obrar en consecuencia. A veces te envía una legión de abogados, pero a veces te sorprende con su “conciencia ética”, como cuando se empeñó en levantar un campo de golf en Escocia y, para congraciarse con los ecologistas, creó madrigueras artificiales para las nutrias, instaló cajas refugio para los murciélagos y recolectó semillas para preservar las especies autóctonas. “La gente esperaba un duelo y, en lugar de eso, brindamos una alianza”.

No es difícil identificar este patrón en su relación con Kim Jong-un. En agosto de 2017 Trump prometió sepultarlo bajo una tormenta de “fuego e ira”, pero después de que el Amado Líder filtrara su disposición a estudiar la “desnuclearización completa de la península coreana”, el presidente cambió radicalmente su registro y declaró que Kim y él estaban “enamorados”.

Parece que Trump estableció una conexión prematura entre sus amenazas y el anuncio de Kim, incluso sugirió al Gobierno japonés que presentara su candidatura al Nobel de la Paz. Pero la desnuclearización completa de la península coreana es algo que los Kim llevan planteando desde hace 25 años. “Al referirse a la península coreana y no a Corea del Norte”, explica Mathews, “Pyongyang da a entender que se desnuclearizará cuando Estados Unidos firme un tratado de paz que dé por finalizada la guerra de Corea, disuelva su alianza militar con Seúl, repliegue sus fuerzas y desactive el escudo nuclear que protege a Corea del Sur y Japón”. O sea, una retirada general.

Aunque Trump llegó a afirmar que “Corea del Norte no supone ya ninguna amenaza”, la realidad no tardó en salir a la luz. Pyongyang se ha negado reiteradamente a facilitar una lista de los silos donde aloja sus misiles y, cuando tres meses después de la cumbre de Singapur el secretario de Estado Mike Pompeo viajó a Corea del Norte para reclamarla, Kim ni siquiera lo recibió.

Ante semejantes muestras de deslealtad, el encuentro de febrero solo podía ser un fracaso y Mathews se pregunta cuál es el siguiente paso. Por las malas ya hemos visto que no se saca nada de los Kim, pero por las buenas tampoco: después de que en 1994 se comprometieran a interrumpir la producción de plutonio, en 2002 se descubrió una instalación en la que no estaban efectivamente enriqueciendo plutonio, sino uranio.

“Corea del Norte no va a renunciar nunca a la disuasión nuclear, salvo quizás en un futuro lejano”, argumenta Mathews. Kim ha visto cómo terminaron Sadam Husein o Muamar el Gadafi y es consciente de que habrían corrido una suerte muy diferente si hubieran contado con la bomba atómica. Además, la historia enseña que, si perseveras como India o Paquistán, Washington acaba por resignarse y te deja conservar tu arsenal.

Hasta ahora, Estados Unidos ha instado a los norcoreanos a que entreguen las armas si quieren apoyo económico. “Dejen de ser una amenaza”, les dice, “y nosotros les ayudaremos a prosperar”. Pero igual hay que recorrer el camino inverso: ayudarles a prosperar para que dejen de ser una amenaza. A Kim Jong-un le preocupa el bienestar de su pueblo más que a su padre o a su abuelo, y necesita desesperadamente capitales. A cambio del levantamiento de sanciones, podría considerar concesiones más asumibles que la desnuclearización total, como dejar de realizar ensayos o congelar la fabricación de combustible atómico.

Se trata, sin embargo, de pasos modestos y poco espectaculares, por los que es poco probable que le den a nadie el Nobel. (Foto: Allan Leonard)

La alianza Hanoi – Washington, un modelo en alza. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Después de más de cuatro décadas del final de la Guerra de Vietnam, y en contra de lo que suele suceder entre países que han peleado en bandos opuestos, las relaciones de Estados Unidos y Vietnam han evolucionado sorpresivamente. Hoy son aliados en la región del Pacífico, con una amplia cooperación en materia de seguridad que no ha hecho más que crecer y fortalecerse en los últimos años.

