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INTERREGNUM: El drama de los Rohingya. Fernando Delage

En pleno siglo XXI, y casi 25 años después del genocidio de Ruanda, un nuevo episodio de limpieza étnica se desarrolla en Asia. Aunque la persecución de la minoría musulmana de Birmania—de origen bengalí—no es en absoluto nueva (es resultado de un complejo legado colonial y de la sucesión del antiguo Pakistán Oriental por el Estado independiente de Bangladesh tras la guerra de 1971), el resurgir de un nacionalismo birmano y la radicalización de algunos grupos armados entre los Rohingya han creado un contexto explosivo, en el que se entremezclan terrorismo e insurgencia con un gigantesco drama humanitario.

Se esperaba que, tras las elecciones de 2015, la gradual democratización del sistema político permitiría mejorar la situación de los Rohingya. Pero ha sido todo lo contrario. Muchos se preguntan por las razones del comportamiento de ese icono de la libertad y la tolerancia que es Aung San Suu Kyi (“the Lady”, para los generales birmanos). Pero la premio Nobel de la paz es hoy un líder político que no puede enfrentarse a los militares—con los que gobierna—ni a la mayoría budista a la que pertenece, en uno de los países étnicamente más complejos del mundo. La islamofobia contra esa minoría birmana se ha agravado, a la vez que el ejército no está sujeto al control de las autoridades civiles después de redactar una nueva Constitución a su medida. Con todo, las implicaciones de la crisis para el entorno regional no son menos relevantes.

Que Al-Qaeda y Daesh hayan hecho un llamamiento a favor del apoyo a los Rohingya no favorece su causa. Las conexiones del principal grupo responsable de las acciones contra el ejército a finales de agosto, el Arakan Rohingya Salvation Army (ARSA), con otros movimientos radicales—se sospecha en particular de Pakistán—han situado la campaña antiterrorista por encima de la expulsión de esta minoría (a la que se niega incluso la nacionalidad). La ASEAN se ha mostrado impotente a la hora de formular una respuesta, mientras que Bangladesh teme las consecuencias de su acogida: si facilita las condiciones a los refugiados, puede atraer a un número aún mayor de Rohingya, que querrían además solicitar residencia permanente. Los dos grandes que intentan influir en Birmania—India y China—aprovechan asimismo la situación para perseguir sus propios objetivos.

El primer ministro indio, Narendra Modi, visitó Birmania hace apenas dos semanas y evitó el tema en público. Al afrontar su propio fenómeno insurgente en las provincias del noreste, fronterizas con Birmania, India necesita la cooperación del gobierno de este país contra dichos grupos violentos. Modi es el líder, por otra parte, de una formación política, el Janata Party, definida por el hinduismo más estricto, con escasas simpatías por tanto hacia los musulmanes. También China se ha pronunciado a favor de la política del gobierno birmano. Pekín mantiene su propia política represiva hacia los musulmanes de Xinjiang, y podría vetar cuantas propuestas se presenten en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Cuando Occidente por fin reacciona, y europeos y americanos pueden intentar articular un conjunto de sanciones, se abre además una nueva oportunidad para Pekín, cuya excesiva presión durante los últimos años fue de hecho uno de los motivos que condujo a los militares birmanos a poner en marcha el proceso de transición política. Su oferta de ayuda financiera, inversiones en infraestructuras y venta de armamento puede restaurar su influencia en este Estado clave para su política energética y para el desarrollo de sus provincias meridionales. Pekín contaría también con otro gobierno que podría vetar posiciones contra China en el marco de la ASEAN (además de Tailandia, Malasia, la Filipinas de Duterte, Laos o Camboya).

Como en tantas otras ocasiones a lo largo de la Historia, los intereses de las potencias se imponen sobre una tragedia humanitaria que, tras la derrota del Estado islámico, podrá convertirse en un nuevo campo de batalla para el mundo musulmán.

INTERREGNUM: Abe en Gujarat. Fernando Delage

El pasado 14 de septiembre, el primer ministro indio, Narendra Modi, recibió a su homólogo japonés, Shinzo Abe, en Ahmedabad—en su estado natal de Gujarat—, en una nueva cumbre bilateral que tenía por objeto fijar la “dirección futura” de las relaciones entre India y Japón.

