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Llegó el verano y twitter no para. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Con el comienzo oficial del verano y la apetencia natural por bajar la presión y el ritmo, parece que en occidente relativizamos más el complejo panorama internacional. Mientras tanto, Míster Trump se apega cada vez más al twitter. Lo ha convertido en más que una herramienta de trabajo, algo que va más allá de un medio de comunicación. Parece su canal de liberación de frustraciones mediáticas, su manera de hacer catarsis con su ego de las críticas a su gobierno. Hasta parece que intenta crear una burbuja de realidad paralela en donde le habla sólo a su audiencia, como quien quiere alimentarles con la información que él filtra para aislarlos de la “Fake Media” (Medios falsos), como él les llama al menos una vez al día, dedicando una parte muy considerable de su tiempo a atacarles. Con tantos problemas que necesitan atención y gestión…

Que el personaje no tenía experiencia política era sabido, y eso no es un pecado, pero de ahí a intentar cambiar la manera de gobernar usando ataques y twitter como gestión de gobierno hay un trecho largo y peligroso. Por citar un ejemplo: después del encuentro oficial en Florida entre Trump y Xi Jinping, que debió ser muy cordial, el líder de la oficina oval no ha tenido sino palabras agradables para su homólogo chino. Incluso después del último misil lanzado por Corea del Norte el jueves pasado, Trump en un tono diplomático twitteó que al menos sabe “que el líder chino había intentado mediar en la crisis, a pesar de no haberlo conseguido”; así como en otra oportunidad dijo que sería un “honor encontrarme con Kim Jung-Un”. Es que twitter le da mucho juego para mandar mensajes internacionales, para afianzar sus ideas, y hasta para tratar de distorsionar la noticia del día.

Su tendencia cubre también el ámbito doméstico. Obama Care, o la reforma sanitaria a la que convirtió en parte fundamental de su campaña, y que ha sido una de sus banderas políticas a lo largo de estos 6 meses de gobierno, es también otro de sus tópicos favoritos en twitter; o atacar a los representantes demócratas por votar en contra, o en muchos casos a los propios representantes republicanos por no apoyarlo a pasar la legislatura, que según muchos expertos no resolverá ningún problema y por el contrario los agudizaría.

Intentando ser objetivos y justos, debemos reconocer que en su gabinete tiene gente capaz. Según el New York Times, Rex Tillerson mantiene posiciones realistas y  Nikki Haley (embajadora ante Naciones Unidas) un discurso moralista, pero ninguno de ellos han formado parte del mundo diplomático antes. Mike Pence no tiene la experiencia del anterior vicepresidente tampoco, sin mencionar que no goza ni de un ápice del carisma de Joe Biden. Su yerno Jared Kushner cargado de buena intención parece haberse equivocado aceptando reuniones con los rusos. Y no podemos dejar fuera a los militares, que en la historia de los Estados Unidos han influido en la dirección de la política exterior considerablemente. El general Flynn está en una posición muy comprometida por haber aceptado dinero ruso y al secretario de Defensa, James Mattis, la historia no le perdona frases duras y controvertidas durante la guerra de Irak. Una fuente de la Fuerza Naval que pidió no ser revelada, insistió sin embargo a 4asia que él confía plenamente en el general Mattis, subrayando que es un profesional con buen criterio y capaz de priorizar la seguridad del Estado por encima de todo.

Y mientras, Beijín finiquita la construcción de la base militar más avanzada en las Islas Spratlly (en una de las islas artificiales que han construido en el sur del mar de la China, a pesar de toda la presión internacional); los Estados Unidos han vendido a Taiwán un formidable arsenal cuya negociación comenzó con la Administración anterior pero que está parece haber dilatado con toda la intención, en espera de la intermediación china en Corea del Norte. Y como si el mensaje no fuera lo suficientemente claro, el gobierno estadounidense también impone sanciones a un banco chino por vínculos con Corea del Norte, lo que se traduce en bloqueo para esta entidad y sus usuarios al sistema bancario estadounidense.

Además, la visita del presidente surcoreano Moon Jae-in a Washington le da el escenario perfecto a Trump para afirmar que la paciencia estratégica con el régimen de Corea del Norte ha acabado por muchos años. Inmediatamente antes, el general McMaster, asesor de seguridad nacional, confirmaba públicamente que las opciones militares para Corea del Norte han sido preparadas y serán presentadas al presidente. Seguramente Twitter será el primer canal que comunique la decisión de la Casa Blanca en relación a Pyongyang que según vemos no tiene pinta de ser nada pacífica, tal y como lo hemos venido advirtiendo…

INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.

