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La escalada verbal

Cada semana, la escalada verbal entre Corea del Norte y Occidente, léase Estados Unidos, sube unos grados más. En realidad es difícil que la tensión suba un escalón más en el terreno de las palabras. ¿Se pasará al terreno militar y al enfrentamiento directo? Según los expertos es difícil, pero cada vez menos descartable, entre otras cosas porque puede ocurrir que los provocadores acaben presos de sus provocaciones y tengan necesidad de demostrar que van en serio.

En realidad, a pesar de las buenas voluntades, se van rompiendo los puentes y las vías de intermediación, y China, país especialmente situado en condición de ejercer sus buenos oficios, no quiere acabar dando a Estados Unidos una solución que refuerce su presencia en la zona. Esta es una de las claves. Otra es la dificultad de acabar con los lazos comerciales existente entre China y Corea del Norte.

Y luego está el factor ruso. Rusia también mantiene relaciones comerciales con Corea del Norte y quiere recuperar protagonismo asiático, aliándose con China si no hay más remedio. Putin tiene una política de Estado para cada problema en el planeta y quiere ejercer como la gran potencia que fue y quiere volver a ser. Estos son los elementos de una situación de gran dinamismo que la Unión Europea y Estados Unidos deberían afrontar. Preferiblemente juntos.

La ley de inmigración II y los giros políticos de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En nuestro artículo de la semana pasada explicábamos las marcadas diferencias entre los inmigrantes ilegales y los inmigrantes bajo la amnistía que les concedió DACA. Y apelábamos a la necesidad de una ley migratoria adaptada a los valores fundamentales de la nación estadounidense conforme a su constitución y el respeto a los derechos humanos, y por supuesto a sus propios intereses nacionales. Hoy retomamos el tema para explicar el cambio de dirección que han tomado las cosas, producto de un momento de pragmatismo en el que Trump negocia con el partido demócrata un acuerdo que mantendría el estatus pseudo-legal de estos individuos. Muy a pesar de que los pronósticos apuntaban en la dirección opuesta.

Trump es un hombre que necesita resultados, no hay más que ver sus negocios y la fortuna que ha conseguido amasar. La lealtad no es precisamente el valor más arraigado en su proceder, y la mejor prueba es que hoy estamos hablando de pactos entre él y el partido demócrata para sacar adelante una ley migratoria que proteja a estos “dreamers”, después de haber sido él mismo el que activó el debate y expresó sin tapujos su tendencia anti-inmigración, en la que los DACA estaban incluidos. Es bien sabido que en política los pactos entre distintos partidos son la clave de la supervivencia del sistema, pero en el caso de este inesperado cambio de postura de Trump se refleja su falta de afiliación y lealtad al partido republicano, y su desvinculación a la tradición más conservadora de las bases del partido.

En su estilo más puro, negocia durante una cena con los líderes demócratas el miércoles por la noche y amanece el jueves a las 6:35 a.m. twitteando a sus fieles seguidores, intentando justificar las razones de su cambio de postura (que valga acotar fueron las mismas razones que expusimos en esta columna la semana pasada): “Ellos fueron traídos a nuestro país hace muchos años atrás por sus padres, cuando eran niños. No es su culpa…” etc., etc. La clave de la rapidez de estas negociaciones están en poder presionar para presentar la ley antes del 13 de Diciembre, fecha en que vence la deuda pública, y en la que se verán obligados a negociar una vez más con los demócratas para evitar el cierre del gobierno estadounidense. Sumado a esto, son pocos los días legislativos que quedan dentro de la normativa y funcionamiento del congreso. Ambos escenarios benefician a los demócratas dándoles mayor control del juego.

Lo que seguramente Trump no midió fueron las consecuencias internas en las bases del partido republicano, en el núcleo más conservador, pues ésta es la segunda estacada en que deja a su partido en dos semanas. La primera fue el acuerdo con los demócratas para autorizar más gasto, más deuda pública y evitar el cierre del gobierno.