En el marco de la “asociación global” que ambos países constituyeron en el año 2000, Modi y Abe firmaron hasta 15 acuerdos y continuaron ampliando una agenda que refleja la creciente convergencia económica y estratégica entre las dos grandes democracias asiáticas. Japón necesita reactivar el crecimiento en el contexto de una sociedad que envejece con rapidez, mientras que India busca atraer capital y tecnologías del exterior para desarrollar el sector industrial que permitirá crear empleo e impulsar un desarrollo sostenido y de calidad. La inversión japonesa en India ha aumentado de 2.600 millones de dólares en 2015-2016 a 4.700 millones de dólares el último año fiscal. Sus inversiones acumuladas ascienden a 26.000 millones de dólares, lo que supone el ocho por cien del total recibido por India desde el año 2000. Las infraestructuras son objetivo prioritario y, de manera simbólica, los dos primeros ministros inauguraron las obras del primer tren de velocidad del país, entre Ahmedabad y Mumbai.

Abe y Modi lanzaron asimismo una nueva iniciativa diseñada como alternativa a la Ruta de la Seda de Pekín: el Corredor de Crecimiento Asia-África (AAGC en sus siglas en inglés). India puede convertirse en una útil plataforma de proyección de las empresas japonesas hacia el Golfo Pérsico y el continente africano. Tokio aportará 200.000 millones de dólares a este proyecto de cooperación entre dos continentes mediante el desarrollo de infraestructuras de calidad, conectividad institucional e intercambio entre sociedades, para equilibrar la influencia económica y diplomática china.

La República Popular es también el principal factor de la convergencia entre Delhi y Tokio en cuestiones de seguridad y defensa. Días antes de la cumbre, los ministros de Defensa de ambos países discutieron en su reunión anual sobre la coproducción de equipos militares, tecnologías de doble uso o la posibilidad de adquisición por India del avión US-2 japonés. Tras la entrada en vigor, en julio, del acuerdo nuclear civil firmado durante la visita de Modi a Tokio el pasado mes de noviembre, también se ha facilitado la exportación de tecnología japonesa a India.

El encuentro se ha celebrado en un entorno regional marcado por los ensayos nucleares y balísticos norcoreanos, las tensiones en la periferia marítima china, o el reciente choque en Doklam, donde coinciden las fronteras de India, China y Bután. También por la profunda incertidumbre que se vive en la región sobre la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump. El escenario de seguridad asiático vive un momento de enorme fluidez y avanza hacia la construcción de un nuevo orden. La cada vez más estrecha relación entre India y Japón será uno de sus elementos característicos.

INTERREGNUM: Tensión en el Himalaya. Fernando Delage

Cincuenta y cinco años después de la guerra de 1962, China e India viven un nuevo episodio de tensión en su frontera. Desde mediados de junio, tropas de ambos países se han movilizado en Doklam, por razones aún confusas. En un contexto de creciente rivalidad entre los dos gigantes asiáticos por sus respectivas ambiciones como potencias en ascenso, importan, más que las causas de este último incidente, sus consecuencias para el entorno regional.

Al contrario que los habituales choques en la frontera—una de las más extensas del mundo con más de 3.000 kilómetros de longitud—, esta vez no están en juego las reclamaciones de una y otra parte: ni el territorio occidental de Aksai Chin (que, ocupado por China, reclama Delhi) ni el oriental de Arunachal Pradesh (estado indio reclamado por Pekín). La actual disputa se produce donde coincide la frontera de ambos países con la de Bután y está vinculada a los límites territoriales de este último país con la República Popular China, más que a las diferencias fronterizas indo-chinas en sentido estricto. Bután es, junto con India, el único Estado con el que Pekín no ha delimitado de manera definitiva su frontera, razón de la ausencia de relaciones diplomáticas formales entre los dos Estados. Este pequeño reino del Himalaya es, por otra parte, un virtual protectorado indio; quizá el único país de Asia meridional con respecto al cual Delhi no tenía que preocuparse en exceso por la creciente proyección económica y diplomática china. Ésta puede ser pues una clave de los recientes acontecimientos.

Al mismo tiempo, la disputa se produce en una zona muy cercana al corredor de Siliguri, el estrecho espacio que conecta los aislados Estados del noreste indio con el resto del país. Las fronteras de estas provincias con China, Bangladesh y Birmania son una potencial fuente de vulnerabilidad para India, que afronta en estos Estados algunos de los movimientos insurgentes más prolongados—y menos conocidos—de Asia. La evolución histórica de estos pueblos del noreste, de enorme complejidad étnica, ha diferido del resto de la Unión y, pese a los esfuerzos de Delhi por su integración, grupos militantes de distinto signo reclaman desde hace décadas su autonomía.