La hora de Francia

Superadas las celebraciones y apurados los primeros tragos amargos por sombras de corruptelas que han obligado a Enmanuel Macron a realizar ya varios ajustes de Gobierno, llega la hora de la verdad, la hora de tomar decisiones importantes y reveladoras de intenciones más allá de los discursos electorales.

Es verdad que el presidente Macron no lo tiene tan fácil como parece. Llegado en una ola de popularidad y apoyo, está sustentado por un partido organizado apresuradamente sobre los resentimientos, los fracasos y las derrotas de las otras formaciones. Esto obliga al presidente y a su Gobierno a decisiones cuidadosamente equilibradas y alejadas de posiciones ideológicas fácilmente etiquetables.

Así, y en la mejor traición francesa, Macron ha tomado decisiones urgentes que estaban pendientes y que apuntan al mantenimiento de criterios proteccionistas respecto a empresas francesas en crisis; por ejemplo, varios astilleros, y ninguna señal de querer la liberalización de un sistema que está fuertemente intervenido en muchos sectores. Una cosa son los discursos críticos con el presidente Trump y otra es poner en marcha medidas que demuestren que está dispuesto a diferenciarse en la práctica.

Sin embargo, hay un vector que empuja a Macron a no ser demasiado proteccionista y nacionalista, y es que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea le obliga a volver a estrechar los lazos de Francia con Alemania y este país, que no es un campeón del liberalismo pero si temeroso de la excesiva intervención del Estado, va a poner límites a la política francesa.

En todo caso, es Francia y no Alemania el país con más actividad en la política exterior europea, y aspira a ocupar los espacios que pueda en Asia Pacífico. La concepción francesa de su propio papel, el aroma de grandeur, sus propósitos de fortalecer su industria y su presencia militar, la necesidad de proteger a sectores económicos que temen competir con productos asiáticos y sus deseos de volver a los escenarios de Oriente Medio van a marcar cierta política en nombre de Europa que no debemos perder de vista.

China podría conseguirlo con el beneplácito de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Pacífico es el océano más extenso del planeta, una región que incluye unas 25.000 islas y costas de unos 52 Estados cuyos usos, tradiciones y recursos naturales han moldeado el sistema económico regional. Y a pesar de las profundas diferencias y desigualdades entre países tan opuestos como Australia y Camboya, la necesidad de impulsar sus economías ha permitido el establecimiento de un variado grupo de asociaciones que promueven los intercambios comerciales y facilitan la inclusión de economías menos competitivas en el juego.

Fue esta idea la que impulsó la creación del hoy agónico TPP, al que China no pierde de vista mientras sugiere opciones alternativas como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP).

La exclusión de China del TPP tuvo una razón lógica: dejar al gigante asiático fuera para evitar que se hicieran con el dominio regional. Y mientras se llevaban a cabo las conversaciones para materializar el TPP, Beijín creaba alternativas de las que ellos pudieran formar parte y sobre todo liderar. El TPP fue pensado para ayudar a las economías, razón por la cual facilitaba el crecimiento de sus miembros, a pesar de su tamaño; y se regían por los derechos de los trabajadores reconocidos por la Organización Internacional del Trabajador, lo que fundamentalmente se traduce en protección a los trabajadores y persecución a la corrupción. Este marco legal incomoda al gobierno chino, pues su modo de operar dista mucho de estas formalidades y funciona en un marco de amplios beneficios propios con limitadas restricciones.

Los acuerdos comerciales modernos en la región asiática comenzaron en la década de los 60. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), que cuenta con diez miembros, fue de las primeros en establecerse. El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) es actualmente la organización que cuenta con más de 20 países junto con la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP), que fue concebida bajo la cumbre de la APEC en Lima el año pasado, y tiene una ambiciosa meta que consiste en conectar las economías del Pacífico desde China a Chile, incluyendo a los Estados Unidos.