Los analistas ahora están planteando que Trump está buscando espacios de entendimiento con la oposición para poder sacar leyes adelante en vez de dejar que la lenta burocracia vaya a su ritmo. Sin embargo, en las filas de su partido se percibe como traición. A pesar de que muchos puedan estar a favor de los acuerdos, no están a gusto con las formas y el secretismo a sus espaldas.

Da la impresión de que las promesas electorales que lo hicieron presidente empiezan a desvanecerse frente a las ganas de empezar a dar resultados y avanzar. Hay que ver si favoreciendo a los “dreamers”, con la contrapartida pública de tener el apoyo demócrata para fortalecer la seguridad fronteriza, es un precio político razonable. Los demócratas están aprovechando su momento para sacar la mejor tajada: negocian la deuda sólo hasta diciembre, y mientras tanto consiguen avances políticos, como mantener DACA. Mientras que en las filas del partido republicano Trump está generando una división aún mayor que puede comprometer futuras negociaciones y apoyos que seguramente necesitará en el futuro cercano.

Sanciones, ¿por qué no?

Cada vez que se decide aplicar sanciones a países que suponen un riesgo para la seguridad o violadores de las normas internacionales con agresión a sus propios ciudadanos, surgen voces señalando lo inocuo de estas sanciones o lo que suponen de castigo real para sus habitantes más que para sus gobernantes. Pero, ¿son realmente poco efectivas las medidas de castigo económicos a los países que antes se llamaban “canallas”?

Parece obvio que en algunos casos las sanciones económicas han contribuido a desbloquear algunas situaciones o han servido de incentivos para acabar con situaciones de abierto desafío a las reglas de la convivencia internacional, o de las leyes básicas de respeto a los derechos humanos. Por ejemplo, ocurrió así en Sudáfrica al final del régimen del apartheid y ha ocurrido así con el régimen de Teherán, que ha tenido que rebajar sus aspiraciones a construir un arsenal nuclear militar para lograr unas relaciones con Occidente que le permitan hacer frente a los problemas que para su economía y sus relaciones regionales están planteando las sanciones económicas, y las dificultades para poner en el mercado el petróleo iraní.

Pero también es cierto que hay casos emblemáticos, como el de Cuba, en el que décadas de restricciones económicas, que no boicot, por parte de Estados Unidos no han servido para ablandar el régimen tiránico. Aunque hay que decir que nunca se aplicaron a Cuba sanciones coordinadas internacionalmente y con compromiso general de cumplirlas.

Así las cosas, ¿Qué van a suponer las sanciones para Corea del Norte? En primer lugar, un mensaje renovado. La gran arma económica de la dictadura es, desde hace décadas, el chantaje con el miedo a desestabilizar la situación en Extremo Oriente. Y Occidente, má allá de mensajes altisonantes, había reaccionado hasta ahora cediendo con más o menos discreción y aceptando nuevas ayudas a la dictadura. Pero ahora algo ha cambiado, Estado Unidos ha enseñado algo más los dientes, China y Rusia apoyan sanciones al margen de que luego las apliquen o no, y el dictador, aunque aún sin grandes temores, ve que se le estrecha el margen de maniobra. Tal vez la reacción de Trump no se encuentre en el marco de un plan estratégico nuevo, pero parece que al menos ha sentado las bases para un nuevo escenario en el que Corea del Sur y Japón tienen que ir más allá de protegerse bajo el paraguas norteamericano; China, que no está dispuesta a deshacerse de la dictadura, tiene que jugar otra partida en la que tal vez  obtenga ventajas y Rusia ve una vuelta a su escenario oriental. La nueva situación coreana, y las sanciones son parte de ella, plantea más incertidumbre, pero ha salido del bucle de fondos a cambio de menores amenazas en que Occidente estaba instalado frente a Corea del Norte.