La historia de Vietnam está marcada por sus etapas coloniales. Fueron parte de la China imperial hasta 939 donde crearon su propio estado. Luego, los franceses, en la mitad del siglo XIX, colonizaron la península Indochina hasta 1954. Los japoneses también intentaron colonizar a los vietnamitas para evitar la incursión de los Estados Unidos, durante la II Guerra Mundial. Todo ello dejó a Vietnam dividida políticamente en dos estados rivales, lo que acabo en la guerra que ganó el norte, y que unificó al país bajo un régimen comunista que permaneció cerrado hasta 1986, momento en que se iniciaron reformas políticas y económicas.

Las favorables reformas dieron como resultado el empuje económico de Vietnam, que ha venido ocupando un lugar muy positivo de crecimiento económico desde el 2010 y que lo sitúa entre los más alto del mundo. En 2007 el país ingresó en la Organización Mundial del Comercial.

Las relaciones entre Washington y Hanoi se normalizaron formalmente en 1995. Y desde entonces se han basado en el respeto profundo. Vietnam y su peculiar sistema comunista, que gracias a su apertura le ha permitido convertirse en una nación con un notable desarrollo económico en la región. Y Estados Unidos ha invertido millones de dólares por su parte, para mitigar el cambio climático allí, por su alto nivel de vulnerabilidad.

Randall G. Schiver -subsecretario de Defensa para asuntos de Seguridad en el Indo-Pacífico-, apunta que la importancia de Vietnam para los Estados Unidos queda clara con las visitas de oficiales de la Administración Trump. Trump ha estado dos veces desde que tomó la presidencia. El secretario de la Defensa Mattis visitó Vietnam dos veces durante el mismo año -2018-, lo que es prueba la solidez de las relaciones en materia de defensa entre ambas naciones.

“Las relaciones están basadas en un interés común que compartimos” remarcó Schiver en un foro sobre las relaciones bilaterales a mediados de la semana pasada en Washington. Creemos que cada nación en la región debe determinar el camino que desean seguir, incluso los países más pequeños tienen el derecho de decidir su futuro sin la influencia de los países poderosos, es decir, su soberanía, libertad y prosperidad”. Subrayó el peligro que representa China para el sureste asiático, con especial énfasis en el mar del sur de China, donde se han cometido atrocidades ambientales para reclamar soberanía, entre otras muchas irregularidades.

Así mismo, el embajador vietnamita en Washington -HA Kim Ngoc- en este mismo foro, afirmó que las relaciones entre ambas naciones son realmente amplias, partiendo del mantenimiento de la paz en la región, que es una prioridad. Pero también lo es la navegación libre por el Pacífico. O el rol de la ASEAN, o la desnuclearización de la península coreana. Afirmó que, a pesar de no compartir ni historia, ni ideología, han podido elevar la cooperación a un punto de alianza estratégica.

El protagonismo de Vietnam ha ido también aumentando progresivamente. Lo prueba el hecho de que fue el lugar elegido por la Casa Blanca para la segunda cumbre entre Trump y Kim Jong-un. En ese encuentro, Vietnam aprovechó para mostrar su desarrollo, su apertura y disposición para servir de mediadores internacionales. Especialmente con Corea del Norte, con el que comparten un sistema comunista similar. En este momento, Hanoi está promoviendo activamente el encuentro de la ASEAN 2020, que se llevará a cabo en Vietnam y en el que además asumirá la presidencia. Otro elemento clave para la región, pues ASEAN tiene un rol predominante en la zona.

Mientras que Estados Unidos representa el modelo capitalista más dinámico y poderoso, han podido establecer una relación bilateral con Vietnam en la que el apoyo es mutuo y el respeto es la clave. No se cuestionan las diferencias ideológicas, a pesar de ser profundas. Es un gran ejemplo a seguir para muchas otras naciones, en el que la cooperación debe ser estratégica sin pretensiones autoritarias.

Una revolución logística en Corea del Norte. Nieves C. Pérez Rodríguez

Desde que Kim Jong-un llegó al poder a finales de 2011, el mercado negro de Corea del Norte ha venido experimentando grandes cambios que se están llevando a cabo como una “revolución logística”. Con la expansión de las telecomunicaciones móviles estatales y el transporte privado como forma de entrega de pedidos, expone Yonho Kim, experto especializado en Corea del Norte, con especial foco en políticas económicas.