De acuerdo con China Daily la razón por la que se consiguió firmar el FTAAP fue debido a las previsiones de crecimiento publicadas por la Organización Mundial del Comercio para el 2016, que no se cumplieron, pues fue un año difícil para la economía y sobre todo para los intercambios, lo que hizo que se redujeran las previsiones hechas para el 2017. De entrar en vigencia, aunque fuese solo con las 21 economías que firmaron, se convertiría en la zona de intercambios más grande del planeta, con el 57% de la economía mundial, lo que representaría casi la mitad de los intercambios internacionales.

La Asociación Económica Integral Regional (RCEP), por su parte, es un acuerdo de libre comercio que incluye a China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda junto con los países de la ASEAN (Filipinas, Indonesia, Tailandia, Brunei, Malasia, Singapur, Vietnam, Laos, Myanmar y Camboya). De entrar en vigor este bloque económico representaría alrededor del 30% de la economía y un cuarto de las exportaciones del mundo. A pesar de que el origen de RCEP es del 2012, no se ha logrado concretar aún. China respalda esta iniciativa y ha abogado por su aprobación, sin embargo, Deborah Elms, Directora Ejecutiva del Centro de Intercambios de Asia sostiene que la razón por la que todos los países del ASEAN están dentro es porque fueron arrastrados a participar por el hecho de que se les abría un nuevo mercado de oportunidades con los 6 grandes (China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) con los que no tienen acuerdos comerciales.

En este momento todas las opciones están en la mesa. Sin TPP y con un Trump sin interés en asumir el rol de líder en Asia, mientras Xi Jinping sigue acumulando riqueza y mayor liderazgo internacional, da la impresión de que la desesperación del abandono puede cobrar su precio. Beijín apuesta por dos vías estratégicas: La Asociación Económica Integral Regional (RCEP) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia – Pacífico (FTAAP), la segunda más ambiciosa que liberaría más de la mitad de los intercambios comerciales llevados a cabo a día de hoy. En ambos casos, China estaría a la cabeza y contrariamente a lo que afirmó Obama siendo presidente, China escribirá las reglas del comercio mundial, lo que se traduce en mayor crecimiento de su economía y mayor influencia internacional.

España, sin política asiática… que se sepa.

En pocos días, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha visitado China para celebrar la estrategia de Pekín respecto a la nueva Ruta de la Seda y el Rey Felipe VI ha estado en Kazajistán en una cumbre energética con presencia de casi todas las grandes potencias mundiales y todas las regionales, y donde se ha hablado del clima, de sus retos, sus riesgos y las alternativas energéticas. En ninguno de estos escenarios ha aparecido el esbozo de una política hacia Asia de España ni la propuesta de una estrategia europea definida más allá de los lugares comunes habituales.

Asia es el escenario, por un lado, de los principales riesgos a la estabilidad mundial, sin desmerecer otras zonas, y, por otro, donde la emergencia de potencias regionales y el ascenso irresistible de China están situando las relaciones internacionales sobre bases completamente diferentes. En ese contexto, Rusia tiene un cambio decidido, Estados Unidos parece decidido a afrontarlo con un repliegue sobre sí mismo y Europa anda sin rumbo a golpe de iniciativas de los principales países de la UE donde Gran Bretaña ha roto amarras. Y China aparece en todos los análisis como el país que, desde el pragmatismo de sus intereses nacionales y estratégicos, está aprovechando mejor la nueva situación que tanto ha contribuido a diseñar.

Es verdad que España no es una potencia de referencia, pero de ahí no se deduce necesariamente que deba limitarse a acudir a las cumbres exclusivamente a ofrecerse como un mercado de oportunidades aplaudiendo cualquier cosa que digan sus eventuales clientes. Y mucho menos cuando estos discursos dibujan una estrategia de la que puede derivarse una nueva situación no analizada con sus aliados. Esta es otra de las asignaturas pendientes de un Ministerio de Asuntos Exteriores que lleva años instalado en el día a día.

El clima como pretexto

Esta vez es el clima. Concretamente el cambio climático. La decisión de Estados Unidos de retirarse del Acuerdo de Paris para reducir elementos que potencian el aumento de las temperaturas globales ha sido hábilmente aprovechada por China para reforzar sus relaciones con Europa, presentarse como país respetuoso con el medio ambiente y seguir escalando puestos en el ranking de la influencia mundial.