¿Tiene derecho Trump a borrar del mapa a Corea del Norte? Miguel Ors Villarejo

“Dios ha conferido a los gobernantes plena libertad para que empleen todos los medios disponibles (incluida la guerra) en la erradicación del mal”, asegura el pastor Robert Jeffress y, en consecuencia, Donald Trump puede proceder a “eliminar a Kim Yong Un”. Jeffress invoca Romanos 13, un pasaje del Nuevo Testamento en el que san Pablo insta a los discípulos de Jesús a someterse a las autoridades terrenales, porque “han sido establecidas” por el Padre y “quienes se resisten acarrean la condenación sobre ellos”.

El problema es que en el capítulo anterior el Evangelio exhorta a bendecir a “los que os persiguen” y a no pagar “a nadie mal por mal”. ¿Qué instrucción prevalece? El sacerdote episcopaliano Steven Paulikas lo tiene claro: la segunda. “Pablo está diciendo a los cristianos que obedezcan a las jerarquías romanas en asuntos como la fiscalidad”, escribe. Y añade tajante que “ninguna escritura cristiana” avala que se amenace con “la muerte y la destrucción a gran escala”.

Personalmente, simpatizo más con la posición de Paulikas. Incluso suponiendo que Kim Yong Un fuera la encarnación del demonio, la derrota del mal no comporta necesariamente el triunfo del bien, como atestiguan las decenas de atrocidades que la humanidad ha perpetrado en el nombre de los más elevados ideales (religiosos y laicos). Pero, por otro lado, ¿qué respuesta cabe dar a quien te amenaza con la muerte y la destrucción a gran escala?

El regazo de Jesús es tan amplio y acogedor, que en un lado cabe Jeffress, en el otro Paulikas, y no se estorban. Hay quien oscila de un extremo a otro sin solución de continuidad. George Zabelka, el capellán que bendijo a la tripulación que vitrificó Nagasaki (usando, irónicamente, la catedral católica de Urakami como referencia), acabó sus días como un apóstol de la no violencia, y con buenos motivos. “Recuerdo”, declaró en una entrevista de 1980, “a un joven implicado en los bombardeos de Japón. Yacía en un hospital al borde del colapso nervioso. Me explicó que había participado en una misión a baja altura y que, mientras sobrevolaba la ciudad, apareció en medio de la calle un niño, mirando al avión con su asombro infantil”. El hombre supo demasiado tarde que aquel chiquillo “iba a morir calcinado por el napalm que acababa de arrojar”.

Para Zabelka cualquier cosa es preferible al infierno de aquel remordimiento y por eso abogó por un pacifismo radical, pero no estoy seguro de que ese sea el mensaje que debamos enviar a Kim Yong Un. Por no abandonar el ámbito cristiano, encuentro más prudente la actitud de los obispos rusos, cuya intercesión fue por lo visto clave para que Moscú no desmantelara su arsenal nuclear en los 90. “En aquella época”, dice el investigador Radii Ilkaev, “la prensa se mostraba enormemente crítica con los asuntos militares, especialmente con las armas atómicas […]. Por todas partes aparecían artículos que sostenían que ya no había enemigos, que nadie nos amenazaba y que, por tanto, no las necesitábamos”. Entonces, la Iglesia Ortodoxa convocó una conferencia y se ofreció a cooperar con el Kremlin para preservar el escudo nuclear, pero sometiendo su uso a las más estrictas exigencias morales.

The Economist cuenta que de vez en cuando se dejan ver bendiciendo los misiles y, a todo el que se lo reprocha, le replican que rezan para que no se usen, pero que deben seguir en los silos, haciendo su trabajo.

El giro afgano

El anuncio por parte del presidente Donald Trump de una rectificación de la política de EE.UU. respecto a Afganistán indica un cambio de rumbo que no deja de ser significativo. El presidente ha anunciado una vuelta a suelo afgano de tropas norteamericanas y el condicionamiento de la ayuda militar a Pakistán a una mayor presión sobre las fuerzas del movimiento talibán que están situadas a lo largo de la frontera con Afganistán. Trump parece haber dejado en el cajón su estrategia de abandono de las “guerras lejanas” que inspiró los primeros tiempos de su gestión y los discursos de sus primeros asesores por una visión más realista de los conflictos sobre el terreno.