Alrededor del 20% de la población norcoreana, es decir unos 4 millones ciudadanos, ahora tienen teléfonos móviles, lo que facilita la comunicación en tiempo real de la información de tendencias del mercado. Esto ha permitido a los comerciantes determinar mejor las cantidades y los precios de los productos para el comercio, así como los métodos de envío y entrega a través del móvil. Estos datos fueron suministrados en una discusión que tuvo lugar en el Instituto coreano Económico de América, presidida por el antes mencionado experto, y en el que 4Asia participó.

El mercado negro de Corea del Norte se desarrolla en total secretismo, como es usual en este tipo de regímenes, y en donde la confianza es la clave de las transacciones. En cada provincia hay una organización con gente que se encarga tanto de la distribución de las mercancías, como de los pagos o la recaudación del dinero. Por ejemplo, un usuario interesando en comprar gasolina solicita el producto a su contacto a través de una llamada, quién a su vez llama a quien es su proveedor de gasolina y se la pide. A partir de ese momento se hacen los pagos correspondientes y se ponen en contacto al chófer y al cliente quienes establecerán el lugar de entrega por teléfono. De surgir algún inconveniente, como que sea parado por un control del Estado, se activa un protocolo, en el que el chófer llama a su contacto provincial, quien se comunicará con el ministro o funcionario que está afiliado a la red para que le permita el paso.

El experto norcoreano explica que los comerciantes ya no pueden competir en los mercados sin un teléfono móvil. Además, agrega, la tolerancia de Kim Jong-un con las empresas privadas en Corea del Norte y la creación de operaciones de colaboración público-privadas de facto han ayudado a fomentar la empresa de servicios de transporte privado, también conocida como “servi-cha”.

Aprovechamos la oportunidad para hablar con Yonho Kim, e indagar sobre el informe. Nos explicó que sus datos se basan en entrevistas realizadas a 19 desertores norcoreanos que ahora están reasentados en Corea del Sur y que todos cuentan con experiencia como comerciantes que usaban sus teléfonos celulares y servicios de transporte privado, en los años recientes.

En la conversación con el especialista en Corea del Norte le preguntamos si el desarrollo y crecimiento de esta economía paralela puede de hecho ayudar al régimen de Kim a perpetuarse en el poder porque oxigena la vieja crisis económica que atraviesa esa nación, y él nos explicó que Kim Jong-un sabe que ha utilizado el mercado para resucitar la economía y asegurar la legitimidad de su gobierno. Los norcoreanos no están seguros de su liderazgo como dictador de tercera generación que carece de logros políticos heroicos.

Hasta ahora, el mercado y el régimen mantuvieron con éxito unas relaciones simbióticas de las que Kim puede reclamar que hoy hay una parte menor de la economía bajo su supervisión. Pero el problema es que las personas ya no perciben al régimen como un cuidador, porque no dependen del Estado para su supervivencia diaria, sino de sus propias actividades de mercado. Kim tendrá que mostrar grandes resultados económicos para permanecer en el poder a largo plazo, afirma nuestro interlocutor.

El dictador norcoreano debe conocer los riesgos de la mercantilización en términos de estabilidad de su régimen. Es por eso que es muy cuidadoso al abrir su economía. Intentará minimizar el impacto negativo de la normalización de las relaciones económicas con el mundo exterior mediante el desarrollo de políticas de reforma muy calculadas. Aunque, asegura nuestro experto, ningún dictador tiene un control total de las consecuencias inesperadas de su propia política. ¿Y por qué la corrupción sería tan rampante en una sociedad estrechamente controlada como Corea del Norte? La corrupción es una herramienta para que Kim reduzca la presión sobre su régimen por parte de los funcionarios estatales que enfrentan dificultades económicas. Es posible que Kim no sepa cuál es el resultado final.