La torpeza estratégica de Trump, que no puede desconocer que el acuerdo aún no está en vigor, que puede rectificarse y que Occidente exige a Estados Unidos una voluntad de liderazgo, es indiscutible. Y, sin embargo, en algunas cosas Trump y su equipo tienen razón: la apuesta por una supuesta energía limpia tiene tantos intereses y tan sucios o legítimos como la del petróleo; entre los gases que producen el efecto invernadero, los que provienen de la actividad humana no son los más importantes, y existe un debate científico, cuidadosamente silenciado, sobre el carácter de ciclo que podría tener la subida de temperaturas y no ser necesariamente un producto del capitalismo desalmado. Pero el presidente Trump no lo ha explicado así, sino como un compromiso con los trabajadores norteamericanos del carbón, una de las energías más contaminantes y productora de lluvia ácida y superada en limpieza y eficiencia por todas las demás.

La adhesión de China a los acuerdos internacionales es importante y necesaria, pero llena de un voluntarismo alejado la realidad. Hoy es el país más contaminado, depende mucho carbón y del petróleo y concederle espacios temporales de renovación, necesarios, supone ciertamente una ventaja competitiva frente a Estados Unidos, a quien se exige más cumplimiento en menos tiempo. El clima, con todas sus complejidades, es otro espacio de lucha estratégica que no debe perderse de vista.

INTERREGNUM: El nuevo orden chino. Fernando Delage

Mientras el presidente Trump cesaba al director del FBI (quizá el verdadero significado de “America First” es que es no hay más prioridad que la política local), su homólogo chino, Xi Jinping, recibía en Pekín a más de 30 jefes de Estado y de gobierno en una nueva demostración del creciente peso geoeconómico de la República Popular. Con todo, la cumbre sobre la Nueva Ruta de la Seda, cuya celebración Xi ya anunció en Davos el pasado mes de enero, no ha sido solo un reflejo de poderío financiero; ha sido, más bien, una confirmación de que es hoy China quien lleva la iniciativa estratégica en la agenda global. El repliegue nacionalista y proteccionista norteamericano ha ampliado el espacio y el margen de maniobra de Pekín, cuyo discurso a favor de una economía mundial abierta—aunque practique lo contrario en casa—y su ofrecimiento de incentivos al desarrollo de infraestructuras coincide con las prioridades del mundo emergente.

Mediante su gigantesco plan de inversiones—multiplica por diez el Plan Marshall en valores actuales—, China no aspira únicamente, sin embargo, a crear una red de interconexiones de transporte, oleoductos y telecomunicaciones. El comercio y las inversiones acompañarán una iniciativa que, al integrar económicamente el continente euroasiático y el espacio marítimo Indo-Pacífico, tiene el potencial de transformar la economía, las finanzas y las instituciones globales.

Aunque el proyecto respondiera en su origen a las necesidades internas chinas—encontrar un nuevo motor de crecimiento ante una fase de desaceleración—, la ampliación de su agenda y de países participantes hacen cada vez más obvias sus implicaciones geopolíticas. Es mediante el uso de su capacidad económica como Pekín intenta lograr la paridad con Estados Unidos y la reconfiguración del entorno exterior a su favor.

La escala de la ambición es tan considerable como lo son sus desafíos. La prioridad política del proyecto no puede ocultar el riesgo de unas inversiones que pueden resultar improductivas, abultando una deuda pública ya inmanejable. La intromisión directa de Pekín en la vida interna de los países de la ruta—como revela el informe sobre el Corredor Económico China-Pakistán filtrado en Islamabad la semana pasada—puede volverse contra la República Popular. Las amenazas a la seguridad de los trabajadores chinos en muchos de los proyectos contemplados serán otro quebradero de cabeza. Al mismo tiempo, China tendrá que afrontar las reacciones de otras grandes potencias. Rusia ve con no disimulada preocupación cómo crece a su costa la presencia china en Asia central. India, invitada a participar en la iniciativa, la rechaza al considerarla como un medio dirigido a facilitar la proyección china en Asia meridional y el océano Índico. Japón, aislado por su posición geográfica, compite sin embargo con su propio plan regional de infraestructuras, y ya ha comenzado a hacerse con importantes contratos de obras públicas en Malasia y Filipinas.