Resulta arriesgado, como hacen algunos analistas, especular con la posible intención china de facilitar la independencia de estas provincias indias. Pero este mosaico de etnias y movimientos armados en Nagaland, Mizoram, Manipur o Assam, es otra variable a considerar en la crisis reciente. Estos y otros grupos han sido fuente de inestabilidad desde la partición de la Unión India en 1947, y han afectado a las relaciones de Delhi con Dacca y Rangún durante años. Tampoco pueden separarse de su rivalidad con China. No hay mejor aproximación a estas insurgencias que el fascinante libro de Bertil Lintner, “Great Game East: India, China, and the Struggle for Asia’s Most Volatile Frontier” (Yale University Press, 2015). Lintner, excorresponsal en Birmania de la mítica Far Eastern Economic Review, desgraciadamente desaparecida hace unos años, ofrece una detallada historia de estas insurgencias, sus apoyos externos y sus implicaciones para la dinámica geopolítica regional. Como anticipan los movimientos en Doklam, el “Gran Juego” del siglo XXI se desarrollará tanto en estas remotas montañas del subcontinente indio como en Asia central.

INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.

INTERREGNUM: El momento de Eurasia. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de su cumbre anual—celebrada en la capital de Kazajstán, Astana—, se formalizó la adhesión de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Tras su ampliación, la OCS suma casi 3.500 millones de habitantes—la mitad de la población mundial—, y más del 25 por cien del PIB global (en términos de paridad de poder adquisitivo, la cifra sería mucho mayor). La organización aparece así como pilar central de la arquitectura euroasiática, aunque su expansión no resuelve la debilidad de sus estructuras ni la competencia entre sus miembros.

Sucesora del “Shanghai Five”, grupo que nació para delimitar y desmilitarizar las fronteras de Asia Central tras el fin de la guerra fría, la OCS fue puesta en marcha por China y Rusia en 2001—junto a Kazajstán, Kirguistán, Tajikistán y Uzbekistán—para afrontar el desafío representado por lo que Pekín denomina como “los tres males”: el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Pese a este origen vinculado a las cuestiones de seguridad, China se ha esforzado por dinamizar la agenda económica de la organización y dejar en manos de Moscú los asuntos de defensa. Pekín trataba de mitigar el temor ruso a su creciente influencia en la región, pero el rápido ascenso de la República Popular durante la última década no ha hecho sino exacerbar la inquietud del Kremlin. Moscú no ha dudado en bloquear iniciativas chinas, como la creación de un banco de desarrollo o el establecimiento de un área de libre comercio entre los miembros de la OCS.

También Rusia ha sido el gran impulsor de la incorporación de India. La estrecha relación que han mantenido desde los años sesenta Moscú y Delhi podría ser, para Putin, un elemento de equilibrio con respecto a China. Aunque las economías de Rusia e India suman juntas menos de un tercio del PIB chino, su peso militar conjunto sí puede servir de contrapeso de Pekín. En el contexto de las sanciones occidentales a Rusia, Moscú se ha visto obligado a seguir una política de acercamiento a China, y Putin ha hecho hincapié en vincular su proyecto de Unión Económica Euroasiática con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda que propone Pekín, de la que no puede permitirse quedar aislado. El presidente ruso sabe bien, sin embargo, que India rechaza el proyecto chino: para Delhi se trata de un instrumento de Pekín para proyectar su influencia en Asia meridional y el océano Índico.

El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) enfrenta en particular a los dos gigantes asiáticos: el gobierno de Narendra Modi teme que Islamabad—cuya adhesión a la OCS reclamó Pekín tras proponer Rusia la de India—quiera aprovechar su incorporación para internacionalizar la cuestión de Cachemira, provincia que atraviesa el corredor. India, por otra parte, intenta desarrollar sus propias alternativas de interconectividad, como el puerto de Chabahar en Irán, o el Corredor Internacional de Transportes Norte-Sur (INSTC), en el que participa junto a Rusia e Irán.