Por ahora lo que se sabe es que el crecimiento de ese mercado negro ha desencadenado la “revolución logística” y que está cambiando profundamente la sociedad norcoreana. Yonho Kim asevera que las personas están haciendo llamadas y enviando mensajes de texto, tomándose selfies y mandándolos a sus amigos. Estas son experiencias sin precedentes para las personas en una sociedad cerrada como Corea del Norte. Y la creciente importancia de la credibilidad y la confianza entre los comerciantes gracias a la introducción combinada de teléfonos celulares y servicios de transporte comercial en última instancia plantaría una semilla de la sociedad civil. (Foto: Jeff Johnson)

Cumbre de Hanoi: ¿Marcha atrás? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La cumbre en Hanoi prometía avances reales. Sin embargo, Trump decidió acortar el tiempo y, abruptamente, se levantó de la mesa de negociaciones. Ahora bien, ¿qué es lo que realmente sucedió? ¿Se puede interpretar ese cambio repentino de actitud como negativo?

Trump lo anunció antes de subirse al avión con destino a Vietnam. Su Administración, a través de diferentes portavoces desde que culminó la primera cumbre en Singapur, manifestaron que el siguiente paso era acordar la desnuclearización de la península coreana. Tanto el Secretario de Estado -Mike Pompeo- como el encargado especial de la Administración Trump para Corea del Norte -Steven Biegun- han sostenido reuniones en pro de ese avance desde finales del verano pasado. Por lo tanto, Trump hizo exactamente lo que debía haber hecho un jefe de Estado al que llegado al momento más álgido de la negociación le quieren tomar el pelo.

Una segunda Cumbre era un riesgo en sí misma. Pero un riesgo para Estados Unidos. Pues una vez más Washington legitimaba a Kim Jong-un como líder. Además, se podría haber evitado un riesgo innecesario, pues se pudieron haber mantenido las conversaciones de alto nivel a dos bandas, sin tener que haber hecho el show mediático. Sin embargo, ese es Trump, un “showman” que necesita las cámaras y las ceremonias para vanagloriarse.

Pero en defensa de Trump hay que decir que su salida de la reunión lo dejan mejor parado de lo que estamos acostumbrados. Pues fue él quien se retiró ante las exigencias de Kim de que fueran levantadas todas las sanciones. Objetivamente, el levantamiento de algunas sanciones podría ser negociable, pero no el levantamiento total de las sanciones, pues la razón por la que esas sanciones han sido impuestas siguen estando presentes.

Kim pudo haber intentado un movimiento más diplomático. Sin embargo, optó por mantener una postura intransigente, a lo que nos tiene acostumbrados. A Estados Unidos no le conviene levantar sanciones a Pyongyang, pero tampoco le conviene al mundo, pues ellos siguen representando un gran riesgo para la región y la paz mundial. Y como si eso fuera poco, de hacerlo se marcaría un precedente de falta de seriedad y rigurosidad ante la seriedad de este inminente peligro. Nada conveniente, por otra parte.

Es posible que Trump hubiera debido ir a Hanoi teniendo la seguridad de que Kim firmaría la desnuclarización, pero eso tampoco hubiera sido una garantía de que sucediera, pues Kim Jong-un, como su padre y su abuelo, ha operado bajo la mentira y la instigación del miedo desde el momento que se instaló en el poder.

Lo positivo de la Cumbre es que Trump dejó abierta la puerta. En todo momento mostró su lado amable al referirse a Kim durante las preguntas atentas de los periodistas a su salida. Lo que es un gran indicativo de que no hubo arrebatos o malos momentos durante el encuentro. Trump insistió en su amistad con el líder norcoreano enviando un claro mensaje. En otras palabras, si es bajo nuestros términos habrá negociación, habrá acuerdo y habrá levantamiento de sanciones progresivamente.

Además, hay que remarcar que incluso de haber habido un acuerdo para desnuclearizar la península coreana, es muy poco probable que Washington hubiera podido levantar las sanciones completamente, pues ejecutar un proceso real de desnuclearización total llevaría unos años. Y, una vez completado, requeriría inspecciones de expertos y agencias internacionales, entre otros protocolos que son realmente complejos y materialmente consumen mucho tiempo.

El hecho de que el lugar escogido fuera Vietnam, un país comunista que, con su política de apertura ha convertido la nación en un notable ejemplo de desarrollo económico en la región, envió desde el primer momento un mensaje directo a Pyongyang. Además de ser un país cercano ideológicamente a Corea del Norte, Kim tiene relación con su gobierno, y pudo constatar de primera mano los efectos positivos de abrirse al mundo. Además, Trump le recordó en varias ocasiones lo que podía esperarle a Corea del Norte de abrir sus fronteras y cerrar su carrera nuclear. Un desarrollo que hoy sigue esperando su momento para llegar.