La posición de Estados Unidos resulta aún desconocida. En el último minuto, Washington decidió elevar el nivel de su representación en el foro de Pekín, enviando al director de Asia en el Consejo de Seguridad Nacional, pero no parece reconocer la rapidez con la que China está transformando el escenario. Washington no puede sostener una primacía que está perdiendo, y que no puede aspirar a consolidar si se limita a aumentar sus capacidades militares en la región. Tampoco puede China reclamar su hegemonía si India, Japón y Vietnam, entre  otros—con o sin Estados Unidos—, se la niegan. Pero lo que sí puede es crear un nuevo orden, situándose en el centro de un espacio económico que las demás potencias no podrán ya alterar.

Vietnam y Estados Unidos, con China al fondo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Vietnam estableció relaciones con los Estados Unidos en los años 50, una época convulsa pues los franceses seguían manteniendo la ocupación de la Península Indochina desde mediados del siglo XIX. Los vietnamitas expulsaron a los franceses en 1954, año en que Estados Unidos junto con sus países aliados comenzaron a colaborar militarmente con la provincia del Sur, para combatir el comunismo del Norte. El país quedó dividido en dos y los estadounidenses invirtieron billones de dólares en resistencia y en modernizar el sur con el propósito de parar el comunismo en la era de la guerra fría, lo que desencadenó la Guerra de Vietnam o la segunda guerra de Indochina.

En enero de 1973 se firmó en Paris el “Acuerdo de fin de la guerra y restauración de la paz de Vietnam”, lo que puso fin al conflicto y propició la reunificación del país bajo un solo régimen, el comunista.

En Vietnam pudo suceder lo que pasó en Corea. Sin embargo, la distancia entre el comunismo maoísta chino de aquel momento y el pragmatismo vietnamita fueron los elementos políticos diferenciales que evitaron este escenario. En 1975 la reunificación de ambos Estados se concretó y con ello una gran represión interna, lo que hizo que muchos vietnamitas del sur huyeran. En 1978 Vietnam invadió Camboya, lo que hizo que China comenzara una guerra con Vietnam que tan solo duró 17 días, pero aumentó la desconfianza entre chinos y vietnamitas. Ya la China imperial había ocupado Vietnam durante más de un siglo, episodio del que se liberaron en el 939. Todos estos hechos sucedidos en distintos momentos de la historia han hecho que China sea percibida como enemigo de Vietnam.

A pesar de seguir teniendo un régimen comunista, tras la guerra fría, el partido comunista de Vietnam comenzó una apertura en su economía que trajo cierta liberalización de su economía, proceso que comenzó en 1986, con la política “Doi Moi” o de puertas abiertas, que se puso en marcha con la idea de reorientar la economía hacia el libre mercado.

Los intercambios económicos son hoy extremadamente importantes para la economía vietnamita. De acuerdo a la organización Heritage, sus exportaciones e importaciones representan el 179% del Producto Interior Bruto vietnamita, en una económica en la que el Estado sigue estando muy envuelto en las actividades comerciales. Desde el 2000 el crecimiento económico de Vietnam está entre los más grandes del mundo. Razón por la cual entró en la Organización Mundial de Comercio en el 2007. El capitalismo se ha ido integrando progresivamente, y en los últimos 5 años la economía ha registrado un crecimiento promedio del 6%.

Con una económica basada fundamentalmente en el turismo y las exportaciones, es un país cercano a los Estados Unidos, cuyas relaciones diplomáticas se establecieron formalmente en 1995, y con el que han firmado convenios de cooperación en los años recientes en aéreas de apoyo diplomático, político, intercambio comercial, ciencia y tecnología, así como educación, salud, seguridad y defensa e incluso en materia de prevención de terrorismo nuclear, de acuerdo al Departamento de Estado. Así Hanói se ha convertido en un aliado estratégico de Washington en la región de Asia Pacifico, y viceversa.

China ha incrementado intensamente sus pretensiones expansionistas en la región del Pacifico. La construcción de las islas artificiales es una prueba de ello, pero además las distintas disputas de las Islas Paracels, Islas Spratly, e islotes, cayos, bancos de arena y arrecifes, que se disputan Filipinas, Brunei, Taiwán, Malasia y Vietnam, y que China reclama como propios dejando claro en más de una ocasión que son intereses estratégicos chinos en el Mar de China Meridional.