Parece inevitable pues que la integración de India y Pakistán transforme la agenda de la organización. Pekín necesita un entorno de estabilidad en el subcontinente indio para poder implementar la Nueva Ruta de la Seda, y promueve como seña de identidad de la OCS lo que define como “espíritu de Shanghai”: “confianza mutua, beneficio mutuo, igualdad, diálogo, respeto a las diversas civilizaciones y búsqueda del desarrollo compartido”. Se subraya por ello que su pertenencia común a la organización contribuirá a mitigar las diferencias entre India y Pakistán, facilitando su cooperación con el resto de miembros contra el terrorismo transfronterizo y a favor del desarrollo económico. El tiempo dirá, pero a priori no parece que la cohesión interna de la OCS vaya a ser fácil de mantener.

Los objetivos de Moscú y Pekín son incompatibles a largo plazo, al perseguir cada uno de ellos cosas distintas a través de la institución. Aunque China necesita a India para la Nueva Ruta de la Seda, no cuenta con su apoyo sino con una desconfianza en aumento. India y Pakistán disponen de una nueva plataforma multilateral en la que teóricamente poder minimizar sus divergencias, pero no está claro que la OCS pueda servir para ese fin. Los obstáculos son numerosos como se ve. No obstante, la expansión del bloque refleja la formación de un espacio geopolítico con enorme potencial, en el que Asia meridional se suma a Asia central. La mera inclusión de China e India, dos países que suman el 40 por cien de la población mundial, y que serán las dos mayores economías hacia mediados de siglo, da forma institucional a una Eurasia llamada a convertirse—un siglo después de que el británico Halford Mackinder teorizara sobre el mismo—en el centro del orden mundial.

El rol de la mujer en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Diversos expertos coincides en que septiembre de 1995 marcó un momento histórico en la reivindicación de derechos de la mujer en Asia. La firma de la “declaración de Beijing” selló las pautas de los estándares a seguir en igualdad de género, acceso igualitario a la educación, militancia política y lucha contra la violencia de género, entre los aspectos más destacados. De acuerdo con Naciones Unidas fue el plan más progresista que jamás había existido para promover los derechos de la mujer. A pesar de que han pasado más de dos décadas, esta declaración sigue siendo una fuente de poderosa inspiración y guía para la sociedad civil, los gobiernos y los activistas en la lucha por avanzar en este camino.

Asia ha crecido de manera significativa en las últimas décadas; ha sacado de la pobreza extrema a millones de personas, sin embargo, más de 800 millones de asiáticos siguen viviendo con menos de 1,25 dólares diarios y 1.700 millones sobreviven con menos de 2 dólares diarios (de acuerdo con la organización para la cooperación y el desarrollo). En el caso de las mujeres, en el sur de Asia la participación en la fuerza de trabajo es tan solo del 40% comparado con la masculina. En Asia Central y del Este las niñas de primaria y secundaria se matriculan un 20% menos que los niños.

En el caso de India, desde 2005 se está observando un fenómeno curioso: cada vez más mujeres tienen acceso a educación; sin embargo, menos mujeres trabajan. A pesar de la expansión de centros urbanos, menos mujeres se insertan en actividades laborales en estas ciudades, hecho llamativo, porque suele ser radicalmente opuesto a lo que ocurre en otras sociedades. Tan solo el 27% de las indias trabajan y, contrariamente a lo que ha sucedido en la mayoría de las sociedades, en India cada día aumenta el paro femenino. Entre 2000 y 2012, más de 70 millones de indias dejaron de trabajar según la Sociedad Asiática (Asian Society Organization). En Pakistán, donde solo un 25% trabajan, en los años recientes se ha observado cómo ha habido un aumento progresivo.

En Bangladesh, el 58% de sus mujeres participan en alguna actividad laboral, mientras que en Nepal el 80% trabajan, siendo el porcentaje más alto en el sur de Asia, de acuerdo con un estudio publicado por la Universidad de Harvard en el 2016. Sin embargo, la mayoría de las mujeres sufren malnutrición y no reciben remuneración por su trabajo; es una sociedad dominada por castas donde la mujer ha estado históricamente en desventaja.

En Asia, el protagonismo político sigue siendo ejercido en su mayoría por hombres. En Filipinas únicamente ha aumentado un 10% la participación femenina en el gobierno nacional. Al igual que pasó en Indonesia o Corea del Sur, el hecho de que muchas mujeres lleguen a altos cargos políticos se debe a que son hijas o esposas de algún personaje destacado de la esfera política del país y curiosamente no han utilizado sus posiciones para defender los derechos femeninos. A pesar de que los países del sureste asiático han firmado la declaración de la eliminación de cualquier forma de discriminación femenina, con la excepción de Laos y Vietnam, es difícil incorporar la igualdad de género cuando un hijo es siempre más deseado que una hija; o en el caso de los países budistas que siguen creyendo que reencarnar como mujer tiene menos méritos y es consecuencia del comportamiento en vidas pasadas.