Esta decisión se enmarca en una estrategia general de aumentar la presión sobre Irán, subir el precio de la negociación, imprescindible, con Rusia sobre una solución negociada al conflicto sirio y buscar soluciones de transición a la empantanada situación afgana.

En Afganistán han cambiado muchas cosas. Por una parte, los talibán mantienen sus posiciones básicas, las han consolidado y han comenzado a recuperar terreno. Estados Unidos, que había alentado y promovido contactos entre un sector supuestamente moderado de este movimiento con el gobierno de Kabul, ha comprendido que esas conversaciones, en medio de una estabilidad estructura del gobierno afgano y de la retirada norteamericana, era un incentivo para los talibán.

Pero, además, ha aparecido en el último año un elemento nuevo que altera el escenario: el Daesh. La aparición en Afganistán de grupos ligados al Estado Islámico, nacida no sólo de una decisión estratégica de este grupo sino también de la desconfianza de sectores talibanes acerca de las negociaciones, supone para este movimiento un desafío al monopolio del radicalismo que hasta ahora representaba, frente a la alianza de señores de la guerra con un cada vez más prudente apoyo occidental. Este elemento obliga a los talibán a luchar en este frente y, a la vez, a presentar a los suyos avances concretos. En este marco, es clave que Pakistán agite las bases terroristas en su propio territorio y aporte inteligencia y operaciones contra el Daesh. Ese es el pan de Trump que puede cambiar muchas cosas y, paradójicamente, acercarle un punto a Irán, preocupado por la nueva situación en su frontera oriental.

A punto de ebullición. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La semana más encendida de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte ha sido la que acaba de culminar. El tono de Donald Trump hace historia y no precisamente por diplomático. El Washington Post afirmaba que la guerra de palabras entre Kim Jong–Un y Trump le ha dado la oportunidad a China de proyectarse como la voz de la razón, mientras que el editorial del Global Times, periódico oficial chino, advertía que China no apoyaría a Corea del Norte si son ellos los que atacan primero tierra estadounidense. Pero que de ser Estados Unidos el primero, se produciría una intervención china.

Trump se ha jactado de decir que su primera orden al llegar a la Casa Blanca fue renovar y modernizar el arsenal nuclear. Sin embargo, varios expertos sostienen que la capacidad militar de la administración Obama y la de Trump es la misma. Que el tono es radicalmente distinto, no cabe duda, pero también que las formas provocadoras del ocupante de la oficina oval han dado un vuelco a lo que han sido estas tensiones históricas. Nos gusten estas formas o no, hay que admitir que el hecho de que China apoye las sanciones a Pyongyang es un gran avance e impone una mayor presión al régimen de Kim Jong-Un.

Mientras, un grupo de especialistas japoneses y coreanos del sur eran citados por el think tank Brookings y señalaban cuál es el mayor peligro de este momento, explicando que sus países han delegado en Estados Unidos la seguridad de sus naciones bajo el acuerdo establecido décadas atrás, y eso incluye un potencial ataque nuclear de manos de los norcoreanos. Tanto Japón como Corea del Sur han decidido no desarrollar armas nucleares, basados en su confianza en el paraguas antimisiles estadounidense que técnicamente debería protegerles.

Pero en la práctica la situación podría complicarse mucho. Seúl está muy cerca de la “Zona desmilitarizada” y cualquier ataque comprometería fuertemente la seguridad de la capital y la de sus habitantes. Algo parecido sucedería con Japón; como hemos visto, muchos de los misiles lanzado por régimen de Kim Jung-un han aterrizado en el mar nipón, lo que deja claro que es un territorio muy vulnerable.