Vietnam cuenta con una ubicación estratégica a la vez muy vulnerable. Por el norte linda con el sur de China, y toda su costa este y sur hace frontera con el Mar Meridional de China. Para Estados Unidos un aliado como Vietnam sirve de contrapeso a las pretensiones chinas, e incluso fortalece su liderazgo en la región. Y por su lado, Vietnam necesita a Estados Unidos para contrarrestar el peso del gran dragón rojo y transmitir una imagen más fuerte. La administración Obama afianzó los lazos entre ambas naciones con la firma de más convenios, el incremento de la cooperación y la visita hecha por el presidente Obama en primavera del año pasado. La Administración Trump debería mantener el juego de poder ya establecido en la región y propiciar más acercamientos con Hanói, como contrapeso a Pekín, muy a pesar de su amistad con Xi Jinping. En el plano internacional las alianzas son la clave y las amistades necesarias y variantes, pero los intereses deben prevalecer.

La inmensa tarea de Enmanuel Macron. Por Julio Trujillo.

En su discurso de la noche electoral, ante sus seguidores y a las puertas del Louvre, el elegido nuevo presidente Macron insistió no menos de cinco veces en que tenía ante sí una inmensa tarea y subrayó la necesidad de crear las condiciones para que, en cinco años, los que ahora han votado en clave populista no se sientan tentados a volverlo a hacer. Es verdad que es una inmensa tarea en la que se suman la necesidad de articular en menos de un mes una formación política que le dé un grupo parlamentario en las elecciones de junio y esbozar las primeras medidas que transmitan un mensaje reformista a quienes le ha votado.

Sin embargo, el tirón electoral hacia la extrema izquierda y la extrema derecha tienen una misma base sociológica e ideológica por encima de las apariencias  (nostalgia de un Estado providencial, rechazo a toda medida liberal, desconfianza en la Unión Europea y melancolía mitificada de la época del franco francés), y esto va a ser leído por todo el espectro político, y también por el presidente Macron como un mensaje para reorientar algunas políticas. Por eso, algunas de las medidas anunciadas por Macron en la campaña electoral van a ser meditadas con mucho cuidado. De hecho, ya en la misma noche electoral, la parte de la izquierda que ha apoyado a Macron ya insistía en la necesidad de abandonar la senda de la austeridad para contentar a la demagogia populista, es decir, gastar más dinero público en contentar a esos sectores que en tomar medidas para impulsar una economía más competitiva. En todo caso, en este terreno el debate ya existe hace meses y los límites del mismo los marcará Alemania, que también tendrá que enfrentarse en poco tiempo, en septiembre, a elecciones generales.

Pero sí hay un terreno en el que Macron puede emitir mensajes que aglutinen a gran parte de la nación, y es en la política exterior y de defensa en las que el presidente va a sacar músculo nacional y aumentar el protagonismo francés en la escena internacional, insistiendo, como todos sus predecesores, en sugerir una grandeur hace tiempo en decadencia si es que existió alguna vez. Ya ha hablado el entorno presidencial de encuentros más o menos inminentes del presidente Macron con Merkel, Putin y Trump. Con Gran Bretaña fuera de la UE, Francia va a levantar la bandera europea en torno a su política exterior que será beneficiosa para toda la Unión según cada caso.

Partiendo de esta hipótesis, ¿dónde tratará Francia de escenificar su ascenso a las potencias? Ya lo hace en África, donde lleva décadas compitiendo con discreción con Estados Unidos, pero ha estado siendo desplazada de Oriente Próximo en donde fue potencia colonial, y es bastante plausible que trate de reaparecer con iniciativas propias, tal vez no muy alejadas de las de Putin, en aquella zona partiendo del conflicto sirio. Y aquí Francia va a intentar presentar una defensa de sus intereses nacionales con la bandera de la Unión Europea y con el apoyo de los socios de la UE entre los que no estará totalmente de acuerdo Gran Bretaña. Y también Asia-Pacífico. Europa, y por lo tanto Francia, no pueden ignorar el protagonismo chino y los riesgos de Corea del Norte en una zona de la que la UE lleva décadas desaparecida.

Este es el escenario para una Francia desgarrada, necesitada de referencias en una Europa que ha respirado de alivio por el presente inmediato pero que tendrá que asegurar el futuro. Es, efectivamente, una inmensa tarea.

¿Solicitar la desnuclearización de la Península coreana es mucho pedir?

Washington.- A Kim Jong-un le gusta jugar con fuego, y nunca mejor dicho, pero sus ensayos balísticos cada vez más frecuentes, aunque muchos fallidos, son una fuente constante de preocupación para el mundo. Parece que la presión internacional estimula a éste provocador sus ambiciones militares. Mientras más foros hablan del peligro que representa Corea del Norte, más lanzamientos de misiles vemos.