INTERREGNUM: Vulnerabilidades chinas. Fernando Delage

El encuentro, esta semana en Vietnam, del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con el líder norcoreano, Kim Jong-un, se produce días antes de la fecha límite establecida por Washington—el 1 de marzo—para aumentar los aranceles impuestos a productos chinos del 10 al 25 por cien, a menos que se logre un acuerdo con Pekín. Se celebra igualmente en vísperas de la entrega del informe del fiscal especial Robert Mueller sobre las relaciones de Trump con Rusia. Las posibles conexiones del presidente norteamericano con Moscú son una fuente permanente de vulnerabilidad personal, mientras que su declaración de guerra comercial a Pekín no animará a los líderes chinos a ayudarle en la resolución del problema norcoreano.

Pero si las interconexiones son inevitables en la era de la globalización, las debilidades tampoco se concentran en una sola parte. Así se ha puesto en evidencia en China mediante dos recientes señales. En enero, en un discurso en la Escuela Central del Partido Comunista, el presidente Xi Jinping se refirió a las múltiples amenazas externas e internas que afronta la República Popular. El 16 de febrero, Qiushi, la publicación que marca la ortodoxia ideológica del Partido, publicó por otra parte unas palabras pronunciadas por Xi a puerta cerrada el pasado mes de agosto, reclamando un mayor activismo en la defensa de los principios de la organización.

En sus intervenciones, el presidente chino ha descrito una situación global “complicada e impredecible”. Aunque los analistas lo han entendido como una referencia a las actuales tensiones con Washington, probablemente también incluye la percepción de una creciente actitud defensiva por parte del mundo exterior con respecto a las inversiones estratégicas y la interferencia política de la República Popular. Con todo, Xi también ha hecho hincapié en los riesgos internos que afronta la estabilidad política; riesgos derivados tanto de las denominadas “cinco nuevas categorías”—abogados defensores de los derechos humanos, iglesias clandestinas, comentaristas en Internet, y grupos sociales menos favorecidos—como de los críticos con la acumulación de poder por Xi y la recuperación de prácticas que recuerdan al maoísmo. La respuesta del presidente, además de sus reiteradas denuncias del “constitucionalismo occidental”, ha sido previsible: una nueva exhortación a los cuadros del régimen a estar alerta contra la infiltración ideológica de las fuerzas hostiles y a extremar la lealtad hacia los valores y principios del Partido Comunista.

En un sistema donde nada se hace por casualidad, la publicación de estos discursos no es mera rutina. La imposición de tarifas por parte de Estados Unidos y la reacción contra sus actividades ilegales en el exterior, se ha traducido desde la pasada primavera en una notable reducción del crecimiento económico; algunos observadores hablan incluso de contracción. La cifra de desempleo ha aumentado, y se multiplican las voces que, además de señalar lo erróneo del enfrentamiento con Washington, pronostican un escenario negativo si se sigue defendiendo a las empresas públicas a costa del sector privado. Esta deriva podrá provocar una creciente oposición a Xi, pese al reforzamiento en curso del aparato de propaganda.

Cada uno de los dos principales líderes políticos del planeta tiene razones, por tanto, para sacar partido a la reunión que tienen previsto mantener hacia finales de marzo en Florida. Trump necesita neutralizar la amenaza norcoreana—aunque no se avance en la desnuclearización de la península—y “vender” a su opinión pública la firma de un acuerdo con Pekín, aunque éste sólo ceda en cuestiones menores y no en la reforma estructural de su economía. Xi tiene que lograr por su parte un equilibrio entre los imperativos del control ideológico y el pragmatismo que requiere su supervivencia política. Necesita una tregua que le permita minimizar la movilización en su contra de las elites chinas.

A varias bandas

En las horas previas a la II Cumbre entre Donald Trump y Kim Jong-un, China y Estados Unidos han acercado posiciones en su guerra comercial sobre los aranceles. Aunque aún no hay acuerdos, han decidido no buscar un acuerdo global de momento sino avanzar hacia convenios parciales admitiendo la posibilidad de aplazar la fecha que se dieron (el 1 de marzo) como límite para negociar.