Japón por su parte cuenta con una participación política femenina de tan solo el 10%, mientras que solo 49% de sus mujeres trabajan; y a pesar de ser un país industrializado, la diferencia salarial es del 26,6% entre géneros. Parecida es la situación en Corea del Sur donde, a pesar de que el 99% de las mujeres reciben formación, tan solo la mitad de ellas trabajan.

Otra muestra de lo importancia que tiene la igualdad de género en el desarrollo económico de la región puede constatarse en las prioridades que tiene el Banco de Desarrollo de Asia, que tan solo en el 2016 destinó 45% de su presupuesto a esta materia. Cuenta con un plan operacional de incentivos para la promoción de la mujer, que comenzó en el año 2013 y que prevé continuar hasta el 2020, en donde estiman que llegarán a conseguir el objetivo, a través de un seguimiento de la inserción de la mujer en actividades económicas (emprendedoras, oportunidades, créditos, etc.), educación de niñas y adolescentes (desarrollo de sus vocaciones, capacitación, etc.), y el seguimiento en las leyes y políticas en pro de reducir las diferencias entre géneros, además de incentivar el acceso a posiciones en toma de decisiones tanto en el sector privado como público.

Mucho camino se ha andado y a pesar de que se ha progresado con la puesta en marcha de leyes y políticas para beneficiar a las mujeres y niñas asiáticas, aún queda un largo camino por recorrer. Y en muchos casos las religiones, los usos y costumbres culturales suponen el más aguerrido de los bloqueos en esta lucha.

INTERREGNUM: India: ¿crecimiento o “hinduidad”?

En mayo de 2014, por primera vez en 30 años, un partido político logró la mayoría absoluta en el Parlamento indio. Las recientes victorias del Bharatiya Janata Party (BJP) en las elecciones estatales de Uttarakhand, Manipur y, sobre todo, en Uttar Pradesh, le facilitarán la repetición de su mayoría en las generales de 2019. Dos tercios de la población india viven hoy bajo gobiernos del BJP.

El ascenso del partido liderado por Narendra Modi se debe fundamentalmente a su discurso a favor de las reformas económicas. En Uttar Pradesh, con 220 millones de habitantes (sería el quinto Estado más poblado del mundo de ser independiente), y un 30 por cien de ellos bajo la línea de pobreza, la campaña a favor del “desarrollo para todos” se ha impuesto sobre la tradicional política de castas. El BJP obtuvo 312 de los 403 escaños de la asamblea legislativa; los mejores resultados logrados por cualquier partido en cuatro décadas. Sin embargo, la designación como nuevo jefe de gobierno del clérigo Yogi Adithyanath, fundador de una organización extremista involucrada en episodios de violencia contra los musulmanes, ha reavivado el temor a un auge del nacionalismo hinduista.

El nombramiento de un líder religioso al frente de un gobierno estatal carece de precedente en la política india. En sus primeras semanas en el cargo, los movimientos de Adityanath parecen confirmar esa agenda hinduista: ha comenzado una campaña contra los mataderos ilegales—la mayoría de cuyos trabajadores son musulmanes—y a favor de la práctica generalizada del yoga. Pero la mayor inquietud se centra en su intención de restaurar el templo hinduista de Ram en Ayodhya, lugar donde se construyó una mezquita en el siglo XVI. La destrucción de esta última por radicales hinduistas en 1992 desató una violencia no vista en años en el país, y a partir de aquellos acontecimientos comenzó el BJP su ascenso político.

Pese a la innegable importancia de Uttar Pradesh, el gran interrogante entre los observadores es sobre Modi, como responsable del nombramiento de Adityanath. ¿Es su verdadera prioridad el crecimiento y la creación de empleo, o más bien busca un apoyo electoral que le permita avanzar en la construcción de India como estado hindú?

Ante su probable victoria en 2019, la respuesta a esa pregunta es decisiva para las minorías (que incluyen 180 millones de musulmanes), pero también para la imagen internacional de un país que se ve a sí mismo como una de las grandes potencias. Quizá el secularismo que ha definido a India desde su independencia no esté en peligro, pero cuando las cuestiones de identidad se convierten en determinantes de la dinámica política se desatan fuerzas que escapan a todo control.