Parece haber llegado el momento en que Estados Unidos asuma su rol pragmático y a través de los twitteres de Trump se envían amenazas contundentes que le dejan claro a Pyongyang que no están jugando. Es más, que están listos para responder con furia como nunca se había visto para evitar un ataque y proteger tanto al territorio estadounidense como el de sus aliados. Es un momento clave, en el que los estadounidenses deben proyectar una imagen fuerte a la vez que afinan y robustecen sus relaciones con los aliados en la zona. En este juego diplomático de tremendas tensiones políticas el que se venda como el más fuerte y capaz tiene muchas más opciones de ganar.

El griterío que ahoga los hechos

La gran novedad de la situación política en Asia-Pacífico es que China se ha sumado en el Consejo de Seguridad de la ONU al nuevo plan de sanciones contra Corea del Norte, un paquete que, esta vez, sí que va a tocar sensiblemente la línea de flotación económica del régimen de Corea del Norte. De ahí la sobreactuación provocadora y chulesca del gobierno norcoreano con su presidente ejerciendo de gran altavoz de las amenazas contra el mundo. Y, también excepcionalmente, el líder norcoreano se ha encontrado enfrente a un presidente de EEUU que, contra lo que hacían Clinton y Obama no corre a ofrecer compensaciones económicas o negociaciones paralelas y secretas, sino que envía barcos y recuerda que EEUU tiene cien misiles por cada uno de los que tenga Corea del Norte. Y, encima, Pekín ha votado junto a EEUU y Rusia y ha elevado unos puntos su presión sobre la autocracia norcoreana.

Esa es la base de la escalada verbal de Pyongyang anunciando el apocalípsis. El régimen norcoreano está en una de las posiciones más débiles de su historia reciente y ha decidido hacer lo que ha hecho siempre: gritar que o ellos o el diluvio universal en forma de misiles.

Es indudable que Corea del Norte ha mejorado mucho sus capacidades militares a costa del bienestar de su sociedad y que dispone de misiles de largo alcance y tecnología para lanzarlos. Pero afirmar con rotundidad que podrían llegar a territorio continental de Estados Unidos cargados da cabezas nucleares parece algo prematuro. En todo caso, cuando un país tiene medios y amenaza con usarlos hay que tomar medidas como si fuera a hacerlo.

Pero, ¿existe en realidad una posibilidad de conflicto nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos? No lo parece. Salvo que sea producto de un error, un ataque contra Guam, Japón o Corea del Sur conduciría en cuestión de horas a la destrucción del régimen norcoreano y la desaparición de los provocadores, y ellos lo saben. Pero en la medida en que Pyongyang consiga crear la sensación de que hay riesgo de un gran conflicto mayores serán las presiones de los “bienpensantes” no exentos de ingenuidad sobre Estados Unidos y Europa para que eviten el peligro negociando y cediendo al chantaje. Ese es el juego, lo demás son gritos.

Península coreana: una bomba en cuenta regresiva. Nieves C. Pérez Rodríguez

El segundo misil de largo alcance lanzado por los norcoreanos el pasado viernes 28 de julio, ratifica la capacidad que tienen de atacar a los Estados Unidos en su propio territorio. A diferencia de lo que hemos escrito en previas publicaciones, en esta ocasión hay expertos que sostienen que Corea del Norte podría tener capacidad de llegar con un misil a la ciudad de Washington o Nueva York, lo que pone en alerta roja la tensa calma en la que hemos vivido en las pasadas décadas, a la vez que desmonta las teorías que preveían que Pyongyang en un plazo de unos 2 años podría ser capaz de poner un misil en Hawai e incluso en California.

En el marco de esta gran tensión, los medios internacionales se hacían eco de la grave situación con interrogantes como la planteada por el Sydney Morning Herald: ¿hasta qué punto están preparadas están las ciudades estadounidenses para un ataque nuclear? O la afirmación del Washington Post “el sentido del tiempo se agota en la confrontación con Pyongyang”. A pesar de los cambios de inquilinos de la Casa Blanca, su posición oficial ha sido parecida en relación a Pyongyang en los últimos 70 años, sin embargo, la situación nunca había sido tan peligrosa, y mucho menos Estados Unidos se había encontrado en tal vulnerabilidad.