Ganar tiempo viene bien a ambos países y para alejar cualquier sospecha de concesiones, la Casa Blanca ha filtrado que hay “avances sustanciales”. Da la sensación de que esto, en parte, es cierto, pero varios expertos sugieren que esto está en estrecha relación con el escenario coreano en el que, en Estados Unidos, se dan por hecho un avance, esta vez real, en el proceso de desnuclearización, una reducción significativa de las fuerzas militares estadounidenses en Corea del Sur, un paquete de incentivos occidentales unido a un levantamiento de sanciones y la elevación del rango de relaciones entre EEUU y Corea del Norte.

Mientras tanto, en medio de la disputa, Rusia ha logrado abrir hueco a algunos de sus productos en el mercado chino, para suplir parte de lo que hasta ahora habían sido suministros norteamericanos.

En todo caso, los próximos meses van a ser intensos para desarrollar los acuerdos que se alcancen en Vietnam, encauzar las relaciones comerciales entre China y Estados Unidos y seguir actuando a la vez en otros frentes conflictivos.

INTERREGNUM: Trump, Kim y los aliados. Fernando Delage

A finales de este mes, posiblemente en Vietnam, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebrarán un segundo encuentro. Una nueva reunión a este nivel puede servir, como la reunión de junio en Singapur, para crear una aparente dinámica de estabilidad entre ambas naciones, y por tanto en la región. Sin embargo, ni resolverá el problema de fondo—Kim no va a renunciar a sus capacidades nucleares—ni tranquilizará a los aliados de Estados Unidos, con cuyos intereses Washington no parece contar.

Así ocurre con Corea del Sur estos últimos días. El 31 de diciembre venció el acuerdo entre ambos socios sobre la financiación de la alianza; unas condiciones que se han actualizado cada cinco años desde 1991. Según diversas fuentes, la Casa Blanca exige a Seúl un aumento de su contribución del orden del 50 por cien, una demanda que ningún gobierno surcoreano—menos aún uno de izquierdas como el actual—podría aceptar. A medida que pasen las semanas sin un entendimiento, aumentan las posibilidades—se temen numerosos analistas—de que Trump pueda ofrecer a Kim alguna concesión con respecto a la alianza. Quizá no fue casualidad que la dimisión de James Mattis como secretario de Defensa se anunciara tras concluir la última ronda de conversaciones con Corea del Sur, como tampoco lo es que Trump haya vuelto al ataque en Twitter sobre cómo la seguridad de sus prósperos aliados está subvencionada por los contribuyentes norteamericanos. La retirada de Siria y Afganistán indica que la hostilidad del presidente hacia las alianzas no es mera retórica.

Dividir a Estados Unidos y Corea del Sur es por supuesto un elemento central de la estrategia de Pyongyang. Y es un objetivo detrás del precio que Kim puede pedir—en forma de retirada de los soldados norteamericanos del Sur de la península—para ofrecer a la Casa Blanca no el abandono de sus instalaciones nucleares, pero sí el fin del desarrollo de misiles intercontinentales, la prioridad más inmediata para la administración Trump. Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Fox News, en el sentido de que lo primero es la seguridad del territorio de Estados Unidos han sido por ello un jarro de agua fría para Seúl, y un motivo de satisfacción para Corea del Norte.

Es mucho en consecuencia lo que está en juego en este segundo encuentro. Trump busca el mayor triunfo en política exterior de su presidencia, para poder utilizarlo de cara a su reelección. Pero puede poner también en marcha un desastre estratégico a largo plazo para la seguridad de Corea del Sur, para la de otros aliados—como Japón—y en realidad para los propios Estados Unidos. Si Washington pierde Seúl, perderá la península y el noreste asiático en su conjunto. Kim habrá ganado una partida, pero no final: quizá Corea del Sur tendrá que plantearse su nuclearización, aunque el juego quedará en buena medida en manos de China, que observa con deleite cómo esta Casa Blanca deshace sistemáticamente los pilares del poder norteamericano en Asia. (Foto: Matt Brown)