INTERREGNUM: Dudas sobre el siglo de Asia

El rápido crecimiento de las economías de la región durante los últimos 40-50 años ha conducido a la idea de que el siglo XXI será el siglo de Asia. Que China (a partir de 1979) e India (desde 1991) decidieran integrarse en la economía global siguiendo el camino emprendido por Japón en la década de los cincuenta, y por Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur en los años sesenta, condujo a una transformación histórica que se ha traducido en un desplazamiento del poder internacional. Sin embargo, de manera paralela a su éxito económico, también han comenzado a multiplicarse los problemas de seguridad, y emergen nuevas variables que afectan al equilibrio interno de las naciones asiáticas.

Lo espectacular de las cifras y la velocidad del ascenso económico de Asia han atraído la atención de numerosos analistas, y han sido objeto de una enorme literatura que ha intentado explicar las causas e implicaciones económicas y geopolíticas del fenómeno. Más raros son los trabajos que examinan los nuevos problemas que podrían obstaculizar ese camino ascendente.

Realizar una radiografía de tales desafíos es precisamente el propósito de Michael Auslin en su libro “The end of the Asian century” (Yale University Press, 2017). Auslin, analista en el American Enterprise Institute en Washington, confiesa que su intención era la de investigar el potencial de Asia, que también él creía brillante e imparable. Pero sus entrevistas y observación sobre el terreno durante la preparación del libro le condujeron a un cambio de enfoque.

Su trabajo peca de cierto pesimismo, como ya se trasluce del título. No obstante, se trata de un estudio riguroso de una serie de factores que, de manera conjunta, ofrecen un útil marco de aproximación al Asia contemporánea. Dichos factores incluyen: la incertidumbre sobre la sostenibilidad del crecimiento en las economías asiáticas (¿podrá China en particular superar la trampa de los ingresos medios y convertirse en un país avanzado?); el impacto de las presiones demográficas (del rápido envejecimiento de Japón, China y Corea del Sur al potencial de India); la inacabada transición política interna (con sistemas híbridos y el retroceso de la democracia en el sureste asiático); y el empeoramiento de la desconfianza entre Estados (en forma de reclamaciones territoriales y tensiones marítimas) en un contexto de modernización de sus capacidades militares.

Con respecto a todas estas cuestiones, Auslin sintetiza un enorme volumen de información, ofreciendo una perspectiva sistemática sobre las principales cuestiones que los gobernantes asiáticos se verán obligados a atender durante los próximos años. Sus recomendaciones, más débiles, no restan peso a esta excelente contribución al debate sobre el Asia del futuro. Un futuro, eso sí, que—además de las fuerzas estructurales descritas en el libro—, dependerá también de decisiones concretas, como las que adoptarán Trump y Xi Jinping después de tomarse la medida el uno al otro en su encuentro de esta semana en Palm Beach.

INTERREGNUM: Baile de parejas

En un entorno asiático en el que se aceleran los cambios geopolíticos, las grandes potencias se ven obligadas a reajustar sus cálculos estratégicos tradicionales. Las amenazas no convencionales, el ascenso de China y la percepción de repliegue por parte de Estados Unidos crean una percepción de incertidumbre a la que se responde de una manera que puede ser, a su vez, fuente de mayor inestabilidad. Así ocurre con la carrera de armamentos en curso, inseparable de nuevos movimientos bilaterales.

Aunque proliferan este tipo de acercamientos, dos de ellos han adquirido especial interés en los últimos meses: el de Rusia con Pakistán, y el de India con Vietnam. Pese a la recuperación de su estatura internacional como consecuencia del conflicto de Ucrania y de la guerra civil siria, Moscú dista mucho de tener en Asia el papel de peso que querría desempeñar. La asociación estratégica con Pekín es una necesidad más que una opción, que Rusia comparte con el esfuerzo por diversificar sus socios con el fin de evitar una excesiva dependencia de la República Popular. Aunque India ha sido un “cuasi-aliado” desde 1962, el contexto subregional se ha transformado en gran medida para los intereses rusos. La convergencia entre India y Estados Unidos, y el reforzamiento de la “inquebrantable” amistad de China con Pakistán, demandan de Moscú la actualización de su estrategia hacia Asia meridional.