Johanna Maska, experta en Marketing y que trabajó para Obama durante más de 8 años, primero en la campaña electoral y luego desde la Casa Blanca como la directora de prensa del presidente, considera que Obama dedicó gran parte de su tiempo a la región de Asia Pacífico. 4Asia tuvo ocasión de conversar con ella, que personalmente organizó visitas oficiales a Singapur, Tailandia, Corea del Sur, Camboya, Birmania, Indonesia, Malasia, Filipinas, Japón, China, Australia, e India. Y, en su opinión, todas esas visitas tuvieron como fin liderar conversaciones sobre paz, seguridad y prosperidad económica.

Maska enfatiza la diferencia entre Obama y Trump y la prioridad del primero por liderar junto con los países asiáticos un esfuerzo diplomático para hacer un trabajo en conjunto y manejar la grave situación de Corea del Norte. Mientras que, hasta ahora, ella considera que Trump dedica mucho tiempo a twittear pero muy poco esfuerzo en generar compromisos diplomáticos regionales.

En sus propias palabras “el escenario actual es mucho más propenso a conseguir el establecimiento de compromisos en el Pacífico, que en el momento en el que Obama era presidente. Hoy es evidente el avance y la determinación de Kim Jong-un. No en vano presume de capacidad armamentista, y no es un mito que está dispuesto a hacer uso de su arsenal. Es tiempo de que Trump haga algo más que escribir unos 140 caracteres en sus respuestas en twitter y se dedique a gestionar esta grave situación”.

Corea: la arriesgada apuesta del deporte como diplomacia

En la inauguración del Campeonato Mundial de Taekwondo del pasado junio en Muju, Corea del Sur, el presidente Moon Jae-in dijo que quería que las dos Coreas compitieran como un solo equipo el próximo año en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018 que se celebrarán en Pyonyang y destacó el Campeonato Mundial de Tenis de Mesa de 1991 como el mejor ejemplo. Sin embargo, el miembro del Comité Olímpico Internacional (COI) de Corea del Norte, Chang Ung, descartó la idea de un equipo Norte-Sur, explicando al diario Dong-a Ilbo que se trataba de un objetivo poco realista en el actual clima político.
El presidente Moon defiende como propuesta política cambiar el ritmo de las relaciones con Corea del Norte y propiciar una distinción a través del acercamiento indirecto y de un discurso de apaciguamiento muy del gusto del buenismo europeo y de la política basada en las buenas intenciones. Una política que, lamentablemente, choca no solo con los planteamientos de la Administración Trump (aunque coincide con los de China) sino también con las experiencias de la historia. En opinión de Moon, ese compromiso debe ser utilizado como herramienta de presión para aliviar las tensiones existentes entre los dos Estados y convencer al Norte a abandonar sus desafios constantes, más concretamente los referidos a los programas nucleares y a los misiles balísticos.
La propuesta deportiva llega con ecos de Mandela, Sudáfrica, el fútbol y el rugby, pero no parece haber tenido, de momento, el mismo eco. “Necesitamos más de 22 rondas de conversaciones para establecer un equipo conjunto de tenis de mesa para los mundiales de 1991. Nos llevó cinco meses de arduo trabajo”, recordó Chang.
Las políticas de apaciguamiento debe ser muy meditadas. No sólo por los resultados que obtuvieron estrategias semejantes en los años treinta contra Hitler, que desembocaron en lo que desembocaron; con la URSS respeto a Hungría y con Rusia en Georgia y Ucrania (todas ellas antesalas de avances de los agresores) sino porque en el caso concreto de Corea del Norte son vistas ya como rendiciones parciales.
No hay que caer sin embargo en una actitud de dureza frontal inamovible. Las ofertas de acercamiento, si no van unidas a una demostración de llegar a donde haya que llegar si se produce una agresión no sirven para nada más que para consolidar las provocaciones. Ese es el riesgo y ese es el horizonte.

INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.