La Administración Trump ha sido muy directa en expresar su absoluto rechazo y disposición a responder a gran escala de ser necesario. Lo que a Pyongyang parece exacerbarle su deseo de responder con otro proyectil. En el fondo ha sido este pulso lo que ha puesto en los titulares de toda la prensa internacional a un país destrozado, que con lo único que cuenta es con armamento nuclear capaz de desestabilizar el planeta, que no es poco, razón por la que no frenarán su carrera armamentística, pues es su única arma de protagonismo internacional. Por lo tanto, ¿es descabellado pedir la desnuclearización de la Península coreana?

Tan solo unas horas previas al lanzamiento del misil del viernes pasado, Tillerson afirmaba que el objetivo final que tiene Estados Unidos es la desnuclearización de la península de Corea. Así mismo tachaba de extraordinariamente importantes las relaciones entre China y Estados Unidos, pues “nosotros necesitamos su ayuda para conseguir la desnuclearización”. Afirmaba también que Estados Unidos no va a volver a la mesa de negoción con Pyongyang, porque sería como premiarlos por estar violando las resoluciones de Naciones Unidas. Por su parte, China, en su tónica acostumbrada, llamaba a la calma y a una salida pacífica. Lo que, al menos por ahora, es difícil de imaginar.

Estados Unidos quiere jugar teniendo en su equipo a China. Sería la manera más sensata de resolver o parar esta grave amenaza. Ninguna de las partes desea un conflicto armado. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmó la pasada semana que, por primera vez, China está siendo realmente un gran aliado para enfrentar la grave situación en Corea. Insistió en que Estados Unidos debe continuar la presión que está ejerciendo; sin embargo, dijo, “ni la comunidad internacional ni EEUU tenemos como objetivo comenzar una guerra, pero si nos dan razones habrá una respuesta militar”.

En el marco de estas graves tensiones, Donald Trump informa a Corea del Sur, (en una entrevista concedida a Reuters), que sería apropiado pagar el billón de dólares que cuesta el escudo antimisiles (THADD por sus siglas en inglés). Ciertamente, el lado comercial del presidente es muy dominante y sale a relucir en cualquier maniobra, incluso en las diplomáticas. Y, a su vez, manda un doble mensaje por su cuenta de twitter, diciendo que Corea del Norte no ha respetado los deseos de China y del presidente con el lanzamiento del último misil. Recordándole a los norcoreanos que China está del lado de Estados Unidos en la lucha por acabar con la proliferación armamentística de Pyongyang mientras que aprovecha para coquetear con Xi Jinping.

Estamos en medio de una novedosa situación donde Estados Unidos necesita a China y no está teniendo ningún reparo en admitirlo. A China le gusta sentirse necesitada, pero no quiere renunciar a su juego táctico de seguir siendo el proveedor de Pyongyang, pero con prudencia, porque hasta ellos saben que Kim Jong-Un es peligroso y despiadado. Los chinos están disfrutando el protagonismo indirecto que le está trayendo la cercanía con Washington y sin duda, le sacaran provecho en otras negociaciones donde necesitan del apoyo estadounidense.

China quiere evitar un enfrentamiento militar a toda costa, pues desestabilizaría la zona y podría generar una estampida de norcoreanos buscando refugio en su territorio. Y además les pone en una situación vulnerable, pues en un escenario de confrontación bélica podrían salir agredidos por error. Y son conscientes de que Estados Unidos podría comenzar un ataque directo en la parte norte de la península coreana. A su vez, contar con un régimen como el de Pyongyang les ayuda a mantener el liderazgo en la región, ya que los convierte en los interlocutores de unos y otros. Pero, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar la comunidad internacional frente a un peligro potencial como éste?

La comunidad internacional tiene el deber de exigirle más a China. El juego diplomático y el coqueteo al que está jugando Estados Unidos es válido, y probablemente inteligente. Sin embargo, si China quiere el reconocimiento de súper potencia debe comportarse como tal y presionar de verdad a Pyongyang con recortes de exportaciones, a ver si finalmente en un momento de sensatez el gobierno chino logra que el norcoreano rectifique y dejen el juego nuclear que trae a todos de cabeza.