La creciente relevancia geopolítica del océano Índico, la incorporación de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai y el imperativo ruso de triangular la relación con ambos, así como el deseo de Moscú de no quedarse al margen de las oportunidades económicas y diplomáticas que puede ofrecer el Corredor Económico China-Pakistán—primera fase de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda—explican ese mayor interés por Islamabad. El anuncio de una probable visita de Putin el próximo mes de mayo—la primera de un presidente ruso—refleja su interés por reforzar los lazos con Pakistán para, a través de él, tener una mayor presencia en el Índico. Pese a su discutible viabilidad, se habla—incluso—de la ambición rusa de establecer una vinculación formal de Pakistán con la Unión Económica Euroasiática. No hace falta decir que, de producirse, dicha visita, con importantes implicaciones para la dinámica subregional, será una importante variable en la política de India hacia su vecino, pero también hacia China.

Estas circunstancias explican así la profundización de la relación de esa otra pareja, India y Vietnam, de la que es reciente muestra la negociación sobre el suministro de misiles tierra-aire a Hanoi. Aunque Pekín hace lo propio con Islamabad, y en mucho mayor grado si cabe, el oficialista “Global Times” advertía hace unos días a Delhi sobre sus relaciones militares con Vietnam, indicando que “crearán tensiones en la región, frente a las cuales China no se quedará de brazos cruzados”.

La multiplicación de acuerdos bilaterales de seguridad—como los señalados—agrava la desconfianza ente las potencias, aun siendo ellas las impulsoras de los mismos, con el consiguiente riesgo de una espiral de inestabilidad. Un dilema añadido por tanto para Trump, cuando en Asia se da por descontado que, sea cual sea su política hacia la región, el papel de Estados Unidos ya no volverá a ser el de los últimos 70 años.

Interregnum: India, más allá del statu quo

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha creado la expectativa de un cambio en las relaciones de Estados Unidos con Rusia y con China. Mayor estabilidad cabe esperar en la asociación estratégica con India, puesta en marcha durante la administración de George W. Bush y reforzada por Barack Obama. Como mayor democracia del mundo, el ascenso de India no plantea el tipo de desafíos geopolíticos que representan Pekín o Moscú. Su papel como elemento del equilibrio global será por ello cada vez más importante.

Pese a la imagen de una diplomacia pasiva y de bajo perfil, lo cierto es que Delhi ha asumido un creciente proactivismo en los últimos años. A la lógica ambición derivada de su peso demográfico y económico se ha sumado, desde 2014, un primer ministro que ha hecho de la política exterior una de sus grandes prioridades. Narendra Modi ha entendido que el principal imperativo indio—su transformación económica y social—es inseparable de su integración en la economía global. Las bases de esta mayor proyección de India ya fueron establecidas, sin embargo, por sus antecesores, Manmohan Singh y Atal Bihari Vajpayee, quienes realizaron cambios significativos en la agenda diplomática del país.

Cuáles fueron esos cambios y sus motivaciones lo explica Shivshankar Menon en su reciente libro, titulado Choices: Inside the making of India’s foreign policy (Brookings Institution Press, 2016). Diplomático de carrera, Menon fue sucesivamente embajador en China, ministro de Asuntos Exteriores y Asesor de Seguridad Nacional durante aquellos gobiernos que, decididos a superar las limitaciones del legado nehruviano que había caracterizado la política exterior india desde la independencia, comenzaron a dar forma a un nuevo equilibrio en su entorno exterior. En su detallado análisis de cinco cuestiones en las que intervino de manera directa—el acuerdo nuclear con Estados Unidos, las negociaciones fronterizas con China, Pakistán y el desafío terrorista, la intervención en Sri Lanka, y la doctrina nuclear india—Menon no sólo ofrece una brillante explicación sobre los intereses y objetivos estratégicos indios. Su libro proporciona, al mismo tiempo, una útil reflexión sobre cómo negocian las grandes potencias en el mundo contemporáneo, y sobre las claves del éxito de una posición diplomática cuando las opciones se despliegan en un mundo de grises, más que de blancos y negros. Dos destacan entre ellas: el liderazgo de los primeros ministros, y la construcción de un consenso interno. Una más que recomendable guía, en suma, para entender una de las grandes potencias del futuro, así como algunas de las variables que continuarán definiendo el escenario internacional a lo largo de 2017.